Escrito en inglés por Friedrich Engels entre finales de junio y septiembre de 1855 y publicado sin firma en tres artículos en Putnam's Monthly. A Magazine of Literature, Science and Art (Nueva York), vol. VI, núms. XXXII, XXXIII y XXXVI (agosto, septiembre y diciembre de 1855). Traducido del texto de la revista, cotejado con la versión alemana de Marx/Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961), págs. 409-480, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las señaladas como de Engels o de la revista. Texto original en inglés
Primer artículo
La guerra que desde hace dos años se libra en las orillas del mar Negro ha llamado especialmente la atención sobre los dos millones de hombres en armas que Europa mantiene a sueldo aun en plena paz, y que quizá muy pronto vayan a ser el doble; y si, como es casi seguro, la guerra continúa, podemos esperar ver a esos cuatro millones en operaciones activas, en un teatro de guerra que ocupará, de mar a mar, todo el ancho del continente europeo.
Por esta razón, una descripción no solo de los ejércitos que hasta ahora han intervenido en el conflicto de Oriente, sino también de los demás ejércitos importantes de Europa, no puede carecer de interés para nuestros lectores, sobre todo porque a este lado del Atlántico, por fortuna, nunca se ha visto nada que se acerque ni de lejos a la magnitud siquiera de los ejércitos europeos de segundo orden; de ahí que entre nosotros el público no profesional solo tenga una idea vaga de la organización de tales cuerpos.
El recelo que antaño rodeaba de un secreto misterioso el ejército de cada potencia ya no existe. Por extraño que parezca, incluso en los países más reacios a la publicidad, donde todos los ramos de la administración civil siguen envueltos hasta hoy en las tinieblas que el absolutismo necesita, la organización del ejército es perfectamente conocida del público. Se publican escalafones que indican no solo la subdivisión de la fuerza armada en cuerpos, divisiones, brigadas, regimientos, batallones y escuadrones, sino también el despliegue de esas unidades, con sus efectivos y los nombres de los oficiales que las mandan. Siempre que hay grandes revistas, la presencia de oficiales extranjeros no solo se tolera, sino que hasta se busca; se piden críticas, se intercambian observaciones, se discuten con gravedad las instituciones y los ingenios propios de cada ejército, y se instaura una publicidad que contrasta de un modo harto extraño con muchos otros rasgos del mismo gobierno. Los verdaderos secretos que un ministerio de la guerra europeo logra guardar para sí se reducen a unas cuantas fórmulas de composiciones químicas, como las de los cohetes o las espoletas; y aun estas se descubren muy pronto o quedan superadas por el progreso de la invención, como ocurrió, por ejemplo, con la composición del cohete Congreve británico, desbancado por los cohetes de guerra del señor Hale, adoptados por el ejército de los Estados Unidos y ahora también por el británico.1
Esta publicidad hace que en tiempo de paz los distintos ministerios de la guerra del mundo civilizado formen, por así decirlo, una gran comisión militar que discute los méritos de todas las innovaciones propuestas y permite a cada miembro aprovechar la experiencia de todos los demás. Así se ha llegado a que la disposición, la organización y la economía general de casi todos los ejércitos europeos sean prácticamente las mismas, y en este sentido puede decirse que un ejército vale más o menos lo que cualquier otro. Pero el carácter nacional, la tradición histórica y, sobre todo, los diferentes grados de civilización crean otras tantas diferencias y dan a cada ejército sus puntos fuertes y sus puntos débiles particulares. El francés y el húngaro, el inglés y el italiano, el ruso y el alemán pueden ser, en ciertas circunstancias, soldados igualmente buenos y eficaces; pero, pese a un sistema uniforme de instrucción que parece nivelar todas las diferencias, cada cual será bueno a su manera, en virtud de cualidades distintas de las que poseen sus rivales.
Esto nos lleva a una pregunta que con demasiada frecuencia se debate entre los patriotas militares de las distintas nacionalidades: ¿cuáles son los mejores soldados? Naturalmente, cada pueblo es celoso de su propia fama; y, en la opinión del gran público, alimentada por relatos que, si en algo pecan de falta de exactitud crítica, van ampliamente adornados con un subido colorido patriótico, un regimiento propio puede «zurrar» a dos o tres de cualquier otra nación. La historia militar, como ciencia en la que la apreciación correcta de los hechos es la única consideración decisiva, es de fecha muy reciente y cuenta todavía con una literatura muy escasa. Es, sin embargo, una rama de la ciencia ya asentada, y cada día barre más y más, como el viento la paja, la fanfarronería desvergonzada y estúpida que durante demasiado tiempo caracterizó a obras que se decían históricas porque hacían oficio de tergiversar cada hecho que contaban. Ha pasado el tiempo en que, al escribir la historia de una guerra, se podía continuar esa guerra, por así decirlo, por cuenta propia, y cañonear impunemente con barro al enemigo de ayer cuando la paz firmada impide cañonearlo con hierro.2 Y aunque más de un punto menor de la historia militar queda aún por dilucidar, esto al menos es seguro: no hay nación civilizada que no pueda jactarse de haber producido, en uno u otro momento, los mejores soldados de su tiempo. Los lansquenetes alemanes de la baja Edad Media y los soldados suizos del siglo XVI fueron durante un tiempo tan invencibles como los espléndidos soldados españoles que les sucedieron en el rango de «la primera infantería del mundo»; los franceses de Luis XIV y los austriacos del príncipe Eugenio se disputaron durante un tiempo ese puesto de honor, hasta que los prusianos de Federico el Grande zanjaron la cuestión derrotando a unos y a otros; estos, a su vez, fueron precipitados al más completo descrédito por un solo golpe en Jena, y de nuevo los franceses fueron reconocidos por todos como los primeros soldados de Europa; al mismo tiempo, sin embargo, no pudieron impedir que los ingleses, en España, se mostraran superiores a ellos en ciertas circunstancias y en ciertos momentos de una batalla.3 Sin duda, las legiones que Napoleón llevó en 1805 del campamento de Boulogne a Austerlitz fueron las mejores tropas de su tiempo; sin duda Wellington sabía lo que decía cuando, al terminar la guerra peninsular, llamó a sus soldados «un ejército con el que podía ir a cualquier parte y hacer cualquier cosa»; y, sin embargo, la flor de ese ejército británico de la Península fue derrotada en Nueva Orleans por simples milicianos y voluntarios, sin instrucción ni organización alguna.4
La experiencia de todas las campañas pasadas nos lleva, pues, a la misma conclusión, y todo soldado veterano sensato y libre de prejuicios la confirmará: que las cualidades militares, tanto en valor como en aptitud para el oficio, están, en conjunto, repartidas con bastante imparcialidad entre las distintas naciones del mundo; que lo que distingue a los soldados de las diferentes nacionalidades no es tanto el grado como la naturaleza particular de sus aptitudes; y que, con la publicidad que hoy reina en materia militar, solo la aplicación asidua de la reflexión, la mejora y la invención a las instituciones y los recursos militares de un Estado, y el desarrollo de las cualidades militares que distinguen especialmente a una nación, pueden hacer que un ejército ocupe, durante un tiempo, el primer puesto entre sus rivales. Vemos así enseguida qué ventaja da a un país, en el terreno militar, un desarrollo más alto de la civilización frente a sus vecinos menos adelantados. Como ejemplo podemos mencionar que el ejército ruso, aunque se distingue por muchas cualidades soldadescas de primer orden, nunca ha logrado imponerse a ningún ejército de la Europa civilizada. En igualdad de condiciones, los rusos peleaban con desesperación; pero, al menos hasta la guerra actual, salían siempre derrotados, fueran sus adversarios franceses, prusianos, polacos o ingleses.
Antes de examinar por separado los distintos ejércitos, son necesarias algunas observaciones generales que valen para todos.
Un ejército, sobre todo uno grande, de trescientos mil a quinientos mil hombres y más, con todas sus subdivisiones necesarias, sus diferentes armas y sus necesidades de hombres, material y organización, es en sí mismo un cuerpo tan complicado que la mayor simplificación posible se vuelve indispensable. Son tantas las variedades inevitables que cabría esperar que no se aumentaran con abigarramientos artificiales y sin sentido. Sin embargo, la rutina y ese espíritu de ostentación y de parada que es la plaga de los ejércitos viejos han complicado las cosas, en casi todos los ejércitos europeos, hasta un grado increíble.
Las diferencias de talla, fuerza y temperamento que se dan en todo país, tanto en los hombres como en los caballos, obligan a separar la infantería y la caballería ligeras de la infantería y la caballería pesadas. Intentar borrar por completo esta separación sería mezclar en un mismo cuerpo individuos cuyas aptitudes militares son opuestas por naturaleza y que, por tanto, se neutralizarían en cierta medida unos a otros, con lo que disminuiría la eficacia del conjunto. Así, cada una de esas armas se divide naturalmente en dos cuerpos separados: uno que reúne a los hombres (y, en su caso, a los caballos) más pesados y torpes, destinados sobre todo a las grandes cargas decisivas y al combate en orden cerrado; y otro formado por los hombres más ligeros y ágiles, especialmente aptos para el combate en guerrilla, el servicio de avanzadas y de vanguardia, las maniobras rápidas y cosas semejantes. Hasta aquí, la subdivisión es perfectamente legítima. Pero, además de esta distribución natural, en casi todos los ejércitos cada subdivisión vuelve a dividirse en ramas que no se distinguen más que por caprichosas diferencias de uniforme y por sutilezas teóricas que la práctica y la experiencia desmienten constantemente.
Así, en todo ejército europeo existe un cuerpo llamado de la Guardia, que pretende ser la élite del ejército, pero que en realidad se compone simplemente de los hombres más monstruosamente grandes que se pueden encontrar. Las Guardias rusa e inglesa son las que más se distinguen en este aspecto, aunque no hay prueba alguna de que superen en valor y eficacia a los demás regimientos de sus respectivos ejércitos. La Vieja Guardia de Napoleón era una institución muy distinta: era la verdadera élite del ejército, y la talla no tenía nada que ver con su formación. Pero incluso esa guardia debilitaba al resto del ejército al absorber sus mejores elementos, y el miramiento por un cuerpo sin rival llevó a veces a Napoleón a cometer errores, como en Borodinó, donde no hizo avanzar la Guardia en el momento decisivo y perdió así la ocasión de impedir que las fuerzas rusas se retiraran en buen orden.5 Los franceses tienen, además de su Guardia Imperial, una especie de élite en cada batallón, que forma dos compañías, una de granaderos y otra de volteadores, con lo que complican sin necesidad las evoluciones tácticas del batallón. Otras naciones tienen cuerpos semejantes. Todas estas tropas escogidas, además de su formación y su uniforme distintivos, cobran una paga más alta. Se dice que tal sistema espolea la ambición del soldado raso, sobre todo en naciones excitables como la francesa y la italiana; pero el mismo fin se conseguiría, y quizá mejor, si los hombres que se han ganado esos distintivos siguieran en las filas de sus respectivas compañías y no se los usara como pretexto para romper la unidad y la simetría tácticas del batallón.
En la caballería se practica una farsa todavía más llamativa. Aquí la distinción entre caballería ligera y pesada sirve de pretexto para subdivisiones de toda clase: coraceros, dragones, carabineros, lanceros, cazadores, húsares, etc. Todas estas subdivisiones no solo son inútiles: son francamente absurdas por las complicaciones que causan. Húsares y lanceros son imitación de los húngaros y los polacos; pero en Hungría y en Polonia esas armas tenían su sentido: eran las armas nacionales, y el traje de las tropas que las llevaban era el traje nacional del país. Imitar tales particularidades en otros países, donde falta el espíritu nacional que les daba vida, es cuando menos ridículo; y con razón pudo el húsar húngaro, en 1814, al saludarle un húsar ruso con el título de «camarada», contestar: «¡Yo no camarada, yo húsar, tú arlequín!» (Nix camerad - ich husar, du hans-wurst!)6 Otra institución igual de ridícula, en casi todos los ejércitos, son los coraceros: hombres literalmente impedidos, que impiden también a sus caballos, por el peso de sus petos (una coraza francesa pesa veintidós libras)7, y que, con todo, no están protegidos por ellos contra una bala de fusil rayado disparada a ciento cincuenta yardas. La coraza había desaparecido de casi todos los ejércitos europeos cuando el gusto de Napoleón por la ostentación y por la tradición monárquica la reintrodujo entre los franceses, y su ejemplo lo siguieron pronto todas las naciones de Europa.
Aparte de nuestro pequeño ejército, el sardo es el único, entre las naciones civilizadas, cuya caballería se compone sencillamente de caballería ligera y pesada, sin más subdivisiones, y en el que la coraza ha sido abolida por completo.
En la artillería de campaña se encuentra en todos los ejércitos una gran complicación de calibres diferentes. Los ingleses tienen en teoría la mayor diversidad, con ocho calibres y doce modelos distintos de piezas; pero en la práctica su enorme material les permite reducir su artillería a una gran sencillez. En Crimea, por ejemplo, el cañón de nueve libras y el obús de veinticuatro libras son casi los únicos calibres en uso. Los franceses han introducido en los últimos años la mayor sencillez posible, al sustituir sus cuatro calibres por uno solo, el cañón-obús ligero de doce libras, del que hablaremos en su lugar. En la mayoría de los demás ejércitos subsisten aún de tres a cuatro calibres, sin contar las variedades de cureñas, carros de munición, ruedas y cosas semejantes.
Los cuerpos técnicos de los distintos ejércitos, los ingenieros, etc., a los que podemos añadir el estado mayor, están organizados en todos los ejércitos sobre una base bastante parecida, salvo que entre los británicos, y con gran perjuicio para ellos, el estado mayor no forma en absoluto un cuerpo aparte. Otras diferencias menores se mencionarán en su lugar.
Empezamos por el ejército que, por la organización que recibió durante la revolución y bajo Napoleón, ha servido de modelo, en cierto modo, a todos los ejércitos europeos desde comienzos de este siglo.
I. El ejército francés
Cuando estalló la guerra actual, Francia tenía cien regimientos de infantería de línea (los números 76 a 100 se llamaban hasta hace poco de «infantería ligera», pero su instrucción y su organización no se distinguían en nada de las de los regimientos de línea). Cada regimiento cuenta con tres batallones: dos de campaña y el tercero de reserva. En tiempo de guerra, sin embargo, el tercer batallón puede organizarse muy pronto para el servicio de campaña, y un cuarto batallón, formado con la compañía de depósito suplementaria de cada uno de los tres batallones, asume las funciones del depósito. Así se hizo durante las guerras de Napoleón, que llegó a formar quintos y, en algunos casos, sextos batallones. Por ahora, sin embargo, solo podemos contar tres batallones por regimiento. Cada batallón tiene ocho compañías de servicio (una de granaderos, una de volteadores y seis del centro), y cada compañía, en pie de guerra, cuenta con tres oficiales y ciento quince suboficiales y soldados. Un batallón francés de línea suma, pues, en pie de guerra, unos novecientos sesenta hombres, de los que la octava parte (la compañía de volteadores) está destinada especialmente al servicio de infantería ligera.
Los cuerpos especiales destinados al servicio de infantería ligera son los cazadores a pie y los cuerpos de África. Los cazadores, que antes de la guerra eran solo diez batallones, se elevaron en 1853 a veinte, de modo que casi cada división de infantería del ejército (cuatro regimientos) puede recibir, al formarse, un batallón de cazadores. Estos batallones cuentan diez compañías, o cerca de 1.300 hombres. Las tropas destinadas especialmente al servicio de África son: tres regimientos, con nueve batallones de zuavos; dos regimientos, o seis batallones, de la Legión Extranjera; seis batallones de infantería ligera (de ellos, tres batallones de cazadores indígenas); en total, veintiún batallones, o unos 22.000 hombres.
La caballería se divide en cuatro partes distintas:
- Caballería pesada o de reserva, 12 regimientos —2 de carabineros (coraceros con fusil rayado), 10 de coraceros— = 72 escuadrones.
- Caballería de línea, 20 regimientos —12 de dragones, 8 de lanceros— = 120 escuadrones.
- Caballería ligera, 21 regimientos —12 de cazadores a caballo, 9 de húsares— = 126 escuadrones.
- Caballería ligera de África, 7 regimientos —4 de Chasseurs d'Afrique, 3 de spahis— = 42 escuadrones.
En pie de guerra, los escuadrones son de 190 hombres en la caballería de reserva y en la de línea, y de 200 en la ligera. En tiempo de paz apenas hay cuatro escuadrones de 120 hombres completamente equipados, de modo que en cada movilización del ejército hay que llamar a gran número de hombres con licencia y encontrarles caballos, cosa que en un país tan pobre en caballos como Francia nunca puede hacerse sin una gran importación del extranjero.
La artillería, tal como se reorganizó recientemente, se compone de diecisiete regimientos: cinco de artillería de a pie, para el servicio de plaza y de sitio; siete de línea (para el servicio con las divisiones de infantería); cuatro de artillería a caballo, y uno de pontoneros. La artillería de a pie parece destinada a actuar en campaña solo en caso de necesidad. La artillería de línea tiene las cureñas y los armones construidos de modo que los artilleros puedan ir montados en ellos durante los movimientos rápidos. La artillería a caballo está organizada como en otros ejércitos. La de línea y la de a caballo cuentan ciento treinta y siete baterías de seis piezas, a las que pueden añadirse como reserva sesenta baterías de la artillería de a pie; en total, 1.182 piezas.
Además de lo anterior, la artillería comprende trece compañías de obreros.
Los servicios especiales del ejército comprenden: un estado mayor general de 560 oficiales; los estados mayores de las plazas, de la artillería y de los ingenieros, con unos 1.200 oficiales; tres regimientos de zapadores y minadores; cinco escuadrones de acémilas; cinco escuadrones del tren; 1.187 oficiales médicos, etc. Los efectivos totales son los siguientes:
| Infantería. | ||
| Línea, 300 batallones y 300 compañías de depósito | 335.000 | |
| Cazadores, 20 batallones | 26.000 | |
| Tropas de África, 21 batallones | 22.000 | |
| 383.000 | ||
| Caballería. | ||
| Reserva, 72 escuadrones y 12 depósitos | 16.300 | |
| Línea, 120 escuadrones y 20 depósitos | 28.400 | |
| Ligera, 126 escuadrones y 21 depósitos | 31.300 | |
| África, 42 escuadrones | 10.000 | 86.000 |
| Artillería y cuerpos especiales | 1.200 piezas y | 70.000 |
| 1.200 piezas y | 539.000 |
A estos hay que añadir la Guardia recién formada, con la fuerza de una división de infantería (dos regimientos de granaderos y dos de volteadores), una brigada de caballería (un regimiento de coraceros y uno de guías), un batallón de cazadores y cuatro o cinco baterías de artillería; así como 25.000 hombres de la gendarmería, de los que 14.000 son gendarmes a caballo. Recientemente se han formado otros dos regimientos de infantería, el 101 y el 102, y está formándose una nueva brigada de la Legión Extranjera (suiza). En total, pues, el ejército francés, en su organización actual, tiene cuadros para unos 600.000 hombres, y esa será una estimación bastante exacta de su fuerza presente.
El ejército se recluta por sorteo entre todos los jóvenes que han cumplido veinte años. Se calcula que cada año hay disponibles unos 140.000 hombres, de los que, sin embargo, en tiempo de paz solo se toman para el servicio de 60.000 a 80.000. Los demás pueden ser llamados en cualquier momento durante los ocho años siguientes al sorteo. Además, en tiempo de paz se envía a gran número de soldados a casa con licencias largas, de modo que la duración efectiva del servicio, incluso de los llamados a filas, no pasa de cuatro o cinco años. Este sistema, aunque da a las tropas en servicio activo un alto grado de eficacia, no prepara reservas instruidas para un caso de necesidad. Una gran guerra continental en la que Francia tuviera que operar con dos o tres grandes ejércitos la obligaría, ya en la segunda campaña, a llevar al campo de batalla muchas levas bisoñas, y en la tercera mostraría un deterioro muy sensible del ejército. Los franceses tienen, es cierto, mucha facilidad para aprender el oficio de soldado; pero, siendo así, ¿por qué mantener un servicio tan largo, que priva a la mayor parte de los jóvenes disponibles del beneficio de una escuela de instrucción militar?
