Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 11 de enero de 1856 y publicado en el New-York Daily Tribune como editorial, núm. 4608, del 25 de enero de 1856. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 577-583), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW, cuya edición digital fecha por error la redacción en 1855. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Poco a poco nos vamos enterando de los detalles de la caída de Kars;1 y hasta ahora concuerdan por completo con lo que solíamos señalar acerca del ejército turco de Asia Menor. Ya no se puede negar que este ejército ha sido arruinado sistemáticamente por la negligencia del gobierno turco y por la influencia sin trabas de la rutina, el fatalismo y la apatía turcos. Los hechos que ahora salen a la luz parecen probar de verdad, y en gran medida, que hasta la traición directa, tan habitual en Turquía, desempeñó un gran papel en la derrota de Kars.

Ya al comienzo de la campaña del año pasado tuvimos ocasión de mostrar a nuestros lectores el miserable estado del ejército turco en Erzurum y Kars y las patentes malversaciones que habían provocado esa situación. Para la defensa de la meseta armenia se habían concentrado allí los dos cuerpos de ejército de Asia Menor y de Mesopotamia y, además, una parte del cuerpo de Siria. Estos cuerpos se habían reforzado con sus redifs o batallones de reserva y formaban el núcleo de una numerosa hueste de irregulares kurdos y beduinos. Pero las cuatro o cinco batallas desgraciadas de 1853 y 1854, de Ajaltsije a Bayazid,2 habían destruido la cohesión y la moral de este ejército, mientras que la falta de ropa y de víveres en invierno acabó de arruinarlo. En el cuartel general se había reunido una abigarrada mezcla de emigrados húngaros y polacos, aventureros y también hombres de grandes méritos, pero sin una posición reconocida oficialmente. Ante los bajás, ignorantes, celosos e intrigantes, los aventureros podían hacerse pasar por gente capaz, mientras que a los emigrados de verdad útiles se los trataba como aventureros; al final fue una competición de vanidad e intriga que deshonró a los emigrados en su conjunto y destruyó casi todo rastro de su influencia. Luego llegaron los oficiales británicos, que fueron recibidos con gran respeto, pues podían apoyarse en la consideración debida a un gobierno aliado y en la absoluta impotencia de los jefes turcos. Pero también fracasaron sus intentos de infundir al ejército de Armenia algo parecido a un espíritu militar. De vez en cuando sus esfuerzos conseguían sacar por un momento a algún bajá de su apatía embotada, asegurar la construcción de las defensas imprescindibles en Kars e impedir de cuando en cuando algunos de los casos más flagrantes de malversación y hasta de connivencia secreta con el enemigo; pero eso fue todo. Cuando el general Williams3 lo movilizó todo la primavera pasada para reunir en Kars las provisiones de víveres más necesarias, se le pusieron dificultades constantemente. La intendencia turca consideraba imposible un sitio; no había caballos para transportar los víveres. Cuando se vio que había muchos asnos, se pensó que era indigno de las provisiones del sultán transportarlas en asnos, y así sucesivamente; de modo que al final Kars, el baluarte de Armenia, situado a solo dos jornadas de marcha de la fortaleza rusa de Gumri, se quedó de hecho sin víveres de ninguna clase y tuvo que abastecerse por sí misma en los alrededores. Con las municiones ocurría lo mismo. Tras el ataque ruso del 29 de septiembre solo quedaba munición de artillería para tres días, aunque hay que tener en cuenta que no hubo un sitio en regla: el 29 de septiembre fue el único día de combate verdadero durante el bloqueo. Los botiquines entregados al ejército contenían toda clase de trastos, ¡y a los cirujanos se les enviaron desde Constantinopla instrumentos de obstetricia con los que debían explorar heridas y amputar miembros!

