Manuscrito de Karl Marx, escrito en Londres en julio de 1857 en el cuaderno III de sus extractos (páginas 1-7), poco antes de empezar los Grundrisse, y publicado con ellos en la edición de Moscú de 1939-1941. Lo recoge la MEGA² II/1 al frente de los manuscritos económicos de 1857-1858. Traducido del texto de la MEGA² II/1.1-1.2 (Berlín, 1976-1981) en su versión digital (MEGAdigital, Academia de las Ciencias de Berlín-Brandeburgo), sin el aparato de los editores, por la Escuela de marxismo, 2026. Entre barras, la paginación del manuscrito (|I-1|, ||20|); ❲ ❳, corchetes del propio Marx; [ ], complementos y títulos de los editores. Las notas son nuestras, salvo las marcadas como de Marx. Texto original en alemán.

|1| Bastiat. Harmonies économiques. 2.ª ed. París, 1851.

La historia de la economía política moderna termina con Ricardo y Sismondi, dos opuestos, uno de los cuales habla inglés y el otro francés, exactamente igual que había empezado a finales del siglo XVII con Petty y Boisguillebert.1 La literatura económico-política posterior se pierde o bien en compendios eclécticos y sincretistas, como, por ejemplo, la obra de J. St. Mill,2 o bien en la elaboración más profunda de ramas particulares, como, por ejemplo, la History of prices de Tooke3 y, en general, los escritos ingleses más recientes sobre la circulación —la única rama en la que se han hecho descubrimientos realmente nuevos, pues los escritos sobre la colonización, la propiedad del suelo (en sus diversas formas), la población, etc., solo se distinguen en rigor de los antiguos por una mayor abundancia de material—, o bien en la reproducción de viejas cuestiones económicas disputadas para un público más amplio y en la solución práctica de cuestiones del día, como los escritos sobre el librecambio [free trade] y el proteccionismo [protection], o bien, por último, en exageraciones tendenciosas de las corrientes clásicas, relación en la que se encuentran, por ejemplo, Chalmers respecto de Malthus y Gülich respecto de Sismondi,4 y, en cierto sentido, MacCulloch y Senior, en sus escritos más antiguos, respecto de Ricardo.5 Es de punta a cabo una literatura de epígonos: reproducción, mayor perfeccionamiento de la forma, apropiación más amplia del material, agudización, popularización, recapitulación, elaboración de los detalles, falta de fases de desarrollo decisivas y que marquen un salto, inventario de lo existente por un lado, aumento en lo particular por otro.