Allí donde el servicio militar es a la vez obligatorio y de larga duración, las necesidades de la sociedad europea han introducido para las clases acomodadas el privilegio de librarse, mediante un pago en dinero de una u otra forma, de la obligación de servir en persona. Así, en Francia el sistema de los sustitutos está legalmente reconocido, y unos ochenta mil de ellos sirven constantemente en el ejército francés. Se reclutan sobre todo entre lo que se llama las «clases peligrosas»; son bastante difíciles de manejar, pero, una vez domados, son excelentes soldados. Necesitan una disciplina muy estricta para mantener una buena conducta, y sus nociones de orden y subordinación son a veces bastante extravagantes. Donde hay muchos de ellos en un regimiento, es seguro que causan dificultades en la guarnición. Por eso se piensa que su mejor sitio es frente al enemigo, y así las tropas ligeras de África se reclutan especialmente entre ellos; por ejemplo, los zuavos, que casi todos entraron en el ejército como remplaçants.8 La campaña de Crimea ha demostrado sobradamente que los zuavos llevan consigo a todas partes sus costumbres africanas, tanto su afición al pillaje como su conducta indisciplinada en la adversidad, y quizá en este sentido dijo un espíritu afín, el difunto mariscal Saint-Arnaud, en su parte sobre la batalla del Alma: «¡Los zuavos son, en verdad, los primeros soldados del mundo!»9
El equipo del ejército francés es, en conjunto, de primera calidad. Las armas están bien construidas, y en especial el sable de caballería es de muy buen modelo, aunque quizá algo demasiado largo. La infantería va equipada según el nuevo sistema introducido al mismo tiempo en Francia y en Prusia, que suprime los correajes cruzados de la cartuchera y del sable o la bayoneta; ambos van en un cinturón ceñido a la cintura y sostenido por dos tirantes de cuero sobre los hombros, mientras que la mochila se lleva holgadamente a la espalda con dos correas, sin la anticuada correa de unión que cruzaba el pecho. Así el pecho queda completamente libre, y el soldado se convierte en un hombre del todo distinto del desdichado ser atado y abrochado en la especie de coraza de cuero en que lo encerraba el sistema antiguo. El uniforme es sencillo pero de buen gusto; hay que reconocer, en efecto, que tanto en la moda militar como en la civil los franceses han mostrado más gusto que ninguna otra nación. Una túnica o levita azul que cubre los muslos hasta las rodillas, con un cuello bajo y recto escotado por delante, pantalones encarnados moderadamente anchos, un ligero quepis, el tocado más militar inventado hasta ahora, zapatos y polainas y un cómodo capote gris forman un equipo tan sencillo y eficaz como cualquiera de los conocidos en los ejércitos europeos. En África, la cabeza se protege de los rayos del sol con un capote blanco de franela, y también se reparte a la tropa ropa interior de franela. En Crimea se llevaron el invierno pasado gruesos capotes de paño que cubrían la cabeza, el cuello y los hombros. Los cazadores a pie visten enteramente de gris con vueltas verdes; los zuavos llevan una especie de traje turco de fantasía que parece muy adecuado al clima y al servicio que han de prestar. Los cazadores y algunos otros batallones africanos van armados con el fusil rayado Minié; el resto de la infantería, con simples fusiles de percusión. Parece, sin embargo, que se piensa aumentar la proporción de tropas armadas con fusiles rayados.
La caballería está formada por hombres de buena planta, de menos peso que en muchos otros ejércitos, pero no por ello peores. En pie de paz, en conjunto, está pasablemente montada, con animales comprados en el extranjero o procedentes de las yeguadas del Estado y de los distritos donde se ha logrado mejorar la raza del país, que hasta hace poco era muy pobre. Pero en caso de guerra, cuando hay que doblar de golpe el número de caballos, los recursos del país son del todo insuficientes y hay que comprar miles de caballos en el extranjero, muchos de ellos apenas aptos para el servicio de caballería. Así, en una guerra larga la caballería francesa se deteriorará pronto, a menos que el gobierno pueda echar mano de los recursos de países ricos en caballos, como hizo en 1805, 1806 y 1807.
La artillería está armada ahora exclusivamente con el nuevo cañón ligero de doce libras, la supuesta invención de Luis Napoleón. Pero como el cañón ligero de doce libras, preparado para una carga de la cuarta parte del peso de la bala, existía ya en los ejércitos inglés y holandés; como los belgas habían suprimido ya la recámara en sus obuses, y como tanto prusianos como austriacos acostumbran, en ciertos casos, disparar granadas con los cañones corrientes de doce y de veinticuatro libras, la pretendida invención se reduce a montar ese cañón ligero de doce libras en la cureña corriente francesa de ocho libras.10 Con todo, la artillería francesa ha ganado evidentemente en sencillez y eficacia con el cambio; está por ver si no ha sufrido su movilidad, y también si el cañón de doce libras resultará bastante eficaz para el proyectil hueco. Al menos hemos leído que ya ha sido necesario enviar al ejército de Oriente obuses de mayor calibre.
Los reglamentos tácticos del ejército francés son una extraña mezcla de sentido militar y tradiciones anticuadas. Quizá no haya lengua más adecuada que la francesa para la voz de mando militar, breve, clara e imperiosa; y, sin embargo, las órdenes suelen darse con una excesiva prolijidad: donde bastarían dos o tres palabras, el oficial tiene que gritar una frase entera, o hasta dos. Las maniobras son complicadas, y la instrucción contiene buena dosis de antiguallas absurdas, del todo inaplicables al estado actual de la táctica. En el combate en guerrilla, precisamente la función que parece innata en el francés, se instruye a los hombres con una pedantería apenas superada en Rusia. Lo mismo ocurre con algunas maniobras de caballería y de artillería. Pero siempre que los franceses tienen que ir a la guerra, la necesidad prescinde muy pronto de esas maniobras anticuadas y pedantes, y nadie dispone e introduce con tanta rapidez como los franceses nuevos métodos tácticos adecuados a las nuevas situaciones.
En conjunto, el servicio de tropas ligeras es el fuerte de los franceses. Son literalmente las tropas más ligeras de Europa. En ningún país es tan baja la talla media del ejército como en Francia. En 1836, de unos 80.000 hombres del ejército francés, solo 743 medían cinco pies y ocho pulgadas o más, y solo siete medían seis pies, ¡mientras que nada menos que 38.000 medían entre cuatro pies diez pulgadas y media y cinco pies dos pulgadas! Y, sin embargo, estos hombrecillos no solo pelean extraordinariamente bien, sino que soportan las fatigas más duras y superan en agilidad a casi todos los demás ejércitos. El general Napier sostiene que el soldado británico es el animal combatiente más cargado del mundo;11 pero no había visto a estos veteranos franceses de las campañas de África llevar, además de sus armas y su equipaje personal, tiendas, leña y víveres amontonados a la espalda hasta una altura que sobrepasaba con mucho sus chacós, y marchar así treinta o cuarenta millas al día bajo un sol tropical. ¡Y compárese entonces al soldado británico, grande y torpe, que en tiempo de paz mide por lo menos cinco pies y seis pulgadas, con el francés, enclenque, paticorto, con pinta de sastre, de cuatro pies y diez! Y, sin embargo, el pequeño francés, bajo toda su carga, sigue siendo un excelente infante ligero: combate en guerrilla, trota, galopa, se tumba, se levanta de un salto, sin dejar de cargar, disparar, avanzar, retirarse, dispersarse, reunirse y volver a formar, y muestra no solo el doble de agilidad sino también el doble de inteligencia que su huesudo competidor de la isla del rosbif. Este servicio de infantería ligera ha alcanzado la perfección en los veinte batallones de cazadores a pie. Estas tropas incomparables, incomparables para su servicio particular, están instruidas para hacer todos los movimientos, cuando se hallan al alcance del enemigo, a una especie de trote suave, llamado pas gymnastique, en el que dan entre ciento sesenta y ciento ochenta pasos por minuto. Y no solo pueden correr, con breves intervalos, durante media hora o más, sino que arrastrarse, saltar, trepar, nadar, cualquier movimiento que pueda necesitarse, les es igualmente familiar; y además son tiradores de primera que, en igualdad de condiciones, pueden sostener el combate en guerrilla frente a esos tiradores certeros, protegiéndose tras la menor desigualdad del terreno.
En cuanto a la actuación de la infantería francesa en masa, su carácter apasionado le da grandes ventajas junto con grandes inconvenientes. Por lo general, su primera carga será eficaz, rápida, resuelta, si no furiosa. Si tiene éxito, nada puede resistirla. Si es rechazada, se rehará pronto y estará en condiciones de volver a ser lanzada; pero en una campaña desgraciada, o simplemente de suerte alterna, la infantería francesa pierde pronto su solidez. El éxito es un elemento necesario para todos los ejércitos, pero especialmente para los de raza romano-celta. La raza teutónica tiene en este aspecto una clara superioridad sobre ellos. Los franceses, una vez que Napoleón los puso en marcha, pudieron durante quince años arrollarlo todo a su paso, hasta que los reveses los quebraron; pero una guerra de siete años como la que sostuvo Federico el Grande, una guerra en la que muchas veces estuvo al borde de la ruina, a menudo derrotado y, sin embargo, al final victorioso, una guerra así nunca podría ganarse con tropas francesas. La guerra de España, de 1809 a 1814, ofrece en este punto un ejemplo concluyente.
Bajo Napoleón, la caballería francesa, al contrario que la infantería, tenía mucha más fama por su actuación en masa que por su servicio como tropa ligera. Se la tenía por irresistible, e incluso Napier reconoce su superioridad sobre la caballería inglesa de entonces. Wellington, hasta cierto punto, también. Y, cosa extraña, esa caballería irresistible se componía de jinetes tan mediocres que todas sus cargas se hacían al trote o, a lo sumo, a un galope corto. Pero cabalgaban muy apretados, y nunca se los lanzaba sino cuando la artillería les había preparado el camino con un fuego intenso, y aun entonces solo en grandes masas. El valor y la embriaguez de la victoria hacían el resto. La caballería francesa actual, sobre todo los regimientos de Argelia, son muy buenas tropas, en general buenos jinetes y todavía mejores esgrimidores, aunque en equitación siguen siendo inferiores a los británicos, a los prusianos y, sobre todo, a los austriacos. Pero como el ejército, al ponerse en pie de guerra, tiene que doblar su caballería, no cabe duda de que la calidad se resentirá; con todo, es un hecho que los franceses poseen en alto grado esa cualidad esencial del soldado de caballería que llamamos arrojo, y que suple muchas deficiencias. En cambio, no hay soldados que cuiden tan poco de sus caballos como los franceses.
La artillería francesa ha gozado siempre de gran prestigio. Casi todas las mejoras introducidas en la artillería en los últimos tres o cuatro siglos se deben a los franceses. Durante las guerras napoleónicas, la artillería francesa era especialmente temible por su gran habilidad para elegir posiciones para sus piezas, un arte que entonces solo se dominaba imperfectamente en otros ejércitos. Todos los testimonios coinciden en que nadie igualaba a los franceses en emplazar sus cañones de modo que el terreno de delante, a la vez que los cubría del fuego enemigo, favoreciera el efecto del suyo. También la rama teórica de la artillería ha sido siempre una ciencia predilecta de los franceses; su inclinación matemática la favorece, y la precisión del lenguaje, el método científico y la solidez de criterio que caracterizan su literatura artillera muestran hasta qué punto esta rama de la ciencia se adapta al genio nacional.
De los cuerpos especiales —ingenieros, estado mayor, sanidad y transportes— solo podemos decir que son muy eficaces. Las escuelas militares son modelos en su género. Al oficial francés no se le exige la cultura general que se espera en Prusia; pero las escuelas por las que tiene que pasar le dan una formación profesional de primer orden, que incluye un conocimiento a fondo de las ciencias auxiliares y cierto dominio de al menos una lengua viva. Hay, sin embargo, otra clase de oficiales en el ejército francés, a saber, los que salen de los antiguos suboficiales. Estos rara vez pasan de capitán, de modo que los franceses tienen a menudo generales jóvenes y capitanes viejos, y este sistema da excelentes resultados.
En conjunto, el ejército francés muestra en todos sus rasgos que pertenece a una nación belicosa y animosa, orgullosa de sus defensores. Que la disciplina y la eficacia de este ejército hayan vencido las seducciones que le tendió Luis Bonaparte, y que los pretorianos de diciembre de 1851 pudieran convertirse tan pronto en los héroes de Crimea, dice ciertamente mucho en su favor.12 Nunca un gobierno ha halagado más a un ejército, lo ha cortejado más ni lo ha incitado más abiertamente a toda clase de excesos que al francés en el otoño de 1851; nunca se le permitió tanta licencia como durante la guerra civil de diciembre; y, sin embargo, ha vuelto a la disciplina y cumple muy bien con su deber. Es verdad que el elemento pretoriano ha salido varias veces a la superficie en Crimea, pero Canrobert siempre logró sofocarlo.13
II. El ejército inglés
El ejército británico es la antítesis completa del francés. No hay entre ellos dos puntos de semejanza. Donde los franceses son fuertes, los británicos son débiles, y viceversa. Como la propia vieja Inglaterra, un montón de abusos desenfrenados, la organización del ejército inglés está podrida hasta la médula. Todo parece dispuesto para impedir cualquier posibilidad de que se alcance alguna vez el fin perseguido. Por un azar inexplicable, las mejoras más audaces —pocas, en verdad— se instalan en medio de un montón de imbecilidad caduca; y, sin embargo, cada vez que la torpe y chirriante máquina se pone en marcha, de un modo u otro se las arregla para cumplir su cometido.
La organización del ejército británico se describe pronto. En infantería hay tres regimientos de la Guardia, ochenta y cinco de línea, trece de infantería ligera y dos de fusileros. Durante la guerra actual, la Guardia, los fusileros y algunos otros regimientos tienen tres batallones; los demás, dos, con un depósito formado por una compañía de cada uno. El reclutamiento, sin embargo, apenas basta para cubrir las bajas causadas por la guerra, de modo que puede decirse que los segundos batallones apenas existen. El efectivo total actual de la infantería no pasa, desde luego, de 120.000 hombres.
Además de las tropas regulares, la milicia forma parte de la infantería como una especie de reserva o de vivero del ejército. Su número, según la ley del Parlamento, puede llegar a 80.000 hombres, pero hoy no pueden ser más de 60.000, aunque solo en Lancashire se han movilizado seis batallones. Tal como está la ley, la milicia puede ofrecerse voluntaria para servir en las colonias, pero no se la puede llevar a teatros de guerra extranjeros. Solo puede servir, por tanto, para relevar a los soldados de línea que guarnecen Corfú, Malta y Gibraltar o, quizá más adelante, algunas de las posesiones más lejanas.
En caballería hay tres regimientos de la Guardia (coraceros), seis de guardias dragones (pesados), cuatro de dragones pesados, cuatro de dragones ligeros, cinco de húsares y cuatro de lanceros. Cada regimiento debe elevarse, en pie de guerra, a 1.000 sables (cuatro escuadrones de doscientos cincuenta hombres, además de un depósito). Algunos regimientos partieron efectivamente con esa fuerza, pero los desastres del invierno en Crimea, la insensata carga de Balaklava y la escasez de reclutas han restablecido, en conjunto, el antiguo pie de paz. No creemos que los veintiséis regimientos sumen en este momento 10.000 sables, o sea, 400 sables por regimiento por término medio.
La artillería consta del regimiento de artillería de a pie (doce batallones con noventa y seis baterías) y de la brigada de artillería a caballo (siete baterías y una batería de cohetes). Cada batería tiene cinco cañones y un obús; los calibres de los cañones son de tres, seis, nueve, doce y dieciocho libras, y los de los obuses, de cuatro pulgadas y dos quintos, cuatro y media, cinco y media y ocho pulgadas. Cada batería tiene además dos modelos de piezas de casi todos los calibres, pesados y ligeros. En realidad, sin embargo, los cañones ligeros de nueve y de doce libras, con los obuses de cuatro pulgadas y media y de cinco y media, forman los calibres de campaña, y, en conjunto, puede decirse que el cañón de nueve libras es hoy la pieza adoptada con carácter general por la artillería británica, con el obús de cuatro pulgadas y media (de veinticuatro libras) como auxiliar. Además, se usan cohetes de seis y de doce libras.
Como el ejército inglés, en pie de paz, no es más que un cuadro para el pie de guerra, y como se recluta exclusivamente por enganche voluntario, su fuerza real en un momento dado nunca puede indicarse con precisión. Creemos, sin embargo, que puede calcularse su fuerza actual en unos 120.000 infantes, 10.000 jinetes y 12.000 artilleros, con unas 600 piezas (de las que no tiene tiro ni la quinta parte). De estos 142.000 hombres, unos 32.000 están en Crimea, unos 50.000 en la India y en las colonias, y los 60.000 restantes (la mitad, reclutas bisoños; la otra mitad, quienes los instruyen) en la metrópoli. A ellos hay que añadir unos 60.000 milicianos. A los pensionistas, a la caballería de la yeomanry y a otros cuerpos inútiles, que no pueden servir en el extranjero, no los contamos en absoluto.14
El sistema de reclutamiento por enganche voluntario hace muy difícil mantener la eficacia del ejército en tiempo de guerra, como los ingleses están comprobando ahora una vez más. Volvemos a ver, como en tiempos de Wellington, que 30.000 o 40.000 hombres es lo máximo que pueden concentrar y sostener en un teatro de guerra; y como ahora no tienen por aliados a españoles sino a franceses, la «heroica pequeña tropa» de británicos casi desaparece en medio del ejército aliado.
Hay en el ejército británico una institución que basta por sí sola para caracterizar la clase de la que se recluta el soldado británico: el castigo de los azotes. El castigo corporal no existe en el ejército francés ni en el prusiano ni en varios de los ejércitos menores. Incluso en Austria, donde la mayor parte de los reclutas son semibárbaros, hay un claro deseo de suprimirlo; así, el castigo de baquetas se ha borrado recientemente del código militar austriaco. En Inglaterra, en cambio, se mantiene en pleno vigor el gato de nueve colas, un instrumento de tortura que no tiene nada que envidiar al knut ruso en sus días de mayor esplendor. Cosa extraña: cada vez que se ha planteado en el Parlamento una reforma del código militar, los viejos ordenancistas han salido en defensa del gato, y nadie con más celo que el propio viejo Wellington. Para ellos, un soldado sin azotar era un ser monstruosamente fuera de lugar. El valor, la disciplina y la invencibilidad eran, a sus ojos, cualidades exclusivas de hombres que llevaran en la espalda las cicatrices de por lo menos cincuenta latigazos.
No hay que olvidar que el gato de nueve colas no es solo un instrumento hecho para causar dolor: deja cicatrices indelebles, marca a un hombre para toda la vida, lo estigmatiza. Ahora bien, incluso en el ejército británico tal castigo corporal, tal estigma, equivale de hecho a una deshonra perpetua. El hombre azotado queda rebajado ante sus compañeros. Pero, según el código militar británico, el castigo frente al enemigo consiste casi exclusivamente en azotes; y así, el castigo mismo que sus defensores tienen por el único medio de mantener la disciplina en los casos de gran apremio es el medio de arruinarla, porque destruye la moral y el pundonor del soldado.
Esto explica dos hechos muy curiosos. Primero, el gran número de desertores ingleses ante Sebastopol. En invierno, cuando los soldados británicos tenían que hacer esfuerzos sobrehumanos para guardar las trincheras, ¡a los que no podían mantenerse despiertos cuarenta y ocho o sesenta horas seguidas se los azotaba! ¡La idea de azotar a héroes como se habían mostrado los soldados británicos en las trincheras ante Sebastopol y al ganar la jornada de Inkerman a pesar de sus generales! Pero los artículos de guerra no dejaban elección. Los mejores hombres del ejército, vencidos por el cansancio, eran azotados y, deshonrados como estaban, se pasaban a los rusos. No puede haber, sin duda, condena más contundente del sistema de los azotes. En ninguna guerra anterior se habían pasado en masa a los rusos tropas de ninguna nación: sabían que las tratarían peor que en su casa. Estaba reservado al ejército británico dar el primer contingente importante de tales desertores y, según el testimonio de los propios ingleses, fueron los azotes los que hicieron desertar a esos hombres. El otro hecho es el fracaso rotundo del intento de levantar una legión extranjera sometida al código militar británico. Los continentales son bastante delicados en lo tocante a su espalda. La perspectiva de recibir azotes ha podido más que la tentación de una prima de enganche elevada y una buena paga. Hasta finales de junio no se habían alistado más de mil hombres, cuando se necesitaban quince mil; y esto es seguro: si las autoridades intentan introducir los azotes aunque sea entre esos mil réprobos, tendrán que afrontar una tormenta que las obligará a ceder o a disolver de inmediato la legión extranjera.15
El uniforme y el equipo del soldado británico son un modelo de lo que no deben ser. Hasta ahora, el uniforme de uso corriente es el mismo que llevaban los ejércitos ya en 1815. No se ha admitido mejora alguna. La vieja casaca corta de faldones de golondrina, afeada por unas vueltas feísimas, sigue distinguiendo al británico de cualquier otro soldado. Los pantalones son estrechos e incómodos. El viejo sistema de correajes cruzados para sujetar la vaina de la bayoneta, la cartuchera y la mochila reina sin discusión en casi todos los regimientos. La caballería lleva un uniforme mejor ajustado que el de la infantería, y muy superior; pero, con todo, es demasiado estrecho e incómodo. Además, los ingleses son la única nación que ha conservado en su ejército la casaca roja, la «orgullosa casaca roja», como la llama Napier. Esta casaca, que hace parecer a sus soldados monos vestidos de fiesta, se supone que con su brillo infunde terror al enemigo. Pero, ¡ay!, quien haya visto a la infantería británica color ladrillo tendrá que confesar que, después de cuatro semanas de uso, sus casacas sugieren irremediablemente a cualquier espectador no la idea de lo terrible, sino la de lo raído, y que cualquier otro color sería mucho más aterrador con tal de que aguantara el polvo, la suciedad y la humedad. Los daneses y los hannoverianos llevaban la casaca roja, pero la abandonaron muy pronto. La primera campaña de Schleswig enseñó a los daneses qué blanco tan excelente ofrecen al enemigo una casaca roja y unos correajes blancos cruzados.16
El nuevo reglamento de uniformidad ha introducido una casaca roja con el corte de la prusiana. La infantería lleva el chacó austriaco o el quepis; la caballería, el casco prusiano. El equipo de correajes cruzados, el color rojo y los pantalones estrechos se mantienen más o menos. La mejora, pues, se queda en nada, y el soldado británico seguirá teniendo un aspecto tan extraño como siempre en medio de los demás ejércitos europeos, vestidos y equipados como están con algo más de sentido común.
