Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 8 de septiembre de 1855 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4502, del 24 de septiembre de 1855. Traducido del original inglés según The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 573-578), cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11, Berlín, 1961, pp. 519-524), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la edición de 1897; la MEW lo titula «Una nueva revelación en Inglaterra». Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Con la sola excepción de los papeles póstumos de sir A. Burnes,1 publicados por su padre para limpiar su memoria de la falsa imputación que le hizo lord Palmerston de haber iniciado la infame y desdichada guerra de Afganistán, y que probaron con evidencia que los llamados despachos de sir A. Burnes, tal como lord Palmerston los presentó al Parlamento, no solo estaban mutilados hasta pervertir por completo su sentido original, sino que habían sido realmente falsificados e interpolados con pasajes forjados con el propósito expreso de engañar a la opinión pública; con esta sola excepción, quizá nunca haya aparecido una serie de documentos más perjudicial para la reputación del gobierno británico y de la casta que disfruta de la posesión hereditaria de los cargos en ese país que la correspondencia entre sir James Graham y sir Charles Napier que el viejo almirante acaba de publicar para vindicar su buen nombre.

En esta controversia sir James Graham2 tiene una gran ventaja sobre su adversario: no hay revelación alguna que pueda rebajar su reputación en el juicio del mundo. El hombre que se jactó en voz alta de haber sido cómplice del asesinato de los Bandiera;3 al que se le ha probado haber abierto y manipulado regularmente cartas privadas en la Oficina de Correos de Londres en simple beneficio de la Santa Alianza; que lamió como un perrillo faldero las manos del emperador Nicolás cuando este desembarcó en las costas inglesas;4 que incluso exageró la atroz crueldad de las nuevas leyes de pobres inglesas con su peculiar método de aplicarlas,5 y que hace apenas unos meses intentó en vano, ante la Cámara llena, echar sobre el señor Layard6 el oprobio de las injurias que él mismo había infligido al pobre capitán Christie, un hombre así bien puede considerarse a prueba de todo descrédito. Hay algo misterioso en su carrera pública. Sin poseer los talentos excepcionales que permiten a lord Palmerston no pertenecer a ningún partido, ni la influencia hereditaria de partido que permite a lord John Russell prescindir de talentos excepcionales, ha logrado sin embargo desempeñar un papel destacado entre los estadistas británicos. La clave de este enigma no ha de buscarse en los anales de la historia del mundo, sino en los anales del Punch. En ese instructivo periódico aparece, año tras año, una estampa tomada del natural y adornada con la lacónica inscripción: «El chico sucio de sir Robert Peel». Sir Robert Peel7 era un hombre honrado, aunque no un gran hombre; pero, sobre todo, era un estadista británico, un jefe de partido, obligado por las exigencias mismas de su posición a hacer mucho trabajo sucio que más bien le repugnaba hacer. Así, sir James resultó para él un verdadero regalo del cielo, y así sir James llegó a ser un hombre inevitable, y también un gran hombre.

Sir Charles Napier pertenece a una familia que se distingue tanto por sus dotes como por sus excentricidades. Los Napier, en medio de la mansa raza de hombres de hoy, dan la impresión de alguna tribu primitiva a la que su genio natural ha capacitado para adquirir las artes de la civilización, pero no para inclinarse ante sus convencionalismos, respetar su etiqueta o someterse a su disciplina. Si los Napier han prestado siempre buenos servicios al pueblo inglés, siempre han reñido con su gobierno y se han rebelado contra él. Si poseen el valor de los héroes homéricos, también son algo dados a su humor fanfarrón. Ahí estaba el difunto general sir Charles Napier,8 sin duda el soldado de más ingenio que ha tenido Inglaterra desde los tiempos de Marlborough, pero no más conocido por su conquista del Sind que por sus disputas con la Compañía de las Indias Orientales, que su familia prolongó más allá de la tumba. Ahí está el general sir W. Napier,9 el primer escritor de la literatura militar de Inglaterra, pero no menos famoso por sus eternas querellas con el Ministerio de la Guerra británico, y cuyo respeto por los estrechos prejuicios de sus compatriotas es tan escaso que, al principio, las revistas británicas denunciaron unánimemente su célebre historia de la guerra peninsular como «el mejor relato francés que se haya dado nunca de esa guerra». Ahí está también el antagonista de sir James Graham, el viejo almirante Napier, que se hizo un nombre deshaciendo las órdenes de sus superiores. En cuanto a este último y fornido vástago de los Napier, sir James creyó haberlo envuelto en los anillos de una boa constrictor, pero estos resultan ser al final simples telarañas convencionales.

