Escrito en inglés por Karl Marx el 7 de enero de 1857 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4918, del 23 de enero de 1857. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 102-107), por la Escuela de marxismo, 2026. El título entre corchetes es el de los editores de la MEW; la transcripción lo titula «El caso de la lorcha Arrow». El último párrafo falta en la versión alemana. Se corrigen pequeñas erratas de la transcripción, entre ellas el nombre de Seu, cotejado con la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

El correo del America,1 que nos llegó ayer por la mañana, trae diversos documentos sobre la querella británica con las autoridades chinas de Cantón y las operaciones bélicas del almirante Seymour.2 El resultado que, a nuestro juicio, tiene que producir en todo espíritu imparcial un estudio atento de la correspondencia oficial entre las autoridades británicas y chinas de Hong Kong y Cantón es que los británicos no tienen razón en todo el asunto. La supuesta causa de la querella, según la exponen estos últimos, es que, en lugar de dirigirse al cónsul británico, ciertos oficiales chinos sacaron por la fuerza a unos delincuentes chinos de una lorcha3 fondeada en el río de Cantón y arriaron la bandera británica que ondeaba en su mástil. Pero, como dice el Times de Londres, «hay en efecto puntos en litigio, como el de si la lorcha [...] llevaba los colores británicos y el de si el cónsul estaba del todo justificado en los pasos que dio». La duda así admitida se confirma cuando recordamos que la disposición del tratado que el cónsul se empeña en aplicar a esta lorcha se refiere solo a los barcos británicos, mientras que la lorcha, como resulta de sobra, no era británica en ningún sentido legítimo. Pero, para que nuestros lectores tengan ante sí todo el caso, vamos a dar lo que importa de la correspondencia oficial. Primero tenemos una comunicación fechada el 21 de octubre, del señor Parkes,4 cónsul británico en Cantón, al gobernador general Ye,5 que dice así:

«En la mañana del 8 del corriente, la lorcha británica Arrow, fondeada entre los barcos anclados ante la ciudad, fue abordada, sin aviso previo alguno al cónsul británico, por una gran fuerza de oficiales y soldados chinos de uniforme, que, frente a las protestas de su patrón, un inglés, apresaron, ataron y se llevaron a doce chinos de su tripulación de catorce, y arriaron su bandera. Ese mismo día informé a Vuestra Excelencia de todos los detalles de este insulto público a la bandera británica y grave violación del artículo noveno del tratado suplementario,6 y le pedí que diera satisfacción por el insulto e hiciera observar fielmente en este caso las disposiciones del tratado. Pero Vuestra Excelencia, con un extraño desprecio tanto de la justicia como de los compromisos del tratado, no ha ofrecido reparación ni disculpa por el agravio y, al retener bajo su custodia a los hombres que apresó, manifiesta su aprobación de esta violación del tratado y deja al gobierno de Su Majestad sin garantía alguna de que no vuelvan a producirse agresiones semejantes.»

Parece que los chinos que iban a bordo de la lorcha fueron apresados por los oficiales chinos porque a estos se les había informado de que parte de la tripulación había participado en un acto de piratería contra un mercante chino. El cónsul británico acusa al gobernador general chino de haber apresado a la tripulación, arriado la bandera británica, negado toda disculpa y retenido bajo su custodia a los hombres apresados. El gobernador chino afirma, en una carta dirigida al almirante Seymour, que, habiendo comprobado que nueve de los cautivos eran inocentes, ordenó el 10 de octubre a un oficial que los devolviera a bordo de su barco, pero que el cónsul Parkes se negó a recibirlos. En cuanto a la lorcha misma, declara que, cuando se apresó a los chinos que iban a bordo, se la tenía por barco chino, y con razón, porque la había construido un chino y pertenecía a un chino, que se había hecho fraudulentamente con una enseña británica inscribiendo su barco en los registros coloniales británicos, método que, al parecer, es habitual entre los contrabandistas chinos. Sobre la cuestión del insulto a la bandera, el gobernador observa:

«Ha sido regla invariable de las lorchas de la nación de Vuestra Excelencia arriar su enseña cuando echan el ancla e izarla de nuevo cuando se hacen a la vela. Cuando se abordó la lorcha para apresar a los prisioneros, ha quedado satisfactoriamente probado que no ondeaba bandera alguna. ¿Cómo, pues, pudo arriarse una bandera? Y, sin embargo, el cónsul Parkes pretende en un despacho tras otro que se requiere satisfacción por este insulto a la bandera.»