Con todo, en el ejército británico se ha llevado a cabo una mejora que supera con mucho todo lo hecho en otros países: el armamento de toda la infantería con el fusil rayado Minié, en la versión mejorada por Pritchard.17 Es difícil imaginar cómo los viejos que están a la cabeza del ejército, hombres por lo general tan aferrados a sus prejuicios, pudieron llegar a una resolución tan audaz; pero lo hicieron, y con ello duplicaron la eficacia de su infantería. En Inkerman no cabe duda de que el fusil Minié, por la precisión mortífera de su tiro y su gran potencia, decidió la jornada a favor de los ingleses. Cada vez que una línea de infantería inglesa rompe el fuego, el efecto tiene que ser abrumador para cualquier enemigo armado con el fusil corriente, porque el fusil Minié inglés se carga tan deprisa como cualquier arma de ánima lisa.
La caballería se compone de hombres excelentes, bien montados, armados con sables de muy buen modelo; y lo que es capaz de hacer lo ha mostrado en Balaklava. Pero, en conjunto, los hombres pesan demasiado para sus caballos, y por eso unos pocos meses de campaña activa bastan para reducir a nada la caballería británica. Crimea nos ha dado un nuevo ejemplo de ello. Si la talla mínima se rebajara a cinco pies y seis pulgadas para la caballería pesada y a cinco pies y cuatro, o incluso dos, para la ligera, como creemos que ocurre ahora en la infantería, podría formarse un cuerpo de hombres mucho más adecuado a su verdadero servicio de campaña. Pero tal como están las cosas, los caballos van demasiado cargados y tienen que reventar antes de que se los pueda emplear con eficacia contra el enemigo.
También la artillería se compone de hombres más altos de lo que debiera. La talla natural de un artillero es la suficiente para desenganchar del armón un cañón de doce libras, y de cinco pies y dos pulgadas a cinco pies y seis bastan sobradamente para ello, como sabemos por abundante experiencia y observación propias. De hecho, los hombres de unos cinco pies y cinco o seis pulgadas, si son robustos, suelen ser los que mejor manejan las piezas. Pero los británicos quieren un cuerpo de lucimiento, y por eso sus hombres, altos y elegantes a la vista, carecen de la complexión compacta tan necesaria en un artillero verdaderamente útil. Su material de artillería es de primera. Las piezas son las mejores de Europa, la pólvora está reconocida como la más fuerte del mundo, las balas y granadas tienen una superficie tan lisa como no se ve en ninguna otra parte. Pero, con todo, no hay piezas en el mundo con tanto viento, y eso muestra qué clase de hombres las mandan.18 Apenas hay en Europa una artillería cuyos oficiales tengan una formación profesional tan deficiente como la británica. Sus conocimientos rara vez van más allá de los meros rudimentos de la ciencia artillera, y en la práctica no entienden más que de manejar piezas de campaña, y aun eso de manera imperfecta. Dos cualidades, en los oficiales y en la tropa, distinguen a la artillería británica: una vista extraordinariamente buena y una gran calma en la acción.
En conjunto, la eficacia del ejército británico se ve gravemente mermada por la ignorancia, tanto teórica como práctica, de los oficiales. El examen que ahora se espera que pasen es francamente ridículo: ¡se examina a un capitán de los tres primeros libros de Euclides! Pero el ejército británico existe principalmente para colocar en puestos respetables a los hijos menores de la aristocracia y de la gentry, y el nivel de instrucción de sus oficiales tiene que regularse, por tanto, no por las exigencias del servicio, sino por los escasos conocimientos que se esperan de un «caballero» inglés. En cuanto a los conocimientos militares prácticos del oficial, son igual de insuficientes. El oficial británico cree que solo tiene un deber que cumplir: llevar a sus hombres, el día de la batalla, derechos contra el enemigo y darles ejemplo de valor. No se espera de él habilidad para manejar las tropas, aprovechar las ocasiones favorables y cosas semejantes; y en cuanto a ocuparse de sus hombres y de sus necesidades, eso, la verdad, casi nunca se le pasa por la cabeza. La mitad de los desastres de los británicos en Crimea se debieron a esta incapacidad general de los oficiales. Tienen, sin embargo, una cualidad que los hace aptos para su función: como en su mayoría son cazadores apasionados, poseen esa apreciación instintiva y rápida de las ventajas del terreno que la práctica de la caza da sin falta.
La incompetencia de los oficiales en ninguna parte causa más daño que en el estado mayor. Como no existe un cuerpo de estado mayor formado con regularidad, cada general forma su propio estado mayor con oficiales de los regimientos, que ignoran todos los aspectos de su función. Un estado mayor así es peor que ninguno. Los reconocimientos, en particular, se hacen siempre con descuido, como no puede ser menos cuando los hacen hombres que saben poco de lo que se espera de ellos.
La instrucción de los demás cuerpos especiales es algo mejor, pero muy inferior a la de otras naciones; y, en general, un oficial inglés pasaría por ignorante entre los hombres de su clase en cualquier otro país. Testigo, la literatura militar de los británicos. Apenas hay una obra que no esté llena de disparates que en cualquier otra parte no se perdonarían a un aspirante a teniente. Toda exposición de hechos se hace de un modo descuidado, poco profesional y poco militar, omitiendo los puntos más importantes y mostrando al punto que el autor no domina su oficio. La consecuencia es que se da crédito sin más a las afirmaciones más ridículas de los libros extranjeros.19 No debemos olvidar, sin embargo, que hay algunas honrosas excepciones, entre las que ocupan el primer lugar la Peninsular War de W. Napier y la Naval Gunnery de Howard Douglas.20
Los servicios de administración, sanidad, intendencia, transportes y demás servicios auxiliares están en un estado deplorable y se hundieron por completo cuando se los puso a prueba en Crimea. Se hacen esfuerzos para mejorarlos, y también para centralizar la administración, pero poco bueno cabe esperar mientras la administración civil y, de hecho, todo el poder de gobierno sigan siendo exactamente los mismos.
Con todos estos enormes inconvenientes, el ejército británico se las arregla para salir cojeando de cada campaña, si no con éxito, al menos sin deshonra. Hay pérdidas de vidas, mucha mala administración, una mezcla de desatinos que asombra cuando se compara con la situación de otros ejércitos en las mismas circunstancias; pero no hay pérdida del honor militar, rara vez un descalabro, casi nunca una derrota completa. Lo consiguen el gran valor personal y la tenacidad de las tropas, su disciplina y su obediencia ciega. Por torpe, poco inteligente y desvalido que sea el soldado británico cuando queda abandonado a sus propios recursos o cuando se le pide que haga el servicio de tropa ligera, nadie le supera en una batalla campal en la que actúa en masa. Su fuerte es el combate en línea. Una línea de batalla inglesa hará lo que casi nunca ha hecho otra infantería: recibir a la caballería en línea, mantener los fusiles cargados hasta el último momento y disparar una descarga cuando el enemigo está a treinta yardas, y casi siempre con pleno éxito. El fuego de la infantería británica se hace con tal sangre fría, aun en la situación más crítica, que supera en efecto al de cualquier otra tropa. Así rechazaron en línea los highlanders a la caballería rusa en Balaklava.21 La tenacidad indomable de esta infantería nunca se mostró con más ventaja que en Inkerman, donde los franceses, en las mismas circunstancias, habrían sido sin duda arrollados; pero, por otra parte, los franceses nunca se habrían dejado sorprender, desprevenidos, en semejante posición. Esta solidez y tenacidad en el ataque y en la defensa son la gran virtud que redime al ejército británico, y es lo único que lo ha salvado de más de una derrota bien merecida y casi deliberadamente preparada por la incapacidad de sus oficiales, lo absurdo de su administración y la torpeza de sus movimientos.
III. El ejército austriaco
Austria aprovechó los primeros momentos de respiro tras sus duras pruebas de 1848 y 1849 para reorganizar su ejército sobre una base moderna. Casi todos los ramos se han reformado por completo, y el ejército es hoy mucho más eficaz que nunca.
Primero viene la infantería. La de línea consta de sesenta y dos regimientos, además de los cuales hay un regimiento y veinticinco batallones de cazadores, y catorce regimientos y un batallón de infantería de la Frontera. Estos últimos, con los cazadores, forman la infantería ligera.
Un regimiento de infantería de línea consta de cinco batallones de campaña y uno de depósito —en total, treinta y dos compañías—, de las que las de campaña cuentan 220 hombres y las de depósito 130. Así, el batallón de campaña tiene unos 1.300 hombres, y el regimiento entero cerca de 6.000, tantos como una división británica. Toda la infantería de línea, por tanto, tiene en pie de guerra unos 370.000 hombres.
La infantería de la Frontera tiene por regimiento dos batallones de campaña y uno de depósito, en total dieciséis compañías y 3.850 hombres; toda la infantería de la Frontera comprende 55.000 hombres.
Los cazadores suman en total treinta y dos batallones de unos 1.000 hombres cada uno: en total, 32.000 hombres.
En caballería, el ejército tiene, de la pesada, ocho regimientos de coraceros y ocho de dragones; de la ligera, doce de húsares y doce de lanceros (siete de los cuales eran antes de dragones ligeros, o chevaux-légers, pero últimamente se han convertido en lanceros).
Los regimientos pesados cuentan seis escuadrones, además de uno de depósito; los ligeros, ocho escuadrones y uno de depósito. Los regimientos pesados tienen 1.200 hombres; los ligeros, 1.600. Toda la caballería suma en pie de guerra unos 67.000 hombres.
De artillería hay doce regimientos de campaña, cada uno con cuatro baterías de a pie de seis libras y tres de doce, seis baterías de caballería y una batería de obuses en pie de guerra: en total, 1.344 piezas; además, un regimiento de costa y un regimiento de cohetes de veinte baterías con ciento sesenta tubos. En total, 1.500 piezas y tubos lanzacohetes, y 53.000 hombres.
Esto da un efectivo total, en pie de guerra, de 522.000 combatientes.
A estos hay que añadir unos 16.000 zapadores, minadores y pontoneros, 20.000 gendarmes, el cuerpo de transportes, etc., lo que eleva el total a unos 590.000 hombres.
Llamando a la reserva, el ejército puede aumentar de 100.000 a 120.000 hombres; y apurando hasta el límite los recursos de la Frontera Militar pueden obtenerse otros 100.000 a 120.000. Pero como esas fuerzas no podrían reunirse en un momento dado, irían llegando poco a poco y servirían sobre todo para cubrir las bajas en las filas. Difícilmente podría Austria tener más de 650.000 hombres bajo las armas a la vez.
El ejército se divide en dos cuerpos completamente distintos: el ejército regular y las tropas de la Frontera. En el primero, el servicio dura ocho años, tras los cuales los hombres permanecen otros dos en la reserva. Sin embargo, se conceden licencias largas, como en Francia, y el tiempo efectivo que los hombres pasan en filas se acerca más bien a los cinco años.
Las tropas de la Frontera se reúnen según un principio muy distinto. Son descendientes de colonos eslavos del sur (croatas o serbios), valacos y en parte alemanes, que tienen sus tierras de la corona a cambio de servicio militar y que antiguamente se empleaban para proteger la frontera, desde Dalmacia hasta Transilvania, contra las incursiones de los turcos. Este servicio se ha reducido hoy a una mera formalidad, pero el gobierno austriaco no ha mostrado, con todo, ninguna inclinación a sacrificar este magnífico vivero de soldados. La existencia de la organización de la Frontera fue lo que en 1848 salvó al ejército de Radetzky en Italia y lo que en 1849 hizo posible la primera invasión de Hungría al mando de Windischgrätz.22 Después de Rusia, es a los regimientos eslavos del sur de la Frontera a quienes Francisco José debe su trono. En la larga franja de territorio que ocupan, todo colono de la corona (es decir, casi todo habitante) está obligado a servir, cuando se le llama, desde los veinte hasta los cincuenta años. Los más jóvenes, naturalmente, forman el grueso de los regimientos; los mayores, por lo general, solo hacen sus turnos en los puestos de guardia de la frontera, hasta que se los llama a servir en tiempo de guerra. Esto explica que una población de 1.500.000 a 2.000.000 de habitantes pueda dar, en caso de necesidad, un contingente de 150.000 a 170.000 hombres, o sea, del diez al doce por ciento del total.
El ejército austriaco tiene muchos puntos de semejanza con el británico. En ambos hay muchas nacionalidades mezcladas, aunque cada regimiento pertenece por lo general a una sola nación. El gaélico de las Highlands, el galés, el irlandés y el inglés apenas difieren más entre sí que el alemán, el italiano, el croata y el magiar. En uno y otro hay oficiales de todas las razas, e incluso muchísimos extranjeros. En uno y otro, la instrucción teórica de los oficiales es sumamente deficiente. En uno y otro, las formas tácticas conservan mucho de las antiguas formaciones en línea y solo han adoptado en medida limitada el uso de las columnas y de la guerrilla. En uno y otro, el uniforme es de un color insólito: entre los ingleses, rojo; entre los austriacos, blanco. Pero en la eficacia de su organización, en la experiencia práctica y la competencia de los oficiales y en la movilidad táctica, los austriacos superan con mucho a los británicos.
El uniforme del soldado, dejando aparte el absurdo color blanco de la casaca de la infantería, se ha adaptado en su corte al sistema moderno. Una túnica corta como la de los prusianos, pantalones azul celeste, un capote gris y un quepis ligero parecido al francés forman un uniforme muy bueno y práctico, exceptuando siempre los pantalones ceñidos de los regimientos húngaros y croatas, que forman parte del traje nacional, pero que son, con todo, muy incómodos. El equipo no es lo que debiera; se ha conservado el sistema de correajes cruzados. Las tropas de la Frontera y la artillería visten casacas pardas; la caballería, blancas, pardas o azules. Los fusiles son bastante pesados, y las carabinas rayadas con que van armados los cazadores y una parte de cada compañía son de un modelo bastante anticuado y muy inferiores al fusil Minié. El fusil corriente es el viejo fusil de chispa transformado, de manera imperfecta, en fusil de percusión, y falla muy a menudo.
La infantería, y en esto se parece a la inglesa, se distingue más por su actuación en masa que por su agilidad en el servicio de infantería ligera. Hay que exceptuar, sin embargo, a las tropas de la Frontera y a los cazadores. Las primeras son, en su mayoría, muy eficaces en la guerrilla, sobre todo los serbios, cuya guerra favorita es la de emboscadas. Los cazadores son principalmente tiroleses, y tiradores de primera. Pero la infantería alemana y la húngara imponen en general por su solidez, y durante las guerras de Napoleón mostraron a menudo que en este aspecto merecen figurar junto a los británicos. También ellas han recibido más de una vez a la caballería en línea, sin dignarse formar el cuadro, y siempre que han formado cuadros la caballería enemiga rara vez ha podido romperlos: testigo, Aspern.23
La caballería es excelente. La pesada, o caballería «alemana», formada por alemanes y bohemios, está bien montada, bien armada y es siempre eficaz. La ligera quizá haya perdido al mezclar a los chevaux-légers alemanes con los lanceros polacos, pero sus húsares húngaros seguirán siendo siempre el modelo de toda caballería ligera.
La artillería, reclutada sobre todo en las provincias alemanas, ha gozado siempre de gran prestigio, no tanto por haber adoptado pronto y con juicio las mejoras como por la eficacia práctica de sus hombres. Los suboficiales, en particular, se forman con gran esmero y son superiores a los de cualquier otro ejército. Entre los oficiales, la preparación teórica se deja demasiado a la voluntad de cada uno, pero aun así Austria ha dado algunos de los mejores autores en la materia. En Austria el estudio es la regla, al menos entre los oficiales subalternos, mientras que en Inglaterra un oficial que estudia su profesión se considera una deshonra para su regimiento. Los cuerpos especiales, el estado mayor y los ingenieros son excelentes, como lo prueban los hermosos mapas que han trazado a partir de sus levantamientos, sobre todo de Lombardía. El mapa británico del Ordnance, aunque bueno, no es nada a su lado.
La gran mezcla de nacionalidades es un mal grave. En el ejército británico todo el mundo sabe al menos inglés, pero entre los austriacos ni siquiera los suboficiales de los regimientos no alemanes saben apenas alemán. Esto crea, naturalmente, mucha confusión, dificultades y necesidad de intérpretes, incluso entre el oficial y el soldado. Se remedia en parte por la necesidad en que el frecuente cambio de guarnición pone a los oficiales de aprender al menos algo de cada lengua que se habla en Austria. Pero aun así el inconveniente no desaparece.
La severidad de la disciplina, que se inculca a los hombres a fuerza de frecuentes aplicaciones de una vara de avellano en las posaderas, y la larga duración del servicio impiden que estallen disputas serias entre las diversas nacionalidades del ejército, al menos en tiempo de paz. Pero 1848 mostró la escasa cohesión interna de este cuerpo de tropas. En Viena, las tropas alemanas se negaron a combatir la revolución. En Italia y en Hungría, las tropas nacionales se pasaron a los insurrectos sin la menor lucha. Ahí está el punto débil de este ejército. Nadie puede decir hasta dónde ni durante cuánto tiempo se mantendrá unido, ni cuántos regimientos lo abandonarán en un caso determinado para combatir a sus antiguos compañeros. En este único ejército están representadas seis naciones distintas y dos o tres confesiones diferentes; y las simpatías que lo recorren tienen que chocar necesariamente en una época como la actual, en que las naciones ansían disponer libremente de sus fuerzas. En una guerra con Rusia, ¿combatiría el serbio ortodoxo, influido por la agitación paneslavista, a los rusos, primos suyos de raza y de su misma fe? En una guerra revolucionaria, ¿abandonarían el italiano y el húngaro a su patria para luchar por un emperador ajeno a ellos en lengua y nacionalidad? No es de esperar; y por eso, sea cual sea la fuerza del ejército austriaco, hacen falta circunstancias muy especiales para que despliegue todo su poder.
Segundo artículo
I. El ejército prusiano
El ejército prusiano merece atención especial por su organización peculiar. Mientras que en todos los demás ejércitos el pie de paz es la base de toda la organización y no se prevén cuadros para las nuevas formaciones que una gran guerra exige de inmediato, en Prusia, según se nos dice, todo está preparado hasta el menor detalle para el pie de guerra. Así, el pie de paz es simplemente una escuela en la que la población se instruye en el manejo de las armas y en las maniobras. Este sistema, que pretende incluir en las filas del ejército en pie de guerra a toda la población masculina apta, parecería poner al país que lo adopta a salvo de cualquier ataque; pero no es así ni mucho menos. Lo que se consigue es que el país sea más fuerte, en un 50 por ciento aproximadamente, que con el sistema de reclutamiento francés o austriaco; gracias a ello, un Estado agrícola de unos diecisiete millones de habitantes, con un territorio pequeño, sin flota ni comercio marítimo directo y con una industria manufacturera relativamente escasa, puede mantener en ciertos aspectos la posición de una gran potencia europea.
El ejército prusiano se compone de dos grandes partes: los soldados que todavía se están instruyendo, la línea, y los hombres ya instruidos a los que, por así decirlo, se ha mandado a casa con licencia indefinida, la Landwehr.
El servicio en la línea dura cinco años, de los veinte a los veinticinco de edad; pero se consideran suficientes tres años de servicio activo, después de los cuales el soldado es licenciado y se le pasa, durante los dos años restantes, a lo que se llama la reserva de guerra. Durante ese tiempo sigue figurando en las listas de reserva de su batallón o escuadrón y puede ser llamado en cualquier momento.
Tras dos años en la reserva de guerra, pasa a la primera leva de la Landwehr (erstes Aufgebot der Landwehr), donde permanece hasta los treinta y dos años. Durante ese periodo puede ser llamado, cada dos años, a los ejercicios de este cuerpo, que suelen hacerse a una escala bastante grande y en combinación con los de la línea. Las maniobras duran por lo general un mes, y muy a menudo se concentran para ellas de 50.000 a 60.000 hombres. La Landwehr de la primera leva está destinada a actuar en campaña junto con la línea. Forma regimientos, batallones y escuadrones separados, igual que la línea, y lleva los mismos números de regimiento. La artillería, sin embargo, sigue agregada a los respectivos regimientos de línea.
De los treinta y dos a los treinta y nueve años inclusive, el soldado pertenece a la segunda leva (zweites Aufgebot) de la Landwehr, y durante ese tiempo ya no se le llama al servicio activo, salvo que estalle una guerra; en tal caso, la segunda leva tiene que hacer el servicio de guarnición en las fortalezas, lo que deja disponibles para las operaciones de campaña toda la línea y la primera leva.
