Escritos en inglés por Karl Marx el 12 y el 15 de mayo de 1857 y publicados como editoriales en el New-York Daily Tribune, núm. 5027, del 30 de mayo de 1857 (I), y núm. 5028, del 1 de junio de 1857 (II). El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 202-209), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
I
Los boletines del Gran Ejército1 han sido sustituidos en el actual Imperio francés por los informes del Crédit mobilier.2 En la última junta general de accionistas, el 28 de abril, el señor Isaac Péreire presentó en nombre de la dirección un informe que pretende abarcar la historia sumaria de esta notable institución bonapartista en 1856. De este grandilocuente documento, en el que su autor, con un estilo muy suyo, mezcla cálculos financieros con principios teóricos, cifras con sentimientos y especulación bursátil con filosofía especulativa, afloran, si se examina con atención, signos de decadencia que la capa apologética que lo cubre todo más bien revela que oculta.
Es cierto que el público sigue deslumbrado por los beneficios del Crédit mobilier. Por las acciones, cuyo precio se fijó originalmente en 500 francos, se pagaron en 1856 25 francos de intereses y 90 francos de dividendo, en total, pues, 115 francos, suma que representa exactamente el 23 por ciento del fondo social. Pero para llegar a conclusiones seguras no hay que comparar el Crédit mobilier con empresas comerciales ordinarias, sino consigo mismo, y entonces veremos que su beneficio ha caído casi a la mitad en un solo año. En los ingresos netos de la sociedad hay que distinguir dos elementos: uno fijo, el otro variable; uno establecido por los estatutos, el otro dependiente de la marcha comercial de la sociedad; uno bajo la rúbrica de intereses, el otro bajo la de dividendos. Los intereses de 25 francos, o el 5 por ciento por acción, constituyen, pues, una partida fija en las cuentas de la sociedad, mientras que la verdadera piedra de toque de su progreso es el dividendo repartido. Y vemos ahora que el dividendo se ha reducido de 178 francos y 70 céntimos en 1855 a 90 francos en 1856, evolución que difícilmente puede llamarse ascendente. Si se tiene en cuenta que los peces pequeños entre los accionistas compraron sus acciones a 1.500 francos por término medio, el dividendo real que recibieron en 1856 apenas supera el 7 por ciento.
El señor Isaac Péreire opina que
«sería superfluo tomarse la molestia de señalar las causas de la diferencia que existe entre el dividendo de 1856 y el de 1855».
Con todo, se digna insinuar que los beneficios de 1855 tenían «un carácter excepcional». Es verdad, pero el Crédit mobilier solo puede aspirar a tener algún carácter manteniendo el carácter excepcional de su beneficio. El carácter excepcional de su beneficio procede de la enorme desproporción entre su capital y sus operaciones. Esta desproporción no es en modo alguno pasajera, sino que constituye en realidad la ley orgánica de su existencia. El Crédit mobilier pretende no ser ni una sociedad bancaria ni una sociedad industrial, sino más bien el representante, a escala nacional si es posible, de otras sociedades bancarias e industriales. La originalidad de su concepción reside en ese cargo representativo. Sus operaciones no han de estar determinadas, por tanto, por su propio capital y el crédito habitual derivado de él, sino únicamente por la gran amplitud de los intereses que en realidad representa o intenta representar. Si desapareciera la desproporción entre su capital y sus operaciones, y con ella su «beneficio excepcional», el Crédit mobilier no se reduciría a una casa de banca ordinaria, sino que se hundiría miserablemente. Si quiere llevar a cabo las ingentes operaciones en que se ve envuelto por la naturaleza misma de su organización, tiene que contar con que nuevos proyectos, a escala cada vez mayor, se realicen con éxito. En una institución así, todo estancamiento, y más aún todo retroceso, es síntoma de una decadencia inevitable. Tomemos el propio informe de 1856. En él encontramos por un lado el modesto capital de 60.000.000 de francos y, por otro, operaciones que abarcan la ingente suma de más de 6.000.000.000 de francos. El propio señor Péreire resume esas operaciones del modo siguiente:
«Nuestra suscripción al último empréstito no solo se ha mantenido intacta, sino que ha aumentado hasta la cantidad de 40.000.000 de francos mediante compras destinadas a facilitar los desembolsos de los suscriptores.
| El movimiento de nuestra caja ascendió a la suma de | 3.085.195.176 fr. 39 cts. |
|---|---|
| El movimiento de nuestra cuenta corriente con el Banco fue de | 1.216.686.271 fr. 33 cts. |
| El de nuestras cuentas corrientes alcanzó la cifra de | 2.739.111.029 fr. 98 cts. |
| Nuestra sociedad ha recibido desembolsos sobre 1.455.264 acciones y bonos, que en conjunto han producido la suma de | 160.976.590 fr. 98 cts. |
| Ha pagado, tanto por cuenta propia como por la de las sociedades cuyos negocios bancarios lleva, 3.754.921 cupones, que suman | 64.259.723 fr. 68 cts. |
El movimiento de nuestra caja de valores ha abarcado 4.986.304 acciones u obligaciones».
