Escrito en inglés por Karl Marx el 7 de abril de 1857 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4994, del 22 de abril de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 179-182), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 7 de abril de 1857
Las elecciones han terminado. Su resultado más claro es la victoria de Palmerston, un cambio importante en la composición personal de la Cámara, que afecta a cerca de una cuarta parte de sus anteriores miembros, y una pérdida de nivel intelectual sin precedentes. Pero los cálculos de los periódicos ingleses sobre la fuerza numérica de la mayoría gubernamental, sus riñas y disputas sobre esos cálculos y, más aún, sus intentos de clasificar a los nuevos diputados según nociones anticuadas, son todos puro disparate. Mientras, por ejemplo, el Morning Post se regocija de una mayoría gubernamental de 80 votos, el periódico de Disraeli, The Press, cifra la pérdida de los suyos en cuatro en las ciudades y unos 20 en los condados. Según el Times de Londres, la exclusión de los peelitas y de los hombres de Manchester, así como de los proteccionistas de profesión, ha devuelto al Parlamento a su statu quo ante y lo ha restituido a sus legítimos propietarios, los partidos antediluvianos de los whigs y los tories. El Times quisiera hacer creer al mundo que «el pueblo británico ha vuelto al punto en que estaba hace unos treinta años». El periódico de Disraeli, The Press, está a punto de sumarse a la opinión del Times. Esta creencia optimista, con la que la oligarquía puede intentar consolarse, no es, sin embargo, más disparatada que la de los seudorradicales como, por ejemplo, el Examiner.1 «Un Parlamento reformista», escribe ese periódico, «es la respuesta a la apelación de lord Palmerston». Quiso tener un montón de lacayos, y el país ilustrado, es decir, una pequeña minoría de electores privilegiados, le devuelve la cortesía enviándole un tropel de tribunos del pueblo. ¡Mientras gritan «¡Viva Palmerston!», no hacen más que jugarle una mala pasada al astuto vizconde! Si el nuevo Parlamento inicia un gran movimiento, no será desde luego culpa suya, y Gran Bretaña descubrirá, como Simbad el Marino, que es más difícil quitarse de encima al viejo que cargárselo a los hombros.2
Al comparar la nueva Cámara con sus predecesoras, parece oportuno empezar por los viejos grupos parlamentarios que han desaparecido por completo en el curso de la campaña electoral: la fracción de los peelitas y la escuela de Manchester.
A diferencia de los whigs, de los tories y de la escuela de Manchester, la fracción de los peelitas3 no representaba a una clase ni a partes de una clase. Eran una pura camarilla parlamentaria, que podía contar con amigos fuera de los muros de ambas cámaras, pero que nunca fue capaz de levantar un ejército. Restos de un antiguo gobierno; enemistados con los tories por la traición de su difunto jefe en la cuestión de las Leyes de Cereales; reacios a disolverse en las filas de los whigs por el recuerdo de viejas rencillas y por la convicción, que ellos mismos alimentaban y que el público compartía en cierta medida, de que en ellos se concentraba el talento administrativo del país; impedidos por sus relaciones aristocráticas de fundirse en un todo con la escuela de Manchester; seguros de poder influir en los debates parlamentarios gracias a las dotes oratorias de algunos de sus miembros, este presuntuoso núcleo de gentes que se titulaban a sí mismas estadistas era tan vacilante e inseguro que resultaba imposible clasificarlo, y representaba, en la forma de un partido parlamentario especial, la descomposición de todos los partidos parlamentarios provocada por la legislación librecambista de Peel. Este principio de disolución, al que debían su origen, lo consumaron contribuyendo a derribar al gobierno de Derby y dando su jefe nominal a la combinación de partidos conocida como el gabinete de coalición o el gabinete de todos los talentos.4 Como sedimento visible del proceso de disolución parlamentaria, a su tropa le cupo el honor de izar la bandera bajo la cual había de consumarse el suicidio colectivo de los viejos partidos. Mientras se aseguraban así por un momento una posición preeminente, destruían a la vez la única razón de su existencia como cuerpo separado. La fuerza conjunta de los partidos unidos tenía que acabar necesariamente en su impotencia general y en su genuflexión común ante un solo hombre. Los peelitas sostuvieron la escalera por la que subió Palmerston.