Solo en apariencia hacen excepción los escritos de Carey, el yanqui, y de Bastiat, el francés, el último de los cuales confiesa que se apoya en el primero.6 Ambos comprenden que la oposición a la economía política —el socialismo y el comunismo— encuentra su presupuesto teórico en las obras de la propia economía clásica, especialmente en Ricardo, al que hay que considerar su expresión más acabada y la última. Por eso ambos consideran necesario atacar como un malentendido la expresión teórica que la sociedad burguesa ha alcanzado históricamente en la economía moderna, y demostrar la armonía de las relaciones de producción allí donde los economistas clásicos dibujaban ingenuamente su antagonismo. El entorno nacional completamente distinto, incluso contradictorio, desde el que escriben los dos los empuja, no obstante, a los mismos empeños. Carey es el único economista original de los norteamericanos. Pertenece a un país donde la sociedad burguesa no se ha desarrollado sobre la base del feudalismo, sino que ha empezado por sí misma; donde no aparece como el resultado superviviente de un movimiento de siglos, sino como el punto de partida de un movimiento nuevo; donde el Estado, a diferencia de todas las configuraciones nacionales anteriores, estuvo desde el principio subordinado a la sociedad burguesa, a su producción, y nunca pudo tener la pretensión de ser un fin en sí mismo; donde, por último, la propia sociedad burguesa, uniendo las fuerzas productivas de un mundo viejo con el inmenso terreno natural de uno nuevo, se ha desarrollado en dimensiones desconocidas hasta ahora y con una libertad de movimiento desconocida, ha superado con mucho todo el trabajo anterior en la ||2| conquista de las fuerzas de la naturaleza, y donde, en fin, los antagonismos de la propia sociedad burguesa solo aparecen como momentos evanescentes. Que Carey considere las relaciones de producción en las que este inmenso mundo nuevo se ha desarrollado tan deprisa, de manera tan sorprendente y tan feliz, como las relaciones normales y eternas de la producción y del intercambio sociales, solo entorpecidas y menoscabadas en Europa, especialmente en Inglaterra, que para él es en realidad Europa, por los límites heredados del periodo feudal; que estas relaciones le parezcan contempladas, reproducidas o generalizadas por los economistas ingleses de manera deformada y falseada, porque confundían sus distorsiones accidentales con su carácter inmanente, ¿qué cosa más natural? Relaciones norteamericanas frente a relaciones inglesas: a eso se reduce su crítica de la teoría inglesa de la propiedad del suelo, el salario, la población, los antagonismos de clase, etc. En Inglaterra la sociedad burguesa no existe en estado puro, conforme a su concepto, adecuada a sí misma. ¿Cómo iban a ser los conceptos de los economistas ingleses sobre la sociedad burguesa la expresión verdadera y sin enturbiar de una realidad que no conocían? La acción perturbadora de influencias tradicionales, no nacidas del seno de la propia sociedad burguesa, sobre sus relaciones naturales se reduce para Carey, en última instancia, a la influencia del Estado sobre la sociedad burguesa, a sus extralimitaciones e intromisiones. El salario, por ejemplo, crece por naturaleza con la productividad del trabajo. Si encontramos que la realidad no corresponde a esta ley, no tenemos más que abstraer, sea en el Indostán o en Inglaterra, las influencias del gobierno: impuestos, monopolios, etc. Las relaciones burguesas consideradas en sí mismas, es decir, tras descontar las influencias del Estado, confirmarán siempre, en efecto, las leyes armónicas de la economía burguesa. Hasta qué punto estas influencias del Estado, la deuda pública [public debt], los impuestos [taxes], etc., nacen a su vez de las relaciones burguesas —y por eso en Inglaterra, por ejemplo, no aparecen en absoluto como resultados del feudalismo, sino más bien de su disolución y de su derrota, y en la propia Norteamérica el poder del gobierno central crece con la centralización del capital—, eso, naturalmente, Carey no lo investiga. Mientras Carey hace valer así frente a los economistas ingleses la potencia superior de la sociedad burguesa en Norteamérica, Bastiat hace valer frente a los socialistas franceses la potencia inferior de la sociedad burguesa en Francia. ¡Creéis rebelaros contra las leyes de la sociedad burguesa en un país donde nunca se les ha permitido realizarse! Solo las conocéis en la raquítica forma francesa, y tomáis por su forma inmanente lo que no es más que su deformación nacional francesa. Mirad hacia Inglaterra. Aquí, en nuestro país, se trata de liberar a la sociedad burguesa de las cadenas que le pone el Estado. Vosotros queréis multiplicar esas cadenas. Elaborad primero las relaciones burguesas en estado puro, y luego volveremos a hablar. (Bastiat tiene razón en la medida en que en Francia, a consecuencia de su peculiar configuración social, pasan por socialismo muchas cosas que en Inglaterra son economía política.)

