Escrito en inglés por Karl Marx el 13 de noviembre de 1857 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5183, del 30 de noviembre de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 320-326), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrige una errata evidente de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

La violenta conmoción del comercio británico ha presentado en apariencia, a lo largo de todo su desarrollo, tres formas claramente distinguibles: la de una presión sobre los mercados de dinero y de mercancías de Londres y Liverpool, la de un pánico bancario en Escocia y la de un hundimiento industrial en los distritos fabriles. Los hechos se expusieron por extenso en nuestro periódico el viernes, en forma de amplios extractos de los periódicos británicos, pero su significado y sus consecuencias probables requieren todavía una explicación más detenida.

Aunque el gobierno, como previmos en un artículo anterior, se vio por fin obligado a suspender la ley bancaria de 1844, no lo hizo hasta que el Banco, en su afán por salvarse a sí mismo, hubo arruinado valientemente a una serie de sus clientes. Pero al fin, la noche del 11 de noviembre, los directores del Banco celebraron un consejo de guerra cuyo resultado fue pedir ayuda al gobierno, que respondió suspendiendo las disposiciones de la ley. Esta medida del gobierno se someterá enseguida a la aprobación del Parlamento, pues esa corporación ha sido convocada para finales de mes. Como hemos mostrado anteriormente, la suspensión tiene que surtir el efecto de un alivio relativo. Suprime una escasez artificial de dinero que la ley bancaria añade a la tensión natural del mercado monetario en los tiempos de reflujo comercial.

Con la vana esperanza de contener la fuerza de la corriente que lo arrastraba todo, el Banco había subido cinco veces su tipo de descuento en el curso de la crisis actual. El 8 del mes pasado se elevó el tipo al 6 por ciento; el 12, al 7; el 22, al 8; el 5 del corriente, al 9, y el 9, al 10 por ciento. La rapidez de este movimiento ofrece un notable contraste con el que acompañó a la crisis de 1847. Entonces el tipo mínimo de descuento se había elevado en abril al 5 por ciento, en julio al 5 1/2 y el 23 de octubre a su punto más alto, el 8 por ciento. A partir de ahí bajó al 7 por ciento el 20 de noviembre, al 6 el 4 de diciembre y al 5 el 25 de diciembre. Los cinco años siguientes forman un periodo en el que el tipo bajó constantemente, de hecho con tanta regularidad como si lo rigiera una escala móvil. Así llegó el 26 de junio de 1852 a su punto más bajo, el 2 por ciento. Los cinco años siguientes, de 1852 a 1857, muestran un movimiento opuesto. El 8 de enero de 1853 el tipo estaba en el 2 1/2 por ciento, el 1 de octubre de 1853 era del 5, y después, tras muchos cambios sucesivos, ha alcanzado por fin su altura actual. Hasta aquí, las oscilaciones del tipo de interés durante el periodo de diez años que ahora termina solo han mostrado los fenómenos habituales en las fases recurrentes del comercio moderno. Resumidas, esas fases son: restricción extrema del crédito en el año del pánico; a esa restricción sigue una expansión gradual que alcanza su punto culminante cuando el tipo de interés cae a su nivel más bajo; luego viene de nuevo un movimiento en sentido contrario, una contracción gradual que alcanza su punto más alto cuando el tipo de interés ha subido a su máximo, y ya ha vuelto a empezar el año del pánico. Pero si se examina más de cerca, se descubrirán en la segunda parte del periodo actual algunos fenómenos que lo distinguen en general de todos los anteriores. Durante los años de prosperidad de 1844 a 1847, el tipo de interés osciló en Londres entre el 3 y el 4 por ciento, de modo que todo el periodo se caracterizó por un crédito relativamente barato. Cuando el 10 de abril de 1847 el tipo de interés llegó al 5 por ciento, la crisis ya había empezado, y su estallido general solo se aplazó unos pocos meses mediante una serie de artificios. En cambio, el tipo de interés, que el 6 de mayo de 1854 había subido ya al 5 1/2 por ciento, bajó sucesivamente al 5, al 4 1/2, al 4 y al 3 1/2 por ciento, y en este último nivel se mantuvo del 16 de junio al 8 de septiembre de 1855. Luego pasó otra vez por los mismos cambios en sentido contrario, subiendo al 4, al 4 1/2 y al 5 por ciento, hasta alcanzar en octubre de 1855 el mismo nivel del que había partido en mayo de 1854, el 5 1/2 por ciento. Dos semanas después, el 20 de octubre de 1855, subió al 6 por ciento para las letras a corto plazo y al 7 para las de largo plazo. Pero de nuevo se inició un movimiento contrario. En el curso de 1856 el tipo de interés subió y bajó hasta llegar otra vez en octubre de 1856 al 6 y al 7 por ciento, los valores de los que había partido en octubre del año anterior. El 5 de noviembre de 1856 subió al 7 por ciento, pero con oscilaciones a la baja irregulares y a menudo interrumpidas, que en tres meses lo hicieron bajar hasta el 5 1/2. Solo el 12 de octubre de este año, cuando la crisis americana había empezado a repercutir en Inglaterra, recobró la altura inicial del 7 por ciento. Desde ese momento su movimiento ascendente fue rápido y sostenido, y acabó por conducir a una paralización casi completa del negocio de descuento.