A partir de los cuarenta años queda libre de toda obligación de ser llamado, a menos, desde luego, que haya que poner en armas ese cuerpo misterioso llamado Landsturm, o leva en masa. El Landsturm comprende a todos los hombres no incluidos en las categorías anteriores, con todos los demasiado bajos o demasiado débiles, o exentos del servicio por cualquier otro motivo, de los dieciséis a los sesenta años. Pero de este Landsturm ni siquiera puede decirse que exista sobre el papel, porque no hay preparada para él organización alguna ni se han previsto armas ni equipo; y si alguna vez tuviera que reunirse, no serviría más que para el servicio de policía en el interior y para un consumo tremendo de aguardiente.
Como en Prusia, según la ley, todo ciudadano es soldado de los veinte a los cuarenta años, cabría esperar que una población de diecisiete millones diera un contingente total de por lo menos un millón y medio de hombres. Pero en realidad no se puede reunir ni la mitad. Lo cierto es que instruir a semejante masa de hombres, con tres años de servicio en los regimientos, supondría un pie de paz de por lo menos 300.000 hombres, mientras que Prusia solo mantiene unos 130.000. Así se recurre a diversos expedientes para librar a cierto número de hombres que en otro caso estarían obligados a servir: a hombres perfectamente aptos se los declara demasiado débiles; la revisión médica, o bien escoge solo a los mejores candidatos, o bien se deja mover por sobornos al elegir a los que se consideran aptos, etc. Antes, la reducción del servicio efectivo en la infantería a solo dos años era el medio de rebajar el pie de paz a unos 100.000 o 110.000 hombres; pero desde la revolución, como el gobierno descubrió cuánto contribuye un año más de servicio a hacer a los hombres obedientes a sus oficiales y fiables en caso de insurrección, se ha vuelto a implantar con carácter general el servicio de tres años.
El ejército permanente, o la línea, se compone de nueve cuerpos de ejército: uno de la Guardia y ocho de línea. Su organización peculiar se explicará enseguida. Comprenden en total treinta y seis regimientos de infantería (de la Guardia y de línea) de tres batallones cada uno; ocho regimientos de reserva de dos batallones cada uno; ocho batallones de reserva combinados y diez batallones de cazadores (Jäger); en total, 144 batallones de infantería, o 150.000 hombres.
La caballería se compone de diez regimientos de coraceros, cinco de dragones, diez de lanceros y trece de húsares, de cuatro escuadrones u 800 hombres cada uno; en total, 30.000 hombres.
La artillería consta de nueve regimientos, cada uno de los cuales, en pie de guerra, se compone de cuatro baterías de a pie de seis libras, tres de doce y una de obuses, y tres baterías de artillería a caballo, con una compañía de reserva que ha de convertirse en duodécima batería; además, cuatro compañías de plaza y una de obreros. Pero como para servir esas piezas y completar las compañías hace falta toda la reserva de guerra y la Landwehr de la primera leva (de artillería), puede decirse que la artillería de línea consta de nueve regimientos de unos 2.500 hombres cada uno, con unas treinta piezas por regimiento, completamente atalajadas y equipadas.
Así, el total general de la línea prusiana ascendería a unos 200.000 hombres; pero pueden descontarse sin miedo de 60.000 a 70.000 por las reservas de guerra, licenciadas a sus casas después de tres años de servicio.
La primera leva de la Landwehr cuenta, por cada regimiento de la Guardia y de línea, salvo los ocho regimientos de reserva, uno de Landwehr; además tiene ocho batallones de reserva, lo que da un total de 116 batallones y unos 100.000 hombres. La caballería tiene dos regimientos de la Guardia y treinta y dos de línea, con ocho escuadrones de reserva; en total, 136 escuadrones, o unos 20.000 hombres. La artillería está agregada a los regimientos de línea, como queda dicho.
La segunda leva cuenta también 116 batallones, 167 escuadrones (incluidos diversos escuadrones de reserva y de depósito, cuyos cometidos se asimilan a los de la segunda leva) y algo de artillería de plaza; en total, unos 150.000 hombres.
Con los nueve batallones de zapadores, varios cuerpos menores, unos 30.000 pensionistas y un tren del ejército que en pie de guerra no baja de 45.000 hombres, la fuerza total de Prusia se cifra en 580.000 hombres, de los cuales 300.000 para campaña, 54.000 para los depósitos, 170.000 para las guarniciones y como reserva, y unos 60.000 no combatientes. El número de piezas de campaña de este ejército debería estar entre 800 y 850, repartidas en baterías de ocho piezas (seis cañones y dos obuses).
Para todas estas tropas está prevista no solo la organización completa de los cuadros, sino también el armamento y el equipo, de modo que, en caso de movilización del ejército, no hay que buscar más que los caballos; y como Prusia es rica en caballos, y tanto los animales como los hombres están sujetos a requisa inmediata, esta necesidad no presenta gran dificultad. Así lo dice el reglamento; pero cómo están de hecho las cosas se vio cuando en 1850 se movilizó el ejército.24 La primera leva de la Landwehr se equipó, aunque no sin gran dificultad; pero la segunda no encontró nada preparado, ni ropa, ni zapatos, ni armas, y ofreció así el espectáculo más ridículo que pueda imaginarse. Mucho antes de que ocurriera, jueces competentes que habían servido ellos mismos en el ejército prusiano habían predicho que así sería, y que, en realidad, Prusia no podía contar en caso de apuro más que con la línea y una parte de la primera leva. Los hechos les dieron plenamente la razón. Sin duda, después se ha provisto el equipo de la segunda leva, y este cuerpo, si se le llamara ahora, formaría en un mes o seis semanas una tropa muy respetable para el servicio de guarnición e incluso de campaña. Pero es que en tiempo de guerra se considera que tres meses de instrucción bastan de sobra para preparar a un recluta para la campaña; y así, la pesada organización adoptada por Prusia no asegura en absoluto ventajas tan enormes como se cree por lo general. Además, dentro de un par de años el material reservado para la segunda leva habrá vuelto a desaparecer, igual que el que sin duda existió una vez pero no se encontró cuando hizo falta en 1850.
Prusia, al adoptar el principio de que todo ciudadano ha de ser soldado, se quedó a medio camino y falseó ese principio, y con ello falseó toda su organización militar. Una vez abandonado el sistema de la conscripción por el del servicio obligatorio universal, debería haberse suprimido el ejército permanente como tal. Habría que haber mantenido simples cuadros de oficiales y suboficiales por cuyas manos pasaran los jóvenes para instruirse, y el periodo de instrucción no debería haber durado más de lo necesario para ese fin. De haber sido así, el tiempo de servicio en tiempo de paz habría tenido que reducirse a un año, al menos para toda la infantería. Pero eso no convenía ni al gobierno ni a los ordenancistas de la vieja escuela. El gobierno quería un ejército disponible y de confianza, para emplearlo, si hacía falta, contra los disturbios interiores; los ordenancistas querían un ejército que, en precisión de instrucción, en aspecto general y en solidez, pudiera rivalizar con los demás ejércitos de Europa, compuestos de soldados relativamente más veteranos. Una tropa de jóvenes que no sirvieran más que un solo año no valía para ninguno de los dos fines. En consecuencia se adoptó el término medio del servicio de tres años, y de ahí nacen todos los defectos y debilidades del ejército prusiano.
Como hemos visto, por lo menos la mitad de los hombres disponibles quedan excluidos del ejército. Se los inscribe directamente en las listas de la segunda leva, y este cuerpo, hinchado así nominalmente hasta cifras enormes, ve anegada por completo la eficacia que pudiera tener bajo una masa de hombres que nunca han empuñado un fusil y no valen más que reclutas bisoños. Esta reducción de la fuerza militar efectiva del país en por lo menos la mitad es el primer efecto negativo de la larga duración del servicio.
Pero también la línea y la primera leva de la Landwehr sufren bajo este sistema. En cada regimiento, un tercio ha servido menos de tres años, otro tercio menos de dos y el tercio restante menos de uno. Ahora bien, no cabe esperar que un ejército compuesto así tenga las cualidades militares, la estricta subordinación, la firmeza en las filas, el esprit de corps que distinguen a los soldados veteranos de los ejércitos inglés, austriaco, ruso, e incluso francés. Los ingleses, que por lo largo del servicio de sus soldados son jueces competentes en la materia, consideran que hacen falta tres años para formar del todo a un recluta.25 Como en tiempo de paz el ejército prusiano se compone de hombres ninguno de los cuales ha servido nunca tres años, la consecuencia natural es que esas cualidades militares del soldado veterano, o al menos su apariencia, hay que inculcárselas a golpe de tambor al joven recluta prusiano mediante un ordenancismo intolerable. El oficial subalterno y el sargento prusianos, ante la imposibilidad de la tarea que se les impone, acaban tratando a sus subordinados con una rudeza y una brutalidad doblemente repulsivas por el espíritu de pedantería al que van unidas; y esta pedantería es tanto más ridícula cuanto que contrasta por completo con el sistema de instrucción, sencillo y sensato, que está prescrito, y cuanto que apela constantemente a las tradiciones de Federico el Grande, que tuvo que instruir a hombres muy distintos en un sistema táctico muy distinto. Así se sacrifica la verdadera eficacia en campaña a la precisión en el campo de instrucción, y la línea prusiana puede considerarse, en conjunto, inferior a los batallones y escuadrones veteranos que cualquiera de las grandes potencias europeas puede lanzar contra ella en el primer choque.
Así ocurre a pesar de ventajas que ningún otro ejército posee. El prusiano, como el alemán en general, es una materia prima excelente para hacer soldados. Un país formado por extensas llanuras interrumpidas por grandes grupos de montañas proporciona material en abundancia para todas las armas. La aptitud física general tanto para el servicio de infantería ligera como para el de infantería de línea, que posee por igual la mayoría de los alemanes, apenas la igualan otras naciones. El país, que tiene caballos en abundancia, proporciona para la caballería numerosos hombres que desde niños se sienten en la silla como en su casa. La firmeza reposada de los alemanes los hace especialmente aptos para el servicio de artillería. Son además uno de los pueblos más pendencieros del mundo, que disfrutan de la guerra por la guerra misma y que muchas veces van a buscarla fuera cuando no pueden tenerla en casa. Desde los lansquenetes de la Edad Media hasta las actuales legiones extranjeras de Francia y de Inglaterra, los alemanes han dado siempre la gran masa de esos mercenarios que pelean por el gusto de pelear. Si los franceses los superan en agilidad y en ímpetu en el ataque, y los ingleses en tenacidad en la resistencia, los alemanes superan sin duda a todas las demás naciones europeas en esa aptitud general para el servicio militar que hace de ellos buenos soldados en cualquier circunstancia.
Los oficiales prusianos forman con mucho el cuerpo más instruido de su clase en el mundo. Las pruebas de cultura general a que se los somete son de un nivel muy superior a las de cualquier otro ejército. Para completar su formación teórica se mantienen escuelas de brigada y de división, y numerosos establecimientos proveen a los conocimientos militares superiores o más especializados. La literatura militar prusiana ocupa un lugar muy alto; las obras que ha producido en los últimos veinticinco años prueban sobradamente que sus autores no solo dominaban su oficio a la perfección, sino que podían competir en cultura científica general con los oficiales de cualquier ejército. De hecho, en algunas de ellas hay casi demasiado barniz de metafísica, lo que se explica porque en Berlín, en Breslau o en Königsberg pueden verse oficiales sentados entre los estudiantes en las clases de la universidad. Clausewitz es un autor tan clásico en su materia, en todo el mundo, como Jomini, y las obras del ingeniero Aster marcan una nueva época en la ciencia de la fortificación.26 Y, sin embargo, el nombre de «teniente prusiano» es una expresión proverbial de burla en toda Alemania, y la verdad es que el caricaturesco esprit de corps, la pedantería y los modales impertinentes que inculca el tono general del ejército lo justifican plenamente; y en ninguna parte hay tantos ordenancistas viejos y testarudos entre los jefes y generales como en Prusia, la mayoría, eso sí, reliquias de 1813 y 1815. En definitiva, hay que reconocer que el intento absurdo de convertir a la fuerza la línea prusiana en lo que nunca podrá ser, un ejército de soldados veteranos, deteriora la calidad del oficial tanto como la del soldado, y aún más.
Los reglamentos de instrucción del ejército prusiano son, sin duda, con mucho los mejores del mundo. Sencillos, coherentes, basados en unos pocos principios de sentido común, dejan muy poco que desear. Se deben al genio de Scharnhorst, que fue quizá el mayor organizador militar desde Mauricio de Nassau.27 Los reglamentos para el manejo de grandes cuerpos de tropas son igual de buenos. En cambio, los manuales científicos para el servicio de artillería que se recomiendan oficialmente a los oficiales están anticuados y no responden en absoluto a las exigencias del tiempo presente; pero esta crítica se limita a las obras que llevan un sello más o menos oficial y no afecta en absoluto a la literatura artillera prusiana en general.
El cuerpo de ingenieros goza, y con razón, de muy alta reputación. De él salió Aster, el primer ingeniero militar desde Montalembert.28 Han construido una serie de fortalezas, desde Königsberg y Posen hasta Colonia y Coblenza, que ha suscitado la admiración de Europa.
El equipo del ejército prusiano, desde los cambios introducidos en 1843 y 1844, no es muy vistoso, pero sí muy cómodo para el soldado. El casco es una protección muy eficaz contra el sol y la lluvia, la ropa es holgada y cómoda, y el ajuste del equipo todavía mejor que el adoptado en Francia. La Guardia y los batallones ligeros (uno por regimiento) están armados con el fusil rayado de aguja; al resto de la línea se le están transformando los fusiles, por un procedimiento muy sencillo, en buenos fusiles rayados Minié; en cuanto a la Landwehr, también recibirá el fusil Minié dentro de dos o tres años, pero por ahora lleva fusiles de percusión.29 El sable de la caballería es demasiado ancho y curvo: la mayoría de los tajos caen de plano. El material de artillería, tanto cañones como cureñas y atalajes, deja mucho que desear.
En conjunto, el ejército prusiano, es decir, la línea y la primera leva, forma un cuerpo de hombres respetable, pero ni de lejos lo que pregonan los autores patrióticos prusianos. La línea, una vez en campaña, se sacudirá muy pronto las cadenas del campo de instrucción y, tras unos cuantos combates, estará a la altura de sus adversarios. La Landwehr de la primera leva, en cuanto se haya despertado de nuevo el viejo espíritu militar, y si la guerra es popular, igualará a las mejores tropas veteranas de Europa. Lo que Prusia ha de temer es un enemigo activo durante el primer periodo de una guerra, cuando se lancen contra ella tropas de mejor organización y más veteranas; pero en una lucha prolongada tendrá en sus ejércitos una proporción de soldados veteranos mayor que la de cualquier otro Estado europeo. Al comienzo de una campaña, la línea formará el núcleo del ejército, pero la primera leva la dejará muy pronto en la sombra por la mayor fuerza física y las mejores cualidades militares de sus hombres. Ellos son los verdaderos veteranos de Prusia, y no los imberbes de la línea. De la segunda leva no hablamos: aún tiene que mostrar lo que es.
II. El ejército ruso
También en Rusia se han tomado ciertas medidas para establecer cuadros para el pie de guerra, mediante un plan de reservas parecido en algunos puntos al sistema prusiano de la Landwehr. Pero, en conjunto, la reserva rusa comprende un número tan limitado de hombres, y es tan grande la dificultad de reunirlos desde todos los puntos de ese vasto imperio, que ya a los seis meses de la declaración de guerra anglo-francesa, y antes de que se hubiera disparado un solo tiro en Crimea, se hizo necesario abolir el sistema y formar nuevas unidades, a las que desde entonces han seguido otras formaciones nuevas. Así, en Rusia hay que distinguir entre el ejército tal como era al estallar la guerra y el ejército tal como es hoy.
El ejército ruso, en tiempo de paz, se divide así: 1. El ejército activo: seis cuerpos de línea, números 1 a 6; 2. El ejército de reserva: un cuerpo de la Guardia, un cuerpo de granaderos y dos cuerpos de caballería de reserva; 3. Los cuerpos especiales: el del Cáucaso, el de Finlandia, el de Oremburgo y el de Siberia; 4. Las tropas para el servicio interior: veteranos, guardia interior, inválidos, etc.; 5. Las tropas irregulares. A esto hay que añadir las reservas, formadas por los soldados enviados a casa con licencia.
Cada uno de los seis cuerpos de línea se compone así: tres divisiones de infantería, formada cada una por una brigada de línea y una de infantería ligera; cada brigada, de dos regimientos, y cada regimiento, de cuatro batallones de servicio; en total, seis brigadas o doce regimientos, con cuarenta y ocho batallones, más un batallón de tiradores y uno de zapadores: en total, cincuenta batallones. Hay además una división de caballería ligera, con una brigada de lanceros y una de húsares, cada una de dos regimientos o dieciséis escuadrones: en total, treinta y dos escuadrones. La artillería consta de una división de tres brigadas de a pie y una brigada a caballo: en total, catorce baterías o 112 piezas. Total por cuerpo: cincuenta batallones, treinta y dos escuadrones, 112 piezas; total general: 300 batallones, 192 escuadrones, 672 piezas.
La Guardia comprende tres divisiones, o seis brigadas, con doce regimientos (nueve de granaderos y tres de carabineros, o infantería ligera); en total, treinta y seis batallones, porque los regimientos de la Guardia y de granaderos solo tienen tres batallones de servicio. Hay además un batallón de tiradores y uno de zapadores y minadores, y tres divisiones de caballería (una de coraceros, una de lanceros y una de húsares), con seis brigadas o doce regimientos, que suman en total setenta y dos escuadrones de caballería. Hay una división de cinco brigadas y quince baterías (nueve de a pie, cinco a caballo y una de cohetes); en total, 135 piezas. El cuerpo de granaderos consta de tres divisiones o seis brigadas, con doce regimientos o treinta y seis batallones de infantería, un batallón de tiradores y uno de zapadores y minadores. Este cuerpo cuenta también con una división de caballería, con dos brigadas (lanceros y húsares) formadas por cuatro regimientos o treinta y dos escuadrones. La artillería consta de tres brigadas de a pie y una a caballo, con catorce baterías: en total, 112 piezas.
La caballería de reserva está organizada así: 1.er cuerpo: tres divisiones (dos de coraceros y una de lanceros), con seis brigadas o doce regimientos; en total, ochenta escuadrones (cuarenta y ocho de coraceros y treinta y dos de lanceros). Hay además una división de artillería a caballo, con tres brigadas y seis baterías: en total, cuarenta y ocho piezas. 2.º cuerpo: tres divisiones (una de lanceros y dos de dragones), o seis brigadas, con doce regimientos o 112 escuadrones (treinta y dos de lanceros y ochenta de dragones). Hay además dos escuadrones de zapadores y pontoneros montados y seis baterías de artillería a caballo, con cuarenta y ocho piezas.
El cuerpo del Cáucaso se compone de una brigada de granaderos de reserva, con dos regimientos o seis batallones; tres divisiones de infantería, con doce regimientos o cuarenta y ocho batallones; un batallón de tiradores y uno de zapadores; cuarenta y siete batallones de la Línea del Cáucaso (milicia): en total, 103 batallones. La caballería consta de un regimiento de dragones de diez escuadrones. De artillería hay una división con diez baterías ordinarias y seis de montaña, con 180 piezas en total.
El cuerpo de Finlandia consta de una división con dos brigadas o doce batallones de infantería; el de Oremburgo, de una división, también de dos brigadas, pero de solo diez batallones; el de Siberia, de una división con tres brigadas, que suman quince batallones. Por último, el total general de las tropas regulares efectivamente en armas en tiempo de paz puede fijarse como sigue:
| Batallones | Escuadrones | Piezas | |
|---|---|---|---|
| 6 cuerpos de línea | 300 | 192 | 672 |
| Guardia | 38 | 72 | 135 |
| Granaderos | 38 | 32 | 112 |
| Caballería de reserva | — | 194 | 96 |
| Cuerpo del Cáucaso | 103 | 10 | 180 |
| Cuerpo de Finlandia | 12 | — | — |
| Cuerpo de Oremburgo | 10 | — | — |
| Cuerpo de Siberia | 18 | — | — |
| Total | 51930 | 500 | 1.195 |
Las tropas para el servicio interior constan de cincuenta y dos batallones de la guardia interior, 800 compañías de veteranos e inválidos, once escuadrones y medio de gendarmes y noventa y ocho compañías de artillería. Estas tropas difícilmente pueden contarse en una estimación de las fuerzas disponibles del país.
Las tropas irregulares, en su mayoría caballería, forman las siguientes divisiones:
- Cosacos del Don: cincuenta y seis regimientos de seis sotnias cada uno; en total, 336 sotnias y trece baterías.
- Chernomores (cosacos del mar Negro): setenta y dos sotnias, nueve batallones y tres baterías.
- Cosacos de la Línea del Cáucaso (en el Kubán y el Térek): 120 sotnias y tres baterías.
- Cosacos de Astracán: dieciocho sotnias y una batería.
- Cosacos de Oremburgo: sesenta sotnias y tres baterías.
- Cosacos del Ural: sesenta sotnias.
- Leva baskir: ochenta y cinco sotnias, casi todos baskires y calmucos.
- Cosacos de Siberia: veinticuatro batallones, ochenta y cuatro sotnias y tres baterías, compuestos en parte de tunguses, buriatos, etc.