De estas premisas concluye el gobernador chino que no se ha cometido violación alguna de ningún tratado. No obstante, el 12 de octubre el plenipotenciario británico exigió no solo la entrega de toda la tripulación detenida, sino también una disculpa. El gobernador responde así:

«A primera hora de la mañana del 22 de octubre escribí al cónsul Parkes y al mismo tiempo le envié doce hombres, a saber: Leong Ming-tai y Leong Kee-fu, declarados culpables en la investigación que yo había abierto, y el testigo Wu-A-jin, junto con los nueve ofrecidos anteriormente. Pero el señor cónsul Parkes no quiso recibir ni a los doce prisioneros ni mi carta.»

Parkes podría, pues, haber recuperado ya a sus doce hombres, junto con lo que muy probablemente era una disculpa, contenida en una carta que no abrió. Por la tarde del mismo día, el gobernador Ye volvió a preguntar por qué no se recibía a los prisioneros que había ofrecido y por qué no recibía respuesta a su carta. No se hizo caso de esta gestión, sino que el 24 se abrió fuego sobre los fuertes y se tomaron varios de ellos; y hasta el 1 de noviembre el almirante Seymour no explicó al gobernador, en un mensaje, la conducta en apariencia incomprensible del cónsul Parkes. Los hombres, dice, habían sido devueltos al cónsul, pero «no se los había devuelto públicamente a su barco, ni se había presentado la disculpa exigida por la violación de la jurisdicción consular». A esta argucia, pues, la de no haber devuelto con todo ceremonial a un grupo de hombres entre los que se contaban tres criminales convictos, se reduce todo el caso. A esto responde el gobernador de Cantón, primero, que los doce hombres habían sido efectivamente entregados al cónsul y que no había habido «negativa alguna a devolver los hombres a su barco». Qué más le pasaba a este cónsul británico, el gobernador chino solo lo supo después de que la ciudad hubiera sido bombardeada durante seis días. En cuanto a una disculpa, el gobernador Ye insiste en que no podía darse ninguna, puesto que no se había cometido falta alguna. Citamos sus palabras:

«Mis agentes no vieron ninguna bandera extranjera en el momento de la captura y, como además se comprobó en el interrogatorio de los prisioneros por el funcionario encargado de hacerlo que la lorcha no era en ningún aspecto un barco extranjero, sostengo que no se cometió error alguno.»

En efecto, la fuerza de la dialéctica de este chino despacha tan eficazmente toda la cuestión, y no hay otro motivo aparente, que al almirante Seymour no le queda al final más recurso que una declaración como la siguiente:

«Debo negarme rotundamente a seguir discutiendo el fondo del caso de la lorcha Arrow. Estoy plenamente convencido de los hechos tal como el señor cónsul Parkes los ha expuesto a Vuestra Excelencia.»

Pero, después de haber tomado los fuertes, abierto brecha en las murallas de la ciudad y bombardeado Cantón durante seis días, el almirante descubre de pronto un objetivo completamente nuevo para sus medidas, pues lo vemos escribir al gobernador chino el 30 de octubre:

«Corresponde ahora a Vuestra Excelencia, mediante una consulta inmediata conmigo, poner fin a un estado de cosas cuyo mal presente no es pequeño, pero que, si no se remedia, difícilmente dejará de producir las más graves calamidades.»

