Escrito en inglés por Friedrich Engels el 31 de agosto de 1855 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4494, del 14 de septiembre de 1855. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 512-518), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Una versión alemana, con otro párrafo final, apareció en la Neue Oder-Zeitung núm. 411, del 4 de septiembre de 1855. El título es el de la MEW. Se corrige una errata evidente de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Contra lo que esperábamos, en el correo del Africa,1 que recibimos el miércoles pasado por la noche, no venía ningún informe del príncipe Gorchakov2 sobre la batalla del Chernaya, librada el 16 del mes pasado. No obstante, los informes franceses e ingleses que publicamos ayer dan datos suficientes para una apreciación bastante exacta de este asunto. El informe francés sorprende por la ausencia de esa tendencia a la fanfarronería tan a menudo propia de un espadachín francés, y que tan llamativa era en los primeros boletines de Pélissier.3 El viejo general es ahora insólitamente claro, práctico y objetivo; hasta reconoce la bravura desplegada en esta ocasión por el ruso, y su informe contrasta muy favorablemente con los divertidos cálculos del general Simpson4 sobre el número de las fuerzas empeñadas, según los cuales unos 15.000 franceses y sardos habrían derrotado sin esfuerzos especiales a 60.000 rusos. Los hechos parecen haber sido más o menos los siguientes:

En la mañana del 16 de agosto, antes del alba, los rusos bajaron de las alturas de Mackenzie y tomaron posición al borde de las colinas que descienden hacia el Chernaya. Los mandaba en persona el príncipe Gorchakov, bajo el cual el general Read5 mandaba el ala derecha (divisiones 7.ª y 12.ª), mientras que Liprandi6 parece haber ocupado el centro con la 5.ª división, y la 17.ª formaba el ala izquierda rusa. Parte de las divisiones 4.ª y 6.ª estaban también presentes, al parecer en el papel de reservas. La 5.ª división, lo mismo que las tropas pertenecientes a la 4.ª y la 6.ª, forman parte del segundo cuerpo (el de Paniutin), que acababa de llegar a Crimea; el resto lo formaban viejas tropas de Crimea, que debieron de actuar con efectivos muy mermados.

El terreno del otro lado del Chernaya es en su mayor parte llano, una prolongación de la llanura de Balaklava hasta el río; pero muy cerca de sus orillas esta llanura se ve interrumpida por dos grupos de pequeñas colinas que ascienden escalonadamente desde el lado de Balaklava, pero descienden hacia el Chernaya, y forman así una buena posición defensiva contra un enemigo que cruce el río. Entre estos dos grupos de colinas está el valle en el que cargó la caballería ligera británica en la batalla de Balaklava.7 El grupo oriental de colinas, que forma el ala derecha de la posición, lo ocupaba La Marmora8 con sus dos divisiones sardas; el otro, al noroeste, tres divisiones francesas, que formaban así el centro y el ala izquierda de la posición. A los franceses los mandaba el general d'Herbillon, que había situado la división de Camou en el ala izquierda, la suya en el centro y la de Faucheux en la derecha, donde enlazaba con la división sarda de Trotti. La posición ganaba fuerza con dos obstáculos situados inmediatamente ante su frente: primero, el Chernaya, río que por entonces era vadeable, pero que obligaba a los rusos a cruzarlo solo por ciertos puntos y con un frente estrecho; segundo, el acueducto, tallado en la roca en la mayoría de los lugares, que, aun después de cruzado, oponía una escarpada muralla de roca que había que escalar. En el borde de las colinas, los franceses y los piamonteses habían levantado algunos parapetos ligeros, apenas suficientes para proteger su artillería. Los dos grupos de colinas formaban, por así decirlo, bastiones distintos que se flanqueaban mutuamente con su artillería. Al otro lado del Chernaya, que se cruzaba por puentes en Chorgun, en el extremo del ala derecha sarda, y junto a una posada (llamada en ruso traktir) frente al centro francés, los piamonteses tenían dos compañías de avanzadas, mientras que el puente del Traktir lo cubría una débil cabeza de puente ocupada por los franceses. Las avanzadas francesas estaban más atrás.

