Escrito por Karl Marx en Londres el 23 de julio de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 343, del 26 de julio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 376-379), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrige una errata de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 23 de julio. Si la garantía del empréstito turco1 encuentra esta noche la misma resistencia que el viernes pasado, Palmerston disolverá de inmediato la Cámara de los Comunes. Al hombre hábil todas las circunstancias le son favorables. Disolver la Cámara de los Comunes por la moción de Bulwer, disolverla por la moción de Roebuck: ambas cosas eran igual de arriesgadas. La diplomacia desplegada en las conferencias de Viena, la administración acreditada en la campaña de invierno: dos posiciones poco adecuadas para apelar desde ellas del Parlamento a los cuerpos electorales. ¡Pero la «garantía del empréstito turco»! El escenario, la situación, el motivo cambian como por arte de magia. Ya no es el Parlamento el que condenaba al gabinete por traición o incapacidad. Es el gabinete el que acusa al Parlamento de entorpecer la conducción de la guerra, de poner en peligro la alianza francesa, de dejar en la estacada a Turquía. El gabinete ya no apela al país para que lo absuelva de la condena del Parlamento. Apela al país para que condene al Parlamento. En realidad, el empréstito está formulado de modo que Turquía no recibe directamente ningún dinero, sino que, en las condiciones más degradantes para un país, puesta bajo tutela, tiene que dejar que la suma que supuestamente se le presta la administren y gasten comisionados ingleses. La administración inglesa ha dado durante la guerra de Oriente pruebas tan brillantes que en verdad tiene que sentirse tentada de extender sus bendiciones a imperios extranjeros. Las potencias occidentales se han apoderado del ministerio de Asuntos Exteriores en Constantinopla, y no solo del ministerio de Asuntos Exteriores, sino también del ministerio del Interior. Desde el traslado de Omer Bajá de Bulgaria a Crimea, Turquía ha dejado de disponer de su propio ejército. Las potencias occidentales extienden ahora la mano hacia las finanzas turcas. El Imperio otomano contrae por primera vez una deuda pública sin obtener crédito. Se encuentra en la situación de un terrateniente que no solo toma un anticipo sobre hipotecas, sino que se obliga a dejar al acreedor hipotecario la administración de la suma anticipada. Cederle la finca misma es el único paso que queda. Con un sistema de empréstitos parecido, Palmerston desmoralizó a Grecia y paralizó a España.2 Pero la apariencia está de su parte. La participación del partido de la paz en la oposición al empréstito refuerza la apariencia. Con un juego de manos vuelve a presentarse como representante de la guerra frente a toda la oposición como representante de la paz. Qué guerra piensa librar, lo sabemos. En el Báltico, encadenar más firmemente Finlandia a Rusia con saqueos e incendios inútiles y sin resultado. En Crimea, perpetuar carnicerías en las que solo la derrota, no la victoria, puede llevar a una decisión. Según su vieja costumbre, echa alianzas extranjeras en la balanza parlamentaria. Bonaparte ya ha hecho sancionar el empréstito por su llamado «cuerpo legislativo».3 El Parlamento inglés tiene que avenirse a ser el eco del «cuerpo legislativo», el eco de un eco, o la alianza peligra. Mientras Palmerston usa la alianza francesa como escudo para desviar de sí todo golpe, disfruta a la vez de la satisfacción de que sea ella la que recibe los golpes. Para demostrar que «pone al hombre adecuado en el puesto adecuado», Palmerston ha ascendido a sir William Molesworth a ministro de las Colonias y a sir B[enjamin] Hall, en lugar de Molesworth, a ministro de Bosques y Dominios.4 Molesworth pertenece a la escuela colonizadora de Wakefield.5 Su principio es encarecer artificialmente la tierra en las colonias y abaratar artificialmente el trabajo, para producir la «necesaria combinación de las fuerzas productivas». La aplicación experimental de esta teoría en Canadá echó de allí a los inmigrantes hacia los Estados Unidos y Australia.

En este momento hay en Londres 3 comisiones de investigación, una nombrada por el gabinete y las otras dos por el Parlamento. La primera, formada por los recorders de Londres, Manchester y Liverpool, sobre las escenas de Hyde Park,6 se ve inundada a diario de pruebas no solo de que los agentes fueron de una brutalidad inaudita, sino de que lo fueron premeditadamente y por orden. Si fuera sin miramientos, la investigación tendría que empezar por sir George Grey7 y el gabinete como principales culpables. La segunda comisión, presidida por Berkeley,8 dedicada a los efectos de la ley sobre la «venta de bebidas espirituosas en domingo», muestra la superficialidad hipócrita de los experimentos sabatarios de mejora social.9 En vez de disminuir, el número de excesos por embriaguez ha aumentado. Solo que se han trasladado en parte del domingo al lunes. La tercera comisión, presidida por Scholefield,10 se ocupa de las adulteraciones de alimentos, bebidas y todas las mercancías necesarias para la vida. La adulteración resulta ser la regla, y la autenticidad, la excepción. Las sustancias añadidas para dar color, olor y sabor a sustratos sin valor son en gran parte venenosas, y todas destructoras de la salud. El comercio aparece aquí como un gran laboratorio del fraude; la lista de mercancías, como un catálogo diabólico de seres aparentes; la libre competencia, como la libertad de envenenar y de ser envenenado.

