Serie de artículos que Karl Marx escribió en inglés con el título «Revelations of the Diplomatic History of the 18th Century» y publicó en el Sheffield Free Press y, completa, en The Free Press de Londres (16 de agosto de 1856 - 1 de abril de 1857). Su hija Eleanor Marx Aveling la preparó como libro, que apareció después de su muerte, sin su revisión final, con el título Secret Diplomatic History of the Eighteenth Century (Londres, Swan Sonnenschein, 1899). Traducido de esa edición (Project Gutenberg, n.º 32370) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas marcadas «(Nota de Marx.)» son del original; las demás, nuestras. Texto original en inglés.

Capítulo I

N.º 1. El señor Rondeau1 a Horace Walpole.2

«San Petersburgo, 17 de agosto de 1736.3

«... Deseo de todo corazón ... que se pudiera llevar a los turcos a dignarse dar el primer paso, pues esta corte parece resuelta a no escuchar nada hasta que lo hayan dado, para mortificar a la Puerta, que en todas las ocasiones ha hablado de los rusos con el mayor desprecio, cosa que la zarina y sus actuales ministros no pueden soportar. En lugar de estar agradecido a Sir Everard Fawkner y al señor Thalman (el primero, embajador británico, y el segundo, embajador holandés en Constantinopla) por informarles de las buenas disposiciones de los turcos, el conde Osterman4 no se deja persuadir de que la Puerta sea sincera, y pareció muy sorprendido de que les hubieran escrito a ellos (al gabinete ruso) sin orden del rey y de los Estados Generales, o sin que se lo pidiera el gran visir, y de que su carta no se hubiera concertado con el ministro del emperador en Constantinopla.... He mostrado al conde Biron5 y al conde Osterman las dos cartas que el gran visir ha escrito al rey, y al mismo tiempo he dicho a estos caballeros que, como había en ellas varias reflexiones duras sobre esta corte, no se las habría comunicado si no hubieran tenido tanto deseo de verlas. El conde Biron dijo que eso no era nada, pues estaban acostumbrados a que los turcos los trataran de esa manera. Rogué a sus excelencias que no hicieran saber a la Puerta que habían visto esas cartas, lo cual más bien agravaría las cosas que contribuiría a arreglarlas....»

N.º 2. Sir George Macartney6 al conde de Sandwich.7

«San Petersburgo, 1 (12) de marzo de 1765.

«Muy secreta.8

«... Ayer el señor Panin9 y el vicecanciller, junto con el señor Osten, ministro danés, firmaron un tratado de alianza entre esta corte y la de Copenhague. Por uno de los artículos, una guerra con Turquía se convierte en casus fœderis; y siempre que tal cosa ocurra, Dinamarca se obliga a pagar a Rusia un subsidio de 500.000 rublos anuales, en pagos trimestrales. Dinamarca promete también, por un artículo secretísimo, desligarse de todo vínculo con Francia, y solo pide un plazo limitado para procurar cobrar los atrasos que le debe la corte de Francia. En todo caso, ha de entrar de inmediato en todas las miras de Rusia en Suecia y actuar enteramente con ella, aunque no abiertamente, en ese reino. O yo me engaño o el señor Gross10 ha entendido mal sus instrucciones cuando dijo a vuestra señoría que Rusia se proponía detenerse en seco y dejar toda la carga de Suecia sobre Inglaterra. Por mucho que esta corte desee que paguemos una gran parte de todo compromiso pecuniario, me aseguran que siempre preferirá llevar la voz cantante en Estocolmo. Su designio, su ardiente deseo, es hacer causa común con Inglaterra y Dinamarca para la total aniquilación del interés francés allí. Esto no puede hacerse, sin duda, sin un gasto considerable; pero Rusia, por el momento, no parece tan poco razonable como para esperar que PAGUEMOS NOSOTROS EL TOTAL. Se me ha insinuado que 1.500 libras anuales por nuestra parte bastarían para sostener nuestro interés e impedir de modo absoluto que los franceses vuelvan jamás a hacerse con Estocolmo.

«Los suecos, muy sensibles a la situación de dependencia en que han estado durante muchos años, y muy mortificados por ella, son extremadamente celosos de toda potencia que se entrometa en sus asuntos, y en particular de sus vecinos los rusos. Esta es la razón que se me da de que esta corte desee que nosotros y ellos actuemos por cuenta SEPARADA, conservando no obstante entre nuestros respectivos ministros una confianza sin reservas. Que nuestro primer cuidado sea no establecer una facción con el nombre de facción rusa o de facción inglesa, sino, puesto que aun los hombres más sabios se dejan engañar por un mero nombre, procurar que NUESTROS amigos se distingan como los amigos de la libertad y de la independencia. En la actualidad tenemos la superioridad, y la generalidad de la nación está persuadida de cuán ruinosos han sido sus vínculos con Francia y de cuán destructivos serán, si continúan, para sus verdaderos intereses. El señor Panin no desea en modo alguno que se haga el menor cambio en la constitución de Suecia.11 Desea que la autoridad real se conserve sin aumentarse y que los privilegios del pueblo se mantengan sin violación. No dejaba de temer, sin embargo, el espíritu ambicioso e intrigante de la reina, pero la gran vigilancia ministerial del conde Osterman ha calmado ahora por completo sus aprensiones a ese respecto.

«Con esta nueva alianza con Dinamarca y con el éxito en Suecia, del que esta corte no duda si se la secunda como es debido, el señor Panin habrá llevado a efecto en cierta medida su gran proyecto de unir a las potencias del Norte.12 Nada faltará entonces para hacerlo enteramente perfecto sino la conclusión de un tratado de alianza con Gran Bretaña. Estoy persuadido de que esta corte lo desea ardientísimamente. La emperatriz se ha expresado más de una vez en términos que lo señalaban con fuerza. Su ambición es formar, mediante tal unión, cierto contrapeso al pacto de familia13 y frustrar en lo posible todas las miras de las cortes de Viena y Versalles, contra las que está irritada con un resentimiento poco común. No debo ocultar, sin embargo, a vuestra señoría que no podemos tener esperanza alguna de tal alianza si no convenimos, por algún artículo secreto, en pagar un subsidio en caso de guerra turca, pues no se nos pedirá dinero salvo en una emergencia de esa naturaleza. Me precio de haber persuadido a esta corte de lo poco razonable que es esperar subsidio alguno en tiempo de paz, y de que una alianza en pie de igualdad será más segura y más honrosa para ambas naciones. Puedo asegurar a vuestra señoría que el que una guerra turca sea casus fœderis, inserto bien en el cuerpo del tratado, bien en un artículo secreto, será condición sine quâ non en toda negociación que tengamos que abrir con esta corte. La obstinación del señor Panin en ese punto se debe al incidente que voy a referir. Cuando se negociaba el tratado entre el emperador y el rey de Prusia, el conde Bestúzhev, enemigo mortal de este último, propuso la cláusula turca, persuadido de que el rey de Prusia nunca se sometería a ella, y halagándose con la esperanza de hacer saltar aquella negociación con su negativa. Pero este viejo político, al parecer, se equivocó en su conjetura, pues su majestad consintió inmediatamente en la propuesta a condición de que Rusia no hiciera alianza con ninguna otra potencia sino en los mismos términos.14 Este es el hecho real, y para confirmarlo, hace unos días el conde Solme, ministro prusiano, vino a visitarme y me dijo que, si esta corte tenía intención de concluir una alianza con la nuestra sin tal cláusula, él tenía órdenes de oponerse a ella del modo más enérgico. Se me ha dado a entender que, si Gran Bretaña fuera menos inflexible en ese artículo, Rusia lo sería menos en el de los derechos de exportación del tratado de comercio, del que el señor Gross dijo a vuestra señoría que esta corte nunca se apartaría. Al mismo tiempo, una persona que goza en el más alto grado de la confianza del señor Panin me aseguró que, si emprendíamos el tratado de alianza, el tratado de comercio avanzaría con él passibus æquis;15 que entonces este último se sacaría por completo de manos del Colegio de Comercio, donde se habían suscitado tantos reparos y altercados, y se resolvería solo entre el ministro y yo, y que estaba seguro de que se concluiría a nuestra satisfacción, siempre que se admitiera la cláusula turca en el tratado de alianza. Se me dijo también que, en caso de que los españoles atacaran Portugal, podríamos tener a nuestro sueldo 15.000 rusos para enviarlos a ese servicio. Debo rogar a vuestra señoría que en ningún caso mencione al señor Gross el artículo secreto del tratado danés.... Mucho me temo que ese caballero no es amigo de Inglaterra.»16

N.º 3. Sir James Harris17 a lord Grantham.18

«San Petersburgo, 16 (27 de agosto) de 1782.

«(Privada.)

«... A mi llegada aquí encontré la corte muy distinta de como me la habían descrito. Lejos de sentir parcialidad alguna por Inglaterra, sus inclinaciones eran enteramente francesas. El rey de Prusia (que entonces tenía el oído de la emperatriz) ejercía su influencia contra nosotros. El conde Panin lo ayudaba poderosamente; Lacy y Corberon, los ministros borbónicos, eran astutos e intrigantes; el príncipe Potemkin había sido trabajado por ellos; y toda la tribu que rodeaba a la emperatriz —los Shuválov, los Stróganov y los Chernyshov— eran lo que siguen siendo, mozos de peluquero de París.19 Los acontecimientos secundaron sus esfuerzos. La ayuda que los franceses fingieron prestar a Rusia para arreglar sus disputas con la Puerta, y el hecho de que las dos cortes se unieran inmediatamente después como mediadoras en la paz de Teschen,20 contribuyeron no poco a reconciliarlas entre sí. No me sorprendió, por tanto, que todas mis negociaciones con el conde Panin, de febrero de 1778 a julio de 1779, fracasaran, pues él se proponía impedir, no promover, una alianza. En vano hicimos concesiones para obtenerla. Siempre suscitaba nuevas dificultades; siempre tenía a punto nuevos obstáculos. Entretanto, de mi aparente confianza en él resultó un mal muy grave. Se valió de ella para transmitir en sus informes a la emperatriz no el lenguaje que yo empleaba y los sentimientos que de verdad expresaba, sino el lenguaje y los sentimientos que él deseaba que yo empleara y expresara. Con igual cuidado me ocultaba las opiniones y los sentimientos de ella; y mientras a ella le pintaba a Inglaterra como obstinada, arrogante y reservada, a mí me pintaba a la emperatriz como disgustada, hastiada e indiferente a nuestros asuntos; y estaba tan convencido de haber cerrado, con esta doble tergiversación, toda vía de éxito que, cuando le presenté la declaración española, se atrevió a decirme, en calidad de ministro: “Que Gran Bretaña, con su propia conducta altanera, había atraído sobre sí todas sus desgracias; que estas habían llegado a su colmo; que debíamos consentir en cualquier concesión para obtener la paz, y que no podíamos esperar ni ayuda de nuestros amigos ni indulgencia de nuestros enemigos”. Tuve la suficiente templanza para no dejarme llevar por mis sentimientos en esta ocasión.... Me dirigí sin pérdida de tiempo al príncipe Potemkin y, por su mediación, la emperatriz se dignó recibirme a solas en Peterhof. Tuve tanta fortuna en esta entrevista que no solo borré todas las malas impresiones que tenía contra nosotros, sino que, exponiendo bajo su verdadera luz nuestra situación y los intereses inseparables de Gran Bretaña y Rusia, suscité en su ánimo la decidida resolución de ayudarnos. Esta resolución me la declaró en términos expresos. Cuando esto trascendió —y el conde Panin fue el primero en saberlo—, se convirtió en mi enemigo implacable y encarnizado. No solo estorbó mis negociaciones públicas con falsedades y con un ejercicio sumamente indebido de su influencia, sino que empleó todos los medios que la malicia más baja y vengativa pudo sugerirle para desacreditarme y perjudicarme personalmente; y, por las acusaciones infamísimas que me imputó, de haber sido yo propenso al miedo habría podido temer de sus manos los ataques más infames. Esta persecución implacable continúa todavía; ha sobrevivido a su ministerio. Pese a las seguridades positivas que yo había recibido de la propia emperatriz, halló medios, primero, de hacer vacilar y, después, de alterar sus resoluciones. Lo ayudó, en efecto, muy oficiosamente su majestad prusiana, que entonces estaba tan empeñado en derribar nuestro interés como ahora parece ansioso por restablecerlo. Sin embargo, no me desanimó esta primera decepción y, redoblando mis esfuerzos, he llevado dos veces más, en el curso de mi misión, a la emperatriz al borde (!) de declararse abiertamente amiga nuestra, y cada vez mis esperanzas se fundaban en seguridades salidas de su propia boca. La primera fue cuando nuestros enemigos urdieron la neutralidad armada;21 la otra, cuando se le ofreció Menorca. Aunque en la primera de estas ocasiones encontré la misma oposición, desde el mismo lado, que ya había experimentado antes, me veo obligado a decir que la causa principal de mi fracaso fue la manera tan torpe en que respondimos a la famosa declaración de neutralidad de febrero de 1780. Como sabía bien de qué lado vendría el golpe, estaba preparado para pararlo. Mi opinión era: “Si Inglaterra se siente lo bastante fuerte para prescindir de Rusia, que rechace de una vez esas doctrinas novedosas; pero si su situación es tal que necesita ayuda, que ceda a la necesidad del momento, que las reconozca en cuanto se refieren a Rusia sola y que, con un oportuno acto de complacencia, se asegure un amigo poderoso”.22 Mi opinión no fue acogida; se dio una respuesta ambigua y acomodaticia; parecíamos tener el mismo miedo a aceptarlas que a rechazarlas. Se me dieron instrucciones de oponerme a ellas en secreto, pero de aceptarlas abiertamente, y algunas expresiones imprudentes de uno de sus servidores de confianza de entonces, empleadas al hablar con el señor Simolin, en directa contradicción con el lenguaje mesurado y cordial que ese ministro había oído de lord Stormont, irritaron a la emperatriz en grado sumo y completaron la antipatía y la mala opinión que tenía de aquella administración.23 Nuestros enemigos se aprovecharon de estas circunstancias.... Sugerí la idea de ceder Menorca a la emperatriz porque, como me era evidente que en la paz nos veríamos obligados a hacer sacrificios, me parecía más sensato hacerlos a nuestros amigos que a nuestros enemigos. La idea fue adoptada en Londres en toda su extensión,24 y nada podía estar más perfectamente calculado para el meridiano de esta corte que las juiciosas instrucciones que recibí en esta ocasión de lord Stormont. Por qué fracasó este proyecto es algo que todavía no alcanzo a saber. Nunca vi a la emperatriz inclinarse con tanta fuerza por una medida como por esta antes de que yo tuviera plenos poderes para negociar, ni nunca me asombré más que cuando la vi retroceder en su propósito al llegar estos. Lo atribuí entonces, en mi fuero interno, a la arraigada aversión que tenía a nuestro ministerio y a su total falta de confianza en él; pero desde entonces me inclino más a creer que consultó sobre el asunto al emperador (de Austria), y que este no solo la convenció de que declinara la oferta, sino que traicionó el secreto a Francia, y que así se hizo público. No puedo explicarme de otro modo este rápido cambio de sentimiento de la emperatriz, sobre todo porque el príncipe Potemkin (fuera lo que fuese en otras transacciones) fue sin duda en esta cordial y sincero en su apoyo y, tanto por lo que vi entonces como por lo que he sabido después, deseaba su éxito tanto como yo. Observaréis, milord, que la idea de presentar a la emperatriz como mediadora amistosa iba de la mano con la cesión propuesta de Menorca. Como esta idea ha dado origen a lo que ha seguido después y nos ha envuelto en todos los dilemas de la presente mediación, será necesario que explique cuáles eran entonces mis miras y que me exculpe de haber puesto a mi corte en una situación tan embarazosa; mi deseo y mi intención eran que fuese la única mediadora, sin adjunto; si habéis examinado lo que pasó entre ella y yo en diciembre de 1780, vuestra señoría comprenderá fácilmente qué razones tan poderosas tenía yo para imaginar que sería una mediadora amistosa e incluso parcial.25 Sabía, en efecto, que no estaba a la altura de la tarea; pero sabía también cuánto halagaría su vanidad esta distinción, y era muy consciente de que, una vez comprometida, persistiría y se vería inevitablemente envuelta en nuestra querella, sobre todo cuando se viera (y se vería) que la habíamos obsequiado con Menorca. El anexar a la mediación la otra corte imperial (la austriaca) echó por tierra por completo este plan. No solo le dio un pretexto para no cumplir su palabra, sino que la picó y la mortificó; y bajo esta impresión traspasó todo el asunto a la colega que le habíamos dado y ordenó a su ministro en Viena que suscribiera implícitamente cuanto propusiera aquella corte. De ahí todos los males que han surgido desde entonces, y de ahí los que padecemos en este momento. Yo nunca he podido convencerme de que la corte de Viena, mientras el príncipe Kaunitz dirija sus medidas, pueda querer bien alguno a Inglaterra ni mal alguno a Francia. No fue con esa mira con la que procuré promover su influencia aquí, sino porque encontraba la de Prusia en constante oposición a mí, y porque pensaba que, si por algún medio podía abatir esta, me libraría de mi mayor obstáculo. Me equivoqué y, por una singular fatalidad, las cortes de Viena y Berlín parecen no haberse puesto nunca de acuerdo en nada salvo en la disposición a perjudicarnos aquí por turnos.26 La propuesta relativa a Menorca fue el último intento que hice para inducir a la emperatriz a declararse. Había agotado mis fuerzas y mis recursos; la libertad con que había hablado en mi última entrevista con ella, aunque respetuosa, la había disgustado; y desde ese momento hasta la caída de la anterior administración me he visto reducido a actuar a la defensiva.... He tenido más dificultad para impedir que la emperatriz nos hiciera daño que la que tuve nunca al intentar comprometerla a hacernos bien. Fue para evitar el mal por lo que me incliné con fuerza por la aceptación de su mediación única entre nosotros y Holanda, cuando su majestad imperial la ofreció por primera vez. El extremo descontento que mostró ante nuestra negativa justificó mi opinión; y TOMÉ SOBRE MÍ, cuando se propuso por segunda vez, instar a la necesidad de aceptarla (AUNQUE SABÍA QUE ERA CONTRARIO A LOS SENTIMIENTOS DE MI SUPERIOR), pues creía firmemente que, si la hubiéramos rechazado de nuevo, la emperatriz, en un momento de cólera, se habría unido a los holandeses contra nosotros. Tal como están las cosas, todo ha ido bien; nuestra juiciosa conducta ha transferido a ellos el mal humor que ella tenía en un principio con nosotros, y ahora es tan parcial a nuestra causa como antes lo era a la suya. Desde el nuevo ministerio en Inglaterra, mi camino se ha allanado; la grande y nueva senda abierta por vuestro predecesor27 y que vos, milord, seguís, ha operado en el continente un cambio sumamente ventajoso a nuestro favor. Nada, en verdad, sino acontecimientos que la toquen de cerca inducirá nunca, creo, a su majestad imperial a tomar parte activa; pero hay ahora un vivo ardor de amistad a nuestro favor; aprueba nuestras medidas; confía en nuestro ministerio y se abandona a esa predilección que sin duda siente por nuestra nación. Nuestros enemigos lo saben y lo sienten; eso los mantiene a raya. Este es un esbozo sucinto pero exacto de lo que ha pasado en esta corte desde el día de mi llegada a San Petersburgo hasta la hora presente. De él pueden deducirse varias conclusiones.28 Que la emperatriz se guía por sus pasiones, no por la razón y los argumentos; que sus prejuicios son muy fuertes, se adquieren fácilmente y, una vez fijados, son inamovibles; mientras que, por el contrario, no hay camino seguro para ganar su buena opinión; que, aun obtenida, está sujeta a perpetua fluctuación y expuesta a torcerse por los incidentes más nimios; que hasta que no se ha embarcado de lleno en un plan no cabe fiarse de seguridad alguna, pero que, una vez embarcada de lleno, nunca se retracta y se la puede llevar hasta donde se quiera; que, con dotes muy brillantes, un espíritu elevado y una sagacidad poco común, le faltan juicio, precisión de ideas, reflexión y EL ESPÍRITU DE COMBINACIÓN(!!)29 Que sus ministros ignoran el bienestar del Estado o les es indiferente, y actúan por sumisión pasiva a su voluntad o por motivos de partido y de interés privado.»30

  1. (Manuscrito) Relación sobre Rusia al comienzo del reinado del emperador Pablo, redactada por el reverendo L. K. Pitt, capellán de la Factoría31 de San Petersburgo y pariente cercano de William Pitt.32

Extracto.

«Apenas puede caber duda acerca de los verdaderos sentimientos de la difunta emperatriz de Rusia sobre las grandes cuestiones que en los últimos años han convulsionado todo el sistema de la política europea. Sin duda percibió desde el principio la tendencia funesta de los nuevos principios, pero quizá no le disgustaba ver a todas las potencias europeas agotarse en una lucha que realzaba, en proporción a su violencia, su propia importancia. Es más que probable que el estado de las provincias recién adquiridas en Polonia fuese asimismo un punto que tuvo considerable influencia en la conducta política de Catalina. Los efectos funestos derivados del temor a una revuelta en el reciente escenario de la conquista parecen haberlos sentido en grado muy alto las potencias coaligadas, que en el primer periodo de la Revolución estuvieron tan cerca de restablecer el gobierno regular en Francia. El mismo temor a una revuelta en Polonia, que dividió la atención de las potencias coaligadas y apresuró su retirada, disuadió también a la difunta emperatriz de Rusia de entrar en el gran teatro de la guerra hasta que una combinación de circunstancias hizo del avance de los ejércitos franceses un mal más peligroso que cualquiera que pudiera resultar para el Imperio ruso de unas operaciones activas.... Las últimas palabras que se sabe que pronunció la emperatriz fueron dirigidas a su secretario cuando lo despidió la mañana del día en que sufrió el ataque: “Decid al príncipe” (Zúbov), dijo, “que venga a verme a las doce y que me recuerde que firme el tratado de alianza con Inglaterra”.»

Tras extenderse en amplias consideraciones sobre los actos y extravagancias del emperador Pablo, el reverendo señor Pitt continúa así:

«Solo cuando se tienen presentes estas consideraciones puede apreciarse con justicia la naturaleza de la reciente separación de la coalición y de las incalculables afrentas infligidas al gobierno de Gran Bretaña.... Pero los lazos que la unen (a Gran Bretaña) al Imperio ruso los ha formado la naturaleza y son inviolables. Unidas, estas naciones casi podrían desafiar al mundo unido; divididas, la fuerza y la importancia de cada una quedan FUNDAMENTALMENTE menoscabadas. Inglaterra tiene motivos para lamentar con Rusia que el cetro imperial se empuñe de modo tan inconsecuente, pero es solo el soberano de Rusia quien divide los imperios.»

El reverendo caballero concluye su relación con estas palabras:

«Hasta donde la previsión humana puede penetrar en este momento, la desesperación de un individuo enfurecido parece un medio más probable de poner fin a la presente escena de opresión que cualquier combinación más sistemática de medidas para devolver al trono de Rusia su dignidad e importancia.»33

Capítulo II

Los documentos publicados en el primer capítulo van desde el reinado de la emperatriz Ana hasta el comienzo del reinado del emperador Pablo, y abarcan así la mayor parte del siglo XVIII. A finales de ese siglo se había convertido, como dice el reverendo señor Pitt, en dogma abiertamente profesado y ortodoxo de la diplomacia inglesa «que los lazos que unen a Gran Bretaña al Imperio ruso los ha formado la naturaleza y son inviolables».

