Escrito por Karl Marx en Londres el 2 de febrero de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 59, del 5 de febrero de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 29-32), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 2 de febrero. Anoche la Cámara de los Comunes volvió a suspender la sesión después de que Palmerston anunciara formalmente la dimisión del ministerio.
En la Cámara de los Lores, Aberdeen pronunció la oración fúnebre del «gabinete de todos los talentos». Se había opuesto a la moción de Roebuck, dijo, no porque su administración temiera la investigación, sino porque la moción violaba la Constitución. Aberdeen evita, sin embargo, ilustrarlo históricamente a la manera de su amigo Sidney Herbert, que preguntó a la Cámara de los Comunes si estaba dispuesta a imitar al Directorio francés (fundado en 1795), que había enviado comisarios a arrestar a Dumouriez, comisarios que, como se sabe, Dumouriez entregó a Austria en 1793.1 Semejante erudición la evita el thane escocés.2 Su gabinete, asegura, no podía sino ganar con una comisión investigadora. Va más lejos. Anticipa el resultado de la investigación en un panegírico de sí mismo y de sus colegas: primero del ministro de la Guerra, luego del ministro de Hacienda, luego del ministro de Marina, por último del ministro de Asuntos Exteriores. Cada uno en su puesto había sido grande: un talento. En cuanto a la posición militar de Inglaterra, la situación del ejército de Crimea era ciertamente enojosa, pero Bonaparte había contado a Europa que el ejército francés constaba de 581.000 hombres; además, había decretado una nueva leva de 140.000. Cerdeña había puesto a disposición de lord Raglan3 15.000 excelentes soldados. Si las negociaciones de paz de Viena fracasaban, tenían asegurada la ayuda de una gran potencia militar con un ejército de 500.000 hombres.
El thane escocés no padece en todo caso el mismo defecto que el gran economista e historiador Sismondi,4 que con un ojo, según él mismo cuenta, lo veía todo negro. Aberdeen ve con los dos ojos de color de rosa. Así, descubre en este momento una prosperidad floreciente en todos los distritos de Inglaterra, mientras que comerciantes, fabricantes y obreros pretextan sufrir una gran crisis comercial. De la sal ática que ya lord Byron elogiaba en el thane escocés,5 echa sobre su antagonista, lord Derby, la siguiente cantidad:
«¡Milores! Lo que el país necesita ahora es una administración fuerte. Cómo formarla no le correspondía a él decirlo. El rumor público había afirmado con seguridad que lord Derby había recibido de Su Majestad el encargo de emprender la formación de una administración. Pero como lo veía en su escaño, suponía que no era así y que el rumor público se equivocaba».
Para entender la finura ática de esta declaración es preciso ponerle al lado la respuesta de lord Derby:
«El noble conde de Aberdeen subestimaba la fuente de la que sacaba su noticia. No el rumor público, sino él mismo» (Derby) «había informado personalmente a Aberdeen, antes de dirigirse a la Cámara de los Lores, de la llamada que había recibido de la reina. El rumor público que había inducido al noble conde a creer posible que él» (Derby) «hubiera tenido una entrevista con Su Majestad era, por tanto, una fórmula retórica, empleada por el noble conde a causa de su habitual escrúpulo de guardarse de toda exageración y de exponer con imparcialidad cada parte de su pleito».
Con este motivo Derby declara también que la situación actual de los partidos y el estado presente de la Cámara de los Comunes no le habían permitido encargarse de formar un ministerio.
Para el auditorio de la Cámara de los Lores y para los propios nobles pares, las declaraciones del ministro de la Guerra, el duque de Newcastle,6 y el cuadro que trazó del interior de la «familia bien avenida» desplazaron no solo el interés por el ejército de Crimea, sino incluso el interés por la crisis ministerial. La exposición de lord John Russell en la Cámara de los Comunes le obligaba, dice el duque de Newcastle, a pronunciarse sobre su posición personal en el gabinete caído. El relato histórico de Russell no había sido ni completo ni fiel. Había insinuado que, cuando se separó el ministerio de la Guerra del de las Colonias, al consentir en que se confiara el de la Guerra al duque no había hecho más que ceder a regañadientes al «deseo vehemente» de Newcastle. Cuando el consejo de ministros decidió esa separación, él (Newcastle) había declarado, por el contrario: «En lo que a él personalmente se refería, estaba enteramente dispuesto a hacerse cargo de cualquiera de los dos departamentos o de ninguno». No recordaba que Russell hubiera expresado nunca el deseo de confiar el ministerio de la Guerra a lord Palmerston; sí, en cambio, que el propio Russell quiso una vez hacerse cargo de él. Él (Newcastle) nunca había pensado cerrarle el paso en esto. Había asumido el ministerio de la Guerra plenamente consciente de que, en caso de éxito, no se le atribuiría el mérito y, en caso de fracaso, se le echaría toda la culpa. Pero había considerado su deber no desertar de ese ingrato puesto de peligro y dificultades. Eso era lo que algunos llamaban su «arrogancia» y lord Russell, de un modo distinguido y protector, su «loable ambición». Lord Russell había ocultado deliberadamente a la Cámara de los Comunes el siguiente pasaje de una carta de Aberdeen al noble lord:
«He comunicado su carta al duque de Newcastle y a Sidney Herbert. Ambos, como era de esperar, me han instado vivamente a tomar, en lo tocante a sus puestos, las disposiciones que se crean más útiles para el servicio público».