Carey, sin embargo, cuyo punto de partida es la emancipación norteamericana de la sociedad burguesa respecto del Estado, termina con el postulado de la intervención del Estado, para que el desarrollo puro de las relaciones burguesas no sea perturbado por la influencia del exterior, como ha ocurrido de hecho en América. Es proteccionista, mientras que Bastiat es librecambista. La armonía de las leyes económicas aparece en el mundo entero como desarmonía, y los comienzos de esta desarmonía llaman la atención del propio Carey en los Estados Unidos. ¿De dónde viene este extraño fenómeno? Carey lo explica por la acción destructora que ejerce Inglaterra, con su afán de monopolio industrial, sobre el mercado mundial. Originariamente, las relaciones inglesas fueron trastornadas en el interior por las falsas teorías de sus economistas. Ahora, hacia fuera, ||3| como potencia dominante del mercado mundial, Inglaterra trastorna la armonía de las relaciones económicas en todos los países del mundo. Esta desarmonía es real, no fundada simplemente en la concepción subjetiva de los economistas. Lo que Rusia es en lo político para Urquhart,7 lo es Inglaterra en lo económico para Carey. La armonía de las relaciones económicas se basa, según Carey, en la cooperación armónica de ciudad y campo, de industria y agricultura. Esta armonía fundamental, que Inglaterra ha disuelto en su propio interior, la destruye con su competencia por doquier en el mercado mundial, y así es el elemento destructivo de la armonía universal. La única protección contra ello la pueden ofrecer los aranceles proteccionistas: el cierre nacional y violento frente a la fuerza destructiva de la gran industria inglesa. El último refugio de las «harmonies économiques» es, por tanto, el Estado, que en un principio fue estigmatizado como el único perturbador de estas armonías. Por un lado, Carey vuelve a expresar aquí el desarrollo nacional determinado de los Estados Unidos, su oposición a Inglaterra y su competencia con ella. Lo hace en la forma ingenua de proponer a los Estados Unidos que destruyan el industrialismo propagado por Inglaterra desarrollándolo más deprisa en su propia casa mediante aranceles proteccionistas. Prescindiendo de esta ingenuidad, en Carey la armonía de las relaciones burguesas de producción termina con la desarmonía más completa de esas mismas relaciones allí donde se presentan en el terreno más grandioso, el mercado mundial, y en su desarrollo más grandioso, como relaciones de naciones productoras. Todas aquellas relaciones que le parecen armónicas dentro de unas fronteras nacionales determinadas, o también en la forma abstracta de relaciones generales de la sociedad burguesa —concentración del capital, división del trabajo, salariado, etc.—, le parecen desarmónicas allí donde se presentan en su forma más desarrollada —en su forma de mercado mundial—, como las relaciones internas que producen el dominio inglés sobre el mercado mundial y que, como efectos destructivos, son la consecuencia de ese dominio. Es armónico que, dentro de un país, la producción patriarcal ceda el sitio a la industrial, y el proceso de disolución que acompaña a este desarrollo solo se concibe por su lado positivo. Pero se vuelve desarmónico cuando la gran industria inglesa disuelve las formas patriarcales, o pequeñoburguesas, u otras situadas en grados inferiores, de la producción nacional extranjera. La concentración del capital dentro de un país y el efecto disolvente de esta concentración solo le ofrecen un lado positivo. Pero el monopolio del capital inglés concentrado y sus efectos disolventes sobre los capitales nacionales más pequeños de otros pueblos es desarmónico. Lo que Carey no ha comprendido es que estas desarmonías del mercado mundial no son más que las últimas expresiones adecuadas de las desarmonías que [se] fijan en las categorías económicas como relaciones abstractas o que tienen una existencia local en la escala más pequeña. No es de extrañar que, por otro lado, olvide en su manifestación plena, en el mercado mundial, el contenido positivo de estos procesos de disolución, que es el único lado que ve en las categorías económicas en su forma abstracta o en las relaciones reales dentro de países determinados, de las que se han abstraído. Por eso, allí donde las relaciones económicas se le presentan en su verdad, es decir, en su realidad universal, su optimismo de principio se trueca en un pesimismo denunciador e irritado. Esta contradicción constituye la originalidad de sus escritos y les da su importancia. Es tan norteamericano en su afirmación de la armonía dentro de la sociedad burguesa como en la afirmación de la desarmonía de esas mismas relaciones en su figura de mercado mundial. En Bastiat no hay nada de todo esto. La armonía de estas relaciones es un más allá que empieza justo donde terminan las fronteras francesas, que existe en Inglaterra y en América. No es más que la forma imaginada, ideal, de las relaciones angloamericanas no francesas, no la forma real, tal como se le presentan en su propio suelo. Por eso, mientras que en él la armonía no brota en absoluto de la riqueza de una intuición viva, sino que es más bien el producto afectado de una reflexión delgada y forzada, hecha a base de oposiciones, el único momento de realidad que hay en él es la exigencia de que el Estado francés renuncie a sus fronteras económicas. Carey ve las contradicciones de las relaciones económicas en cuanto aparecen en el mercado mundial como relaciones inglesas. Bastiat, que no hace más que imaginarse la armonía, solo empieza a ver su realización donde termina Francia y donde todos los elementos de la sociedad burguesa, separados por naciones, compiten entre sí libres de la tutela del Estado. Esta última armonía suya —que es el presupuesto de todas las anteriores, imaginarias— es sin embargo, a su vez, un mero postulado, que ha de realizarse mediante la legislación librecambista.||4| Por eso, si Carey, prescindiendo por completo del valor científico de sus investigaciones, tiene al menos el mérito de expresar en forma abstracta las grandes relaciones norteamericanas, y además en oposición al mundo viejo, el único trasfondo real de Bastiat sería la pequeñez de las relaciones francesas, que asoman por todas partes sus largas orejas entre sus armonías. Ese mérito es, sin embargo, superfluo, porque las relaciones de un país tan viejo son suficientemente conocidas y son las que menos necesitan darse a conocer por un rodeo tan negativo. Por eso Carey es rico en investigaciones, por así decirlo, de buena fe [bona fide] en la ciencia económica, como las que hace sobre el crédito, la renta, etc. Bastiat solo se ocupa de paráfrasis complacientes de investigaciones que terminan en contraste; la hipocresía del contento [l'hypocrisie du contentement]. La generalidad de Carey es universalidad yanqui. Francia y China le quedan igual de cerca. Siempre el hombre que vive a orillas del Pacífico y del Atlántico. La generalidad de Bastiat consiste en apartar la vista de todos los países. Como auténtico yanqui, Carey recoge de todas partes el material masivo que le ofrece el mundo viejo, no para conocer el alma inmanente de ese material y concederle así su derecho a una vida propia, sino para elaborarlo como pruebas muertas, como material indiferente, al servicio de sus fines, de sus tesis abstraídas de su punto de vista yanqui. De ahí su vagabundeo por todos los países, una estadística masiva y sin crítica, una erudición de catálogo. Bastiat, en cambio, da historia fantástica: sus abstracciones unas veces en forma de razonamiento y otras en forma de sucesos supuestos que, sin embargo, no han ocurrido nunca ni en ninguna parte, igual que el teólogo trata el pecado unas veces como ley de la esencia humana y otras como la historia del pecado original. Por eso los dos son igualmente ahistóricos y antihistóricos. Pero el momento ahistórico en Carey es el principio histórico actual de Norteamérica, mientras que el elemento ahistórico en Bastiat es mera reminiscencia de la manera de generalizar francesa del siglo XVIII. Por eso Carey es informe y difuso, y Bastiat afectado y formalmente lógico. Lo más alto a lo que llega son lugares comunes expresados en forma de paradoja, tallados en facetas [en facettes]. En Carey, un par de tesis generales enunciadas por adelantado en forma de teoremas. Tras ellas, un material sin forma, una compilación como prueba, sin que el material de sus tesis quede en absoluto elaborado. En Bastiat, el único material —si se prescinde de algunos ejemplos locales o de fenómenos normales ingleses aderezados de manera fantástica— consiste solo en las tesis generales de los economistas. El principal adversario de Carey es Ricardo, en suma, los economistas ingleses modernos; el de Bastiat, los socialistas franceses.|