Al examinar estos documentos, hay algo que nos sorprende aún más que su contenido, a saber, su forma. Todas estas cartas son «confidenciales», «privadas», «secretas», «muy secretas»; pero, pese al secreto, la privacidad y la confidencia, los estadistas ingleses conversan entre sí sobre Rusia y sus gobernantes en un tono de reserva reverencial, abyecto servilismo y cínica sumisión que nos llamaría la atención incluso en los despachos públicos de los estadistas rusos. Los diplomáticos rusos recurren al secreto para ocultar intrigas contra naciones extranjeras. Los diplomáticos ingleses adoptan el mismo método para expresar libremente su devoción a una corte extranjera. Los despachos secretos de los diplomáticos rusos están sahumados con cierto perfume equívoco. Es en parte el humo de falsedad,34 como dice el duque de Saint-Simon,35 y en parte esa coqueta ostentación de la propia superioridad y astucia que imprime a los informes de la policía secreta francesa su carácter indeleble. Incluso los despachos magistrales de Pozzo di Borgo36 están manchados con este borrón común de la literatura de lupanar.37 En este punto los despachos secretos ingleses resultan muy superiores. No afectan superioridad, sino necedad. Por ejemplo, ¿puede haber algo más necio que el señor Rondeau informando a Horace Walpole de que ha revelado deslealmente al ministro ruso las cartas dirigidas por el gran visir turco al rey de Inglaterra, pero que había dicho «al mismo tiempo a esos caballeros que, como había en ellas varias reflexiones duras sobre la corte rusa, no se las habría comunicado si no hubieran tenido tanto deseo de verlas», y que luego pidió a sus excelencias que no dijeran a la Puerta que las habían visto (las cartas)? A primera vista, la infamia del acto se ahoga en la necedad del hombre. O tomemos a Sir George Macartney. ¿Puede haber algo más necio que su felicidad porque Rusia pareciera lo bastante «razonable» como para no esperar que Inglaterra «pagara TODOS LOS GASTOS» por «preferir» Rusia «llevar la voz cantante en Estocolmo»; o su «preciarse» de haber «persuadido a la corte rusa» de que no fuera tan «poco razonable» como para pedir a Inglaterra, en tiempo de paz, subsidios para un tiempo de guerra contra Turquía (entonces aliada de Inglaterra); o su advertencia al conde de Sandwich de «no mencionar» al embajador ruso en Londres los secretos que el canciller ruso le había comunicado a él en San Petersburgo? ¿O puede haber algo más necio que Sir James Harris susurrando confidencialmente al oído de lord Grantham que Catalina II carecía de «juicio, precisión de ideas, reflexión y espíritu de combinación»?38

Por otra parte, véase la fría desvergüenza con que Sir George Macartney informa a su ministro de que, como los suecos estaban extremadamente celosos de su dependencia de Rusia y mortificados por ella, la corte de San Petersburgo encargaba a Inglaterra que hiciera el trabajo de Rusia en Estocolmo ¡bajo los colores británicos de la libertad y la independencia! O a Sir James Harris aconsejando a Inglaterra que entregara a Rusia Menorca y el derecho de visita,39 y el monopolio de la mediación en los asuntos del mundo, no para obtener ventaja material alguna, ni siquiera un compromiso formal por parte de Rusia, sino solo «un vivo ardor de amistad» de la emperatriz y la transferencia a Francia de su «mal humor».

Los despachos secretos rusos siguen la línea muy simple de que Rusia se sabe sin interés común alguno con las demás naciones, pero de que hay que persuadir a cada nación por separado de que tiene intereses comunes con Rusia con exclusión de todas las demás. Los despachos ingleses, por el contrario, nunca se atreven siquiera a insinuar que Rusia tenga intereses comunes con Inglaterra, sino que solo se esfuerzan por convencer a Inglaterra de que tiene intereses rusos. Los propios diplomáticos ingleses nos dicen que este fue el único argumento que alegaron cuando se vieron cara a cara con los potentados rusos.

Si los despachos ingleses que hemos puesto ante el público estuvieran dirigidos a amigos particulares, solo marcarían con la infamia a los embajadores que los escribieron. Dirigidos secretamente, como lo están, al propio gobierno británico, lo clavan para siempre en la picota de la historia; y esto parecen haberlo sentido instintivamente incluso los escritores whigs, porque ninguno se ha atrevido a publicarlos.

Surge naturalmente la pregunta de en qué época tiene su origen este carácter ruso de la diplomacia inglesa, convertido en tradicional en el curso del siglo XVIII. Para aclarar este punto debemos remontarnos a la época de Pedro el Grande, que, en consecuencia, constituirá el tema principal de nuestras investigaciones. Nos proponemos emprender esta tarea reimprimiendo algunos folletos ingleses escritos en tiempos de Pedro I, que o bien han escapado a la atención de los historiadores modernos, o bien no les han parecido merecedores de ninguna. Bastarán, sin embargo, para refutar el prejuicio, común a los escritores continentales e ingleses, de que los designios de Rusia no se comprendieron ni se sospecharon en Inglaterra hasta una época posterior, y demasiado tardía; de que las relaciones diplomáticas entre Inglaterra y Rusia no fueron sino el fruto natural de los intereses materiales mutuos de los dos países, y de que, por tanto, al acusar de rusismo a los estadistas británicos del siglo XVIII cometeríamos un imperdonable hysteron-proteron.40 Si hemos mostrado con los despachos ingleses que en tiempos de la emperatriz Ana Inglaterra ya traicionaba a sus propios aliados en favor de Rusia, por los folletos que vamos a reimprimir se verá que, incluso antes de la época de Ana, en la época misma del ascendiente ruso en Europa, que surge en tiempos de Pedro I, los planes de Rusia se comprendían, y que escritores ingleses denunciaban la connivencia de los estadistas británicos con esos planes.

El primer folleto que ponemos ante el público se titula La crisis del Norte.41 Se imprimió en Londres en 1716 y se refiere a la proyectada invasión dano-anglo-rusa de Escania (Schonen).

Durante el año 1715 se había concluido entre Rusia, Dinamarca, Polonia, Prusia y Hannover una alianza del Norte para el reparto, no de Suecia propiamente dicha, sino de lo que podemos llamar el Imperio sueco. Ese reparto constituye el primer gran acto de la diplomacia moderna, la premisa lógica del reparto de Polonia. Los tratados de reparto relativos a España han acaparado el interés de la posteridad porque fueron los precursores de la guerra de Sucesión, y el reparto de Polonia atrajo un público aún mayor porque su último acto se representó en un escenario contemporáneo. Sin embargo, no puede negarse que fue el reparto del Imperio sueco el que inauguró la era moderna de la política internacional. El tratado de reparto ni siquiera pretendió tener un pretexto, salvo la desgracia de su víctima designada. Por primera vez en Europa la violación de todos los tratados no solo se cometió, sino que se proclamó base común de un nuevo tratado. La propia Polonia, a remolque de Rusia y personificada por ese lugar común de la inmoralidad, Augusto II, elector de Sajonia y rey de Polonia, fue empujada al primer plano de la conspiración, firmando así su propia sentencia de muerte, y sin gozar siquiera del privilegio que Polifemo reservó a Odiseo: ser devorada la última. Carlos XII predijo su suerte en el manifiesto que lanzó contra el rey Augusto y el zar desde su exilio voluntario en Bender.42 El manifiesto está fechado el 28 de enero de 1711.

La participación en este tratado de reparto lanzó a Inglaterra dentro de la órbita de Rusia, hacia la que había gravitado cada vez más desde los días de la «Revolución Gloriosa». Jorge I, como rey de Inglaterra, estaba obligado a una alianza defensiva con Suecia por el tratado de 1700. No solo como rey de Inglaterra, sino como elector de Hannover, era uno de los garantes, e incluso una de las partes directas, del tratado de Travendal,43 que aseguraba a Suecia aquello de lo que el tratado de reparto se proponía despojarla. Incluso su dignidad electoral alemana la debía en parte a ese tratado. Sin embargo, como elector de Hannover declaró la guerra a Suecia, guerra que hizo como rey de Inglaterra.

En 1715 los confederados habían despojado a Suecia de sus provincias alemanas y, para lograr ese fin, habían introducido al moscovita en suelo alemán. En 1716 acordaron invadir Suecia propiamente dicha, intentar un desembarco armado en Escania, el extremo meridional de Suecia, que hoy constituye los distritos de Malmö y Kristianstad. En consecuencia, Pedro de Rusia trajo consigo de Alemania un ejército moscovita, que se dispersó por Selandia, para ser transportado desde allí a Escania bajo la protección de las flotas inglesa y holandesa enviadas al Báltico con el falso pretexto de proteger el comercio y la navegación. Ya en 1715, cuando Carlos XII estaba sitiado en Stralsund, ocho buques de guerra ingleses, prestados por Inglaterra a Hannover y por Hannover a Dinamarca, habían reforzado abiertamente la marina danesa e incluso izado el pabellón danés. En 1716 la marina británica estuvo al mando de su majestad zariana en persona.

Estando todo listo para la invasión de Escania, surgió una dificultad del lado de donde menos se esperaba. Aunque el tratado estipulaba solo 30.000 moscovitas, Pedro, en su magnanimidad, había desembarcado 40.000 en Selandia; pero ahora que debía enviarlos a la empresa de Escania, descubrió de repente que de los 40.000 solo podía disponer de 15.000. Esta declaración no solo paralizó el plan militar de los confederados, sino que pareció amenazar la seguridad de Dinamarca y de su rey, Federico IV, pues gran parte del ejército moscovita, apoyado por la flota rusa, ocupaba Copenhague. Uno de los generales de Federico propuso caer de improviso con la caballería danesa sobre los moscovitas y exterminarlos, mientras los buques de guerra ingleses quemaban la flota rusa. Reacio a toda perfidia que requiriera alguna grandeza de voluntad, alguna fuerza de carácter y algún desprecio del peligro personal, Federico IV rechazó la audaz propuesta y se limitó a adoptar una actitud defensiva. Escribió luego al zar una carta suplicante en la que le daba a entender que había renunciado a su fantasía de Escania y le rogaba que hiciera lo mismo y emprendiera el camino de vuelta a casa, petición que este no pudo sino atender. Cuando Pedro dejó por fin Dinamarca con su ejército, la corte danesa juzgó oportuno comunicar a las cortes de Europa un relato público de los incidentes y negociaciones que habían frustrado el proyectado desembarco en Escania, y ese documento constituye el punto de partida de La crisis del Norte.

En una carta del conde Gyllenborg al barón Görtz,44 fechada en Londres el 23 de enero de 1717, hay algunos pasajes en los que el primero, entonces embajador sueco en la corte de Saint James, parece declararse autor de La crisis del Norte, cuyo título, sin embargo, no cita. Pero toda idea de que escribiera ese vigoroso folleto se desvanecerá ante la más ligera lectura de los escritos auténticos del conde, como sus cartas a Görtz.

«La crisis del Norte, o reflexiones imparciales sobre la política del zar, con ocasión de las razones de Mynheer Von Stocken para aplazar el desembarco en Escania. Precedidas de una copia fiel de estas, traducida literalmente según el tenor de la que obra en la Secretaría alemana de Copenhague, 10 de octubre de 1716. Londres, 1716.

1.—Prefacio—— ... No es (el presente folleto) apto para pasantes de abogado, pero es muy conveniente que lo lean quienes estudian con propiedad el derecho de gentes; será tiempo perdido para cualquier agiotista o negociante de poca monta de Exchange Alley45 mirar más allá del prefacio, pero todo comerciante de Inglaterra (y más especialmente los que comercian con el Báltico) sacará provecho de él. Los holandeses (como más de una vez nos han dicho las gacetas y los correos)46 se disponen a mejorar su posición, si pueden, en varios artículos del comercio con el zar, y llevan mucho tiempo en ello con poco fruto. Siendo un pueblo tan frugal, son buenos ejemplos para que nuestros comerciantes los imiten; pero si por una vez podemos aventajarlos en los medios de proyectar una base mejor y más expedita sobre la que actuar, para provecho de ambos, seamos por una vez lo bastante sabios para dar el ejemplo, y que ellos sean por una vez nuestros imitadores. Este pequeño tratado mostrará un camino bastante llano para hacerlo en lo que toca a nuestro comercio en el Báltico, en la presente coyuntura. No deseo que ningún pequeño político de café se entrometa en él; antes bien, quisiera quitarle hasta el gusto de mi compañía. Debo hacerle saber que no es apto para la mía. Hasta los versados en la ciencia del Estado hallarán en él materia muy apta para emplear todas sus facultades de especulación, materia ante la que siempre pasaron antes con negligencia y que pensaron (con demasiada ligereza) que no merecía atención. Ningún hombre de partido exaltado lo hallará en absoluto a su propósito; pero todo whig honrado y todo tory honrado podrán leerlo, no solo sin disgusto de ninguno de los dos, sino a satisfacción de ambos.... No es apto, en fin, para un whig presbiteriano loco y fanfarrón, ni para un tory jacobita furioso, irritable y descontento.»

2.—Las razones difundidas por Mynheer Von Stocken para aplazar el desembarco en Escania.

«No habiendo duda de que la mayoría de las cortes se sorprenderán de que el desembarco en Escania no se haya llevado a efecto, pese a los grandes preparativos hechos con ese fin, y de que todas las tropas de su majestad zariana que estaban en Alemania se hayan transportado a Selandia, no sin gran trabajo y peligro, en parte en sus propias galeras y en parte en buques de su majestad danesa y otros, y de que dicho desembarco se aplace para otra ocasión, su majestad danesa, para librarse de toda imputación y reproche, ha juzgado oportuno ordenar que se dé a todas las personas imparciales la siguiente relación verídica de este asunto. Desde que los suecos fueron expulsados por completo de sus dominios alemanes, no quedaba, según todas las reglas de la política y las razones de la guerra, otro camino que atacar vigorosamente al todavía obstinado rey de Suecia en el corazón mismo de su país, para obligarlo así, con la ayuda de Dios, a una paz duradera, buena y ventajosa para los aliados. El rey de Dinamarca y su majestad zariana eran ambos de esta opinión y, para llevar a efecto tan buen designio, convinieron en una entrevista que por fin (pese a que la presencia de su majestad danesa, por estar invadida Noruega, era muy necesaria en su propia capital, y a que el embajador moscovita, el señor Dolgoruki, había dado seguridades muy distintas) se celebró en Ham y Horn, cerca de Hamburgo, después de que su majestad danesa hubiera esperado allí seis semanas al zar. En esta conferencia se acordó, el 3 de junio, entre ambas majestades, tras varios debates, que el desembarco en Escania se emprendería sin falta este año, y se consintió por completo en todo lo relativo a su preparación. Acto seguido, su majestad danesa se apresuró a regresar a sus dominios y dio orden de trabajar día y noche para tener su flota lista para hacerse a la mar. Se reunieron también los buques de transporte de todas partes de sus dominios, con gastos indecibles y gran perjuicio para el comercio de sus súbditos. Así, su majestad (como el propio zar reconoció a su llegada a Copenhague) hizo cuanto pudo por proveer todo lo necesario y por adelantar el desembarco, de cuyo éxito dependía todo. Sucedió, sin embargo, que entretanto, y antes de que se acordara el desembarco en la conferencia de Ham y Horn, su majestad danesa se había visto obligada a asegurar su invadido y muy oprimido reino de Noruega enviando allí una escuadra considerable de su flota al mando del vicealmirante Gabel, escuadra que no podía retirarse antes de que el enemigo hubiera abandonado aquel reino sin poner en peligro gran parte de él; de modo que, por necesidad, dicho vicealmirante se vio obligado a permanecer allí hasta el 12 de julio, cuando su majestad danesa le envió orden expresa de regresar con toda la rapidez posible, si el viento y el tiempo lo permitían; pero, como este sopló contrario durante algún tiempo, se vio retenido.... Los suecos eran entretanto poderosos en el mar, y la misma majestad zariana no juzgó aconsejable que el resto de la flota danesa, junto con los buques de guerra que había entonces en Copenhague, fuera a escoltar a las tropas rusas desde Rostock antes de que hubiera llegado la mencionada escuadra del vicealmirante Gabel. Sucedido esto por fin en el mes de agosto, la flota confederada se hizo a la mar, y se llevó a efecto el transporte de dichas tropas hasta aquí, a Selandia, aunque con mucho trabajo y peligro, pero ello llevó tanto tiempo que el desembarco no pudo estar listo hasta el septiembre siguiente. Ahora bien, cuando todos estos preparativos, tanto para el desembarco como para el embarque de los ejércitos, estuvieron enteramente listos, su majestad danesa dio por seguro que el desembarco se haría en pocos días, a más tardar el 21 de septiembre. Los generales y ministros rusos suscitaron primero algunas dificultades a los de Dinamarca y después, el 17 de septiembre, declararon en una conferencia convocada al efecto que su majestad zariana, considerando la situación presente de los asuntos, era de la opinión de que en Escania no podían obtenerse ni forraje ni víveres, y que, por consiguiente, no era aconsejable intentar el desembarco este año, sino que debía aplazarse hasta la próxima primavera. Fácil es imaginar cuánto se sorprendió de ello su majestad danesa, sobre todo viendo que el zar, si había cambiado de opinión respecto a un designio tan solemnemente concertado, podría haberlo declarado antes y ahorrado así a su majestad danesa varias toneladas de oro47 gastados en los preparativos necesarios. Su majestad danesa, sin embargo, en una carta fechada el 20 de septiembre, expuso ampliamente al zar que, aunque la estación estaba muy avanzada, el desembarco podía con todo emprenderse fácilmente con una fuerza tan superior como para hacer pie en Escania, donde, según le constaba, había habido una cosecha muy abundante, por lo que no dudaba de que podrían hallarse subsistencias; además de que, teniendo comunicación abierta con sus propios países, podrían transportarse fácilmente desde allí. Su majestad danesa alegó también varias razones de peso por las que el desembarco debía hacerse este año, o abandonarse por completo la idea de hacerlo la próxima primavera. Y no fue él solo quien hizo al zar estas conmovedoras representaciones, sino que el ministro de su majestad británica residente aquí, así como el almirante Norris,48 las secundaron también de modo muy apremiante y, por orden expresa del rey, su señor, procuraron atraer al zar a su opinión y persuadirlo de que siguiera adelante con el desembarco; pero su majestad zariana declaró en su respuesta que se atendría a la resolución que había tomado una vez acerca de este aplazamiento del desembarco; pero que, si su majestad danesa estaba resuelto a aventurarse en el desembarco, él entonces, conforme al tratado hecho cerca de Stralsund, le asistiría solo con los 15 batallones y 1.000 caballos estipulados en él; que la primavera siguiente cumpliría con todo lo demás, y que ni podía ni quería declararse más en este asunto. Como desde entonces su majestad danesa no podía, sin correr tan gran riesgo, emprender tan gran obra solo con su propio ejército y dichos 15 batallones, pidió, en otra carta del 23 de septiembre, que su majestad zariana tuviera a bien añadir 13 batallones de sus tropas, en cuyo caso su majestad danesa intentaría todavía este año el desembarco; pero ni siquiera esto pudo obtenerse de su majestad zariana, que lo rehusó en absoluto por medio de su embajador el 24 del mismo mes; tras lo cual su majestad danesa, en su carta del 26, declaró al zar que, puesto que las cosas estaban así, no deseaba ninguna de sus tropas, sino que todas fueran transportadas cuanto antes fuera de sus dominios, para que pudieran licenciarse los transportes, cuyo flete le costaba 40.000 rixdales al mes, y aliviarse a sus súbditos de las intolerables contribuciones que ahora sufrían. Esto el zar no pudo menos que concederlo; y, en consecuencia, todas las tropas rusas están ya embarcadas y se proponen con toda certeza partir de aquí con el primer viento favorable. Hay que dejar a la Providencia y al tiempo descubrir qué puede haber inducido al zar a una resolución tan perjudicial para la alianza del Norte y tan ventajosa para el enemigo común.

Si queremos hacer un verdadero examen de los hombres y exponerlos a la debida luz ante el ojo de nuestro entendimiento, debemos primero considerar su naturaleza y luego sus fines; y con este método de examen, aunque su conducta esté, en apariencia, llena de intrincados laberintos y perplejidades y serpentee con infinitos meandros de arte de Estado, podremos sumergirnos en los más hondos recovecos, abrirnos paso por los laberintos más desconcertantes y llegar por fin a los medios más abstrusos con que llevan a cabo los secretos maestros de sus mentes, y descifrar sus misterios más recónditos.... El zar ... es por naturaleza de espíritu grande y emprendedor y de genio cabalmente político; y en cuanto a sus fines, la manera de su propio gobierno, en el que impera como señor arbitrario sobre los bienes y los honores de su pueblo, por fuerza le hará, si toda la política del mundo puede prometerle, mediante miras muy lejanas, acrecentamiento y acumulación de imperio y de riqueza, estar eternamente urdiendo planes para lograr ambas cosas con la más extrema codicia y ambición. Cualesquiera fines a que puedan empujarlo un deseo insaciable de opulencia y una sed ilimitada de dominio, para satisfacer sus apetitos ávidos y voraces, esos han de ser, sin la menor duda, los suyos.

Las siguientes preguntas que hemos de hacernos son estas tres:

  1. ¿Por qué medios puede alcanzar estos fines?

  2. ¿A qué distancia de él, y en qué lugar, pueden alcanzarse mejor estos fines?

  3. ¿Y en qué plazo, usando todos los métodos adecuados y teniendo éxito en ellos, puede alcanzar estos fines?

Las posesiones del zar eran prodigiosas, de vasta extensión; el pueblo, todo a una seña suya, todos ellos sus esclavos rematados, y toda la riqueza del país suya con una sola palabra de mando. Pero el país, aunque grande en tierra, no lo era tanto en productos. Cada vasallo tenía su fusil y había de ser soldado a la primera llamada; pero no había entre ellos un solo soldado, ni un hombre que entendiera el oficio; y aunque él tenía toda su riqueza, ellos no tenían comercio de importancia y poco dinero contante; y, en consecuencia, su tesoro, cuando había reunido todo lo que podía, estaba muy pelado y vacío. Se hallaba, pues, en condiciones bastante pobres para satisfacer esos dos apetitos naturales, puesto que no tenía ni riqueza para sostener una soldadesca ni una soldadesca adiestrada en el arte de la guerra. La primera muestra que dio este príncipe de un genio ambicioso, y de una ambición noble y necesaria en un monarca que quiere prosperar, fue no creer a ninguno de sus súbditos más sabio que él ni más apto para gobernar. Así lo hizo, y consideró su propia persona como la más apta para viajar a los demás reinos del mundo y estudiar política para el engrandecimiento de sus dominios. Entonces rara vez fingía disposiciones belicosas contra quienes estaban instruidos en la ciencia de las armas; sus tratos militares eran sobre todo con los turcos y los tártaros, que, así como tenían números igual que él, los tenían también compuestos, como los suyos, de una chusma ruda e inculta, y se presentaban en el campo como una milicia bisoña e indisciplinada. En esto sus vecinos cristianos lo veían con buenos ojos, por cuanto era una especie de valladar o tapón contra los infieles. Pero cuando se puso a examinar las partes más pulidas del mundo cristiano, se encaminó hacia ellas, desde el umbral mismo, como un político nato. No era partidario de aprender el juego probando suerte y arriesgando pérdidas en el campo tan pronto; no, siguió la máxima de que, en aquella época, le era conveniente y necesario llevar, como Sansón, su fuerza en la cabeza, y no en los brazos. Tenía entonces, lo sabía, muy pocos lugares propios cómodos para el comercio, y todos situados en el mar Blanco, demasiado remotos, helados la mayor parte del año y nada aptos para una flota de buques de guerra; pero conocía muchos más cómodos de sus vecinos en el Báltico, y a su alcance siempre que pudiera fortalecer sus manos para echárselas encima. Les echaba una mirada codiciosa; pero con prudencia volvía en apariencia la cabeza hacia otro lado y acariciaba en secreto el grato pensamiento de que se haría con todos ellos a su debido tiempo. Para no dar celos a nadie, no busca ayuda alguna de sus vecinos para instruir a sus hombres en las armas. Eso sería como pedir a una persona diestra con la que uno se propone batirse en duelo que le enseñe primero a esgrimir. Pasó a Gran Bretaña, donde sabía que ese poderoso reino no podía tener aún celos del crecimiento de su poder, y a cuyos ojos su vasta extensión de nación yacía descuidada, desatendida y pasada por alto, como me temo que lo está hasta el día de hoy. Asistió a todos nuestros ejercicios, examinó todas nuestras leyes, inspeccionó nuestro régimen militar, civil y eclesiástico; pero esto era lo que menos le hacía falta entonces; era la parte más leve de su encargo. Pero poco a poco, cuando se familiarizó con nuestra gente, visitó nuestros astilleros, fingiendo no tener perspectiva alguna de provecho, sino solo un enorme deleite (efecto de la mera curiosidad) en ver nuestra manera de construir barcos. Tenía su corte, por así decir, en nuestro astillero, tan diligente era en concederles su continua presencia zariana, y, dicho sea para su gloria inmortal en arte e industria, el gran zar, rebajándose a menudo a ese oficio, llegó a manejar el hacha como el mejor artesano de todos ellos; y el monarca, que tenía una buena cabeza matemática, se convirtió con el tiempo en un expertísimo carpintero de ribera real. Un barco o dos hechos y enviados para su diversión, y luego dos o tres más, y después otros dos o tres, no significarían nada en absoluto si se admitiera que se los vendían las potencias marítimas, que podían a voluntad enseñorearse del mar. Sería un asunto mezquino e insignificante, que no merecería atención. Bien, pero además de esto se había insinuado hábilmente en la buena voluntad de muchos de nuestros mejores obreros y se había ganado sus corazones con su bondadosa familiaridad y condescendencia con ellos. Para sacar partido de ello, les ofreció muchas primas y ventajas muy cuantiosas para que fueran a establecerse en su país, cosa que aceptaron de buena gana. Poco después envía a algunos ministros y oficiales privados para negociar la contratación de más obreros, de oficiales de tierra y también de buenos marineros escogidos, que pudieran ser ascendidos y promovidos a cargos yendo allí. Más aún: hasta el día de hoy, cualquier marinero experto que haga nuestra travesía comercial al puerto de Arcángel, si tiene la menor chispa de ambición y algún deseo ardiente de tener un cargo, no tiene más que ofrecerse al servicio naval del zar y es teniente de inmediato. Además de esto, ese príncipe ha encontrado incluso el modo de tomar por la fuerza a su servicio, de nuestros barcos mercantes, a cuantos de sus marineros más capaces le plugo, dando a los patrones el mismo número de moscovitas bisoños en su lugar, a los que estos se vieron luego obligados, en su propia defensa, a hacer aptos para su uso. Y no es esto todo; durante la última guerra tuvo muchos cientos de sus súbditos, tanto nobles como simples marineros, a bordo de nuestras flotas y de las francesas y holandesas; y ha mantenido siempre, y mantiene aún, gran número de ellos en nuestros astilleros y en los holandeses.

