Escrito por Karl Marx y Friedrich Engels en Londres el 27 de septiembre de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 457, del 1 de octubre de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 544-547), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. La MEW da el artículo como obra de los dos; la segunda parte del título es de sus editores. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 27 de septiembre. Los informes de los generales Simpson, Pélissier y Niel,1 y sobre todo las cartas de los corresponsales de los periódicos ingleses en Crimea, forman un material copioso cuyo examen crítico exige tiempo. Por eso no podremos tratar con más detenimiento los sucesos del 7 y el 8 de septiembre hasta nuestra próxima correspondencia. Baste observar, sin embargo, que la prensa inglesa es casi unánime, y con razón, en su condena del general Simpson y de los altos mandos ingleses que dirigían a sus órdenes. La broma que corre por el ejército ruso, «L'armée anglaise est une armée des lions, commandée des ânes» (el ejército inglés es un ejército de leones mandado por asnos), se ha confirmado plenamente en el asalto al Redán.2 Un periódico de Londres pide una nueva comisión de Sebastopol,3 olvidando que la miserable dirección del ejército inglés es el producto inevitable del dominio de una oligarquía caduca. Todas las disposiciones fueron desacertadas desde el principio. Las trincheras inglesas estaban todavía tan lejos (250 yardas) del foso del Redán que las tropas tuvieron que recorrer al descubierto, bajo los cañones enemigos, más de un cuarto de hora y llegaron sin aliento. Los ingenieros franceses habían llamado la atención de antemano sobre este inconveniente, pero la parte inglesa les respondió:

«Si avanzamos unas yardas más, llegamos a un ángulo que nos expondrá al fuego de enfilada del bastión del Mástil y a grandes pérdidas».4

En primer lugar, ese riesgo de pérdidas era sin duda menor que el de exponer a las tropas durante el asalto. Y además se podía hacer frente al fuego de enfilada en parte con traveses y quiebros de las trincheras, en parte con contrabaterías. Pero todas las protestas francesas se estrellaron contra la obstinación paquidérmica de Simpson. Mientras que, por otra parte, las trincheras de los franceses eran anchas, espaciosas y capaces no solo de acoger una fuerza enorme, sino también de ocultarla, las inglesas eran estrechas y estaban trazadas de tal modo que cualquier britano un poco corpulento atraía en el acto la atención del estado mayor ruso. La gran distancia que las tropas inglesas tenían que recorrer trajo consigo que, al llegar al objetivo del ataque, en vez de lanzarse directamente sobre el enemigo, buscaran primero ponerse a cubierto y se enzarzaran en un tiroteo de fusilería que dio a los rusos tiempo para rehacerse. Lo mal tomadas que estaban todas las disposiciones se ve también en que, una vez que las tropas inglesas se adueñaron del parapeto, a nadie se le ocurrió clavar los cañones rusos que había en él. No se les había agregado para ello zapadores con las herramientas necesarias, ni tampoco artilleros, que lo habrían hecho sin más herramientas. Pero lo que se lleva la palma son las disposiciones tácticas del general Simpson antes del asalto y durante él. (Durante el asalto, según leemos en [la crónica de] un corresponsal del Daily News, Simpson, que estaba resfriado, se hallaba sentado en un sillón en la batería Greenhill, envuelto en una amplia capucha.) Había destacado contra el temible Redán, en el que se habían estrellado durante seis meses los ataques de los ingleses, una columna de asalto de 200 hombres, una fuerza de cobertura de 320 y un total de tropas en operación de no más de 1.000 hombres. Una vez que los ingleses rompieron el ángulo saliente del Redán, quedaron expuestos al fuego mortífero del reducto, convertido en última línea de defensa, y de las casamatas situadas detrás de él en los flancos. De haber estado en número suficiente, habrían podido rodear el reducto, lo que habría puesto rápido fin al combate. Pero los refuerzos no llegaron, aunque el coronel Windham5 los pidió con urgencia tres veces y al final tuvo que ir a buscarlos en persona. Así, las tropas permanecieron durante tres horas mortales en el parapeto, penetraron dos veces en el interior [para] ser inútilmente masacradas por partes y al final tuvieron que retirarse en gran desorden. La debilidad de las fuerzas con que Simpson, que disponía de masas más de veinte veces suficientes, emprendió el asalto, la retención de las reservas necesarias durante la acción, el sacrificio inútil y caprichoso de los valientes asaltantes: todo esto constituye uno de los mayores escándalos conocidos en la historia militar moderna. Con el primer Napoleón, Simpson habría sido llevado sin falta ante un consejo de guerra.