En la mañana del 16, después de situar su artillería en las alturas al este del Chernaya, los rusos enviaron sus tropas avanzadas al valle. Todavía no había amanecido, y una densa niebla facilitaba una sorpresa como en Inkerman. Las avanzadas aliadas fueron rechazadas en un instante, y al despuntar el día la cabeza de puente y toda la orilla oriental del río estaban en manos de los rusos, que combatían con dos regimientos franceses por el paso del puente. Entonces las divisiones rusas 7.ª y 12.ª, situadas frente a frente de las divisiones francesas de Camou y de d'Herbillon, bajaron al valle en dos columnas cerradas; allí formaron sus columnas de ataque y avanzaron en dos masas distintas: la 7.ª división cruzó el río y el acueducto, en parte vadeándolo, en parte tendiendo puentes volantes construidos a toda prisa, y marchó contra Camou, mientras la 12.ª división, parte de la cual quedó atrás como reserva, avanzaba contra d'Herbillon por el puente del Traktir, cuyos defensores fueron rechazados en un instante por las abrumadoras masas rusas. Avanzaron, a través del acueducto y subiendo por las laderas, con más rapidez y brío de lo que los rusos habían mostrado nunca. La 7.ª división rusa había llegado bastante cerca del borde de la colina cuando las tropas de Camou, desplegadas en línea, le dispararon una descarga y luego la atacaron por el flanco y la retaguardia con tal ímpetu que los rusos dieron media vuelta en el acto y volvieron a cruzar el río bajo un fuego mortífero. Si creemos a Pélissier, esta 7.ª división no volvió a aparecer durante la batalla. En el centro, la 12.ª división logró escalar las alturas y rechazar a varios regimientos franceses. La suerte de la batalla pareció incierta por un momento, cuando d'Herbillon destacó una brigada de la división de Faucheux para atacar el flanco izquierdo de las columnas rusas y, tras un breve combate, los rusos fueron arrojados cuesta abajo, perseguidos por los franceses, que por poco tiempo recuperaron el puente.

Gorchakov, sin embargo, había preparado un nuevo ataque. El resto de la 12.ª división y la 5.ª división habían bajado al valle; apoyaron a los fugitivos, que volvieron a formar sus filas, y ahora toda la 12.ª y la 5.ª división avanzaron para un segundo ataque. Pasaron el puente y por muy cerca de él, a derecha e izquierda, y avanzaron con gran viveza contra el centro aliado (las divisiones de d'Herbillon y de Faucheux). Pero para entonces los franceses habían puesto en posición toda su artillería; disparaban de frente contra las columnas rusas, mientras la artillería sarda las tomaba de flanco. A pesar de este fuego mortífero, avanzaron firme y rápidamente y alcanzaron de nuevo las alturas. Allí encontraron a los franceses concentrados, desplegados en línea un poco detrás de los bordes de la colina. En cuanto las cabezas de las columnas alcanzaron el borde, los franceses les dispararon una descarga y luego las atacaron a la bayoneta, de frente y por los flancos. La lucha fue tan breve como antes. Los rusos cedieron y huyeron en desorden al otro lado del río, perseguidos por el fuego de fusilería y de artillería de los aliados. Esta segunda derrota de los rusos decidió de hecho la batalla. Los rusos habían empeñado tres quintas partes de su infantería y no podían esperar recibir refuerzos frescos en el campo de batalla. Los aliados habían empeñado también, ciertamente, tres de sus cinco divisiones, pero desde el campamento ante Sebastopol acudían en su apoyo tropas frescas. Pélissier había mandado a buscar otras dos divisiones de línea y una división de la Guardia, y estaban en camino. Eran aproximadamente las 8 de la mañana.

