Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 20 de febrero de 1857 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4956, del 9 de marzo de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 129-136), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. La MEW da en nota algunas variantes del manuscrito de Marx; aquí se sigue el texto del periódico. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 20 de febrero de 1857

Los actores de la escena financiera han sufrido un duro golpe por obra de sir George Lewis, el actual canciller del Tesoro.1 Con sir Robert Peel la lectura del informe financiero se había convertido en una especie de acto religioso, que había de celebrarse con todas las solemnidades de la etiqueta de Estado, recibía su consagración más alta de grandiosas proezas de persuasión retórica y nunca podía durar menos de cinco horas. El señor Disraeli imitó la actitud ceremoniosa de sir Robert ante la bolsa nacional, y el señor Gladstone casi la exageró.2 Sir George Lewis no se atrevió a romper la tradición. Pronunció, pues, un discurso de cuatro horas, farfullando, arrastrándose y dando rodeos en torno al meollo, hasta que de pronto lo interrumpió una sonora carcajada en la que estallaron unas cuantas docenas de honorables diputados que cogieron sus sombreros y salieron precipitadamente de la Cámara.

«Lamento —exclamó el desdichado actor— tener que proseguir mi discurso ante un auditorio numéricamente mermado, pero debo explicar a los que se quedan cuál sería el efecto de los cambios propuestos.»

Cuando sir George Lewis figuraba todavía entre los sabios de la Edinburgh Review,3 era más conocido por la pesadez de su argumentación que por la solidez de sus pruebas o la viveza de su dicción. Sus insuficiencias personales son sin duda en gran parte la causa de su fracaso ante el Parlamento. Pero hubo también otras circunstancias del todo ajenas a su poder, que habrían desconcertado incluso a un auténtico panegirista parlamentario. Según las indiscretas declaraciones de sir William Clay ante sus electores de Hull, lord Palmerston había decidido en un principio mantener en tiempo de paz los impuestos de guerra, cuando la amenazadora moción sobre el impuesto sobre la renta, anunciada en la sesión de la Cámara de los Comunes por el señor Disraeli y apoyada por el señor Gladstone, lo obligó en el acto a tocar retirada y cambiar de pronto su táctica financiera. Por eso el pobre sir George Lewis tuvo que cambiar en un plazo brevísimo todos sus presupuestos, todas sus cifras, todo su plan, mientras que su discurso, preparado para un presupuesto de guerra, tenía que servirse ahora, por así decirlo, para un presupuesto de paz, un quid pro quo que podría haber sido divertido si no hubiera sido soporífero. Pero eso no es todo. Los presupuestos de sir Robert Peel durante su mandato de 1841 a 1846 cobraron un interés extraordinario por la encarnizada lucha que se libraba entonces entre librecambistas y proteccionistas, entre ganancia y renta, ciudad y campo. El presupuesto del señor Disraeli se miró como una curiosidad, porque implicaba la resurrección o bien la abdicación definitiva de la política proteccionista; y al presupuesto del señor Gladstone se le atribuyó una importancia exagerada porque asentaba el triunfante librecambio en las finanzas del Estado, al menos por un periodo de siete años. Los conflictos sociales que se reflejaban en esos presupuestos les daban un interés positivo, mientras que el presupuesto de sir George Lewis solo podía reclamar al principio el interés negativo de ser el blanco común de los enemigos del gabinete.

El presupuesto de sir G. Lewis, en lo que toca a los ingresos previstos en un principio, puede resumirse en muy pocas palabras. Lewis suprime los nueve peniques adicionales del impuesto sobre la renta impuestos por la guerra y lo reduce así de 1 chelín y 4 peniques por libra de renta a 7 peniques, proporción en la que ha de mantenerse hasta 1860. Por otra parte, se conservarán todo el impuesto de guerra sobre los licores y una parte de los impuestos de guerra sobre el azúcar y el té. Eso es todo.

El impuesto sobre la renta del ejercicio en curso, incluidos los 9 peniques adicionales de los impuestos de guerra, produce un ingreso de más de 16.000.000 de libras esterlinas, que se recaudan de las distintas clases de la sociedad más o menos de la siguiente manera:4

Tabla A: Propiedad territorial8.000.000 £
Tabla B: Arrendatarios1.000.000 £
Tabla C: Fondos públicos2.000.000 £
Tabla D: Industria, comercio y profesiones liberales4.000.000 £
Tabla E: Sueldos y salarios1.000.000 £
Total16.000.000 £