Esa era la situación en Kars. Que una guarnición formada por tropas anatolias desmoralizadas y con recursos tan pobres opusiera el 29 de septiembre una resistencia tan tenaz y aguantara tanto tiempo el hambre es uno de esos hechos de la historia turca que reconcilian de nuevo con ella, tan frecuentes en la guerra actual. El mismo fatalismo que en los jefes conduce a la indolencia apática provoca en las masas precisamente esta resistencia tenaz. Es el último resto del espíritu que llevó la bandera del islam de La Meca a España y que solo fue detenido en Poitiers.4 Su fuerza ofensiva ha desaparecido, pero queda un rastro de su fuerza defensiva. Esta resistencia tenaz detrás de murallas y parapetos es típicamente turca; sería un gran error atribuirla como mérito a la presencia de oficiales europeos. Si bien estaban presentes en Kars y Silistra en 1854 y 1855, no lo estaban en Varna, Brăila y Silistra en 1829,5 cuando se realizaron hazañas semejantes. Lo que los oficiales europeos podían hacer en tales casos era corregir errores, reforzar los reductos, introducir un sistema unitario en la defensa e impedir la traición directa. Pero la valentía individual de los soldados ha sido siempre la misma, hubiera oficiales europeos o no; tampoco faltó en Kars, ni siquiera entre las tropas desorganizadas del casi aniquilado ejército de Anatolia.

Esto nos lleva a los méritos de los oficiales británicos que desempeñaron un papel destacado en la defensa de Kars y que ahora son prisioneros de guerra en Tiflis. Contribuyeron mucho a preparar los medios de resistencia; es mérito suyo haber fortificado la plaza, haberla abastecido de víveres lo mejor posible, haber sacado a los bajás turcos de su letargo soñoliento y haber dirigido la defensa el 29 de septiembre: nada de eso puede negarse. Pero es absurdo atribuirles, como hace ahora la prensa británica, todo el mérito del 29 de septiembre y de la defensa en su conjunto, y presentarlos como un grupo de héroes abandonados en la hora del peligro por los cobardes turcos por los que se habían sacrificado. No vamos a negar que durante el asalto combatieron en las primeras filas de los defensores; el inglés es por naturaleza tan pendenciero que el mayor y más frecuente defecto del oficial británico consiste en olvidar en la batalla sus deberes de oficial y combatir como un soldado raso. Cuando lo hace, tiene asegurado, desde luego, el aplauso de sus compatriotas, aunque en cualquier otro ejército se expondría con ello a ser destituido por haber perdido la presencia de ánimo. Pero, por otra parte, el soldado turco está tan acostumbrado a ver huir a sus propios oficiales que, una vez entrado en fuego, no se preocupa ya en absoluto de oficiales ni de órdenes, sino que combate allí donde está; y tampoco es hombre que se fije en ello ni que se enardezca por el mero hecho de tener al lado a media docena de ingleses empeñados en mostrar su valentía. Que las fortificaciones de Kars estaban trazadas de manera sumamente defectuosa lo expusimos con detalle en cuanto se conoció aquí el asalto del 29 de septiembre, y nuestro juicio se ha visto desde entonces plenamente confirmado por el mapa oficial de esas fortificaciones que ha publicado el gobierno británico. Los méritos de estos oficiales británicos en Kars han de medirse, pues, en el fondo por el proverbio francés: «En el reino de los ciegos, el tuerto es rey». Más de uno que en Francia no reuniría los conocimientos necesarios para un despacho de subteniente pasaría aún por un gran general entre los cochinchinos; y si los oficiales británicos son famosos en su propio país por su incapacidad profesional, no cabe esperar que al servir en Turquía se vean iluminados de repente por un torrente de saber y de ingenio. Nosotros creemos que a Kmety6 le corresponde tanto honor como a cualquiera de los que participaron en la defensa de Kars.

