Escrito por Karl Marx en Londres el 15 de mayo de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 228, del 19 de mayo de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 220-223), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 15 de mayo. Las galerías de la Cámara de los Lores estaban ayer por la tarde abarrotadas ya antes de abrirse la sesión. Se había anunciado una función de gran espectáculo: la moción de lord Ellenborough y una batalla en toda regla entre los ins y los outs.1 Además, resultaba picante ver con los propios ojos cómo los legisladores hereditarios iban a hacer el papel de cruzados contra la aristocracia. La representación fue mala. Los actores se salían constantemente de su papel. La pieza empezó como drama y terminó como farsa. Durante el simulacro de combate ni siquiera se mantuvo la ilusión, la ilusión artística. A los nobles combatientes se les notaba a primera vista que procuraban conservar intactos no solo a sí mismos, sino incluso las armas con que se combatían.

En la medida en que el debate giró en torno a la crítica de la dirección de la guerra hasta la fecha, no se elevó a la altura del primer debating club de Londres que se encuentre, y sería una pura pérdida de tiempo detenerse en él un momento. Pero queremos indicar con unos pocos trazos cómo se comportaron los nobles lores como paladines de la reforma administrativa, como adversarios del monopolio aristocrático del gobierno y como eco de los mítines de la City. «¡El hombre adecuado en el puesto adecuado!», exclamó lord Ellenborough. Y como prueba de que al mérito, y solo al mérito, le corresponden sus coronas, adujo que él (Ellenborough) y lord Hardwicke se sentaban en la Cámara Alta porque sus padres se habían abierto camino hasta la Cámara de los Pares por su propio mérito. Esto era, según parece, precisamente al revés, un caso de cómo, por el mérito ajeno, el de los propios padres, se puede llegar de por vida no solo a un puesto, sino nada menos que a la dignidad de legislador de Inglaterra. ¿Y cuáles fueron los méritos con los que el Lord Chief Justice of the Queen's Bench,2 el viejo Ellenborough, y el señor Charles Yorke, el padre de lord Hardwicke, se abrieron camino hasta la Cámara Alta? La historia es instructiva. El difunto Ellenborough,3 abogado inglés y luego juez, supo ganarse en los procesos de prensa, procesos por conspiración y procesos de soplones que estaban pendientes bajo Pitt y sus sucesores la fama de un Jeffreys en miniatura.4 Bajo su dirección el jurado especial adquirió en Inglaterra una fama como no la tuvieron ni los jurés probes et libres5 de Luis Felipe. Ese fue el mérito del viejo Ellenborough, y eso le abrió camino hasta la Cámara de los Lores. En cuanto al señor Charles Yorke, el antepasado de lord Hardwicke,6 supera al viejo Ellenborough en cuestión de mérito. Este Charles Yorke, durante veinte años diputado por Cambridge, fue uno de los elegidos a los que Pitt, Perceval y Liverpool dejaban to do the dirty work for them.7 Cada una de las medidas de terror «leales» de aquel tiempo encontró en él a su Píndaro. En cada petición contra la venta de cargos practicada abiertamente en la Cámara de los Comunes veía «maquinaciones jacobinas». Cada moción contra el desvergonzado sistema de sinecuras, en una época en que nacía el pauperismo en Inglaterra, la denunciaba Charles Yorke como un atentado contra «los benditos consuelos de nuestra santa religión». ¿Y con qué ocasión celebró este Charles Yorke su ascensión a la Cámara Alta? En 1810 la expedición de Walcheren8 había producido en Inglaterra efectos parecidos a los que produjo en 1855 la expedición de Crimea. Lord Porchester propuso en la Cámara de los Comunes que se nombrara una comisión de investigación. Charles Yorke se opuso violentamente, habló de conspiraciones, de excitación del descontento y cosas por el estilo. A pesar de todo, la propuesta de Porchester fue aprobada. Pero entonces Yorke decidió sustraer al público las actas de la investigación insistiendo, con base en un viejo y absurdo privilegio parlamentario, en que se despejaran las tribunas públicas de oyentes y periodistas. Así se hizo. Un tal señor Gale Jones,9 presidente de un debating club londinense, publicó entonces un anuncio en el que se decía que en la próxima sesión del club se discutiría la violación de la libertad de prensa y el grave ultraje a la opinión pública cometidos por Charles Yorke. Charles Yorke hizo entonces citar a Gale Jones ante la Cámara de los Comunes por ofensa a un miembro del Parlamento y violación de los «privilegios del Parlamento», y desde allí, en contra de todas las leyes inglesas, sin más, sin investigación, sin remitirlo a un juez, fue trasladado a la cárcel de Newgate, «para quedar allí preso mientras plazca a los Comunes». Mientras Charles Yorke realizaba estas hazañas, se daba grandes aires de independencia. Actuaba, decía, solo como honrado «hidalgo rural», como «amigo del rey», como «leal antijacobino». Sin embargo, no habían pasado tres semanas desde que había hecho cerrar la galería cuando se supo que entretanto había pasado su factura al ministerio Perceval y se había agenciado la sinecura vitalicia de teller of the Exchequer10 (parecida a la del «guardián de la cera verde»), es decir, una prebenda vitalicia de 2.700 libras esterlinas al año. Por aceptar esta sinecura Charles Yorke tuvo que someterse a una nueva elección ante sus electores de Cambridge. En el mitin electoral fue recibido con siseos, gruñidos, manzanas podridas y huevos, y se vio obligado a salir huyendo. Como indemnización, Perceval lo elevó a la dignidad de par. Así fue como Charles Yorke se metamorfoseó en lord, y así, enseña lord Ellenborough a lord Palmerston, es como el mérito tiene que poder abrirse camino en una administración del Estado bien ordenada. Descontados estos lapsus linguae11 tan ingenuos y característicos, Ellenborough, que tiene un parecido inconfundible con el Caballero de la Triste Figura, se mantuvo más bien en la fraseología de los mítines de la City.

