Escrito por Karl Marx y Friedrich Engels en Londres el 5 y el 6 de enero de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núms. 11 y 13, del 8 y el 9 de enero de 1855. Una versión inglesa apareció como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4293, del 22 de enero de 1855, con el título «British Disaster in the Crimea — The British War System» en The Eastern Question (Londres, 1897). Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 597-601), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

N.º 11, 8 de enero de 1855

Londres, 5 de enero. ¿Quién es responsable del estado del ejército inglés en Crimea? Una mirada a la curiosa maquinaria de la administración de la guerra mostrará que la responsabilidad está repartida con tanta habilidad entre las distintas autoridades que roza a todas pero no se pega a ninguna. Todo el ejército británico tiene a su cabeza un Commander in Chief, un comandante supremo, una especie de condestable, figura que ha desaparecido en casi todos los demás ejércitos civilizados. De los Horse Guards, que así se llama la oficina de este comandante supremo porque está en el cuartel de los Horse Guards, salen casi todos los nombramientos militares. Sin embargo, sería un error suponer que este comandante en jefe tiene de hecho algo que mandar. Si posee algún control sobre la infantería y la caballería, la artillería, los ingenieros, los zapadores y los minadores quedan en cambio completamente fuera de la esfera de su influencia. Si ejerce alguna soberanía sobre pantalones, guerreras y corbatines, su influencia se estrella en cambio contra todos los capotes. Puede fijar cuántos cartuchos ha de llevar cada infante, pero no puede proveerle de un solo mosquete. Puede llevar a todos sus hombres ante un consejo de guerra y hacerlos azotar a placer, pero no puede ponerlos en movimiento, ni siquiera una pulgada. Marchar queda fuera de su competencia, y en cuanto a la manutención de sus tropas, es cosa que no le concierne en absoluto. Luego viene el Master General of the Ordnance, el intendente general de artillería y pertrechos. Esta figura es una triste reliquia de los tiempos en que la ciencia parecía indigna del soldado y todos los cuerpos científicos, como la artillería y los ingenieros, no se componían de soldados, sino que formaban una especie de cuerpo indescriptible, mitad sabios, mitad artesanos, reunidos en un gremio o corporación particular bajo el mando del Master General. Este intendente general tiene a su cargo, además de la artillería y los ingenieros, todos los capotes y las armas portátiles del ejército entero. Sin él, por tanto, no puede llevarse a cabo ninguna operación militar de ningún tipo. Su participación es indispensable. El siguiente en la serie es el Secretary at War, el ministro de la Guerra, pero que tampoco es el verdadero ministro de la Guerra, sino más bien el representante del ministerio de la Guerra en la Cámara de los Comunes, aunque es una autoridad del todo independiente. Este ministro de la Guerra no puede dar una orden a ninguna parte del ejército, pero puede impedir que cualquier parte del ejército haga cualquier cosa. Como es el jefe de las finanzas militares y todo acto militar cuesta dinero, su negativa a adelantar fondos equivaldría a un veto absoluto contra todas las operaciones. Pero por bien dispuesto que esté a abrir su caja, sigue siendo incapaz de poner en movimiento al ejército, porque no puede alimentarlo. Eso queda fuera de su esfera. La autoridad que alimenta al ejército y que, en caso de marcha, ha de proporcionarle los medios de transporte, la intendencia (Commissariat), está bajo el control del Tesoro. Así, el primer ministro, el primer lord del Tesoro, tiene la mano directamente en toda operación militar y puede acelerarla, retrasarla o pararla a su antojo. Todo el mundo sabe que en un ejército la intendencia es tan importante como los propios soldados, y precisamente por eso la sabiduría colectiva de la vieja Inglaterra ha considerado oportuno hacer la intendencia completamente independiente del ejército y ponerla bajo el control de un departamento esencialmente antibélico. Pero ¿quién pone al fin en movimiento al ejército? Antes el ministro de las Colonias, ahora el ministro para la Guerra,1 el jefe nominal del ministerio de la Guerra. Él ordena que las tropas vayan de Inglaterra a China y de la India al Canadá. Pero por sí sola su autoridad es tan impotente como la de las cuatro autoridades militares anteriores, puesto que se requiere la cooperación de las cinco para producir el más insignificante movimiento. Cada uno de estos cinco poderes tiene su propia burocracia con su propia rutina, y cada uno de ellos actúa bajo su propia responsabilidad.