El señor Péreire no niega que el papel que desempeñó el Crédit mobilier en 1856 difirió un tanto del que había desempeñado antes. Durante los tres primeros años de su existencia había tenido que «abrir grandes empresas en Francia», «sistematizar la creación de grandes negocios» y mostrarse, por tanto, inagotable en inundar la bolsa de valores con nuevos títulos. En 1856, sin embargo, se produjo un cambio repentino. Como «la paz había abierto una nueva era a la actividad social», la especulación amenazaba con pasarse de la raya. Atentos exclusivamente a fomentar el bien público, los escrupulosos caballeros del Crédit mobilier, los Péreire, Fould y Morny,3 consideraron en estas nuevas circunstancias «deber imperioso» suyo refrenar donde antes habían espoleado, moderar donde habían apremiado y observar «reserva» donde antes la «audacia» había pasado por «prudencia inteligente». Cuando toda Francia se puso en movimiento, el Crédit mobilier decidió por razones de conciencia marcar el paso. Pero también es verdad que a esta virtuosa resolución se le adelantó en cierta medida una nota publicada en el Moniteur del 9 de marzo de 1856, que «indicaba la medida que el gobierno deseaba señalar a la emisión de nuevos valores». Aun «si» las inclinaciones del Crédit mobilier hubieran ido todas en otra dirección, «esta advertencia», dice el señor Péreire, «habría sido una orden, sobre todo para nosotros; era un alto forzoso que había de detener la creación de nuevas empresas». Este alto forzoso explica sin duda suficientemente el deber de moderación que la sociedad se impuso a sí misma.
Justo en el momento en que el Crédit mobilier se veía así refrenado en su carrera por un ronzal gubernamental, sucedió por desgracia que la competencia sin principios empezó a esforzarse con afán por limitar su esfera de acción y mermar sus recursos. Mientras que la nota del Moniteur del 9 de marzo de 1856 iba dirigida directamente contra las llamadas sociedades anónimas —cuya fundación y actividad están sujetas en Francia por ley a la aprobación y el control del gobierno, y a cuya creación el Crédit mobilier está limitado por sus estatutos—, la especulación francesa encontró ahora una salida más fuerte en la forma de las sociétés en commandite,4 que no están sujetas a la aprobación del gobierno y casi a ningún control. Así, la especulación no hizo más que cambiar de camino, y el crecimiento frenado de las sociedades anónimas quedó más que compensado por la abundante cosecha de sociétés en commandite. En lugar de impedir la especulación, Napoleón III, con toda su «excelsa sabiduría», como dice el señor Péreire, solo había sustraído una gran parte de ella al control de su institución predilecta. Durante los nueve primeros meses de 1856, cuando toda Francia estaba embriagada de especulación y cuando el Crédit mobilier debía haber desnatado sus ganancias, aquella sociedad tan fiel se vio condenada, por un simple malentendido de la «excelsa sabiduría», a actuar «en una medida limitada» y a «esperar la señal oficial para reanudar la actividad» con la mayor sumisión. Seguía esperando la señal oficial y «una transición hacia tiempos mejores» cuando se produjo un acontecimiento que escapaba por completo incluso al poder de la «excelsa sabiduría» del propio Napoleón.
Pero trataremos ese acontecimiento otro día.
II
La crisis financiera que estalló en septiembre de 1856 a la vez en el continente europeo y en Inglaterra sorprendió al Crédit mobilier, como dice el señor Péreire, en la actitud del «centinela vigilante de las finanzas y del crédito», que tiene «un horizonte más amplio» que otras gentes «situadas en los distintos peldaños de la escala», que «está en condiciones de evitar tanto la consternación como la sobreexcitación», que dedica su solicitud indivisa al excelso objetivo de «la conservación del trabajo nacional y del crédito nacional», que no se inquieta «por las críticas interesadas o envidiosas», que sonríe ante «los ataques violentos o premeditados» y está muy por encima de las vulgares «tergiversaciones». En ese momento crítico, el Banco de Francia se mostró al parecer bastante reacio a las exigencias que el Crédit mobilier, en su indiviso celo por el bienestar público, se sintió movido a imponerle. Por eso se nos da a entender que
«la crisis debió su violencia y su ímpetu a las medidas que tomó el Banco de Francia bajo el régimen de la constitución que lo rige» y que «esa institución, por carecer de toda obligación vinculante y de todas las combinaciones armónicas, es todavía sumamente imperfecta».
