Escrito por Karl Marx y Friedrich Engels (correspondencia fechada en Londres el 16 de junio de 1855) y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 279, del 19 de junio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 301-302), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. La segunda parte resume el editorial de Engels para el New-York Daily Tribune «Los planes de guerra de Napoleón». Se corrigen dos erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 16 de junio. El debate sobre la moción de Layard1 no se llevó ayer a término, sino que se aplazó al lunes por la noche. Así que aplazamos de momento su caracterización.

Merece mención un incidente de la sesión de la Cámara de los Comunes. Durante los debates sobre la Conferencia de Viena, Palmerston había dejado caer que los peelitas habían puesto como condición para entrar en su gabinete la fijación de ciertas condiciones de paz. Russell defendió precisamente esas condiciones en Viena. Otway2 pidió ayer a Palmerston que aclarara si se atenía a unas condiciones de paz que procedían de los peelitas, es decir, de un partido que reconocidamente actúa en interés de Rusia. Gladstone se levantó y exigió que se llamara al orden al orador que lo acusaba de traición a él y a sus amigos. La llamada al orden se produjo. Otway, sin embargo, repitió su caracterización de los peelitas y su interpelación a Palmerston. Palmerston, como de costumbre, rehusó toda respuesta. Las condiciones de paz dependían, naturalmente, de los acontecimientos de la guerra. En cuanto a los peelitas, habían estipulado con él, en particular, que una «cierta» condición, que él tenía que callar, no se convirtiera en conditio sine qua non de la paz. Gladstone, en respuesta a Palmerston, negó por su parte haber negociado nunca con Palmerston sobre las condiciones de paz. Otra cosa quizá su amigo Graham. Por lo demás, protestaba contra el sistema de Palmerston, por un lado de afectada reserva oficial, por el otro de insinuación encubierta, alusión ambigua y comunicación a medias. Que el ministerio hablara con franqueza o callara del todo. Gladstone administró a Palmerston esta lección con bendita amargura.

El Gobierno francés ha dado en el Constitutionnel una nueva exposición sobre la conducción de la guerra en los próximos meses. Estas exposiciones se han vuelto ahora no solo de moda, sino también periódicas. Aunque en íntima contradicción consigo mismas, son valiosas como revelación de «todos los posibles» planes de campaña de Luis Bonaparte contra Rusia. Son valiosas en cuanto documentan la desaparición de una ilusión bonapartista tras otra. El primer plan era el de la «gran guerra» por medio de la alianza austriaca, con 500.000 austriacos y 100.000 franceses en el Vístula y el Dniéper. El plan habría asignado al ejército francés, respecto del austriaco, la misma posición numéricamente subordinada que ocupan los ingleses junto a los franceses en Crimea. Habría concedido a Rusia la iniciativa revolucionaria. Austria se negó a actuar. El plan cayó. El segundo plan era la «guerra de las nacionalidades», el levantamiento general de los «oprimidos que miran sin cesar hacia Occidente». Habría desatado una tormenta entre alemanes, italianos y húngaros, por un lado, y la insurrección eslava, por el otro. Repercutiendo en Francia, habría amenazado de muerte al «segundo» Imperio. El «hombre de hierro» de imitación retrocedió temblando. El plan cayó. Todo eso ya ha pasado. Austria ha cumplido su deber, Prusia ha cumplido su deber, todo el mundo ha cumplido su deber, y Bonaparte ha llegado al tercer y más modesto plan: «Guerra local para fines locales». Las tropas francesas de Crimea no luchan por la gloria; cumplen un mero servicio de policía. La cuestión pendiente es puramente local: la superioridad en el mar Negro, y ha de resolverse allí mismo. Dar a la guerra dimensiones mayores sería una necedad. «Respetuosa pero firmemente», los aliados aplastarán todo intento de los rusos de resistir en el mar Negro, y luego ellos o los rusos, o ambos, harán la paz. De las grandes frases no ha quedado nada, ni siquiera la frase de la civilización; nada más que la lucha por el tercer punto del protocolo de Viena. Una guerra con un fin solo local, observa el oráculo imperial, puede hacerse con medios solo locales. ¡Quitad solamente a los rusos la superioridad en el mar Negro! En la próxima carta demostraremos que, después de que Bonaparte haya descendido de la «gran guerra» a la «guerra de las nacionalidades» y de la «guerra de las nacionalidades» a la «guerra local para un fin local con medios locales», esta última guerra desemboca en lo «absurdo».

  1. Layard presentó el 15 de junio de 1855 una moción que deploraba que en los nombramientos públicos se sacrificara el mérito y la experiencia a la influencia de familia y a la rutina; fue rechazada el 18 de junio. ↩

  2. Arthur John Otway (1822-1912), diputado liberal. ↩