De este cuadro se desprende a todas luces que el impuesto sobre la renta pesa exclusivamente sobre las clases altas y medias; de hecho, más de dos tercios proceden de las rentas de la aristocracia y de la gran burguesía. Pero, cargadas en parte por los demás impuestos de guerra y en parte por los altos precios de los víveres y la subida del tipo de descuento, las capas inferiores de la burguesía inglesa se han visto seriamente apretadas por el impuesto sobre la renta, y por eso ansían con la mayor impaciencia sacudírselo. Con todo, el clamor que levantaron difícilmente habría encontrado eco en la prensa, y desde luego no en la Cámara de los Comunes, si la aristocracia y la gran burguesía no hubieran tomado la dirección de la agitación, aprovechando ávidamente la ocasión para ocultar su estrecho egoísmo bajo la máscara general de la filantropía y librarse de un tributo cuya carga no pueden echar sobre los hombros de las masas. Mientras que en Francia, en tiempos de la république honnête et modérée,5 se evitó la implantación de un impuesto sobre la renta tachándola de socialismo de contrabando, en Inglaterra se intenta ahora la abolición de ese mismo impuesto fingiendo compasión por los sufrimientos del pueblo. El juego se ha llevado con mucha astucia. Restablecida la paz, los portavoces de la pequeña burguesía no dirigieron su ataque contra el impuesto sobre la renta mismo, sino solo contra su recargo de guerra y contra su desigual reparto. Las clases altas fingieron compartir la queja del pueblo, pero solo para torcer su sentido original y convertir una petición de menor tributación de las rentas pequeñas en una petición de supresión de la tributación de las rentas grandes. En el calor de la lucha y en la impaciente espera de un alivio inmediato, la pequeña burguesía no se dio cuenta del juego falso que se hacía con ella ni se preocupó de condiciones que pudieran asegurarle el apoyo de aliados poderosos. En cuanto a la clase obrera, que no tiene órganos de prensa ni voz en los cuerpos electivos, sus reivindicaciones quedaron completamente fuera de cuestión.

Como es sabido, la base de las medidas librecambistas de sir Robert Peel fue el impuesto sobre la renta. Se comprenderá sin esfuerzo que la tributación directa es la expresión financiera del librecambio. Si el librecambio significa algo, significa la supresión de los aranceles, de los impuestos sobre el consumo y de todos los tributos que intervienen directamente en la producción y el intercambio.

Ahora bien, si los impuestos no han de recaudarse mediante aranceles e impuestos sobre el consumo, tienen que gravar directamente la propiedad y la renta. Con una recaudación determinada, no puede reducirse una clase de tributación sin el aumento correspondiente de la otra. Tienen que subir y bajar en proporción inversa. Así pues, si el público inglés quiere suprimir la mayor parte de la tributación directa, tiene que estar dispuesto a imponer tributos más altos a los artículos de consumo y a las materias primas; en una palabra, a renunciar al sistema del librecambio. Y así se ha interpretado de hecho en el continente europeo la evolución actual. Un periódico belga escribe que

«en una asamblea celebrada en Gante para discutir sobre librecambio o proteccionismo, uno de los oradores adujo la reciente oposición al impuesto sobre la renta en Inglaterra como prueba de un vuelco de la opinión nacional en favor del proteccionismo».

Así también, los reformadores financieros de Liverpool6 expresan en uno de sus mensajes recientes el temor de que Gran Bretaña vuelva a los principios de la restricción.

«Apenas podemos creer —dicen— en la posibilidad de una manifestación tan abierta de ceguera nacional; pero todo hombre que piense, con una capacidad mental normal, tiene que ver que los esfuerzos actuales tienden a ese fin y a ningún otro.»

Como el librecambio, y por tanto también la tributación directa, son en Gran Bretaña armas ofensivas en manos del capitalista industrial contra el gran terrateniente aristocrático, su cruzada común contra el impuesto sobre la renta da fe, en el terreno económico, del mismo hecho que demostró en el político el gabinete de coalición:7 la flojedad de la burguesía británica y su ansia de compromisos con los oligarcas para prevenir concesiones a los proletarios.