Su amigo Derby se esforzó en restringir incluso esta concesión puramente retórica. Rechazó el rumor de que se había aliado con Layard. Él, cuyo talento entero consiste en la discreción, acusó a Layard de indiscreción. Había mucho de verdad en las opiniones de los hombres de la City, pero habían llegado a conclusiones extravagantes (!!). Un ministro tenía que buscar a sus colegas en el Parlamento, y no solo en el Parlamento, sino en el partido al que perteneciera, y no solo en ese partido, sino en el círculo de los hombres de su partido con influencia parlamentaria. Dentro de ese círculo, ciertamente, debía decidir la capacidad, y eso se había descuidado a menudo hasta ahora. El fallo, opinaba Derby, estaba en la reforma parlamentaria de 1831. Se habían suprimido las «manchas podridas», los rotten boroughs,12 y precisamente esas manchas podridas habían dado los estadistas sanos de Inglaterra. Habían permitido a hombres influyentes llevar al Parlamento, y de allí al servicio del Estado, a jóvenes con talento pero sin medios. Así pues, incluso según lord Derby es posible una reforma administrativa sin reforma parlamentaria; solo una reforma parlamentaria en sentido inverso, la restauración de las «manchas podridas». La queja de Derby no parece del todo fundada si se considera que 85 escaños de la Cámara de los Comunes siguen perteneciendo a unos 60 pequeños rotten boroughs (solo en Inglaterra), ninguno de los cuales pasa de 500 habitantes y algunos de los cuales eligen dos diputados.

Lord Panmure, en nombre del ministerio, llevó el debate de la Cámara de los Lores a su verdadero punto. Vosotros queréis, balbuceó, explotar el griterío de fuera de los muros del Parlamento para sacarnos a nosotros del ministerio a fuerza de declamaciones y meteros en él vosotros mismos. ¿Por qué no formó Derby un ministerio hace tres meses, cuando recibió el encargo de la reina?13 Sí, replicó Derby sonriendo, ¡hace tres meses! En tres meses han cambiado las cosas. Hace tres meses lord Palmerston era el homme à la mode, el gran estadista, el imprescindible. Palmerston ha agotado su juego, y ahora nos toca a nosotros.

El debate de la Cámara de los Lores ha mostrado que aquí, en ninguno de los dos lados, hay madera de la que cortar hombres. En cuanto a la Cámara de los Comunes, Ellenborough observó con razón que está gastada, que ha perdido su crédito y que la influencia política no ha de buscarse ya dentro, sino fuera de la Cámara.

Los debates de la Cámara de los Lores mostraron claramente la mala fides14 de la oposición aristocrática, que se propone a la vez escamotear el movimiento burgués y utilizarlo como ariete contra el ministerio. En una próxima carta tendremos ocasión de demostrar también la mala fides de la reforma de la City frente a la clase obrera, con la que piensan jugar exactamente igual que la oposición aristocrática juega con ellos. De ello habría que concluir que el movimiento actual en Inglaterra es de naturaleza muy compleja y, como ya indicamos antes, encierra a la vez dos movimientos opuestos y hostiles.

  1. Los que están en el gobierno y los que están fuera de él. ↩

  2. Presidente del Tribunal del Banco de la Reina (Queen's Bench), el más alto tribunal de derecho común de Inglaterra. ↩

  3. Edward Law, primer barón Ellenborough (1750-1818), presidente del Tribunal del Banco del Rey de 1802 a 1818 y par desde 1802; padre del conde de Ellenborough que presentaba la moción. ↩

  4. George Jeffreys (1645-1689), juez inglés famoso por la crueldad con que condenó a los rebeldes de Monmouth en 1685. ↩

  5. «Jurados probos y libres», fórmula de las leyes francesas sobre el jurado. ↩

  6. Así en el texto. Charles Philip Yorke (1764-1834), diputado por el condado de Cambridge, ministro del Interior en 1803-1804 y primer lord del Almirantazgo en 1810-1812. No recibió título nobiliario y no era el padre, sino el tío, del conde de Hardwicke que se sentaba en 1855 en la Cámara de los Lores, Charles Philip Yorke (1799-1873). ↩

  7. «Hacer por ellos el trabajo sucio». Robert Banks Jenkinson, conde de Liverpool (1770-1828), primer ministro de 1812 a 1827. ↩

  8. La expedición británica a la isla de Walcheren, en la desembocadura del Escalda, en el verano de 1809, que fracasó con miles de muertos por las fiebres. ↩

  9. John Gale Jones (1769-1838), radical, presidente del club de debates British Forum; estuvo preso en Newgate de febrero a junio de 1810. ↩

  10. Uno de los cuatro tellers (pagadores) de la Hacienda inglesa, cargo convertido en sinecura lucrativa. ↩

  11. «Deslices de lengua». ↩

  12. Los «burgos podridos», circunscripciones con muy pocos electores, dominadas por un patrón, que la reforma electoral de 1832 suprimió en su mayor parte. ↩

  13. Tras la caída del gabinete Aberdeen, a finales de enero de 1855, la reina encargó a Derby formar gobierno; Derby renunció y el encargo pasó finalmente a Palmerston. ↩

  14. «Mala fe». ↩