Pero como consideraba todos estos esfuerzos por mejorarse a sí mismo y a sus súbditos superfluos mientras le faltara un puerto de mar donde pudiera construir una flota propia, y desde donde pudiera exportar él mismo los productos de su país e importar los de otros; y como encontraba que el rey de Suecia poseía los más convenientes, me refiero a Narva y Reval, de los que sabía que ese príncipe nunca podría ni querría desprenderse amistosamente, resolvió por fin arrancárselos de las manos por la fuerza. La tierna juventud de su majestad sueca parecía el momento más oportuno para esta empresa, pero ni aun entonces quiso correr el riesgo solo. Atrajo a otros príncipes para que se repartieran con él el botín. Y los reyes de Dinamarca y de Polonia fueron lo bastante débiles para servir de instrumentos que adelantaran las grandes y ambiciosas miras del zar. Es cierto que tropezó con un obstáculo muy duro nada más empezar, pues todo su ejército fue derrotado por completo en Narva por un puñado de suecos. Pero tuvo la buena suerte de que su majestad sueca, en lugar de aprovechar contra él una victoria tan grande, volviera inmediatamente sus armas contra el rey de Polonia, contra quien estaba personalmente resentido, y tanto más cuanto que lo había tenido por uno de sus mejores amigos y estaba a punto de concluir con él la más estrecha alianza cuando este invadió inesperadamente la Livonia sueca y sitió Riga. Esto era en todos los aspectos lo que el zar más podía haber deseado; y previendo que cuanto más durase la guerra en Polonia, más tiempo tendría tanto para reparar su primera pérdida como para ganar Narva, procuró que se alargase todo lo posible; con este fin nunca envió al rey de Polonia socorro suficiente para hacerlo demasiado fuerte para el rey de Suecia, quien, por otra parte, aunque obtuvo una victoria señalada tras otra, nunca pudo someter a su enemigo mientras este recibiera continuos refuerzos de su país hereditario. Y si su majestad sueca, contra lo que esperaba la mayoría de la gente, no hubiera marchado directamente sobre la propia Sajonia, obligando así al rey de Polonia a la paz, el zar habría tenido, en conciencia, tiempo de sobra para llevar sus designios a mayor madurez. Esta paz fue una de las mayores decepciones que sufrió nunca el zar, pues con ella quedó solo en la guerra. Tuvo, sin embargo, el consuelo de haber tomado de antemano Narva y de haber puesto los cimientos de su ciudad favorita, Petersburgo, y del puerto, los astilleros y los vastos almacenes de allí; a qué perfección han llegado hoy todas esas obras, que lo digan quienes las han visto con asombro.

Él (Pedro) puso todo su empeño en llegar a un arreglo. Ofreció condiciones muy ventajosas; solo retendría Petersburgo, una bagatela según pretendía, en la que había puesto su corazón; y aun por ella estaba dispuesto a dar satisfacción de algún otro modo. Pero el rey de Suecia conocía demasiado bien la importancia de aquel lugar para dejarlo en manos de un príncipe ambicioso y darle así una entrada en el Báltico. Esta fue la única vez desde la derrota de Narva en que las armas del zar no tuvieron otro fin que la propia defensa. Tal vez incluso se habrían quedado cortas en ello si el rey de Suecia (por persuasión de quién, es todavía un misterio), en lugar de marchar por el camino más corto a Nóvgorod y a Moscú, no se hubiera vuelto hacia Ucrania, donde su ejército, tras grandes pérdidas y sufrimientos, fue por fin derrotado por completo en Poltava. Así como este fue un periodo fatal para los éxitos suecos, cuán grande liberación fue para los moscovitas puede colegirse de que el zar celebre cada año con gran solemnidad el aniversario de aquel día, a partir del cual sus pensamientos ambiciosos empezaron a remontarse aún más alto. Toda Livonia, Estonia y la mejor y mayor parte de Finlandia era ahora lo que exigía, tras lo cual, aunque por el momento se dignara dar la paz al resto de Suecia, sabía que podría fácilmente añadir también eso a sus conquistas cuando le placiera. El único obstáculo que tenía que temer en estos proyectos suyos venía de sus vecinos del Norte; pero como las potencias marítimas, e incluso los príncipes vecinos de Alemania, estaban entonces tan entregados a su guerra contra Francia que parecían desentenderse por completo de la del Norte, solo quedaban Dinamarca y Polonia de quienes recelar. El primero de estos reinos había gozado, desde que el rey Guillermo, de gloriosa memoria, lo obligó a hacer la paz con Holstein y, en consecuencia, con Suecia, de una tranquilidad ininterrumpida, durante la cual había tenido tiempo de enriquecerse con un comercio libre y con considerables subsidios de las potencias marítimas, y estaba en condiciones, uniéndose a Suecia, como era su interés, de detener los progresos del zar y de prevenir a tiempo el peligro que estos le suponían. La otra, me refiero a Polonia, estaba ahora tranquila bajo el gobierno del rey Estanislao, quien, debiendo en cierto modo su corona al rey de Suecia, no podía dejar, por gratitud y por verdadero interés por el bien de su país, de oponerse a los designios de un vecino demasiado ambicioso. El zar era demasiado astuto para no encontrar remedio a todo esto: hizo ver al rey de Dinamarca cuán abatido estaba ahora el rey de Suecia y qué buena ocasión tenía, durante la larga ausencia de ese príncipe, de cortarle por completo las alas y engrandecerse a su costa. En el rey Augusto despertó el resentimiento largo tiempo oculto por la pérdida de la corona polaca, que, le dijo, podía recuperar ahora sin la menor dificultad. Así, ambos príncipes cayeron de inmediato en la trampa. Los daneses declararon la guerra a Suecia sin un pretexto siquiera tolerable e hicieron un desembarco en Escania, donde recibieron una buena paliza por su trabajo. El rey Augusto volvió a entrar en Polonia, donde todo ha seguido desde entonces en el mayor desorden, y ello debido en gran medida a las intrigas moscovitas. Sucedió, en verdad, que estos nuevos confederados, a los que el zar solo había atraído para servir a su ambición, resultaron al principio más necesarios para su conservación de lo que había pensado; pues, habiéndole declarado los turcos la guerra, impidieron que las armas suecas se unieran a ellos para atacarlo; pero, pasada pronto esa tormenta gracias a la sabia conducta del zar y a la avaricia y la necedad del gran visir, hizo entonces el uso que se proponía tanto de estos amigos suyos como de los que después, con esperanzas de ganancia, persuadió a entrar en su alianza, que era echar sobre ellos toda la carga y el riesgo de la guerra, a fin de debilitarlos por completo, junto con Suecia, mientras él se preparaba para tragárselos uno tras otro. Los ha lanzado a una empresa difícil tras otra; sus ejércitos han mermado considerablemente en batallas y largos asedios, mientras los suyos se empleaban en conquistas más fáciles y más provechosas para él, o se mantenían a enorme costa de príncipes neutrales, lo bastante cerca para acudir a reclamar una parte del botín sin haber dado un golpe para ganarlo. Su conducta ha sido igual de astuta en el mar, donde su flota se ha mantenido siempre fuera de peligro y a gran distancia siempre que había alguna probabilidad de combate entre los daneses y los suecos. Esperaba que, cuando estas dos naciones hubieran arruinado sus flotas mutuamente, la suya pudiera entonces enseñorearse del Báltico. Durante todo este tiempo había procurado que sus hombres progresaran en el arte de la guerra con el ejemplo de los extranjeros y bajo su mando.... Sus flotas pronto superarán considerablemente en número a la sueca y la danesa juntas. No necesita temer que estas le impidan dar el golpe final a esta grande y gloriosa empresa. Hecho lo cual, mirémonos a nosotros mismos; entonces se convertirá con toda certeza en nuestro rival, y en tan peligroso para nosotros como ahora es desatendido. Entonces quizá recordemos, aunque demasiado tarde, lo que nuestros propios ministros y comerciantes nos han dicho de sus designios de hacer él solo todo el comercio del Norte y de traer a sus manos todo el de Turquía y Persia por los ríos que está uniendo y haciendo navegables desde el Caspio, o el mar Negro, hasta su Petersburgo. Entonces nos asombraremos de nuestra ceguera por no haber sospechado sus designios cuando oíamos hablar de las prodigiosas obras que ha hecho en Petersburgo y en Reval; de este último lugar dice el Daily Courant del 23 de noviembre:

«La Haya, 17 de noviembre.

«Los capitanes de los buques de guerra de los Estados que han estado en Reval informan de que el zar ha puesto ese puerto y las fortificaciones de la plaza en tal estado de defensa que puede pasar por una de las fortalezas más considerables, no solo del Báltico, sino incluso de Europa.»

Dejémoslo ahora en cuanto a sus asuntos marítimos, su comercio y sus manufacturas y otras obras de su política y su poder, y veámoslo en lo que respecta a su proceder en esta última campaña, sobre todo en cuanto a ese tan comentado desembarco que, junto con sus aliados, debía hacer en Escania, y hallaremos que también en ello ha obrado con su astucia habitual. No hay duda de que el rey de Dinamarca fue el primero en proponer este desembarco. Vio que nada sino un pronto fin de una guerra que tan temeraria e injustamente había empezado podía salvar a su país de la ruina y de las audaces tentativas del rey de Suecia, ya contra Noruega, ya contra Selandia y Copenhague. Tratar por separado con ese príncipe era cosa que no podía hacer, pues preveía que este no cedería un palmo de tierra a un enemigo tan desleal; y temía que un congreso para una paz general, suponiendo que el rey de Suecia consintiera en él en los términos propuestos por sus enemigos, alargaría las negociaciones más de lo que podía soportar la situación de sus asuntos. Invita, pues, a todos sus confederados a asestar una estocada a fondo al rey de Suecia mediante un desembarco en su país, donde, tras derrotarlo, como esperaba que harían por la superioridad de las fuerzas que se emplearían en ese designio, podrían obligarlo a una paz inmediata en los términos que ellos mismos quisieran. No sé hasta qué punto entraron en ese proyecto los demás confederados; pero ni la corte prusiana ni la hannoveriana aparecieron abiertamente en él, y sobre hasta qué punto debía haberlo favorecido nuestra flota inglesa, al mando de Sir John Norris, no tengo nada que decir, sino que dejo que otros lo juzguen por la propia declaración del rey de Dinamarca; pero el zar entró en él de buena gana. Obtenía así un nuevo pretexto para llevar la guerra una campaña más a costa ajena; para hacer marchar de nuevo sus tropas al Imperio y tenerlas acuarteladas y mantenidas, primero en Mecklemburgo y luego en Selandia. Entretanto tenía puestos los ojos en Wismar y en una isla sueca llamada Gotland. Si por sorpresa podía arrancar la primera de manos de sus confederados, tendría entonces un buen puerto de mar al que transportar sus tropas cuando quisiera a Alemania, sin pedir al rey de Prusia permiso de libre paso por sus territorios; y si con un desembarco repentino podía desalojar a los suecos de la otra, se haría dueño del mejor puerto del Báltico. Fracasó, sin embargo, en ambos proyectos; pues Wismar estaba demasiado bien guardada para ser sorprendida, y vio que sus confederados no le echarían una mano para conquistar Gotland. Después de esto empezó a mirar con otros ojos el desembarco que debía hacerse en Escania. Lo halló igualmente contrario a su interés, tanto si tenía éxito como si no. Pues si lo tenía, y el rey se veía así obligado a una paz general, sabía que sus intereses serían en ella los menos atendidos, ya que tenía bastantes indicios de que sus confederados estaban dispuestos a sacrificarlos con tal de obtener sus propias condiciones. Si no lo tenía, entonces, además de la pérdida de la flor de un ejército que había adiestrado y disciplinado con tanto cuidado, como preveía muy bien que la flota inglesa impediría al rey de Suecia intentar nada contra Dinamarca, temía con razón que todo el choque recayera sobre él y que se viera así obligado a entregar todo lo que había tomado a Suecia. Estas consideraciones le hicieron resolver por completo no tomar parte en el desembarco; pero no quiso declararlo hasta lo más tarde posible: primero, para tener más tiempo sus tropas mantenidas a costa de Dinamarca; segundo, para que fuera demasiado tarde para que el rey de Dinamarca pidiera las tropas necesarias a sus otros confederados e hiciera el desembarco sin él; y, por último, para que, haciendo incurrir al danés en un gasto enorme en los preparativos necesarios, pudiera debilitarlo aún más y, por tanto, hacerlo ahora más dependiente de él y en adelante presa más fácil.

Así disimula con gran cuidado sus verdaderos pensamientos hasta el momento justo en que iba a hacerse el desembarco, y entonces, de repente, se niega a sumarse a él y lo aplaza hasta la próxima primavera, con la aseveración de que entonces cumplirá su palabra. Pero fijaos en él: según nos dicen algunos de nuestros periódicos, con esta restricción: a menos que pueda obtener una paz ventajosa de Suecia. Este pasaje, junto con el rumor común que tenemos ahora de que trata una paz por separado con el rey de Suecia, es un nuevo ejemplo de su astucia y su política. Tiene ahí dos cuerdas en su arco, una de las cuales ha de servirle. No hay duda de que el zar sabe que un arreglo entre él y el rey de Suecia ha de ser muy difícil de lograr. Pues así como él, por un lado, nunca consentiría en desprenderse de esos puertos de mar, para conseguir los cuales empezó esta guerra y que son absolutamente necesarios para llevar adelante sus grandes y vastos designios, así el rey de Suecia consideraría directamente contrario a su interés ceder esos mismos puertos si de algún modo pudiera impedirlo. Pero, por otra parte, el zar conoce tan bien el espíritu grande y heroico de su majestad sueca que no duda de que este cederá antes en punto de interés que en delicadeza de honor. De ahí que juzgue con acierto que su majestad sueca ha de estar menos exasperado contra él, que, aunque empezó una guerra injusta, la ha pagado muy cara a menudo y la ha llevado adelante siempre con fortuna varia, que contra algunos confederados que, aprovechando las desgracias de su majestad sueca, cayeron sobre él de manera innoble e hicieron un tratado de reparto de sus provincias. El zar, para acomodarse todavía más al genio de su gran enemigo, y a diferencia de sus confederados, que en todas las ocasiones no ahorraron reflexiones, e incluso muy impropias (memoriales fanfarrones y manifiestos bravucones), habló siempre con la mayor cortesía de su hermano Carlos, como él lo llama, sostiene que es el mayor general de Europa e incluso afirma públicamente que confiará más en una palabra suya que en las mayores seguridades, juramentos y aun tratados de sus confederados. Esta clase de cortesías quizá hagan una impresión más honda en el noble ánimo del rey de Suecia, y este se persuada de sacrificar un interés real a un enemigo generoso antes que de complacer, en cosas de menor importancia, a aquellos que lo han tratado mal e incluso inhumanamente. Pero si esto no diera resultado, el zar sale ganando de todos modos por haber inquietado a sus confederados con estas negociaciones separadas suyas, con lo que, como vemos por los periódicos, aquellos se muestran tanto más solícitos por mantenerlo firme en su confederación, lo que ha de costarles ofrecimientos y promesas muy cuantiosos. Entretanto deja al danés y al sueco bien atados juntos en la guerra y debilitándose mutuamente tan aprisa como pueden, y se vuelve hacia el Imperio y pasa revista a los príncipes protestantes de allí; y con muchos pretextos especiosos no solo hace marchar y contramarchar por sus diversos territorios las tropas que volvieron de Dinamarca, sino que hace avanzar también lentamente hacia Alemania las que ha tenido tanto tiempo en Polonia, con el pretexto de ayudar al rey contra sus súbditos descontentos, de cuyas conmociones él fue todo el tiempo el mayor fomentador. Tiene en cuenta que el emperador está en guerra con los turcos, y por eso ha comprobado, con una experiencia demasiado afortunada, cuán poco puede su majestad imperial mostrar su autoridad protegiendo a los miembros del Imperio. Sus tropas siguen en Mecklemburgo, pese a que se insiste mucho en su salida. Sus respuestas a todas las demandas sobre ese asunto están llenas de razones tales como si quisiera dar nuevas leyes al Imperio.

Supongamos ahora que el rey de Suecia juzgara más honroso hacer la paz con el zar y dirigir la fuerza de su resentimiento contra sus enemigos menos generosos: ¿qué resistencia podrán oponerle entonces los príncipes del Imperio, aun aquellos que imprudentemente trajeron a 40.000 moscovitas para asegurar la tranquilidad de ese Imperio contra 10.000 o 12.000 suecos?, digo, ¿qué resistencia podrán oponerle mientras el emperador está ya empeñado en guerra con los turcos? Y los polacos, una vez en paz entre sí (si, tras las miserias de una guerra tan larga, están en condiciones de emprender algo), están obligados por tratado a unir sus fuerzas contra ese enemigo común de la cristiandad.

Algunos dirán que hago grandes y repentinos ascensos desde comienzos muy pequeños. Mi respuesta es que quisiera que quien tal objete mirase atrás y reflexionase por qué se lo muestro, desde tal mota de entidad en su primer origen, creciendo a través de dificultades más improbables y casi insuperables hasta el tamaño que ya ha alcanzado, y por el cual, como reconocen sus propios abogados, los holandeses, se ha vuelto demasiado temible para el reposo, no solo de sus vecinos, sino de Europa en general.

Pero, además, dirán que no tiene pretexto alguno ni para hacer la paz con el sueco por separado del danés ni para hacer la guerra a otros príncipes, con algunos de los cuales está ligado en alianza. Quien piense que estas objeciones no tienen respuesta no debe de haber considerado al zar ni en cuanto a su naturaleza ni en cuanto a sus fines. Los holandeses reconocen además que hizo la guerra a Suecia sin ningún pretexto especioso. Quien hizo la guerra sin ningún pretexto especioso puede hacer la paz sin ningún pretexto especioso, y hacer también una nueva guerra sin ningún pretexto especioso para ella. Su majestad imperial (de Austria), como príncipe sabio, cuando se vio obligado a hacer la guerra a los otomanos, la hizo, como la política exigía, con poder. Pero, entretanto, ¿no puede el zar, que es también un príncipe sabio y poderoso, seguir el ejemplo con los príncipes vecinos que lo rodean y que son protestantes? Si lo hiciera, tiemblo al decirlo, no es imposible que en esta era de la cristiandad la religión protestante llegara a ser abolida en gran medida; y que entre los cristianos los griegos y los romanos vuelvan a ser una vez más los únicos aspirantes al imperio universal. La mera posibilidad lleva consigo aviso suficiente para que las potencias marítimas, y todos los demás príncipes protestantes, medien en una paz para Suecia y fortalezcan de nuevo sus armas, sin lo cual ningún preparativo puede ponerlos suficientemente en guardia; y esto debe hacerse pronto y a tiempo, antes de que el rey de Suecia, por desesperación o por venganza, se arroje en manos del zar. Pues es máxima cierta (que todos los príncipes deberían observar, y que el zar parece observar en este momento demasiado para el reposo de la cristiandad) que un hombre sabio no debe pararse en ceremonias y limitarse a girar con las ocasiones. No, debe incluso correr con ellas. En cuanto al zar, me atreveré a decir en su elogio que difícilmente se dejará adelantar de ese modo. Parece obrar justo según sirve la marea. Nada contribuye más a hacer prósperas nuestras empresas que aprovechar los tiempos y las ocasiones; pues el tiempo lleva consigo las sazones de las oportunidades de los negocios. Si las dejáis escapar, todos vuestros designios quedarán sin éxito.

En suma, las cosas parecen haber llegado ahora a tal crisis que debe procurarse cuanto antes la paz al sueco, ofreciéndole artículos tan ventajosos como sean compatibles con la delicadeza de su honor para aceptarlos y con la seguridad del interés protestante, lo que difícilmente puede ser menos que todas las posesiones que tuvo antes en el Imperio. Como en todas las demás cosas, también en política una certeza largo tiempo probada debe preferirse a una incertidumbre, aunque se funde en suposiciones todo lo probables que se quiera. Ahora bien, ¿puede haber algo más cierto que el que las provincias que Suecia ha tenido en el Imperio se le dieron para tenerla más a mano y en mejores condiciones de asegurar el interés protestante, que, junto con las libertades del Imperio, acababa entonces de salvar? ¿Puede haber algo más cierto que el que ese reino, por esos medios, ha asegurado en todas las ocasiones dicho interés desde hace ya cerca de ochenta años? ¿Puede haber algo más cierto, en cuanto a su actual majestad sueca, que lo que, por usar las palabras de una carta que le escribió (a Carlos XII) su difunta majestad la reina Ana, y además en tiempos de un ministerio whig, se dice a continuación: «Que, como verdadero príncipe, héroe y cristiano, el fin principal de sus esfuerzos ha sido promover el temor de Dios entre los hombres, y ello sin insistir en su propio interés particular»?

Por otra parte, ¿no es muy incierto que esos príncipes que, repartiéndose las provincias suecas del Imperio, se disponen ahora a erigirse en protectores de los intereses protestantes de allí, con exclusión de los suecos, sean capaces de hacerlo? Dinamarca está ya tan abatida, y según todas las apariencias lo estará mucho más antes del fin de la guerra, que poquísima ayuda cabe esperar de ella en muchos años. En Sajonia, la perspectiva es harto sombría bajo un príncipe papista, de modo que de todos los príncipes protestantes solo quedan las dos ilustres casas de Hannover y Brandeburgo lo bastante poderosas para dirigir a los demás. Hagamos, pues, solo un paralelo entre lo que ocurre ahora en el ducado de Mecklemburgo y lo que puede ocurrir al interés protestante, y pronto veremos cómo podemos equivocarnos en nuestras cuentas. Ese pobre ducado ha sido arruinado del modo más miserable por las tropas moscovitas, y lo sigue siendo; los electores de Brandeburgo y de Hannover están obligados, como directores del círculo de la Baja Sajonia, como vecinos y como príncipes protestantes, a rescatar a un Estado hermano del Imperio, y país protestante, de tan cruel opresión de una potencia extranjera. Pero, decidme, ¿qué han hecho? El elector de Brandeburgo, temeroso de que los moscovitas invadieran por un lado su electorado y, por otro, desde Livonia y Polonia, su reino de Prusia, y el elector de Hannover, con la misma sabia cautela respecto a sus países hereditarios, no han juzgado de su interés, en esta ocasión, aunque muy apremiante, usar otros medios que las representaciones. Pero, decidme, ¿con qué éxito? Los moscovitas siguen en Mecklemburgo, y si al fin salen de él, será cuando el país esté tan arruinado que ya no puedan subsistir allí.

Parece que al rey de Suecia debería restituírsele todo lo que ha perdido del lado del zar; y esto aparece como el interés conjunto de ambas potencias marítimas. Tengan a bien emprenderlo: Holanda, porque allí es máxima «que el zar se hace demasiado grande, y no debe consentírsele que se asiente en el Báltico, y que no debe abandonarse a Suecia»; Gran Bretaña, porque, si el zar logra sus vastas y prodigiosas miras, se convertirá, con la ruina y la conquista de Suecia, en nuestro vecino más cercano y más temible. Además, estamos obligados a ello por un tratado concluido en el año 1700 entre el rey Guillermo y el actual rey de Suecia, en virtud del cual el rey Guillermo asistió al rey de Suecia, cuando este se hallaba en circunstancias más poderosas, con todo lo que deseaba: grandes sumas de dinero, varios cientos de piezas de paño y cantidades considerables de pólvora.

Pero algunos políticos (a los que nada puede dar celos de la creciente fuerza y capacidad del zar), aunque sean incluso zorros y vulpones49 en el arte, o no quieren ver o fingen que no pueden ver cómo podrá nunca el zar hacer tan grandes progresos en poder que llegue a dañarnos aquí en nuestra isla. A ellos es fácil repetirles cien veces la misma respuesta, si tuvieran la bondad de aceptarla por fin, a saber: que lo que ha sido puede volver a ser; y que tampoco veían cómo podría alcanzar la altura de poder a la que ya ha llegado, de un modo, he de confesarlo, muy increíble. Que esas gentes incrédulas examinen de cerca la naturaleza, los fines y los designios de este gran monarca; hallarán que están trazados muy hondo, que sus planes encierran una prodigiosa dosis de prudencia y previsión, y que sus fines se logran a la larga por una especie de magia de la política; ¿y no reconocerán después de eso que debemos temerlo todo de él? Así como desea que los designios con que se afana no resulten abortivos, tampoco les asigna un día cierto de nacimiento, sino que los deja a las producciones naturales de los tiempos y las ocasiones oportunos, como esos curiosos artistas de la China que templan hoy el barro con el que se hará una vasija dentro de cien años.

