Escrito por Karl Marx y Friedrich Engels (correspondencia fechada en Londres el 14 de septiembre de 1855) y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 435, del 18 de septiembre de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 536-538), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 14 de septiembre. «Repique de campanas y estruendo de cañones»: esa es en este momento la consigna del día en Inglaterra. Todo se ve de color de rosa, y cada edificio de alguna importancia, público o privado, está cubierto de banderas anglo-francesas. La misma escena en Manchester que en Londres, a pesar de la «escuela de Manchester»;1 en Edimburgo que en Manchester, a pesar de la filosofía escocesa. Nada es capaz en este momento de enfriar la embriaguez general, ni siquiera la extraordinaria lista de muertos que el telégrafo ha lanzado como un rayo hasta Londres. La derrota de los ingleses ante el Gran Redán y la toma del punto decisivo, el Malájov, por los franceses: solo este contraste empaña los gritos de victoria y pone algún límite a la fanfarronería. Quien comparta el viejo prejuicio —un prejuicio que debemos, como tantos otros, a la confusión acrítica de las condiciones sociales modernas con las antiguas—, el prejuicio de que la industria y el comercio destruyen el carácter guerrero de un pueblo, puede ahora convencerse de lo contrario en Inglaterra, incluso en Manchester, su metrópoli industrial. La cosa es muy sencilla. Entre los modernos, si no la riqueza del individuo, sí en todo caso la riqueza nacional aumenta con el aumento del trabajo; entre los antiguos aumentaba con la creciente ociosidad de la nación. Steuart, el economista escocés que publicó su importante obra diez años antes que Adam Smith,2 ya había encontrado y desarrollado esta idea.

El entusiasmo público, sin embargo, busca en vano alimento en los nuevos despachos telegráficos. Son tan pobres como rico fue el primero. Pélissier escribe que un matériel immense ha caído en manos de los aliados en Sebastopol. Suponemos que se trata de un montón de hierro viejo cuyo precio seguro que bajará.

El giro que tomen ahora las cosas depende en gran parte de los motivos que llevaron a los rusos al repentino abandono del lado sur. Una cosa es clara: las razones puramente tácticas y estratégicas fueron ajenas a esta decisión. Si Gorchakov hubiera considerado inseparable de la caída del Malájov el abandono de la Karabélnaya y de la ciudad, ¿para qué la enorme masa de obras de defensa en el interior del arrabal? A pesar de la posición dominante del Malájov, podían ganarse 5 o 6 semanas con una defensa obstinada, primero de las obras de defensa interiores del arrabal y luego de la ciudad misma. A juzgar por los mejores mapas, planos y maquetas, no existían razones puramente estratégicas o tácticas para el repentino abandono de lo que hasta entonces se había sostenido con tanta tenacidad. Solo quedan dos explicaciones posibles: la moral del ejército ruso estaba quebrantada hasta un punto que hacía desaconsejable volver a resistir detrás de las obras de defensa interiores de la ciudad. O la falta de provisiones empezaba a hacerse sentir, no solo en la ciudad, sino también en el campamento, o, por último, ambas cosas a la vez.

La serie casi ininterrumpida de derrotas que sufrió el ejército ruso desde Oltenița y Cetate3 hasta la batalla del Chernaya y el asalto del 8 de septiembre no puede sino haber desmoralizado a los sitiados, tanto más cuanto que una gran parte de ellos había sido testigo de las derrotas del Danubio y de Inkerman. Los rusos tienen sin duda una sensibilidad moral embotada y pueden por ello soportar las derrotas mejor que otras tropas. Pero también eso tiene necesariamente su límite. Una resistencia prolongada durante un tiempo excepcionalmente largo en una plaza sitiada es de por sí desmoralizadora. Implica sufrimientos, fatigas, falta de descanso, enfermedades y la presencia constante no del peligro agudo, que templa, sino del crónico, que quebranta. La derrota del Chernaya, donde estuvo empeñada una mitad del ejército de refresco, justamente los refuerzos que debían salvar el lado sur, y la toma del Malájov, la llave de toda la posición, estas dos derrotas tuvieron que completar la desmoralización. Como el Malájov dominaba el puente que llevaba al otro lado y los franceses podían destruirlo en cualquier momento, todo acceso se volvió problemático, y la retirada, el último refugio de las tropas. En cuanto a la falta de provisiones, hay síntomas de que empezaba a hacerse notar. La interrupción de la navegación rusa en el mar de Azov limitaba a los rusos a una sola línea de operaciones y recortaba, por tanto, sus suministros. La enorme dificultad de transportar víveres, munición, etc., a través de una estepa poco poblada creció, naturalmente, en cuanto solo quedó abierto el camino de Jersón. Los medios de transporte, reunidos por requisa en Ucrania y en las provincias del Don, tenían que irse desgastando poco a poco, y a las provincias más próximas, una vez agotadas, cada vez les resultaba más difícil reponerlos. Esta falta de suministros tuvo que manifestarse primero no en Sebastopol, donde se habían acumulado grandes reservas, sino en el campamento de Inkerman, en Bajchisarái y en la línea de marcha de los refuerzos. Solo así se explica que las dos divisiones de granaderos, que estaban en marcha desde hacía tanto tiempo y que ahora deben de estar en Perekop, no avanzaran ni tomaran parte en la batalla del Chernaya, y, por otro lado, que pese a la ausencia de esta mitad mejor de las tropas de refresco se arriesgara la batalla con una fuerza que no guardaba proporción alguna con su tarea. Si estos puntos de vista son correctos, a Gorchakov no le quedaba en efecto otra cosa que aprovechar la toma del Malájov para salvar a su guarnición con un pretexto decoroso.

  1. La corriente librecambista de los fabricantes de Manchester (Cobden, Bright), contraria a la guerra. ↩

  2. James Steuart (1712-1780), An Inquiry into the Principles of Political Oeconomy (1767); La riqueza de las naciones de Adam Smith es de 1776. ↩

  3. Combates de la guerra en el Danubio, en Oltenița (4 de noviembre de 1853) y Cetate (6 de enero de 1854), en los que los turcos rechazaron a los rusos. ↩