Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 9 de febrero de 1855 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4323, del 26 de febrero de 1855. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 50-54), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Inmediatamente después de la batalla del Alma y de la marcha de los aliados sobre Balaklava expresamos la opinión de que el resultado final de la campaña de Crimea dependería probablemente de cuál de los bandos en lucha trajera primero tropas nuevas suficientes para hacerse superior a su adversario en número y en capacidad de combate. Desde entonces la situación ha cambiado considerablemente y se han desvanecido muchas ilusiones. Pero durante todo ese tiempo tanto los rusos como los aliados han estado empeñados en una especie de carrera de obstáculos por los refuerzos, y tenemos que decir que en esta lucha los rusos llevan ventaja. A pesar de todos los alabados progresos de la técnica y de los medios de transporte, un ejército de bárbaros rusos recorre trescientas o quinientas millas de caminos con mucha más facilidad que un ejército de franceses e ingleses altamente civilizados dos mil millas marinas, sobre todo cuando estos últimos se dan por tarea desatender todas las ventajas que les ofrece su elevada civilización y los bárbaros rusos pueden permitirse perder dos soldados por cada uno de los aliados sin renunciar a su superioridad final.

Pero ¿qué puede esperar a los aliados si uno de sus ejércitos, el británico, en la desesperación de ser aniquilado por los rusos, se empeña deliberadamente en aniquilarse a sí mismo con una perseverancia sistemática, un celo y un éxito que eclipsan todas sus hazañas anteriores en cualquier terreno? Pues así es. La fuerza británica, se nos informa ahora, ha dejado de existir como ejército. De 54.000 hombres quedan en armas unos pocos miles, y aun estos figuran como «aptos para el servicio» solo porque en los hospitales no hay sitio para que se mueran. De los franceses puede que queden todavía en armas unos 50.000 del doble de esa cifra. En todo caso, han conseguido mantener en estado de combatir, en proporción, por lo menos cinco veces más soldados que los británicos. Pero ¿qué son cincuenta o sesenta mil hombres para sostener durante el invierno el Quersoneso heracleótico, bloquear Sebastopol por el lado sur, defender las trincheras y, con lo que quede de ellos, tomar la ofensiva en primavera?

Entretanto, los británicos han dejado de enviar refuerzos. De hecho, Raglan, que ha abandonado a su ejército, parece no desearlos, porque no sabe cómo alimentar, alojar y ocupar siquiera al resto que le queda. Puede que los franceses tengan dispuestas nuevas divisiones para embarcarlas en marzo, pero tienen bastante que hacer para estar preparados en caso de una gran campaña de primavera en el continente. Por lo demás, hay diez probabilidades contra una de que lo que envíen sea demasiado débil o llegue demasiado tarde. Para remediar esta circunstancia se han dado dos pasos, y ambos atestiguan la completa impotencia de los aliados para conjurar la fatalidad que se cierne lenta pero ineludiblemente sobre sus ejércitos de Crimea. En primer lugar, para reparar el error colosal de haber emprendido esta expedición con cuatro meses de retraso, cometen el error incomparablemente mayor de enviar a Crimea, cuatro meses después de su propia llegada y en pleno invierno, el único resto de un ejército decente que todavía posee Turquía. Este ejército, ya arruinado y en descomposición en Shumla por la negligencia, la incapacidad y la corrupción del gobierno turco, se derretirá, una vez desembarcado en Crimea, por el frío y el hambre en una proporción que hará palidecer incluso las hazañas del ministerio de la Guerra inglés en ese terreno; es decir, si los rusos tienen el buen juicio de dejar a los turcos un tiempo abandonados a sí mismos sin atacarlos. Si el tiempo permite un ataque, los turcos serán aniquilados en el acto, aunque a un precio más alto y difícilmente con ventaja para los rusos, como no sea moral.