Gorchakov, pese a estos reveses, se decidió por un nuevo ataque. Se hizo avanzar a la 17.ª división, que había de formar el núcleo de la parte de las tropas derrotadas que aún podía conducirse contra el enemigo. La línea de ataque se desplazó de nuevo hacia la izquierda. Esta vez los rusos cayeron sobre la división de Faucheux. Pero en vano. El fuego cruzado de la artillería francesa y sarda los diezmó antes de que pudieran alcanzar la cima de las colinas; de nuevo las líneas francesas rompieron sus columnas y las arrojaron al otro lado del río, mientras los piamonteses (la división de Trotti) las atacaban por el flanco y completaban la victoria. Solo quedaban intactas las tropas de las divisiones 4.ª y 6.ª, con unos efectivos en conjunto equivalentes a una división. Lanzarlas habría sido completamente inútil. La derrota era inequívoca, y en consecuencia los rusos, adelantando su artillería, iniciaron la retirada. Su propia posición era tan fuerte que Pélissier consideró descartado atacarla; por eso solo los hostigaron la artillería y los tiradores. Las pérdidas de los rusos fueron en esta ocasión enormes en comparación con las de los aliados. Los primeros perdieron unos 5.000 hombres entre muertos, heridos y prisioneros; los segundos, solo unos 1.500. La razón había que buscarla en que los rusos tuvieron que hacer todos sus ataques bajo el violento fuego de la artillería aliada, y en especial bajo el de los piamonteses, cuyas piezas de a 16: un cañón muy difícil de mover, pero de la mayor eficacia una vez en posición.9

Los rusos hicieron aquí un simple ataque frontal. Envolver el ala izquierda francesa por Inkerman parecía imposible, porque las baterías francesas emplazadas en la cima de la loma dominaban ese espacio. Para envolver a los aliados por la derecha, el grueso de los rusos habría tenido que bajar al valle de Baidar, donde el terreno es evidentemente demasiado difícil para tropas tan pesadas. Por eso prefirieron el ataque frontal, y obraron con toda razón al intentar una sorpresa. La sorpresa tuvo un éxito parcial, pero no se llevó a cabo con la energía debida. Una vez dueños de los pasos del Chernaya, los rusos tendrían que haber lanzado adelante sus tropas, tal como estaban sobre el terreno, para explotar la ventaja conseguida antes de que los franceses se repusieran del primer golpe. En lugar de eso, dieron a sus adversarios el tiempo necesario para poner en posición sus tropas y su artillería, y la sorpresa, que podía haber puesto en manos de los rusos las alturas francesas, dejó de hecho casi de serlo en cuanto llegaron al Chernaya. Es una nueva prueba de lo difícil que es poner en movimiento a las tropas rusas en circunstancias que exigen una acción rápida e iniciativa propia de los mandos subalternos.

Los franceses tuvieron siempre mala fama por cierto desprecio del servicio de avanzadas. Aun en sus mejores tiempos, un enemigo activo podía sorprender cada noche sus avanzadas y sembrar la alarma en sus campamentos sin correr gran riesgo. En esta ocasión los franceses demostraron que hasta los rusos, que se mueven con lentitud, eran capaces de hacerlo. Su posición principal estaba tan cerca del Chernaya que sus tropas avanzadas tendrían que haberse adelantado mucho más o, si el terreno no lo permitía, haberse reforzado hasta tal punto que pudieran resistir hasta que el campamento estuviera sobre las armas. Pero los franceses habían montado su campamento sin asegurarlo con una vanguardia adecuada, y en consecuencia los rusos pudieron avanzar contra su posición principal antes de que los franceses estuvieran en condiciones de poner en juego toda su capacidad de resistencia. Adversarios más activos que los rusos habrían lanzado adelante tropas numéricamente superiores con tal rapidez que habrían asaltado las alturas ocupadas por los franceses antes de que pudiera oponerse ninguna resistencia regular y sistemática. Pero los propios rusos temían arriesgar una o dos divisiones de sus tropas en un combate a media luz, y así perdieron todas las ventajas de la sorpresa que habían conseguido.

