Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 10 de abril de 1855 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4375, del 27 de abril de 1855. El original inglés solo tiene hoy fuente libre en The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 531-536), que omite la primera frase: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 178-183), sin su aparato editorial, cotejada con ese texto inglés, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW y coincide con el de la edición de 1897 («Prospects in France and England»). Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, martes 10 de abril de 1855
Permítanme que, tras una pausa bastante larga, reanude mi correspondencia en la Tribune.
Ayer y hoy serán muy probablemente los dos primeros días decisivos de la conferencia de Viena,1 pues debía abrirse el 9 en presencia del señor Drouyn de Lhuys2 y al mismo tiempo se esperaba que el embajador ruso hubiera recibido sus instrucciones sobre el tercer y el cuarto punto.3 El viaje del señor Drouyn de Lhuys se ensalzó desde el principio en todas las Bolsas como síntoma seguro de paz. Se decía que un diplomático tan eminente no tomaría parte personalmente en las negociaciones si no estuviera seguro del éxito. En cuanto a la «eminencia» de este diplomático, es de una índole muy legendaria y existe sobre todo en los artículos de prensa pagados por él, con los que se hace elevar a la categoría de segundo Talleyrand, como si su larga carrera bajo Luis Felipe no hubiera establecido hace mucho su «eminente» mediocridad. Pero la verdadera razón de su viaje es esta: lord John Russell, con su notoria ignorancia de la lengua francesa, ha conseguido en pocas semanas enredar a los aliados en concesiones que sin duda nunca quiso hacer y que será sumamente difícil retirar. El francés de lord John es del tipo del John Bull de manual, tal como lo habla «Milord» en Fra Diavolo4 y en otras piezas antaño populares en Francia. Empieza con las palabras «Monsieur l'aubergiste» y termina con las palabras «très bien». Si solo entiende la mitad de lo que le dicen, tiene la satisfacción de saber que los demás entienden todavía menos de lo que él suelta. Pero justamente por eso lo envió a Viena su amigo y rival lord Palmerston, considerando que un par de torpezas gruesas en aquel escenario bastarían para romperle definitivamente el cuello al pobre pequeño John. Y así ha sucedido en efecto. La mayor parte del tiempo no lograba entender de qué se hablaba, y toda interpelación rápida e inesperada de Gorchakov o de Buol5 arrancaba infaliblemente al desdichado debutante diplomático un embarazado «très bien». Así pudo ocurrir que Rusia y, hasta cierto punto, también Austria pudieran afirmar que en algunos puntos, al menos en lo que toca a Inglaterra, se había llegado ya a un acuerdo que el pobre lord John nunca tuvo intención de conceder. Palmerston, naturalmente, no tenía nada que objetar mientras la culpa recayera sobre su desafortunado colega. Pero Luis Bonaparte no puede permitirse que lo lleven con engaños a la paz. Para poner coto a esta clase de diplomacia, el gobierno francés decidió de pronto llevar las cosas a una decisión. Fijó un ultimátum, con el que Drouyn de Lhuys fue a Londres, donde obtuvo el asentimiento del gobierno británico, y que luego se llevó consigo a Viena. Ahora, pues, puede considerársele representante común de Francia e Inglaterra, y no cabe duda de que utilizará esta posición en el mejor interés de su amo. Y como el único y exclusivo interés de Luis Bonaparte consiste en no concluir la paz antes de haber conquistado nueva gloria y nuevas ventajas para Francia y antes de que la guerra haya cumplido plenamente su fin como moyen de gouvernement,6 está claro que la misión de Drouyn, lejos de ser pacífica, no persigue, al contrario, otra cosa que asegurar la continuación de la guerra con cualquier pretexto medianamente decoroso.