Hay otra clase de políticos cortos de vista entre nosotros, que tienen más de astuta intriga cortesana y de arte de Estado inmediato que de verdadera política y de interés por el bien de su país. Estos caballeros cuelgan por entero su fe de la manga de otros; preguntan de todo lo que se les propone qué tal se ve en la corte, qué opina de ello su partido y si el partido contrario está a favor o en contra. Por ahí rigen su juicio, y a sus astutos guías les basta tachar cualquier cosa de whiggismo o de jacobitismo para que esta gente, sin más averiguación sobre el asunto, la abrace o la combata ciegamente. Tal es, al parecer, el caso del asunto que nos ocupa. De todo lo que se dice o se escribe en favor de Suecia y de su rey se dice al punto que sale de una pluma jacobita, y así se denigra y se rechaza sin leerlo ni considerarlo. Más aún, he oído a caballeros llegar a sostener públicamente, y con toda la vehemencia del mundo, que el rey de Suecia era católico romano y que el zar era un buen protestante. Esta es, en verdad, una de las mayores desgracias que padece nuestro país, y hasta que no empecemos a ver con nuestros propios ojos y a indagar nosotros mismos la verdad de las cosas, nos llevarán al final Dios sabe adónde. El servir a Suecia conforme a nuestros tratados y a nuestro interés real nada tiene que ver con nuestras causas de partido. En lugar de buscar cualquier pretexto para arruinar a Suecia y agarrarnos a él, deberíamos ayudarla abiertamente. ¿Podría nuestra sucesión protestante tener mejor amigo o campeón más audaz?

Concluiré recapitulando brevemente lo que he dicho. Que, puesto que el zar no solo ha respondido al rey de Dinamarca, que le suplicaba lo contrario, sino que ha contestado también a nuestro almirante Norris que persistiría en su resolución de aplazar el desembarco en Escania, y otros periódicos dicen que resuelve no hacerlo tampoco entonces si puede obtener la paz con Suecia, todo príncipe, y nosotros más particularmente, debe recelar de que tenga a la vista algún designio como el que menciono, y deliberar cómo prevenirlo y cortarle a tiempo sus alas demasiado ambiciosas, cosa que no puede hacerse eficazmente, en primer lugar, sin que las potencias marítimas tengan a bien empezar a mantenerlo a raya y en algún respeto; y es de esperar que cierta nación poderosa, que le ha ayudado a avanzar, pueda en cierta medida hacerlo retroceder, y pueda entonces hablar a este gran emprendedor en el lenguaje de un campesino de España que, llegando ante una imagen puesta en su altar, cuya primera hechura recordaba bien, y no hallando todo el trato respetuoso que esperaba, le dijo: «No tienes por qué ser tan orgulloso, que te conocimos ciruelo».50 El otro único camino es restituir mediante una paz al rey de Suecia lo que ha perdido; eso frena de inmediato su poder (el del zar), y por ese lado nada más puede frenarlo. Ojalá no se vea al final que quienes han estado luchando contra ese rey han estado, en el fondo, luchando contra sí mismos. Si el sueco recobra alguna vez sus dominios y rebaja el altivo espíritu del zar, aún podrá decir de sus vecinos lo que dijo un viejo héroe griego al que sus compatriotas enviaban siempre al destierro cada vez que les había prestado un servicio, pero se veían obligados a llamar de nuevo en su ayuda cada vez que les faltaba el éxito: «Esta gente —dijo— me trata siempre como a la palmera. Me están rompiendo las ramas continuamente y, sin embargo, si llega una tormenta, corren hacia mí y no encuentran mejor lugar donde guarecerse».51 Pero si no los recobra, solo exclamaré con una frase de la Andria de Terencio:

«¿Es esto creíble, o digno de memoria: que haya en alguien tan innata insensatez como para alegrarse del mal?»52

  1. Posdata.—Me precio de que esta pequeña historia es de naturaleza tan curiosa, y trata de asuntos hasta ahora tan poco observados, que la considero con orgullo un valioso regalo de Año Nuevo para el mundo presente; y de que la posteridad la aceptará como tal durante muchos años, la releerá en ese aniversario y la llamará su Advertencia. Yo también he de tener mi Exegi-Monumentum,53 como los demás.

Capítulo III

Para comprender una época histórica limitada, hay que salir de sus límites y compararla con otras épocas históricas. Para juzgar a los gobiernos y sus actos, hay que medirlos por su propio tiempo y por la conciencia de sus contemporáneos. Nadie condenará a un estadista británico del siglo XVII por obrar según la creencia en la brujería si ve al mismo Bacon incluir la demonología en el catálogo de las ciencias. En cambio, si los Stanhope, los Walpole, los Townshend, etc., fueron sospechosos para sus propios contemporáneos y combatidos y denunciados por ellos en su propio país como instrumentos o cómplices de Rusia, ya no vale escudar su política tras la cómoda pantalla de los prejuicios y la ignorancia comunes a su tiempo. A la cabeza de las pruebas históricas que hemos de cribar colocamos, por tanto, unos folletos ingleses olvidados desde hace mucho e impresos en la época misma de Pedro I. Estas piezas preliminares del proceso (pièces des procès) las limitaremos, sin embargo, a tres folletos que, desde tres puntos de vista distintos, ilustran la conducta de Inglaterra con Suecia. El primero, La crisis del Norte (reproducido en el capítulo II), revela el sistema general de Rusia y los peligros que la rusificación de Suecia acarreaba a Inglaterra; el segundo, titulado El tratado defensivo, juzga los actos de Inglaterra a la luz del tratado de 1700; y el tercero, titulado La verdad no es más que la verdad, según su momento, demuestra que los proyectos novedosos que engrandecían a Rusia hasta hacer de ella la potencia dominante del Báltico estaban en flagrante oposición con la política tradicional que Inglaterra había seguido durante un siglo entero.54

El folleto titulado El tratado defensivo no lleva fecha de publicación. Pero en un pasaje dice que, para reforzar la flota danesa, se dejaron en Copenhague ocho buques de guerra ingleses «el año antepasado», y en otro alude a la concentración de la flota confederada para la expedición de Escania como ocurrida «el verano pasado». Como el primer hecho tuvo lugar en 1715 y el segundo hacia el final del verano de 1716, es evidente que el folleto se escribió y se publicó en la primera parte del año 1717. El tratado defensivo entre Inglaterra y Suecia, cuyos artículos comenta el folleto uno por uno en forma de preguntas, se concluyó en 1700 entre Guillermo III y Carlos XII, y no debía expirar antes de 1719. Sin embargo, durante casi todo ese periodo encontramos a Inglaterra ayudando continuamente a Rusia y haciendo la guerra a Suecia, ya con intrigas secretas, ya a la fuerza y abiertamente, aunque el tratado nunca se denunció ni se declaró nunca la guerra. Este hecho es quizá menos extraño aún que la conspiración de silencio bajo la que los historiadores modernos han logrado sepultarlo; y entre ellos hay historiadores que no escatiman en absoluto la censura contra el gobierno británico de entonces por haber destruido, sin declaración previa de guerra, la flota española en aguas de Sicilia.55 Pero es que entonces, al menos, Inglaterra no estaba ligada a España por un tratado defensivo. ¿Cómo explicar, pues, este trato opuesto de casos semejantes? La piratería cometida contra España fue una de las armas a las que se aferraron los ministros whigs que se separaron del gabinete en 1717 para acosar a los colegas que se quedaron. Cuando estos últimos se presentaron en 1718 y apremiaron al Parlamento a declarar la guerra a España, Sir Robert Walpole se levantó de su escaño en los Comunes y en un discurso de lo más virulento denunció los recientes actos del ministerio como «contrarios al derecho de gentes y una violación de tratados solemnes». «Sancionarlos de la manera propuesta», dijo, «no podría tener otro fin que encubrir a unos ministros que tenían conciencia de haber obrado mal y que, después de empezar una guerra contra España, querían ahora convertirla en la guerra del Parlamento». La traición a Suecia y la connivencia con los planes de Rusia, como nunca dieron pie a un pretexto ostensible para una riña de familia entre los gobernantes whigs (que más bien estaban unánimes en estos puntos), nunca obtuvieron los honores de la crítica histórica que con tanta prodigalidad se dispensaron al incidente español.

Hasta qué punto los historiadores modernos suelen tomar la consigna de los propios embaucadores oficiales lo muestran mejor que nada sus reflexiones sobre los intereses comerciales de Inglaterra respecto de Rusia y de Suecia. Nada se ha exagerado más que las dimensiones del comercio que abrió a Gran Bretaña el enorme mercado de la Rusia de Pedro el Grande y de sus sucesores inmediatos. Afirmaciones sin el menor asomo de crítica han ido deslizándose de una estantería a otra hasta convertirse por fin en un mueble histórico de la casa, que hereda cada nuevo historiador sin acogerse siquiera al beneficio de inventario. Bastarán algunas cifras estadísticas incontrovertibles para borrar estos tópicos encanecidos.

Comercio británico de 1697 a 1700.

£

Exportación a Rusia 58.884

Importación de Rusia 112.252

————

Total 171.136

Exportación a Suecia 57.555

Importación de Suecia 212.094

————

Total 269.649

En el mismo periodo, el total

£

de la exportación de Inglaterra ascendió a 3.525.906

de la importación, a 3.482.586

—————

Total 7.008.492

En 1716, cuando todas las provincias suecas del Báltico y de los golfos de Finlandia y de Botnia habían caído ya en manos de Pedro I, la

£

exportación a Rusia fue de 113.154

la importación de Rusia, de 197.270

————

Total 310.424

Exportación a Suecia 24.101

Importación de Suecia 136.959

————

Total 161.060

Por las mismas fechas, el total de las exportaciones y las importaciones inglesas juntas alcanzaba unos 10.000.000 de libras. Si se comparan estas cifras con las de 1697-1700, se verá que el aumento del comercio ruso se compensa con la disminución del comercio sueco, y que lo que se añadió al uno se restó del otro.

En 1730, la

£

exportación a Rusia fue de 46.275

la importación de Rusia, de 258.802

————

Total 305.077

Quince años después, pues, y consolidado entretanto el asentamiento moscovita en el Báltico, el comercio británico con Rusia había bajado en 5.347 libras. Como el comercio general de Inglaterra alcanzaba en 1730 la suma de 16.329.001 libras, el comercio ruso no llegaba aún a 1/53 de su valor total. Treinta años más tarde, en 1760, la cuenta entre Gran Bretaña y Rusia queda así:

£

Importación de Rusia (en 1760) 536.504

Exportación a Rusia 39.761

————

Total £576.265

mientras que el comercio general de Inglaterra ascendía a 26.361.760 libras. Comparando estas cifras con las de 1706,56 vemos que el total del comercio ruso, al cabo de casi medio siglo, había aumentado en la insignificante suma de solo 265.841 libras. Que Inglaterra sufrió una pérdida efectiva con sus nuevas relaciones comerciales con Rusia bajo Pedro I y Catalina I resulta evidente si se comparan, por un lado, las cifras de exportación e importación y, por otro, las sumas gastadas en las frecuentes expediciones navales al Báltico que Inglaterra emprendió en vida de Carlos XII para quebrar su resistencia a Rusia y, después de su muerte, con el pretexto declarado de que era necesario frenar las usurpaciones marítimas de Rusia.

Otra ojeada a los datos estadísticos de los años 1697, 1700, 1716, 1730 y 1760 mostrará que el comercio británico de exportación a Rusia no dejó de decaer, salvo en 1716, cuando Rusia acaparó todo el comercio sueco de la costa oriental del Báltico y del golfo de Botnia y aún no había encontrado ocasión de someterlo a sus propias reglamentaciones. De las 58.884 libras en que se situaban las exportaciones británicas a Rusia en 1697-1700, cuando Rusia estaba todavía excluida del Báltico, habían bajado a 46.275 libras en 1730 y a 39.761 en 1760, lo que supone una disminución de 19.123 libras, o sea, cerca de 1/3 de su importe inicial en 1700. Si, pues, desde la absorción de las provincias suecas por Rusia, el mercado británico resultó cada vez más amplio para los productos brutos rusos, el mercado ruso, por su parte, resultó cada vez más estrecho para los fabricantes británicos, rasgo de aquel comercio que difícilmente podía recomendarlo en una época en que reinaba como doctrina suprema la de la balanza comercial. Rastrear las circunstancias que produjeron el aumento del comercio anglorruso bajo Catalina II nos alejaría demasiado del periodo que estamos considerando.

En conjunto, llegamos pues a las conclusiones siguientes. Durante los sesenta primeros años del siglo XVIII, el comercio anglorruso total formaba solo una fracción muy pequeña del comercio general de Inglaterra, digamos menos de 1/45. Su súbito aumento durante los primeros años del dominio de Pedro sobre el Báltico no afectó en absoluto a la balanza general del comercio británico, porque fue un simple traspaso de la cuenta sueca a la cuenta rusa. En los últimos tiempos de Pedro I, lo mismo que bajo sus sucesores inmediatos, Catalina I y Ana, el comercio anglorruso estaba en franco retroceso; durante toda la época que arranca del asentamiento definitivo de Rusia en las provincias bálticas, la exportación de manufacturas británicas a Rusia no dejó de decaer, de modo que al final estaba un tercio por debajo de su nivel inicial, cuando ese comercio se limitaba aún al puerto de Arcángel. Ni los contemporáneos de Pedro I ni la generación británica siguiente sacaron provecho alguno del avance de Rusia hasta el Báltico. En general, el comercio báltico de Gran Bretaña era entonces insignificante por el capital que movía, pero importante por su naturaleza: proporcionaba a Inglaterra las materias primas de sus pertrechos navales. Que, desde este último punto de vista, el Báltico estaba más seguro en manos de Suecia que en las de Rusia no solo lo demostraban los folletos que reimprimimos, sino que lo comprendían perfectamente los propios ministros británicos. Stanhope, por ejemplo, escribe a Townshend el 16 de octubre de 1716:

«Es seguro que, si se deja en paz al zar tres años, será dueño absoluto de esos mares».57

Si, pues, ni la navegación ni el comercio general de Inglaterra tenían interés alguno en el pérfido apoyo prestado a Rusia contra Suecia, existía en efecto una pequeña fracción de comerciantes británicos cuyos intereses eran idénticos a los rusos: la Compañía del Comercio con Rusia. Fue esta gente la que levantó el clamor contra Suecia. Véase, por ejemplo:

«Varios agravios de los comerciantes ingleses en su comercio con los dominios del rey de Suecia, por los que se ve cuán peligroso puede ser para la nación inglesa depender solo de Suecia para el suministro de pertrechos navales, cuando podría abastecerse ampliamente de pertrechos semejantes en los dominios del emperador de Rusia».

«El caso de los comerciantes que trafican con Rusia» (una petición al Parlamento), etc.

Fueron ellos quienes, en los años 1714, 1715 y 1716, se reunían regularmente dos veces por semana antes de la apertura del Parlamento para redactar en asambleas públicas las quejas de los mercantes británicos contra Suecia. En esta pequeña fracción se apoyaban los ministros, que incluso se afanaban en organizar sus manifestaciones, como puede verse por las cartas dirigidas por el conde Gyllenborg al barón Görtz, fechadas el 4 de noviembre y el 4 de diciembre de 1716,58 pues les faltaba solo la sombra de un pretexto para llevar a donde quisieran a su «Parlamento mercenario», como lo llama Gyllenborg. La influencia de estos comerciantes británicos del comercio con Rusia volvió a manifestarse en el año 1765, y nuestros propios días han visto a un comerciante del ramo ruso trabajar en su propio interés al frente de la Junta de Comercio, y a un ministro de Hacienda trabajar en interés de un primo dedicado al comercio de Arcángel.

La oligarquía que, tras la «gloriosa revolución», usurpó la riqueza y el poder a costa de la masa del pueblo británico se vio obligada, naturalmente, a buscar aliados no solo en el extranjero, sino también en casa. A estos últimos los encontró en lo que los franceses llamarían la haute bourgeoisie, representada por el Banco de Inglaterra, los prestamistas, los acreedores del Estado, la Compañía de las Indias Orientales y otras corporaciones mercantiles, los grandes fabricantes, etc. Con qué ternura administraban los intereses materiales de esa clase puede verse en toda su legislación interior: leyes bancarias, disposiciones proteccionistas, reglamentos de pobres, etc. En cuanto a su política exterior, querían darle al menos la apariencia de estar regida por entero por el interés mercantil, apariencia tanto más fácil de producir cuanto que el interés exclusivo de una u otra pequeña fracción de aquella clase se identificaba siempre, naturalmente, con tal o cual medida ministerial. La fracción interesada lanzaba entonces el grito del comercio y la navegación, y la nación le hacía eco estúpidamente.

En aquella época, pues, recaía al menos sobre el gabinete la carga de inventar pretextos mercantiles, por fútiles que fueran, para sus medidas de política exterior. En nuestra época, los ministros británicos han echado ese fardo sobre las naciones extranjeras y han dejado a los franceses, a los alemanes, etc., la ingrata tarea de descubrir los resortes mercantiles secretos y ocultos de sus actos. Lord Palmerston, por ejemplo, da un paso en apariencia de lo más perjudicial para los intereses materiales de Gran Bretaña. Al punto salta un filósofo del Estado, al otro lado del Atlántico o del Canal, o en el corazón de Alemania, que se devana los sesos para desenterrar los misterios del maquiavelismo mercantil de la «pérfida Albión», del que Palmerston sería el ejecutor sin escrúpulos y sin vacilaciones. Mostraremos de pasada, con algunos ejemplos modernos, a qué expedientes desesperados se han visto empujados esos extranjeros que se creen obligados a interpretar los actos de Palmerston por lo que se imaginan que es la política comercial inglesa. En su valiosa Histoire politique et sociale des Principautés Danubiennes, el señor Elias Regnault, sorprendido por la conducta prorrusa del señor Colquhoun, cónsul británico en Bucarest, antes de los años 1848-1849 y durante ellos, sospecha que Inglaterra tiene algún interés material secreto en frenar el comercio de los Principados.59 El difunto doctor Cunibert, médico particular del viejo Milosh, en su interesantísima relación de las intrigas rusas en Serbia, cuenta de un modo curioso cómo lord Palmerston, por mediación del coronel Hodges, traicionó a Milosh en favor de Rusia fingiendo apoyarle contra ella.60 Convencido por completo de la integridad personal de Hodges y del celo patriótico de Palmerston, el doctor Cunibert va un paso más allá que el señor Elias Regnault: sospecha que Inglaterra tiene interés en hundir el comercio turco en general. El general Mierosławski, en su última obra sobre Polonia, no anda muy lejos de insinuar que fue el maquiavelismo mercantil lo que indujo a Inglaterra a sacrificar su propio prestigio en Asia Menor con la rendición de Kars.61 Como último ejemplo pueden servir las lucubraciones actuales de los periódicos de París, que andan a la caza de los resortes secretos de envidia comercial que inducen a Palmerston a oponerse a la apertura del canal del istmo de Suez.

Volvamos a nuestro asunto. El pretexto mercantil que encontraron los Townshend, los Stanhope, etc., para las manifestaciones hostiles contra Suecia fue el siguiente. Hacia finales de 1713, Pedro I había ordenado que todo el cáñamo y los demás productos de sus dominios destinados a la exportación se llevaran a San Petersburgo en lugar de a Arcángel. Entonces la Regencia sueca, durante la ausencia de Carlos XII, y el propio Carlos XII después de su regreso de Bender,62 declararon bloqueados todos los puertos del Báltico ocupados por los rusos. En consecuencia, se confiscaron los barcos ingleses que rompían el bloqueo. El ministerio inglés afirmó entonces que los mercantes británicos tenían derecho a comerciar con aquellos puertos según el artículo XVII del tratado defensivo de 1700, que permitía proseguir el comercio inglés, salvo el contrabando de guerra, con los puertos del enemigo. Como el folleto que vamos a reimprimir pone plenamente al descubierto lo absurdo y lo falso de este pretexto, solo observaremos que la cuestión se había resuelto más de una vez en contra de naciones comerciales que no estaban obligadas, como Inglaterra, por un tratado a defender la integridad del imperio sueco. En el año 1561, cuando los rusos tomaron Narva y se esforzaron mucho por establecer allí su comercio, las ciudades hanseáticas, sobre todo Lübeck, trataron de adueñarse de ese tráfico. Erico XIV, entonces rey de Suecia, se opuso a sus pretensiones. La ciudad de Lübeck presentó esta oposición como algo completamente nuevo, ya que ellos habían comerciado con los rusos desde tiempo inmemorial, y alegó el derecho común de las naciones a navegar por el Báltico siempre que sus barcos no llevaran contrabando de guerra. El rey respondió que no disputaba a las ciudades hanseáticas la libertad de comerciar con Rusia, sino solo con Narva, que no era un puerto ruso. Y en el año 1579, cuando los rusos rompieron la tregua con Suecia, los daneses reclamaron también la navegación a Narva en virtud de su tratado, pero el rey Juan se mantuvo tan firme como su hermano Erico en sostener lo contrario.

En sus manifestaciones abiertas de hostilidad contra el rey de Suecia, lo mismo que en el falso pretexto en que se fundaban, Inglaterra no parecía sino seguir los pasos de Holanda, que, declarando piratería la confiscación de sus barcos, había publicado en 1714 dos proclamas contra Suecia.

En un aspecto, el caso de los Estados Generales era el mismo que el de Inglaterra. El rey Guillermo había concluido el tratado defensivo tanto para Holanda como para Inglaterra. Además, el artículo XVI del tratado de comercio concluido entre Holanda y Suecia en 1703 estipulaba expresamente que no debía permitirse ninguna navegación a los puertos bloqueados por cualquiera de los confederados. La cantinela holandesa, entonces corriente, de que «no se puede impedir a los comerciantes llevar sus mercancías adonde quieran» era tanto más desvergonzada cuanto que durante la guerra que terminó con la paz de Rijswijk la República holandesa había declarado bloqueada toda Francia, había prohibido a las potencias neutrales todo comercio con ese reino y había hecho detener todos los barcos que iban allí o venían de allí sin atender en absoluto a la naturaleza de su carga.

En otro aspecto, la situación de Holanda era distinta de la de Inglaterra. Caída de su grandeza comercial y marítima, Holanda había entrado ya entonces en su época de decadencia. Como Génova y Venecia cuando las nuevas rutas comerciales las desposeyeron de su antigua supremacía mercantil, se vio obligada a prestar a otras naciones su capital, que había crecido demasiado para los cauces de su propio comercio. Su patria había empezado a estar allí donde se pagaba el mejor interés por su capital. Rusia resultó ser, por tanto, un mercado inmenso, menos para el comercio que para la colocación de capital y de hombres. Hasta hoy Holanda ha seguido siendo el banquero de Rusia. En tiempos de Pedro suministraban a Rusia barcos, oficiales, armas y dinero, hasta el punto de que su flota, como observa un escritor contemporáneo, habría debido llamarse holandesa antes que moscovita. Se vanagloriaban de haber enviado a San Petersburgo el primer barco mercante europeo, y pagaban los privilegios comerciales que habían obtenido de Pedro, o esperaban obtener de él, con esa bajeza servil que caracteriza su trato con el Japón. Aquí había, pues, un fundamento sólido muy distinto del que había en Inglaterra para el rusismo de unos estadistas a los que Pedro I había enredado durante su estancia en Ámsterdam y La Haya en 1697, a los que dirigió después por medio de sus embajadores y sobre los que renovó su influencia personal durante su nueva estancia en Ámsterdam en 1716-1717. Sin embargo, si se considera la influencia predominante que Inglaterra ejerció sobre Holanda durante los primeros decenios del siglo XVIII, no puede caber duda de que las proclamas de los Estados Generales contra Suecia nunca se habrían publicado sin el consentimiento previo de Inglaterra y a instigación suya. La estrecha relación entre los gobiernos inglés y holandés sirvió más de una vez al primero para sentar, en nombre de Holanda, precedentes según los cuales estaba resuelto a obrar en nombre de Inglaterra. Por otra parte, no es menos cierto que el zar se servía de los estadistas holandeses para influir en los británicos. Así, Horace Walpole, hermano del «Padre de la Corrupción»,63 cuñado del ministro Townshend y embajador británico en La Haya en 1715-1716, fue evidentemente atraído al interés ruso por sus amigos holandeses. Así, como veremos más adelante, Theyls, secretario de la embajada holandesa en Constantinopla, en el periodo más crítico de la lucha a muerte entre Carlos XII y Pedro I, llevaba al mismo tiempo los asuntos de las embajadas de Inglaterra y de Holanda ante la Sublime Puerta. Este Theylls, en un escrito suyo, se atribuye abiertamente como un mérito ante su nación el haber sido agente devoto, y recompensado, de la intriga rusa.

Capítulo IV

«El tratado defensivo concluido en el año 1700 entre su difunta majestad el rey Guillermo, de gloriosa memoria para siempre, y su actual majestad sueca el rey Carlos XII. Publicado a petición encarecida de varios miembros de ambas Cámaras del Parlamento.