El origen de este sistema reside evidentemente en las precauciones constitucionales contra el ejército permanente. En lugar de una división del trabajo, que daría al ejército la mayor agilidad, una división de poderes, que reduce al mínimo su capacidad de movimiento. Pero el sistema no se mantuvo en absoluto por escrúpulos parlamentarios o constitucionales, sino porque una reforma de la administración militar acorde con los tiempos rompería al mismo tiempo la influencia oligárquica, al menos en este terreno. En la última legislatura los ministros se negaron a admitir ninguna innovación, salvo la separación del ministerio de la Guerra del de las Colonias. Wellington mantuvo obstinadamente el sistema desde 1815 hasta su muerte,2 aunque sabía muy bien que con ese sistema nunca habría llevado a buen término la guerra de los Pirineos si por casualidad su hermano, el marqués de Wellesley, no hubiera estado en el ministerio.3 En 1832 y 1836, ante las comisiones que el Parlamento nombró para reformar el viejo sistema, Wellington defendió lo viejo en toda su extensión. ¿Temía hacer más fácil la gloria a sus sucesores?4

N.º 13, 9 de enero de 1855

Londres, 6 de enero. Ya conocemos el sistema de la administración de la guerra inglesa bajo cuyos auspicios estalló la guerra actual. Apenas habían desembarcado las tropas en su primera etapa, en Galípoli, cuando la comparación con el ejército francés reveló de inmediato el carácter subalterno de las disposiciones inglesas y la impotencia de los oficiales y de los funcionarios ingleses. Y allí la tarea era relativamente fácil. La llegada de las tropas se había anunciado con mucha antelación y el número de los desembarcados era pequeño. Sin embargo, todo salió mal. Cargamentos enteros se pudrieron en la playa donde se habían desembarcado primero; la falta de espacio obligó a enviar tropas a Escútari, etc., etc. El caos se anunciaba con signos inconfundibles, pero como era el comienzo de la guerra se esperaba que la experiencia creciente trajera la mejora. Las tropas llegaron luego a Varna. Su distancia de casa aumentó, su número aumentó, el desorden de la administración aumentó. La actuación independiente de los cinco departamentos que componen la administración, cada uno de ellos responsable ante un ministerio distinto en la metrópoli, produjo las colisiones inevitables. Reinaba la escasez en el campamento, mientras la guarnición de Varna disfrutaba de todas las comodidades. La intendencia reunió con la mayor parsimonia algunos medios de transporte en los alrededores; pero como el general en jefe no dio escolta a esos carros, los carreteros búlgaros desaparecieron más deprisa de lo que se los había reunido. Se formó entonces un depósito central en Constantinopla, una especie de primera base de operaciones. Solo sirvió para crear un nuevo centro de dificultades, demoras, cuestiones de competencia y riñas entre el ejército, la Ordnance, los pagadores, la intendencia y el ministerio de la Guerra. Con todo, en Galípoli, Escútari y Varna el ejército se encontraba todavía más o menos en estado de paz. Solo en Crimea tuvo la administración británica plena ocasión de desplegar su talento para la desorganización en toda su grandeza. ¡En efecto! De más de 60.000 hombres enviados a Oriente desde el pasado febrero, no quedan más de 17.000 en condiciones de servicio. De estos mueren 60 u 80 cada día y unos 200 a 250 quedan fuera de servicio diariamente por enfermedad, mientras que rara vez vuelve uno del hospital. ¡Y de los 43.000 muertos o heridos, los rusos no tienen en su conciencia ni 7.000!