Entre la burguesía de Francia y de Inglaterra esta guerra es decididamente impopular. Entre la francesa lo fue desde el principio, porque esta clase está desde el 2 de diciembre7 en plena oposición al gobierno del «salvador de la sociedad». En Inglaterra la burguesía estaba dividida. La gran masa ha trasladado su odio nacional de los franceses a los rusos. Aunque John Bull hace con gusto, de vez en cuando, algún pequeño negocio de anexión en la India, no piensa ni por asomo en permitir a otras naciones hacer lo mismo en otras regiones cuando están inquietantemente cerca de Inglaterra o de sus posesiones. Rusia era el país que desde hacía mucho despertaba a este respecto su celosa suspicacia. El comercio británico con el Levante y, a través de Trebisonda, con el interior de Asia, que crece enormemente, hace de la libre navegación por los Dardanelos un punto de la mayor importancia para Inglaterra. Inglaterra no puede consentir que Rusia vaya absorbiendo poco a poco los países del Danubio, cuyo valor como granero aumenta sin cesar, ni tampoco que Rusia cierre la navegación del Danubio. El grano ruso desempeña ya un papel desmesurado en el consumo británico; una anexión por Rusia de los países vecinos productores de trigo haría a Gran Bretaña del todo dependiente de ella y de los Estados Unidos, y convertiría a estos dos países en los reguladores del mercado de granos del mundo entero. Además, circulan en Inglaterra algunos rumores vagos y alarmantes sobre el avance de Rusia en Asia central; estos rumores los recogen políticos de la India interesados en ello y visionarios asustados, y el público británico, por su ignorancia general de la geografía, se los cree. Por eso, cuando Rusia emprendió su agresión contra Turquía, el odio nacional estalló con fuerza elemental, y quizá nunca fue tan popular una guerra como esta. El partido de la paz tuvo que callar por un tiempo, y la masa de sus propios miembros se dejó incluso arrastrar por la corriente general. Pero quien conociera el carácter de los ingleses tenía que saber que este entusiasmo bélico no podía durar mucho, al menos en lo que se refiere a la burguesía. En cuanto el efecto de la guerra se hiciera sentir en sus bolsillos en forma de impuestos, el sentido comercial se impondría naturalmente al orgullo nacional, y la merma de los beneficios personales inmediatos pesaría naturalmente más que la certeza de ir perdiendo poco a poco grandes ventajas nacionales. Los peelitas,8 contrarios a la guerra no tanto por verdadero amor a la paz como por la estrechez y la pusilanimidad que aborrecen toda gran crisis y toda acción decidida, hicieron cuanto pudieron por traer a toda prisa el gran momento en que cada comerciante y fabricante británico pudiera calcular hasta el último penique lo que la guerra le iba a costar personalmente per annum. El señor Gladstone,9 desdeñando la idea vulgar de un empréstito, duplicó en el acto el impuesto sobre la renta y suspendió la reforma financiera. El resultado se vio enseguida. El partido de la paz volvió a levantar la cabeza. El señor Bright10 se atrevió a enfrentarse al sentir dominante con el ardor y la tenacidad que se le conocen, hasta que consiguió ganarse los distritos industriales. En Londres el ánimo sigue siendo, es cierto, más favorable a la guerra; pero incluso aquí se nota la influencia del partido de la paz. Tampoco hay que olvidar que la Sociedad de la Paz11 nunca tuvo en ningún momento una influencia digna de mención en la capital. Con todo, su agitación crece en todas las partes del país, y otro año de impuesto sobre la renta duplicado, y además un empréstito —porque se considera ya inevitable—, y quedará extirpado el último rastro de espíritu guerrero en las clases industriales y comerciales.
Muy distinto es el caso de la masa del pueblo en ambos países. El campesinado francés ha sido desde 1789 el más ardiente partidario de la guerra y de la gloria militar. Esta vez los campesinos están seguros de no sentir mucho los apuros de la guerra; porque en un país donde la tierra está infinitamente dividida entre pequeños propietarios, el reclutamiento no solo libera a los distritos agrícolas de los brazos sobrantes, sino que además da cada año a unos 20.000 jóvenes la ocasión de ganar una buena suma de dinero haciéndose contratar como sustitutos. Solo una guerra larga se sentiría duramente. El emperador no puede imponer impuestos de guerra a los campesinos sin arriesgar la corona y la vida. Su único medio de mantener entre ellos el bonapartismo consiste en eximirlos de impuestos de guerra y comprar así su favor, y de este modo podrán quedar libres todavía varios años de esa clase de cargas.
Algo parecido ocurre en Inglaterra. En la agricultura suele haber exceso de brazos, y de ellos se recluta la masa principal de la tropa, que solo en un periodo más avanzado de la guerra recibe un fuerte aporte de la chusma de las ciudades. Cuando empezó la guerra, el comercio se encontraba en un estado pasablemente bueno y se estaban llevando a cabo bastantes mejoras agrícolas; por eso esta vez el número de reclutas campesinos fue menor que de costumbre, y el elemento urbano predomina decididamente en la milicia actual. Pero ya el pequeño número de los llamados a filas bastó para influir favorablemente en los salarios, y la simpatía de los aldeanos acompaña siempre a los soldados que salen de entre ellos y que ahora se convierten en héroes. La tributación directa no afecta a los pequeños arrendatarios ni a los jornaleros, y antes de que el aumento de los impuestos indirectos se les haga sensible tienen que pasar varios años de guerra. Entre esta gente el entusiasmo bélico es más fuerte que en ninguna otra parte, y no hay seguramente aldea donde no se encuentre una nueva cervecería con el rótulo «A los héroes del Alma» o una inscripción parecida, ni donde en casi todas las casas no adornen las paredes maravillosas cromolitografías con escenas del Alma, de Inkerman, de la carga de Balaklava y retratos de lord Raglan12 y de otros. Pero si en Francia el gran predominio de los pequeños campesinos (cuatro quintas partes de toda la población) y su peculiar relación con Luis Napoleón dan tanto peso a su voz, en Inglaterra la población rural, que solo forma un tercio de la población, apenas tiene influencia alguna, salvo como apéndice y cortejo de los terratenientes aristocráticos.