Así estaban las cosas en Kars; pero ¿qué pasaba entretanto en Erzurum? Una docena de viejos bajás pasaban los días fumando sus chibuquíes, sin preocuparse en absoluto de que tenían una responsabilidad, de que Kars estaba en grave aprieto y de que el enemigo estaba a pocas jornadas de marcha, al otro lado de los montes de Deve Boyun. Unos miles de soldados regulares, reforzados con algunos irregulares, marchaban de acá para allá, sin atreverse nunca a atacar al enemigo y volviéndose en cuanto divisaban sus avanzadas. No había fuerza ni valor para socorrer Kars; por eso Kars fue rendida por hambre, mientras el ejército de Erzurum apenas se atrevía a apoyarla siquiera con ataques simulados. El general Williams tuvo que saber que por ese lado no podía esperar ayuda alguna. Pero qué informes y qué promesas recibió sobre la eficacia de los movimientos de Omer Bajá, no podemos juzgarlo. Se dice que Williams tenía la intención, en caso extremo, de abrirse paso con la guarnición a través de las líneas rusas, pero dudamos de que llegara siquiera a considerar en serio semejante plan. La región montañosa, que deja abiertos pocos pasos por los que se pudiera llegar a Erzurum, daba todas las ventajas a los rusos; con solo ocupar bien algunos desfiladeros, ese plan era impracticable. Además, a partir de finales de octubre los movimientos de tropas se vuelven casi imposibles en un país situado entre 5.000 y 8.000 pies sobre el nivel del mar, donde el invierno empieza pronto y dura de seis a nueve meses. Si Kars podía aguantar hasta el invierno, la pérdida de una guarnición de 6.000 soldados regulares no significaría nada comparada con el tiempo ganado con la prolongación de la defensa. Erzurum, el gran centro de todos los depósitos turcos en Armenia, estaba casi sin fortificar y podría fortificarse para mayo de 1856, más o menos, mientras que la ventaja real obtenida por los rusos se limitaría en lo esencial a la posesión efectiva de las aldeas del Kars-chai y del alto Araxes. Estas no se les habrían podido disputar de todos modos, aunque la guarnición de Kars hubiera logrado llegar a Erzurum. Esta ciudad apenas estaba fortificada; si la guarnición de Kars se hubiera abierto paso de verdad hasta allí a mediados de octubre, no habría habido fuerzas suficientes para defenderla. Como ciudad abierta, solo podía defenderse en Deve Boyun, con una batalla ante sus puertas, en el paso. Así pues, Erzurum se salvó gracias a la tenacidad de la guarnición de Kars.

De nuevo surge la cuestión de si Omer Bajá no habría podido salvar Kars; casi todos los corresponsales europeos en Oriente tienen su propia respuesta. Ahora se intenta incluso echarle a Omer Bajá toda la culpa de la caída de Kars, y lo hacen las mismas personas que antes se deshacían en elogios hacia él. El hecho es que a Omer Bajá se le retuvo primero en Crimea contra su voluntad hasta que fue casi demasiado tarde para emprender nada en gran escala antes de que llegara el invierno. Cuando luego fue a Constantinopla a establecer su plan de operaciones, tuvo que pasar el tiempo contrarrestando toda clase de intrigas. Cuando por fin todo estuvo resuelto, los transportes británicos prometidos no llegaron, y cuando el ejército estuvo concentrado en Batum, y más tarde en Sujum-Kalé, no se había provisto ni de víveres ni de municiones ni de medios de transporte. Cómo habría podido Omer Bajá, en tales circunstancias, marchar directamente en socorro de Kars, es difícil decirlo. Creemos que durante su expedición a Mingrelia no pudo atreverse nunca a alejarse más de dos o tres jornadas de marcha de la costa, aunque podía marchar por buenas carreteras militares rusas. Pero si hubiera ido a Kars por Erzurum o por Ardahan, habría tenido que marchar desde la costa veinte o doce días respectivamente, y usar como caminos lechos de ríos y sendas de montaña por donde a lo sumo puede pasar un caballo de carga. Las caravanas de Trebisonda a Erzurum no tienen otros caminos, y el hecho de que nunca usen vehículos ilustra mejor que nada el terreno que tienen que atravesar. Este camino es el único que está siquiera abierto; la existencia de los llamados caminos de Batum hacia el interior es mucho más problemática todavía, porque allí hay poco tráfico. Los sagaces críticos militares que le reprochan a Omer Bajá no haber marchado derecho a Kars deberían leer primero los relatos de los hombres que han recorrido esa región, como por ejemplo Curzon y Bodenstedt.7

A la afirmación del Times de Londres de que el general Williams indicó a Omer Bajá Batum como punto de partida para una marcha directa sobre Kars, solo podemos responder que Williams conoce Armenia, donde ha vivido muchos años, demasiado bien para hacer semejante propuesta.

