Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 27 de febrero de 1857 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4962, del 16 de marzo de 1857. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 137-142), por la Escuela de marxismo, 2026. La transcripción omite el encabezamiento con lugar y fecha. Se corrigen pequeñas erratas de la transcripción. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

La resolución del conde de Derby y la del señor Cobden,1 que condenan ambas las hostilidades en China, se presentaron según los avisos dados, la una el 24 de febrero en la Cámara de los Lores y la otra el 26 de febrero en la Cámara de los Comunes. Los debates de los Lores terminaron el mismo día en que empezaron los de los Comunes. Los primeros asestaron un golpe al gabinete Palmerston al dejarle la mayoría relativamente débil de 36 votos. Los segundos pueden acabar en su derrota. Pero, sea cual sea el interés que tenga la discusión en los Comunes, los debates de la Cámara de los Lores han agotado la parte argumental de la controversia: los magistrales discursos de lord Derby y lord Lyndhurst2 se adelantaron a la elocuencia del señor Cobden, sir E. Bulwer,3 lord John Russell y tutti quanti.

La única autoridad jurídica del lado del gobierno, el lord canciller,4 observó que, «si Inglaterra no tenía razón en lo tocante a la Arrow, todas las actuaciones, de la última a la primera, eran injustas». Derby y Lyndhurst probaron sin lugar a dudas que Inglaterra no tenía razón alguna en lo tocante a esa lorcha. La línea de argumentación que siguieron coincide tanto con la que se adoptó en las columnas de la Tribune en cuanto se publicaron los despachos ingleses5 que puedo resumirla aquí en muy poco espacio.

¿Cuál es la acusación contra el gobierno chino en la que se pretende que descansan las matanzas de Cantón? La infracción del artículo 9 del tratado suplementario de 1843. Ese artículo dispone que los delincuentes chinos que se encuentren en la colonia de Hong Kong, o a bordo de un barco de guerra británico, o a bordo de un mercante británico, no han de ser apresados por las propias autoridades chinas, sino que deben reclamarse al cónsul británico, y este los entregará a las autoridades del país. En el río de Cantón, unos oficiales chinos apresaron a unos piratas chinos a bordo de la lorcha Arrow sin la intervención del cónsul británico. Se plantea, pues, la pregunta: ¿era la Arrow un barco británico? Era, como muestra lord Derby, «un barco construido por chinos, capturado por chinos, vendido por chinos, comprado y tripulado por chinos y propiedad de chinos». ¿Por qué medios, entonces, se convirtió este barco chino en un mercante británico? Comprando en Hong Kong un registro británico o licencia de navegación. La legalidad de ese registro se apoya en una ordenanza de la legislación local de Hong Kong aprobada en marzo de 1855. Esa ordenanza no solo infringía el tratado vigente entre Inglaterra y China, sino que anulaba la propia ley de Inglaterra. Era, por tanto, nula y sin valor. Alguna apariencia de legalidad inglesa solo podía recibirla de la ley de la marina mercante (Merchant Shipping Act), que, sin embargo, se aprobó dos meses después de promulgarse la ordenanza. Y ni siquiera con las disposiciones legales de esa ley se había puesto nunca en consonancia. La ordenanza por la que la lorcha Arrow recibió su registro era, pues, papel mojado. Pero aun según ese papel sin valor la Arrow había perdido su protección por infringir las disposiciones prescritas y por haber expirado su licencia. Este punto lo concede el propio sir J. Bowring.6 Pero entonces, se dice, fuera o no la Arrow un barco inglés, en todo caso había izado la bandera inglesa, y esa bandera fue insultada. En primer lugar, si la bandera ondeaba, no ondeaba legalmente. Pero ¿ondeaba siquiera? Sobre este punto hay discrepancia entre las declaraciones inglesas y las chinas. Estas últimas, sin embargo, han quedado corroboradas por las declaraciones juradas, remitidas por los cónsules, del patrón y la tripulación de la lorcha portuguesa n.º 83. Con referencia a esas declaraciones, The Friend of China7 del 13 de noviembre afirma que «hoy es notorio en Cantón que la bandera británica no ondeaba a bordo de la lorcha desde seis días antes de su captura». Así se viene abajo el pundonor junto con el fundamento jurídico.