Sir James Graham, como primer lord del Almirantazgo, privó a sir Charles Napier de su mando a su regreso a Inglaterra; en la Cámara de los Comunes lo señaló como autor responsable del fracaso del Báltico, y en prueba de ello citó algunos pasajes de sus cartas privadas; le acusó de haber retrocedido ante la ejecución de las audaces órdenes que había recibido de la Junta del Almirantazgo; expresó la esperanza de que ningún otro lord del Almirantazgo fuera nunca tan desconsiderado como para izar la insignia de sir Charles Napier, y lo ridiculizó en los periódicos a su disposición como «Charley el Peleón», que, como el mitológico rey de Francia, «subió la colina con veinte mil hombres y luego volvió a bajarla».10 Sir Charles, por usar sus propias palabras, «pidió una investigación sobre su conducta, que se le denegó; apeló al gabinete, pero no recibió respuesta, y finalmente a la Cámara de los Comunes. Se le negaron los documentos con el pretexto de que ello perjudicaría al servicio de Su Majestad». Tras el bombardeo de Sveaborg,11 ese pretexto, naturalmente, se acabó.

Sir James creía su juego tanto más seguro cuanto que había tomado la precaución de marcar como «privadas» todas aquellas cartas suyas que podían comprometerle a él y vindicar a su víctima designada. En cuanto al sentido de esa palabra sacramental, «privada», el propio sir James, al declarar ante la Comisión de Sebastopol,12 afirmó que un primer lord del Almirantazgo británico suele marcar como «privadas» instrucciones públicas siempre que tiene buenas razones para ocultarlas no solo al público, sino incluso al Parlamento.

Para un hombre como sir James, que se cree con derecho a convertir cartas privadas en públicas, es muy natural convertir documentos públicos en propiedad privada. Pero esta vez hizo la cuenta sin la huéspeda. Sir Charles Napier, al romper audazmente los grilletes de las «instrucciones privadas», quizá se expone a ser borrado del escalafón de la Marina británica, y probablemente se ha inhabilitado para volver a izar nunca su insignia; pero al mismo tiempo no solo ha cerrado a sir James la entrada en la Junta del Almirantazgo, sino que ha mostrado al pueblo inglés que su marina está tan podrida como su ejército. Cuando la campaña de Crimea despojó al ejército británico de su reputación secular, los defensores del antiguo régime se declararon inocentes con el argumento plausible de que Inglaterra nunca había pretendido ser una potencia militar de primer orden. Pero no se atreverán a afirmar que Gran Bretaña no haya pretendido ser la primera potencia naval del mundo. Tal es el aspecto redentor de la guerra: pone a prueba a una nación. Así como la exposición a la atmósfera reduce al instante todas las momias a polvo, así la guerra dicta juicio supremo sobre las organizaciones sociales que han sobrevivido a su vitalidad.

Esta correspondencia entre sir James Graham y el almirante Napier, que va del 24 de febrero al 6 de noviembre de 1854, y a la que solo su gran extensión impide dar cabida íntegra en nuestras columnas, puede resumirse muy brevemente. Hasta finales de agosto, cuando, como es sabido, la temporada del Báltico llega a su fin, todo marchó sobre ruedas, aunque sir Charles Napier, al comienzo mismo de la expedición, había dicho a sir James que, en su opinión, «los medios que el Almirantazgo había proporcionado para equipar y tripular la flota del mar del Norte eran insuficientes para la ocasión y no permitían enfrentarse a los rusos en condiciones razonables». Durante todo ese tiempo sir James, en sus cartas, no hace más que sonreír a su «querido sir Charles». El 12 de marzo lo «felicita» por el «orden» con que la flota había dejado las costas inglesas; el 5 de abril está «satisfecho con sus movimientos»; el 10 de abril está «plenamente satisfecho con su proceder»; el 20 de junio lo llama «consumado comandante en jefe»; el 4 de julio está «seguro de que sir Charles hará cuanto un hombre pueda hacer»; el 22 de agosto lo felicita sinceramente por el éxito de sus operaciones ante Bomarsund, y el 25 de agosto, presa de una especie de arrebato poético, prorrumpe: «Estoy más que satisfecho con su proceder; estoy encantado con la prudencia y el buen juicio que ha demostrado usted». Durante todo ese tiempo sir James solo teme que sir Charles, «en el ansia de realizar una gran hazaña y de satisfacer los deseos desaforados de una multitud impaciente, ceda a algún impulso temerario y falte al cumplimiento de uno de los deberes más nobles, que es el valor moral de hacer lo que uno sabe que es justo, a riesgo de ser acusado de haber obrado mal». Ya el 1 de mayo de 1854 le dice a sir Charles: «Creo que tanto Sveaborg como Kronstadt son casi inexpugnables desde el mar, sobre todo Sveaborg, y que solo un ejército muy grande podría operar con eficacia por tierra frente a fuerzas como las que Rusia podría concentrar fácilmente en los accesos inmediatos a su capital». Si sir Charles le dice el 12 de junio que «la única manera de atacar con éxito Sveaborg que podía ver, tras la más madura reflexión y con la ayuda del almirante Chads, era equipar un gran número de cañoneras», sir James le contesta el 11 de julio: «Con 50.000 soldados y 200 cañoneras aún podría usted hacer algo grande y decisivo antes de fines de septiembre». Pero apenas había llegado el invierno, zarpado el ejército y la marina franceses y empezado los fuertes temporales del equinoccio a surcar las olas del Báltico, apenas había informado sir Charles «de que nuestros barcos ya han empezado a romper sus cables; al Dragon solo le queda un ancla, y el Impérieuse y el Basilisk perdieron una cada uno la otra noche; y el Magicienne tuvo que fondear en la niebla, y cuando levó anclas de noche frente a Nargen se vio obligado a fondear frente al faro de Renskar, tras haber derivado entre las rocas; y de que el Euryalus había encallado en las rocas, y fue un milagro que no se perdiera», cuando sir James descubrió de pronto que «la guerra no se hace sin riesgos y peligros» y que, por tanto, ¡Sveaborg tenía que tomarse sin un solo soldado ni una sola cañonera o bombarda! En verdad, solo podemos repetir con el viejo almirante: «Si el emperador de Rusia hubiera sido primer lord del Almirantazgo, habría escrito exactamente esas mismas cartas».