“No rompáis los pactos de paz ni antepongáis los reinos a la fe jurada”. —Silio, Lip. II.64

«Artículo I. Establece entre los reyes de Suecia y de Inglaterra “una amistad sincera y constante para siempre, una liga y buena correspondencia, de modo que nunca, ni conjunta ni separadamente, molestarán el uno los reinos, provincias, colonias o súbditos del otro, dondequiera que se hallen, ni consentirán ni aceptarán que lo hagan otros, etc.”

«Artículo II. “Además, cada uno de los aliados, sus herederos y sucesores estarán obligados a cuidar y promover, en cuanto de él dependa, el provecho y el honor del otro; a descubrir y notificar a su aliado (en cuanto llegue a su conocimiento) todos los peligros inminentes, conspiraciones y designios hostiles formados contra él; a oponerse a ellos en lo posible y a impedirlos con su consejo y su ayuda; y por tanto no será lícito a ninguno de los aliados, ni por sí mismo ni por medio de otro cualquiera, hacer, tratar ni intentar nada en perjuicio o pérdida del otro, de sus tierras o dominios, cualesquiera que sean y dondequiera que estén, ya por tierra, ya por mar; que el uno no favorecerá en modo alguno a los adversarios del otro, sean rebeldes o enemigos, en perjuicio de su aliado”, etc.

«Pregunta I. ¿Cómo concuerdan las palabras en cursiva con nuestra conducta actual, cuando nuestra flota actúa en unión con los enemigos de Suecia, el zar manda nuestra flota y nuestro almirante entra en sus consejos de guerra, y no solo está al corriente de todos sus designios, sino que, junto con nuestro propio ministro en Copenhague (como lo ha reconocido el propio rey de Dinamarca en una declaración pública), empujó a los confederados del Norte a una empresa enteramente destructiva para nuestra aliada Suecia, me refiero al desembarco proyectado el verano pasado en Escania?

«Pregunta II. ¿De qué manera hemos de explicar también aquel pasaje del primer artículo en que se estipula que un aliado no hará, tratará ni intentará nada, ni por sí mismo ni por medio de otro cualquiera, en pérdida de las tierras y dominios del otro, para justificar en particular el que en el año 1715, cuando la estación estaba ya tan avanzada que no admitía nuestro pretexto habitual de convoyar y proteger nuestro comercio, que ya había regresado a salvo, dejáramos en el Báltico ocho buques de guerra con orden de formar en una misma línea de batalla con los daneses, con lo que les dimos tal superioridad numérica sobre la flota sueca que esta no pudo acudir en socorro de Stralsund, y con lo que fuimos la causa principal de que Suecia perdiera por completo sus provincias alemanas, e incluso del peligro extremo que corrió en su propia persona su majestad sueca al cruzar el mar antes de la rendición de la ciudad?

«Artículo III. Por un tratado defensivo especial, los reyes de Suecia y de Inglaterra se obligan mutuamente “en estrecha alianza a defenderse el uno al otro, así como sus reinos, territorios, provincias, Estados, súbditos y posesiones, como también sus derechos y libertades de navegación y comercio, tanto en el mar del Norte, el Deucalidonio, el Occidental y el Británico, llamado comúnmente el Canal, como en el Báltico y el Sund; y asimismo los privilegios y prerrogativas que pertenecen a cada uno de los aliados en virtud de tratados y convenios, así como por costumbre recibida, por el derecho de gentes o por derecho hereditario, contra cualesquiera agresores, invasores y perturbadores en Europa, por mar o por tierra, etc.”

«Pregunta. Siendo por el derecho de gentes un derecho y prerrogativa indiscutible de cualquier rey o pueblo, en caso de gran necesidad o de amenaza de ruina, usar todos los medios que él mismo juzgue más necesarios para su conservación; habiendo sido además prerrogativa y práctica constante de los suecos desde hace varios cientos de años, en caso de guerra con sus enemigos más temibles, los moscovitas, impedir todo comercio con ellos en el Báltico; y estando estipulado también en este artículo que, entre otras cosas, un aliado debe defender las prerrogativas que pertenecen al otro, incluso por costumbre recibida y por el derecho de gentes, ¿cómo es que ahora, cuando el rey de Suecia necesita más que nunca usar esa prerrogativa, no solo se la disputamos, sino que la tomamos además como pretexto para una hostilidad abierta contra él?

«Los artículos IV, V, VI y VII fijan la fuerza de las tropas auxiliares que Inglaterra y Suecia han de enviarse mutuamente en caso de que el territorio de una de estas dos potencias sea invadido, o de que su navegación sea “molestada o impedida” en alguno de los mares enumerados en el artículo III. La invasión de las provincias alemanas de Suecia se incluye expresamente como casus fœderis.

«El artículo VIII estipula que el aliado que no sea atacado hará primero el papel de mediador pacífico; pero, si la mediación fracasa, “las susodichas fuerzas se enviarán sin demora, y los confederados no desistirán hasta que la parte agraviada quede satisfecha en todo”.

«Artículo IX. El aliado que requiera la “ayuda” estipulada “ha de escoger si quiere el ejército arriba nombrado, todo o en parte, en soldados, barcos, municiones o dinero”.

«Artículo X. Los barcos y los ejércitos sirven bajo “el mando de quien los requirió”.

«Artículo XI. “Pero si sucediera que las fuerzas arriba mencionadas no fuesen proporcionadas al peligro, como suponiendo que el agresor fuese acaso asistido por las fuerzas de algunos otros confederados suyos, entonces uno de los aliados, previa petición, estará obligado a ayudar al otro, al agraviado, con fuerzas mayores, tales como pueda levantar con seguridad y conveniencia, tanto por mar como por tierra...”.

«Artículo XII. “Será lícito a cualquiera de los aliados y a sus súbditos llevar sus buques de guerra a los puertos del otro e invernar en ellos”. Sobre este punto se celebrarán negociaciones especiales en Estocolmo, pero “entretanto, los artículos del tratado concluido en Londres en 1661 relativos a la navegación y al comercio seguirán en pleno vigor, como si estuvieran insertos aquí palabra por palabra”.

«Artículo XIII. “... Los súbditos de cualquiera de los aliados... no les servirán (a los enemigos de cualquiera de los aliados) en modo alguno, ni por mar ni por tierra, ni como marineros ni como soldados, y por tanto se les prohibirá bajo pena severa”.

«Artículo XIV. “Si sucede que cualquiera de los reyes confederados... se halla empeñado en una guerra contra un enemigo común, o es molestado por algún otro rey vecino... en sus propios reinos o provincias..., para impedir lo cual aquel que requiere ayuda pudiera estar él mismo obligado, por fuerza de este tratado, a enviar ayuda, entonces el aliado así molestado no estará obligado a enviar la ayuda prometida...”.

«Pregunta I. ¿No creemos en conciencia que el rey de Suecia ha sido atacado con la mayor injusticia por todos sus enemigos? ¿No estamos convencidos, en consecuencia, de que le debemos la asistencia estipulada en estos artículos? ¿No nos la ha pedido él, y por qué se le ha negado hasta ahora?

«Pregunta II. Puesto que estos artículos establecen en los términos más expresos de qué manera Gran Bretaña y Suecia deben asistirse mutuamente, ¿puede cualquiera de estos dos aliados atribuirse el derecho de prescribir al otro, que requiere su asistencia, un modo de prestársela que no está expresado en el tratado? Y si ese otro aliado no cree que le convenga aceptarlo, sino que sigue insistiendo en el cumplimiento del tratado, ¿puede el primero tomar de ahí pretexto no solo para negar la asistencia estipulada, sino también para tratar a su aliado de modo hostil y unirse contra él a sus enemigos? Si esto no es justificable, como nos dice el simple sentido común que no lo es, ¿cómo puede sostenerse la razón que alegamos, entre otras, para tratar al rey de Suecia como lo hacemos, es decir, que, exigiendo el cumplimiento literal de su alianza con nosotros, no quiso aceptar el tratado de neutralidad para sus provincias alemanas que le propusimos hace algunos años? Tratado que, por no hablar de su parcialidad en favor de los enemigos de Suecia ni de que estaba calculado solo en nuestro propio interés y para impedir toda perturbación en el Imperio mientras estábamos empeñados en una guerra contra Francia, el rey de Suecia tenía tanto menos motivo para fiarse de él cuanto que debía concluirlo con aquellos mismos enemigos que, todos y cada uno, habían roto varios tratados al empezar contra él la guerra presente, y cuanto que debían garantizarlo unas potencias que eran también, todas y cada una, garantes de los tratados rotos sin haber cumplido su garantía.

«Pregunta III. ¿Cómo podemos hacer concordar las palabras del artículo 7.º, que, al asistir a nuestro aliado agraviado, no desistiremos hasta que quede satisfecho en todo, con nuestros esfuerzos por ayudar, al contrario, a los enemigos de ese príncipe, agresores injustos todos ellos, no solo a quitarle una provincia tras otra, sino también a quedarse como poseedores tranquilos de ellas, mientras culpamos en todo momento al rey de Suecia de no someterse a ello mansamente?

«Pregunta IV. Confirmado en el artículo 11.º el tratado concluido en el año 1661 entre Gran Bretaña y Suecia, y prohibiendo expresamente dicho tratado a uno de los confederados prestar o vender, por sí o por sus súbditos, a los enemigos del otro buques de guerra o naves de defensa; prohibiendo también expresamente el artículo 13.º del presente tratado a los súbditos de cualquiera de los aliados ayudar de cualquier modo a los enemigos del otro, en perjuicio y pérdida de tal aliado, ¿no habríamos acusado a los suecos de la más notoria violación de este tratado si, durante nuestra última guerra con los franceses, les hubieran prestado su propia flota para ejecutar mejor cualquier designio suyo contra nosotros, o si, pese a nuestras protestas, hubieran permitido a sus súbditos proveer a los franceses de barcos de 50, 60 y 70 cañones? Pues bien, si damos la vuelta a la tortilla y recordamos en cuántas ocasiones nuestra flota ha estado últimamente enteramente al servicio de los designios de los enemigos de Suecia, aun en los momentos más críticos, y que el zar de Moscovia tiene efectivamente en su flota más de una docena de barcos construidos en Inglaterra, ¿no nos será muy difícil excusar en nosotros mismos lo que con toda seguridad habríamos censurado si lo hubieran hecho otros?

«Artículo XVII. La obligación no se extenderá hasta el punto de suprimir toda amistad y todo comercio mutuo con los enemigos de aquel aliado (que requiere la ayuda); porque, suponiendo que uno de los confederados enviase sus auxiliares sin estar él mismo empeñado en la guerra, será lícito entonces a sus súbditos traficar y comerciar con aquel enemigo del aliado que está empeñado en la guerra, y también comerciar directamente y con seguridad con tales enemigos en todas las mercancías que no estén expresamente prohibidas y no se llamen contrabando, según se fijará más adelante en un tratado especial de comercio.

«Pregunta I. Siendo este artículo el único de veintidós cuyo cumplimiento tenemos ahora ocasión de exigir a los suecos, la cuestión será si nosotros mismos hemos cumplido respecto de Suecia todos los demás artículos como nos correspondía, y si, al exigir al rey de Suecia la ejecución de este artículo, hemos prometido que cumpliríamos también nuestro deber en cuanto a todos los demás. Si no es así, ¿no pueden decir los suecos que nos quejamos injustamente de la violación de un solo artículo cuando quizá se nos pueda hallar culpables de no haber ejecutado en los puntos más esenciales el tratado entero, o incluso de haber obrado contra él?

«Pregunta II. ¿Debe la libertad de comercio que un aliado ha de gozar, en virtud de este artículo, con los enemigos del otro no tener limitación alguna, ni de tiempo ni de lugar? En suma, ¿debe extenderse incluso hasta el punto de destruir el fin mismo de este tratado, que es promover la seguridad y la protección de los reinos de uno y otro?

«Pregunta III. Si en las últimas guerras los franceses se hubieran hecho dueños de Irlanda o de Escocia y, en puertos de nueva construcción o en los antiguos, hubieran procurado por medio del comercio afianzarse aún más en su nueva conquista, ¿habríamos tenido en tal caso a los suecos por verdaderos aliados y amigos nuestros si hubieran invocado este artículo para comerciar con los franceses en dichos puertos tomados a nosotros y proveerlos allí de diversos pertrechos de guerra, y aun de barcos armados, con los que los franceses habrían podido hostigarnos más fácilmente aquí en Inglaterra?

«Pregunta IV. Si nos hubiéramos puesto a impedir un comercio tan perjudicial para nosotros y, con ese fin, hubiéramos detenido todos los barcos suecos que fueran a dichos puertos, ¿no habríamos clamado a voz en grito contra los suecos si hubieran tomado de ahí pretexto para unir su flota a la francesa, para causarnos la pérdida de alguno de nuestros dominios e incluso, para alentar la invasión contra nosotros, tener su flota a mano para favorecerla?

«Pregunta V. ¿No habría sido este, examinado con imparcialidad, un caso exactamente paralelo al nuestro, en lo que toca a la libertad de comercio que exigimos con los puertos que el zar ha quitado a Suecia y a nuestra conducta actual ante el hecho de que el rey de Suecia lo impida?

«Pregunta VI. ¿No hemos detenido y confiscado, desde los tiempos de Oliver Cromwell hasta 1710, en todas nuestras guerras con Francia y Holanda, sin urgente necesidad alguna, barcos suecos que ni siquiera iban a puertos prohibidos, y ello en número y valor muy superiores a los de todos los que los suecos nos han tomado ahora? ¿Y han tomado alguna vez los suecos de ahí pretexto para unirse a nuestros enemigos y enviar en su ayuda escuadras enteras?

«Pregunta VII. Si examinamos de cerca el estado del comercio tal como se ha llevado durante tantos años, ¿no hallaremos que el comercio de los lugares arriba mencionados no nos era tan necesario, o por lo menos no tanto como para ponerlo en la balanza frente a la conservación de una nación confederada protestante, y mucho menos para darnos una razón justa para hacer la guerra a esa nación, guerra que, aunque no declarada, le ha hecho más daño que los esfuerzos unidos de todos sus enemigos?

«Pregunta VIII. Si sucedió hace dos años que este comercio se nos hiciera algo más necesario que antes, ¿no es fácil probar que ello se debió solo a que el zar nos sacó por la fuerza de nuestro antiguo cauce comercial por Arcángel y nos llevó a Petersburgo, y a que nosotros nos plegamos a ello? ¿De modo que todos los inconvenientes que sufrimos por ese motivo debieron achacarse al zar y no al rey de Suecia?

«Pregunta IX. ¿No nos permitió el zar, ya a comienzos de 1715, volver a comerciar por nuestra antigua vía de Arcángel? ¿Y no tenían noticia de ello nuestros ministros mucho antes de que se enviara aquel año nuestra flota a proteger nuestro comercio con Petersburgo, que con este cambio en la resolución del zar se había vuelto tan innecesario para nosotros como antes?

«Pregunta X. ¿No había declarado el rey de Suecia que, si nos absteníamos de comerciar con Petersburgo, etc., cosa que él consideraba ruinosa para su reino, no perturbaría en modo alguno nuestro comercio, ni en el Báltico ni en ninguna otra parte; pero que, si no queríamos darle esta pequeña prueba de nuestra amistad, se le disculpara si los inocentes llegaban a sufrir con los culpables?

«Pregunta XI. Al empeñarnos en comerciar con los puertos prohibidos por el rey de Suecia, comercio que, además de sernos innecesario, apenas representa una décima parte del que llevamos en el Báltico, ¿no hemos atraído sobre nosotros los riesgos que nuestro comercio ha corrido todo este tiempo, no hemos sido nosotros mismos la causa de nuestros grandes gastos en armar flotas para protegerlo y, al unirnos a los enemigos de Suecia, no hemos justificado plenamente el resentimiento de su majestad sueca, aun cuando hubiera llegado hasta el punto de apresar y confiscar sin distinción todos nuestros barcos y bienes dondequiera que los hallara, dentro o fuera de sus reinos?

«Pregunta XII. Si tan celosos éramos de nuestro comercio con los puertos del Norte en general, ¿no debíamos, por buena política, haber considerado más bien el riesgo que ese comercio corre por la ruina inminente de Suecia y porque el zar se convierta en dueño único y absoluto del Báltico y de todos los pertrechos navales que necesitamos de allí? ¿Y no hemos sufrido en dicho comercio, por parte del zar, mayores vejaciones y pérdidas que la de sesenta y tantas mil libras (de las que, dicho sea de paso, quizá dos terceras partes sean discutibles) que nos provocó a enviar primero veinte buques de guerra al Báltico con orden de atacar a los suecos dondequiera que los encontraran? Y sin embargo, ¿no fue este mismo zar, este mismo príncipe ambicioso y peligroso, quien mandó el verano pasado toda la flota confederada, como la llamaban, de la que nuestros buques de guerra formaban la parte más considerable? Primer ejemplo que jamás se haya visto de que se diera a un potentado extranjero el mando de la flota inglesa, baluarte de nuestra nación; ¿y no escoltaron después esos buques de guerra nuestros sus barcos de transporte (los del zar), con las tropas a bordo, a su regreso de Selandia, protegiéndolos de la flota sueca, que de otro modo habría hecho en ellos un estrago considerable?

«Pregunta XIII. Supongamos ahora que, al contrario, nos hubiéramos agarrado a las grandes y numerosas quejas de nuestros comerciantes por el mal trato que reciben del zar para enviar nuestra flota a mostrar nuestro resentimiento contra ese príncipe, a impedir sus grandes y perniciosos designios, aun contra nosotros mismos, a asistir a Suecia conforme a este tratado y a restablecer efectivamente la paz en el Norte: ¿no habría sido eso más conforme a nuestro interés, más necesario, más honroso y justo, y más acorde con nuestro tratado? ¿Y no habrían estado así mejor empleados los varios cientos de miles de libras que estas expediciones nuestras al Norte han costado a la nación?

«Pregunta XIV. Si la conservación y la seguridad de nuestro comercio frente a los suecos han sido el único y verdadero objeto de todas nuestras medidas en los asuntos del Norte, ¿cómo es que el año antepasado dejamos ocho buques de guerra en el Báltico y en Copenhague, cuando ya no teníamos allí comercio que proteger? ¿Y cómo es que el almirante Norris, el verano pasado, aunque entre él y los holandeses sumaban veintiséis buques de guerra y eran, por tanto, demasiado fuertes para que los suecos intentaran nada contra nuestro comercio bajo su escolta, se quedó más de dos meses enteros de la mejor estación en el Sund, sin convoyar a nuestros mercantes y a los holandeses a los diversos puertos a que se dirigían, con lo que se les retuvo en el Báltico hasta tan tarde que su regreso no podía dejar de ser muy arriesgado, como lo fue en efecto, tanto para ellos como para nuestros propios buques de guerra? ¿No se inclinará el mundo a pensar que la esperanza de forzar al rey de Suecia a una paz sin gloria y desventajosa, por la que los ducados de Bremen y Verden habían de añadirse a los dominios de Hannover, u otra mira semejante, ajena, cuando no contraria, al verdadero y antiguo interés de Gran Bretaña, influyó entonces en todos estos procederes nuestros más que el pretendido cuidado de nuestro comercio?

«Artículo XVIII. Por cuanto parece conveniente para la conservación de la libertad de navegación y comercio en el mar Báltico que se mantenga una amistad firme y exacta entre los reyes de Suecia y de Dinamarca; y por cuanto los anteriores reyes de Suecia y de Dinamarca se obligaron mutuamente, no solo por los artículos públicos de paz hechos en el campamento de Copenhague el 27 de mayo de 1660 y por las ratificaciones del acuerdo intercambiadas por ambas partes, a observar sagrada e inviolablemente todas y cada una de las cláusulas comprendidas en dicho acuerdo, sino que declararon también juntos a... Carlos II, rey de Gran Bretaña..., poco antes del tratado concluido entre Inglaterra y Suecia en el año 1665, que se atendrían sinceramente... a todos... los artículos de dicha paz...; tras lo cual Carlos II, con la aprobación y el consentimiento de ambos reyes antedichos de Suecia y de Dinamarca, se constituyó, poco después del tratado concluido entre Inglaterra y Suecia el 1 de marzo de 1665, a saber, el 9 de octubre de 1665, garante de esos mismos acuerdos...; y por cuanto poco después de estos se concluyó en Lund, en Escania, en 1679, un instrumento de paz entre... los reyes de Suecia y de Dinamarca que contiene una transacción expresa y la repetición y confirmación de los tratados concluidos en Roskilde, Copenhague y Westfalia; por tanto..., el rey de Gran Bretaña se obliga por la fuerza de este tratado... a que, si cualquiera de los reyes de Suecia y de Dinamarca consintiera en la violación, ya de todos los acuerdos, ya de uno o más de los artículos comprendidos en ellos, y en consecuencia si cualquiera de los reyes, en perjuicio de la persona, provincias, territorios, islas, bienes, dominios y derechos del otro, que por la fuerza de los acuerdos tantas veces repetidos y hechos en el campamento de Copenhague el 27 de mayo de 1660, como también de los hechos en la... paz de Lund, en Escania, en 1679, se atribuyeron a cada uno de los interesados y comprendidos en los términos de la paz, osara, por sí o por otros, o se propusiera o intentara en secreto, o mediante molestias abiertas, o mediante cualquier agravio, o mediante cualquier violencia de las armas, intentar algo, entonces el... rey de Gran Bretaña... cumplirá ante todo, con su interposición, todos los oficios de un amigo y aliado principesco que puedan servir para mantener inviolables todos los acuerdos tantas veces mencionados y cada uno de los artículos comprendidos en ellos, y en consecuencia para la conservación de la paz entre ambos reyes; y que después, si el rey que da comienzo a tal perjuicio, o a cualquier molestia o agravio contrario a todos los acuerdos y contrario a cualesquiera artículos comprendidos en ellos, se negara, después de amonestado..., entonces el rey de Gran Bretaña... asistirá al agraviado según se determina y conviene para tales casos en los presentes acuerdos entre los reyes de Gran Bretaña y de Suecia.

«Pregunta. ¿No nos dice expresamente este artículo cómo remediar las perturbaciones que nuestro comercio en el Báltico pudiera sufrir en caso de desavenencia entre los reyes de Suecia y de Dinamarca, a saber, obligando a ambos príncipes a guardar todos los tratados de paz que se han concluido entre ellos de 1660 a 1670 y, en caso de que cualquiera de ellos obrara de manera hostil contra dichos tratados, asistiendo al otro contra el agresor? ¿Cómo es, entonces, que no usamos un remedio tan justo contra un mal del que tanto padecemos? ¿Puede alguien, por parcial que sea, negar que el rey de Dinamarca, en apariencia amigo sincero del rey de Suecia desde la paz de Travendal hasta que este salió de Sajonia contra los moscovitas, cayó muy injustamente sobre él inmediatamente después, aprovechándose sin nobleza de la funesta batalla de Poltava? ¿No es, pues, el rey de Dinamarca el violador de todos los tratados arriba mencionados y, en consecuencia, el verdadero autor de las perturbaciones que sufre nuestro comercio en el Báltico? ¿Por qué, en nombre de Dios, no asistimos a Suecia contra él conforme a este artículo, y por qué, al contrario, nos declaramos abiertamente contra el agraviado rey de Suecia, le enviamos memoriales fanfarrones y amenazadores a la menor ventaja que obtiene sobre sus enemigos, como hicimos el verano pasado cuando entró en Noruega, e incluso ordenamos a nuestras flotas obrar abiertamente contra él en unión con los daneses?

«Artículo XIX. Habrá en adelante “una confederación y unión más estrecha entre los arriba mencionados reyes de Gran Bretaña y de Suecia para la defensa y la conservación de la religión protestante, evangélica y reformada”.

«Pregunta I. ¿Cómo nos unimos a Suecia, conforme a este artículo, para afirmar, proteger y conservar la religión protestante? ¿No permitimos que esa nación, que ha sido siempre un baluarte de dicha religión, sea despedazada sin piedad?... ¿No echamos nosotros mismos una mano para su destrucción? ¿Y por qué todo esto? Porque nuestros comerciantes han perdido barcos por valor de sesenta y tantas mil libras. Esta pérdida, y nada más, fue la razón aducida para que en el año 1715 enviáramos nuestra flota al Báltico con un gasto de 200.000 libras; y en cuanto a lo que nuestros comerciantes han sufrido después, aun suponiendo que lo atribuyamos a nuestros memoriales amenazadores y a nuestras hostilidades abiertas contra el rey de Suecia, ¿no debemos reconocer, aun así, que el resentimiento de ese príncipe ha sido muy moderado?