En el continente se ha polemizado, y con razón, contra el abuso de la jurisdicción patrimonial.6 Pero la magistratura inglesa no retribuida no es otra cosa que una jurisdicción patrimonial modernizada y con una mano de pintura constitucional. Léase el siguiente extracto literal de un periódico inglés de provincias:

«El martes pasado Nathaniel Williams, un jornalero del campo de edad avanzada, compareció ante un tribunal de magistrados de Worcester y fue condenado a 5 chelines de multa más 13 chelines de costas por haber segado el domingo 26 de agosto una pequeña cantidad de trigo de su propiedad. Alegó que el trabajo era necesario, que el trigo se habría echado a perder si lo hubiera dejado más tiempo en pie y que durante la semana trabajaba para su patrono desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la noche. De nada le sirvió. Los magistrados, bien sembrados de reverends (reverendos), se mostraron inflexibles».

Así como aquí el párroco juzga en causa propia, lo mismo hacen el fabricante, el squire y los demás estamentos privilegiados que forman la magistratura no retribuida.

De la carta privada de un inglés residente en París (un whig) tomamos lo siguiente:

«El artículo belicoso del Constitutionnel de hoy (24 de septiembre) parece desalentar mucho a la burguesía de París; y en tres barrios distintos, aunque todos de gran importancia comercial, oí las mismas observaciones, casi con las mismas palabras: "¡Ahí lo tenéis! Durante casi un año nos contaron que, una vez tomada Sebastopol, sería posible abrir las negociaciones de paz. Ahora que Sebastopol está tomada, nos cuentan que eso es un factor puramente militar y que no cabe pensar en la paz antes de la caída de toda Crimea. Así seguirán las cosas, y sabe Dios cuándo llegará la paz". Todo esto se decía con el mayor desaliento. Para ser justos, hay que reconocer que, dejando aparte la cuestión de la gloria nacional, la guerra actual le viene mal a Francia por muchas razones. Los informes de otoño resultan cada semana peores de lo que se suponía la semana anterior. El pan, por ejemplo, cuesta en este momento en Ruan 26 sous la hogaza de cuatro libras, lo que equivale a 3 francos o 60 sous para París.7 En Burdeos el concejo municipal se ha visto ya obligado a aprobar una gran suma de socorros para el caso de que la hogaza de cuatro libras suba a 1 franco, lo que en la Gironda se considera un precio de hambre. Este estado de cosas se va extendiendo poco a poco por toda la superficie del país. La situación interior de Francia es, por tanto, extraordinariamente grave; los partidarios de la revolución están dispersos por el país en número espantoso y, si la penuria se vuelve demasiado insoportable, pueden reunir a miles bajo sus banderas. La nueva organización de los consejos departamentales y municipales fue un error enorme: el sistema tiene efectos funestos. En muchos departamentos no existe en este momento consejo departamental, y los alcaldes nombrados por el gobierno se ven ahora obligados constantemente a disolver sus concejos municipales. Casi a diario puede leerse el anuncio oficial de que el alcalde de tal ciudad ha disuelto el concejo municipal o el prefecto de tal sitio el consejo general. No se publican los motivos; pero el hecho, aunque no se permite comentarlo en público, agita igualmente al departamento en que se produce. Todo esto haría deseable en muchos puntos la presencia de soldados más veteranos y más probados».

  1. James Simpson (1792-1868), general, jefe del ejército británico en Crimea tras la muerte de Raglan (junio-noviembre de 1855); Aimable Pélissier (1794-1864), general, jefe del ejército francés en Crimea desde mayo de 1855; Adolphe Niel (1802-1869), general de ingenieros que dirigía los trabajos de sitio franceses. Sus partes describían el asalto general a Sebastopol del 8 de septiembre de 1855, en el que los franceses tomaron el Malájov y los ingleses fracasaron ante el Redán; esa misma noche los rusos evacuaron la parte sur de la ciudad. ↩

  2. El Gran Redán, o bastión n.º 3, obra fortificada de la defensa de Sebastopol frente al sector inglés. ↩

  3. La comisión de investigación de la Cámara de los Comunes sobre el estado del ejército ante Sebastopol, presidida por John Arthur Roebuck, cuya creación en enero de 1855 hizo caer el gabinete Aberdeen. ↩

  4. El bastión del Mástil (Flagstaff bastion), o bastión n.º 4, en el sector de la ciudad de Sebastopol. ↩

  5. Charles Ash Windham (1810-1870), que en el asalto del 8 de septiembre mandaba una de las columnas inglesas contra el Redán. ↩

  6. La justicia que los señores de la tierra ejercían sobre los campesinos de sus dominios. ↩

  7. El sou era la vigésima parte del franco. ↩