Escrito en inglés por Karl Marx el 27 de noviembre de 1857 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5196, del 15 de diciembre de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 335-338), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Mientras a este lado del océano nos recreábamos con nuestro pequeño preludio del gran estruendo sinfónico de las bancarrotas que entretanto se ha abatido sobre el mundo, nuestro excéntrico colega, el Times de Londres, tocaba triunfales variaciones retóricas sobre el tema de la «salud» del comercio británico. Ahora, sin embargo, pulsa otras cuerdas, más tristes. En uno de sus últimos números, el del 26 de noviembre, que el Europe trajo ayer a estas dichosas costas, ese periódico declara que «los círculos comerciales de Inglaterra están enfermos hasta la médula». Y, prosiguiendo, desbordado de indignación moral, exclama:

«Lo que causa la mayor ruina es la carrera desmoralizadora que se ha corrido durante ocho o diez años de prosperidad antes de que llegue el final. El veneno se inocula criando bandas de especuladores sin freno y de falsificadores de letras y elevándolos a modelos del afortunado espíritu de empresa británico, de manera que se quebranta la confianza en el lento enriquecimiento por medio de la laboriosidad honrada. Cada foco de corrupción así creado forma un círculo que traza círculos cada vez más amplios».

No vamos a preguntar ahora si los periodistas ingleses que durante un decenio propagaron la doctrina de que la era de las convulsiones comerciales había terminado para siempre con la implantación del librecambio tienen derecho a transformarse de golpe, de panegiristas serviles, en censores romanos de la moderna caza del dinero. Los siguientes estados, presentados hace poco en juntas de acreedores en Escocia, pueden servir, sin embargo, de sobrio comentario a la «salud» del comercio británico.

John Monteith & Co., pasivo que excede del activo430.000 libras esterlinas
D. & T. Macdonald334.000 libras esterlinas
Godfrey, Pattison & Co.240.000 libras esterlinas
William Smith & Co.104.000 libras esterlinas
T. Trehes, Robinson & Co.75.000 libras esterlinas
Total1.183.000 libras esterlinas

«De este cuadro se desprende —escribe el North British Mail— que, según declaración de los propios quebrados, los acreedores de cinco casas han perdido 1.183.000 libras esterlinas».

Precisamente la repetición de las crisis a intervalos regulares, pese a todas las advertencias del pasado, excluye, sin embargo, la idea de buscar sus causas últimas en la temeridad de los individuos. Si la especulación aparece hacia el final de un periodo comercial determinado como precursora inmediata del hundimiento, no hay que olvidar que la especulación misma se ha engendrado en las fases precedentes del periodo y que, por tanto, es ella misma un resultado y un fenómeno, y no la causa última y la esencia. Los economistas políticos que pretenden explicar por la especulación las convulsiones regulares de la industria y el comercio se parecen a la escuela, hoy extinguida, de filósofos de la naturaleza que consideraban la fiebre la verdadera causa de todas las enfermedades.

Hasta ahora el centro de la crisis europea ha seguido estando en Inglaterra, y, como habíamos previsto, en la propia Inglaterra ha cambiado de aspecto. Si la primera repercusión de nuestra conmoción americana en Gran Bretaña se manifestó en un pánico monetario, acompañado de una depresión general del mercado de mercancías y seguido algo más tarde de miseria y penuria en la industria, ahora la crisis industrial ocupa el primer lugar y las dificultades monetarias el último. Si por un momento Londres fue el foco del incendio, ahora lo es Manchester. La conmoción más grave a que jamás se ha visto expuesta la industria inglesa, y la única que produjo grandes cambios sociales, la crisis industrial de 1838 a 1843, fue acompañada durante un breve tiempo, en 1839, de una restricción del mercado monetario, mientras que durante la mayor parte de ese periodo el tipo de interés estuvo bajo y llegó a caer incluso al 2 1/2 y al 2 por ciento. No hacemos esta observación porque veamos en la relativa mejoría del mercado monetario de Londres un síntoma de su recuperación definitiva, sino solo para dejar constancia del hecho de que, en un país tan industrial como Inglaterra, las oscilaciones del mercado monetario están muy lejos de indicar la intensidad y la extensión de una crisis comercial. Compárense, por ejemplo, los periódicos de la misma fecha de Londres y de Manchester. Aquellos, que no observan más que la salida y la entrada de metal precioso, rebosan de alegría cuando el Banco de Inglaterra ha reforzado su posición con una nueva compra de oro. Los periódicos de Manchester rebosan de pesadumbre, porque sienten que esa fortaleza se ha comprado a su costa, con una subida del tipo de interés y una baja de los precios de sus mercancías. Por eso, incluso el señor Tooke, el autor de la History of Prices,1 por bien que trate los fenómenos del mercado monetario de Londres y de los mercados coloniales, se ha mostrado incapaz no solo de describir los estrechamientos en el corazón de la producción inglesa, sino también de comprenderlos.