Si ya en 1852 habían perdido la mitad de sus tropas en el campo de batalla electoral, las elecciones de 1857 han barrido a toda su tropa. Los dos Phillimore, lord Hervey, sir G. Clark, sir Stafford Northcote, lord W. Powlett, A. Gordon, Sutton, Harcourt, Lushington, Smythe, sir J. W. Hogg, conocido por la Compañía de las Indias Orientales, Roundell Palmer y, por último, el señor Cardwell, han desaparecido todos de escena. A este último señor se le había ofrecido, cuando Palmerston asumió el cargo de primer ministro, el puesto de ministro de Hacienda, que rechazó, sin embargo, por consejo de Gladstone, Graham y compañía. Pero con la esperanza de quitarle el viento de las velas a Gladstone, en la sesión agonizante de la Cámara de los Comunes ahora enterrada abandonó a sus amigos y votó con Palmerston en la votación del presupuesto. Por último, durante el debate sobre Cantón, temiendo que la suerte pudiera cambiar, volvió a cambiar de bando, regresó al círculo de los peelitas y suscribió la moción de censura del señor Cobden. Este caballero es, así, un verdadero modelo de esa curiosa unión de sensibilidad moral y caza de cargos sin escrúpulos que caracteriza a la camarilla de los peelitas. Ahora que toda la tropa de los peelitas ha sido arrollada, solo quedan sus tres generales, el señor Gladstone, sir James Graham y el señor Herbert, tres unidades incapaces de formar una trinidad, tan opuestas son entre sí por origen e inclinación: sir James Graham empezó su vida pública como radical, el señor Gladstone como tory extremo y el señor Herbert como alguien indefinible.
Una revelación que el señor Herbert hizo desde la tribuna a sus electores del sur de Wilts es característica del modo en que Palmerston despachó a los peelitas. Nada había hecho tan impopulares a los peelitas como la dirección de la guerra contra Rusia y, sobre todo, el que se respetara Odesa, cosa que se explicaba diciendo que el señor Herbert era sobrino del príncipe Vorontsov.5 En la difusión de esa calumnia venenosa estuvieron en primera fila los secuaces de Palmerston, como el Morning Post, el Sun y el Morning Advertiser. El señor Herbert contó ahora a sus electores que en realidad él había firmado una orden de atacar Odesa, y que, tras su dimisión, lord Palmerston había dado la orden de respetar la plaza. Esto está al mismo nivel que la revelación de lord John Russell en la asamblea electoral de la City de Londres. Como se sabe, Russell cayó en desgracia a consecuencia de su embajada en Viena.6 El Morning Advertiser, beodo de cerveza, el periódico de los taberneros y el órgano de Palmerston para la plebe —tiene órganos de todas clases y para todos los gustos, desde el salón elegante hasta la taberna—, casi perdió su venerable voz durante el tumulto electoral con sus gritos sobre la gran traición de Russell en Viena. Espoleado por esa táctica desvergonzada, Russell encontró al fin el valor de contar al mundo que lord Clarendon le había negado el permiso para publicar las instrucciones, redactadas por el propio Palmerston y escritas de su puño y letra, que dictaban precisamente aquella política de Viena por la que él (Russell) había perdido en su día su popularidad. Un filósofo griego dijo una vez que sus compatriotas los poetas habían inventado sobre los dioses helénicos historias peores de las que nadie se atrevería a contar de su enemigo más mortal. La Francia moderna y la Inglaterra moderna elevan a la categoría de dioses a unos Bonaparte y unos Palmerston, a los que no hacen falta poetas para pintarlos de negro.
De lo dicho se desprende que los pocos generales de los peelitas que han sobrevivido a su ejército reaparecerán en el Parlamento ya no en su calidad corporativa, sino solo en su calidad individual. Como individuo, el señor Gladstone, libre ahora de las trabas de una camarilla, encendido de pasión, y sin duda el mayor orador de la nueva Cámara, puede desempeñar un papel más brillante que nunca. Como sucede a veces en los choques violentos, cada uno de los dos, Gladstone y Disraeli, ha dejado caer de vez en cuando su propia arma durante su largo duelo parlamentario para empuñar la de su adversario. Hasta cierto punto, Gladstone se ha servido de la agudeza polémica de Disraeli, mientras que Disraeli ha empleado el untuoso patetismo de Gladstone, cambio en el que Disraeli difícilmente salió ganando.
Al despedirnos de los peelitas, queremos señalar todavía la sátira de la historia: así como sitúa el nacimiento de esa fracción en la época en que la Liga contra las Leyes de Cereales descompone los viejos partidos parlamentarios, sitúa su muerte en el mismo momento en que se extingue en el Parlamento la escuela de Manchester.
Semanario liberal londinense. ↩
En Las mil y una noches, Simbad carga sobre sus hombros al Viejo del Mar, que luego no hay manera de quitarse de encima. ↩
Los conservadores partidarios de sir Robert Peel (1788-1850), que se separaron del partido tory cuando Peel derogó las Leyes de Cereales en 1846. ↩
El gabinete de coalición de whigs y peelitas presidido por el peelita lord Aberdeen (1852-1855), que sucedió al gobierno tory de lord Derby. ↩
Sidney Herbert (1810-1861), ministro de la Guerra (secretary at war) en el gabinete de Aberdeen, era hijo de una hermana del príncipe Mijaíl Vorontsov, durante muchos años gobernador general de la Nueva Rusia, con sede en Odesa, y luego virrey del Cáucaso. ↩
Lord John Russell representó a Gran Bretaña en la conferencia de Viena de 1855, que trató en vano de poner fin a la guerra de Crimea; las críticas a su actuación le obligaron a dimitir del gobierno de Palmerston en julio de 1855. ↩