Escrito en inglés por Karl Marx y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4346, del 24 de marzo de 1855. Buena parte del texto coincide con «La Constitución británica», escrito para la Neue Oder-Zeitung. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 100-103), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

La muerte del zar y el efecto de este acontecimiento sobre las complicaciones pendientes deben de ser sin duda la parte más interesante de las noticias de Europa que nos ha traído el Atlantic.1 Sin embargo, por importantes que sean las noticias sobre este asunto o sobre otros asuntos continentales, difícilmente pueden superar en interés, para el observador atento, los síntomas y la evolución continuos de la grave crisis política en la que se ve envuelta ahora, en casa y del todo contra su voluntad, la nación británica. El último intento de mantener ese compromiso anticuado llamado Constitución británica —un compromiso entre la clase que domina oficialmente y la que domina extraoficialmente— ha fracasado por completo. En Inglaterra no solo se ha hundido el ministerio de coalición, el más constitucional de todos los ministerios, sino que la propia Constitución se ha hundido en cada uno de los puntos en que la guerra la ha puesto a prueba. Cuarenta mil soldados británicos encontraron la muerte a orillas del mar Negro como víctimas de la Constitución británica. Cuerpo de oficiales, estado mayor, Intendencia, departamento médico, servicio de transportes, Almirantazgo, Horse Guards,2 artillería, ejército y marina, todos juntos se han hundido y se han arruinado en la estima del mundo. Pero todos juntos encontraron satisfacción en la conciencia de no haber hecho más que cumplir con su deber en el sentido de la Constitución británica. El Times de Londres estaba más cerca de la verdad de lo que él mismo reconocía cuando, a propósito de este fiasco general, dijo que era la propia Constitución británica la que estaba sometida a juicio.

Ha sido juzgada y declarada culpable. Esta Constitución británica no es otra cosa que un compromiso anticuado por el que el poder general de gobierno se deja a determinadas partes de la burguesía, con la condición de que toda la dirección real, el poder ejecutivo en todos sus detalles, hasta la función ejecutiva del poder legislativo —es decir, la legislación real en las dos Cámaras del Parlamento—, siga asegurada a la aristocracia terrateniente. Esta aristocracia, aunque se somete a los principios generales establecidos por la burguesía, tiene la decisión suprema en el gabinete, en el Parlamento, en la administración, en el ejército y en la flota; y esta mitad tan importante de la Constitución británica ha tenido que firmar ahora su propia sentencia de muerte. Se ha visto obligada a reconocer que no es capaz de seguir gobernando Inglaterra. Se forma un ministerio tras otro solo para disolverse de nuevo tras unas pocas semanas de gobierno. La crisis es permanente; el gobierno, solo provisional. Toda actividad política está interrumpida; nadie pretende hacer más que engrasar la máquina política lo justo para que no se pare. Hasta la Cámara de los Comunes, ese orgullo del inglés constitucional, ha llegado a un punto muerto. Ya no se conoce a sí misma, porque está dividida en innumerables fracciones que ensayan todas las combinaciones y variaciones aritméticas posibles con el número dado de unidades. Ya no consigue reconocerse en los distintos gabinetes que forma a su propia imagen sin más fin que volver a disolverlos. La bancarrota es completa.

En estas condiciones de impotencia nacional, que, como la epidemia de Crimea, se ha ido apoderando poco a poco de todos los miembros del organismo político, no solo había que proseguir la guerra, sino también luchar contra otro adversario mucho más peligroso que Rusia, un adversario superior a los gabinetes pasados, presentes y futuros de todos los Gladstone, Cardwell, Russell y Palmerston juntos. Ese adversario es la crisis comercial e industrial, que desde septiembre pasado ha irrumpido con una dureza, una universalidad y una violencia inconfundibles. Su implacable mano de hierro ha hecho callar en el acto a esos librecambistas superficiales que durante años habían predicado sin descanso que, tras la derogación de las leyes de cereales, la saturación de los mercados era imposible. Pues aquí tenemos la saturación con todas sus consecuencias y en su forma más aguda, y ante este hecho nadie acusa con más celo a los fabricantes de la imprudencia de no haber reducido la producción que precisamente los mismos economistas que hace pocos meses les decían que nunca podían producir demasiado. Hace tiempo que hemos señalado que esta enfermedad existe en forma crónica. Naturalmente, la han agravado las recientes dificultades en Norteamérica y la crisis que restringió nuestro comercio. Aunque la India y China estaban inundadas de mercancías, se siguieron utilizando estos países como mercados, igual que California y Australia. Cuando los fabricantes ingleses ya no pudieron colocar sus productos en el interior, o prefirieron no hacerlo para no rebajar los precios, recurrieron al absurdo expediente de enviar las mercancías al extranjero, sobre todo a la India, China, Australia y California. Con este recurso el comercio pudo seguir adelante durante un tiempo sin caer en una dificultad tan grande como si los productos se hubieran lanzado en el acto al mercado interior. Pero cuando llegaron a su destino provocaron en el acto dificultades, y hacia finales de septiembre el efecto empezó a dejarse sentir en Inglaterra.