Al arriar velas ante la liga contra el impuesto sobre la renta, sir George Lewis mostró en el acto el reverso de la medalla. Nada de suprimir el impuesto sobre el papel, nada de abolir el impuesto sobre los seguros contra incendios, nada de rebajar los derechos sobre el vino, sino, al contrario, subida de los derechos de importación sobre el té y el azúcar. Según el proyecto del señor Gladstone, el derecho sobre el té había de reducirse de 1 chelín y 6 peniques por libra primero a 1 chelín y 3 peniques y luego a 1 chelín, y el derecho sobre el azúcar, de una libra esterlina por quintal primero a 15 chelines y luego a 13 chelines y 4 peniques. Esto se refiere solo al azúcar refinado. El azúcar blanco había de reducirse sucesivamente de 17 chelines y 6 peniques a 13 chelines y 2 peniques y a 11 chelines y 8 peniques; el amarillo, de 15 chelines a 11 chelines y 8 peniques y a 10 chelines y 6 peniques; el moreno, de 13 chelines y 9 peniques a 10 chelines y 7 peniques y a 9 chelines y 6 peniques; la melaza, de 5 chelines y 4 peniques a 3 chelines y 9 peniques. La guerra retrasó la ejecución de este proyecto, pero según la ley promulgada en 1855 había de ejecutarse sucesivamente en 1857 y 1858. Sir G. Lewis, que el 19 de abril de 1855 había subido el derecho sobre el té de 1 chelín y 6 peniques a 1 chelín y 9 peniques por libra, propone llevar a cabo su reducción a lo largo de cuatro años, bajándolo en 1857-1858 a 1 chelín y 7 peniques, en 1858-1859 a 1 chelín y 5 peniques, en 1859-1860 a 1 chelín y 3 peniques y, por último, a 1 chelín. Propone proceder de modo parecido con el derecho sobre el azúcar. Es sabido que la oferta de azúcar ha caído por debajo del nivel de la demanda y que sus existencias en los mercados mundiales han disminuido; en Londres, por ejemplo, hay hoy solo 43.700 toneladas, frente a 73.400 hace dos años. Por eso, naturalmente, suben los precios del azúcar. En cuanto al té, la expedición china de Palmerston ha logrado producir una limitación artificial de la oferta y, en consecuencia, una subida de los precios. Pues bien, no hay economista que no les diga que toda reducción de los aranceles en tiempos de escasez y de subida de los precios tiene que ser súbita y radical si ha de beneficiar no solo al importador, sino también al consumidor medio. Sir G. Lewis afirma lo contrario: que las reducciones arancelarias con precios en alza benefician al consumidor con tanta más seguridad cuanto menos se notan. Esta afirmación está al mismo nivel que su extraña doctrina de que el franqueo postal es un impuesto directo y de que la complicación es el rasgo que suaviza la tributación.

Si la reducción del impuesto sobre la renta se compensa con una subida de los derechos sobre el té y el azúcar, que para el pueblo británico son artículos de primera necesidad de uso general, eso significa a todas luces que se rebajan los impuestos de los ricos subiendo los impuestos de los pobres. Semejante consideración, sin embargo, no habría afectado a la votación de la Cámara de los Comunes. Pero ahí están los comerciantes de té, que han contraído extensos contratos y compromisos, según dicen, en la fe expresa en la declaración que sir George Lewis hizo en la Cámara de los Comunes el 19 de abril de 1856, declaración que la Aduana les repitió el 11 de noviembre de 1856, en el sentido de que «el derecho sobre el té se reduciría a 1 chelín y 3 peniques el 6 de abril de 1857». Ahí los tienen, invocando el compromiso adquirido y la moral presupuestaria. Y ahí está el señor Gladstone, contento de poder vengarse de Palmerston, que echó con total deslealtad a los peelitas después de haberse servido de ellos para derribar primero al gobierno Derby, luego a Russell y por último a su propio patriarca, el viejo Aberdeen.8 Además, el señor Gladstone, como autor del proyecto financiero de 1853, tenía naturalmente que defender su propio presupuesto modelo contra las irreverentes transgresiones de sir G. Lewis. En consecuencia, anunció que presentaría la siguiente resolución:

«Que la Cámara no aprobará ningún aumento de los tipos sobre el té y el azúcar que hayan de pagarse según las leyes de aduanas de 1855.»

Hasta ahora solo he tocado un lado del presupuesto, sus ingresos. Veamos ahora el otro lado del balance: los gastos previstos. Si los medios y arbitrios propuestos para los ingresos del Estado son característicos del estado actual de la sociedad inglesa oficial, los gastos que se proyectan lo son todavía más de su gobierno actual. Palmerston necesita dinero, y mucho dinero, no solo para asentar con firmeza su dictadura, sino también para satisfacer su gusto por los bombardeos de Cantón, las guerras persas, las expediciones a Nápoles,9 etcétera. En consecuencia, propone un presupuesto de paz que supera en unos 8.000.000 de libras esterlinas los gastos más altos desde la paz de 1815. Pide 65.474.000 libras esterlinas, cuando el señor Disraeli se contentó con 55.613.379 y el señor Gladstone con 56.683.000. Naturalmente, John Bull tenía que prever que el afán de gloria militar oriental se resolvería a su debido tiempo en molestas facturas de los recaudadores.