- Cosacos del mar de Azov, dedicados al servicio naval.
- Cosacos del Danubio, en Besarabia: doce sotnias.
- Cosacos del lago Baikal, formados hace poco, de organización y fuerza desconocidas.
El total ascendería a 847 sotnias (escuadrones de 100 hombres cada uno, de sto, cien), treinta y dos batallones y veintiséis baterías.31 Eso daría unos 90.000 hombres de caballería y 30.000 de infantería. Pero para fines efectivos de guerra en la frontera occidental quizá haya disponibles de 40.000 a 50.000 jinetes, unas pocas baterías y nada de la infantería.
Así pues, en tiempo de paz el ejército ruso (sin contar las tropas del servicio interior) debería constar de 360.000 infantes, 70.000 jinetes y 90.000 artilleros; en total, 500.000 hombres, además de un número de cosacos que varía según las circunstancias. Pero de esos 500.000 hombres, los cuerpos locales del Cáucaso, de Oremburgo y de Siberia no pueden emplearse en ninguna guerra en la frontera occidental del imperio, de modo que contra la Europa occidental no pueden usarse más de 260.000 infantes, 70.000 jinetes y 50.000 artilleros, con unas 1.000 piezas, además de unos 30.000 cosacos.
Hasta aquí el pie de paz. Para el caso de guerra se habían tomado las siguientes disposiciones: el tiempo completo de servicio era de veinte, veintidós o veinticinco años, según los casos. Pero al cabo de diez o de quince años, según los casos, se licenciaba a los soldados, que pasaban entonces a pertenecer a la reserva. La organización de esta reserva ha variado mucho, pero parece que actualmente los licenciados pertenecían, durante los cinco primeros años, a un batallón de reserva (el cuarto de cada regimiento en la Guardia y en los granaderos, el quinto en la línea), a un escuadrón de reserva o a una batería de reserva, según su arma. Pasados cinco años, pasaban al batallón de depósito (el quinto o, respectivamente, el sexto) de su regimiento, o al escuadrón o la batería de depósito. Así, el llamamiento de la reserva elevaría el efectivo de la infantería y la artillería en un cincuenta por ciento aproximadamente, y el de la caballería en un veinte por ciento. Estas reservas debían estar mandadas por oficiales retirados, y sus cuadros, aunque no estuvieran completamente organizados, estaban hasta cierto punto preparados.
Pero cuando estalló la guerra todo esto cambió. El ejército activo tuvo que mandar dos divisiones al Cáucaso, aunque estaba destinado a combatir en la frontera occidental. Antes de que las tropas anglo-francesas embarcaran para Oriente, tres cuerpos del ejército activo (el tercero, el cuarto y el quinto) estaban empeñados en la campaña contra los turcos. En aquel momento, es cierto, las reservas se estaban concentrando, pero hizo falta un tiempo enorme para traer a los hombres desde todos los puntos del imperio hasta sus respectivos cuarteles generales. Los ejércitos y las flotas aliados en el Báltico y en el mar Negro, así como la política vacilante de Austria, exigieron medidas más enérgicas: se doblaron y triplicaron las levas, y con la abigarrada masa de reclutas así reunida se formaron, junto con las reservas, cuartos, quintos, sextos, séptimos y octavos batallones para todos los regimientos de infantería, mientras que en la caballería se hacía un aumento semejante. Así, los ocho cuerpos de la Guardia, de granaderos y de línea cuentan ahora, en vez de 376 batallones, unos 800, y por cada dos escuadrones o baterías del pie de paz se ha añadido por lo menos uno de reserva. Todas estas cifras, sin embargo, parecen más formidables sobre el papel que en la realidad; porque, entre la corrupción de los funcionarios rusos, la mala administración del ejército y la enorme longitud de las marchas desde los hogares de los hombres hasta los depósitos, desde los depósitos hasta los puntos de concentración de los cuerpos y desde allí hasta el teatro de la guerra, una gran parte de los hombres se pierde o queda inútil antes de llegar a encontrarse con el enemigo. Además, los estragos de las enfermedades y las pérdidas en combate durante las dos últimas campañas han sido muy graves, y, en conjunto, no creemos que los 1.000 batallones, 800 escuadrones y 200 baterías del ejército ruso puedan pasar hoy mucho de 600.000 hombres.
Pero el gobierno no se dio por satisfecho con esto. Con una presteza que muestra hasta qué punto es consciente de la dificultad de reunir grandes masas de hombres de las distintas partes de este vasto imperio, decretó la leva de la milicia en cuanto se completó la organización de los séptimos y octavos batallones. La milicia, u opolchenie, debía organizarse en druzhinas (batallones) de 1.000 hombres, en proporción a la población de cada provincia; tenían que servir veintitrés hombres de cada 1.000 varones, o casi un cuarto por ciento de la población.32 Por el momento, la opolchenie solo se movilizó en las provincias occidentales. Esta leva, hecha sobre una población de 18.000.000 de habitantes, con unos 9.000.000 de varones, debió de dar unos 120.000 hombres, lo que concuerda con lo que dicen los informes de Rusia. No cabe duda de que la milicia resultará inferior en todos los aspectos incluso a la reserva recién formada; pero, en cualquier caso, es un valioso aumento de las fuerzas de Rusia, y, si se la emplea en el servicio de guarnición en Polonia, puede dejar libres buen número de regimientos de línea.
Por otra parte, no solo muchos cosacos, sino incluso un número considerable de baskires, calmucos, kirguises, tunguses y otras levas mongolas han llegado a la frontera occidental. Esto muestra con qué anticipación se les ordenó marchar hacia el oeste, porque muchos de ellos tenían que hacer más de un año de marcha antes de llegar a San Petersburgo o al Vístula.
Así, Rusia ha exprimido sus recursos militares casi hasta el límite, y, después de dos años de campaña, en los que no ha perdido ninguna batalla decisiva, no puede reunir más de 600.000 a 650.000 hombres de tropas regulares, con 100.000 milicianos y quizá 50.000 jinetes irregulares. No queremos decir que esté agotada; pero no hay duda de que ahora, después de dos años de guerra, no podría hacer lo que hizo Francia después de veinte años de guerra y de la pérdida total de su mejor ejército en 1812: lanzar una nueva fuerza de 300.000 hombres y detener, al menos por un tiempo, el empuje del enemigo. Tan enorme es la diferencia de fuerza militar entre un país densamente poblado y otro de población escasa. Si Francia lindara con Rusia, los 66.000.000 de habitantes de Rusia serían más débiles que los 38.000.000 de franceses. Que los 44.000.000 de alemanes pueden de sobra con los 66.000.000 de súbditos del zar ortodoxo no admite la menor duda.
El ejército ruso se recluta de diversas maneras. El grueso de los hombres lo da la leva ordinaria, que se hace un año en las provincias occidentales y al siguiente en las orientales de la Rusia europea. La proporción general es de cuatro o cinco hombres por cada 1.000 «almas» (masculinas); porque en el censo ruso solo se cuentan los varones, ya que, según la creencia ortodoxa del Oriente, las mujeres no son «almas».33 Los de la mitad occidental del imperio sirven veinte años; los de la mitad oriental, veinticinco. La Guardia sirve veintidós años; los jóvenes de las colonias militares, veinte. Además de estas levas, los hijos de los soldados son una fuente fecunda de reclutas. Todo hijo nacido de un soldado mientras está en servicio está obligado a servir; y este principio se lleva tan lejos que el Estado reclama a los hijos que dan a luz las mujeres de los soldados aunque el marido lleve cinco o diez años en el otro extremo del imperio. A estos hijos de soldados se los llama cantonistas, y en su mayoría se educan a costa del Estado; de ellos se sacan la mayor parte de los suboficiales. Por último, los tribunales condenan a servir en el ejército a delincuentes, vagabundos y otros individuos de mala vida. Un noble tiene derecho a mandar al ejército a un siervo, si por lo demás está sano; y todo padre descontento de su hijo puede hacer lo mismo. «S bogom idi pod krasnuyu shapku», vete con Dios y ponte el gorro rojo, es decir, vete al ejército, es un dicho corriente del campesino ruso al hijo desobediente.34
Los suboficiales, como hemos dicho, se reclutan sobre todo entre los hijos de los soldados educados en establecimientos del Estado. Sometidos desde la primera infancia a la disciplina militar, estos muchachos no tienen nada en común con los hombres a los que luego han de instruir y mandar. Forman una clase separada del pueblo. Pertenecen al Estado; no pueden existir sin él: abandonados a sus propios recursos, no sirven para nada. Medrar bajo el gobierno es, pues, su único objetivo. Lo que son en la administración civil rusa los empleados de la clase inferior, reclutados entre los hijos de los empleados, eso son estos hombres en el ejército: una caterva de subalternos astutos, mezquinos y de un egoísmo estrecho, dotados de un barniz de instrucción elemental que casi los hace más despreciables; ambiciosos por vanidad y afán de lucro; vendidos en cuerpo y alma al Estado y, sin embargo, empeñados día y hora en vender al Estado al por menor siempre que pueden sacar provecho. Un buen ejemplar de esta clase es el feldjäger o correo que acompañó al señor de Custine en sus viajes por Rusia, admirablemente retratado en el relato que este caballero hizo de Rusia.35 Es esta clase de hombres, tanto en el ramo civil como en el militar, la que fomenta principalmente la inmensa corrupción que impregna todos los ramos del servicio público en aquel país. Pero, tal como están las cosas, no hay duda de que, si se suprimiera este sistema de apropiación total de los hijos por el Estado, Rusia no podría encontrar suficientes empleados civiles subalternos ni suboficiales militares.
Con la clase de los oficiales quizá esté todavía peor. La educación que se da a un futuro cabo o sargento primero es un artículo relativamente barato; pero educar oficiales para un ejército de un millón de hombres (que es el número para el que, oficialmente, deberían estar preparados los cuadros rusos) es un asunto costoso. Los establecimientos privados no hacen nada o poco con este fin. También aquí el Estado tiene que hacerlo todo. Pero evidentemente no puede educar a una masa tan grande de jóvenes como se requiere para ese uso. Por consiguiente, mediante una coacción moral directa, se induce a los hijos de la nobleza a servir por lo menos cinco o diez años en el ejército o en la administración civil; porque toda familia en la que tres generaciones consecutivas no hayan «servido» pierde su privilegio de nobleza y, en especial, el derecho a poseer siervos, un derecho sin el cual la gran propiedad territorial en Rusia vale menos que nada. Así entran en el ejército, con el grado de alférez o de teniente, grandes cantidades de jóvenes cuya educación entera consiste, en el mejor de los casos, en cierta soltura para conversar en francés sobre los temas más corrientes y en un ligero barniz de matemáticas elementales, geografía e historia, todo ello metido a la fuerza para mera exhibición. Para ellos, servir es una fea necesidad que hay que pasar, como un tratamiento médico prolongado, con un asco no disimulado; y en cuanto ha transcurrido el tiempo de servicio prescrito, o se alcanza el grado de mayor, se retiran y se los inscribe en las listas de los batallones de depósito. En cuanto a los alumnos de las escuelas militares, también a casi todos se los ha atiborrado para que pasen los exámenes, y aun en simples conocimientos profesionales están muy por detrás de los jóvenes de las escuelas militares austriacas, prusianas o francesas. En cambio, los jóvenes de talento, aplicación y pasión por su especialidad son tan raros en Rusia que se los atrapa allí donde aparecen, sean extranjeros o del país. El Estado les da con la mayor generosidad todos los medios para completar sus estudios y les concede un ascenso rápido. Tales hombres sirven para exhibir la civilización rusa ante Europa. Si se inclinan a las tareas literarias, encuentran todo el estímulo posible mientras no traspasen los límites de lo que exige el gobierno ruso, y son ellos los que han dado lo poco que hay de valor en la literatura militar rusa. Pero hasta el presente los rusos de todas las clases son demasiado profundamente bárbaros para encontrar placer en los estudios científicos o en cualquier clase de trabajo intelectual (salvo las intrigas), y por eso casi todos sus hombres distinguidos en el servicio militar son extranjeros o, lo que viene a ser casi lo mismo, ostzeiski, alemanes de las provincias bálticas. Tal era el último y más distinguido ejemplar de esta clase, el general Totleben, ingeniero jefe en Sebastopol, que murió en julio a consecuencia de una herida.36 Era, sin duda, el hombre más hábil en su oficio de todo el sitio, tanto en el campo ruso como en el aliado; pero era un alemán del Báltico, de ascendencia prusiana.
De este modo, el ejército ruso tiene entre sus oficiales a los mejores y a los peores hombres, solo que los primeros están en una proporción infinitesimal. Lo que el gobierno ruso piensa de sus oficiales lo ha mostrado clara e inequívocamente en sus propios reglamentos tácticos. Estos reglamentos no se limitan a prescribir un modo general de llevar a la acción una brigada, una división o un cuerpo de ejército, una llamada «disposición normal» que el jefe debe variar según el terreno y otras circunstancias, sino que prescriben disposiciones normales distintas para todos los casos posibles, sin dejar al general elección alguna y atándolo de un modo que le quita de encima, en la medida de lo posible, toda responsabilidad. Un cuerpo de ejército, por ejemplo, puede disponerse en batalla de cinco maneras distintas según el reglamento; y en el Alma los rusos estaban efectivamente formados según una de ellas, la tercera disposición, y, como era de esperar, fueron derrotados. Esta manía de prescribir reglas abstractas para todos los casos posibles deja tan poca libertad de acción al jefe, y hasta tal punto le prohíbe aprovechar las ventajas del terreno, que un general prusiano, al criticarla, dice: «Semejante sistema de reglamentos solo puede tolerarse en un ejército cuyos generales sean en su mayoría tan imbéciles que el gobierno no pueda confiarles sin peligro un mando incondicional ni dejarlos a su propio juicio».
El soldado ruso es uno de los hombres más valientes de Europa. Su tenacidad casi iguala a la de los ingleses y a la de ciertos batallones austriacos. Como presume de sí mismo John Bull, no sabe cuándo está vencido. Cuadros de infantería rusos han resistido y peleado cuerpo a cuerpo mucho tiempo después de que la caballería los hubiera roto, y siempre ha resultado más fácil abatirlos a tiros que hacerlos retroceder. Sir George Cathcart, que los vio en 1813 y 1814 como aliados y en 1854 en Crimea como enemigos, les rinde el honroso testimonio de que son «incapaces de pánico».37 Además, el soldado ruso es de buena constitución, sano, buen andarín, hombre de pocas necesidades que puede comer y beber casi cualquier cosa, y más obediente a sus oficiales que cualquier otro soldado del mundo. Y, sin embargo, el ejército ruso no tiene mucho de qué presumir. Nunca, desde que Rusia es Rusia, han ganado los rusos una sola batalla contra alemanes, franceses, polacos o ingleses sin una enorme superioridad numérica. En igualdad de condiciones, siempre los ha derrotado cualquier ejército, salvo los turcos o los prusianos; y en Cetate y en Silistra los turcos, aunque inferiores en número, los vencieron.38
Los rusos son, ante todo, los soldados más torpes del mundo. No sirven ni para el servicio de infantería ligera ni para el de caballería ligera. Los cosacos, excelente caballería ligera en algunos aspectos, son en general tan poco fiables que frente al enemigo siempre se coloca una segunda línea de avanzadas detrás de la línea de avanzadas cosacas. Además, los cosacos son completamente inútiles para la carga. En cuanto a las tropas regulares, infantería y caballería, no sirven para actuar en orden disperso. El ruso, imitador como es en todo, hará cualquier cosa si se le ordena o se le obliga, pero no hará nada si tiene que actuar bajo su propia responsabilidad; de hecho, esta palabra apenas puede aplicarse a un ser que nunca supo lo que era la responsabilidad y que irá a que le peguen un tiro con la misma obediencia pasiva que si se le mandara sacar agua con la bomba o azotar a un compañero. Esperar del soldado ruso, en el servicio de avanzadas o en orden disperso, el golpe de vista rápido del francés o el sencillo sentido común del alemán sería ofenderle. Lo que necesita es mando, un mando claro y preciso; y si no lo tiene, quizá no retroceda, pero desde luego no avanzará ni hará uso de sus propios sentidos.
La caballería, aunque se ha gastado mucho dinero y cuidado en ella, nunca ha sido excelente. Ni en las guerras contra los franceses ni en la de Polonia se distinguió la caballería.39 La obediencia pasiva, paciente y sufrida de los rusos no es lo que se necesita en la caballería. La primera cualidad del jinete es precisamente la que más le falta al ruso: el arrojo. Así, cuando los 600 dragones ingleses, con toda la audacia y el coraje de verdaderos jinetes, se lanzaron en Balaklava contra los rusos, muy superiores en número, arrollaron ante sí artillería rusa, cosacos, húsares y lanceros, hasta que llegaron a las sólidas columnas de la infantería; entonces tuvieron que volver grupas; y, sin embargo, en aquel combate de caballería todavía es dudoso quién merece llamarse vencedor.40 Si se hubiera hecho una carga tan insensata contra cualquier otro ejército, no habría vuelto ni un hombre: el enemigo los habría tomado de flanco y por la espalda y los habría acuchillado uno a uno. ¡Pero los jinetes rusos los esperaron literalmente parados y fueron arrollados antes de que se les ocurriera mover los caballos! Si algo debe condenar a la caballería regular rusa, es sin duda un hecho como este.
La artillería dispone de un material de calidad desigual, pero, donde tiene buenas piezas, cumple bien con su deber. Muestra gran valor en campaña, pero siempre se notará que le falta inteligencia. Una batería rusa que ha perdido a sus oficiales no sirve para nada; y, mientras los oficiales viven, solo puede ocupar las posiciones, a menudo absurdas, que prescribe el reglamento. Sitiada en una fortaleza, donde se requieren una resistencia paciente y una exposición constante al peligro, la artillería rusa se distinguirá, no tanto por la precisión del tiro como por la entrega a su deber y la firmeza bajo el fuego. Todo el sitio de Sebastopol lo prueba.
En la artillería y en los ingenieros se encuentran, sin embargo, los oficiales instruidos que Rusia exhibe ante Europa y a los que de verdad se anima a emplear libremente su talento. Mientras que en Prusia, por ejemplo, a los mejores hombres, cuando eran oficiales subalternos, sus superiores solían ponerles tantas trabas y desairar todas las mejoras que proponían como intentos presuntuosos de innovación, que muchos de ellos han tenido que buscar empleo en Turquía, donde han hecho de la artillería regular una de las mejores de Europa, en Rusia a todos esos hombres se los anima y, si se distinguen, hacen una carrera rápida y brillante. Diebitsch y Paskévich fueron generales a los veintinueve y a los treinta años, y Totleben, en Sebastopol, ascendió en menos de ocho meses de capitán a general de división.41
El gran orgullo de los rusos es su infantería. Es de una solidez muy grande y, empleada en línea o en columna, o detrás de parapetos, siempre será difícil de batir. Pero aquí terminan sus buenas cualidades. Casi del todo inútil para el servicio de infantería ligera (los llamados cazadores no son infantería ligera más que de nombre, y los ocho batallones de tiradores agregados al cuerpo ligero son la única infantería ligera de verdad), por lo general mala tiradora, buena pero lenta en la marcha, sus columnas suelen estar tan mal situadas que siempre será posible machacarlas bien con la artillería antes de cargarlas. Las «disposiciones normales», de las que los generales no se atreven a apartarse, contribuyen mucho a ello. En el Alma, por ejemplo, la artillería británica hizo terribles estragos en las columnas rusas mucho antes de que la línea británica, igual de torpe, se hubiera formado, hubiera cruzado el río en desfilada y se hubiera vuelto a formar para la carga. Pero incluso la jactancia de su sólida tenacidad hay que tomarla con bastante cautela, porque en Inkerman 8.000 infantes británicos, sorprendidos en una posición ocupada de manera incompleta y descuidada, resistieron cuerpo a cuerpo durante más de cuatro horas a los 15.000 rusos lanzados contra ellos y rechazaron efectivamente cada nuevo ataque. Esta batalla tiene que haber mostrado a los rusos que en su propio terreno favorito habían encontrado quien los superaba. Fue el valor de los soldados británicos y la inteligencia y presencia de ánimo de suboficiales y soldados lo que hizo fracasar todos los intentos de los rusos; y a la vista de esta batalla debemos considerar justificada la pretensión de los británicos al título de primera infantería de línea del mundo.
El uniforme del ejército ruso es una imitación bastante fiel del prusiano. Su equipo está muy mal ajustado: no solo los correajes de la bayoneta y de la cartuchera se cruzan sobre el pecho, sino también las correas que sujetan la mochila. Precisamente ahora se están haciendo algunos cambios, pero no sabemos si afectan a este punto. Las armas portátiles son muy pesadas y solo recientemente se han dotado de cápsulas fulminantes; un fusil ruso es lo más pesado y difícil de manejar de su especie. Los sables de la caballería son de mal modelo y están mal templados. De las piezas de artillería, las nuevas que se han tomado en Crimea se describen como muy buenas y de excelente factura; pero es muy dudoso que así sea en todos los casos.
