Escrito por Karl Marx en Londres el 22 de agosto de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 395, del 25 de agosto de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 498-500), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 22 de agosto. Los informes de los almirantes Pénaud y Dundas confirman el juicio que formulamos sobre la «gloriosa destrucción de Sveaborg, el Gibraltar del Norte» (terminología del Times). Hoy leemos, en efecto, en un diario de Londres:

«El gran bombardeo de Sveaborg es de tal naturaleza que lo único que puede decirse de él es que la propagación del incendio posiblemente causó al enemigo un daño considerable. Pero no parece que hayamos ganado mucho. El éxito no fue ni brillante ni sólido. En el Báltico todo sigue por hacer.»

El Times, ciertamente, que durante la estancia de la reina en Francia1 necesita buen tiempo y buenas noticias, que desde hace unos días solo pinta couleur de rose y finge padecer una epilepsia optimista, el Times se empeña obstinadamente en soñar con una destrucción de la «ciudad» de Sveaborg.

En cuanto al combate del Chernaya, para apreciarlo hacen falta ante todo informes más precisos. Todo depende, en efecto, de hasta qué punto la lucha giró en torno a los pasos del Chernaya y de hasta qué punto el nivel del agua hacía del río un verdadero obstáculo. Si la batalla se libró sin un obstáculo así ante el frente francés, deja una gran mancha sobre los rusos. Si, por el contrario, se trataba de forzar pasos que no podían rodearse, se explican las grandes pérdidas rusas, y la batalla puede ser honrosa para ambas partes. Pero sigue sin estar claro por qué los rusos, por su parte, no intentaron un movimiento envolvente por el valle de Baidar. Lo que es seguro es que, si los aliados no se van por su propia voluntad, los rusos han demostrado ahora su incapacidad para expulsarlos de la meseta y de la línea del Chernaya. Así queda restablecido el viejo atolladero.

El asalto al Malájov puede esperarse cualquier día. Si fracasa, los aliados se encontrarán en una mala situación. Si triunfa, cosa posible aunque con pérdidas enormes, no por eso estará perdido aún el lado sur, a menos que haya que evacuarlo por falta de víveres. Pero en todo caso los aliados habrían ganado entonces la perspectiva de expulsar de allí a los rusos antes del invierno. Las noticias sobre el estado sanitario del ejército inglés en Crimea son contradictorias. Según un informe, cada mes quedarían inútiles para el servicio en las trincheras 1.000 soldados ingleses. Lo positivo es que de un solo regimiento, el 10.º de húsares, de 676 hombres, hay 161 enfermos. El doctor Sutherland,2 jefe de la comisión sanitaria enviada a Crimea por el gobierno, escribe, entre otras cosas, en una carta dirigida al conde de Shaftesbury:3

«Semana que termina el 7 de julio: efectivos del ejército inglés, 41.593; total de defunciones, 150; muertos de cólera, 71; de fiebre, 17; de diarrea, 19; de disentería, 2. Semana que termina el 14 de julio: efectivos del ejército, 42.513; total de defunciones, 123; muertos de cólera, 55; de fiebre, 18; de diarrea, 10; de disentería, 5. De heridas murieron en la primera semana 44 y en la segunda 30; en total, 74.»

Las defunciones por enfermedad son, pues, a las defunciones por heridas, durante las dos primeras semanas de julio, casi como 4 a 1. El doctor Sutherland establece el siguiente contraste entre el estado sanitario del ejército en el invierno pasado y en el verano actual:

«La mortalidad del invierno tiene un carácter muy distinto de la mortalidad del verano. Apenas existe ahora ninguna de las causas, a saber, la mala alimentación, la falta de descanso, el exceso de trabajo, la falta de ropa y de abrigo, la exposición a la intemperie, que provocaron el escorbuto en casi todo el ejército. Entonces todos los casos de enfermedad eran escorbúticos, y de ahí la espantosa mortalidad en los hospitales de Escútari; solo podía compararse con la peste del hambre de Irlanda; ahora, en cambio, tenemos fiebre y cólera, cuya intensidad en nuestro campamento sin duda la ha mitigado el gran cuidado que se pone en los soldados.»

El estado sanitario del ejército sitiado es en este momento sin duda peor que el de los sitiadores. Sin embargo, la carta del doctor Sutherland puede reclamar tanto menos una confianza incondicional cuanto que un incidente reciente prueba que en el campamento inglés se castiga la crítica. Hará unas seis semanas, el Times publicó una carta anónima que denunciaba el trato imperdonable dado a los heridos tras la sangrienta matanza del 18 de junio.4 El departamento de Guerra exigió al Times el nombre del corresponsal. La exigencia fue rechazada, a menos que el señor Frederick Peel5 prometiera expresamente no perseguir al corresponsal por sus revelaciones. Peel no aceptó esa condición, pero denunció la negativa del Times en el Parlamento. El señor Bakewell (médico ayudante), autor de la carta en cuestión, había obtenido entretanto un permiso por enfermedad para ir a Escútari. Esto ocurrió a mediados de julio. Las autoridades del campamento descubrieron por uno u otro medio que era el autor. A sus espaldas y durante su ausencia, se constituyó con los altos oficiales médicos, comprometidos en gran parte ellos mismos por la carta de Bakewell, un tribunal de investigación que lo condenó sin haberle dado ocasión de defenderse ni de probar su acusación. El 3 de agosto se hizo pública su destitución en una orden del día general del ejército. Por este incidente puede medirse el crédito que merecen los informes oficiales u oficiosos ingleses sobre el estado sanitario del ejército, el cuidado de los heridos, etc.

  1. La visita oficial de la reina Victoria a Napoleón III en París, del 18 al 27 de agosto de 1855. ↩

  2. John Sutherland (1808-1891), médico escocés, jefe de la comisión sanitaria enviada a Crimea en la primavera de 1855. ↩

  3. Anthony Ashley-Cooper, conde de Shaftesbury (1801-1885), político tory y filántropo, promotor de las leyes fabriles. ↩

  4. El asalto fallido de franceses e ingleses al Malájov y al Gran Redán del 18 de junio de 1855. ↩

  5. Frederick Peel (1823-1906), hijo del primer ministro Robert Peel, subsecretario de Guerra en 1855. ↩