Escrito por Karl Marx en Londres el 27 de febrero de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 105, del 3 de marzo de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 91-94), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 27 de febrero. Al clamor contra la aristocracia Palmerston ha respondido irónicamente con un ministerio de 10 lores y 4 baronets: 10 lores, de los que 8 se sientan en la Cámara de los Pares. A la impaciencia por el compromiso entre las distintas fracciones de la oligarquía replica con un compromiso entre distintas familias dentro de la fracción whig. En su ministerio quedan satisfechos el clan de los Grey, la familia ducal de los Sutherland y, por último, la familia Clarendon. El ministro del Interior, sir George Grey, es primo del conde Grey, cuyo cuñado es sir Charles Wood, el primer lord del Almirantazgo; el conde Granville y el duque de Argyll representan a la familia Sutherland. Sir George Cornewall Lewis, ministro de Hacienda, es cuñado del conde de Clarendon, ministro de Asuntos Exteriores.1 Solo la India le ha tocado a un hombre sin título, aunque emparentado por matrimonio con las familias whigs, Vernon Smith.2 «¡Mi reino por un caballo!», gritó Ricardo III. «¡Un caballo por un reino!», grita Palmerston imitando a Calígula,3 y hace de Vernon Smith el Gran Mogol de la India.

«Lord Palmerston», se queja el Morning Advertiser, «no solo nos ha dado la administración más aristocrática de cuantas registra nuestra historia, sino que ha compuesto su gobierno con el material aristocrático más miserable que podía encontrarse». Pero, se consuela el bueno del Advertiser, «Palmerston no es todavía un agente libre, todavía está atado y encadenado, etc.».

Como predijimos, lord Palmerston ha formado un gabinete de ceros con él mismo como única cifra. A lord John Russell, que en 1851 lo echó sin ninguna diplomacia del gabinete whig,4 lo ha mandado diplomáticamente de viaje. De los peelitas se ha servido para recoger la herencia de Aberdeen. Asegurada la presidencia del gobierno, ha dejado caer a los aberdeenitas y le ha robado a Russell, como dice Disraeli,5 no solo el guardarropa whig, sino a los propios whigs. Pese al gran parecido, casi a la identidad, del actual gobierno con la administración whig de Russell de 1846-1852, nada sería más erróneo que confundirlos. Esta vez no se trata en absoluto de un gabinete, sino de lord Palmerston en lugar de un gabinete. Aunque el personal es en gran parte el antiguo, los puestos están repartidos entre ese personal de tal manera, su séquito en la Cámara de los Comunes es tan distinto y este reaparece en circunstancias tan completamente cambiadas que, si antes formaba un débil ministerio whig, ahora forma la fuerte dictadura de un solo hombre, siempre que Palmerston no sea un falso Pitt, Bonaparte no sea un falso Napoleón y lord John Russell siga de viaje. Por desagradable que le resultara al burgués inglés el giro inesperado de las cosas, de momento le divierte la habilidad sin escrúpulos con que Palmerston ha embaucado y burlado a amigos y enemigos. Palmerston, dice el comerciante de la City, ha vuelto a demostrar que es clever. Pero clever es un predicado intraducible, ambiguo, de muchos sentidos. Abarca todas las cualidades de un hombre que sabe venderse y que entiende tanto de su propio provecho como del daño ajeno. Moral como es el burgués inglés, respetable como es, admira sin embargo por encima de todo al hombre que es clever, al que la moral no estorba, al que el respeto no confunde, al que tiene los principios por lazos para hacer caer a su prójimo. Si Palmerston es tan clever, ¿no se burlará de los rusos tan bien como se ha burlado de Russell? Así razona el político de la alta clase media inglesa.

En cuanto a los tories, creen restaurados los buenos tiempos de antaño, roto el maleficio de la coalición y restablecida la alternancia tradicional de gobierno entre whigs y tories. Un cambio real, no limitado a una disolución meramente pasiva, solo podría producirse, en efecto, con un gobierno tory. Solo cuando los tories están al timón empieza la enorme presión de fuera —la pressure from without— y se ponen en marcha las transformaciones inevitables. Así ocurrió con la emancipación de los católicos bajo el ministerio Wellington,6 así con la derogación de las leyes de cereales bajo el ministerio Peel, y así, si no con la ley de reforma, al menos con la agitación por la reforma, que fue más importante que su resultado.7

Cuando los ingleses hicieron venir expresamente de allende el mar a un holandés para hacerlo rey,8 fue para inaugurar con la nueva dinastía una época nueva: la época del matrimonio entre la aristocracia de la tierra y la aristocracia de las finanzas. Desde entonces encontramos el privilegio de la sangre y el privilegio del oro en equilibrio constitucional hasta el día de hoy. La sangre, por ejemplo, asigna una parte de los puestos del ejército a las relaciones de familia, al nepotismo, al favoritismo; pero el principio del oro recibe lo suyo, porque todos los grados de oficial se venden y se compran por dinero contante. Se calcula que los oficiales que sirven actualmente en los regimientos tienen inmovilizado en sus grados un capital de 6 millones de libras esterlinas. El oficial más pobre, para no perder el derecho adquirido en el servicio y no verse desbancado por una bolsa joven, toma dinero prestado para asegurarse el ascenso y se convierte así en un ser hipotecado.