En fin, el ejército ruso lleva todavía el sello de una institución que va por delante del estado general de civilización del país, y tiene todas las desventajas e inconvenientes de esas creaciones de invernadero. En la guerra menuda, los cosacos son las únicas tropas temibles, por su actividad e infatigabilidad; pero su afición a la bebida y al pillaje los hace muy poco fiables para su jefe. En la gran guerra, la lentitud con que se mueven los rusos hará que sus maniobras estratégicas sean poco de temer, a menos que tengan que habérselas con adversarios tan negligentes como lo fueron los ingleses el otoño pasado. En una batalla campal serán adversarios obstinados para los soldados, pero no muy molestos para los generales que los ataquen. Sus disposiciones son por lo general muy sencillas, basadas en sus reglas normales prescritas, y fáciles de adivinar; mientras que la falta de inteligencia tanto de los generales como de los jefes y la torpeza de las tropas hacen muy arriesgado para ellos emprender maniobras importantes en un campo de batalla.
III. Los ejércitos menores de Alemania
Baviera tiene dos cuerpos de ejército de dos divisiones cada uno. Cada división consta de dos brigadas de infantería (cuatro regimientos de infantería y un batallón de cazadores), una brigada de caballería de dos regimientos y tres baterías de a pie y una a caballo. Cada cuerpo de ejército tiene además una reserva general de artillería de seis baterías de a pie y un destacamento de zapadores y minadores. Así, todo el ejército forma dieciséis regimientos de tres batallones cada uno, con seis batallones de cazadores: en total, cincuenta y cuatro batallones; dos regimientos de coraceros y seis de dragones ligeros: en total, cuarenta y ocho escuadrones; dos regimientos de artillería de a pie (de seis baterías de seis libras y seis de doce cada uno) y uno de artillería a caballo (cuatro baterías de seis libras): en total, veintiocho baterías de ocho piezas, que suman 224 piezas, además de seis compañías de artillería de plaza y doce compañías del tren; hay también un regimiento de ingenieros de ocho compañías y dos compañías de sanidad. La fuerza total, en pie de guerra, es de 72.000 hombres, además de una reserva y una Landwehr cuyos cuadros, sin embargo, no existen.
Del ejército de la Confederación Germánica, Austria aporta los cuerpos 1.º, 2.º y 3.º; Prusia, el 4.º, el 5.º y el 6.º; Baviera, el 7.º. El 8.º cuerpo lo aportan Wurtemberg, Baden y Hesse-Darmstadt.
Wurtemberg tiene ocho regimientos (dieciséis batallones) de infantería, cuatro de caballería (dieciséis escuadrones) y un regimiento de artillería (cuatro baterías de a pie y tres a caballo, con cuarenta y ocho piezas). Total, unos 19.000 hombres en pie de guerra.
Baden mantiene cuatro regimientos (ocho batallones), dos batallones de fusileros y un batallón de cazadores: en total, diez batallones de infantería, con tres regimientos o doce escuadrones de caballería y cuatro baterías de a pie y cinco a caballo, con cuarenta piezas en total. Total, en pie de guerra, 15.000 hombres.
Hesse-Darmstadt tiene cuatro regimientos u ocho batallones de infantería, un regimiento o seis escuadrones de caballería ligera y tres baterías de artillería (una montada) con dieciocho piezas. Total, 10.000 hombres.
La única particularidad de los cuerpos de ejército 7.º y 8.º es que han adoptado la cureña francesa para la artillería. El 9.º cuerpo federal lo forman el reino de Sajonia, que aporta una división, y el Hesse electoral y Nassau, que aportan la segunda.
El contingente de Sajonia es de cuatro brigadas de infantería de cuatro batallones cada una y una de cazadores de cuatro batallones, además de cuatro batallones de línea y un batallón de cazadores como reserva, todavía sin organizar; cuatro regimientos de caballería ligera de cinco escuadrones cada uno, y un regimiento de artillería con seis baterías de a pie y dos a caballo. Total, veinte batallones de infantería, veinte escuadrones y cincuenta piezas, o 24.500 hombres en pie de guerra. En el Hesse electoral hay cuatro regimientos u ocho batallones, con un batallón de fusileros y uno de cazadores; dos escuadrones de coraceros y siete de húsares; tres baterías, una de ellas de artillería a caballo. Total, diez batallones, nueve escuadrones, diecinueve piezas y 12.000 hombres en pie de guerra. Nassau aporta siete batallones y 2 baterías, o 7.000 hombres y doce piezas, en pie de guerra.
El 10.º cuerpo de ejército lo forman Hannover y Brunswick, que mantienen la primera división, y Mecklemburgo, Holstein, Oldemburgo y las ciudades hanseáticas, que aportan la segunda. Hannover aporta ocho regimientos o dieciséis batallones y cuatro batallones de infantería ligera; seis regimientos o veinticuatro escuadrones de caballería, y cuatro baterías de a pie y dos a caballo. Total, 22.000 hombres y treinta y seis piezas. La artillería sigue el modelo inglés. Brunswick aporta cinco batallones, cuatro escuadrones y doce piezas, en total 5.300 hombres. Los pequeños Estados de la segunda división no merecen mención.
Por último, los más pequeños de entre los Estados alemanes menudos forman una división de reserva, con la cual todo el ejército de la Confederación Germánica, en pie de guerra, puede resumirse en una tabla como sigue:
| I. Contingentes | II. Contingentes de reserva | |||||||
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Inf. | Cab. | Piezas | Total | Inf. | Cab. | Piezas | Total | |
| Austria | 73.501 | 13.546 | 192 | 94.822 | 36.750 | 6.773 | 96 | 47.411 |
| Prusia | 61.629 | 11.355 | 160 | 79.484 | 30.834 | 5.660 | 80 | 39.742 |
| Baviera | 27.566 | 5.086 | 72 | 35.600 | 13.793 | 2.543 | 36 | 17.800 |
| 8.º cuerpo | 23.369 | 4.308 | 60 | 30.150 | 11.685 | 2.154 | 32 | 15.075 |
| 9.º cuerpo | 19.294 | 2.887 | 50 | 24.254 | 9.702 | 1.446 | 25 | 12.136 |
| 10.º cuerpo | 22.246 | 3.572 | 58 | 28.067 | 11.107 | 1.788 | 29 | 14.019 |
| División de reserva | 11.116 | 11.116 | 5.584 | 5.584 | ||||
| Total | 238.721 | 40.754 | 592 | 303.493 | 119.455 | 20.364 | 298 | 153.76742 |
Naturalmente, esto no representa la verdadera fuerza armada de la Confederación, porque en caso de necesidad Prusia, Austria y Baviera aportarían mucho más que los contingentes indicados. Las tropas del 10.º cuerpo y de la división de reserva, y quizá también las del 9.º cuerpo, formarían las guarniciones, para no estorbar con sus organizaciones y particularidades tan diversas la rapidez de las operaciones de campaña. Las cualidades militares de estos ejércitos son más o menos las mismas que las de los soldados austriacos y prusianos; pero, naturalmente, estos pequeños cuerpos no ofrecen ocasión de desarrollar el talento militar, y entre ellos subsisten muchas disposiciones anticuadas.
En un tercer y último artículo trataremos de los ejércitos español, sardo, turco y demás ejércitos de Europa.
Tercer artículo
I. El ejército turco
Al empezar la guerra actual, el ejército turco estaba en un grado de eficacia más alto que nunca. Los diversos intentos de reorganización y reforma emprendidos desde el advenimiento de Mahmud, desde la matanza de los jenízaros y sobre todo desde la paz de Adrianópolis se habían consolidado y sistematizado.43 El primer y mayor obstáculo, la posición independiente de los bajás que mandaban en las provincias lejanas, se había eliminado en gran medida y, en conjunto, los bajás habían quedado sometidos a una disciplina que se acercaba algo a la de los comandantes de distrito europeos. Pero su ignorancia, su insolencia y su rapacidad seguían tan pujantes como en los mejores tiempos del gobierno de los sátrapas asiáticos; y si en los últimos veinte años habíamos oído poco de revueltas de bajás, hemos oído bastante de provincias sublevadas contra sus codiciosos gobernadores, que, salidos originariamente de los más bajos esclavos domésticos y «chicos para todo», aprovechaban su nueva posición para amasar fortunas con exacciones, sobornos y el desfalco a gran escala del dinero público. Es evidente que en semejante estado de cosas la organización del ejército tiene que existir en gran medida solo sobre el papel.
El ejército turco consta del ejército activo regular (Nizam), la reserva (Redif), las tropas irregulares y los cuerpos auxiliares de los Estados vasallos.
El Nizam se compone de seis cuerpos (ordus), cada uno de los cuales se recluta en el distrito que ocupa, como los cuerpos de ejército en Prusia, asentados cada uno en la provincia de la que se recluta. En conjunto, la organización del Nizam y del Redif turcos está copiada, como veremos, del modelo prusiano. Los seis ordus tienen sus cuarteles generales en Constantinopla, Shumla, Toli-Monastir, Erzurum, Bagdad y Alepo.44 Cada uno de ellos debería estar mandado por un mushir (mariscal de campo) y constar de dos divisiones o seis brigadas, formadas por seis regimientos de infantería, cuatro de caballería y uno de artillería.
La infantería y la caballería están organizadas según el sistema francés; la artillería, según el prusiano.
Un regimiento de infantería se compone de cuatro batallones de ocho compañías cada uno, y debería contar, con su dotación completa, 3.250 hombres, incluidos oficiales y plana mayor, u 800 hombres por batallón; sin embargo, antes de la guerra la fuerza habitual rara vez pasaba de 700 hombres, y en Asia era casi siempre mucho menor.
Un regimiento de caballería consta de cuatro escuadrones de lanceros y dos de cazadores, cada escuadrón de 151 hombres; en general, el efectivo real quedaba aquí todavía más por debajo de lo reglamentario que en la infantería.
Cada regimiento de artillería consta de seis baterías a caballo y nueve de a pie, de cuatro piezas cada una, lo que representa un total de sesenta piezas.
Así, cada ordu debía contar con 19.500 infantes, 3.700 jinetes y sesenta piezas. En realidad, sin embargo, lo más que se alcanzó nunca fue de 20.000 a 21.000 hombres en total.
Además de los seis ordus hay cuatro regimientos de artillería (uno de reserva y tres de artillería de plaza), dos regimientos de zapadores y minadores y tres destacamentos especiales de infantería enviados a Candía, a Túnez y a Trípoli, con una fuerza total de 16.000 hombres.
La fuerza total del Nizam, o ejército permanente regular, antes de la guerra debería haber sido, por tanto, la siguiente:
| 36 regimientos de infantería | de 2.500 por término medio | 90.000 |
| 24 regimientos de caballería | de 660-670 | 16.000 |
| 7 regimientos de artillería de campaña | 9.000 | |
| 3 regimientos de artillería de plaza | 3.400 | |
| 2 regimientos de zapadores y minadores | 1.600 | |
| Cuerpos destacados | 16.000 | |
| 136.000 |
Los soldados, después de servir cinco años en el Nizam, son licenciados a sus casas y forman, durante los siete años siguientes, parte del Redif o reserva. Esta reserva cuenta tantos ordus, divisiones, brigadas, regimientos, etc., como el ejército permanente; de hecho, es para el Nizam lo que en Prusia la primera leva de la Landwehr para la línea, con la única excepción de que en Prusia, en las unidades mayores que la brigada, la línea y la Landwehr están siempre mezcladas, mientras que en la organización turca deben mantenerse separadas. Los oficiales y suboficiales del Redif están reunidos permanentemente en los depósitos, y una vez al año se llama al Redif a hacer ejercicios, durante los cuales recibe la misma paga y las mismas raciones que la línea. Pero tal organización, que presupone una administración civil bien ordenada y un estado de sociedad civilizado, cosas muy lejos de haberse alcanzado en Turquía, tiene que existir en gran medida solo sobre el papel; y si contamos, por tanto, el Redif igual en número al Nizam, sin duda lo ponemos en su cifra más alta posible.
Los contingentes auxiliares constan de tropas de:
| 1. | Los Principados del Danubio | 6.000 hombres |
| 2. | Serbia | 20.000 |
| 3. | Bosnia y Herzegovina | 30.000 |
| 4. | Alta Albania | 10.000 |
| 5. | Egipto | 40.000 |
| 6. | Túnez y Trípoli | 10.000 |
| Total, aproximadamente | 116.000 |
A estas tropas hay que añadir los bashi-bozuks voluntarios, que Asia Menor, el Kurdistán y Siria pueden dar en gran número. Son el último resto de aquella hueste de tropas irregulares que en siglos pasados inundó Hungría y se presentó dos veces ante Viena. Caballería en su mayoría, su inferioridad incluso frente al jinete europeo peor equipado ha quedado probada por dos siglos de derrotas casi constantes. Han perdido la confianza en sí mismos, y ahora no sirven para otra cosa que para pulular alrededor del ejército, consumiendo y despilfarrando los recursos de que debería vivir el cuerpo regular. Su afición al pillaje y su carácter poco fiable los hacen inútiles incluso para el activo servicio de avanzadas que los rusos esperan de sus cosacos, porque a los bashi-bozuks, cuando más se los necesita, menos se los encuentra. Por eso en la guerra actual se ha considerado conveniente mantener bajo su número, y no creemos que se hayan reunido nunca más de 50.000.
Así, la fuerza numérica del ejército turco al empezar la guerra puede calcularse como sigue:
| Nizam | 136.000 |
| Redif | 136.000 |
| Auxiliares, tropas regulares de Egipto y Túnez | 50.000 |
| Ídem, irregulares de Bosnia y Albania | 40.000 |
| Bashi-bozuks | 50.000 |
| Total | 412.000 |
Pero de esta suma total hay que hacer a su vez varias deducciones. Que los ordus estacionados en Europa estaban en bastante buen estado y tan cerca de su dotación completa como cabe esperar en Turquía parece bastante seguro; pero en Asia, en las provincias lejanas donde predomina la población musulmana, podía haber hombres disponibles mientras no aparecían ni armas, ni equipo, ni depósitos de municiones. El ejército del Danubio se formó principalmente con los tres ordus europeos. Fueron el núcleo en torno al cual se reunieron los Redif europeos, el ordu de Siria o al menos buena parte de él y cierto número de arnautas, bosnios y bashi-bozuks. Y, sin embargo, la cautela excesiva de Omer Bajá, su constante resistencia, hasta el día de hoy, a exponer sus tropas en campaña, es la mejor prueba de que solo tiene una confianza limitada en las capacidades de este, el único buen ejército regular que Turquía haya tenido jamás. En Asia, en cambio, donde el viejo sistema turco de desfalco e indolencia seguía en plena floración, los dos ordus del Nizam, todos los Redif y la masa de los irregulares no pudieron resistir a un ejército ruso muy inferior en número; fueron derrotados en todas las batallas, y al final de la campaña de 1854 el ejército de Asia de Turquía casi había dejado de existir. Allí está claro, pues, que no solo los detalles de la organización, sino una gran parte de las tropas mismas no tenían existencia real. La falta de armas, equipo, municiones y víveres era la queja constante de los oficiales extranjeros y de los corresponsales de prensa en Kars y en Erzurum, y decían sin rodeos que la causa no era otra que la indolencia, la incapacidad y la rapacidad de los bajás. El dinero se les mandaba puntualmente, pero ellos se lo apropiaban siempre.
El equipo del soldado regular turco está en conjunto imitado de los ejércitos occidentales; la única diferencia es el fez rojo o casquete, que es quizá el peor tocado posible en aquel clima, donde, con los calores del verano, causa frecuentes insolaciones. Los artículos suministrados son de mala calidad, y la ropa tiene que durar más de lo razonable porque los oficiales se embolsan por lo general el dinero destinado a renovarla. Las armas son de calidad inferior, tanto en la infantería como en la caballería; solo la artillería tiene muy buenas piezas de campaña, fundidas en Constantinopla bajo la dirección de oficiales e ingenieros civiles europeos.
El turco, en sí mismo, no es mal soldado. Es valiente por naturaleza, extraordinariamente sufrido y paciente, y, en ciertas circunstancias, dócil. Los oficiales europeos que han ganado su confianza pueden contar con él, como lo atestiguan Grach y Butler en Silistra e Iskender Beg (Ilinski) en Valaquia.45 Pero son excepciones. En conjunto, el odio innato del turco al giaour es tan indeleble, y sus costumbres e ideas tan distintas de las de un europeo, que mientras su raza siga siendo la dominante en el país no se someterá a hombres a los que en su fuero interno desprecia como inferiores sin comparación posible. Esta repugnancia se extiende a la organización misma del ejército desde que se puso sobre pie europeo. El turco corriente odia las instituciones de los giaours tanto como a los giaours mismos. Además, la estricta disciplina, la actividad reglada y la atención constante que requiere un ejército moderno son cosas del todo odiosas para el turco perezoso, contemplativo y fatalista. Los mismos oficiales prefieren dejar que derroten al ejército antes que esforzarse y usar sus propios sentidos. Este es uno de los peores rasgos del ejército turco, y bastaría por sí solo para hacerlo inútil para cualquier campaña ofensiva.
Los soldados rasos y los suboficiales se reclutan entre voluntarios y por sorteo; los grados inferiores de oficial se cubren a veces con hombres ascendidos desde la tropa, pero por lo general con los asistentes y criados domésticos, los chibukchis y kahvecis de los oficiales superiores.46 Las escuelas militares de Constantinopla, no muy buenas en sí mismas, no pueden dar bastantes jóvenes para las vacantes. En cuanto a los grados superiores, hay un sistema de favoritismo del que las naciones occidentales no tienen idea. La mayoría de los generales fueron en su origen esclavos circasianos, los favoritos de algún gran personaje en los días de su juventud. Reinan sin discusión la ignorancia absoluta, la incapacidad y la suficiencia, y la intriga cortesana es el principal medio de ascenso. Ni siquiera los pocos generales europeos (renegados) que hay en el servicio habrían sido aceptados si no hubieran sido absolutamente necesarios para impedir que toda la máquina se cayera a pedazos. Y aun así se los ha tomado sin distinción, tanto entre hombres de verdadero mérito como entre simples aventureros.
Actualmente, después de tres campañas, no puede decirse que exista ningún ejército turco, salvo los 80.000 hombres del ejército original de Omer Bajá, parte del cual está en el Danubio y parte en Crimea. El ejército de Asia consta de unos 25.000 hombres de chusma, inútiles para la campaña y desmoralizados por la derrota. El resto de los 400.000 hombres ha desaparecido nadie sabe dónde: muertos en combate o por enfermedad, inválidos, licenciados o convertidos en bandoleros. Muy probablemente este será el último de todos los ejércitos turcos, porque reponerse de la sacudida que le ha supuesto su alianza con Inglaterra y Francia es más de lo que puede esperarse de Turquía.
Ha pasado el tiempo en que los combates de Oltenița y Cetate suscitaron un entusiasmo exagerado por la bravura turca.47 La obstinada inactividad de Omer Bajá bastó para hacer surgir dudas sobre sus demás cualidades militares, que ni siquiera la brillante defensa de Silistra pudo disipar del todo; las derrotas en Asia, la huida de Balaklava, la actitud estrictamente defensiva de los turcos en Eupatoria y su completa inactividad en el campamento ante Sebastopol han reducido a su justa medida la opinión general sobre sus capacidades militares.48 El ejército turco estaba constituido de tal modo que hasta ahora era del todo imposible juzgar su valor general. Había, sin duda, algunos regimientos muy valientes y bien dirigidos, capaces de cualquier servicio, pero eran una gran minoría. La gran masa de la infantería carecía de cohesión y era, por tanto, inútil para la campaña, aunque buena detrás de atrincheramientos. La caballería regular era claramente inferior a la de cualquier potencia europea. La artillería era con mucho la mejor parte del servicio, y los regimientos de campaña estaban en un alto grado de eficacia; los hombres parecían nacidos para su tarea, aunque sin duda los oficiales dejaban mucho que desear. Los Redif parecen haber padecido una falta general de organización, aunque los hombres sin duda querían hacerlo lo mejor posible. De los irregulares, los arnautas y los bosnios eran excelentes guerrilleros, pero nada más, y donde mejor se los empleaba era en la defensa de fortificaciones; mientras que los bashi-bozuks no valían casi nada, y aun eran peor que eso. El contingente egipcio parece haber estado más o menos al nivel del Nizam turco; el tunecino no servía casi para nada. Con un ejército tan abigarrado, tan mal mandado y sometido a semejante mala administración, no es de extrañar que tres campañas lo hayan arruinado casi por completo.
II. El ejército sardo
Este ejército se compone de diez brigadas de infantería, diez batallones de tiradores, cuatro brigadas de caballería, tres regimientos de artillería, un regimiento de zapadores y minadores, un cuerpo de carabineros (tropas de policía) y la caballería ligera de la isla de Cerdeña.
Las diez brigadas de infantería son: una brigada de la Guardia, con cuatro batallones de granaderos y dos de cazadores, y nueve brigadas de línea, que suman dieciocho regimientos de tres batallones cada uno. A ellas se añaden diez batallones de tiradores (bersaglieri), uno por brigada, lo que da una proporción de infantería ligera efectivamente instruida mucho mayor que en ningún otro ejército.
Hay además un batallón de depósito por regimiento.