|5| XIV) De los salarios.

Las tesis principales de Bastiat son las siguientes. Todos los hombres aspiran a la fijeza en los ingresos, a una renta fija [fixed revenue]. ❲Ejemplo auténticamente francés: 1) Todo hombre quiere ser funcionario o hacer funcionario a su hijo. (Véase p. 371.)❳ El salario es una forma fija de la remuneración (p. 376) y, por tanto, una forma muy perfeccionada de la asociación, en cuya forma originaria predomina «lo aleatorio», en la medida en que «todos los asociados» están sometidos «a todos los azares de la empresa». ❲Cuando el capital toma el riesgo por su cuenta, la remuneración del trabajo se fija con el nombre de salario. Si el trabajo quiere cargar con las consecuencias buenas y malas, la remuneración del capital se desprende y se fija con el nombre de interés (382)❳ (Véase sobre esta comparación, más adelante, p. 382,3). Sin embargo, si originariamente predomina lo aleatorio en la condición del obrero, en el salariado la estabilidad todavía no está suficientemente asegurada. Es un «grado intermedio que separa lo aleatorio de la estabilidad». Esta última etapa se alcanza al «ahorrar, en los días de trabajo, con qué satisfacer las necesidades de los días de vejez y de enfermedad» (p.388). La última etapa se desarrolla mediante las «sociedades de socorros mutuos» (l. c.) y, en última instancia, mediante «la caja de retiro de los trabajadores». (p.393) (Igual que el hombre partía de la necesidad de hacerse funcionario, termina con la satisfacción de cobrar una pensión.)