Dicho de otro modo, en la segunda mitad del periodo de 1848 a 1857 la inestabilidad del tipo de interés se intensificó a intervalos mucho más frecuentes, y de octubre de 1855 a octubre de 1857 pasaron dos años de dinero caro, con oscilaciones del tipo de interés entre el 5 1/2 y el 7 por ciento. Al mismo tiempo, pese a ese alto tipo de interés, la producción y el intercambio siguieron adelante sin merma, a una velocidad que antes no se habría creído posible. Por una parte, estos fenómenos extraordinarios pueden atribuirse a las remesas de oro de Australia y de los Estados Unidos, llegadas en el momento oportuno, que permitieron al Banco de Inglaterra aflojar de vez en cuando la presión; por otra, es evidente que la crisis estaba ya madura en octubre de 1855, que se aplazó mediante una serie de demoras pasajeras y que por eso su estallido definitivo superará a toda crisis vivida anteriormente, tanto por la violencia de los síntomas como por la extensión de su propagación. El curioso hecho de que el tipo de interés del 7 por ciento del 20 de octubre de 1855 reapareciera el 4 de octubre de 1856 y el 12 de octubre de 1857 bastaría casi para probar esta afirmación, aunque no supiéramos además que ya en 1854 una sacudida de advertencia había estremecido a Inglaterra y que en el continente todos los síntomas del pánico se habían repetido ya en octubre de 1855 y de 1856. Pero si se prescinde de estas circunstancias agravantes, el periodo de 1848 a 1857, considerado en su conjunto, presenta un parecido sorprendente con el de 1826 a 1836 y con el de 1837 a 1847.

Cierto que nos dijeron que el librecambio británico lo cambiaría todo, pero si algo ha quedado probado es por lo menos una cosa: que los doctores del librecambio no son más que unos curanderos. Como en tiempos anteriores, a una serie de buenas cosechas siguió una serie de malas. Pese al librecambio que todo lo salva, en Inglaterra han regido de 1853 a 1857 precios medios del trigo y de todos los demás productos brutos aún más altos que de 1820 a 1853; y, lo que es más notable, mientras que la industria, pese a los altos precios del grano, tuvo un auge sin precedentes, ahora, como para desbaratar cualquier escapatoria posible, ha sufrido un hundimiento sin precedentes pese a una cosecha abundante.

Nuestros lectores comprenderán, naturalmente, que ese tipo de descuento del 10 por ciento del Banco de Inglaterra no es más que un tipo de interés nominal, y que los intereses que de verdad se pagan en Londres por el papel de primera clase superan con mucho esa cifra.