Él (Newcastle) había declarado además de palabra al conde de Aberdeen en aquella ocasión:
«No dé usted a lord Russell ningún pretexto para salir del gabinete. No se oponga usted de ningún modo a su deseo de apartarme del cargo. Proceda conmigo como lo exija el bien del servicio público».
Lord John Russell había aludido misteriosamente en la Cámara de los Comunes a los errores que había denunciado por escrito a Aberdeen. Se había guardado mucho de leer los pasajes en cuestión. El primero se refería a no haber enviado a Crimea el 97.º regimiento desde Atenas, pero el ministro de Asuntos Exteriores había declarado inadmisible y peligroso dejar Atenas sin tropas inglesas.7 En cuanto al segundo error, no haber enviado 3.000 reclutas, lord Raglan había protestado contra nuevos envíos de soldados tan jóvenes e indisciplinados. Además, por entonces faltaban por completo vapores de transporte. Estos dos supuestos errores eran todo lo que había tramado Russell, que con sus colegas se reponía en los balnearios mientras él (Newcastle) había aguantado al pie del cañón y trabajado como un peón durante todo el año 1854. Por lo demás, el propio Russell le había escrito el 8 de octubre, a propósito de los «errores», en conclusión: «Usted ha hecho todo lo que era posible hacer, y yo abrigo las más optimistas esperanzas de éxito».
Aberdeen, por lo demás, había presentado a todo el consejo de ministros la propuesta de Russell sobre los cambios de personas. Había sido rechazada por unanimidad. El 13 de diciembre él (Newcastle) había defendido su administración en la Cámara de los Lores con un extenso discurso; el 16 de diciembre Russell había declarado a Aberdeen que había cambiado de opinión y renunciaba a su deseo de un cambio de cargos. Medidas y propuestas de reforma de la administración de la guerra, Russell no las había hecho nunca, con dos excepciones. Tres días antes de su dimisión y de la moción de Roebuck hubo consejo de ministros. Russell propone dar un carácter formal y oficial a las reuniones de los jefes de todos los departamentos militares que desde hacía algún tiempo se celebraban en la oficina del ministro de la Guerra. La propuesta de Russell fue aceptada. Poco después Russell envió una propuesta escrita que, además de la innovación ya aprobada en el consejo de ministros, solo contenía dos propuestas: 1.ª, crear una oficina suprema, con el ministro de la Guerra a la cabeza, que absorbiera la Oficina de Artillería y controlara toda la administración civil del ejército;8 2.ª, incorporar a esa oficina suprema dos oficiales superiores, además de los jefes que ya tenían los departamentos de la guerra. Russell declaró en la Cámara de los Comunes que había tenido todos los motivos para creer que sus «propuestas escritas» serían rechazadas. Esto era falso. La propuesta n.º 1 fue aceptada por Newcastle; la n.º 2 fue rechazada, entre otras razones, porque el «comisario general» que Russell quería incorporar es desde hace años un personaje mítico que ya no existe en el ejército inglés. De modo que Russell no había hecho nunca una propuesta que no se aceptara. Por lo demás, él (Newcastle) había declarado al conde de Aberdeen ya el 23 de enero que, decidiera lo que decidiera el Parlamento, a favor o en contra del ministerio, él saldría del ministerio. Solo no quería dar la impresión de escaparse antes de que el Parlamento hubiera pronunciado su juicio.
Lord John Russell, cuya vida entera, como dice el viejo Cobbett,9 no fue más que una serie de «falsos pretextos para vivir», ha muerto ahora también, como muestra el discurso de Newcastle, con falsos pretextos.
Charles-François Dumouriez (1739-1823), general francés, se pasó a los austriacos en abril de 1793 y les entregó a los comisarios que la Convención había enviado para arrestarlo. El Directorio no existía aún. ↩
Thane, antiguo título de la nobleza escocesa. George Hamilton-Gordon, conde de Aberdeen (1784-1860), primer ministro desde diciembre de 1852, era escocés. ↩
FitzRoy Somerset, lord Raglan (1788-1855), comandante en jefe del ejército británico en Crimea. ↩
Jean-Charles-Léonard Simonde de Sismondi (1773-1842), economista e historiador suizo. ↩
En English Bards and Scotch Reviewers (1809), Byron llama a Aberdeen, que había viajado por Grecia, «el thane viajero, el ateniense Aberdeen». ↩
Henry Pelham-Clinton, quinto duque de Newcastle (1811-1864), peelita, ministro de la Guerra de junio de 1854 a enero de 1855. ↩
Tropas británicas y francesas ocupaban el Pireo desde mayo de 1854 para impedir que Grecia entrara en la guerra al lado de Rusia. ↩
La Oficina de Artillería (Ordnance Office), dirigida por el Master-General of the Ordnance, que se ocupaba de la artillería, los ingenieros y los suministros militares. ↩
William Cobbett (1763-1835), periodista y panfletista radical inglés. ↩