El gobernador chino responde que, según la convención de 1849, no tenía derecho a pedir semejante consulta. Y dice además:

«Respecto a la entrada en la ciudad, he de observar que en abril de 1849 Su Excelencia el plenipotenciario Bonham7 publicó en las factorías de aquí un aviso en el sentido de que con él prohibía a los extranjeros entrar en la ciudad. El aviso se insertó en los periódicos de la época y supongo que Vuestra Excelencia lo habrá leído. Añádase a esto que la exclusión de los extranjeros de la ciudad responde al voto unánime de toda la población de Kwangtung.8 Puede suponerse lo poco que le habrá gustado este asalto a los fuertes y esta destrucción de sus viviendas; y, temeroso como estoy del mal que de ello pueda derivarse para los funcionarios y ciudadanos de la nación de Vuestra Excelencia, no puedo sugerir nada mejor, como conducta correcta que seguir, que mantener la política del plenipotenciario Bonham. En cuanto a la consulta que propone Vuestra Excelencia, hace ya algunos días que comisioné a Tcheang, prefecto de Lei-chow-fu.»

El almirante Seymour se franquea ahora del todo y declara que la convención del señor Bonham no le importa:

«La respuesta de Vuestra Excelencia me remite a la notificación del plenipotenciario británico de 1849 que prohibía a los extranjeros entrar en Cantón. Pues bien, he de recordarle que, aunque tenemos en efecto serios motivos de queja contra el gobierno chino por haber faltado a la promesa dada en 1847 de admitir a los extranjeros en Cantón al cabo de dos años,9 mi exigencia actual no guarda relación alguna con las negociaciones anteriores sobre el mismo asunto, ni pido la entrada para nadie más que para los funcionarios extranjeros, y eso solo por las razones simples y suficientes antes expuestas.

»A mi propuesta de tratar personalmente con Vuestra Excelencia, me hace usted el honor de observar que envió a un prefecto hace algunos días. Me veo obligado, por tanto, a considerar la carta entera de Vuestra Excelencia como insatisfactoria en extremo, y solo me queda añadir que, si no recibo inmediatamente una garantía explícita de su asentimiento a lo que he propuesto, reanudaré en el acto las operaciones ofensivas.»

El gobernador Ye replica entrando de nuevo en los detalles de la convención de 1849:

«En 1848 hubo una larga correspondencia polémica sobre el asunto entre mi predecesor Seu10 y el plenipotenciario británico, el señor Bonham, y el señor Bonham, convencido de que una entrevista dentro de la ciudad estaba completamente descartada, dirigió a Seu en abril de 1849 una carta en la que decía: “Por ahora no puedo seguir discutiendo este asunto con Vuestra Excelencia”. Publicó además desde las factorías un aviso en el sentido de que ningún extranjero debía entrar en la ciudad, aviso que se insertó en los periódicos, y lo comunicó al gobierno británico. No había chino ni extranjero de nación alguna que no supiera que la cuestión no volvería a discutirse nunca.»

Impaciente de argumentos, el almirante británico se abre paso entonces a la fuerza en la ciudad de Cantón hasta la residencia del gobernador, a la vez que destruye la flota imperial en el río. Hay, pues, dos actos distintos en este drama diplomático y militar: el primero introduce el bombardeo de Cantón con el pretexto de una violación del tratado de 184211 cometida por el gobernador chino, y el segundo continúa ese bombardeo en mayor escala con el pretexto de que el gobernador se aferraba obstinadamente a la convención de 1849. Primero se bombardea Cantón por violar un tratado, y luego se la bombardea por cumplir un tratado. Además, ni siquiera se pretende que en el primer caso no se diera reparación, sino solo que no se dio en la forma ortodoxa.

La visión del caso que expone el Times de Londres no desacreditaría ni siquiera al general William Walker, de Nicaragua.12

«Con este estallido de las hostilidades —dice ese periódico— quedan anulados los tratados existentes y quedamos libres para dar a nuestras relaciones con el Imperio chino la forma que nos plazca [...]. Los recientes sucesos de Cantón nos advierten de que deberíamos imponer aquel derecho de libre entrada en el país y en los puertos abiertos para nosotros que se estipuló en el tratado de 1842. No deben volver a decirnos que nuestros representantes han de quedar excluidos de la presencia del gobernador general chino porque hemos renunciado a la ejecución del artículo que permitía a los extranjeros pasar más allá del recinto de nuestras factorías.»