«Los tipos de interés que se piden en el mercado libre —escribe el Daily News— están muy por encima de los del Banco». «Ni siquiera el Banco de Inglaterra —escribe el Morning Chronicle— descuenta al tipo del 10 por ciento, salvo en muy pocos casos, que son la excepción y no la regla, mientras que fuera, como es sabido, lo que se pide se aparta de la cotización indicada». «La imposibilidad de obtener dinero en ninguna condición sobre el papel de segunda y tercera clase —escribe el Morning Herald— está causando ya daños enormes». «En consecuencia —opina The Globe—, los negocios se paralizan; quiebran casas cuyo activo supera al pasivo, y el comercio parece hallarse en una revolución general».

En parte por esta presión sobre el mercado monetario y en parte por la afluencia de mercancías americanas, todos los artículos del mercado de mercancías han bajado de precio. En el curso de unas pocas semanas, el algodón ha caído en Liverpool de un 20 a un 25 por ciento, el azúcar un 25 por ciento, el grano un 25 por ciento, y el café, el salitre, el sebo, el cuero y otros artículos parecidos les han seguido de inmediato.

«Es casi imposible —escribe el Morning Post— conseguir que se descuenten letras y obtener préstamos sobre mercancías». «En Mincing Lane1 —escribe el Standard— el comercio está completamente desquiciado. Ya no es posible vender ninguna mercancía si no es por vía de trueque, pues el dinero queda descartado».

Toda esta desgracia, sin embargo, no habría hecho hincar la rodilla tan pronto al Banco de Inglaterra si no se hubiera producido el pánico bancario de Escocia. En Glasgow, a la quiebra del Western Bank siguió la del City of Glasgow Bank, lo que a su vez provocó una retirada general de fondos por parte de los depositantes de la burguesía y de los tenedores de billetes de las clases trabajadoras, y acabó en tumultos ruidosos que obligaron incluso al alcalde de Glasgow a recurrir a la ayuda de las bayonetas. El City of Glasgow Bank, que tenía el honor de estar dirigido por nada menos que el duque de Argyll,2 poseía un capital desembolsado de un millón de libras esterlinas, un fondo de reserva de 90.595 libras y noventa y seis sucursales repartidas por el país. Su emisión autorizada era de 72.921 libras esterlinas, y la del Western Bank of Scotland, de 225.292, lo que hace en total 298.213 libras, o casi una décima parte de todo el medio circulante legalmente autorizado de Escocia. El capital de estos bancos lo había reunido sobre todo la población rural, en pequeñas sumas.

El pánico escocés repercutió, naturalmente, en el Banco de Inglaterra, y de sus cámaras se enviaron a Escocia 300.000 libras esterlinas el 11 de noviembre y de 600.000 a 700.000 el 12 de noviembre. También se reclamaron otras sumas en favor de los bancos irlandeses, mientras los bancos provinciales ingleses retiraban fuertes depósitos, de modo que el departamento de banca del Banco de Inglaterra se vio llevado de golpe al borde de la quiebra. Es probable que la crisis general no haya hecho más que ofrecer a los dos bancos escoceses citados un pretexto para hacer un mutis decoroso, pues estaban podridos hasta la médula desde hacía mucho. Pero queda el hecho de que el alabado sistema bancario escocés —que en 1825-1826, en 1836-1837 y en 1847 resistió los huracanes que barrieron a los bancos ingleses e irlandeses— ha conocido por primera vez una retirada general de fondos bajo el imperio de la ley bancaria de Peel, impuesta a Escocia en 1845;3 que allí se ha oído por primera vez el grito de «oro a cambio de papel», y que en Edimburgo se han rechazado por primera vez incluso billetes del Banco de Inglaterra. La idea de los defensores de la ley de Peel de que esta, si no era capaz de evitar las crisis monetarias, aseguraría al menos la convertibilidad de los billetes en circulación, se ha venido abajo: los tenedores de billetes comparten la suerte de los depositantes.