Cuando se informó por primera vez a Inglaterra de que el ejército de Crimea carecía de alimento, de ropa y de techo, de que no había provisiones médicas ni quirúrgicas, de que los enfermos y heridos tenían que yacer o bien sobre la tierra fría y húmeda, expuestos al mal tiempo, o bien hacinados en las cubiertas de los barcos, sin cuidados ni lo más elemental para su curación; cuando se informó de que cientos de hombres morían por falta de lo más necesario, todo el mundo creyó que el gobierno había descuidado enviar al teatro de la guerra los suministros necesarios. Se confirmó, desde luego, que esta sospecha no había sido infundada para los primeros tiempos. Más tarde, sin embargo, resultó que se había enviado de todo, en parte muy por encima de las necesidades, pero que por desgracia todo llegaba siempre al lugar equivocado y en el momento equivocado. Las provisiones médicas estaban almacenadas en Varna y dejaban a los heridos en Crimea o en Escútari. Ropa y víveres llegaban a la vista de Crimea, pero no había nadie para desembarcarlos. Lo que por casualidad se desembarcaba podía pudrirse tranquilamente en la playa. La necesaria cooperación de la Marina introdujo un nuevo elemento de discordia, una nueva responsabilidad que también reclamaba ser oída en el campo de Agramante.5 La incapacidad, cubierta por las reglas de la rutina de tiempos de paz, reinaba de modo absoluto. En una de las regiones más ricas de Europa, en una costa bajo cuya protección estaban anclados cientos de transportes cargados de provisiones, el ejército británico vivía con medias raciones. Rodeado de innumerables rebaños, padecía escorbuto, porque estaba reducido a la carne salada. Con masas de leña y de carbón en los barcos, los soldados tenían tan poco en tierra firme que tenían que comerse la carne cruda y nunca podían secar la ropa que la lluvia había empapado. Cuando llegaba café, no solo venía sin moler, sino también sin tostar. Había masas de víveres, de bebidas, de ropa, de tiendas, embaladas en los barcos, cuyos mástiles casi tocaban las cimas de los acantilados sobre los que está levantado el campamento; y sin embargo, como Tántalo, las tropas británicas no podían alcanzarlas. Todo el mundo sentía el mal, todo el mundo corría de acá para allá maldiciendo y denunciaba a todo el mundo por faltar a su deber. Pero todo el mundo tenía también su propio fajo de reglamentos, cuidadosamente redactados, sancionados por la autoridad competente y que mostraban con toda claridad que lo que había que hacer no era asunto suyo y que por su parte no tenía facultades para poner las cosas en orden. Añádase ahora a este estado de cosas la creciente inclemencia del tiempo; los aguaceros, cuya estación propiamente apenas empieza, que convierten todo el Quersoneso heracleótico en un lodazal ininterrumpido, en un barrizal de más de una rodilla de alto; los soldados al menos dos de cada cuatro noches en las trincheras, mientras las otras dos duermen, empapados y enfangados, sobre el barro, sin tablas debajo y apenas con tiendas encima; los continuos toques de alarma; los calambres, las diarreas, etc., causados por la humedad, el frío, etc.; la dispersión por el campamento de un cuerpo médico demasiado débil de entrada, las tiendas hospital con 3.000 enfermos que yacen casi a la intemperie y sobre el suelo mojado; los barcos hospital y los hospitales de Escútari y de Constantinopla; y se comprenderá fácilmente que el ejército británico de Crimea esté en plena disolución y que los soldados den la bienvenida a la bala rusa que los libra de todas estas miserias.

  1. El cargo de secretario de Estado para la Guerra se separó del de las Colonias en junio de 1854; lo ocupaba el duque de Newcastle. ↩

  2. Arthur Wellesley, duque de Wellington (1769-1852), vencedor de Napoleón en Waterloo, fue comandante en jefe del ejército británico en 1827-1828 y de 1842 hasta su muerte. ↩

  3. Richard Wellesley, marqués de Wellesley (1760-1842), hermano mayor del duque, ministro de Asuntos Exteriores de 1809 a 1812, durante la guerra de la Independencia española. ↩

  4. En la versión inglesa del New-York Daily Tribune (22 de enero de 1855), según The Eastern Question (Londres, 1897), este párrafo termina así: «Por último, hemos de averiguar quién es el fundador y conservador de este hermoso sistema de administración. Nada menos que el viejo duque de Wellington. Se aferró a todos sus detalles como si tuviera un interés personal en hacer lo más difícil posible a sus sucesores rivalizar con él en gloria militar. Wellington, hombre de un sentido común eminente, pero sin genio alguno, era tanto más consciente de sus propias deficiencias en este aspecto cuanto que era contemporáneo y adversario del eminente genio de Napoleón. Wellington estaba, por tanto, lleno de envidia por el éxito de los demás. Es bien conocida su mezquindad para rebajar los méritos de sus auxiliares y aliados; nunca perdonó a Blücher que lo salvara en Waterloo. Wellington sabía muy bien que, si su hermano no hubiera sido ministro durante la guerra de España, nunca habría podido llevarla a buen término. ¿Temía Wellington que hazañas futuras lo dejaran en la sombra? ¿Y conservó por eso en toda su extensión esta maquinaria tan bien adaptada para encadenar a los generales y arruinar a los ejércitos?». ↩

  5. El campo de Agramante, rey moro del Orlando furioso de Ariosto, donde todos riñen con todos, es proverbial para la confusión y la discordia. ↩