En este discurso lord Derby tuvo el buen gusto de abstenerse por completo de su habitual chocarrería y dar así a su argumentación un carácter estrictamente jurídico. No le hizo falta, sin embargo, esfuerzo alguno para impregnar su discurso de una honda corriente de ironía. El conde de Derby, jefe de la aristocracia hereditaria de Inglaterra, alegando contra el antiguo doctor y hoy sir John Bowring, el discípulo predilecto de Bentham; alegando en favor de la humanidad contra el filántropo profesional; defendiendo los intereses reales de las naciones contra el utilitarista sistemático que se empeña en un punto de etiqueta diplomática; apelando al vox populi vox dei contra el hombre del mayor-beneficio-del-mayor-número;8 el descendiente de los conquistadores predicando la paz allí donde un miembro de la Sociedad de la Paz predicaba las granadas al rojo; un Derby tachando los actos de la marina británica de «procedimientos miserables» y «operaciones sin gloria», allí donde un Bowring la felicita por unos atropellos cobardes que no encontraron resistencia alguna, por «sus brillantes hazañas, su bravura sin par y su espléndida unión de pericia militar y valor»: tales contrastes resultaban tanto más satíricos cuanto menos parecía darse cuenta de ellos el conde de Derby. Tenía de su parte esa gran ironía histórica que no brota del ingenio de los individuos, sino del humor de las situaciones. Quizá toda la historia parlamentaria de Inglaterra no haya mostrado nunca semejante victoria intelectual del aristócrata sobre el advenedizo.

Lord Derby declaró de entrada que «tendría que apoyarse en declaraciones y documentos facilitados exclusivamente por las mismas partes cuya conducta iba a impugnar» y que se contentaba con «fundar su causa en esos documentos». Ahora bien, se ha observado con razón que esos documentos, tal como el gobierno los ha presentado al público, le habrían permitido descargar toda la responsabilidad sobre sus subordinados. Hasta tal punto es así que los ataques de los adversarios parlamentarios del gobierno se dirigieron exclusivamente contra Bowring y compañía, y el propio gobierno de Londres habría podido suscribirlos sin menoscabo alguno de su propia posición. Cito a su señoría:

«No quiero decir nada irrespetuoso del doctor Bowring. Puede que sea hombre de grandes conocimientos; pero me parece que, en lo tocante a su admisión en Cantón, está poseído por una perfecta monomanía (“¡Muy bien, muy bien!”, y risas). Creo que sueña con su entrada en Cantón. Creo que piensa en ello lo primero por la mañana, lo último por la noche y en mitad de la noche, si se despierta (risas). No creo que considerase ningún sacrificio demasiado grande, ninguna interrupción del comercio deplorable, casi ningún derramamiento de sangre lamentable, puestos en la balanza frente a la inmensa ventaja que se derivaría del hecho de que sir J. Bowring hubiera obtenido una recepción oficial en el yamen9 de Cantón (carcajadas).»

Luego vino lord Lyndhurst:

«Sir J. Bowring, que es un distinguido filántropo a la vez que plenipotenciario (carcajadas), admite él mismo que el registro es nulo y que la lorcha no tenía derecho a izar la bandera inglesa. Pues bien, fíjense en lo que dice: “El barco no tenía protección, pero los chinos no lo saben. Por Dios, no se lo susurren” (“¡Muy bien!”). Y persistió, pues vino a decir: “Sabemos que los chinos no han cometido ninguna violación del tratado, pero no se lo diremos; insistiremos en una reparación y en que se nos devuelvan los hombres que apresaron en una forma determinada”. Si los hombres no se devolvían en esa forma, ¿cuál iba a ser el remedio? Pues apresar un junco, un junco de guerra. Si eso no bastaba, apresar más, hasta obligarlos a someterse, aunque sabíamos que ellos tenían la razón de su parte y nosotros ninguna justicia de la nuestra (“¡Muy bien!”) [...]. ¿Hubo jamás conducta más abominable, más flagrante, en la que (no diré más fraudulento, pero sí lo que en nuestro país equivale al fraude) se haya presentado un pretexto más falso por parte de un hombre público al servicio del gobierno británico? (“¡Muy bien!”) [...] Es extraordinario que sir J. Bowring creyera tener la facultad de declarar la guerra. Puedo entender que un hombre en semejante posición tenga necesariamente la facultad de llevar a cabo operaciones defensivas, pero emprender operaciones ofensivas con semejante fundamento, con semejante pretexto, es uno de los procedimientos más extraordinarios que pueden encontrarse en la historia del mundo [...]. De los documentos presentados ayer a la Cámara se desprende con toda claridad que, desde el primer momento en que sir J. Bowring fue nombrado para el puesto que ahora ocupa, su ambición fue conseguir lo que sus predecesores no habían logrado en absoluto, a saber, entrar dentro de las murallas de Cantón [...]; atento solo a llevar a efecto ese objetivo de lograr la admisión dentro de las murallas de Cantón, ha sumido al país en la guerra sin necesidad alguna; ¿y cuál es el resultado? Bienes de súbditos británicos por la elevada suma de 1.500.000 dólares están ahora embargados en la ciudad de Cantón, y además nuestras factorías han ardido hasta los cimientos, y todo ello solo por la política dañina del más dañino de los hombres. “Pero el hombre, el hombre orgulloso, / vestido de una pequeña y breve autoridad, / ignorante de aquello de que está más seguro, / su esencia de cristal, como un mono airado, / hace ante el alto cielo tales piruetas fantásticas / que hacen llorar a los ángeles”.»10

Y por último lord Grey:11

«Si sus señorías consultan los documentos, verán que, cuando sir John Bowring pidió una entrevista al comisario Ye, el comisario estaba dispuesto a recibirlo, pero señaló para ello la casa del comerciante Howqua,12 fuera de la ciudad [...]. La dignidad de sir John Bowring no le permitía ir a ningún otro sitio que a la residencia oficial del comisario [...]. Espero, si no otro resultado, por lo menos el buen resultado de la adopción de la resolución: la inmediata destitución de sir J. Bowring.»