Pero la tributación adicional anual que procede de la guerra no puede estimarse en más de 3.600.000 libras esterlinas, a saber: 2.000.000 para letras del Tesoro que vencen en mayo de 1857; 1.200.000 como intereses de 26.000.000 de deuda pública consolidada nueva y de 8.000.000 de deuda pública no consolidada; por último, unas 400.000 para el nuevo fondo de amortización correspondiente a las nuevas deudas. Así pues, los impuestos de guerra adicionales no suponen en realidad ni la mitad de los gastos adicionales que reclama lord Palmerston. La diferencia la suponen los presupuestos militares. Los presupuestos totales del ejército y la marina de 1830 a 1840 fueron por término medio de menos de 13.000.000 de libras esterlinas, pero en el presupuesto de Lewis ascienden a 20.699.000. Si los comparamos con los presupuestos militares totales de los últimos cinco años anteriores a la guerra, encontramos que alcanzaron en 1849 15.823.537 libras esterlinas; en 1850, 15.320.944; en 1851, 15.565.171; en 1852, 15.771.893; en 1853-1854, 17.802.000, y los presupuestos de 1853-1854 se habían fijado ya en vista de una guerra inminente.

Aferrado a la doctrina whig ortodoxa de que la médula del tronco está destinada a servir de pasto a los gusanos, sir G. Lewis aduce el aumento de la riqueza nacional, tal como lo muestran los cuadros de exportación e importación de 1856, como razón del aumento de los gastos del gobierno. Aunque la conclusión fuera correcta, la premisa seguiría siendo falsa. Basta con señalar los muchos miles de obreros necesitados que recorren ahora las calles de Londres y buscan socorro en los asilos de pobres; además, el hecho general, que se desprende de las estadísticas oficiales de ingresos, de que durante el año 1856 el consumo británico de té, azúcar y café descendió considerablemente, con un ligero aumento simultáneo del consumo de licores; y también las circulares comerciales del año pasado, que, como ha reconocido incluso el señor Wilson, actual secretario del Tesoro,10 prueban de manera inequívoca que los beneficios del comercio británico estuvieron en 1856 en razón inversa a su expansión. Parecería que la táctica natural de un jefe de la oposición consistiría en dirigir sus baterías principales contra estos gastos desmesurados. Pero si el señor Disraeli lo hiciera y se enfrentara directamente con este derroche aristocrático, correría el riesgo de recibir de sus propios seguidores la puñalada por la espalda. Por eso se ve obligado a la refinadísima maniobra de basar su moción contra el presupuesto de Palmerston no en sus gastos excesivos para 1857 y 1858, sino en su previsible déficit de ingresos en los años 1858-1859 y 1859-1860.

En todo caso, los debates de la Cámara de los Comunes sobre el presupuesto serán interesantísimos; no solo porque de ellos depende la suerte del gobierno actual y porque ofrecerán el extraño espectáculo de una coalición Disraeli-Gladstone-Russell contra Palmerston, sino porque precisamente las contradicciones dialécticas de una oposición financiera que exige la abolición del impuesto sobre la renta, prohíbe la subida de los derechos sobre el azúcar y el té y no se atreve a atacar abiertamente el exceso de los gastos tienen que resultar algo del todo nuevo.

  1. Sir George Cornewall Lewis (1806-1863), canciller del Tesoro en el gabinete Palmerston de 1855 a 1858. Presentó el presupuesto el 13 de febrero de 1857. ↩

  2. Benjamin Disraeli fue canciller del Tesoro en el gabinete Derby de 1852, y William Ewart Gladstone, en el gabinete de coalición de Aberdeen de 1852 a 1855; el presupuesto de Gladstone de 1853 preveía la extinción gradual del impuesto sobre la renta en siete años. ↩

  3. Lewis dirigió la Edinburgh Review, la gran revista whig, de 1852 a 1855. ↩

  4. El impuesto sobre la renta británico se recaudaba según cinco «tablas» (schedules) de rentas. ↩

  5. La «república honrada y moderada»: la república de los republicanos burgueses de 1848-1849 en Francia. ↩

  6. La Asociación para la Reforma Financiera de Liverpool, fundada en 1848, que pedía la sustitución de los impuestos indirectos por impuestos directos. ↩

  7. El gabinete de coalición de whigs y peelitas presidido por lord Aberdeen (diciembre de 1852-enero de 1855). ↩

  8. Los peelitas, partidarios de Robert Peel separados de los conservadores en 1846, contribuyeron a derribar el gabinete Derby en diciembre de 1852 y formaron parte del gabinete de coalición de Aberdeen (1852-1855), que cayó en enero de 1855 por la moción de Roebuck sobre la conducción de la guerra de Crimea; Gladstone, Graham y Herbert entraron en el primer gabinete Palmerston, pero lo abandonaron a las pocas semanas. ↩

  9. En octubre de 1856 Gran Bretaña y Francia retiraron sus representantes del reino de Nápoles, al que amenazaban con una demostración naval. ↩

  10. James Wilson (1805-1860), fundador de The Economist, secretario financiero del Tesoro de 1853 a 1858. ↩