Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 26 de septiembre de 1856 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4828, del 9 de octubre de 1856. Traducido del original inglés según la transcripción del periódico publicada por marxists.org, cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12, Berlín, 1961, pp. 49-52), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Lo que distingue el actual periodo de especulación en Europa es la universalidad de la fiebre. Ha habido antes fiebres de juego —fiebres del trigo, de los ferrocarriles, de las minas, de los bancos, de las hilaturas de algodón—, en suma, fiebres de todas las clases posibles; pero en las épocas de las grandes crisis comerciales de 1817, 1825, 1836 y 1846-1847, aunque todas las ramas de la empresa industrial y comercial se vieron afectadas, una fiebre principal daba a cada época su tono y su carácter propios. Aunque el espíritu de especulación invadía todos los terrenos, cada especulador se limitaba aún a su terreno. Por el contrario, el principio rector del Crédit Mobilier,1 representante de la fiebre actual, no es especular en un ramo determinado, sino especular con la especulación, y universalizar la estafa al mismo ritmo con que la centraliza. Hay, además, otra diferencia en el origen y el desarrollo de la fiebre actual: no empezó en Inglaterra, sino en Francia. La generación actual de especuladores franceses está, respecto de los especuladores ingleses de las épocas citadas, en la misma relación que los deístas franceses del siglo XVIII respecto de los deístas ingleses del XVII. Unos aportaron los materiales, mientras los otros produjeron la forma generalizadora que permitió propagar el deísmo por todo el mundo civilizado del siglo XVIII. Los británicos tienden a felicitarse de que el foco de la especulación se haya trasladado de su isla libre y sobria al confuso continente, gobernado por déspotas; pero olvidan entonces la intensa ansiedad con que siguen el balance mensual del Banco de Francia, por su influencia en el montón de oro y plata guardado en el sanctasanctórum del Banco de Inglaterra; olvidan que es en gran medida capital inglés el que provee de celestial humedad las grandes arterias de los Crédits Mobiliers europeos; olvidan que el exceso «sano» de negocios y de producción en Inglaterra, que ahora ensalzan porque ha alcanzado la cifra de casi 110.000.000 de libras de exportaciones, es vástago directo de la especulación «malsana» que denuncian en el continente, como su política liberal de 1854 y 1856 es vástago del golpe de Estado de Bonaparte. Sin embargo, no puede negarse que son inocentes de haber engendrado esa curiosa mezcla de socialismo imperial, agiotaje sansimoniano y estafa filosófica que compone lo que se llama el Crédit Mobilier. En marcado contraste con este refinamiento continental, la especulación inglesa ha vuelto a su forma más burda y primitiva de fraude, liso, llano y sin atenuantes. El fraude fue el misterio de Paul, Strahan & Bates; del Tipperary Bank, de sadleiriana memoria; de las grandes operaciones de la City de Cole, Davidson & Gordon;2 y el fraude es la triste pero simple historia del Royal British Bank de Londres.3
Para que un grupo de directores se coma el capital de una compañía mientras anima a sus accionistas con altos dividendos y atrae a depositantes y nuevos accionistas con cuentas fraudulentas no hace falta ningún gran refinamiento. No hace falta más que la ley inglesa. El caso del Royal British Bank ha causado sensación, no tanto por el capital como por el número de gente modesta implicada, tanto entre los accionistas como entre los depositantes. La división del trabajo en esta empresa parece haber sido, desde luego, muy simple. Había dos grupos de directores: unos se contentaban con embolsarse su sueldo de 10.000 libras al año por no saber nada de los asuntos del banco y mantener limpias sus conciencias; los otros aspiraban a la dirección real del banco solo para ser sus primeros clientes o, más bien, sus saqueadores. Como esta última clase depende del gerente para obtener créditos, empieza enseguida por dejar que el gerente se dé crédito a sí mismo. Además del gerente, tienen que hacer partícipes del secreto al interventor de cuentas y al abogado de la compañía, que reciben en consecuencia sobornos en forma de anticipos. Aparte de los anticipos concedidos a sí mismos y a sus parientes con sus propios nombres, los directores y el gerente proceden a montar una serie de testaferros a cuyo nombre se embolsan nuevos anticipos. Todo el capital desembolsado asciende ahora a 150.000 libras, de las que 121.840 se las tragaron, directa e indirectamente, los directores. El fundador de la compañía, el señor McGregor, diputado por Glasgow, el célebre autor de estadísticas,4 cargó a la compañía con 7.362 libras; otro director y miembro del Parlamento, el señor Humphrey Brown, de Tewkesbury, que se sirvió del banco para pagar sus gastos electorales, llegó a tener con él en cierto momento una deuda de 70.000 libras y parece deberle todavía la bonita suma de 50.000. El señor Cameron, el gerente, había recibido anticipos por valor de 30.000 libras.