Sir J. Bowring recibió un trato parecido a manos de los Comunes, y el señor Cobden abrió incluso su discurso con un solemne repudio de su «amigo desde hace veinte años». Las citas literales de los discursos de los lores Derby, Lyndhurst y Grey prueban que, para parar el ataque, la administración de lord Palmerston solo tenía que dejar caer a sir J. Bowring, en lugar de identificarse con ese «distinguido filántropo». Que debía esa facilidad de escapatoria no a la indulgencia ni a la táctica de sus adversarios, sino exclusivamente a los documentos presentados al Parlamento, resultará evidente con la más ligera ojeada a los documentos mismos y a los debates que se fundaron en ellos.

¿Puede quedar alguna duda sobre la «monomanía» de sir J. Bowring respecto a su entrada en Cantón? ¿No está probado que ese individuo, como dice el Times de Londres, «ha seguido un rumbo enteramente de su propia cabeza, sin consejo de sus superiores en la metrópoli ni referencia alguna a su política»? ¿Por qué, entonces, iba lord Palmerston, en un momento en que su gobierno se tambalea, en que dificultades de toda clase le cierran el paso (dificultades financieras, dificultades por la guerra persa, dificultades por los tratados secretos, dificultades por la reforma electoral, dificultades por la coalición), en que es consciente de que los ojos de la Cámara están puestos «en él con más seriedad pero con menos admiración que nunca», por qué iba a escoger precisamente ese momento para mostrar, por primera vez en su vida política, una fidelidad inquebrantable a otro hombre, y además a un subalterno, con riesgo no solo de debilitar todavía más su propia posición, sino de hacerla saltar por completo? ¿Por qué iba a llevar su flamante entusiasmo hasta el punto de ofrecerse como víctima expiatoria por los pecados de un doctor Bowring? Naturalmente, ningún hombre en su sano juicio cree al noble vizconde capaz de semejantes extravíos románticos. La línea política que ha seguido en este conflicto chino aporta una prueba concluyente del carácter incompleto de los documentos que ha presentado al Parlamento. Aparte de los documentos publicados, tiene que haber documentos secretos e instrucciones secretas que mostrarían a las claras que, si el doctor Bowring estaba poseído por la «monomanía» de entrar en Cantón, detrás de él estaba el frío jefe de Whitehall,13 que alimentaba su monomanía y la llevaba, para fines propios, del estado de calor latente al de fuego devorador.

  1. Edward Smith-Stanley, conde de Derby (1799-1869), jefe del partido conservador; Richard Cobden (1804-1865), dirigente de la Liga contra las leyes de cereales y de la escuela librecambista de Manchester. ↩

  2. John Singleton Copley, lord Lyndhurst (1772-1863), lord canciller en 1827-1830, 1834-1835 y 1841-1846. ↩

  3. Sir Edward Bulwer-Lytton (1803-1873), novelista y diputado conservador. ↩

  4. Robert Monsey Rolfe, lord Cranworth (1790-1868), lord canciller en el gabinete Palmerston. ↩

  5. En el editorial de Marx El conflicto anglo-chino, publicado en el New-York Daily Tribune del 23 de enero de 1857. ↩

  6. Sir John Bowring (1792-1872), gobernador de Hong Kong y plenipotenciario británico en China desde 1854; discípulo y editor de Jeremy Bentham, economista librecambista y miembro de la Sociedad de la Paz. ↩

  7. Periódico inglés de Hong Kong. ↩

  8. Alusión a «la mayor felicidad del mayor número», principio del utilitarismo de Jeremy Bentham (1748-1832). ↩

  9. Residencia y oficina de un alto funcionario chino. ↩

  10. Shakespeare, Medida por medida, acto II, escena 2. ↩

  11. Henry George Grey, conde Grey (1802-1894), whig, ministro de las Colonias de 1846 a 1852. ↩

  12. Howqua era el nombre con que los extranjeros conocían a la familia Wu, que encabezaba el gremio de comerciantes de Cantón autorizados para tratar con ellos (el cohong). ↩

  13. Palmerston; en Whitehall, en Londres, están los principales ministerios. ↩