«Pregunta II. ¿Cómo pueden otros príncipes, y en especial nuestros correligionarios protestantes, creernos sinceros en lo que les hemos hecho creer acerca de nuestro celo en gastar millones de vidas y de dinero para asegurar el interés protestante en una sola de sus ramas, me refiero a la sucesión protestante aquí, cuando ven que, apenas se ha producido esa sucesión, nosotros, solo por sesenta y tantas mil libras (pues recordemos siempre que esta mísera suma fue el primer pretexto de nuestra querella con Suecia), nos ponemos a socavar los cimientos mismos de ese interés en general, ayudando como ayudamos a sacrificar por completo a Suecia, antigua y sincera protectora de los protestantes, a sus vecinos, de los cuales unos son papistas declarados, otros cosa peor y otros, cuando menos, protestantes tibios?

«Artículo XX. Por tanto, para que se manifieste la fe recíproca de los aliados y su perseverancia en este acuerdo..., ambos reyes antedichos se obligan mutuamente y declaran que... no se apartarán un ápice del sentido genuino y común de todos y cada uno de los artículos de este tratado bajo ningún pretexto de amistad, provecho, tratado, acuerdo o promesa anteriores, ni bajo color alguno, sino que pondrán en ejecución con la mayor plenitud y prontitud, por sí mismos o por medio de ministros o súbditos, todo cuanto han prometido en este tratado..., sin vacilación, excepción ni excusa alguna...

«Pregunta I. Por cuanto este artículo establece que, en el momento de concluir el tratado, no teníamos ningún compromiso contrario a él, y que sería sumamente injusto que después, y mientras este tratado está en vigor, que es dieciocho años desde el día en que se firmó, hubiéramos contraído compromisos semejantes, ¿cómo podemos justificar ante el mundo nuestros últimos procederes contra el rey de Suecia, que parecen naturalmente consecuencias de un tratado, ya hecho por nosotros mismos con los enemigos de ese príncipe, ya de alguna corte que influye actualmente en nuestras medidas?

«Pregunta II. Las palabras de este artículo... ¿cómo, en nombre del honor, la fe y la justicia, concuerdan con los mezquinos y lastimosos pretextos de que nos servimos ahora, no solo para no asistir a Suecia conforme a este tratado, sino incluso para ponernos con tanto ahínco como lo hacemos a destruirla?

«Artículo XXI. Este tratado defensivo durará dieciocho años, antes de cuyo término los reyes confederados podrán... tratar de nuevo.

«Ratificación del susodicho tratado. Habiendo visto y considerado este tratado, lo hemos aprobado y confirmado en todos y cada uno de sus artículos y cláusulas como por la presente. Lo aprobamos por nos, nuestros herederos y sucesores, asegurando y prometiendo nuestra palabra de príncipe de que cumpliremos y observaremos sinceramente y de buena fe todo lo que en él se contiene; para mayor confirmación de lo cual hemos mandado poner nuestro gran sello de Inglaterra a las presentes, dadas en nuestro palacio de Kensington el 25 de febrero del año del Señor 1700 y undécimo de nuestro reinado (Gulielmus Rex).65

«Pregunta. ¿Cómo puede cualquiera de nosotros que se declare partidario de la reciente y feliz revolución y que sea verdadero y agradecido amante de la memoria, gloriosa para siempre, del rey Guillermo..., soportar con la menor paciencia que dicho tratado (por usar de nuevo las palabras del artículo 20.º) sea abandonado bajo cualquier pretexto de provecho o bajo color alguno, y sobre todo bajo uno tan insignificante y baladí como el que se ha usado durante dos años seguidos para emplear nuestros barcos, nuestros hombres y nuestro dinero en consumar la ruina de Suecia, de esa misma Suecia cuya defensa y conservación había prometido tan solemnemente este grande y sabio monarca nuestro, y que él consideró siempre de la mayor necesidad para asegurar el interés protestante en Europa?».

Capítulo V

Antes de entrar en el análisis del folleto titulado La verdad no es más que la verdad, según su momento, con el que concluiremos la Introducción a las revelaciones diplomáticas, parecen oportunas algunas observaciones preliminares sobre la historia general de la política rusa.

La influencia abrumadora de Rusia ha cogido a Europa por sorpresa en diferentes épocas, ha sobresaltado a los pueblos de Occidente y se ha soportado como una fatalidad, o solo se le ha opuesto resistencia a sacudidas. Pero junto a la fascinación que ejerce Rusia corre un escepticismo que renace sin cesar, que la sigue como una sombra, que crece con su crecimiento, que mezcla notas agudas de ironía con los gritos de los pueblos agonizantes y se burla de su misma grandeza como de una actitud teatral adoptada para deslumbrar y engañar. Otros imperios tropezaron con dudas semejantes en su infancia; Rusia se ha convertido en un coloso sin sobrevivirlas. Es el único ejemplo en la historia de un imperio inmenso cuyo poder, aun después de hazañas de alcance mundial, nunca ha dejado de tratarse en su existencia misma como una cuestión de fe antes que como una cuestión de hecho. Desde comienzos del siglo XVIII hasta nuestros días, ningún autor, quisiera ensalzar a Rusia o contenerla, creyó posible prescindir de demostrar primero su existencia.

Pero ya seamos espiritualistas o materialistas respecto de Rusia, ya consideremos su poder como un hecho palpable o como la mera visión de las conciencias culpables de los pueblos europeos, la cuestión sigue siendo la misma: «¿Cómo logró este poder, o este fantasma de poder, cobrar dimensiones tales que despierte por un lado la afirmación apasionada y por otro la negación airada de que amenaza al mundo con un nuevo ensayo de la monarquía universal?». A comienzos del siglo XVIII se veía en Rusia una creación surgida de la nada, improvisada por el genio de Pedro el Grande. Schlözer creyó hacer un descubrimiento al averiguar que tenía un pasado; y en los tiempos modernos, escritores como Fallmerayer,66 siguiendo sin saberlo el camino trillado por los historiadores rusos, han afirmado deliberadamente que el espectro del Norte que asusta a la Europa del siglo XIX ensombrecía ya la Europa del siglo IX. Para ellos, la política de Rusia empieza con los primeros Ruríkidas y, con algunas interrupciones, es verdad, se ha continuado sistemáticamente hasta hoy.

Se despliegan ante nosotros antiguos mapas de Rusia que le dan en Europa dimensiones aún mayores que las que hoy puede jactarse de tener; se nos señala con insistencia su perpetuo movimiento de engrandecimiento del siglo IX al XI; se nos muestra a Oleg lanzando 88.000 hombres contra Bizancio, clavando su escudo como trofeo en la puerta de aquella capital y dictando un tratado ignominioso al Bajo Imperio; a Ígor haciéndolo tributario; a Sviatoslav jactándose: «Los griegos me dan oro, telas preciosas, arroz, frutas y vino; Hungría me proporciona ganado y caballos; de Rusia saco miel, cera, pieles y hombres»; a Vladímir conquistando Crimea y Livonia, arrancando una hija al emperador griego, como Napoleón al emperador alemán, fundiendo el dominio militar de un conquistador del Norte con el despotismo teocrático de los porfirogénetas y convirtiéndose a la vez en amo de sus súbditos en la tierra y en su protector en el cielo.

Sin embargo, pese al paralelismo plausible que sugieren estas reminiscencias, la política de los primeros Ruríkidas difiere de raíz de la de la Rusia moderna. No fue ni más ni menos que la política de los bárbaros germánicos que inundaron Europa, y la historia de las naciones modernas no empieza hasta que ha pasado el diluvio. El periodo gótico de Rusia, en particular, no es más que un capítulo de las conquistas normandas. Así como el imperio de Carlomagno precede a la fundación de la Francia, la Alemania y la Italia modernas, así el imperio de los Ruríkidas precede a la fundación de Polonia, Lituania, los asentamientos bálticos, Turquía y la propia Moscovia. El rápido movimiento de engrandecimiento no fue resultado de planes trazados de antemano, sino el fruto natural de la organización primitiva de la conquista normanda —vasallaje sin feudos, o feudos que consistían solo en tributos—, y la necesidad de nuevas conquistas se mantenía viva por la afluencia ininterrumpida de nuevos aventureros varegos ávidos de gloria y de botín. Los jefes, cuando empezaban a desear el reposo, se veían obligados por la Banda Fiel67 a seguir adelante, y en la Normandía rusa, como en la francesa, llegó el momento en que los jefes despachaban a nuevas correrías de saqueo a sus incontrolables e insaciables compañeros de armas con el único fin de librarse de ellos. La manera de guerrear y de organizar la conquista de los primeros Ruríkidas no difiere en nada de la de los normandos en el resto de Europa. Si las tribus eslavas fueron sometidas no solo por la espada, sino también por convenio mutuo, esta singularidad se debe a la posición excepcional de esas tribus, situadas entre una invasión del norte y otra del este, y que abrazaron la primera como protección contra la segunda. El mismo hechizo que atrajo a otros bárbaros del Norte hacia la Roma de Occidente atrajo a los varegos hacia la Roma de Oriente. La migración misma de la capital rusa —Rúrik la fija en Nóvgorod, Oleg la traslada a Kiev y Sviatoslav intenta establecerla en Bulgaria— prueba sin lugar a dudas que el invasor no hacía más que tantear el terreno y consideraba Rusia un mero alto en el camino desde el que seguir vagando en busca de un imperio en el Sur. Si la Rusia moderna codicia la posesión de Constantinopla para establecer su dominio sobre el mundo, los Ruríkidas, al contrario, se vieron obligados por la resistencia de Bizancio, bajo Tzimisces,68 a establecer definitivamente su dominio en Rusia.

Podrá objetarse que vencedores y vencidos se fundieron en Rusia más deprisa que en ninguna otra conquista de los bárbaros del Norte, que los jefes se mezclaron pronto con los eslavos, como lo muestran sus matrimonios y sus nombres. Pero hay que recordar entonces que la Banda Fiel, que formaba a la vez su guardia y su consejo privado, siguió compuesta exclusivamente de varegos; que Vladímir, que marca la cumbre, y Yaroslav, que marca el comienzo de la decadencia de la Rusia gótica, subieron al trono por las armas de los varegos. Si hay que reconocer alguna influencia eslava en esta época, es la de Nóvgorod, un Estado eslavo cuyas tradiciones, política y tendencias eran tan antagónicas de las de la Rusia moderna que esta solo pudo fundar su existencia sobre las ruinas de aquel. Bajo Yaroslav se quiebra la supremacía de los varegos, pero con ella desaparece al mismo tiempo la tendencia conquistadora del primer periodo, y empieza la decadencia de la Rusia gótica. La historia de esa decadencia, más aún que la de la conquista y la formación, prueba el carácter exclusivamente gótico del imperio de los Ruríkidas.

El imperio incongruente, desmañado y precoz que amontonaron los Ruríkidas, como los demás imperios de crecimiento parecido, se desmembra en apanajes,69 se divide y subdivide entre los descendientes de los conquistadores, lo desgarran las guerras feudales y lo despedaza la intervención de pueblos extranjeros. La autoridad suprema del gran príncipe se desvanece ante las pretensiones rivales de setenta príncipes de sangre. El intento de Andréi de Súzdal70 de recomponer algunos grandes miembros del imperio trasladando la capital de Kiev a Vladímir solo consigue propagar la descomposición del Sur al centro. El tercer sucesor de Andréi renuncia incluso a la última sombra de supremacía, el título de gran príncipe, y al homenaje meramente nominal que todavía se le ofrecía. Los apanajes del Sur y del Oeste pasan a ser sucesivamente lituanos, polacos, húngaros, livonios, suecos. La propia Kiev, la antigua capital, sigue su propio destino después de haber quedado reducida de sede del gran principado al territorio de una ciudad. Así desaparece por completo de la escena la Rusia de los normandos, y las pocas y débiles reminiscencias en que aún se sobrevivía se disuelven ante la terrible aparición de Gengis Kan. El fango sangriento de la esclavitud mongola, y no la ruda gloria de la época normanda, es la cuna de Moscovia, y la Rusia moderna no es más que una metamorfosis de Moscovia.

El yugo tártaro duró de 1237 a 1462, más de dos siglos; un yugo que no solo aplastaba, sino que deshonraba y marchitaba el alma misma del pueblo que caía en su poder. Los tártaros mongoles establecieron un régimen de terror sistemático cuyas instituciones eran la devastación y la matanza en masa. Como su número era escaso en proporción a sus enormes conquistas, querían agrandarlo con una aureola de espanto y diezmar con matanzas en masa a las poblaciones que pudieran sublevarse a sus espaldas. En su creación de desiertos los guiaba, además, el mismo principio económico que ha despoblado las Highlands de Escocia y la Campaña romana: la conversión de los hombres en ovejas y de las tierras fértiles y los lugares poblados en pastizales.

El yugo tártaro duraba ya desde hacía cien años cuando Moscovia salió de su oscuridad. Para mantener la discordia entre los príncipes rusos y asegurarse su sumisión servil, los mongoles habían restaurado la dignidad del gran principado. La lucha entre los príncipes rusos por esta dignidad fue, como dice un autor moderno, «una lucha abyecta, la lucha de esclavos cuya arma principal era la calumnia y que estaban siempre dispuestos a denunciarse unos a otros ante sus crueles amos; disputándose un trono degradado del que no podían moverse sino con manos rapaces y parricidas, manos llenas de oro y manchadas de sangre; al que no se atrevían a subir sino arrastrándose ni a conservar sino de rodillas, postrados y temblando bajo la cimitarra de un tártaro, siempre dispuesta a hacer rodar bajo sus pies aquellas coronas serviles y las cabezas que las llevaban». En esta lucha infame fue la rama de Moscú la que por fin ganó la carrera. En 1328, la corona del gran principado, arrancada a la rama de Tver a fuerza de denuncias y asesinatos, la recogió Yuri, hermano mayor de Iván Kalitá, a los pies del kan Uzbek.71 Iván I Kalitá e Iván III, llamado el Grande, personifican a Moscovia elevándose por medio del yugo tártaro y a Moscovia convirtiéndose en una potencia independiente por la desaparición del dominio tártaro. Toda la política de Moscovia, desde su primera entrada en la escena histórica, se resume en la historia de estos dos individuos.

La política de Iván Kalitá era sencillamente esta: hacer de instrumento abyecto del kan para tomarle prestado su poder y volverlo luego contra sus rivales principescos y contra sus propios súbditos. Para lograr este fin tuvo que congraciarse con los tártaros a fuerza de adulación cínica, de frecuentes viajes a la Horda de Oro, de humildes súplicas por la mano de princesas mongolas, de un celo sin límites por el interés del kan, de la ejecución sin escrúpulos de sus órdenes, de calumnias atroces contra sus propios parientes, reuniendo en su persona los papeles de verdugo, adulador y esclavo mayor del tártaro. Tenía al kan en vilo con continuas revelaciones de conjuras secretas. Cada vez que la rama de Tver dejaba ver una veleidad de independencia nacional, corría a la Horda a denunciarla. Dondequiera que encontraba resistencia, metía al tártaro para que la pisoteara. Pero no bastaba con representar un papel; para hacerlo aceptable hacía falta oro. El soborno perpetuo del kan y de sus grandes era el único fundamento seguro sobre el que levantar su edificio de engaño y usurpación. Pero ¿cómo iba a conseguir el esclavo el dinero con que sobornar al amo? Convenció al kan de que lo instalara como su recaudador de tributos en todos los apanajes rusos. Una vez investido de esta función, sacó dinero con falsos pretextos. La riqueza que acumulaba agitando el espantajo del nombre tártaro la usaba para corromper a los propios tártaros. Con un soborno indujo al primado a trasladar su sede episcopal de Vladímir a Moscú, con lo que hizo de esta la capital del imperio, por ser su capital religiosa, y unió el poder de la Iglesia al de su trono. Con sobornos atrajo a los boyardos de los príncipes rivales a la traición contra sus señores y los reunió en torno a sí como su centro. Con la influencia conjunta del tártaro mahometano, la Iglesia griega y los boyardos, une a los príncipes de los apanajes en una cruzada contra el más peligroso de ellos, el príncipe de Tver; y luego, cuando con sus audaces intentos de usurpación ha empujado a sus recientes aliados a resistirle, a una guerra por el bien público, no desenvaina la espada, sino que corre al kan. De nuevo con sobornos y engaños lo seduce para que asesine entre los tormentos más crueles a sus parientes rivales. La política tradicional del tártaro era contener a los príncipes rusos unos con otros, alimentar sus disensiones, equilibrar sus fuerzas y no dejar que ninguno se consolidara. Iván Kalitá convierte al kan en el instrumento con el que se libra de sus competidores más peligrosos y aplasta todo obstáculo en su marcha usurpadora. No conquista los apanajes, sino que convierte subrepticiamente los derechos de la conquista tártara en provecho exclusivo suyo. Asegura la sucesión de su hijo por los mismos medios con que había encumbrado el gran principado de Moscovia, ese extraño compuesto de principado y servidumbre. En todo su reinado no se aparta una sola vez de la línea política que se había trazado; se aferra a ella con tenaz firmeza y la ejecuta con audacia metódica. Así se convierte en el fundador del poder moscovita, y es característico que su pueblo lo llame Kalitá, es decir, la bolsa, porque se abrió camino con la bolsa y no con la espada. El periodo mismo de su reinado presencia el súbito crecimiento del poder lituano, que desmiembra los apanajes rusos por el Oeste, mientras el tártaro los aprieta en una sola masa por el Este. Iván, que no se atrevía a rechazar la una deshonra, parecía ansioso por exagerar la otra. No había modo de apartarlo de la persecución de sus fines con los halagos de la gloria, los remordimientos de conciencia o el cansancio de la humillación. Todo su sistema puede expresarse en pocas palabras: el maquiavelismo del esclavo usurpador. Su propia debilidad, su esclavitud, la convirtió en el resorte principal de su fuerza.

La política trazada por Iván I Kalitá es la de sus sucesores; no tuvieron más que ampliar el círculo de su aplicación. La siguieron con esfuerzo, gradualmente, inflexiblemente. De Iván I Kalitá podemos pasar, por tanto, directamente a Iván III, llamado el Grande.

Al comienzo de su reinado (1462-1505), Iván III era todavía tributario de los tártaros; su autoridad seguía disputada por los príncipes de los apanajes; Nóvgorod, cabeza de las repúblicas rusas, reinaba sobre el norte de Rusia; Polonia-Lituania pugnaba por conquistar Moscovia; por último, los caballeros livonios no estaban aún desarmados. Al final de su reinado vemos a Iván III sentado en un trono independiente, a su lado la hija del último emperador de Bizancio,72 a sus pies Kazán, y los restos de la Horda de Oro acudiendo en tropel a su corte; Nóvgorod y las demás repúblicas rusas, esclavizadas; Lituania, menguada, y su rey, un instrumento en manos de Iván; los caballeros livonios, vencidos. La Europa atónita, que al comienzo del reinado de Iván apenas sabía de la existencia de Moscovia, encajonada entre el tártaro y el lituano, quedó deslumbrada por la súbita aparición de un imperio inmenso en sus confines orientales, y el propio sultán Bayaceto, ante quien temblaba Europa, oyó por primera vez el lenguaje altanero del moscovita. ¿Cómo realizó, pues, Iván estas grandes hazañas? ¿Era un héroe? Los propios historiadores rusos nos lo presentan como un cobarde declarado.

Repasemos brevemente sus principales contiendas en el orden en que las emprendió y las concluyó: sus contiendas con los tártaros, con Nóvgorod, con los príncipes de los apanajes y, por último, con Lituania-Polonia.

Iván rescató a Moscovia del yugo tártaro no de un golpe audaz, sino con el paciente trabajo de unos veinte años. No rompió el yugo, sino que se desprendió de él a hurtadillas. Su caída tiene, por ello, más aspecto de obra de la naturaleza que de hazaña del hombre. Cuando el monstruo tártaro expiró por fin, Iván se presentó junto a su lecho de muerte como un médico que pronosticaba la muerte y especulaba con ella, y no como un guerrero que la hubiera infligido. El carácter de todo pueblo se engrandece al liberarse de un yugo extranjero; el de Moscovia, en manos de Iván, parece empequeñecerse. Compárese solo la España de las luchas contra los árabes con la Moscovia de las luchas contra los tártaros.

En el momento del ascenso de Iván al trono, la Horda de Oro estaba debilitada desde hacía mucho, por dentro, por feroces disputas, y por fuera, por la separación de los tártaros nogayos, la irrupción de Timur Tamerlán, el auge de los cosacos y la hostilidad de los tártaros de Crimea. Moscovia, al contrario, siguiendo con constancia la política trazada por Iván Kalitá, se había convertido en una masa poderosa, aplastada, pero al mismo tiempo compactamente unida por la cadena tártara. Los kanes, como hechizados, habían seguido siendo instrumentos del engrandecimiento y la concentración de Moscovia. Por cálculo habían acrecentado el poder de la Iglesia griega, que, en manos de los grandes príncipes moscovitas, resultó el arma más mortífera contra ellos.

Para alzarse contra la Horda, el moscovita no tenía que inventar nada, sino solo imitar a los propios tártaros. Pero Iván no se alzó. Se reconoció humildemente esclavo de la Horda de Oro. Sobornando a una mujer tártara indujo al kan a ordenar la retirada de Moscovia de los residentes mongoles. Con pasos semejantes, imperceptibles y subrepticios, engañó al kan para arrancarle sucesivas concesiones, todas ruinosas para su dominio. No conquistó, pues, la fuerza, sino que la hurtó. No expulsa a su enemigo de sus plazas fuertes, sino que lo saca de ellas con maniobras. Sin dejar de postrarse ante los enviados del kan y de proclamarse su tributario, elude el pago del tributo con falsos pretextos, empleando todas las estratagemas de un esclavo fugitivo que no se atreve a plantar cara a su dueño, sino solo a escabullirse de su alcance. Por fin el mongol despierta de su letargo y suena la hora de la batalla. Iván, temblando ante la mera apariencia de un encuentro armado, intenta esconderse tras su propio miedo y desarmar la furia de su enemigo retirándole el objeto en que descargar su venganza. Solo le salva la intervención de los tártaros de Crimea, sus aliados. Contra una segunda invasión de la Horda reúne ostentosamente fuerzas tan desproporcionadas que el mero rumor de su número detiene el ataque. En la tercera invasión, en medio de 200.000 hombres, huye como un desertor deshonrado. Traído de vuelta a regañadientes, intenta regatear condiciones de esclavitud y, por último, contagiando a su ejército su propio miedo servil, lo arrastra a una huida general y desordenada. Moscovia esperaba entonces con angustia su perdición irremediable cuando de pronto se entera de que, por un ataque del kan de Crimea contra su capital, la Horda de Oro se ha visto obligada a retirarse y, en su retirada, la han destruido los cosacos y los tártaros nogayos. Así la derrota se convirtió en éxito, e Iván había derribado la Horda de Oro no combatiéndola él mismo, sino provocándola con un fingido deseo de combate a movimientos ofensivos que agotaron sus restos de vitalidad y la expusieron a los golpes mortales de las tribus de su propia raza a las que él había sabido convertir en aliadas suyas. Cazó a un tártaro con otro tártaro. Así como el inmenso peligro que él mismo había invocado no logró arrancarle un solo rasgo de hombría, tampoco su triunfo milagroso lo envaneció ni un solo instante. Con cauta circunspección no se atrevió a incorporar Kazán a Moscovia, sino que la cedió a soberanos de la familia de Mengli Giray,73 su aliado de Crimea, para que la tuvieran, por así decir, en depósito para Moscovia. Con los despojos del tártaro vencido encadenó al tártaro vencedor. Pero si era demasiado prudente para darse aires de conquistador ante los testigos de su deshonra, este impostor comprendía muy bien cómo la caída del imperio tártaro tenía que deslumbrar a distancia, con qué aureola de gloria lo rodearía y cómo le facilitaría una entrada magnífica entre las potencias europeas. Por eso adoptó en el exterior la actitud teatral del conquistador y logró, en efecto, ocultar bajo una máscara de orgullosa susceptibilidad y altivez irritable la importunidad del siervo mongol que aún recordaba haber besado el estribo del más ínfimo enviado del kan. Imitó en tono más apagado la voz de sus antiguos amos, que aterraba su alma. Algunas frases hechas de la diplomacia rusa moderna, como la magnanimidad o la dignidad herida del amo, están tomadas de las instrucciones diplomáticas de Iván III.