ad 1. Supongamos que todo lo que Bastiat dice sobre la fijeza del salario sea cierto. Con que el salario quede subsumido entre las rentas fijas [fixed revenues] no conoceríamos todavía su carácter propio, su determinidad característica. Se habría subrayado una relación suya, que tiene en común con otras fuentes de ingresos. Nada más. Esto sería ya algo, desde luego, para el abogado que quiere defender las ventajas del salariado. No sería todavía nada para el economista que quiere entender la peculiaridad de esta relación en todo su alcance. Fijar una determinación unilateral de una relación, de una forma económica, hacer su panegírico frente a la determinación contraria: esta vulgar práctica de abogado y apologista distingue al razonador Bastiat. Así pues, en lugar de salario, pon: fijeza del ingreso. ¿No es buena la fijeza del ingreso? ¿No le gusta a todo el mundo poder contar con algo seguro? ¿Especialmente a todo francés filisteo y de sentimientos mezquinos? ¿Al hombre siempre necesitado [l'homme toujours besogneux]? La servidumbre ha sido defendida de la misma manera, y quizá con más razón. También podría afirmarse lo contrario, y se ha afirmado. Pon el salario igual a no fijeza, es decir, a la posibilidad de ir más allá de un punto determinado. ¿A quién no le gusta avanzar en lugar de quedarse parado? ¿Es mala, entonces, una relación que hace posibles las oportunidades de un progreso burgués hasta el infinito [progressus in infinitum]? El propio Bastiat, naturalmente, hace valer en otro lugar el salariado como no fijeza. ¿Cómo, si no por la no fijeza, por las oscilaciones, podría el obrero llegar a dejar de trabajar y convertirse en capitalista, como quiere B.? Así pues, el salariado es bueno porque es fijeza; es bueno porque es no fijeza; es bueno porque no es ni lo uno ni lo otro, pero es tanto lo uno como lo otro. ¿Qué relación no es buena si se la reduce a una determinación unilateral y se considera esta como posición y no como negación? Toda la palabrería reflexiva de ida y vuelta, toda la apologética, toda la sofistería de hombre de bien descansa en semejante abstracción.

Tras esta observación preliminar general, pasemos a la construcción propiamente dicha de Bast. Dicho sea de paso, solo cabe señalar además que su aparcero [métayer] del campo, el tipo que no reúne en sí más que la desgracia del asalariado y la mala suerte del pequeño capitalista, podría sentirse feliz, en efecto, si se le pusiera un salario fijo. — La historia descriptiva y filosófica [histoire descriptive et philosophique] de Proudhon apenas llega a la altura de la de su adversario Bastiat. Frente a la forma originaria de la asociación, en la que todos los asociados comparten todos los azares de la fortuna, viene como etapa superior de la asociación, contraída libremente por ambas partes, ||6| aquella en que la remuneración del obrero está fijada. No vamos a llamar aquí la atención sobre la genialidad de presuponer primero un capitalista por un lado y un obrero por otro, para luego hacer surgir, por acuerdo entre ambos, la relación entre capital y trabajo asalariado.