Los éxitos decisivos y fáciles de los franceses al rechazar las columnas rusas cuando estas ya habían escalado las alturas se deben a un sistema táctico que hasta ahora no habían aplicado a menudo. Evidentemente aprendieron esta forma de combatir de los ingleses, que son maestros en ella. En la defensa de una línea de colinas, la gran ventaja consiste en poder ocultar las tropas justo detrás de la cresta, donde, del todo protegidas, esperan formadas en línea la aparición de las columnas enemigas. En cuanto las cabezas de las columnas asoman por encima de la cresta, la línea les dispara una descarga, a la que estas solo pueden responder con algo de fuego de fusilería, y luego las ataca de frente y por el flanco a la bayoneta. Así combatieron los ingleses en Buçaco, Pamplona, Waterloo y otras batallas, con éxito constante.10 Pero las tropas del continente europeo parecen haber olvidado esta forma, del todo infalible, de defender una cadena de colinas. Los manuales de táctica la describen, ciertamente, pero en la práctica casi había desaparecido por la preferencia general por las columnas cubiertas por tiradores. Hay que reconocer a los franceses el mérito de haber tomado de sus viejos adversarios esta maniobra sencilla y eficaz. Si hubieran estado formados en columnas, apenas cabe duda de que los rusos habrían tenido sobre ellos una superioridad mayor y quizá incluso habrían vencido. Pero, tal como estaban las cosas, el fuego de una infantería formada en línea, que actuaba contra un enemigo desorganizado por un eficaz fuego de artillería y fatigado por la subida de una colina empinada, resultó abrumador; y bastó un avance resuelto a la bayoneta para rechazar a las masas, que habían perdido el valor antes aún de tener delante el brillo del acero.

Esta es la tercera batalla en regla de esta guerra que se libra en campo abierto, y, como las del Alma e Inkerman, se distinguió también por su duración relativamente breve. En las guerras de Napoleón era un rasgo característico que muchas escaramuzas precedieran a una batalla; cada bando trataba de tantear al enemigo antes de entablar combate con él en los puntos decisivos y con masas decisivas, y solo después de que cada bando hubiera empeñado la mayoría de sus tropas se asestaba el golpe decisivo. Aquí, por el contrario, vemos que no se pierde tiempo, que no hay combates para cansar al enemigo; el golpe se asesta en el acto, y la suerte de la batalla depende del resultado de uno o dos ataques. Esto parece mucho más audaz que la manera de hacer la guerra de Napoleón; pero si una superioridad de dos a uno, como la que tenían los aliados en el Alma, o la conocida torpeza de maniobra de los rusos parecen justificar una acción tan inmediata, no por ello deja de ser un hecho que en ambos bandos falta mucho arte del mando; y siempre que unos espadachines que obren según este principio tengan enfrente a un general que sepa entretener a sus tropas, tenderles trampas y hacerles caer en ellas, pronto se encontrarán en una situación muy poco envidiable.

Para terminar, repetimos lo que hemos dicho muchas veces: los rasgos decisivos de la guerra actual son, en ambos bandos, la valentía de los soldados y la mediocridad de los generales.

  1. Vapor correo de la línea Cunard entre Liverpool y Nueva York. ↩

  2. Mijaíl Gorchakov (1793-1861), comandante en jefe del ejército ruso en Crimea desde marzo de 1855. ↩

  3. Aimable Pélissier (1794-1864), general francés, comandante en jefe en Crimea desde mayo de 1855. ↩

  4. James Simpson (1792-1868), general británico, sucesor de Raglan al frente del ejército inglés en Crimea desde junio de 1855. ↩

  5. Nikolái Read (1792-1855), general ruso, muerto en esta batalla. ↩

  6. Pável Liprandi (1796-1864), general ruso. ↩

  7. La carga de la Brigada Ligera, el 25 de octubre de 1854. ↩

  8. Alfonso La Marmora (1804-1878), general piamontés, al mando del cuerpo expedicionario sardo en Crimea. ↩

  9. La frase queda así, incompleta, en la versión alemana de la MEW. ↩

  10. Batallas de Buçaco, en Portugal (27 de septiembre de 1810); de los Pirineos, junto a Pamplona (julio de 1813), y de Waterloo (18 de junio de 1815). ↩