Desde 1849 la fuerza de los batallones se ha reducido mucho por motivos financieros. En pie de guerra, un batallón debería tener unos 1.000 hombres, pero en pie de paz no hay más que unos 400. Al resto se le ha enviado a casa con licencia indefinida.
La caballería cuenta cuatro regimientos de caballería pesada y cinco de ligera. Cada regimiento tiene cuatro escuadrones de campaña y uno de depósito. En pie de guerra, un regimiento debería contar unos 800 hombres en los cuatro escuadrones de campaña, pero en pie de paz apenas hay 600.
Los tres regimientos de artillería son: uno de obreros y artificieros, uno de artillería de plaza (doce compañías) y uno de artillería de campaña (seis baterías de a pie, dos a caballo y dos pesadas, de ocho piezas cada una). Las baterías ligeras tienen cañones de ocho libras y obuses de veinticuatro; las pesadas, cañones de dieciséis libras: en total, ochenta piezas.
El regimiento de zapadores y minadores tiene diez compañías, o unos 1.100 hombres. Los carabineros (a caballo y a pie) son muy numerosos para un reino tan pequeño y suman unos 3.200 hombres. La caballería ligera, que hace el servicio de tropa de policía en la isla de Cerdeña, figura con unos 1.100 hombres.
El ejército sardo, en la primera campaña contra Austria, en 1848, alcanzó sin duda la fuerza de 70.000 hombres. En 1849 se acercó mucho a los 130.000. Después se redujo a unos 45.000. Cuál es su fuerza actual es imposible decirlo, pero no cabe duda de que desde la conclusión del tratado con Inglaterra y Francia ha vuelto a aumentarse.49
Esta gran elasticidad del ejército piamontés, que le permite aumentar o disminuir en cualquier momento el número de hombres bajo las armas, procede de un sistema de reclutamiento muy parecido al de Prusia; y, en efecto, puede llamarse a Cerdeña, en muchos aspectos, la Prusia de Italia. En los Estados sardos existe una obligación semejante de todo ciudadano a servir en el ejército, aunque, a diferencia de Prusia, se admiten sustitutos; y el tiempo que abarca esta obligación consta, como en Prusia, de un periodo de servicio activo y otro durante el cual el soldado licenciado de las filas permanece en la reserva y puede ser llamado de nuevo en tiempo de guerra.
El sistema está a medio camino entre el método prusiano y el de Bélgica y los Estados alemanes menores. Así, llamando a las reservas, la infantería puede pasar de unos 30.000 hombres a 80.000, y aun más. La caballería y la artillería de campaña solo aumentarían un poco, porque en estas armas los soldados tienen por lo general que permanecer en los regimientos durante todo el tiempo de servicio.
El ejército piamontés es un cuerpo de hombres tan bueno y tan militar como cualquier otro de Europa. Como los franceses, son de talla baja, sobre todo la infantería; su Guardia no llega ni a cinco pies y cuatro pulgadas de media; pero, con su uniforme de buen gusto, su porte militar, sus cuerpos bien formados y ágiles y sus bellas facciones italianas, tienen mejor aspecto que muchos cuerpos de hombres más grandes. El uniforme y el equipo de la infantería de línea y de la Guardia siguen el modelo francés, con algunos detalles tomados de los austriacos. Los bersaglieri tienen un traje propio: un pequeño sombrero de marinero con un largo penacho colgante de plumas de gallo y una túnica parda. La caballería lleva chaquetas cortas pardas que apenas cubren la cadera. El fusil de percusión es el arma general de la infantería; los bersaglieri tienen carabinas tirolesas cortas, armas buenas y útiles, pero inferiores en todo al Minié. La primera fila de la caballería estaba armada antes con lanzas; no podemos decir si sigue siendo así en la caballería ligera. El calibre de ocho libras de las baterías a caballo y ligeras de a pie les daba sobre los demás ejércitos continentales la misma ventaja que tuvieron los franceses mientras conservaron ese calibre; pero sus baterías pesadas, con cañones de dieciséis libras, hacían de ellas la artillería de campaña más pesada del continente. Que estas piezas, una vez en posición, pueden prestar un servicio excelente lo han mostrado en el Chernaya, donde la precisión de su tiro contribuyó mucho al éxito de los aliados y fue admirada por todos.50
De todos los Estados italianos, el Piamonte es el que está en mejor situación para crear un buen ejército. Las llanuras del Po y de sus afluentes producen caballos excelentes y una raza de hombres hermosa y alta, la más alta de todos los italianos, sumamente apta para el servicio de la caballería y de la artillería pesada. Las montañas que rodean estas llanuras por tres lados, al norte, al oeste y al sur, están habitadas por un pueblo recio, de menor talla, pero fuerte y ágil, laborioso y despierto, como todos los montañeses. Son ellos quienes forman el grueso de la infantería y en especial de los bersaglieri, una tropa que casi iguala en instrucción a los cazadores de Vincennes, pero que sin duda los supera en fuerza física y resistencia.51
Las instituciones militares del Piamonte son, en conjunto, muy buenas, y por eso sus oficiales tienen gran reputación. Todavía en 1846, sin embargo, la influencia de la aristocracia y del clero pesaba mucho en sus nombramientos. Hasta entonces Carlos Alberto no conocía más que dos medios de gobierno, el clero y el ejército; de hecho, en otras partes de Italia era un dicho corriente que en el Piamonte, de cada tres hombres que uno encontraba por la calle, uno era soldado, el segundo fraile y solo el tercero un civil. Hoy, naturalmente, todo esto ha desaparecido; los curas tienen menos que ninguna influencia, y, aunque la nobleza conserva muchos empleos de oficial, las guerras de 1848 y 1849 han impreso al ejército un cierto carácter democrático que no será fácil destruir. Algunos corresponsales de periódicos británicos en Crimea han afirmado que los oficiales piamonteses eran casi todos «caballeros de nacimiento»; pero tan lejos está eso de ser cierto que conocemos personalmente a más de un oficial piamontés salido de la tropa, y podemos afirmar sin miedo que la masa de los capitanes y tenientes se compone hoy de hombres que o bien ganaron sus charreteras por su valor contra los austriacos, o bien, por lo menos, no tienen relación con la aristocracia.
Creemos que el mayor elogio que puede hacerse del ejército piamontés está en la opinión que expresó uno de sus recientes adversarios, el general Schornhals, intendente general del ejército austriaco en 1848 y 1849. En sus Recuerdos de las campañas de Italia, este general, uno de los mejores oficiales del ejército austriaco y hombre violentamente opuesto en todos los sentidos a cuanto oliera a independencia italiana, trata al ejército piamontés de principio a fin con el mayor respeto.52 «Su artillería —dice— se compone de hombres escogidos, con oficiales buenos y bien instruidos; el material es bueno y el calibre superior al nuestro.» «La caballería no es un arma desdeñable; la primera fila lleva lanzas, pero como solo un jinete muy diestro puede manejar bien esta arma, no nos atreveríamos a decir que esta innovación haya sido precisamente una mejora. Su escuela de equitación, sin embargo, es muy buena.» «En Santa Lucia ambas partes pelearon con un valor asombroso. Los piamonteses atacaron con gran viveza e ímpetu; tanto piamonteses como austriacos realizaron muchas hazañas de gran valor personal.» «El ejército piamontés tiene derecho a mencionar la jornada de Novara sin sonrojarse», etc.53
Del mismo modo, el general prusiano Willisen, que asistió en parte a la campaña de 1848 y que no es amigo de la independencia italiana, habla muy bien del ejército piamontés.54
Desde 1848, cierto partido en Italia ve en el rey de Cerdeña al futuro jefe de toda la península. Aunque estamos lejos de compartir esa opinión, creemos, sin embargo, que siempre que Italia reconquiste su libertad, las fuerzas piamontesas serán el principal instrumento militar para alcanzar ese fin y formarán al mismo tiempo el núcleo del futuro ejército italiano. Puede que antes de que eso suceda sufra más de una revolución en su propio seno, pero los excelentes elementos militares que contiene sobrevivirán a todo ello y aun saldrán ganando al fundirse en un ejército verdaderamente nacional.
III. Los ejércitos italianos menores
El ejército pontificio apenas existe si no es sobre el papel. Los batallones y escuadrones nunca están completos y forman solo una débil división. Hay además un regimiento de guardias suizos, el único cuerpo en que el gobierno puede confiar. Los ejércitos toscano, parmesano y modenés son demasiado insignificantes para mencionarlos aquí; baste decir que están organizados, en conjunto, según el modelo austriaco. Está además el ejército napolitano, del que también cuanto menos se diga, mejor. Nunca ha brillado ante el enemigo y, tanto si peleaba por el rey, como en 1799, como por una constitución, como en 1821, siempre se distinguió por salir corriendo.55 Incluso en 1848 y 1849 el ejército napolitano indígena fue derrotado en todas partes por los insurrectos, y, de no haber sido por los suizos, el rey Bomba no estaría hoy en su trono.56 Durante el sitio de Roma, Garibaldi avanzó con un puñado de hombres contra la división napolitana y la derrotó dos veces.57 El ejército de Nápoles, en pie de paz, se calcula en 26.000 o 27.000 hombres, pero se dice que en 1848 llegó a cerca de 49.000, y el pie completo debería elevarlo a 64.000. De todas estas tropas, solo los suizos merecen mención. Forman cuatro regimientos de dos batallones cada uno, y deberían contar, completos, 600 hombres por batallón, o 4.800 hombres. Pero los cuadros están ahora sobrecargados, de modo que cada batallón tiene unos 1.000 hombres (el cuarto regimiento, o de Berna, cuenta él solo 2.150), y el total puede calcularse en cerca de 9.000. Son tropas verdaderamente de primera, mandadas por oficiales de su propio país e independientes, en su organización y administración internas, del gobierno de Nápoles. Se tomaron a sueldo por primera vez en 1824 o 1825, cuando el rey, que ya no se fiaba del ejército que tan poco antes se había sublevado, consideró necesario rodearse de una fuerte guardia personal. Los tratados o «capitulaciones», como se llamaban, se concluyeron con los distintos cantones por treinta años; se aseguró a las tropas los artículos de guerra suizos y la organización militar suiza; la paga era el triple de la de los soldados napolitanos indígenas, y las tropas se reclutaban entre voluntarios de cada cantón, donde se abrieron oficinas de enganche. Se aseguraron pensiones a los oficiales que se retiraban, a los veteranos y a los heridos. Si al expirar los treinta años no se renovaba la capitulación, los regimientos debían disolverse. La actual constitución suiza prohíbe el enganche para el servicio extranjero, y por eso las capitulaciones se anularon después de 1848; el reclutamiento se suspendió, al menos ostensiblemente, en Suiza, pero en Chiasso y en otros puntos de Lombardía se establecieron depósitos, y más de un agente de enganche siguió en secreto con su negocio en suelo suizo. Tanta era el ansia de reclutas del gobierno napolitano, que no rehusó aceptar la hez de los refugiados políticos que había entonces en Suiza.
En estas circunstancias, el rey de Nápoles confirmó los privilegios concedidos a los soldados suizos por las capitulaciones, y en agosto pasado, al cumplirse los treinta años, prorrogó de nuevo esos privilegios mediante un decreto especial por todo el tiempo que los suizos siguieran a su servicio.
IV. El ejército suizo
En Suiza no existe un ejército nacional permanente. Todo suizo apto está obligado a servir en la milicia, y esta masa se divide según la edad en tres levas (Auszug, erstes y zweites Aufgebot). Los jóvenes, durante los primeros años de servicio, son llamados por separado para la instrucción y reunidos de vez en cuando en campamentos; pero quien haya visto el andar torpe y el aspecto incómodo de una escuadra suiza, o haya oído las bromas que gastan con el sargento instructor en plena instrucción, verá enseguida que las cualidades militares de estos hombres están muy pobremente desarrolladas. De la aptitud militar de esta milicia solo podemos juzgar por el único ejemplo de la guerra del Sonderbund, en 1848, campaña que se distingue por el número extremadamente reducido de bajas en proporción a las fuerzas empeñadas.58 La organización de la milicia está casi enteramente en manos de los distintos gobiernos cantonales; y aunque su forma general la fijan leyes federales y al frente del conjunto hay un estado mayor federal, este sistema no puede dejar de crear confusión y falta de uniformidad, a la vez que tiene que impedir casi forzosamente una adecuada acumulación de pertrechos, la introducción de mejoras y la fortificación permanente de puntos importantes, sobre todo por el lado en que Suiza es débil, hacia Alemania.
Los suizos, como todos los montañeses, son excelentes soldados una vez instruidos, y siempre que han servido como tropas regulares bajo banderas extranjeras han peleado extraordinariamente bien. Pero, como son más bien lentos de entendederas, necesitan mucha más instrucción, en efecto, que los franceses o los alemanes del norte, para adquirir confianza en sí mismos y cohesión. Es posible que el sentimiento nacional pudiera suplirla en caso de un ataque extranjero contra Suiza, pero incluso eso es muy dudoso. Un ejército de 80.000 hombres de tropas regulares, y aun menos, podría sin duda medirse con los 160.000 y más hombres que los suizos dicen poder reunir. En 1799 los franceses despacharon el asunto con unos pocos regimientos.
Los suizos se jactan mucho de las carabinas de sus tiradores. Hay ciertamente en Suiza, en proporción, más buenos tiradores que en ningún otro país europeo, exceptuadas las posesiones alpinas austriacas. Pero cuando se ve que esos tiradores certeros, al ser llamados, van casi todos armados con pesados fusiles de percusión corrientes, el respeto por los tiradores suizos disminuye considerablemente. Los pocos batallones de carabineros pueden ser buenos tiradores, pero sus armas cortas y pesadas (Stutzen) son anticuadas y no valen nada comparadas con el Minié, y su torpe y lento modo de cargar, con pólvora suelta sacada de un cuerno, les daría pocas posibilidades frente a tropas armadas con armas menos caducas.
En conjunto, armas, equipo, organización, instrucción, todo está anticuado entre los suizos, y muy probablemente seguirá así mientras los gobiernos cantonales tengan algo que decir en la materia.
V. Los ejércitos escandinavos
Los ejércitos sueco y noruego, aunque unidos bajo una misma corona, están tan separados como los dos países a los que pertenecen. A diferencia de Suiza, ambos nos dan el ejemplo de un país alpino con ejército permanente; pero la península escandinava se parece tanto a Suiza, en conjunto, por la naturaleza del suelo y la consiguiente pobreza y escasa población del país, que también en la organización militar de ambos predomina un mismo sistema, el de la milicia.
Suecia tiene tres clases de tropas: regimientos levantados por enganche voluntario (Värfvade truppar), regimientos provinciales (indelta truppar) y tropas de reserva.59 Las Värfvade constan de tres regimientos de infantería, con seis batallones, dos de caballería y tres de artillería, con trece baterías de a pie y cuatro a caballo, en total 96 piezas de seis libras, 24 de doce y 16 de veinticuatro. Esto da un total de 7.700 hombres y 136 piezas. Estas tropas comprenden toda la artillería del ejército.
Las indelta forman veinte regimientos provinciales de dos batallones, con cinco batallones sueltos de infantería, y seis regimientos de una fuerza que varía entre uno y ocho escuadrones. Se calculan en 33.000 hombres.
Las tropas de reserva forman la masa del ejército. Cuando se las llama, se espera que alcancen los 95.000 hombres.
Hay además en la provincia de Götaland una especie de milicia permanentemente en armas, con 7.850 hombres en veintiuna compañías y dieciséis piezas. En total, pues, el ejército sueco comprende unos 140.000 hombres con 150 piezas de campaña.
Los voluntarios de los regimientos de enganche se comprometen por lo general por catorce años, pero la ley admite compromisos de tres. Los indelta son una especie de milicia que, una vez instruida, vive en granjas asignadas a ellos y a sus familias, y a la que solo se llama una vez al año para cuatro semanas de instrucción. Tienen por paga las rentas de sus granjas, pero cuando se los reúne reciben una compensación especial. También los oficiales reciben en sus respectivos distritos tierras de la corona en usufructo. La reserva comprende a todos los suecos aptos de veinte a veinticinco años; se los instruye durante poco tiempo y después se los llama quince días cada año. Así, con excepción de las pocas tropas Värfvade y de las de Götaland, el grueso del ejército, indelta y reserva, es a todos los efectos una milicia.
Los suecos desempeñan en la historia militar un papel que no guarda ninguna proporción con la escasa población que nutría sus famosos ejércitos. Gustavo Adolfo, en la guerra de los Treinta Años, abrió con sus mejoras una nueva época en la táctica; y Carlos XII, con su temeridad aventurera, que echó a perder su gran talento militar, les hizo realizar verdaderos prodigios, como tomar atrincheramientos con caballería. En las guerras posteriores contra Rusia se portaron muy bien; en 1813 Bernadotte los mantuvo lo más posible fuera de peligro, y apenas entraron en fuego, salvo por equivocación, excepto en Leipzig, donde fueron una parte infinitesimal de los aliados.60 Las Värfvade, e incluso las indelta, sostendrán sin duda siempre la reputación del nombre sueco; pero la reserva, a menos que se la reúna e instruya mucho tiempo antes de llevarla a la acción, no puede figurar más que como un ejército de reclutas.
Noruega tiene cinco brigadas de infantería con veintidós batallones y 12.000 hombres; una brigada de caballería de tres divisiones de cazadores, con 1.070 hombres, y un regimiento de artillería de unos 1.300 hombres; además, una reserva de milicia de 9.000 hombres; en total, unos 24.000 hombres. El carácter de este ejército no difiere mucho del sueco; su único rasgo distintivo son unas cuantas compañías de cazadores provistas de esquís planos, sobre los cuales, ayudándose de un largo bastón, corren muy deprisa por la nieve a la manera lapona.
El ejército danés se compone de treinta y tres batallones de infantería (uno de la Guardia, doce de línea, cinco ligeros y cinco de cazadores) en cuatro brigadas, cada batallón con unos 700 hombres en pie de paz; tres brigadas de caballería (tres escuadrones de la Guardia y seis regimientos de dragones de cuatro escuadrones cada uno, con 140 hombres por escuadrón en tiempo de paz), y una brigada de artillería (dos regimientos y doce baterías con 80 piezas de seis libras y 16 de doce), y tres compañías de zapadores. Total, 16.630 infantes, 2.900 jinetes y 2.900 artilleros y zapadores, con noventa y seis piezas.
Para el pie de guerra, cada compañía se eleva a 200 hombres, o el batallón a 800, y cada escuadrón a 180, con lo que la línea suma en total 25.500 hombres. Además, pueden llamarse treinta y dos batallones, veinticuatro escuadrones y seis baterías de la reserva, que representan una fuerza de 31.500 hombres y elevan el total a unos 56.000 o 57.000. Incluso estos pueden aumentarse en caso de necesidad, porque durante la última guerra la Dinamarca propiamente dicha, sin Holstein ni Schleswig, pudo reunir de 50.000 a 60.000 hombres, y los ducados están de nuevo sujetos a la conscripción danesa.
El ejército se recluta por sorteo entre los jóvenes de veintidós años en adelante. El servicio es de ocho años, pero en realidad la artillería permanece seis años en los regimientos y la línea solo cuatro, y el resto del tiempo pertenecen a la reserva. De los treinta a los treinta y ocho años los hombres están en la primera leva de la milicia, y después, hasta los cuarenta y cinco, en la segunda. Todo esto está muy bien dispuesto, pero en cualquier guerra contra Alemania casi la mitad de las tropas, las de los ducados, se dispersaría y tomaría las armas contra sus actuales compañeros. Esta fuerte mezcla de schleswig-holsteineses es la gran debilidad del ejército danés y, en realidad, casi lo anula en cualquier complicación con su vecino más poderoso.
El ejército danés, desde su reorganización en 1848-1849, está bien equipado y bien armado, y en conjunto se ha puesto en un pie muy respetable. El danés de la Dinamarca propiamente dicha es buen soldado y se portó muy bien en casi todas las acciones de la guerra de los tres años; pero el schleswig-holsteinés se mostró claramente superior a él. El cuerpo de oficiales es bueno en conjunto, pero hay en él demasiada aristocracia y demasiado poca formación científica. Sus partes son descuidados y parecidos a los de los británicos, ejército con el que las tropas danesas parecen emparentadas también por su falta de movilidad; pero no han mostrado últimamente poseer la firmeza inconmovible de los vencedores de Inkerman. Los schleswig-holsteineses están, sin discusión, entre los mejores soldados de Europa. Son excelentes artilleros, y tan serenos en la acción como los ingleses, sus primos. Aunque habitan un país llano, son muy buena infantería ligera; su primer batallón de cazadores en 1850 podía competir con cualquier tropa de su clase.
VI. El ejército de Holanda
El ejército holandés cuenta treinta y seis batallones de infantería en nueve regimientos, con 44.000 hombres en total; cuatro regimientos de dragones de veinte escuadrones; dos escuadrones de cazadores montados y dos escuadrones de gendarmes: en total, veinticuatro escuadrones con 4.400 jinetes; dos regimientos de artillería de campaña (cinco baterías de a pie de seis libras y seis de doce, y dos baterías a caballo de seis libras y dos de doce, con 120 piezas en total) y un batallón de zapadores, lo que da un total de 58.000 hombres, además de varios regimientos en las colonias. Pero este ejército no existe siempre en tiempo de paz. Queda bajo las armas un núcleo formado por oficiales, suboficiales y unos pocos hombres enganchados voluntariamente. La gran masa, aunque obligada a servir cinco años, recibe instrucción durante un par de meses y luego se la licencia, para llamarla solo unas semanas cada año. Hay además una especie de reserva en tres levas, que comprende a todos los hombres aptos de veinte a treinta y cinco años. La primera leva forma unos cincuenta y tres batallones de infantería y artillería, y la segunda veintinueve. Pero este cuerpo no está organizado en absoluto, y apenas puede contarse siquiera como milicia.