La forma de la asociación en la que el obrero está expuesto a todos los azares de la ganancia —en la que todos los productores están expuestos por igual a estos azares— y que, como tesis de la antítesis, precede inmediatamente al salario, en el que la remuneración del trabajo adquiere fijeza y se vuelve estable, es, según nos cuenta B., el estado en que la pesca, la caza y el pastoreo constituyen las formas dominantes de producción y de sociedad. Primero el pescador, el cazador y el pastor vagabundos, y después el asalariado. ¿Dónde y cuándo ha tenido lugar este tránsito histórico del estado semisalvaje al moderno? Como mucho, en el Charivari.8 En la historia real, el trabajo asalariado nace de la disolución de la esclavitud y de la servidumbre —o de la decadencia de la propiedad comunal, como en los pueblos orientales y eslavos— y, en su forma adecuada, la que hace época y se apodera de toda la existencia social del trabajo, de la ruina de la economía gremial, del régimen estamental, del trabajo en especie y del ingreso en especie, de la industria practicada como rama accesoria del campo, de la pequeña agricultura todavía feudal, etc. En todos estos tránsitos realmente históricos, el trabajo asalariado aparece como disolución, como destrucción de relaciones en las que el trabajo estaba fijado en todos los sentidos: en cuanto a su ingreso, su contenido, su localidad, su alcance, etc. Así pues, como negación de la fijeza del trabajo y de su remuneración. El tránsito directo del fetiche del africano al ser supremo [être suprême] de Voltaire,9 o de los aperos de caza de un salvaje norteamericano al capital del Banco de Inglaterra, no es tan disparatadamente antihistórico como el tránsito del pescador de Bastiat al asalariado. (En todos estos desarrollos no se ve, además, nada de cambios voluntarios, surgidos de un acuerdo recíproco.) Muy digna de esta construcción histórica —en la que B. se miente a sí mismo su abstracción chata en forma de acontecimiento— es la síntesis en la que las sociedades de ayuda mutua inglesas [friendly societies] y las cajas de ahorros aparecen como la última palabra del salariado y la superación de todas las antinomias sociales.

Así pues, históricamente, la no fijeza es el carácter del salariado: lo contrario de la construcción de B. Pero ¿cómo llegó siquiera a la construcción de la fijeza como la determinación del salariado que todo lo compensa? ¿Y cómo llegó a querer presentar históricamente el salariado, con esta determinidad, como una forma superior de remuneración, superior a la remuneración del trabajo en otras formas de sociedad o de asociación?

Todos los economistas, en cuanto tratan de la relación dada entre capital y trabajo asalariado, entre ganancia y salario, y le demuestran al obrero que no tiene derecho a participar en los azares de la ganancia, en cuanto quieren, en general, tranquilizarlo respecto de su papel subordinado frente al capitalista, le hacen ver que, a diferencia del capitalista, posee cierta fijeza del ingreso, más o menos independiente de las grandes aventuras [adventures] del capital. Exactamente igual que don Quijote consuela a Sancho Panza de que, aunque se lleva todos los palos, tampoco necesita ser valiente. Así pues, una determinación que los economistas atribuyen al salariado en oposición a la ganancia, Bastiat la convierte en una determinación del salariado en oposición a formas anteriores del trabajo y en un progreso respecto de la remuneración del trabajo en esas relaciones anteriores. Un lugar común que se coloca dentro de la relación dada, que consuela a uno de sus lados frente al otro, el señor B. lo saca de esa relación y lo convierte en el fundamento histórico de su nacimiento. En la relación del salario con la ganancia, del trabajo asalariado con el capital, dicen los economistas, al salario le corresponde la ventaja de la fijeza. La fijeza, dice el señor Bastiat, es decir, uno de los lados de la relación del salario con la ganancia, es el fundamento histórico del nacimiento del salariado (o le corresponde al salario no en oposición a la ganancia, sino a las formas anteriores de remuneración del trabajo), y por tanto también de la ganancia, y por tanto de toda la relación. Así se le convierte bajo mano un lugar común sobre uno de los lados de la relación entre salario y ganancia en el fundamento histórico de toda esa relación. Esto ocurre porque está constantemente aquejado de la reflexión sobre el socialismo, que por todas partes es soñado entonces como la primera forma de la asociación. He aquí un ejemplo de la importante forma que adoptan en manos de B. los lugares comunes apologéticos que acompañan de pasada las exposiciones económicas.|

