Escrito en inglés por Karl Marx el 21 de agosto de 1857 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5110, del 5 de septiembre de 1857. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 264-267), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la transcripción inglesa. Se corrigen algunas erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Lord Palmerston aprovechó la penúltima sesión de los Comunes antes de su prórroga para dejarles entrever un poco los entretenimientos que reserva al público inglés durante el interregno entre la legislatura que acaba de terminar y la venidera. El primer número de su programa es el anuncio de la reanudación de la guerra persa, que, según había declarado él mismo hace unos meses, quedó definitivamente terminada con una paz concluida el 4 de marzo. Como el general sir De Lacy Evans expresara la esperanza de que se hubiera ordenado al coronel Jacob1 regresar a la India con sus fuerzas, acantonadas ahora en el golfo Pérsico, lord Palmerston declaró sin rodeos que mientras Persia no hubiera cumplido los compromisos contraídos en el tratado no podían retirarse las tropas del coronel Jacob. Ahora bien, Herat no había sido evacuada aún. Al contrario, circulaban rumores que afirmaban que Persia había enviado fuerzas adicionales a Herat. Es verdad que el embajador persa en París lo había desmentido; pero se abrigaban con razón grandes dudas sobre la buena fe de Persia, y por consiguiente las fuerzas británicas al mando del coronel Jacob seguirían ocupando Bushehr. Al día siguiente de la declaración de lord Palmerston, un despacho telegráfico trajo la noticia de la exigencia categórica que el señor Murray2 había planteado al gobierno persa de que evacuara Herat, exigencia que puede considerarse con razón la precursora de una nueva declaración de guerra. Tal es el primer efecto internacional de la rebelión india.
El segundo número del programa de lord Palmerston compensa su falta de detalles con la amplia perspectiva que despliega. Cuando anunció por primera vez la retirada de grandes fuerzas militares de Inglaterra para enviarlas a la India, respondió a sus adversarios, que le acusaban de dejar a Gran Bretaña desguarnecida de su poder defensivo y de ofrecer así a los países extranjeros la ocasión de aprovecharse de su posición debilitada, que
«el pueblo de Gran Bretaña nunca toleraría semejante proceder, y que se alistarían de repente y con rapidez hombres suficientes para cualquier eventualidad que se presentara».
Ahora, en vísperas de la prórroga del Parlamento, habla en un tono muy distinto. Al consejo del general De Lacy Evans de enviar las tropas a la India en navíos de línea de hélice, no respondió, como había hecho antes, afirmando la superioridad de la vela sobre la hélice, sino que, al contrario, admitió que el plan del general parecía a primera vista muy ventajoso. Sin embargo, la Cámara debía tener presente que
«había otras consideraciones que no debían perderse de vista en cuanto a la conveniencia de mantener en el país fuerzas militares y navales suficientes... Ciertas circunstancias aconsejaban no enviar fuera del país una fuerza naval mayor de lo absolutamente necesario. Los navíos de línea de vapor estaban, sin duda, en reserva y no tenían gran utilidad por el momento; pero si llegaran a ocurrir sucesos como los que se habían mencionado y necesitaran que sus fuerzas navales se hicieran a la mar, ¿cómo podrían hacer frente al peligro que amenazaba si dejaban que sus navíos de línea hicieran de transportes a la India? Caerían en un grave error si enviaran a la India la flota que circunstancias surgidas en Europa podían hacer necesario armar para su propia defensa con muy poca antelación.»
No se negará que lord Palmerston coloca a John Bull ante un dilema de lo más elegante. Si emplea los medios adecuados para una represión decisiva de la rebelión india, será atacado en casa; y si deja que la rebelión india se consolide, se encontrará, como dijo el señor Disraeli,
«con otros personajes en escena, con quienes tendrá que habérselas, además de los príncipes de la India».
Antes de echar una ojeada a las «circunstancias europeas» a las que se alude con tanto misterio, no estará de más recoger las confesiones hechas en la misma sesión de los Comunes acerca de la situación real de las fuerzas británicas en la India. En primer lugar, se abandonaron, como de común acuerdo, todas las esperanzas optimistas de una toma repentina de Delhi, y las expectativas encumbradas de días anteriores descendieron a la idea más razonable de que habría que felicitarse si los ingleses lograban mantener sus posiciones hasta noviembre, cuando debía producirse el avance de los refuerzos enviados desde la metrópoli. En segundo lugar, se dejaron traslucir los temores de que perdieran la más importante de esas posiciones, Cawnpore, de cuya suerte, como dijo el señor Disraeli, tiene que depender todo, y cuyo socorro consideraba de importancia aún mayor que la toma de Delhi. Por su posición central sobre el Ganges, por su relación con Oudh, Rohilkhand, Gwalior y Bundelkhand y porque sirve de fuerte avanzado frente a Delhi, Cawnpore es, en efecto, en las circunstancias actuales, una plaza de primera importancia. Por último, sir F. Smith,3 uno de los miembros militares de la Cámara, llamó su atención sobre el hecho de que, en realidad, el ejército de la India no tenía ingenieros ni zapadores, pues todos habían desertado y era probable que «hicieran de Delhi una segunda Zaragoza».4 Por otra parte, lord Palmerston había descuidado enviar desde Inglaterra oficiales o soldados del cuerpo de ingenieros.