El «Informe de los inspectores de fábrica» del semestre que terminó el 30 de abril se ha presentado a las dos Cámaras del Parlamento: una contribución inestimable a la caracterización de los hombres de la paz de Manchester11 y de la clase que disputa a la aristocracia el monopolio del gobierno. Los «accidentes causados por la maquinaria» se clasifican en el informe bajo las rúbricas:

  1. «Con resultado de muerte»; 2. «Pérdida de la mano derecha o del brazo derecho; pérdida de parte de la mano derecha; pérdida de la mano izquierda o del brazo izquierdo; pérdida de parte del brazo izquierdo; fractura de mano y de pierna; lesiones en la cabeza y en la cara», y 3. «Laceraciones, contusiones y otros daños no enumerados arriba».

Leemos de una joven «que perdió la mano derecha», de un niño al que «la máquina le había hundido los huesos de la nariz y destruido la vista de los dos ojos», de un hombre al que «le serraron la pierna izquierda, le rompieron el brazo derecho por tres o cuatro sitios y le mutilaron horriblemente la cabeza»; de un muchacho al que «le arrancaron el brazo izquierdo de la articulación del hombro, además de otras lesiones», y de otro muchacho al que «le arrancaron los dos brazos de las articulaciones de los hombros, le desgarraron el vientre, de modo que se salieron las entrañas, y le aplastaron los dos muslos y la cabeza», etc., etc. El boletín industrial de los inspectores de fábrica es más terrible, más espantoso que cualquiera de los boletines de batalla de Crimea. Mujeres y niños aportan un contingente regular y considerable a la lista de heridos y muertos. La muerte y las heridas no son más gloriosas que los colores que el látigo del plantador pinta en el cuerpo del negro. Se deben casi exclusivamente a que no se ponen los cercados de las máquinas prescritos por la ley. Se recordará que los fabricantes de Manchester —esa metrópoli del partido de la paz a cualquier precio— asediaron al gabinete con diputaciones, con protestas contra la ley que ordena ciertas medidas de seguridad en el uso de la maquinaria. Como de momento no pudieron derribar la ley, trataron de quitar de en medio al inspector de fábricas L[eonard] Horner,12 de apartarlo con intrigas y colocar en su lugar a un guardián de la ley más dócil. Hasta ahora sin éxito. Afirmaban que la instalación de los aparatos de seguridad se comería sus beneficios. Horner demuestra ahora que en su distrito hay pocas fábricas que no puedan hacerse seguras al precio de 10 libras esterlinas. El número total de accidentes causados por la maquinaria durante los seis meses que abarca el informe asciende a 1.788, de ellos 18 mortales. El importe total de las multas impuestas a los fabricantes, de las indemnizaciones que han pagado, etc., asciende en el mismo período a 298 libras esterlinas. Para completar esta suma se incluyen las multas por «hacer trabajar en horas ilegales», por «empleo de niños menores de 8 años», etc., de modo que las multas impuestas por 18 muertes y 1.770 mutilaciones están aún muy lejos de alcanzar las 298 libras esterlinas. ¡298 libras esterlinas! ¡Es menos que el precio de un caballo de carreras de tercera categoría!

¡La comisión Roebuck y la oligarquía británica! ¡La comisión de Scholefield y la clase comerciante británica! ¡El informe de los inspectores de fábrica y los fabricantes británicos! Bajo estas tres rúbricas puede agruparse de manera gráfica la fisiología de las clases que dominan hoy en Gran Bretaña.

  1. El tratado del 27 de junio de 1855 entre Gran Bretaña, Francia y Turquía, por el que los dos aliados garantizaban un empréstito turco de 5 millones de libras, bajo control de comisarios británicos y franceses. La Cámara de los Comunes lo aprobó el 20 de julio por solo tres votos de mayoría. ↩

  2. Entre otros, el empréstito de 1832 al nuevo reino de Grecia, garantizado por Gran Bretaña, Francia y Rusia, que dio a las potencias garantes una palanca permanente sobre su política interior. ↩

  3. El Corps législatif del Segundo Imperio francés. ↩

  4. Sir William Molesworth (1810-1855), radical, ministro de las Colonias desde julio de 1855, en sustitución de lord John Russell; Benjamin Hall (1802-1867), que le sucedió como primer comisario de Obras Públicas (Woods and Forests). ↩

  5. Edward Gibbon Wakefield (1796-1862), teórico de la «colonización sistemática», que Marx analizó más tarde en el capítulo de El capital sobre «La moderna teoría de la colonización». ↩

  6. Las cargas de la policía contra las manifestaciones dominicales de Hyde Park de junio y julio de 1855, convocadas contra el proyecto de ley de lord Robert Grosvenor que prohibía el comercio en domingo. ↩

  7. Sir George Grey (1799-1882), whig, ministro del Interior. ↩

  8. Francis Henry Fitzhardinge Berkeley (1794-1870), diputado liberal por Bristol. ↩

  9. La ley de 1854, presentada por el diputado John Wilson-Patten, que limitaba la apertura de las tabernas en domingo. Sabatarios: los partidarios de la observancia estricta del descanso dominical. ↩

  10. William Scholefield (1809-1867), diputado radical por Birmingham. ↩

  11. Los librecambistas de la escuela de Manchester (Cobden, Bright), contrarios a la guerra de Crimea. ↩

  12. Leonard Horner (1785-1864), geólogo, inspector de fábricas de 1833 a 1859, cuyos informes utilizó Marx abundantemente en El capital. ↩