En cuanto al mercado monetario inglés, su historia durante la semana que terminó el 27 de noviembre muestra, por una parte, una alternancia constante de días con quiebras y días sin quiebras y, por otra, la mejoría de la situación del Banco de Inglaterra y el hundimiento del Northumberland and Durham District Bank. Este banco, fundado hace 21 años, con 408 accionistas y un capital desembolsado de 562.891 libras esterlinas, tenía su sede central en Newcastle y sucursales en Alnwick, Berwick, Hexham, Morpeth, North Shields y South Shields, Sunderland y Durham. Su pasivo se cifra en tres millones de libras esterlinas, y solo los salarios semanales que se pagaban por su mediación, en 35.000 libras. La primera consecuencia de su hundimiento será, naturalmente, el cierre de las grandes minas de carbón y de las fundiciones de hierro que funcionaban con los préstamos de ese banco. Se dejará, pues, sin trabajo a muchos miles de obreros.

Se dice que el Banco de Inglaterra ha aumentado su reserva metálica en unas 700.000 libras esterlinas; esa entrada de metal se debe en parte al cese de la salida hacia Escocia, en parte a los envíos de este país2 y de Rusia y, finalmente, a la llegada de oro de Australia. Esta evolución no tiene nada de notable, pues está completamente claro que el Banco de Inglaterra, apretando el tipo de interés, recortará la importación, forzará la exportación, hará volver una parte del capital británico invertido en el extranjero y, por consiguiente, invertirá la balanza comercial y provocará la entrada de cierta cantidad de metal precioso. No menos seguro es que, a la menor relajación de las condiciones de descuento, el oro empezará de nuevo a salir al extranjero. La única cuestión es cuánto tiempo podrá mantener el Banco esas condiciones.

El informe oficial de la Junta de Comercio correspondiente al mes de octubre, el mes en que el tipo mínimo de descuento se subió sucesivamente al 6, al 7 y al 8 por ciento, demuestra a todas luces que el primer efecto de esta operación no fue suspender la producción, sino imponer las mercancías inglesas a los mercados extranjeros y reducir la importación de mercancías extranjeras.

Pese a la crisis americana, la exportación de octubre de 1857 presenta, comparada con la de octubre de 1856, un excedente de 318.838 libras esterlinas; pero la considerable disminución del consumo de todos los alimentos y artículos de lujo que refleja el mismo informe prueba que ese excedente no fue en modo alguno rentable ni la consecuencia natural de una industria floreciente. El contragolpe de la crisis sobre la industria inglesa se hará visible en los próximos informes de la Junta de Comercio. Una comparación de los informes de cada mes de enero a octubre de 1857 muestra que la producción inglesa alcanzó su punto máximo en mayo, cuando la exportación superó a la de mayo de 1856 en 2.648.904 libras esterlinas. Con las primeras noticias de la sublevación de la India, la producción total cayó en junio por debajo del nivel del mismo mes de 1856 y mostró un retroceso relativo de la exportación de 30.247 libras esterlinas. Pese a la contracción del mercado indio, en julio la producción no solo había recobrado el nivel del mismo mes de 1856, sino que lo superaba en nada menos que 2.233.306 libras esterlinas. Está claro, pues, que en ese mes los demás mercados, además de su consumo normal de mercancías, tuvieron que absorber no solo la parte de la exportación que solía ir a la India, sino también un gran excedente sobre lo que Inglaterra producía de ordinario. En ese mes, por tanto, los mercados extranjeros parecen haber quedado tan saturados que el aumento de la exportación tuvo que bajar poco a poco de unos dos millones y dos tercios a 885.513 libras esterlinas en agosto, a 852.203 en septiembre y a 318.838 en octubre. El estudio de los informes comerciales ingleses ofrece la única clave segura del secreto de la conmoción actual en aquel país.

  1. Thomas Tooke (1774-1858), economista inglés, autor de A History of Prices and of the State of the Circulation (1838-1857, en seis tomos, los dos últimos con William Newmarch). ↩

  2. Es decir, de los Estados Unidos, desde donde escribe el Tribune. ↩