En la Junta del Almirantazgo, como muestra claramente esta correspondencia, reinaba una anarquía tan absoluta como en el Ministerio de la Guerra. Sir James aprobaba el movimiento de Napier dentro del Belt,13 mientras la Junta lo desaprobaba. En agosto, sir James le escribe que se prepare para una pronta retirada del Báltico, mientras la Junta le envía despachos en sentido contrario. Sir James tiene una opinión sobre el informe del general Niel, y la Junta la opuesta. Pero el punto más interesante que presenta la correspondencia es quizá la nueva luz que arroja sobre la alianza anglo-francesa. El almirante francés mostró a sir Charles sus órdenes de regreso el 13 de agosto. El ejército francés zarpó el 4 de septiembre, y el resto de la flota francesa partió el 19, mientras que sir James Graham informa a sir Charles de que no supo de su retirada hasta el 25 de septiembre. Sir James, por tanto, suponía erróneamente que «las decisiones se habían tomado sobre el terreno, con el consentimiento de Napier», pero, como añade con énfasis, «sin consultar en absoluto al gobierno inglés». Por otra parte, parece que Niel,14 el general de ingenieros francés y amigo íntimo de Luis Bonaparte, dio el consejo de «destruir Sveaborg en dos horas con navíos de línea». Esto parecería mostrar claramente que pretendía empujar a la flota inglesa a un ataque desesperado en el que se estrellarían inútilmente contra los fuertes y las rocas sumergidas de las defensas rusas.

  1. Alexander Burnes (1805-1841), oficial y diplomático británico en Asia central, asesinado en Kabul durante la primera guerra de Afganistán (1838-1842). ↩

  2. James Graham (1792-1861), ministro del Interior en el gabinete de Peel (1841-1846) y primer lord del Almirantazgo de 1852 a febrero de 1855. ↩

  3. Attilio y Emilio Bandiera, oficiales venecianos de la marina austriaca, fusilados en 1844 tras un desembarco revolucionario en Calabria. Graham, como ministro del Interior, había hecho abrir en Correos las cartas de Mazzini y pasado información al gobierno austriaco, lo que provocó un escándalo en 1844. ↩

  4. El zar Nicolás I visitó Inglaterra en junio de 1844. ↩

  5. La nueva ley de pobres de 1834, que sometía a los pobres socorridos al régimen de los asilos de trabajo (workhouses). ↩

  6. Austen Henry Layard (1817-1894), arqueólogo y diputado liberal, crítico de la conducción de la guerra. ↩

  7. Robert Peel (1788-1850), primer ministro tory de 1834 a 1835 y de 1841 a 1846. ↩

  8. Charles James Napier (1782-1853), general británico, conquistador del Sind (1843), primo del almirante. ↩

  9. William Napier (1785-1860), general británico, hermano del anterior, autor de una History of the War in the Peninsula (1828-1840). ↩

  10. Versos de una canción infantil inglesa: «El rey de Francia subió la colina con veinte mil hombres; el rey de Francia bajó la colina y nunca más volvió a subirla». ↩

  11. El bombardeo de la fortaleza de Sveaborg, frente a Helsinki, por las flotas aliadas el 9 y el 10 de agosto de 1855. ↩

  12. La comisión de investigación de la Cámara de los Comunes sobre el estado del ejército ante Sebastopol, creada en enero de 1855 a propuesta de Roebuck. ↩

  13. El Gran Belt, estrecho danés que da acceso al Báltico. ↩

  14. Adolphe Niel (1802-1869), general francés de ingenieros, enviado al Báltico en 1854. ↩