VII. El ejército belga
El ejército belga tiene dieciséis regimientos de infantería, con cuarenta y nueve batallones, además de un batallón de reserva por regimiento; en total, 46.000 hombres. La caballería consta de dos regimientos de cazadores, dos de lanceros, uno de guías y dos de coraceros, que suman treinta y ocho escuadrones, además de siete escuadrones de reserva; en total, 5.800 hombres. Hay cuatro regimientos de artillería (cuatro baterías a caballo, quince de a pie, cuatro de depósito y veinticuatro compañías de plaza), con 152 piezas de seis y de doce libras, y un regimiento de zapadores y minadores de 1.700 hombres. El total, sin la reserva, es de 62.000 hombres; con la reserva, según una leva reciente, puede elevarse a 100.000. El ejército se recluta por sorteo, y el servicio es de ocho años, pero aproximadamente la mitad de ese tiempo se pasa con licencia. En pie de paz, por tanto, la fuerza efectiva apenas llega a 30.000 hombres.
VIII. El ejército portugués
El ejército portugués constaba en 1850 de las siguientes tropas:
| Pie de paz | Pie de guerra | |
|---|---|---|
| Infantería | 18.738 | 40.401 |
| Caballería | 3.508 | 4.676 |
| Artillería | 2.707 | 4.098 |
| Ingenieros y estado mayor | 728 | 495 |
| 25.681 | 49.670 |
La artillería consta de un regimiento de campaña con una batería a caballo y siete de a pie, tres regimientos de artillería de posición y de plaza y tres batallones destacados en las islas. El calibre es de seis y de doce libras.
IX. El ejército español
De todos los ejércitos europeos, el de España es, por circunstancias particulares, el que más interesa a los Estados Unidos.61 Por eso, para terminar este repaso de los establecimientos militares de Europa, damos de este ejército una descripción más detallada de lo que parecería justificar su importancia comparada con la de sus vecinos del otro lado del Atlántico.
La fuerza militar española consta del ejército de la Península y de los ejércitos coloniales.
El de la Península cuenta un regimiento de granaderos, cuarenta y cinco regimientos de línea de tres batallones cada uno, dos regimientos de dos batallones cada uno en Ceuta y dieciocho batallones de cazadores o tiradores. El conjunto de estos 160 batallones formaba en 1852 una fuerza efectiva de 72.670 hombres, que costaba al Estado 82.692.651 reales, o 10.336.581 dólares, al año. La caballería comprendía en 1851 dieciséis regimientos de carabineros, o dragones y lanceros, de cuatro escuadrones cada uno, con once escuadrones de cazadores, o caballería ligera; en total, 12.000 hombres, que costaban 17.549.562 reales, o 2.193.695 dólares.
La artillería cuenta cinco regimientos de artillería de a pie de tres brigadas cada uno, uno por cada departamento de la monarquía; además, cinco brigadas de artillería pesada, tres de artillería a caballo y tres de montaña, en total veintiséis brigadas o, como ahora se llaman, batallones. El batallón tiene, en la artillería a caballo, dos baterías, y en la de montaña y en la de a pie, cuatro; en total, noventa y dos baterías de a pie y seis a caballo, o 588 piezas de campaña.62
Los zapadores y minadores forman un regimiento de 1.240 hombres.
La reserva consta de un batallón (el n.º 4) por cada regimiento de infantería y un escuadrón de depósito por cada regimiento de caballería.
La fuerza total, sobre el papel, era en 1851 de 103.000 hombres; en 1843, cuando cayó Espartero, no llegaba más que a 50.000; pero Narváez la elevó en un momento dado a más de 100.000. Por término medio, 90.000 hombres en armas será lo máximo.
Los ejércitos coloniales son los siguientes:
El ejército de Cuba: dieciséis regimientos de infantería veterana, cuatro compañías de voluntarios, dos regimientos de caballería, dos batallones de artillería de a pie de cuatro baterías y un batallón de cuatro baterías de artillería de montaña, un batallón de artillería a caballo con dos baterías y un batallón de zapadores y minadores. Además de estas tropas de línea hay una milicia disciplinada de cuatro batallones y cuatro escuadrones y una milicia urbana de ocho escuadrones, lo que da un total de treinta y siete batallones, veinte escuadrones y ochenta y cuatro piezas. En los últimos años este ejército permanente de Cuba ha sido reforzado con numerosas tropas de España, y si cifráramos su fuerza original en 16.000 o 18.000 hombres, ahora habrá quizá en Cuba 25.000 o 28.000. Pero esto no es más que una aproximación.
El ejército de Puerto Rico: tres batallones de infantería veterana, siete batallones de milicia disciplinada, dos batallones de voluntarios del país, un escuadrón de lo mismo y cuatro baterías de artillería de a pie. El estado de abandono de la mayor parte de las colonias españolas no permite estimar la fuerza de este cuerpo.
Las islas Filipinas tienen cinco regimientos de infantería de ocho compañías cada uno, un regimiento de cazadores de Luzón y nueve baterías de a pie, una a caballo y una de montaña. Nueve cuerpos de cinco batallones de infantería indígena y otros cuerpos provinciales que existían antes se disolvieron en 1851.
El ejército se recluta por sorteo, y se admiten sustitutos. Cada año se recluta un contingente de 25.000 hombres; pero en 1848 se llamaron tres contingentes, o 75.000 hombres.
El ejército español debe su organización actual principalmente a Narváez, aunque las ordenanzas de Carlos III, de 1768, siguen siendo su base. ¡Narváez tuvo literalmente que quitar a los regimientos sus viejas banderas provinciales, distintas en cada uno, e introducir en el ejército la bandera española! Del mismo modo tuvo que destruir la vieja organización provincial, centralizar y restablecer la unidad. Bien enseñado por la experiencia de que el dinero era la principal palanca en un ejército que casi nunca había cobrado y rara vez había ido siquiera vestido o comido, intentó también introducir una mayor regularidad en las pagas y en la administración financiera del ejército. No se sabe si lo logró todo lo que deseaba; pero cualquier mejora que introdujera en este aspecto desapareció rápidamente durante el gobierno de Sartorius y sus sucesores.63 El estado normal de «ni paga, ni comida, ni ropa» se restableció en todo su esplendor; y mientras los jefes y generales se pavonean con casacas resplandecientes de galones de oro y plata, o incluso se ponen uniformes de fantasía que no figuran en ningún reglamento, los soldados van harapientos y descalzos. Cómo estaba este ejército hace diez o doce años lo describe así un autor inglés: «El aspecto de las tropas españolas es poco militar en grado extremo. El centinela pasea de un lado a otro de su recorrido, con el chacó a punto de caérsele de la nuca y el fusil colgado de cualquier manera al hombro, cantando a voz en cuello una alegre seguidilla con el aire más sans façon del mundo. No es raro que le falten piezas del uniforme, o que la casaca de su regimiento y sus prolongaciones inferiores estén tan irremediablemente hechas jirones que, aun en el bochorno del verano, tenga que llevar el capote gris pizarra como sobretodo; los zapatos, en uno de cada tres casos, están rotos y dejan ver los dedos desnudos de los hombres: tales son en España las glorias de la vida militar».64
Un reglamento dado por Serrano el 9 de septiembre de 1843 prescribe: «Todos los oficiales y jefes del ejército deberán presentarse en adelante en público con el uniforme de su regimiento y con la espada reglamentaria siempre que no vayan de paisano; y todos los oficiales llevarán asimismo exactamente los distintivos de su empleo, y no otros, tal como están prescritos, sin ostentar más esos adornos arbitrarios y esos ridículos perifollos con que algunos de ellos han tenido a bien distinguirse».65 Esto en cuanto a los oficiales. Ahora, a los soldados: «¡El brigadier Córdoba ha abierto en Cádiz una suscripción, encabezada con su nombre, para reunir fondos con que regalar un par de pantalones de paño a cada uno de los valientes soldados del regimiento de Asturias!».
Este desorden financiero explica cómo ha sido posible que el ejército español haya vivido desde 1808 en un estado de rebelión casi ininterrumpida. Pero las verdaderas causas son más profundas. La larga guerra contra Napoleón, en la que los distintos ejércitos y sus jefes adquirieron una influencia política real, le dio por primera vez un sesgo pretoriano. Muchos hombres enérgicos de los tiempos revolucionarios se quedaron en el ejército; la incorporación de las guerrillas a la fuerza regular reforzó todavía más este elemento. Así, mientras los jefes conservaban sus pretensiones pretorianas, los soldados y las clases inferiores seguían en conjunto inspirados por las tradiciones revolucionarias. De este modo se preparó con toda regularidad la insurrección de 1819-1823, y más tarde, en 1833-1843, la guerra civil volvió a poner en primer plano al ejército y a sus jefes.66 Usado por todos los partidos como instrumento, no es de extrañar que el ejército español tomara durante un tiempo el gobierno en sus propias manos.
«Los españoles son un pueblo guerrero, pero no militar», dijo el abate De Pradt.67 Desde luego, de todas las naciones europeas son la que siente mayor aversión a la disciplina militar. Sin embargo, es posible que la nación que durante más de cien años fue célebre por su infantería vuelva a tener un ejército del que pueda enorgullecerse. Pero para alcanzar ese fin hay que reformar no solo el sistema militar, sino, todavía más, la vida civil.
William Congreve (1772-1828) desarrolló el cohete de guerra que usó el ejército británico desde las guerras napoleónicas; William Hale (1797-1870), inventor inglés, ideó un cohete estabilizado por rotación, sin varilla guía, que el ejército de los Estados Unidos empleó en la guerra contra México (1846-1848). ↩
(Nota de Putnam's Monthly, que la MEW no recoge; seguramente es de la redacción de la revista.) «No debemos dejar de señalar que nuestro propio país ha producido una historia militar de primer orden por su imparcialidad, su lenguaje decoroso y su justicia ecuánime con amigos y enemigos: nos referimos a The War with Mexico, del comandante Ripley.» Roswell Sabine Ripley publicó esa obra en 1849. ↩
Eugenio de Saboya (1663-1736), general al servicio de Austria. En Jena (14 de octubre de 1806) Napoleón deshizo el ejército prusiano. «En España»: en la guerra peninsular (1808-1814), donde el ejército británico de Wellington combatió a los franceses. ↩
En la batalla de Nueva Orleans (8 de enero de 1815), las tropas de Andrew Jackson rechazaron a un ejército británico formado en buena parte por veteranos de la Península. ↩
Batalla de Borodinó (7 de septiembre de 1812), en la campaña de Rusia. ↩
En alemán chapurreado; Hanswurst es el bufón de la comedia popular alemana. ↩
Las medidas son inglesas: la libra equivale a 453 g; el pie, a 30,5 cm; la pulgada, a 2,54 cm; la yarda, a 0,91 m; la milla, a 1,61 km. Las veintidós libras de la coraza son unos 10 kg. ↩
«Sustitutos»: hombres pagados para hacer el servicio militar en lugar de los quintos a quienes había tocado en suerte. ↩
El mariscal Armand Jacques Leroy de Saint-Arnaud (1798-1854), uno de los organizadores del golpe de Estado de Luis Bonaparte, mandó el ejército francés en Crimea hasta su muerte, nueve días después de la batalla del Alma (20 de septiembre de 1854). ↩
El cañón-obús de doce libras, modelo 1853, conocido como «cañón del emperador». ↩
William Napier (1785-1860), general e historiador británico, autor de la History of the War in the Peninsula (1828-1840), que Engels cita varias veces en este trabajo. ↩
Las tropas que hicieron el golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851 y reprimieron la resistencia en París y en las provincias. ↩
François Certain Canrobert (1809-1895), sucesor de Saint-Arnaud al frente del ejército francés de Crimea hasta mayo de 1855. ↩
Los «pensionistas» eran soldados retirados con pensión, organizados en compañías para el servicio interior; la yeomanry, una caballería voluntaria de propietarios y arrendatarios rurales, empleada sobre todo contra los disturbios. ↩
La ley de diciembre de 1854 (Foreign Enlistment Act) autorizó a reclutar una legión extranjera de hasta 15.000 hombres, alemanes, suizos e italianos en su mayoría; llegó tarde para combatir en Crimea. ↩
La guerra de Schleswig-Holstein de 1848-1850 entre Dinamarca y los ducados sublevados, apoyados al principio por Prusia y la Confederación Germánica. ↩
Así en el original. El armero londinense Richard Pritchett perfeccionó la bala expansiva del fusil Minié; con ella se armó el fusil Enfield, modelo 1853, que el ejército británico estaba distribuyendo. ↩
El «viento» es la diferencia entre el diámetro del ánima y el del proyectil. ↩
(Nota de Engels.) Como ejemplo, remitimos a la obra sobre armas de fuego del coronel Chesney, considerado uno de los mejores oficiales de artillería de Gran Bretaña. (Francis Rawdon Chesney publicó en 1852 Observations on the Past and Present State of Fire-arms.) ↩
Howard Douglas (1776-1861), general británico, autor de A Treatise on Naval Gunnery (1820). ↩
En la batalla de Balaklava (25 de octubre de 1854), el 93.º regimiento de highlanders rechazó en línea, sin formar el cuadro, una carga de la caballería rusa. En Inkerman (5 de noviembre de 1854) los rusos sorprendieron al amanecer las posiciones británicas. ↩
Joseph Radetzky (1766-1858) mandó el ejército austriaco en Italia en 1848-1849; Alfred zu Windischgrätz (1787-1862) aplastó la insurrección de Viena en octubre de 1848 e invadió Hungría en diciembre de ese año. ↩
Batalla de Aspern-Essling (21 y 22 de mayo de 1809), primera derrota de Napoleón en campo abierto, frente a los austriacos del archiduque Carlos. ↩
En noviembre de 1850, durante la crisis con Austria por el Electorado de Hesse, que terminó con la capitulación prusiana de Olmütz. ↩
(Nota de Engels.) Véase Peninsular War, de Sir W. Napier. ↩
Carl von Clausewitz (1780-1831), autor de De la guerra (1832-1834); Antoine-Henri Jomini (1779-1869), teórico militar suizo al servicio de Francia y de Rusia; Ernst Ludwig von Aster (1778-1855), ingeniero militar prusiano, constructor de las fortificaciones de Coblenza. ↩
Gerhard von Scharnhorst (1755-1813), reorganizador del ejército prusiano tras la derrota de 1806; Mauricio de Nassau (1567-1625), estatúder de los Países Bajos, reformador de la táctica y la instrucción de la infantería. ↩
Marc-René de Montalembert (1714-1800), ingeniero militar francés, creador del sistema de fortificación poligonal. ↩
El fusil de aguja de Dreyse, de retrocarga, adoptado por el ejército prusiano en 1841. ↩
En la tabla, el cuerpo de Siberia figura con 18 batallones, aunque el texto le da quince, y el total es 519; la MEW corrige 15 y 516. ↩
Las cifras de la lista dan treinta y tres batallones (nueve de los chernomores y veinticuatro de los cosacos de Siberia); así corrige la MEW. ↩
Proporción que no cuadra con la cifra anterior: veintitrés por cada mil varones es más de un uno por ciento de la población. Así en el original y en la MEW. ↩
En el censo ruso, las «almas» (dushi) eran los varones sujetos a la capitación. ↩
El original transcribe S'bogom idi pod Krasnuyu shapkec. En la Rusia de Nicolás I se rapaba la cabeza a los reclutas; la «gorra roja» designa el servicio de soldado. ↩
Astolphe de Custine, La Russie en 1839 (1843). ↩
Así en el original y en la MEW: Eduard Ivánovich Totleben (1818-1884), que dirigió las fortificaciones de Sebastopol, fue herido en junio de 1855, pero no murió; vivió hasta 1884 y dirigió más tarde el sitio de Pleven (1877). ↩
George Cathcart (1794-1854), general británico, autor de unos Commentaries on the War in Russia and Germany in 1812 and 1813 (1850); murió en Inkerman. ↩
En Cetate (6 de enero de 1854) y ante Silistra (asediada por los rusos de abril a junio de 1854) los turcos rechazaron a los rusos. ↩
La guerra contra la insurrección polaca de 1830-1831. ↩
La carga de la brigada ligera británica en Balaklava (25 de octubre de 1854): unos 670 jinetes, de los que volvieron menos de 200 en condiciones de combatir. ↩
Hans Karl von Diebitsch (1785-1831) e Iván Fiódorovich Paskévich (1782-1856), mariscales rusos. ↩
Así en el original; la suma de la columna da 151.767, cifra que corrige la MEW. En la cifra de reserva del 9.º cuerpo la impresión está dañada; leemos 12.136, como la MEW. ↩
Mahmud II (sultán de 1808 a 1839) disolvió el cuerpo de los jenízaros en 1826, tras sublevarse estos y ser masacrados en Constantinopla; la paz de Adrianópolis (1829) puso fin a la guerra ruso-turca de 1828-1829. ↩
Toli-Monastir es Bitola, en la actual Macedonia del Norte. Los ordus eran los cuerpos de ejército del Nizam; el original los llama «Orders». ↩
Grach, oficial prusiano al servicio turco, dirigió las obras de defensa de Silistra en 1854, junto con los oficiales británicos James Butler, que murió allí, y Charles Nasmyth. Iskender Beg era el nombre turco del aventurero polaco Antoni Iliński (1814-1861). ↩
Criados encargados de la pipa (chibuk) y del café de sus amos. ↩
Combates de Oltenița (4 de noviembre de 1853) y de Cetate (6 de enero de 1854), en la orilla izquierda del Danubio, donde los turcos de Omer Bajá rechazaron a los rusos. ↩
En Balaklava (25 de octubre de 1854) los turcos que guarnecían los reductos avanzados los abandonaron ante el ataque ruso; en Eupatoria, ocupada por tropas turcas, rechazaron sin embargo un ataque ruso el 17 de febrero de 1855. ↩
Cerdeña se adhirió a la alianza anglo-francesa por el tratado del 26 de enero de 1855 y envió a Crimea un cuerpo de 15.000 hombres. ↩
En la batalla del Chernaya (16 de agosto de 1855), franceses y piamonteses rechazaron el último intento ruso de levantar el sitio de Sebastopol. ↩
Los cazadores a pie franceses, cuyo primer batallón se formó en 1838 en Vincennes. ↩
Así en el original: se trata de Karl von Schönhals (1788-1857), autor de Erinnerungen eines österreichischen Veteranen aus dem italienischen Kriege der Jahre 1848 und 1849 (1852). ↩
Santa Lucia, cerca de Verona (6 de mayo de 1848); Novara (23 de marzo de 1849), derrota decisiva del ejército piamontés ante Radetzky. ↩
Wilhelm von Willisen (1790-1879), general prusiano, autor de Der italienische Feldzug des Jahres 1848 (1849). ↩
En 1799 el ejército napolitano fue derrotado por los franceses, que fundaron la República Partenopea; en 1821 el ejército constitucional de Guglielmo Pepe se dispersó ante los austriacos en Rieti. ↩
Fernando II de las Dos Sicilias (rey de 1830 a 1859), apodado «rey Bomba» por el bombardeo de Mesina y de Palermo en 1848-1849. ↩
En los combates de Palestrina (9 de mayo de 1849) y de Velletri (19 de mayo de 1849), durante la defensa de la República Romana. ↩
La guerra del Sonderbund, entre la Confederación y la liga de los cantones católicos, se libró en noviembre de 1847, no en 1848. ↩
En sueco moderno, värvade. Las indelta truppar eran las tropas del sistema de reparto (indelningsverket), mantenidas por las provincias y los campesinos. ↩
Jean-Baptiste Bernadotte (1763-1844), mariscal de Napoleón elegido príncipe heredero de Suecia (rey desde 1818 con el nombre de Carlos XIV Juan), mandó en 1813 el ejército aliado del Norte. Batalla de Leipzig (16-19 de octubre de 1813). ↩
Por Cuba, cuya compra o anexión discutían entonces los Estados Unidos (manifiesto de Ostende, octubre de 1854). ↩
El original dice «division of the monarchy»: los departamentos de artillería en que se dividía el territorio. ↩
Luis José Sartorius, conde de San Luis, jefe del gobierno de 1853 a 1854, derribado por la revolución de julio de 1854. ↩
No hemos identificado al autor inglés. Donde traducimos «sobretodo», el original impreso dice «slut-cover». ↩
Francisco Serrano (1810-1885), ministro de la Guerra en el gobierno provisional de 1843 tras la caída de Espartero. ↩
La revolución de Riego (1820) y el trienio constitucional, hasta la intervención francesa de 1823; la primera guerra carlista (1833-1840) y la regencia de Espartero (1840-1843). ↩
Dominique Dufour de Pradt (1759-1837), arzobispo de Malinas y publicista francés, autor de varios escritos sobre España. ↩