En otras palabras, «nosotros» hemos empezado las hostilidades para romper un tratado vigente y para imponer una pretensión a la que «nosotros» hemos renunciado por una convención expresa. Nos alegra decir, sin embargo, que otro órgano destacado de la opinión británica se expresa en un tono más humano y decoroso. Es, dice el Daily News, un «hecho monstruoso que, para vengar el orgullo irritado de un funcionario británico y castigar la necedad de un gobernador asiático, prostituyamos nuestra fuerza en la perversa obra de llevar el fuego y la espada, la desolación y la muerte, a los hogares pacíficos de hombres inofensivos, en cuyas costas fuimos en un principio intrusos. Sea cual sea el resultado de este bombardeo de Cantón, el hecho mismo es malo y vil: un derroche temerario y gratuito de vidas humanas en el altar de una falsa etiqueta y de una política equivocada».

Quizá cabe preguntarse si las naciones civilizadas del mundo aprobarán este modo de invadir un país pacífico, sin declaración previa de guerra, por una supuesta infracción del caprichoso código de la etiqueta diplomática. Si las demás potencias contemplaron con paciencia la primera guerra china, pese a su infame pretexto, porque prometía abrir el comercio con China, ¿no es probable que esta segunda guerra obstruya ese comercio por tiempo indefinido? Su primer resultado tiene que ser el aislamiento de Cantón respecto de los distritos productores de té, que todavía están en su mayor parte en manos de los imperiales,13 circunstancia que no puede beneficiar a nadie más que a los comerciantes rusos de té por vía terrestre.

En cuanto a la noticia de la destrucción de un fuerte chino por la fragata norteamericana Portsmouth, todavía no estamos lo bastante informados para dar una opinión firme.14

  1. Vapor correo de la línea Cunard entre Liverpool y Norteamérica. ↩

  2. Michael Seymour (1802-1887), contraalmirante, jefe de la escuadra británica de China. ↩

  3. Pequeño velero de casco de tipo europeo y aparejo chino. ↩

  4. Harry Smith Parkes (1828-1885), cónsul británico interino en Cantón. El incidente de la Arrow, del 8 de octubre de 1856, sirvió de pretexto a la segunda guerra del opio. ↩

  5. Ye Mingchen (1807-1859), gobernador general de Guangdong y Guangxi y comisario imperial para los asuntos con los extranjeros. ↩

  6. El tratado suplementario de Humen (o del Bogue), de 8 de octubre de 1843, que completaba el tratado de Nankín de 1842; su artículo 9 regulaba la entrega de los delincuentes chinos refugiados en barcos o casas británicas. ↩

  7. Samuel George Bonham (1803-1863), gobernador de Hong Kong y plenipotenciario británico en China de 1848 a 1854. ↩

  8. Guangdong, la provincia de Cantón. ↩

  9. En abril de 1847 el comisario Qiying prometió al gobernador de Hong Kong, John Francis Davis, que los extranjeros podrían entrar en la ciudad amurallada de Cantón al cabo de dos años; en 1849 la promesa no se cumplió ante la oposición de la población, y Bonham renunció a exigirla. ↩

  10. Xu Guangjin, gobernador general de Guangdong y Guangxi de 1848 a 1852. ↩

  11. El tratado de Nankín, de 29 de agosto de 1842, que puso fin a la primera guerra del opio. ↩

  12. William Walker (1824-1860), aventurero norteamericano que en 1855 invadió Nicaragua con una banda de mercenarios y en 1856 se hizo proclamar presidente. ↩

  13. Las tropas imperiales, por oposición a los rebeldes taipings, que dominaban entonces buena parte del valle del Yangtsé. ↩

  14. En noviembre de 1856 barcos de guerra norteamericanos, entre ellos la corbeta Portsmouth, bombardearon y tomaron los fuertes de la Barrera, en el río de Cantón, tras haber sido tiroteados desde ellos. ↩