Escrito por Karl Marx en Londres el 26 de mayo de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 245, del 30 de mayo de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 249-252), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 26 de mayo. Se han conocido más detalles del Comité du Salut Ministériel1 que lord Palmerston convocó anteayer antes de abrirse la sesión de la Cámara de los Comunes, detalles característicos del mecanismo parlamentario y de la posición de las diversas fracciones que han proporcionado al ministerio una mayoría de 100 votos.2 Palmerston amenazó desde el principio con dimitir si se aprobaba la moción de Disraeli. Amenazó con la perspectiva de un ministerio tory. Los llamados parlamentarios radicales, poor fellows,3 gozan desde 1830 del privilegio de ver suspendida sobre ellos esta grande y suprema amenaza cada vez que se amotinan. Cada vez los devuelve a la disciplina. ¿Y por qué? Porque temen el movimiento de masas que es inevitable bajo un ministerio tory. Hasta qué punto es literalmente exacta esta opinión puede verse por la confesión de un radical que en este momento es él mismo ministro, aunque solo ministro de los bosques reales: sir William Molesworth.4 El puesto le va bien al hombre que siempre tuvo el talento de no ver el bosque por culpa de los árboles. Diputado por Southwark, un barrio de Londres, recibió de sus electores la invitación a asistir a un mitin público de Southwark celebrado el miércoles pasado. (N. B. En este mitin, como en la mayoría de los celebrados hasta ahora en diversas provincias, se votó la resolución de que la reforma administrativa sin una reforma parlamentaria previa es sham y humbug, farsa y patraña). Molesworth no acudió, pero envió una carta, y en esa carta declara él, el radical y ministro del gabinete: «Si se aprueba la moción del señor Disraeli, la necesidad de la reforma administrativa se hará más evidente». Eso quiere decir «evidente»: si los tories llegan al ministerio, el movimiento de reforma se pondrá serio. Pero la amenaza de dimisión no fue el cañón grueso que disparó Palmerston. Aludió a la disolución del Parlamento y a la suerte de tantos desdichados que hace apenas tres años compraron con enormes sacrificios su entrada en la «honorable Cámara».5 Este argumento fue irresistible. Ya no se trataba de su dimisión. Se trataba de la dimisión de ellos.

Aunque Palmerston se aseguró así una mayoría de 100 votos contra la moción de Disraeli, amenazando a unos con su dimisión y a otros con su expulsión de la Cámara de los Comunes, abriendo a unos la perspectiva de la paz y a otros la de la guerra, la coalición recién fundada se vino abajo enseguida, y precisamente durante la representación pública de la comedia convenida. Las declaraciones a que se dejaron llevar los ministros en el curso del debate neutralizaron las declaraciones que habían hecho en petit comité. La argamasa que mantenía flojamente unidas a las fracciones reacias se desmoronó, no ante un huracán, sino ante un viento parlamentario. En la sesión de ayer, en efecto, Roebuck6 interpeló al primer ministro sobre el rumor de que se reabrían las conferencias de Viena. Quería saber si el enviado inglés en Viena tenía el encargo de participar en esas conferencias. Ahora bien, Palmerston, como es sabido, desde el regreso de Viena de Russell, el desafortunado diplomático, había rechazado todo debate sobre la guerra y la diplomacia con el pretexto de no estorbar las «conferencias de Viena, interrumpidas, sí, pero en modo alguno cerradas». Milner Gibson había retirado o aplazado el lunes pasado su moción porque, según la declaración del noble lord, las «conferencias seguían pendientes». Palmerston había subrayado expresamente en aquella ocasión que el ministerio inglés había dejado a Austria, «nuestra aliada dentro de ciertos límites», que urdiera nuevos puntos de partida para negociaciones de paz. La continuidad de la conferencia de Viena, dijo, está por encima de toda duda. Russell, es cierto, se ha marchado de Viena, pero Westmoreland7 sigue residiendo en Viena, donde además están los enviados de todas las grandes potencias, de modo que existen todos los elementos de una conferencia permanente.

