Escrito por Karl Marx en Londres el 26 de junio de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 297, del 29 de junio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 328-331), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW; la fecha añadida la distingue de la correspondencia del mismo título del 30 de junio. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 26 de junio. En la sesión de ayer de la Cámara de los Comunes se levantó el señor Otway:1

«¿Se propone lord Palmerston tomar alguna medida para inducir a lord Grosvenor a retirar su Sunday Trading Bill?». (Cheers generales.)

Lord Palmerston:

«Si mi noble amigo» (Grosvenor) «ha oído estos cheers generales, creo que estará dispuesto a atenerse a ellos». (Cheers.)

Como se ve, la manifestación de masas de Hyde Park ha intimidado a la Cámara de los Comunes. Deja caer el proyecto y pone al mal tiempo buena cara.2 El Times llama a la escena dominical de Hyde Park «un gran acto de justicia retributiva»; al proyecto de ley, un producto de la «legislación de clase», «una medida de hipocresía organizada», y se divierte a costa de «la teología parlamentaria».

Respecto a la matanza de Hangö,3 el primer lord del Almirantazgo, sir Charles Wood,4 anuncia que ha recibido hoy despachos del almirante Dundas.5 Según ellos, el fuego de los rusos mató a 5 marineros y al capitán finlandés; fueron heridos y hechos prisioneros 4 marineros y 2 finlandeses, y hechos prisioneros sin heridas 3 oficiales, 4 marineros y 2 finlandeses. El almirante Dundas había dirigido una carta al gobernador de Helsingfors haciendo constar los hechos y protestando del modo más enérgico contra el abominable acto de disparar sobre un bote con bandera de paz. Había recibido una respuesta en la que el gobernador disculpaba el acto y en cierto modo lo justificaba. Afirmaba que, según lo que ellos mismos decían, los oficiales y los soldados no habían visto la bandera de paz. Estaban irritados porque en varias otras ocasiones algunos barcos habían izado la bandera rusa y porque en los periódicos se contaba cómo barcos ingleses habían usado en otros lugares la bandera de paz para hacer sondeos con la sonda. Toda la justificación se reduce, pues, a la miopía de los soldados y oficiales rusos. En todo caso, es un signo de civilización que los soldados rusos lean periódicos y se «irriten» por las noticias de los periódicos.

Los administrativos han anunciado para mañana un nuevo mitin en el [teatro de] Drury Lane. Como antes: mitin con tarjetas de entrada y oradores encargados de antemano. Poncio Pilato preguntó: ¿qué es la verdad?6 Palmerston preguntó: ¿qué es el mérito? Los administrativos han respondido: mérito es lo que un hombre gana al año.7 En consecuencia, estos reformadores han efectuado una transformación de su organización interna. Antes, los miembros del comité general, en realidad autoelegidos, se sometían a una elección aparente por votación general de la asociación. Ahora es por derecho propio miembro del comité general quien paga una suscripción anual de 50 libras esterlinas o más. Antes se consideraba suficiente la cláusula de las diez guineas y de la guinea para proteger el «movimiento» contra la intrusión plebeya. Ahora ya no se considera bastante «respetables» a los señores de las diez guineas, y a las personas de una guinea se las considera del todo «chusma». En los carteles que anuncian el mitin se dice literalmente:

«Admisión solo con tarjeta de entrada, que puede obtenerse de los miembros. Los suscriptores de 50 libras o más son miembros del comité general; los suscriptores de diez guineas y de una guinea son miembros de la asociación».

Los derechos de los miembros dentro de la asociación se calculan, pues, por una escala móvil de guineas.8 Se proclama brutalmente el dominio desnudo y sin adornos de las guineas. Los reformadores de la City han dejado escapar su secreto. ¡Qué agitadores! Los últimos tiempos, además, no les han sido favorables. Drummond9 les reprochó abiertamente en el Parlamento «inmoralidad sistemática» y «corrupción». ¡Y qué ilustraciones de la pureza de su clase se sucedieron golpe tras golpe, como a una voz de mando! Primero la Lancet (revista médica) aporta pruebas de que la adulteración y el envenenamiento de todas las mercancías y víveres no se limita en modo alguno a los pequeños tenderos, sino que el comercio al por mayor la practica por principio. Luego se sabe que firmas «respetables» de la City han hecho circular dock warrants (resguardos de depósito en los muelles) falsos. Por último, la gran quiebra fraudulenta, unida al robo directo de valores depositados, del banco privado de Strahan, sir John Paul y Bates.10 En este último caso la aristocracia ha aprendido a rendir homenaje al talento «administrativo» de los señores de la City, pues el banco «administraba» ante todo guineas aristocráticas. Palmerston es de los perjudicados, también el marqués de Clanricarde,11 y el almirante Napier ha perdido casi toda su fortuna. También la Iglesia se ha quedado sin muchos bienes terrenales, pues los señores Strahan, Paul y Bates estaban en especial olor de santidad, presidían de vez en cuando en Exeter Hall12 mítines para la «conversión de los paganos», figuraban entre los primeros suscriptores de la Sociedad para «la difusión de la Biblia» y estaban en la junta de la «Sociedad para la reforma de los delincuentes». Su fe les había procurado crédito. Eran el banco favorito de señores eclesiásticos y de fundaciones benéficas. Pero su talento «administrativo» no ha perdonado nada, desde los fondos de viudas y huérfanos hasta los ahorros de los marineros. ¿Por qué no admitirlos a la administración de los «fondos del Estado», hacia los que ahora tienden la mano?