Entonces la crisis pasó de su fase crónica a la aguda. Las primeras firmas que lo notaron fueron los estampadores de algodón. Algunas, entre ellas firmas establecidas desde hacía mucho en Manchester y sus alrededores, quebraron. Luego les tocó el turno a los armadores y a los comerciantes de Australia y California; después, a los comerciantes que traficaban con China y, por último, a las casas de la India. A todos les llegó el turno; la mayoría sufrió graves pérdidas, y muchos tuvieron que suspender pagos. Para ninguno ha pasado el peligro. Al contrario, sigue creciendo. Los fabricantes de seda también quedaron afectados; su industria se ha reducido casi a nada, y las localidades donde se sigue ejerciendo sufrieron y siguen sufriendo la mayor penuria. Luego les llegó el turno a los hiladores y fabricantes de algodón. A juzgar por nuestras últimas noticias, algunos no han resistido, y a muchos más les ocurrirá lo mismo. Los hiladores de hilo fino, según hemos sabido también, han empezado a trabajar solo cuatro días por semana; también los hiladores de hilo grueso se verán pronto obligados a hacer lo mismo. Pero ¿cuántos serán los que puedan aguantarlo a la larga?

Dentro de pocos meses la crisis habrá llegado a un punto culminante que no ha alcanzado en Inglaterra desde 1846, quizá desde 1842. Cuando la clase obrera empiece a sentir sus efectos en toda su amplitud, volverá a empezar el movimiento político que ha dormido durante seis años. Entonces los trabajadores de Inglaterra se levantarán de nuevo y amenazarán a la burguesía precisamente en el momento en que esta expulse definitivamente del poder a la aristocracia. Entonces se arrancará la máscara que hasta ahora ocultaba los rasgos reales de la fisonomía política de Gran Bretaña, y los dos partidos que realmente luchan en este país se encontrarán cara a cara: la clase media y la clase obrera, la burguesía y el proletariado; y entonces Inglaterra se verá por fin obligada a participar en la evolución social general de la sociedad europea. Cuando Inglaterra entró en la alianza con Francia, abandonó definitivamente la posición aislada que le había creado su situación insular, pero que el comercio mundial y las crecientes posibilidades de comunicación socavaban desde hacía mucho. A partir de ahora Inglaterra difícilmente podrá evitar pasar por los grandes movimientos internos de las demás naciones europeas.

Es también un hecho llamativo que los últimos momentos de la Constitución británica sean tan ricos en pruebas de un estado social corrompido como los últimos momentos de la monarquía de Luis Felipe. Ya hemos mencionado antes los escándalos parlamentarios y gubernamentales, los escándalos de Stonor, de Sadleir y de Lawley.3 Pero, para coronarlos todos, vinieron las revelaciones sobre Handcock y De Burgh, en las que lord Clanricarde, miembro de la Cámara de los Lores, queda en evidencia como partícipe principal, aunque indirecto, de un acto de lo más indignante.4 No es de extrañar que esto parezca completar el paralelo y que la gente, al leer los detalles abominables, exclame sin querer: «¡El duque de Praslin! ¡El duque de Praslin!».5 Inglaterra ha llegado a su 1847; ¿quién sabe cuándo llegará su 1848 y qué será?

  1. Vapor correo de la línea Collins entre Liverpool y Nueva York. El zar Nicolás I murió el 2 de marzo de 1855. ↩

  2. El cuartel general del ejército británico en Londres, sede del comandante en jefe; por extensión, el mando supremo del ejército. ↩

  3. Henry Stonor, nombrado juez en Australia por el gabinete Aberdeen, cuyo nombramiento se anuló al probarse su participación en el soborno de electores en Sligo; John Sadleir, banquero irlandés y lord del Tesoro, que dimitió en 1854 tras salir a la luz el soborno de electores en Carlow; Francis Lawley, secretario particular de Gladstone, cuyo nombramiento como gobernador de Australia del Sur se anuló en 1854 por haber especulado en la Bolsa. ↩

  4. Un pleito celebrado en Dublín a comienzos de 1855 sobre la herencia de la familia Handcock sacó a la luz la conducta privada de lord Clanricarde (Ulick John de Burgh, marqués de Clanricarde, 1802-1874, político whig), cuyo apellido de familia es De Burgh. ↩

  5. El duque de Praslin, par de Francia, asesinó a su mujer en agosto de 1847 y se envenenó en la cárcel; el escándalo contribuyó a desacreditar a la monarquía de Julio en vísperas de la revolución de febrero de 1848. ↩