Escrito por Karl Marx y Friedrich Engels en Londres el 9 de febrero de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 71, del 12 de febrero de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 55-58), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 9 de febrero. Al haber aceptado nuevos cargos ministeriales, Palmerston y Sidney Herbert tienen que pasar por la formalidad de una nueva elección para sus escaños.1 Por este motivo ambas cámaras suspendieron ayer sus sesiones durante una semana. Las comunicaciones de lord Derby y del marqués de Lansdowne2 en la Cámara de los Lores sobre la historia secreta de la crisis ministerial repitieron lo ya repetido muchas veces. Importante fue solo una manifestación de Derby que contiene el secreto de la posición de lord Palmerston. Palmerston, como se sabe, no tiene detrás ningún partido parlamentario, ni camarilla que se oculte bajo ese nombre. Whigs, tories y peelitas le profesan la misma desconfianza. La escuela de Manchester lo combate abiertamente. Sus partidarios personales entre los radicales de Mayfair (a diferencia de los radicales de Manchester) suman a lo sumo una docena. ¿Quién o qué lo capacitó, pues, para imponerse a la Corona y al Parlamento? ¿Su popularidad? Tan poco como la impopularidad ha impedido a Gladstone, Herbert, Graham y Clarendon3 volver a tomar el timón del Estado. ¿O es el hombre que nunca perteneció a un partido, que sirvió alternativamente a todos, que los abandonó a todos por turno y siempre mantuvo el balancín entre ellos, el jefe natural de unos partidos disueltos que intentan contener la corriente de la historia coaligándose? Esta circunstancia no prueba nada en este momento, porque fue demasiado débil para poner en 1852 a Palmerston en lugar de Aberdeen a la cabeza de la coalición.
Derby ha revelado la clave del enigma. Palmerston es el amigo declarado de Bonaparte. Su precipitado reconocimiento del golpe de Estado de diciembre de 1851 fue entonces la causa aparente de su salida del ministerio whig. Es, por tanto, la persona grata, el hombre de confianza de Bonaparte. La alianza de Bonaparte es, por tanto, decisiva en este momento. Palmerston, pues, ha echado al extranjero en la balanza de las combinaciones ministeriales, y no por primera vez, como demostraría un examen más detenido de la historia de los ministerios ingleses de 1830 a 1852.
Como la situación del ejército de Crimea no puede seguir explotándose en este momento para las cábalas del gabinete, lord John Russell, en la sesión de ayer de los Comunes, ha retirado su sombría opinión, ha hecho crecer otra vez el ejército inglés en algunas decenas de miles de hombres y ha intercambiado felicitaciones con el ortodoxo Gladstone. Pese a esta «resurrección parlamentaria» del ejército inglés, no cabe duda de que en este momento ha dejado de existir como ejército. Unos pocos miles figuran todavía como «aptos para el servicio» porque en los hospitales no hay sitio para recibirlos. De 100.000, los franceses cuentan todavía unos 50.000; pero ¿qué son 50.000 o 60.000 hombres para sostener durante el invierno el Quersoneso heracleótico, bloquear Sebastopol por el lado sur, defender las trincheras y tomar la ofensiva en primavera con el resto que quede? Puede que los franceses tengan dispuestas nuevas divisiones para embarcarlas en marzo, pero tienen las manos llenas con los preparativos de una campaña de primavera en el continente, y todo hace pensar que sus envíos serán demasiado débiles o llegarán demasiado tarde.
La impotencia de los gobiernos inglés y francés, e incluso su abandono del ejército de Crimea, se muestra en los dos pasos que han dado para remediar el mal.
Para reparar el error de haber emprendido la expedición con cuatro meses de retraso, cometen el error incomparablemente mayor de enviar a Crimea, cuatro meses después de su propia llegada y en pleno invierno, los únicos restos utilizables del ejército turco. Este ejército, ya arruinado y en descomposición en Shumla por la negligencia, la incapacidad y la corrupción del gobierno turco, se derretirá en Crimea por el frío y el hambre en una proporción que superará incluso las hazañas inglesas en ese terreno.