En segundo lugar, los aliados han tomado a sueldo a 15.000-20.000 piamonteses (no puede expresarse de otro modo), que han de llenar las raleadas filas del ejército británico y ser alimentados por el comisariado británico. Los piamonteses se mostraron soldados valientes y buenos en 1848 y 1849. Montañeses en su mayoría, tienen una infantería todavía más apta que la francesa para las escaramuzas y el combate en terreno quebrado, mientras que las llanuras del Po proporcionan una caballería cuyas figuras altas y bien proporcionadas recuerdan los regimientos escogidos de los Horse Guards británicos. Además, han hecho con provecho las duras campañas revolucionarias. Sin duda estas dos divisiones piamontesas resultarán una buena «legión extranjera» en esta guerra. Pero ¿qué van a hacer estos hombrecillos ligeros de pies, ágiles y diestros a las órdenes de un viejo martinet1 británico que no tiene idea de maniobrar y no espera de sus soldados más que la terquedad obstinada que es la gloria y a la vez la única cualidad militar del soldado británico? Se les pondrá en posiciones inadecuadas para su manera de combatir, que les impedirán hacer aquello para lo que sirven, mientras se esperan de ellos cosas que ningún hombre sensato les exigiría nunca. Llevar al matadero un ejército británico de un modo tan insensato, tan derecho y tan estúpido como se hizo en el Alma puede ser el camino más corto para que cumpla las tareas que tiene delante. El viejo duque2 solía tomarse las cosas con la misma ligereza. Quizá pueda hacerse lo mismo con tropas alemanas, aunque la elevada instrucción militar de los oficiales alemanes no soportará a la larga semejante falta de arte del mando. Pero intentar algo así con un ejército francés, italiano o español, con tropas aptas principalmente para el servicio de infantería ligera, para maniobrar y para aprovechar las ventajas del terreno, es decir, con tropas cuya capacidad de combate depende en gran medida de la agilidad y la vista rápida de cada soldado, es imposible; semejante método tosco de hacer la guerra no funcionará nunca. Los pobres piamonteses, sin embargo, probablemente se librarán de la prueba de combatir a la inglesa. Los ha de abastecer esa corporación tristemente célebre, el comisariado británico, que nunca ha sido capaz de abastecer a nadie más que a sí mismo. Así que compartirán la suerte de las tropas británicas recién llegadas. Igual que entre estas, morirán cien hombres por semana y se llevará el triple a los hospitales. Si lord Raglan cree que los piamonteses aceptarán su incapacidad y la de sus comisarios con la misma calma que las tropas británicas, es probable que se equivoque gravemente. Solo los británicos y los rusos se mantendrían obedientes en tales circunstancias, y tenemos que decir que no honra a su carácter nacional.

Esta melancólica campaña, tan melancólica y áspera como la pantanosa meseta de Sebastopol, tomará probablemente este curso: en cuanto los rusos estén del todo concentrados y el tiempo lo permita, atacarán probablemente primero a los turcos al mando de Omer Bajá.3 Eso es lo que esperan británicos, franceses y turcos, tan bien conocen la poco envidiable posición que se ha asignado a estos últimos; en todo caso, muestra que a los turcos se les envía al norte con plena conciencia. No puede imaginarse mejor prueba de la situación desesperada de los aliados que la contenida en esta confesión involuntaria de sus propios generales. Que los turcos serán batidos puede darse por seguro. ¿Cuál será entonces la suerte de los ejércitos aliados y de las tropas piamontesas? Las fanfarronadas sobre un asalto a Sebastopol han cesado ya casi del todo. En el Times de Londres encontramos sobre este capítulo una carta del coronel Edward Napier,4 del 3 de febrero, que dice que, si los aliados atacan el lado sur de Sebastopol, muy probablemente entrarán en la ciudad; pero el fuego abrumador de los fuertes y baterías del norte los hará papilla, mientras a la vez los sitia el ejército ruso de campaña. Ese ejército, dice el coronel Napier, debería ser batido primero, y luego debería cercarse tanto el lado norte como el lado sur de la ciudad. Como ejemplo acertado recuerda que el duque de Wellington levantó dos veces el sitio de Badajoz para marchar contra un ejército de socorro.5 El coronel Napier tiene toda la razón, y la Tribune dijo lo mismo en el momento de la famosa marcha de flanco sobre Balaklava. En cuanto a la entrada de los aliados en Sebastopol, sin embargo, parece pasar por alto la naturaleza particular de las obras de defensa rusas, que hacen imposible tomar la plaza con un solo asalto. Están primero las obras exteriores, luego el muro principal y detrás los edificios de la ciudad convertidos en reductos, calles barricadas, manzanas de casas aspilleradas y, por último, los muros traseros aspillerados de los fuertes de la costa, que uno tras otro exigen un ataque particular, quizá un sitio particular y hasta operaciones de mina. Además, desde hace algún tiempo las salidas victoriosas de los rusos han probado suficientemente que se ha llegado en la aproximación a la ciudad a un punto en que las fuerzas de los adversarios se equilibran por completo y el ataque, salvo en la artillería, está privado de toda superioridad. Mientras no puedan frustrarse las salidas, toda idea de asalto es ridícula. El sitiador incapaz de encerrar al sitiado en el espacio de la fortaleza propiamente dicha es todavía menos capaz de tomar esa fortaleza en un combate cuerpo a cuerpo.

Así pues, los sitiadores seguirán vegetando en su campamento. Encadenados por su debilidad y por el ejército ruso de campaña, seguirán derritiéndose mientras los rusos traen fuerzas nuevas. Si el nuevo ministerio británico no pone en marcha unos recursos del todo inesperados, llegará el día en que británicos, franceses, piamonteses y turcos sean barridos del suelo de Crimea.

  1. Por el nombre de Jean Martinet, inspector de infantería de Luis XIV, famoso por su rigor: un jefe ordenancista. Se refiere a Raglan. ↩

  2. El duque de Wellington (1769-1852). ↩

  3. Omer Bajá (1806-1871), general en jefe del ejército turco. ↩

  4. Edward Napier (1808-1870), oficial y escritor militar británico. ↩

  5. En 1811, durante la guerra de la Independencia española. ↩