Si por un lado el Banco de Francia se negó a ayudar al Crédit mobilier, por otro rehusó ser ayudado por él. Con la audacia que le es propia para captar la situación, el Crédit mobilier vio en una crisis financiera el momento oportuno para grandes manipulaciones financieras. En un momento de confusión general se puede tomar al asalto una fortaleza que no se ha podido rendir durante años con maniobras regulares. En consecuencia, el Crédit mobilier se ofreció, con la participación de varias casas extranjeras, a comprar las rentas o títulos de la deuda pública que estaban en poder del Banco de Francia, para que este instituto pudiera «aumentar eficazmente su reserva metálica y continuar sus préstamos sobre rentas y acciones ferroviarias». Cuando el Crédit mobilier hizo esta oferta desinteresada y filantrópica, su cartera estaba cargada de rentas por unos 5.475.000 francos y de acciones ferroviarias por 115.000.000 de francos, mientras que el Banco de Francia poseía al mismo tiempo unos 50.000.000 de francos en rentas. Dicho de otro modo, la cantidad de acciones ferroviarias que tenía el Crédit mobilier superaba en más del doble la cantidad de rentas que estaba en poder del Banco de Francia. Si el Banco de Francia arrojaba sus rentas al mercado para reforzar su reserva metálica, no solo haría bajar las rentas, sino todavía más todos los demás valores, y sobre todo las acciones ferroviarias. En realidad, pues, la propuesta equivalía a pedir al Banco que mantuviera sus rentas fuera del mercado para dejar sitio a las acciones ferroviarias que estaban en la cartera del Crédit mobilier. Además, como dice el señor Péreire, el Banco habría tenido entonces un pretexto para suspender sus préstamos sobre acciones ferroviarias. Con ello habría acudido en secreto en ayuda del Crédit mobilier, mientras que ante el público habría quedado sometido a esa generosa institución y habría parecido que lo salvaba su ayuda. Pero el Banco olió el ardid y volvió la espalda al «centinela vigilante».
Tan firmemente decidido a salvar a Francia de la crisis financiera como su protector a salvarla del socialismo, el Crédit mobilier hizo una segunda propuesta, dirigida no al Banco de Francia, sino a los banqueros privados de París. Se ofreció magnánimamente
«a atender las necesidades de todas las compañías ferroviarias francesas suscribiendo hasta la suma de 300.000.000 de francos los empréstitos que hubieran de emitir para 1857, declarándose dispuesto a participar él mismo en esos empréstitos hasta la suma de 200.000.000 de francos si las demás casas de banca suscribían los 100.000.000 restantes».
Semejante suscripción habría provocado con seguridad una súbita subida de las cotizaciones de las acciones y obligaciones ferroviarias, precisamente del artículo cuyo principal poseedor era el Crédit mobilier. Además, de un solo golpe audaz se habría convertido en el gran propietario de todos los ferrocarriles franceses y, en cierto modo, habría hecho de todos los grandes banqueros de París sus socios involuntarios. Pero el plan fracasó. Obligado a «renunciar a toda idea de una medida común», el Crédit mobilier quedó reducido a sus propias fuerzas. El orgulloso convencimiento de que «el mero hecho de las propuestas que hizo contribuyó sin duda no poco a calmar los ánimos» lo consoló no poco de la tendencia de la crisis a «reducir sensiblemente el beneficio con el que la sociedad creía poder contar».
Aparte de todos estos enojosos acontecimientos, el Crédit mobilier se queja de que hasta ahora se le ha impedido jugar su triunfo, a saber, la emisión de 600.000.000 de francos en obligaciones, un papel moneda inventado expresamente por él, que solo vence a muy largo plazo y que no se basa en el capital de la sociedad, sino en los valores contra los que se canjearía.
«Los recursos», dice el señor Péreire, «que nos habría proporcionado la emisión de nuestras obligaciones nos habrían permitido adquirir valores que todavía no habían encontrado su colocación definitiva y ampliar enormemente la ayuda prestada a la industria».
En 1855, el Crédit mobilier estaba a punto de emitir 240.000.000 de francos de esas obligaciones —emisión para la que sus estatutos lo autorizan— cuando la «excelsa sabiduría» de las Tullerías puso fin a la operación. Semejante emisión de dinero de crédito la llama el Crédit mobilier aumento de su capital; la gente corriente la llamaría más bien aumento de sus deudas. El alto forzoso impuesto al Crédit mobilier por el gobierno en marzo de 1856, la competencia de las sociétés en commandite, la crisis financiera y la emisión frustrada de su propio papel moneda: todas estas circunstancias explican sobradamente la caída de sus dividendos.