«Se muestran ahora entre nosotros», exclama afligido el Daily News, el órgano por excelencia de los reformadores de la City, «síntomas que prueban que no hay tiempo que perder para presentar un caso del alto tono inmoral entre las clases industriales».

La crisis de los señores Strahan y compañía ha provocado, naturalmente, un run del público sobre las cajas de los bancos privados de la City, que hasta entonces se tenían por incomparablemente más respetables que los bancos por acciones. Los grandes banqueros privados se ven ya obligados a animarse «públicamente», por medio del Times, a la inspección periódica recíproca de las existencias de valores depositados en sus casas y a invitar igualmente a sus clientes a examinar con sus propios ojos los efectos que les han confiado. Otra circunstancia que llega muy a destiempo para los señores reformadores de la City es la siguiente: uno de sus reyes, Rothschild,13 está, como es sabido, como su representante elegido en el umbral de la Cámara de los Comunes, sin que se le admita en el sanctasanctórum, porque él no quiere prestar el «juramento de verdadero cristiano» y lord John Russell, su colega,14 no quiere «realizar» el proyecto de ley sobre los judíos. Pues bien, ayer se levanta Duncombe,15 que ha descubierto que, conforme a una ley del Parlamento de 1782,16 todo diputado que haya cerrado un contrato de suministro con el Gobierno después de su elección pierde su escaño en la Cámara de los Comunes, y que Rothschild ha suscrito el último empréstito de 16 millones de libras esterlinas, y anuncia por tanto que mañana por la noche pedirá que se convoque una nueva elección en la City. Más aún. Malins17 sigue a Duncombe pisándole los talones y anuncia una moción semejante contra Lindsay,18 a quien sir Charles Wood había acusado abiertamente en el debate de la reforma de haber cerrado contratos de suministro de barcos con el Gobierno mientras se sienta y se sentaba como diputado. El incidente no solo es importante por las personas comprometidas, ¡un magnate de la City y un magnate de la reforma de la City! Es importante porque recuerda al público que Pitt, Perceval y Liverpool,19 que pasaron por encima de la ley de 1782, tuvieron sus pilares precisamente en los grandes dignatarios de la City, los contratistas de empréstitos y suministros para el Gobierno dentro y fuera del Parlamento. Esta aristocracia financiera, más corrupta entonces que bajo Luis Felipe, fue el alma de la guerra antijacobina. Mientras cosechaba sus manzanas de oro de las Hespérides, demostraba a la nación en famosos mítines de la City que

«debía sacrificar dinero y sangre para salvar las benditas comodidades de nuestra santa religión de los sacrílegos franceses, y a sí misma de la sombría desesperación del ateísmo».

Así, en el momento más inoportuno, se le recuerda a la nación que la City, hoy rebelde contra la oligarquía, fue el invernadero en que esa misma oligarquía creció y dio sus flores más exuberantes.

  1. Arthur John Otway (1822-1912), diputado liberal. ↩

  2. En el original, en francés: faire bonne mine à mauvais jeu. ↩

  3. El 5 de junio de 1855, en Hangö (Hanko, en la costa de Finlandia), los rusos dispararon sobre la tripulación de un bote británico que había desembarcado con bandera de parlamento. ↩

  4. Sir Charles Wood (1800-1885), whig, primer lord del Almirantazgo desde marzo de 1855. ↩

  5. Richard Saunders Dundas (1802-1861), almirante, jefe de la flota británica del Báltico en 1855. ↩

  6. Juan 18, 38. ↩

  7. Juego de palabras con Verdienst, que en alemán significa a la vez «mérito» y «ganancia, ingreso». ↩

  8. Alusión a la sliding scale, la escala móvil de los aranceles del grano anteriores a 1846. ↩

  9. Henry Drummond (1786-1860), banquero y diputado tory. ↩

  10. El banco londinense Strahan, Paul & Bates quebró en junio de 1855; sus socios fueron condenados en octubre a catorce años de deportación por haber vendido valores que sus clientes les habían confiado en depósito. ↩

  11. Ulick John de Burgh, marqués de Clanricarde (1802-1874), whig. ↩

  12. Sala de Londres donde celebraban sus reuniones las sociedades religiosas y filantrópicas. ↩

  13. Lionel de Rothschild (1808-1879), banquero, elegido diputado por la City de Londres en 1847; como judío no pudo ocupar su escaño hasta 1858, cuando se suprimió la fórmula cristiana del juramento. ↩

  14. Russell era también diputado por la City de Londres. ↩

  15. Thomas Slingsby Duncombe (1796-1861), diputado radical. ↩

  16. La ley que excluía de la Cámara de los Comunes a los contratistas del Gobierno. ↩

  17. Richard Malins (1805-1882), jurista y diputado tory. ↩

  18. William Schaw Lindsay (1816-1877), naviero y diputado, uno de los dirigentes de la Asociación para la Reforma Administrativa. ↩

  19. William Pitt el Joven (1759-1806), Spencer Perceval (1762-1812) y el conde de Liverpool (1770-1828), primeros ministros tories durante las guerras contra la Francia revolucionaria y napoleónica. ↩