Desde el lunes, día en que Palmerston agració al Parlamento con estas revelaciones, se había producido, sin embargo, un gran vuelco. La moción de Disraeli y un día de debate sobre esta moción se interponían entre el Palmerston del lunes y el Palmerston del viernes, y Disraeli había justificado su moción con el temor de que el ministerio, durante el aplazamiento de la Cámara, se dejara «arrastrar a una paz vergonzosa», igual que, bajo los auspicios de Aberdeen, se había dejado «arrastrar» a una guerra vergonzosa. De la respuesta de Palmerston a la interpelación de Roebuck dependía, pues, la suerte de la votación. En aquel momento no podía conjurar el fantasma de la conferencia de Viena y declarar a la Cámara que en Viena se decidía mientras en las salas de St. Stephen's8 se debatía; que aquí se proponía, pero allí se disponía. Podía hacerlo tanto menos cuanto que Russell, la noche anterior, había renegado de Austria, de los proyectos de paz y de la conferencia de Viena. Respondió, por tanto, a Roebuck que la conferencia de Viena no se había reabierto y que el enviado inglés no tenía permiso para asistir a una nueva conferencia sin orden especial de Downing Street. Entonces se levantó Milner Gibson, moralmente indignado. Pocos días antes el noble lord había declarado que la conferencia solo estaba suspendida y que Westmoreland tenía plenos poderes absolutos para negociar en ella. ¿Se le habían retirado esos poderes, y cuándo? ¡Plenos poderes!, respondió Palmerston; sus plenos poderes son tan plenos como siempre, pero no tiene el poder de usarlos. Tener plenos poderes y poder usarlos son dos cosas distintas. Esta respuesta a la interpelación de Roebuck deshizo el lazo entre el ministerio y el partido de la paz à tout prix, reforzado por los peelitas. Pero ese no fue ni el único ni el más importante «malentendido». Anteayer Disraeli había tenido a Russell horas enteras en el potro, torturándolo y pellizcándolo con alfileres al rojo. En una mano mostraba Disraeli la piel de león retórica con la que suele pavonearse el azteca whig,9 en la otra el hombrecillo diminuto de gutapercha que se esconde detrás de esa piel. Russell, aunque su larga experiencia y sus aventuras parlamentarias lo han acorazado contra las palabras duras como al Sigfrido de piel córnea contra las heridas, no supo mantener la compostura ante esta exhibición desnuda y despiadada de su verdadero yo. Hacía muecas mientras hablaba Disraeli. Se volvía y se revolvía en su asiento, inquieto y descompuesto, mientras Gladstone seguía con su sermón. Cuando Gladstone hizo una pausa retórica, Russell se levantó, y solo las risas de la Cámara le recordaron que todavía no le había llegado el turno. Por fin Gladstone enmudeció definitivamente. Por fin pudo Russell desahogar su corazón oprimido. Contó entonces a la Cámara todo lo que había callado prudentemente ante el príncipe Gorchakov y el señor Titov.10 Rusia, cuyo «honor y dignidad» había defendido en la conferencia de Viena, se le aparecía ahora como una potencia que aspira sin miramientos al dominio del mundo, que hace tratados para ganar pretextos para guerras de conquista y hace la guerra para envenenar con tratados. No solo Inglaterra, Europa le parecía amenazada; no cabía otra cosa que una guerra de exterminio. Aludió incluso a Polonia. En una palabra, el diplomático de Viena se había metamorfoseado de pronto en un «demagogo callejero» (una de sus expresiones favoritas). Disraeli, con astuto cálculo, lo había lanzado a este estilo de oda.

Pero justo después de la votación se levantó sir James Graham, el peelita. ¿Debía dar crédito a sus oídos? Russell había anunciado una «nueva guerra» contra Rusia, una cruzada, una guerra a vida o muerte, una guerra de las nacionalidades. El asunto era demasiado serio para cerrar el debate. Nunca habían estado menos claras las intenciones de los ministros. Russell creyó que podía, como de costumbre, arrojar la piel de león después de la votación. No se anduvo, pues, con rodeos. Graham lo había «malentendido». Él solo quería «seguridad para Turquía». ¡Ahí lo tenéis —exclamó Disraeli—, vosotros que, al rechazar mi moción, habéis absuelto al ministerio del reproche de «lenguaje ambiguo», ya oís su sinceridad! ¡Este Russell retira después de la votación todo el discurso que pronunció antes de la votación! ¡Os felicito por vuestra votación!

La Cámara no pudo resistir esta demonstratio ad oculos;11 el debate se aplazó hasta después de las vacaciones de Pentecostés; la victoria que había obtenido el ministerio se perdió de nuevo en un momento. La comedia había de constar solo de dos actos y terminar con la votación. Ahora se le ha añadido un epílogo que amenaza con volverse más serio que las propias Haupt- und Staatsaktionen.12 Las vacaciones del Parlamento nos permitirán entretanto analizar más de cerca los dos primeros actos. Lo que sigue siendo inaudito en los anales del Parlamento es que el debate solo se ponga serio después de la votación. Hasta ahora las batallas parlamentarias solían terminar con la votación, como las novelas de amor con la boda.

  1. «Comité de Salvación Ministerial», parodia del Comité de Salvación Pública de la Revolución francesa. ↩

  2. La moción de Disraeli, que censuraba la ambigüedad del gobierno en la cuestión de la paz y de la guerra, fue rechazada el 25 de mayo de 1855. ↩

  3. «Pobres diablos». ↩

  4. Sir William Molesworth (1810-1855), radical, primer comisionado de Obras Públicas en los gabinetes de Aberdeen y de Palmerston. ↩

  5. En las elecciones generales del verano de 1852. ↩

  6. John Arthur Roebuck (1801-1879), diputado radical, autor de la moción que en enero de 1855 derribó al gabinete Aberdeen y presidente de la comisión de investigación sobre el ejército de Crimea. ↩

  7. John Fane, conde de Westmorland (1784-1859), embajador británico en Viena. ↩

  8. Nombre tradicional de la Cámara de los Comunes, que se reunió en la capilla de San Esteban del palacio de Westminster hasta el incendio de 1834. ↩

  9. Alusión a los «niños aztecas», dos enanos que se exhibían en Londres desde 1853; Russell era de muy baja estatura. ↩

  10. El príncipe Alexandr Gorchakov, enviado ruso en Viena, y Vladímir Titov, segundo plenipotenciario ruso en la conferencia. ↩

  11. «Demostración ante los ojos». ↩

  12. «Acciones principales y de Estado»: así se llamaban en el teatro ambulante alemán de los siglos XVII y XVIII las piezas de tema histórico y político, ampulosas y truculentas. ↩