Desde que el banco empezó a funcionar perdía cada año 50.000 libras, y sin embargo los directores se presentaban todos los años a felicitar a los accionistas por su prosperidad. Se pagaban trimestralmente dividendos del seis por ciento, aunque, según la declaración del contable oficial, el señor Coleman, los accionistas no deberían haber recibido nunca ningún dividendo. El verano pasado, sin ir más lejos, se presentaron a los accionistas cuentas falsas por más de 370.000 libras, en las que los anticipos hechos a McGregor, Humphrey Brown, Cameron y compañía figuraban bajo la rúbrica abstracta de «valores convertibles». Cuando el banco era ya completamente insolvente, se emitieron nuevas acciones, entre informes entusiastas sobre sus progresos y un voto de confianza a los directores. Esta emisión de nuevas acciones no se concibió en modo alguno como un medio desesperado de aliviar la situación del banco, sino sencillamente para proporcionar nuevo material al fraude de los directores. Aunque una de las reglas de los estatutos era que el banco no negociara con sus propias acciones, parece haber sido práctica constante endosárselas como garantía siempre que se habían depreciado en manos de los directores. Cómo pretende haber sido engañada la «parte honrada» de los directores lo contó uno de ellos, el señor Owen, en una junta de accionistas, del modo siguiente:
«Cuando se hubieron hecho todos los preparativos para poner en marcha esta empresa, se nombró gerente al señor Cameron, y pronto descubrimos el mal que es tener un gerente que nunca había estado relacionado con ningún banco de Londres. Por esa circunstancia surgieron una serie de dificultades. Contaré lo que ocurrió hace dos años y algunos meses, cuando dejé el banco. Pues bien, poco antes de esa fecha yo no sabía que hubiera un solo accionista que debiera al banco la cantidad de 10.000 libras, ni por descuentos ni por anticipos. En cierta ocasión oí el rumor de algunas quejas de que uno de ellos debía una gran suma por descuentos, y pregunté por el asunto a uno de los tenedores de libros. Se me dijo que, en cuanto cerraba la puerta de la sala, yo no tenía nada que ver con el banco. El señor Cameron dijo que ningún director debía presentar al consejo sus propias letras para descontarlas. Dijo que esas letras debían ir al gerente general, pues si se presentaban al consejo nunca conseguiríamos que comerciantes de alta reputación trabajaran con nosotros. En esa ignorancia estuve hasta que en una ocasión el señor Cameron cayó tan gravemente enfermo que no se esperaba que se recuperase. A causa de su enfermedad, el presidente y algunos de los otros directores hicieron ciertas averiguaciones que nos revelaron que el señor Cameron tenía un libro con una llave privada que nunca habíamos visto. Cuando el presidente abrió aquel libro, nos quedamos todos verdaderamente atónitos.»
Hay que decir en honor del señor Cameron que, sin esperar las consecuencias de estos descubrimientos, se expatrió de Inglaterra con gran prudencia y prontitud.
Una de las transacciones más extraordinarias y características del Royal British Bank fue su relación con unas fundiciones de hierro galesas. En un momento en que el capital desembolsado de la compañía solo ascendía a 50.000 libras, los anticipos hechos a esas fundiciones alcanzaban por sí solos la suma de 70.000 a 80.000 libras. Cuando la compañía tomó posesión de este establecimiento siderúrgico, era una empresa inexplotable. Una vez que se volvió explotable tras una inversión de unas 50.000 libras, encontramos la propiedad en manos de un tal señor Clarke, que, después de explotarla «durante algún tiempo», se la devolvió al banco «expresando su convicción de que renunciaba a una gran fortuna», aunque dejando al banco una deuda adicional de 20.000 libras sobre la «propiedad». Así, esta empresa salía de las manos del banco cada vez que parecía que iban a entrar beneficios, y volvía al banco cada vez que hacían falta nuevos anticipos. Los directores intentaban prolongar esta broma pesada aun en el último momento de su confesión, ponderando todavía la capacidad de las fundiciones para dar beneficios, que según ellos podrían rendir 16.000 libras al año, olvidando que han costado a los accionistas 17.742 libras por cada año de existencia de la compañía. La liquidación de los asuntos de la compañía se hará ahora ante el Tribunal de la Cancillería. Mucho antes de que pueda hacerse, sin embargo, todas las aventuras del Royal British Bank habrán quedado anegadas en el diluvio de la crisis general europea.
La Société générale du Crédit Mobilier, banco por acciones fundado en París en 1852 por los hermanos Émile e Isaac Péreire con el apoyo del gobierno de Luis Bonaparte; Marx le había dedicado en junio y julio de 1856 tres artículos en el New-York Daily Tribune. ↩
Quiebras fraudulentas de los años anteriores: la del banco londinense Strahan, Paul & Bates (1855), cuyos socios fueron condenados por apropiarse de títulos de sus clientes; la del Tipperary Joint Stock Bank, hundido en 1856 tras el suicidio de su director, el diputado irlandés John Sadleir, que lo había saqueado; y las operaciones fraudulentas de Cole, Davidson y Gordon, descubiertas en 1854. ↩
Banco por acciones fundado en Londres en 1849, que suspendió pagos en septiembre de 1856; sus directores fueron procesados y condenados en 1858. ↩
John MacGregor (1797-1857), economista y autor de numerosas obras de estadística comercial, diputado por Glasgow, fundador y gobernador del Royal British Bank. ↩