Como en el ejército, en la Iglesia reina, junto al principio de la familia, el principio del dinero contante. Si una parte de la Iglesia les toca a los hijos menores de la aristocracia, la otra pertenece al mejor postor. El comercio con las «almas del pueblo inglés» —en la medida en que pertenecen a la Iglesia del Estado— no es menos regular que la trata de negros en Virginia. En este comercio no solo hay compradores y vendedores, sino también corredores. Uno de esos corredores «clericales», llamado Simpson, compareció ayer ante el Tribunal del Banco de la Reina9 y reclamó sus honorarios a un tal Lamb, que, según él, se había comprometido por contrato a procurarle la presentación al curato de West Hackney para el rector Joseah Rodwell, para lo cual Simpson había estipulado un 5 por ciento del comprador y del vendedor, además de algunos emolumentos accesorios.10 Lamb, decía, no había cumplido su compromiso. La cosa era así: Lamb es hijo de un rector de setenta años, titular de dos beneficios en Sussex cuyo precio de mercado se estima en 16.000 libras esterlinas. El precio está, naturalmente, en razón directa de los ingresos del curato y en razón inversa de la edad del titular del beneficio. El joven Lamb es el patrono de los curatos que posee el viejo Lamb y, a la vez, hermano de un Lamb todavía más joven, titular del beneficio y párroco de West Hackney. Como el rector de West Hackney es todavía muy joven, el precio de mercado de la próxima presentación para su sinecura es relativamente bajo. Aunque sus ingresos son de 550 libras anuales, además de la casa parroquial, su titular vende la próxima presentación por solo 1.000 libras esterlinas. Su hermano le promete los curatos de Sussex a la muerte del padre, pero vende por medio de Simpson el puesto de West Hackney, que así quedaría vacante, por 3.000 libras esterlinas a Joseah Rodwell; con lo cual él se embolsa un beneficio neto de 2.000 libras esterlinas, su hermano obtiene un beneficio mejor y el corredor, con el 5 por ciento de comisión, habría hecho un negocio de 300 libras esterlinas. No se aclaró por qué se deshizo el contrato. El tribunal concedió al corredor Simpson una indemnización de 50 libras esterlinas «por el trabajo realizado».

  1. Sir George Grey (1799-1882), ministro del Interior; Henry George Grey, tercer conde Grey (1802-1894), hijo del primer ministro de la reforma de 1832; sir Charles Wood (1800-1885), primer lord del Almirantazgo; Granville Leveson-Gower, conde Granville (1815-1891), presidente del Consejo Privado; George Campbell, duque de Argyll (1823-1900), lord del Sello Privado; sir George Cornewall Lewis (1806-1863), ministro de Hacienda desde febrero de 1855; George Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), ministro de Asuntos Exteriores. ↩

  2. Robert Vernon Smith (1800-1873), presidente de la Junta de Control, el departamento que supervisaba el gobierno de la Compañía de las Indias Orientales. ↩

  3. Según Suetonio, el emperador Calígula quiso hacer cónsul a su caballo Incitato. ↩

  4. En diciembre de 1851 Russell destituyó a Palmerston del Ministerio de Asuntos Exteriores por haber aprobado, sin consultar al gabinete, el golpe de Estado de Luis Bonaparte. ↩

  5. Benjamin Disraeli (1804-1881), jefe de los tories en la Cámara de los Comunes. ↩

  6. La ley de emancipación de los católicos, que les abrió el Parlamento y los cargos públicos, se aprobó en 1829 bajo el gobierno tory del duque de Wellington; las leyes de cereales, que protegían el trigo inglés con aranceles, las derogó en 1846 el gobierno de Peel. ↩

  7. La agitación por la reforma electoral de 1830-1832 empezó bajo el gobierno de Wellington; la ley de reforma de 1832 la aprobó ya un gobierno whig, el del conde Grey. ↩

  8. Guillermo III de Orange, llamado al trono inglés en la «revolución gloriosa» de 1688. ↩

  9. Uno de los tribunales superiores de derecho común de Inglaterra. ↩

  10. En la Iglesia anglicana, el patrono de un beneficio tiene el derecho de presentar al obispo el clérigo que lo ocupará; ese derecho se compraba y vendía. ↩