Volviendo ahora a los sucesos europeos que, según se dice, «se ciernen en el futuro», nos asombra desde el principio el comentario que The London Times hace a las alusiones de lord Palmerston. La Constitución francesa, dice, podría ser derribada, o Napoleón podría desaparecer de la escena de la vida, y entonces se acabaría la alianza francesa, en la que descansa la seguridad actual. Dicho de otro modo, The Times, el gran órgano del gabinete británico, al tiempo que considera una revolución en Francia un acontecimiento que bien puede producirse cualquier día, proclama que la alianza actual no se funda en las simpatías del pueblo francés, sino en una simple conspiración con el usurpador francés. Además de una revolución en Francia, está la querella del Danubio. Con la anulación de las elecciones moldavas no se ha conseguido calmarla, sino solo que entre en una nueva fase. Está, sobre todo, el Norte escandinavo, que en un plazo no lejano se convertirá sin duda en teatro de una gran agitación y quizá dé la señal de un conflicto internacional en Europa. Si todavía se mantiene la paz en el Norte es porque se esperan con ansiedad dos acontecimientos: la muerte del rey de Suecia y la abdicación del actual rey de Dinamarca.5 En una reciente reunión de naturalistas en Cristianía, el príncipe heredero de Suecia se declaró enfáticamente a favor de una unión escandinava.6 Como es un hombre en la flor de la vida, de carácter resuelto y enérgico, el partido escandinavo, que cuenta en sus filas con la ardiente juventud de Suecia, Noruega y Dinamarca, considerará su subida al trono el momento oportuno para tomar las armas. Por otra parte, se dice que al débil e imbécil rey de Dinamarca, Federico VII, la condesa Danner, su esposa morganática,7 le ha permitido por fin retirarse a la vida privada, permiso que hasta ahora le negaba. Fue por causa de ella por lo que el príncipe Fernando, tío del rey y presunto heredero del trono danés, se vio inducido a retirarse de los asuntos del Estado, a los que volvió después a consecuencia de un arreglo obtenido por los demás miembros de la familia real. Pues bien, se dice que en este momento la condesa Danner está dispuesta a cambiar su residencia de Copenhague por una en París, e incluso a empujar al rey a despedirse de las tormentas de la vida política poniendo su cetro en manos del príncipe Fernando. Este príncipe Fernando, un hombre de unos 65 años, ha ocupado siempre ante la corte de Copenhague la misma posición que el conde de Artois —más tarde Carlos X— ocupó ante la corte de las Tullerías.8 Obstinado, severo y ardiente en su fe conservadora, nunca se ha dignado fingir adhesión al sistema constitucional. Y, sin embargo, la primera condición para su subida al trono sería jurar una Constitución que detesta abiertamente. De ahí la probabilidad de disturbios internacionales, que el partido escandinavo, tanto en Suecia como en Dinamarca, está firmemente resuelto a aprovechar en su propio beneficio. Por otra parte, el conflicto entre Dinamarca y los ducados alemanes de Holstein y Schleswig, apoyados en sus reivindicaciones por Prusia y Austria, enredaría todavía más las cosas y arrastraría a Alemania a las agitaciones del Norte, mientras que el tratado de Londres de 1852, que garantiza el trono de Dinamarca al príncipe Fernando, implicaría a Rusia, Francia e Inglaterra.9
John Jacob (1812-1858), oficial británico del ejército de Bombay, mandaba las tropas que seguían en territorio persa. ↩
Charles Augustus Murray (1806-1895), diplomático británico, ministro plenipotenciario en Persia de 1854 a 1859. ↩
Sir Frederic Smith (1790-1874), general de ingenieros y diputado conservador. ↩
Zaragoza resistió en 1808 y 1809 dos sitios del ejército francés, con una defensa casa por casa. ↩
El rey de Suecia y Noruega Óscar I (1799-1859), enfermo desde 1857; el rey de Dinamarca Federico VII (1808-1863). ↩
El príncipe heredero Carlos (1826-1872), rey de Suecia y Noruega como Carlos XV desde 1859. Cristianía es la actual Oslo. ↩
Louise Rasmussen, condesa Danner (1815-1874), antigua bailarina, casada con Federico VII en 1850. ↩
El conde de Artois, hermano de Luis XVI y de Luis XVIII, fue cabeza de los ultrarrealistas durante la Restauración antes de reinar de 1824 a 1830. ↩
El tratado de Londres del 8 de mayo de 1852, firmado por las grandes potencias, Suecia y Dinamarca, garantizaba la integridad de la monarquía danesa con los ducados y regulaba la sucesión al trono. ↩