Tras la rendición de Kazán, emprendió una expedición largamente planeada contra Nóvgorod, cabeza de las repúblicas rusas. Si el derrocamiento del yugo tártaro era a sus ojos la primera condición de la grandeza moscovita, el derrocamiento de la libertad rusa era la segunda. Como la república de Viatka se había declarado neutral entre Moscovia y la Horda, y la república de Pskov,74 con sus doce ciudades, había dado muestras de descontento, Iván halagó a esta y fingió olvidar a aquella, mientras concentraba todas sus fuerzas contra Nóvgorod la Grande, con cuya perdición sabía sellada la suerte de las demás repúblicas rusas. Con la perspectiva de participar en este rico botín arrastró tras de sí a los príncipes de los apanajes, mientras se ganaba a los boyardos explotando su odio ciego a la democracia novgorodense. Así consiguió hacer marchar tres ejércitos sobre Nóvgorod y aplastarla con fuerzas desproporcionadas. Pero entonces, para no cumplir su palabra a los príncipes, para no renunciar a su inmutable «Vos non vobis»,75 y temiendo al mismo tiempo que Nóvgorod no fuera aún digerible por falta de un tratamiento preparatorio, juzgó oportuno mostrar una moderación repentina: contentarse con un rescate y el reconocimiento de su soberanía; pero en el acta de sumisión de la república deslizó algunas palabras ambiguas que hacían de él su juez y legislador supremo. Luego fomentó las disensiones entre patricios y plebeyos, que hacían estragos en Nóvgorod lo mismo que en Florencia. Aprovechando algunas quejas de los plebeyos, volvió a introducirse en la ciudad, hizo enviar a Moscú cargados de cadenas a sus nobles, que sabía hostiles a él, y quebrantó la antigua ley de la república según la cual «ninguno de sus ciudadanos podía ser juzgado ni castigado fuera de los límites de su propio territorio». Desde ese momento se convirtió en árbitro supremo. «Nunca —dicen los cronistas—, nunca desde Rúrik había sucedido cosa semejante; nunca los grandes príncipes de Kiev y de Vladímir habían visto a los novgorodenses venir a someterse a ellos como a sus jueces. Solo Iván podía reducir a Nóvgorod a tal grado de humillación». Siete años empleó Iván en corromper la república con el ejercicio de su autoridad judicial. Luego, cuando vio agotada su fuerza, creyó llegado el momento de declararse. Para quitarse su propia máscara de moderación necesitaba que Nóvgorod rompiera la paz. Así como había simulado una tranquila paciencia, simuló ahora un súbito arrebato de pasión. Tras sobornar a un enviado de la república para que en una audiencia pública se dirigiera a él con el nombre de soberano, reclamó de inmediato todos los derechos de un déspota: la aniquilación de la república por sí misma.

Capítulo VI

Hay un rasgo característico de la raza eslava que tiene que llamar la atención de todo observador. Casi en todas partes se ha limitado a un país interior y ha dejado las costas a pueblos no eslavos. Tribus fino-tártaras ocupaban las orillas del mar Negro; lituanos y fineses, las del Báltico y el mar Blanco. Allí donde tocaban el litoral, como en el Adriático y en parte del Báltico, los eslavos tuvieron que someterse pronto a un dominio extranjero. El pueblo ruso compartió este destino común de la raza eslava. Su hogar, cuando aparece por primera vez en la historia, era la comarca de las fuentes y el curso alto del Volga y de sus afluentes, el Dniéper, el Don y el Dviná del Norte. En ninguna parte tocaba su territorio el mar, salvo en el extremo del golfo de Finlandia. Y antes de Pedro el Grande no había sido capaz de conquistar más salida marítima que la del mar Blanco, que durante tres cuartas partes del año está él mismo encadenado e inmóvil. El lugar donde hoy se alza Petersburgo había sido durante mil años terreno disputado entre fineses, suecos y rusos. Todo el resto de la costa, desde Polangen, cerca de Memel, hasta Tornio, y toda la costa del mar Negro, desde Akerman hasta Redut Kaleh, se conquistaron más tarde. Y, como para atestiguar la peculiaridad antimarítima de la raza eslava, de toda esta línea de costa ninguna parte del litoral báltico ha adoptado realmente la nacionalidad rusa. Tampoco la costa oriental, circasiana y mingreliana, del mar Negro. Solo la costa del mar Blanco, en la medida en que valía la pena cultivarla, una parte de la costa septentrional del mar Negro y parte de la costa del mar de Azov se han poblado realmente de habitantes rusos, que, sin embargo, pese a las nuevas circunstancias en que se encuentran, siguen sin echarse al mar y se aferran obstinadamente a las tradiciones de andariegos de tierra firme de sus antepasados.

Desde el principio, Pedro el Grande rompió con todas las tradiciones de la raza eslava. «Lo que Rusia necesita es agua». Estas palabras, que dirigió como reproche al príncipe Cantemir, figuran en la portada de su biografía. La conquista del mar de Azov fue el objetivo de su primera guerra con Turquía; la conquista del Báltico, el de su guerra contra Suecia; la conquista del mar Negro, el de su segunda guerra contra la Puerta, y la conquista del mar Caspio, el de su fraudulenta intervención en Persia. Para un sistema de usurpación local bastaba la tierra; para un sistema de agresión universal, el agua se había vuelto indispensable. Solo convirtiendo a Moscovia de un país enteramente de tierra en un imperio ribereño del mar podían superarse los límites tradicionales de la política moscovita y fundirse en esa síntesis audaz que, combinando el método usurpador del esclavo mongol con las tendencias de conquista mundial del amo mongol, constituye el resorte vital de la diplomacia rusa moderna.

Se ha dicho que ninguna gran nación ha existido nunca, ni ha podido existir, en una posición tan interior como la del imperio originario de Pedro el Grande; que ninguna se ha resignado nunca a ver así arrebatadas sus costas y las desembocaduras de sus ríos; que Rusia no podía dejar la desembocadura del Nevá, salida natural de los productos de la Rusia septentrional, en manos de los suecos, como tampoco las desembocaduras del Don, el Dniéper y el Bug y el estrecho de Kerch en manos de tártaros nómadas y saqueadores; que las provincias bálticas, por su misma configuración geográfica, son naturalmente un corolario de la nación que posea el país situado tras ellas; que, en una palabra, Pedro, al menos en esta parte, no hizo más que tomar lo que era absolutamente necesario para el desarrollo natural de su país. Desde este punto de vista, Pedro el Grande, con su guerra contra Suecia, solo se habría propuesto levantar un Liverpool ruso y dotarlo de su indispensable franja de costa.

Pero entonces se pasa por alto un gran hecho: el tour de force con que trasladó la capital del imperio del centro interior al extremo marítimo, la audacia característica con que erigió la nueva capital en la primera franja de costa báltica que conquistó, casi a tiro de cañón de la frontera, dando así deliberadamente a sus dominios un centro excéntrico. Trasladar el trono de los zares de Moscú a Petersburgo era colocarlo en una posición en la que no podía estar seguro, ni siquiera de un insulto, mientras no se sometiera toda la costa desde Libau hasta Tornio, obra que no se completó hasta 1809, con la conquista de Finlandia. «San Petersburgo es la ventana desde la que Rusia puede contemplar Europa», dijo Algarotti.76 Fue desde el principio un desafío a los europeos y, para los rusos, un acicate a nuevas conquistas. Las fortificaciones que en nuestros días se levantan en la Polonia rusa no son más que un paso más en la ejecución de la misma idea. Modlin, Varsovia e Ivangorod son algo más que ciudadelas para tener a raya a un país rebelde. Son para el Oeste la misma amenaza que Petersburgo, en su alcance inmediato, era hace cien años para el Norte. Han de transformar Rusia en Paneslavia, como las provincias bálticas habían de transformar Moscovia en Rusia.

Petersburgo, el centro excéntrico del imperio, apuntaba ya a una periferia que aún estaba por trazar.

No es, pues, la mera conquista de las provincias bálticas lo que separa la política de Pedro el Grande de la de sus antepasados; es el traslado de la capital lo que revela el verdadero sentido de sus conquistas bálticas. Petersburgo no era, como Moscovia, el centro de una raza, sino la sede de un gobierno; no la obra lenta de un pueblo, sino la creación instantánea de un hombre; no el medio desde el que irradian las peculiaridades de un pueblo de tierra adentro, sino el extremo marítimo donde se pierden; no el núcleo tradicional de un desarrollo nacional, sino la morada deliberadamente escogida de una intriga cosmopolita. Con el traslado de la capital, Pedro cortó los ligamentos naturales que unían el sistema usurpador de los antiguos zares moscovitas con las aptitudes y aspiraciones naturales de la gran raza rusa. Al plantar su capital a orillas de un mar, desafió abiertamente los instintos antimarítimos de esa raza y la degradó a mero peso de su mecanismo político. Desde el siglo XVI, Moscovia no había hecho adquisiciones importantes más que por el lado de Siberia, y hasta el siglo XVI las dudosas conquistas hechas hacia el oeste y el sur solo se habían logrado mediante la acción directa sobre el este. Con el traslado de la capital, Pedro proclamó que él, al contrario, se proponía actuar sobre el este y sobre los países inmediatamente vecinos por medio del oeste. Si la acción por medio del este estaba estrechamente circunscrita por el carácter estacionario y las relaciones limitadas de los pueblos asiáticos, la acción por medio del oeste se volvía de golpe ilimitada y universal por el carácter móvil y las relaciones en todos los sentidos de Europa occidental. El traslado de la capital indicaba este cambio proyectado de medio de acción, que la conquista de las provincias bálticas permitía realizar, pues aseguraba de golpe a Rusia la supremacía entre los Estados vecinos del Norte, la ponía en contacto inmediato y constante con todos los puntos de Europa y sentaba la base de un vínculo material con las potencias marítimas, que por esta conquista pasaban a depender de Rusia para sus pertrechos navales; una dependencia que no existía mientras Moscovia, el país que producía el grueso de los pertrechos navales, no tenía salidas propias, y mientras Suecia, la potencia que tenía esas salidas, no tenía el país situado tras ellas.

Si los zares moscovitas, que llevaban a cabo sus usurpaciones sobre todo por medio de los kanes tártaros, se vieron obligados a tartarizar Moscovia, Pedro el Grande, que decidió actuar por medio del Oeste, se vio obligado a civilizar Rusia. Al apoderarse de las provincias bálticas, se hizo de golpe con los instrumentos necesarios para este proceso. No solo le proporcionaron los diplomáticos y los generales, los cerebros con que ejecutar en el Oeste su sistema de acción política y militar, sino que le dieron al mismo tiempo una cosecha de burócratas, maestros de escuela y sargentos instructores que habían de adiestrar a los rusos en ese barniz de civilización que los adapta a los recursos técnicos de los pueblos occidentales sin imbuirlos de sus ideas.

Ni el mar de Azov, ni el mar Negro, ni el mar Caspio podían abrir a Pedro este paso directo a Europa. Además, ya en vida suya, Taganrog, Azov y el mar Negro, con sus flotas, puertos y astilleros rusos recién creados, se abandonaron de nuevo o se devolvieron al turco. También la conquista persa resultó una empresa prematura. De las cuatro guerras que llenan la vida militar de Pedro el Grande, la primera, la guerra contra Turquía, cuyos frutos se perdieron en una segunda guerra turca, continuaba en un sentido la lucha tradicional con los tártaros. En otro sentido, no era más que el preludio de la guerra contra Suecia, de la que la segunda guerra turca constituye un episodio y la guerra persa un epílogo. Así, la guerra contra Suecia, que duró veintiún años, absorbe casi por completo la vida militar de Pedro el Grande. Ya consideremos su propósito, sus resultados o su duración, podemos llamarla con razón la guerra de Pedro el Grande. Toda su creación gira en torno a la conquista de la costa báltica.

Supongamos ahora que ignoráramos por completo los detalles de sus operaciones militares y diplomáticas. El mero hecho de que la conversión de Moscovia en Rusia se produjera por su transformación de un país interior semiasiático en la potencia marítima dominante del Báltico, ¿no nos obligaría a concluir que Inglaterra, la mayor potencia marítima de aquella época —una potencia marítima situada, además, a las puertas mismas del Báltico, donde desde mediados del siglo XVII había mantenido la actitud de árbitro supremo—, que Inglaterra, decimos, tuvo que intervenir en este gran cambio; que tuvo que ser el principal apoyo o el principal obstáculo de los planes de Pedro el Grande; que durante la larga y encarnizada lucha entre Suecia y Rusia tuvo que inclinar la balanza; que si no la encontramos haciendo todos los esfuerzos posibles por salvar al sueco, podemos estar seguros de que empleó todos los medios a su alcance para favorecer al moscovita? Y sin embargo, en lo que suele llamarse historia, Inglaterra apenas aparece en la escena de este gran drama, y se la presenta como espectadora más que como actora. La historia real mostrará que los kanes de la Horda de Oro no contribuyeron más a realizar los planes de Iván III y de sus predecesores que los gobernantes de Inglaterra a realizar los planes de Pedro I y de sus sucesores.

Los folletos que hemos reimpreso, escritos como fueron por ingleses contemporáneos de Pedro el Grande, distan mucho de compartir las ilusiones comunes de los historiadores posteriores. Denuncian enfáticamente a Inglaterra como el instrumento más poderoso de Rusia. La misma posición adopta el folleto del que ahora daremos un breve análisis y con el que concluiremos la introducción a las revelaciones diplomáticas. Se titula La verdad no es más que la verdad, según su momento; o las medidas actuales de nuestro ministerio contra el moscovita justificadas, etc., etc. «Humildemente dedicado a la Cámara de los C., Londres, 1719».

Los folletos anteriores que hemos reimpreso se escribieron en la época, o poco después de la época, en que, por usar las palabras de un admirador moderno de Rusia, «Pedro recorría como amo el mar Báltico a la cabeza de las escuadras combinadas de todas las potencias del Norte, Inglaterra incluida, que se gloriaban de navegar a sus órdenes». En 1719, en cambio, cuando se publicó La verdad no es más que la verdad, el aspecto de las cosas parecía haber cambiado por completo. Carlos XII había muerto, y el gobierno inglés pretendía ahora ponerse del lado de Suecia y hacer la guerra a Rusia. Hay otras circunstancias relacionadas con este folleto anónimo que merecen especial atención. Se presenta como extracto de una relación que su autor, a su regreso de Moscovia en agosto de 1715, redactó por orden de Jorge I y entregó al vizconde Townshend, entonces secretario de Estado.

«Resulta ser una ventaja», dice, «que al presente pueda reconocer haber sido el primero en tener la fortuna de prever, o la honradez de advertir a nuestra corte de aquí, la absoluta necesidad de que rompiéramos entonces con el zar y lo echáramos de nuevo del Báltico». «Mi relación descubría sus miras respecto de otros Estados, e incluso del Imperio alemán, al que, aunque potencia de tierra adentro, había ofrecido anexionar Livonia como electorado, con tal de que se le admitiera como elector. Llamaba la atención sobre la intención que tenía entonces el zar de asumir el título de autócrata. Siendo cabeza de la Iglesia griega, los demás potentados lo reconocerían como cabeza del Imperio griego. No me toca decir cuán reacios seríamos a reconocer ese título, puesto que ya hemos hecho que un embajador lo trate con el título de Majestad Imperial, cosa a la que el sueco no ha condescendido todavía».

Agregado durante algún tiempo a la embajada británica en Moscovia, nuestro autor, según cuenta, fue luego «apartado del servicio porque el zar lo deseaba», ya que este se había cerciorado de que

«yo había dado a nuestra corte sobre sus asuntos las luces que contiene este escrito; en lo cual pido licencia para apelar al rey y para poner por testigo al vizconde Townshend, que oyó a su majestad hacerme esa justicia». «Y sin embargo, pese a todo esto, llevo estos cinco últimos años reclamando unos atrasos muy grandes que aún se me deben y de los que contraje la mayor parte cumpliendo una comisión para su difunta majestad».

La actitud antimoscovita adoptada de pronto por el gabinete Stanhope la mira nuestro autor con un ánimo más bien escéptico.

«No pretendo privar con este escrito al ministerio del aplauso que el público le debe cuando nos satisfaga sobre cuáles fueron los motivos que le hicieron, hasta ayer mismo, poner en aprietos al sueco en todo, aunque entonces era nuestro aliado tanto como ahora, o fortalecer por todos los medios que pudo al zar, aunque no estaba ligado por más vínculo que el de la simple amistad con Gran Bretaña... En el momento en que escribo esto me entero de que el caballero que, no hace aún tres años, introdujo a los moscovitas como armada real, no bajo nuestra protección, en su primera aparición en el Báltico, está de nuevo autorizado por las personas que hoy están en el poder para dar al zar una segunda cita en esos mares. ¿Por qué razón o con qué buen fin?».

El caballero aludido es el almirante Norris, cuya campaña báltica contra Pedro I parece ser, en efecto, el patrón original sobre el que se cortaron las recientes campañas navales de los almirantes Napier y Dundas.77

La restitución a Suecia de las provincias bálticas la exige tanto el interés comercial como el interés político de Gran Bretaña. Tal es la médula del argumento de nuestro autor:

«El comercio se ha convertido en la vida misma de nuestro Estado; y lo que el alimento es para la vida, eso son los pertrechos navales para una flota. Todo el comercio que hacemos con todas las demás naciones de la tierra es, a lo sumo, lucrativo; este del Norte es indispensablemente necesario, y no sin propiedad podría llamarse la sacra embole de Gran Bretaña, por ser su principal salida exterior, para el sostén de todo nuestro comercio y de nuestra seguridad en casa. Así como las manufacturas de lana y los minerales son los productos principales de Gran Bretaña, así también los pertrechos navales lo son de Moscovia y de todas esas mismas provincias del Báltico que el zar ha arrebatado tan recientemente a la corona de Suecia. Desde que esas provincias están en posesión del zar, Pernau está enteramente asolada. En Reval no nos queda un solo comerciante británico, y todo el comercio que antes había en Narva se lleva ahora a Petersburgo... El sueco nunca habría podido acaparar el comercio de nuestros súbditos, porque aquellos puertos de mar, en sus manos, no eran más que otros tantos lugares de paso desde los que se despachaban estas mercancías, pues los lugares donde se producían o se fabricaban estaban detrás de esos puertos, en los dominios del zar. Pero, si se dejan al zar, estos puertos del Báltico ya no son lugares de paso, sino almacenes propios de los países interiores de los dominios del zar. Teniendo ya Arcángel en el mar Blanco, dejarle cualquier puerto en el Báltico sería poner en sus manos nada menos que las dos llaves de los almacenes generales de todos los pertrechos navales de Europa, pues es sabido que daneses, suecos, polacos y prusianos no tienen en sus respectivos dominios más que ramos sueltos y aislados de esas mercancías. Si el zar acaparara así “el suministro de lo que no podemos dejar de tener”, ¿dónde queda entonces nuestra flota? O, mejor dicho, ¿dónde queda la seguridad de todo nuestro comercio con cualquier otra parte de la tierra?».

Si, pues, el interés del comercio británico exige excluir al zar del Báltico, el interés de nuestro Estado no debería ser un acicate menor para movernos a intentarlo. Por interés de nuestro Estado quisiera que se entendiera no las medidas partidistas de un ministerio ni los motivos extranjeros de una corte, sino precisamente lo que es, y ha de ser siempre, la preocupación inmediata, ya por la seguridad, la tranquilidad, la dignidad o el provecho de la corona, ya por el bien común de Gran Bretaña. Respecto del Báltico, siempre se ha considerado, «desde los primeros tiempos de nuestro poderío naval», un interés fundamental de nuestro Estado: primero, impedir que surja allí una nueva potencia marítima y, segundo, mantener el equilibrio de poder entre Dinamarca y Suecia.

«Un ejemplo de la sabiduría y la previsión de nuestros estadistas de entonces, verdaderamente británicos, es la paz de Stolbovo, del año 1617. Jacobo I fue el mediador de ese tratado, por el que el moscovita se vio obligado a ceder todas las provincias que poseía entonces en el Báltico y a ser, en esta parte de Europa, una potencia meramente de tierra adentro».78

La misma política de impedir que surgiera una nueva potencia marítima en el Báltico la practicaron Suecia y Dinamarca.

«¿Quién no sabe que el intento del emperador de conseguir un puerto de mar en Pomerania pesó en el gran Gustavo tanto como cualquier otro motivo para llevar sus armas hasta las entrañas mismas de la casa de Austria? ¿Qué le ocurrió, en tiempos de Carlos Gustavo, a la propia corona de Polonia, que, además de ser en aquellos días con mucho la más poderosa de todas las potencias del Norte, tenía entonces una larga extensión de costa en el Báltico y algunos puertos en él? Los daneses, aunque entonces aliados de Polonia, nunca le permitieron tener una flota en el Báltico, ni siquiera para ayudarlos contra los suecos, sino que destruían los barcos polacos dondequiera que los encontraban».

En cuanto al mantenimiento del equilibrio de poder entre los Estados marítimos establecidos del Báltico, la tradición de la política británica no es menos clara. «Cuando el poder sueco nos causó allí alguna inquietud amenazando con aplastar a Dinamarca», el honor de nuestro país se mantuvo corrigiendo la desigualdad que había entonces en el equilibrio de poder.

La Commonwealth de Inglaterra envió al Báltico una escuadra que trajo consigo el tratado de Roskilde (1658), confirmado después en Copenhague (1660). El fuego de paja que encendieron los daneses en tiempos del rey Guillermo III lo apagó con la misma rapidez George Rock en el tratado de Copenhague.79

Tal era la política británica hereditaria.

«Nunca entró en la mente de los políticos de aquellos tiempos, para enderezar de nuevo la balanza, dar con el feliz expediente de alzar una tercera potencia naval para formar en el Báltico un equilibrio más justo... ¿Quién ha tomado este consejo contra Tiro, la ciudad que repartía coronas, cuyos mercaderes son príncipes, cuyos traficantes son los nobles de la tierra?80 Yo no nombro a nadie; por eso nadie podrá enfadarse conmigo, salvo quien antes quiera confesarse culpable.81 A la posteridad le costará creer que esto haya podido ser obra de alguna de las personas que hoy están en el poder..., que nosotros hemos abierto; San Petersburgo al zar enteramente a nuestra costa y sin riesgo alguno para él...».

La línea política más segura sería volver al tratado de Stolbovo y no permitir más al moscovita «anidar en el Báltico». Con todo, cabe decir que en «el estado actual de las cosas» sería «difícil recobrar la ventaja que hemos perdido por no frenar, cuando era más fácil, el crecimiento del poder moscovita». Puede parecer más conveniente un camino intermedio.

«Si halláramos compatible con el bienestar de nuestro Estado que el moscovita tenga una entrada en el Báltico, ya que, de todos los príncipes de Europa, posee un país que puede hacerse sumamente provechoso para su príncipe dando salida a sus productos en los mercados extranjeros, en tal caso no sería sino razonable esperar, por otra parte, que, a cambio de que nos plegáramos hasta ese punto a su interés para el mejoramiento de su país, su majestad el zar, por su parte, no pidiera nada que pudiera tender a perturbar a otro y, por tanto, contentándose con barcos de comercio, no pidiera ninguno de guerra».

«Le quitaríamos así la esperanza de ser nunca más que una potencia de tierra adentro», pero «saldríamos al paso de toda objeción de que tratamos al zar peor de lo que cualquier príncipe soberano pueda esperar. No pondré para ello el ejemplo de una república de Génova ni, en el propio Báltico, el del duque de Curlandia, sino que señalaré a Polonia y Prusia, que, aunque ahora ambas testas coronadas, se han contentado siempre con la libertad de un tráfico abierto sin insistir en tener una flota. O el tratado de Falczin entre el turco y el moscovita,82 por el que Pedro se vio obligado no solo a devolver Azov y a desprenderse de todos sus buques de guerra en aquellos parajes, sino también a contentarse con la mera libertad de tráfico en el mar Negro. Incluso una entrada en el Báltico para el comercio va mucho más allá de lo que, no hace aún tanto tiempo, podía prometerse razonablemente del desenlace de su guerra con Suecia».

Si el zar se niega a aceptar semejante «temperamento saludable», no tendremos «nada que lamentar sino el tiempo que hemos perdido para emplear todos los medios que el cielo ha puesto en nuestras manos a fin de reducirlo a una paz ventajosa para Gran Bretaña». La guerra se volvería inevitable. En ese caso,

«no debería animar menos a nuestro ministerio a proseguir sus medidas actuales que encender de indignación el pecho de todo británico honrado que un zar de Moscovia, que debe su pericia naval a nuestras enseñanzas y su grandeza a nuestra tolerancia, niegue tan pronto a Gran Bretaña las condiciones que hace tan pocos años tuvo que aceptar de la Sublime Puerta».

«Nos conviene en todos los sentidos que se restituyan al sueco las provincias que el moscovita ha arrebatado en el Báltico a esa corona. Gran Bretaña ya no puede mantener el equilibrio en ese mar», puesto que «ha elevado al moscovita a potencia marítima en él... Si hubiéramos cumplido los artículos de nuestra alianza hecha por el rey Guillermo con la corona de Suecia, aquella valiente nación habría sido siempre una barrera lo bastante fuerte contra la entrada del zar en el Báltico... El tiempo tiene que confirmarnos que la expulsión del moscovita del Báltico es ahora el fin principal de nuestro ministerio».