Si se tiene en cuenta todo esto, Omer Bajá no podía hacer nada mejor que amenazar las comunicaciones de los rusos ante Kars. Hasta qué punto podía tener éxito dependía de la movilidad de su propio ejército y de las fuerzas rusas que se le opusieran. Si dejamos de lado la primera consideración como asunto que hay que juzgar según las circunstancias, llegaríamos de antemano a la conclusión de que con toda probabilidad los rusos serían demasiado fuertes para el ejército invasor. Nuestro primer cálculo de las tropas de que disponía Bebutov8 ha resultado del todo exacto y mostraba que los rusos podían oponer a los turcos, aun en Kutaisi, una fuerza superior con poco esfuerzo. Y eso hicieron. Aunque Omer Bajá hubiera tenido libertad de movimientos, no habría podido forzar el paso del Rioni con el ejército que mandaba. Pero sus operaciones se vieron además entorpecidas desde el principio porque los suministros llegaban de manera lenta e insegura. Cada dos o tres días tenía que detenerse casi una semana para establecer los depósitos de abastecimiento más indispensables; y cuando por fin hubo penetrado tres jornadas de marcha hacia el interior desde Redut-Kalé, quedó completamente paralizado. Como al mismo tiempo tenía delante un ejército superior, no pudo hacer otra cosa que retirarse hacia la costa, adonde lo siguieron los rusos acosando duramente su retaguardia. El ejército turco vivaquea ahora en la costa y se lo está transportando a Batum, Trebisonda y otros lugares, después de haber sufrido duramente a manos del enemigo y de la enfermedad. Mingrelia, salvo los fuertes de la costa, está de nuevo en manos de los rusos.

Así termina la tercera campaña afortunada de los rusos en Asia: Kars y su bajalato han sido conquistados, Mingrelia liberada de los invasores, y los últimos restos de las tropas turcas quedaron en el campo de batalla. El ejército de Omer Bajá quedó considerablemente debilitado en número y en moral. En un país como el sur del Cáucaso, donde todas las operaciones son forzosamente lentas por el terreno y la falta de caminos, estos resultados no son de desdeñar. Si se ponen estos éxitos y conquistas reales como contrapartida de la ocupación por los aliados de la parte sur de Sebastopol, de Kerch, de Kinburn, de Eupatoria y de algunos fuertes del Cáucaso, se ve que las ventajas obtenidas realmente por estos últimos no son tan abrumadoras como para justificar las fanfarronadas de la prensa británica. Es muy significativo que el Constitutionnel de París, en un artículo inspirado por la corte francesa, acuse abiertamente a lord Redcliffe9 de ser el principal culpable de las catástrofes de Asia, porque no solo retuvo a la Puerta los subsidios concedidos por los aliados, sino que hizo retener también todo lo posible los refuerzos destinados al teatro de la guerra.

  1. Kars, sitiada por el ejército ruso del Cáucaso desde junio de 1855, capituló por hambre a finales de noviembre de 1855. ↩

  2. Entre otras, las derrotas turcas de Ajaltsije (noviembre de 1853), Başgedikler (diciembre de 1853), el Chorokh (junio de 1854), Bayazid (julio de 1854) y Kurudere (agosto de 1854). ↩

  3. William Fenwick Williams (1800-1883), comisario británico ante el ejército turco de Anatolia, que dirigió la defensa de Kars con el rango de general turco. ↩

  4. La batalla de Poitiers (732), en la que Carlos Martel derrotó a un ejército árabe procedente de España. ↩

  5. En la guerra ruso-turca de 1828-1829; Brăila y Varna cayeron en manos de los rusos en 1828 y Silistra en 1829. ↩

  6. György Kmety (1813-1865), oficial de la revolución húngara de 1848-1849, emigrado a Turquía, donde sirvió con el nombre de Ismail Bajá; tuvo un papel destacado en la defensa de Kars del 29 de septiembre. ↩

  7. Robert Curzon, autor de Armenia: a Year at Erzeroom, and on the Frontiers of Russia, Turkey, and Persia (1854), y Friedrich Bodenstedt, autor de Die Völker des Kaukasus und ihre Freiheitskämpfe gegen die Russen (1848). ↩

  8. Vasili Bebutov (1791-1858), general ruso, vencedor de los turcos en Başgedikler (1853) y Kurudere (1854). ↩

  9. Stratford Canning, vizconde Stratford de Redcliffe (1786-1880), embajador británico en Constantinopla. ↩