El estado general de los distritos manufactureros británicos no puede describirse mejor que con dos extractos de prensa: uno procede de una circular comercial de Manchester reproducida en el Economist, y el otro, de una carta particular de Macclesfield publicada en la Free Press4 de Londres. Tras dar un cuadro comparativo del comercio del algodón en los últimos cinco años, la circular de Manchester sigue así:

«Los precios han bajado esta semana con una aceleración que crecía de día en día. Para numerosas clases de mercancías no pueden darse precios, porque no han encontrado comprador, y donde se dan precios dependen en general más de la posición o de las ideas del propietario que de la demanda. No hay demanda corriente. El comercio interior ha acumulado más existencias de las que, dadas las perspectivas para el invierno, puede esperar vender». (Que los mercados exteriores han quedado saturados, la circular no lo dice, naturalmente.) «La jornada reducida se ha implantado ya en general como una necesidad; se calcula que su alcance supera en la actualidad la quinta parte de toda la producción. Las objeciones a su implantación disminuyen de día en día, y ahora se discute si no sería oportuno cerrar más bien del todo las fábricas por una temporada».

El autor de la carta de Macclesfield nos cuenta:

«Por lo menos 5.000 personas, artesanos cualificados y sus familias, que se levantan cada mañana sin saber de dónde sacar alimento para romper el ayuno,5 se han dirigido a la junta de beneficencia en busca de socorro, y como pertenecen a la categoría de los pobres físicamente aptos, no les queda más alternativa que picar piedra por unos cuatro peniques al día o entrar en el asilo de pobres, donde se los trata como a presos y se les da una comida mala y escasa por un agujero en la pared; y en cuanto a picar piedra, para gentes cuyas manos solo sirven para trabajar el material más fino, la seda, equivale a negarles por completo toda ayuda».

Lo que los autores ingleses consideran una ventaja de su crisis actual frente a la de 1847 —que no hay un campo ilimitado de especulación, como, por ejemplo, los ferrocarriles, que absorba su capital— no es cierto en modo alguno. La verdad es que los ingleses han participado en gran medida en especulaciones en el extranjero, tanto en el continente europeo como en América, mientras que en el interior su capital sobrante se ha invertido sobre todo en fábricas, de manera que la conmoción actual tiene, más que nunca, el carácter de una crisis industrial y toca, por tanto, directamente las raíces de la prosperidad nacional.

En el continente europeo la epidemia se ha propagado en una dirección de Suecia a Italia y en la otra de Madrid a Pest. Hamburgo, que es el gran centro comercial de las exportaciones e importaciones del Zollverein y del mercado monetario general del norte de Alemania, tenía que soportar, naturalmente, la primera sacudida. En cuanto a Francia, el Banco de Francia ha subido su tipo de descuento al nivel inglés; se han revocado los decretos que prohibían la exportación de grano; todos los periódicos de París han recibido la advertencia confidencial de guardarse de hacer consideraciones sombrías; a los comerciantes de metales preciosos los asustan los gendarmes, y el propio Luis Bonaparte se digna informar a sus súbditos, en una carta bastante necia, de que no se siente preparado para un golpe de Estado financiero y de que, por consiguiente, «el mal solo existe en la imaginación».

  1. Calle de la City de Londres, centro del comercio de productos coloniales (té, azúcar, café, especias). ↩

  2. George Campbell (1823-1900), octavo duque de Argyll, aristócrata escocés y político del partido peelita. ↩

  3. Por la ley de billetes de banco para Escocia de 1845, que extendió a los bancos escoceses los principios de la ley de 1844. ↩

  4. The Free Press, periódico londinense de David Urquhart, crítico de la política exterior de Palmerston. ↩

  5. En inglés en la versión de la MEW: to break their fast, juego de palabras con breakfast, «desayuno», como en el español «desayunar». ↩