  1. Claudius Rondeau (m. 1739), residente británico en San Petersburgo desde 1731. ↩

  2. Horatio (Horace) Walpole (1678-1757), diplomático, hermano del primer ministro Robert Walpole; no debe confundirse con su sobrino, el escritor Horace Walpole, citado en una nota de Marx más abajo. ↩

  3. (Nota de Marx.) Esta carta se refiere a la guerra contra Turquía iniciada por la emperatriz Ana en 1735. El diplomático británico en San Petersburgo informa de sus esfuerzos por inducir a Rusia a concluir la paz con los turcos. Los pasajes omitidos no vienen al caso. ↩

  4. Andréi Ivánovich Osterman (1686-1747), alemán de origen, vicecanciller y director de la política exterior rusa bajo la emperatriz Ana Ivánovna. El conde Osterman de la carta siguiente (1765) es su hijo Iván, enviado ruso en Estocolmo. ↩

  5. Ernst Johann von Biron (1690-1772), favorito de la emperatriz Ana Ivánovna y duque de Curlandia. ↩

  6. George Macartney (1737-1806), enviado extraordinario británico en San Petersburgo de 1764 a 1767; más tarde, conde de Macartney. ↩

  7. John Montagu, cuarto conde de Sandwich (1718-1792), entonces secretario de Estado. ↩

  8. (Nota de Marx.) Inglaterra negociaba entonces un tratado de comercio con Rusia. ↩

  9. (Nota de Marx.) Hasta hoy ha seguido siendo entre los historiadores un punto de controversia si Panin estaba o no a sueldo de Federico II de Prusia, y si lo estaba a espaldas de Catalina o por orden suya. No cabe duda de que Catalina II, para identificar a las cortes extranjeras con los ministros rusos, permitía a los ministros rusos identificarse ostensiblemente con las cortes extranjeras. En cuanto a Panin en particular, la cuestión queda, sin embargo, decidida por un documento auténtico que, según creemos, no se ha publicado nunca. Prueba que, una vez convertido en el hombre de Federico II, se vio obligado a seguir siéndolo so pena de arriesgar su honor, su fortuna y su vida. ↩

  10. (Nota de Marx.) El ministro ruso en Londres. ↩

  11. (Nota de Marx.) La constitución oligárquica establecida por el Senado tras la muerte de Carlos XII. ↩

  12. (Nota de Marx.) Así nos enteramos por Sir George Macartney de que lo que se conoce comúnmente como la «gran concepción de la alianza del Norte» de lord Chatham era, de hecho, el «gran proyecto de unir a las potencias del Norte» de Panin. A Chatham lo engañaron para que prohijara el plan moscovita. ↩

  13. (Nota de Marx.) El pacto entre los Borbones de Francia y de España concluido en París en agosto de 1761. ↩

  14. (Nota de Marx.) Esto fue un subterfugio por parte de Federico II. La manera en que Federico se vio empujado a los brazos de la alianza rusa la cuenta llanamente el señor Koch, el profesor francés de diplomacia y maestro de Talleyrand. «Federico II», dice, «abandonado por el gabinete de Londres, no pudo sino unirse a Rusia». (Véase su Historia de las revoluciones de Europa.) ↩

  15. En latín: «con paso igual», a la par. ↩

  16. (Nota de Marx.) Horace Walpole caracteriza su época con estas palabras: «Era la moda de los tiempos cobrarse con un favor el haber recibido otro». En todo caso, por el texto se verá que tal era la moda de Rusia al tratar los asuntos con Inglaterra. El conde de Sandwich, a quien Sir George Macartney pudo atreverse a dirigir el despacho anterior, se distinguió diez años después, en 1775, como primer lord del Almirantazgo en la administración North, por la vehemente oposición que hizo a la moción de lord Chatham para un arreglo equitativo de las dificultades americanas. «No podía creer que fuera (la moción de Chatham) obra de un par británico; le parecía más bien obra de algún americano.» En 1777 encontramos de nuevo a Sandwich fanfarroneando: «arriesgaría hasta la última gota de sangre, así como el último chelín del tesoro nacional, antes que consentir que Gran Bretaña fuera desafiada, intimidada y sometida a los dictados de sus súbditos desobedientes y rebeldes». Por destacado que fuera el conde de Sandwich en enredar a Inglaterra en la guerra con sus colonias de Norteamérica, con Francia, España y Holanda, lo vemos acusado constantemente en el Parlamento por Fox, Burke, Pitt, etc., «de mantener las fuerzas navales en un nivel insuficiente para la defensa del país; de oponer intencionadamente pequeñas fuerzas inglesas allí donde sabía que el enemigo había concentrado grandes fuerzas; de completa mala gestión del servicio en todos sus departamentos», etc. (Véanse los debates de la Cámara de los Comunes del 11 de marzo de 1778; del 31 de marzo de 1778; de febrero de 1779, moción de censura de Fox contra lord Sandwich; del 9 de abril de 1779, mensaje al rey para que apartase a lord Sandwich de su servicio por mala conducta en él; del 7 de febrero de 1782, moción de Fox según la cual había habido grave mala gestión en la administración de los asuntos navales durante el año 1781.) En esta ocasión Pitt imputó a lord Sandwich «todos nuestros desastres y deshonras navales». La mayoría ministerial contra la moción ascendió solo a 22 en una Cámara de 388. El 22 de febrero de 1782, una moción semejante contra lord Sandwich solo fue rechazada por una mayoría de 19 en una Cámara de 453. Tal era, en verdad, el carácter de la administración del conde de Sandwich que más de treinta oficiales distinguidos abandonaron el servicio naval o declararon que no podían actuar bajo el sistema vigente. De hecho, durante todo su mandato se temieron seriamente las consecuencias de las disensiones que reinaban entonces en la marina. Además, el conde de Sandwich fue acusado abiertamente de peculado y, en la medida en que lo permiten las pruebas indiciarias, quedó convicto de él. (Véanse los debates de la Cámara de los Lores del 31 de marzo de 1778 y del 9 de abril de 1779 y ss.) Cuando el 9 de abril de 1779 se rechazó la moción para apartarlo del cargo, treinta y nueve pares hicieron constar su protesta. ↩

  17. James Harris (1746-1820), embajador británico en San Petersburgo de 1777 a 1783; desde 1800, conde de Malmesbury. ↩

  18. Thomas Robinson, segundo barón Grantham (1738-1786), secretario de Estado de Asuntos Exteriores en 1782-1783. ↩

  19. En francés en el original: garçons perruquiers de Paris. ↩

  20. La paz de Teschen (mayo de 1779) puso fin a la guerra de Sucesión de Baviera entre Austria y Prusia, con la mediación de Francia y Rusia. ↩

  21. (Nota de Marx.) Sir James Harris finge creer que Catalina II no fue la autora, sino una conversa, de la neutralidad armada de 1780. Es una de las grandes estratagemas de la corte de San Petersburgo dar a sus propios planes la forma de propuestas que las cortes extranjeras le sugieren y le apremian a aceptar. La diplomacia rusa se deleita en esos quæ pro quo. Así se hizo del conde de Floridablanca el editor responsable de la neutralidad armada y, por un informe que aquel vanidoso español dirigió a Carlos III, puede verse cuán inmensamente se sintió halagado por la idea de haber no solo incubado la neutralidad armada, sino también atraído a Rusia a secundarla. ↩

  22. (Nota de Marx.) A este mismo Sir James Harris, quizá más familiar al lector con el nombre de conde de Malmesbury, lo ensalzan los historiadores ingleses como el hombre que impidió que Inglaterra renunciara al derecho de visita en las negociaciones de paz de 1782-83. ↩

  23. (Nota de Marx.) Podría inferirse de este pasaje y de otros semejantes del texto que Catalina II había dado con la horma de su zapato en lord North, a cuya administración alude Sir James Harris. Toda ilusión semejante se desvanecerá ante la simple constatación de que el primer reparto de Polonia tuvo lugar durante la administración de lord North, sin protesta alguna por su parte. En 1773, mientras continuaba aún la guerra de Catalina contra Turquía y se agravaban sus conflictos con Suecia, Francia hizo preparativos para enviar una poderosa flota al Báltico. D'Aiguillon, ministro francés de Asuntos Exteriores, comunicó este plan a lord Stormont, entonces embajador inglés en París. En una larga conversación, D'Aiguillon se extendió sobre los designios ambiciosos de Rusia y sobre el interés común que debía unir a Francia e Inglaterra en una resistencia conjunta contra ellos. En respuesta a esta comunicación confidencial, el embajador inglés le hizo saber que, «si Francia enviaba sus barcos al Báltico, al instante los seguiría una flota británica; que la presencia de dos flotas no tendría más efecto que una neutralidad, y que, por mucho que la corte británica deseara conservar la armonía que ahora existía entre Inglaterra y Francia, era imposible prever las contingencias que podrían surgir de una colisión accidental». A consecuencia de estas representaciones, D'Aiguillon dio contraorden a la escuadra de Brest, pero dio nuevas órdenes para que se aprestara un armamento en Tolón. «Al recibir noticia de estos renovados preparativos, el gabinete británico hizo al instante vigorosas demostraciones de resistencia; se ordenó a lord Stormont declarar que todo argumento empleado respecto al Báltico se aplicaba igualmente al Mediterráneo. Se presentó también un memorial al ministro francés, acompañado de la exigencia de que se sometiera al rey y al Consejo. Esto produjo el efecto deseado; se dio contraorden al armamento, se licenció a los marineros y se evitó el riesgo de una guerra extensa.» «Lord North», dice el complaciente escritor del que hemos tomado las últimas líneas, «sirvió así eficazmente a la causa de su aliada (Catalina II) y facilitó el tratado de paz (de Kuchuk-Kainarji) entre Rusia y la Puerta.» Catalina II recompensó los buenos servicios de lord North, en primer lugar, negándole la ayuda que le había prometido en caso de guerra entre Inglaterra y las colonias de Norteamérica y, en segundo lugar, urdiendo y encabezando contra Inglaterra la neutralidad armada. Lord North NO SE ATREVIÓ a pagar, como le aconsejaba Sir James Harris, esta traicionera violación de la palabra dada entregando a Rusia, y a Rusia sola, los derechos marítimos de Gran Bretaña. De ahí la irritación en el sistema nervioso de la zarina; el antojo histérico que le dio de pronto de «tener mala opinión» de lord North, de sentir «antipatía» por él, de sentir contra él una «arraigada aversión», de padecer una «total falta de confianza», etc. Para dar a la administración Shelburne un ejemplo aleccionador, Sir James Harris traza un minucioso cuadro psicológico de los sentimientos de la zarina y de la desgracia en que incurrió la administración North por haber herido esos mismos sentimientos. Su receta es muy simple: entregar a Rusia, como amiga nuestra, todo aquello por cuya sola petición consideraríamos enemiga a cualquier otra potencia. ↩

  24. (Nota de Marx.) Es, pues, un hecho que el gobierno inglés, no contento con haber hecho de Rusia una potencia báltica, se esforzó por hacer de ella también una potencia mediterránea. La oferta de la cesión de Menorca parece haberse hecho a Catalina II a finales de 1779 o a principios de 1780, poco después de la entrada de lord Stormont en el gabinete North; el mismo lord Stormont al que hemos visto frustrar los intentos franceses de resistencia contra Rusia, y al que ni siquiera Sir James Harris puede negar el mérito de haber escrito «instrucciones perfectamente calculadas para el meridiano de la corte de San Petersburgo». Mientras el gabinete de lord North, a sugerencia de Sir James Harris, ofrecía Menorca a los moscovitas, los comunes y el pueblo de Inglaterra aún temblaban de miedo de que los hannoverianos (?) les arrancaran de las manos «una de las llaves del Mediterráneo». El 26 de octubre de 1775, el rey, en su discurso de apertura, había informado al Parlamento, entre otras cosas, de que tenía las propias palabras de Sir James Graham, cuando se le preguntó por qué no habían mantenido algún bloqueo mientras se resolvía el «plan»: «No asumieron esa responsabilidad». ¡La responsabilidad de ejecutar sus órdenes! El despacho que hemos citado es el único despacho leído, salvo uno de fecha posterior. El despacho que se dice enviado el 5 de abril, en el que «se ordena al almirante usar el más amplio poder discrecional para bloquear los puertos rusos del mar Negro», no se lee, ni tampoco respuesta alguna del almirante Dundas. El Almirantazgo envió tropas hannoverianas a Gibraltar y a Port Mahón (Menorca) para sustituir a los regimientos británicos que se sacaran de esas guarniciones para servir en América. Lord John Cavendish propuso una enmienda a la respuesta al discurso en la que condenaba enérgicamente «el confiar fortalezas tan importantes como Gibraltar y Port Mahón a extranjeros». Tras debates muy tormentosos, en los que se atacó furiosamente la medida de confiar Gibraltar y Menorca, «las llaves del Mediterráneo», como se las llamaba, a extranjeros, lord North, reconociéndose consejero de la medida, se vio obligado a presentar un proyecto de ley de indemnidad. Sin embargo, aquellos extranjeros, aquellos hannoverianos, eran súbditos del propio rey de Inglaterra. Habiendo entregado virtualmente Menorca a Rusia en 1780, lord North estaba, por supuesto, plenamente justificado al tratar, el 22 de noviembre de 1781, en la Cámara de los Comunes, «con el más absoluto desprecio la insinuación de que los ministros estaban a sueldo de Francia». Señalemos, de pasada, que lord North, uno de los ministros más viles y dañinos de que puede jactarse Inglaterra, dominaba perfectamente el arte de mantener a la Cámara en perpetua risa. También lord Sunderland. También lord Palmerston. [Nota nuestra: en la edición de 1899 se intercala aquí, desde «las propias palabras de Sir James Graham» hasta «El Almirantazgo», un pasaje ajeno a esta nota, que se refiere a la guerra de Crimea: Sir James Graham fue primer lord del Almirantazgo de 1852 a 1855, y el almirante Dundas mandaba en 1854 la flota británica que operaba en el mar Negro. Lo conservamos tal como figura en esa edición. La frase interrumpida dice que el rey había informado al Parlamento de que había enviado tropas hannoverianas a Gibraltar y a Port Mahón.] ↩

  25. (Nota de Marx.) Suplantado lord North por la administración Rockingham el 27 de marzo de 1782, el célebre Fox hizo llegar a Holanda propuestas de paz por mediación del ministro ruso. Ahora bien, ¿cuáles fueron las consecuencias de la mediación rusa tan ponderada por este Sir James Harris, servil contable de los sentimientos, humores y emociones de la zarina? Mientras se habían convenido artículos preliminares de paz con Francia, España y los Estados americanos, resultó imposible llegar a un acuerdo preliminar semejante con Holanda. No se pudo obtener de ella más que un simple cese de hostilidades. Tan poderosa resultó la mediación rusa que el 2 de septiembre de 1783, justo un día antes de la conclusión de los tratados definitivos con América, Francia y España, Holanda se dignó acceder a unos preliminares de paz, y ello no a consecuencia de la mediación rusa, sino por influencia de Francia. ↩

  26. (Nota de Marx.) ¡Cuánto no perjudicaron a Inglaterra las cortes de Viena y París al frustrar el plan del gabinete británico de ceder Menorca a Rusia, y Federico de Prusia con su resistencia al proyecto del gran Chatham de una alianza del Norte bajo auspicios moscovitas! ↩

  27. (Nota de Marx.) El predecesor es Fox. Sir James Harris establece una escala completa de las administraciones británicas según el grado en que gozaron del favor de su todopoderosa zarina. Pese a lord Stormont, al conde de Sandwich, a lord North y al propio Sir James Harris; pese al reparto de Polonia, a las bravatas contra D'Aiguillon, al tratado de Kuchuk-Kainarji y a la proyectada cesión de Menorca, la administración de lord North queda relegada al pie de la escala celestial; muy por encima de ella ha trepado la administración Rockingham, cuya alma era Fox, célebre por sus intrigas posteriores con Catalina; pero en la cima vemos la administración Shelburne, cuyo canciller del Tesoro era el célebre William Pitt. En cuanto al propio lord Shelburne, Burke exclamó en la Cámara de los Comunes que, «si no era un Catilina o un Borgia en moral, no debía atribuirse a otra cosa que a su entendimiento». ↩

  28. (Nota de Marx.) Sir James Harris olvida deducir la conclusión principal: que el embajador de Inglaterra es el agente de Rusia. ↩

  29. En francés en el original: l'esprit de combinaison, la capacidad de concebir y enlazar planes de conjunto. ↩

  30. (Nota de Marx.) En el siglo XVIII, los despachos de los diplomáticos ingleses que llevan en el encabezamiento la inscripción sacramental «Privada» son despachos que el ministro al que van dirigidos debe ocultar al rey. Que así era puede verse en la Historia de Inglaterra de lord Mahon. ↩

  31. La Factoría (Factory) era la corporación de los comerciantes británicos establecidos en San Petersburgo. ↩

  32. (Nota de Marx.) «Para quemar después de mi muerte.» Tales son las palabras que antepuso al manuscrito el caballero al que iba dirigido. ↩

  33. Pablo I fue asesinado en marzo de 1801 en una conjura palaciega. ↩

  34. En francés en el original: fumée de fausseté. ↩

  35. Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon (1675-1755), autor de unas célebres Memorias sobre la corte de Luis XIV y la Regencia. ↩

  36. Carlo Andrea Pozzo di Borgo (1764-1842), corso al servicio de la diplomacia rusa, embajador en París y en Londres. ↩

  37. En francés en el original: litérature de mauvais lieu (así, por littérature). ↩

  38. (Nota de Marx.) O, siguiendo esta afectación de necedad hasta tiempos más recientes, ¿hay en la historia diplomática algo que pueda igualar la propuesta de lord Palmerston al mariscal Soult (en 1839) de forzar los Dardanelos para dar al sultán el apoyo de la flota anglofrancesa contra Rusia? ↩

  39. Derecho que reclamaban los beligerantes a detener y registrar en alta mar los buques neutrales en busca de contrabando de guerra o de mercancía enemiga. ↩

  40. Figura que invierte el orden natural, lógico o temporal, de las cosas: poner lo posterior antes de lo anterior. ↩

  41. En el original, The Northern Crisis, folleto anónimo publicado en Londres en 1716. ↩

  42. Carlos XII se refugió en territorio otomano, en Bender (Besarabia), tras su derrota en Poltava (1709), y permaneció allí hasta 1714. ↩

  43. El tratado de Travendal (agosto de 1700) obligó a Dinamarca a salir de la guerra contra Suecia y a reconocer los derechos del duque de Holstein-Gottorp, aliado de los suecos. ↩

  44. Carl Gyllenborg (1679-1746), embajador sueco en Londres, detenido en 1717 por sus tratos con los jacobitas; Georg Heinrich von Görtz (1668-1719), principal ministro de Carlos XII en sus últimos años. ↩

  45. Callejón de la City de Londres cuyos cafés eran el centro del comercio de acciones. ↩

  46. En el original, courants y postboys: alusión a periódicos londinenses como el Daily Courant y el Post Boy. ↩

  47. En alemán y en neerlandés, una «tonelada de oro» (Tonne Goldes) era una unidad de cuenta de 100.000 táleros o florines. ↩

  48. Sir John Norris (h. 1670-1749), almirante británico, al mando de las escuadras enviadas al Báltico durante la guerra del Norte. ↩

  49. Alusión a Volpone o el zorro (1606), comedia de Ben Jonson cuyo protagonista es un astuto embaucador. ↩

  50. Recuerda el refrán español «Quien te conoció ciruelo, ¿cómo te ha de tener devoción?», dicho de la imagen de un santo tallada en madera de un ciruelo. ↩

  51. La anécdota es de Temístocles, que, según Plutarco (Vida de Temístocles), se comparaba con un plátano bajo el que los atenienses se refugiaban en la tormenta y al que podaban cuando hacía buen tiempo. ↩

  52. Terencio, Andria, acto IV, escena 1. En latín en el original: «Hoccine credibile est aut memorabile Tanta vecordia innata cuiquam ut siet, Ut malis gaudeant?» ↩

  53. «He levantado un monumento»: comienzo de la oda de Horacio (Odas, III, 30) en que el poeta celebra su obra como «más duradera que el bronce». ↩

  54. Títulos originales: The Northern Crisis, The Defensive Treaty y Truth is but Truth, however it is Timed; en los capítulos V y VI, donde da el título completo, Marx cita este último como Truth is but truth, as it is timed, forma que seguimos en todo el libro. ↩

  55. Batalla del cabo Passaro (11 de agosto de 1718): la escuadra del almirante George Byng destruyó la flota española frente a Sicilia sin declaración de guerra; Gran Bretaña no declaró la guerra a España hasta diciembre de 1718. ↩

  56. Así en el original; por las cifras (576.265 − 310.424 = 265.841) debe leerse 1716. ↩

  57. (Nota de Marx.) En el año 1657, cuando las cortes de Dinamarca y de Brandeburgo se proponían inducir a los moscovitas a caer sobre Suecia, dieron instrucciones a su ministro para que llevara el asunto de modo que el zar no pudiera en modo alguno poner pie en el Báltico, porque «no sabían qué hacer con un vecino tan molesto». (Véase la Historia de Brandeburgo de Pufendorf.) ↩

  58. La correspondencia de Gyllenborg con Görtz, interceptada, la publicó el gobierno británico en 1717 para probar una conjura sueca en favor de los jacobitas. ↩

  59. Elias Regnault (1801-1868), historiador francés. Robert Gilmour Colquhoun fue cónsul general británico en Bucarest de 1837 a 1859. ↩

  60. Bartolomeo Silvestro Cunibert, Essai historique sur les révolutions et l'indépendance de la Serbie (Leipzig, 1855). Milosh (Miloš Obrenović, 1780-1860), príncipe de Serbia, abdicó en 1839; el coronel George Lloyd Hodges fue el primer cónsul británico en Serbia (1837-1839). ↩

  61. Ludwik Mierosławski (1814-1878), revolucionario polaco. Kars, en Anatolia oriental, defendida por los turcos al mando del general británico William Fenwick Williams, capituló ante los rusos en noviembre de 1855, en la guerra de Crimea. ↩

  62. Bender, en Besarabia, donde Carlos XII vivió refugiado en territorio otomano después de su derrota de Poltava (1709); regresó a sus dominios a finales de 1714. ↩

  63. Sir Robert Walpole (1676-1745), jefe del gobierno de 1721 a 1742, que gobernó comprando votos parlamentarios. Su hermano Horace (Horatio) Walpole (1678-1757) era cuñado de Townshend, que estaba casado con Dorothy, hermana de los Walpole. ↩

  64. «Nec rumpite fœdera pacis, / Nec regnis præferte fidem». Silio Itálico, Púnica, II, 700-701 («Lip.» es errata por «Lib.»), donde se lee «nec regnis postferte fidem», «ni pospongáis la fe a los reinos»; el «præferte» del folleto invierte el sentido, y traducimos según el texto de Silio. ↩

  65. (Nota de Marx.) El tratado se concluyó en La Haya el 6 y 16 de enero de 1700, y Guillermo III lo ratificó el 5 de febrero de 1700. ↩

  66. August Ludwig von Schlözer (1735-1809), historiador alemán, editor y comentarista de la crónica rusa antigua (Néstor); Jakob Philipp Fallmerayer (1790-1861), historiador y orientalista austriaco. ↩

  67. La druzhina, séquito armado del príncipe en la Rus de Kiev. ↩

  68. Juan I Tzimisces, emperador bizantino (969-976), que derrotó a Sviatoslav en Bulgaria en 971. ↩

  69. Apanajes (en ruso, udiel): porciones del territorio repartidas como patrimonio entre los miembros de la dinastía. ↩

  70. Andréi Bogoliubski (h. 1111-1174), príncipe de Vladímir-Súzdal. ↩

  71. Así en el original. Yuri Danílovich de Moscú obtuvo del kan Uzbek la dignidad de gran príncipe en 1317 y murió en 1325; en 1328 la recibió el propio Iván Kalitá. ↩

  72. Sofía (Zoe) Paleóloga, que casó con Iván III en 1472, era en rigor sobrina del último emperador bizantino, Constantino XI. ↩

  73. Mengli I Giray (m. 1515), kan de Crimea. ↩

  74. «Tskof» en el original. ↩

  75. «Vosotros, no para vosotros»: del verso atribuido a Virgilio «Sic vos non vobis...» («así vosotros [trabajáis], pero no para vosotros»). ↩

  76. Francesco Algarotti (1712-1764), escritor italiano, en sus cartas sobre su viaje a Rusia de 1739 (Viaggi di Russia). ↩

  77. Sir John Norris (h. 1670-1749) mandó las escuadras británicas en el Báltico entre 1715 y 1721. Sir Charles Napier (en 1854) y Richard Saunders Dundas (en 1855) mandaron la flota británica del Báltico en la guerra de Crimea sin resultados de importancia. ↩

  78. Paz de Stolbovo (1617) entre Suecia y Rusia, por la que esta perdió su salida al Báltico. El original escribe aquí «Stalboa» y, más abajo, «Itolbowa». ↩

  79. Así en el original: se trata de Sir George Rooke, que en 1700 mandó la flota anglo-holandesa que, junto con la sueca, obligó a Dinamarca a firmar la paz de Travendal (agosto de 1700). ↩

  80. Isaías 23, 8. ↩

  81. «Ego autem neminem nomino, quare irasci mihi nemo poterit, nisi qui ante de se noluerit confiteri». Cicerón, Sobre el mando de Cneo Pompeyo (Pro lege Manilia), 37, donde se lee «voluerit»; el «noluerit» del folleto es errata. ↩

  82. Paz del Prut (1711), firmada en Falciu (Moldavia), por la que Pedro I devolvió Azov a los turcos. ↩