En todos los informes anteriores de esta gran empresa de estafa se ha pregonado como la particularidad y la novedad del Crédit mobilier la sustitución de la industria privada por sociedades industriales por acciones. En este último informe se buscará en vano la más leve alusión a ese asunto. De los 60.000.000 de francos que forman el capital de la sociedad, 40.000.000 estaban invertidos durante 1856 en fondos públicos; y de las sumas que el crédito puso en sus manos, la parte con mucho mayor se empleó en «prórrogas»5 sobre rentas y acciones ferroviarias en los días de liquidación de la bolsa; en 1856 se hicieron operaciones de este tipo con rentas francesas por 421.500.000 francos y con acciones ferroviarias y de otra clase por 281.000.000 de francos. En la actualidad, estas prórrogas no significan otra cosa que préstamos de dinero a los especuladores de bolsa para que puedan continuar sus operaciones y para dar un aspecto sólido a los capitales ficticios de la bolsa. En esta operación, que desvía una gran parte del capital nacional de la actividad productiva hacia la especulación improductiva, funda principalmente el Crédit mobilier su derecho a la gratitud de la nación. Luis Napoleón recibe en verdad un apoyo enorme de los señores Péreire y compañía. No solo dan un valor ficticio a los fondos imperiales, sino que cultivan, ejercitan, fomentan y propagan sin cesar ese espíritu de especulación que constituye el principio vital del actual Imperio. Aun con la consideración más superficial de las operaciones que el señor Péreire enumera con tanta complacencia, queda claro que las maniobras especulativas del Crédit mobilier van necesariamente unidas a transacciones fraudulentas. Por un lado, la sociedad, en su función pública de protectora de la bolsa, toma dinero prestado del público y lo presta a sociedades y particulares que especulan, para sostener los precios de las acciones y valores franceses. Por otro lado, como empresa privada, especula constantemente por su cuenta con las fluctuaciones de cotización de esos mismos valores, tanto a la baja como al alza. Para conciliar en apariencia estos propósitos contrarios hay que recurrir al fraude y a la estafa.
Como todos los especuladores profesionales, Luis Napoleón es tan audaz en la concepción de sus golpes como lento y cauto en su ejecución. Así, ha refrenado dos veces al Crédit mobilier en su carrera sin escrúpulos: primero en 1855, cuando le prohibió emitir sus obligaciones, y de nuevo en 1856, cuando su advertencia en el Moniteur impuso al Crédit mobilier un alto forzoso. Pero mientras él frena, la sociedad empuja. Si se le deja vía libre, se romperá el cuello sin la menor duda. Si Bonaparte sigue atormentándola con sus exhortaciones a la moderación, dejará de ser ella misma. Según el informe del señor Péreire, sin embargo, parece que la «excelsa sabiduría» y la «prudencia inteligente» han llegado por fin a un compromiso. Si no ha de confiarse al ya desacreditado Crédit mobilier la peligrosa facultad de emitir su propio papel moneda, entonces hay que proporcionarle, bajo el honorable manto del Banco de Francia, los medios sin los cuales no puede seguir existiendo. Ese es uno de los fines secretos de la nueva ley bancaria6 que se presenta ahora a los «perros y monos sabios» del Cuerpo Legislativo.
«No tenemos reparo», dice el señor Péreire, «en declararlo en voz alta: en vano se buscarían en otra parte que no fuera el Banco de Francia los medios de una ayuda eficaz mediante préstamos al crédito público, a las grandes empresas, al comercio y a la industria»
—en otras palabras, al Crédit mobilier.
Los boletines de guerra de Napoleón I, famosos por su jactancia. ↩
Société générale du Crédit mobilier, banco por acciones fundado en 1852 por los hermanos Émile e Isaac Péreire con el apoyo de Luis Bonaparte, dedicado a la promoción de ferrocarriles y empresas industriales y a la especulación bursátil; se hundió en 1867. ↩
Émile Péreire (1800-1875) e Isaac Péreire (1806-1880), banqueros, antiguos sansimonianos; Fould: la familia de banqueros de Achille Fould (1800-1867), ministro de Estado de Napoleón III, cuyo hermano Benoît figuró entre los fundadores del Crédit mobilier; Charles de Morny (1811-1865), medio hermano de Napoleón III, presidente del Cuerpo Legislativo. ↩
Sociedades comanditarias por acciones, que no necesitaban autorización del gobierno. ↩
Préstamos para aplazar la liquidación de operaciones a plazo de una fecha de liquidación a la siguiente (en francés, reports). ↩
La ley de 9 de junio de 1857 sobre el Banco de Francia; véase el artículo de Marx «La nueva ley sobre el Banco de Francia». ↩