Escrito por Karl Marx en Londres el 19 de febrero de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 92, del 24 de febrero de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 73-75), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 19 de febrero. La coalición entre tories y radicales que anunciábamos en nuestra última carta la comenta hoy toda la prensa diaria de Londres como un fait accompli. El ministerial Morning Chronicle observa al respecto:

«Nunca ha habido una revolución que no se haya visto precipitada por la irritación, la vanidad herida, la ambición mal colocada o la pura necedad de sus víctimas predestinadas e inconscientes, y la abigarrada combinación de derbistas y liberales que se han unido al señor Roebuck sigue los pasos de los miembros de la Cámara de Diputados que, al poner en marcha los banquetes reformistas de 1848, solo pretendían deshacerse de un ministerio y acabaron derribando un trono».1

Roebuck, dice, está dispuesto a representar el papel de un Robespierre o (¡curiosísimo «o»!) de un Ledru-Rollin. Se propone formar un «Comité de Salvación Pública». No ha retrocedido ante la propuesta de los siguientes nombres para la comisión investigadora que pide: Roebuck, Drummond, Layard, sir Joseph Paxton (constructor del palacio de la Exposición Universal),2 lord Stanley (hijo de Derby), Ellice, Whiteside, Disraeli, Butt, Lowe (miembro del consejo privado del Times)3 y Miles.

«Sería inútil», prosigue el Morning Chronicle, «ocultar que se nos amenaza abiertamente con una cruzada revolucionaria contra la aristocracia de este país. Unos demagogos intentan derribar la administración de lord Palmerston lanzando hábilmente contra ella las fuerzas asociadas, pero no combinadas, de Disraeli y Roebuck. La democracia intenta provocar una revolución derribando metódicamente un gabinete tras otro».

Un periódico del gobierno amenaza por último con la disolución del Parlamento, con una «apelación al pueblo», como Bonaparte pocos meses antes del golpe de Estado.

El Economist, cuyo editor, Wilson,4 es secretario del Tesoro, declara el «régimen representativo» incompatible con la conducción de la guerra. El antiguo sombrerero Wilson propone por eso dispensar de la necesidad de una reelección a los diputados que acepten cargos del Estado y dar a los ministros del gabinete, por razón de su cargo, asiento y voto en la Cámara de los Comunes. Así el ministerio se haría independiente de los electores y de la Cámara de los Comunes, y la Cámara, dependiente del ministerio. A este respecto advierte el Daily News:

«El pueblo de Inglaterra tiene que estar en guardia y prepararse para hacer frente en defensa de sus instituciones representativas. Se prepara un intento de hacer al gobierno más independiente de la Cámara de los Comunes. Seguiría un conflicto entre el gobierno y la Cámara. El resultado sería una revolución».

De hecho, en Marylebone, que pasa por uno de los barrios más radicales de Londres, se ha convocado para el miércoles próximo un mitin para «tomar acuerdos sobre el intento del gobierno de oponerse a la investigación parlamentaria».

Mientras el Morning Chronicle profetiza así la revolución y el Daily News el intento de una contrarrevolución, también el Times alude a la revolución de Febrero, pero no en relación con los banquetes reformistas, sino con el asesinato de Praslin.5 Hace unos días, en efecto, se vio en el tribunal de cancillería irlandés un pleito de herencia en el que el marqués de Clanricarde,6 par inglés, embajador en la corte de San Petersburgo durante la administración Melbourne y director general de Correos durante la administración Russell, figura como protagonista de una auténtica novela de Balzac de asesinato, adulterio, captación de herencias y fraude.

«Durante el sombrío otoño de 1847», observa el Times, «cuando el espíritu de Francia estaba agitado por un vago presentimiento de que se acercaba la revolución, un gran escándalo en los círculos más altos de la sociedad parisiense consternó aún más al público, ya sobreexcitado, y ayudó con la mayor fuerza a precipitar la catástrofe inminente. Quien observe con atención el estado de gran excitación de los ánimos públicos en este momento no puede contemplar sin una emoción parecida el gran escándalo que se ha revelado en el tribunal de cancillería irlandés».

Crímenes en los círculos de la casta gobernante, revelados al mismo tiempo que su arrogante desamparo e impotencia; la ruina de la flor del ejército inglés; la disolución de los viejos partidos; una Cámara de los Comunes sin mayoría; coaliciones ministeriales basadas en tradiciones caducas; los costes de una guerra europea junto con la más terrible crisis comercial e industrial: síntomas de sobra de una inminente conmoción política y social en Gran Bretaña. Es muy significativo que, al mismo tiempo que las ilusiones políticas, naufraguen las ilusiones del librecambio. Así como las primeras aseguraban a la aristocracia el monopolio del gobierno, las segundas aseguraban a la burguesía el monopolio de la legislación.

  1. La campaña de banquetes por la reforma electoral organizada por la oposición dinástica y republicana en Francia en 1847-1848; la prohibición del banquete de París del 22 de febrero de 1848 desencadenó la revolución que derribó a Luis Felipe. ↩

  2. El Crystal Palace de la Exposición Universal de Londres de 1851. ↩

  3. Robert Lowe (1811-1892), diputado liberal y articulista del Times. ↩

  4. James Wilson (1805-1860), fundador del Economist, secretario financiero del Tesoro en los gabinetes de Aberdeen y de Palmerston. ↩

  5. En agosto de 1847 el duque de Choiseul-Praslin, par de Francia, asesinó a su mujer y se envenenó en prisión; el escándalo desacreditó a la aristocracia de la monarquía de Julio. ↩

  6. Ulick John de Burgh, marqués de Clanricarde (1802-1874), whig. ↩