La población obrera industrial ocupa en ambos países casi la misma posición particular respecto a esta guerra. Tanto los proletarios británicos como los franceses están llenos de un noble espíritu nacional, aunque se han liberado más o menos de los anticuados prejuicios nacionales propios del campesinado de ambos países. Tienen poco interés inmediato en la guerra, salvo que las victorias de sus compatriotas halagan su orgullo nacional y que la marcha de la guerra, llevada por los franceses con temeridad y presunción y por los ingleses con timidez y torpeza, les da una buena ocasión para agitar contra los gobiernos existentes y las clases dominantes. Pero lo principal para ellos es esto: esta guerra, que coincide con una crisis comercial —cuyos primeros comienzos acaban de hacerse notar—, que dirigen cabezas y manos que no están a la altura de su tarea y que al mismo tiempo cobra dimensiones europeas, provocará, y tiene que provocar, acontecimientos que permitirán a la clase proletaria recuperar la posición que perdió en Francia con la batalla de junio de 1848.13 Y esto vale no solo para Francia, sino también para toda la Europa central, Inglaterra incluida.
En Francia, en efecto, no puede caber duda de que toda nueva tormenta revolucionaria llevará tarde o temprano al poder a la clase obrera. En Inglaterra las cosas toman rápidamente un giro parecido. Hay una aristocracia que desea continuar la guerra, pero no es capaz de hacerlo, y que se ha comprometido por completo con la mala dirección de la guerra el invierno pasado. Hay una burguesía que no desea continuar esta guerra, pero la guerra no puede terminarse ahora; al sacrificarlo todo a la paz, proclama su incapacidad para gobernar Inglaterra. Si los acontecimientos eliminaran a una de estas dos clases, con sus numerosas fracciones, y no dejaran llegar al timón a la otra, solo quedarían dos clases a las que podría recaer el poder: la pequeña burguesía, la clase de los pequeños industriales y comerciantes, cuya falta de energía y de decisión se ha mostrado en cada ocasión en que ha sido llamada a pasar de las palabras a los hechos, y la clase obrera, a la que se ha reprochado constantemente que muestra demasiada energía y decisión cuando se dispone a actuar como clase.
¿Cuál de estas clases será, pues, la que saque a Inglaterra de la lucha actual y de todas las complicaciones que surjan en relación con ella?
Karl Marx
La conferencia de los representantes de Inglaterra, Francia, Austria, Rusia y Turquía, abierta en Viena el 15 de marzo de 1855 para negociar la paz sobre la base de los cuatro puntos; se interrumpió a comienzos de junio sin resultado. ↩
Édouard Drouyn de Lhuys (1805-1881), ministro de Asuntos Exteriores francés y ya diplomático bajo Luis Felipe. ↩
Los cuatro puntos propuestos en 1854 por las potencias occidentales y Austria como condiciones de paz; el tercero preveía la revisión del tratado de los Estrechos de 1841 para poner fin al predominio ruso en el mar Negro, y el cuarto, la renuncia de Rusia al protectorado sobre los súbditos ortodoxos del sultán. ↩
Ópera cómica de Daniel Auber (1830), con libreto de Scribe, en la que un lord inglés de viaje por Italia hace un papel ridículo. ↩
El príncipe Alexandr Gorchakov (1798-1883), enviado ruso en Viena, y el conde Karl Ferdinand von Buol-Schauenstein (1797-1865), ministro de Asuntos Exteriores de Austria. ↩
«Medio de gobierno». ↩
El golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851. ↩
Los seguidores de Robert Peel, conservadores librecambistas, que formaron parte del gabinete Aberdeen (1852-1855). ↩
William Ewart Gladstone (1809-1898), peelita, ministro de Hacienda en el gabinete Aberdeen y en los primeros días del de Palmerston (hasta febrero de 1855); en 1854 cubrió los gastos de la guerra duplicando el impuesto sobre la renta. ↩
John Bright (1811-1889), fabricante de Rochdale, jefe con Cobden de la escuela librecambista de Manchester y adversario de la guerra de Crimea. ↩
La Peace Society, sociedad pacifista fundada en Londres en 1816. ↩
Fitzroy Somerset, lord Raglan (1788-1855), comandante en jefe del ejército británico en Crimea. ↩
La insurrección de los obreros de París del 23 al 26 de junio de 1848, aplastada por Cavaignac. ↩