En cuanto los rusos estén del todo concentrados y el tiempo permita operaciones en campo abierto, atacarán probablemente primero a los turcos al mando de Omer Bajá.4 Eso es lo que esperan ingleses y franceses. Tan conscientes son de la poco envidiable posición que han asignado a estos últimos. Tan claramente muestran que el error estratégico de lanzar ahora a los turcos al lado norte se ha cometido con los ojos abiertos. Solo por los errores más incomprensibles por parte de los rusos podrían los turcos salvarse de su perdición.
En segundo lugar, los anglofranceses han tomado a sueldo a 15.000 piamonteses, que han de llenar las raleadas filas de los ingleses y ser alimentados por el comisariado británico. Los piamonteses se mostraron soldados valientes y buenos en 1848 y 1849. Montañeses en su mayoría, tienen una infantería que en las escaramuzas, el combate de tiradores y la lucha en terreno quebrado supera incluso a los franceses. Por otra parte, las llanuras del Po proporcionan una caballería que puede compararse con los Horse Guards ingleses. Por último, han aprendido en la seria escuela de las últimas campañas revolucionarias. Estos hombrecillos ligeros de pies, ágiles y diestros sirven para todo menos para soldados ingleses, que es lo que se quiere hacer de ellos, y para los simples y pesados ataques frontales a que se reduce toda la táctica de un Raglan. ¡Y encima ser alimentados por un comisariado inglés que hasta ahora solo ha sabido alimentarse a sí mismo! Los 15.000 piamonteses podrían resultar, pues, un nuevo desacierto.
Los refuerzos ingleses están suspendidos en este momento. El propio Raglan parece no quererlos, porque ni siquiera da abasto con el resto que tiene. ¿Se creerá que, en la misma proporción en que aumentan en el campamento británico las enfermedades, el exceso de trabajo y la falta de descanso, aumenta la admirable práctica de los azotes? Hombres que solo están para mandarlos al hospital, que durante semanas duermen y prestan servicio con la ropa mojada y sobre suelo mojado, y que soportan todo esto con una tenacidad casi sobrehumana, [estos hombres,] si se les sorprende vencidos por el sueño en las trincheras, son tratados con el gato de nueve colas5 y con el bastón. «¡Cincuenta azotes para cada vagabundo!»: esa es la única orden estratégica que lord Raglan da de vez en cuando. ¿Qué tiene de extraño, entonces, que los soldados del autor de la famosa «marcha de flanco» sobre Balaklava lo imiten y esquiven el bastón con una «marcha de flanco» hacia los rusos? Las deserciones al campo ruso aumentan cada día, según informó el corresponsal del Times.
Las fanfarronadas sobre un asalto a Sebastopol han cesado, naturalmente. Primero habría que batir al ejército ruso en campo abierto. Así levantó Wellington dos veces el sitio de Badajoz para marchar contra un ejército de socorro.6 Además, hemos visto antes cómo las obras de defensa rusas recién levantadas hacen imposible tomar la plaza al asalto. Por último, las recientes salidas de los rusos prueban que el ejército aliado ya solo es superior a los rusos en la artillería. Mientras no puedan frustrarse las salidas, toda idea de asalto es ridícula; los sitiadores incapaces de encerrar a los sitiados en el espacio de la fortaleza propiamente dicha son todavía menos capaces de tomar esa fortaleza a puñetazos. Así, los sitiadores seguirán vegetando, reducidos a su campamento por su propia debilidad y por el ejército ruso de campaña. Seguirán derritiéndose mientras los rusos traen fuerzas nuevas. El preludio de la guerra europea que se representa en Crimea acabará con la perdición de las tropas aliadas, a no ser que se encuentren recursos del todo inesperados e imposibles de calcular de antemano.
Hasta 1926, un diputado de los Comunes nombrado para ciertos cargos de la Corona tenía que someterse a una nueva elección. ↩
Henry Petty-Fitzmaurice, tercer marqués de Lansdowne (1780-1863), whig, ministro sin cartera en el gabinete Aberdeen. ↩
George Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), ministro de Asuntos Exteriores en los gabinetes de Aberdeen y de Palmerston. ↩
Omer Bajá (1806-1871), general en jefe del ejército turco. ↩
El látigo de nueve tiras con que se azotaba a soldados y marineros británicos. ↩
En 1811, durante la guerra de la Independencia española. ↩