|7| Volvamos a los economistas. ¿En qué consiste esta fijeza del salario? ¿Es el salario invariablemente fijo? Esto contradiría por completo la ley de la oferta y la demanda, que es la base de la determinación del salario. Ningún economista niega las oscilaciones, las subidas y bajadas del salario. ¿O es el salario independiente de las crisis? ¿O de las máquinas que hacen superfluo el trabajo asalariado? ¿O de las divisiones del trabajo que lo desplazan? Todo esto sería heterodoxo afirmarlo, y no se afirma. Lo que se quiere decir es que, tomando cierta media, el salario alcanza un nivel medio aceptable, es decir, el mínimo del salario, tan odiado por Bastiat, para toda la clase, y que se da cierta continuidad media del trabajo, de modo que, por ejemplo, el salario puede seguir pagándose incluso en casos en que la ganancia cae o desaparece por completo momentáneamente. Pues bien, ¿qué significa esto sino que, presupuesto el trabajo asalariado como la forma dominante del trabajo, como la base de la producción, la clase obrera vive del salario, y el obrero individual posee por término medio la fijeza de trabajar por un salario? En otras palabras, una tautología. Donde el capital y el trabajo asalariado son la relación de producción dominante, existe una continuidad media del trabajo asalariado y, en esa medida, fijeza del salario para el obrero. Donde existe el trabajo asalariado, existe. Y esto lo considera Bastiat su cualidad que todo lo compensa. Que, además, [en] el estado de sociedad en que el capital está desarrollado la producción social en su conjunto sea más regular, más continua, más multilateral —y por tanto también el ingreso de los elementos ocupados en ella más «fijo»— que donde el capital, es decir, la producción, no se ha desarrollado todavía hasta esa etapa, es otra tautología, dada con el concepto mismo del capital y de una producción que descansa en él. En otras palabras: que la existencia general del trabajo asalariado presupone un desarrollo superior de las fuerzas productivas que en las etapas anteriores al trabajo asalariado, ¿quién lo niega? ¿Y cómo se les iba a ocurrir a los socialistas plantear exigencias más altas si no presupusieran este desarrollo superior de las fuerzas productivas sociales producido por el trabajo asalariado? Esto último es, más bien, el presupuesto de sus exigencias.

Nota. La primera forma en que el salario aparece de manera general es la soldada militar, que aparece con la decadencia de los ejércitos nacionales y de las milicias ciudadanas. Primero se paga soldada a los propios ciudadanos. A esto sigue pronto que su lugar lo ocupan mercenarios que han dejado de ser ciudadanos.

  1. (Es imposible seguir persiguiendo este disparate. Así que dejamos al señor Bastiat [We, therefore, drop Mr. Bastiat].) |
  1. William Petty (1623-1687), economista inglés, y Pierre Le Pesant de Boisguillebert (1646-1714), economista francés: con ellos sitúa Marx el comienzo de la economía política clásica en Inglaterra y en Francia. ↩

  2. John Stuart Mill (1806-1873), Principles of Political Economy (1848). ↩

  3. Thomas Tooke (1774-1858), A History of Prices, and of the State of the Circulation, publicada en seis volúmenes entre 1838 y 1857 (los dos últimos, con William Newmarch). ↩

  4. Thomas Chalmers (1780-1847), teólogo y economista escocés, seguidor de Malthus; Gustav von Gülich (1791-1847), economista e historiador alemán del comercio y la industria. ↩

  5. John Ramsay McCulloch (1789-1864), economista escocés, divulgador de Ricardo; Nassau William Senior (1790-1864), economista inglés. ↩

  6. Henry Charles Carey (1793-1879), economista norteamericano, defensor del proteccionismo; Frédéric Bastiat (1801-1850), economista francés librecambista, autor de las Harmonies économiques (1850; la segunda edición, póstuma y ampliada, es de 1851). ↩

  7. David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista británico, que veía en la política rusa la clave de la política exterior europea y acusaba a Palmerston de servir a Rusia. ↩

  8. Le Charivari, periódico satírico ilustrado fundado en París en 1832. ↩

  9. El «ser supremo» del deísmo de la Ilustración, que admitía un Dios sin religión revelada. ↩