Escrito en inglés por Karl Marx el 29 de septiembre de 1857 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5142, del 13 de octubre de 1857. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 298-301), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la transcripción inglesa; la fecha añadida, la de su publicación, lo distingue de otros artículos del mismo título. Se corrigen algunas erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Las noticias de la India que trajo ayer el Atlantic tienen dos puntos destacados, a saber: el fracaso del general Havelock en su avance para socorrer Lucknow y la persistencia de los ingleses ante Delhi. Este último hecho solo tiene paralelo en los anales británicos, en la expedición de Walcheren.1 Cuando, hacia mediados de agosto de 1809, el fracaso de aquella expedición era ya seguro, se demoró el reembarque hasta noviembre. Napoleón, al saber que un ejército inglés había desembarcado allí, recomendó que no se le atacara y que los franceses dejaran su destrucción a la enfermedad, que sin duda le haría más daño que los cañones sin costarle un céntimo a Francia. El actual Gran Mogol, todavía más favorecido que Napoleón, se encuentra en condiciones de apoyar la enfermedad con sus salidas y sus salidas con la enfermedad.
Un despacho del gobierno británico fechado en Cagliari el 27 de septiembre nos dice
«que las últimas fechas de Delhi llegan al 12 de agosto, cuando esa ciudad seguía en poder de los rebeldes; pero que se esperaba que se lanzara pronto un ataque, pues el general Nicholson estaba a una jornada de marcha con refuerzos considerables».
Si Delhi no se toma hasta que Wilson y Nicholson2 la ataquen con sus fuerzas actuales, sus murallas seguirán en pie hasta que se caigan solas. Las considerables fuerzas de Nicholson suman unos 4.000 sijs: un refuerzo absurdamente desproporcionado para atacar Delhi, pero lo bastante grande para ofrecer un nuevo pretexto suicida para no levantar el campamento ante la ciudad.
Después de que el general Hewitt3 cometiera la falta, y desde el punto de vista militar puede decirse incluso el crimen, de permitir a los rebeldes de Meerut llegar hasta Delhi, y después de que se perdieran las dos primeras semanas, en las que aún era posible una sorpresa irregular de esa ciudad, el plan del sitio de Delhi parece un desatino casi incomprensible. Una autoridad que nos tomaremos la libertad de colocar incluso por encima de los oráculos militares de The London Times, Napoleón, establece dos reglas de la guerra que parecen casi lugares comunes: 1.ª, que «solo debe emprenderse lo que puede sostenerse, y solo lo que presenta el mayor número de probabilidades de éxito», y 2.ª, que «las fuerzas principales solo deben emplearse allí donde está el objetivo principal de la guerra, la destrucción del enemigo». Al planear el sitio de Delhi se han violado estas reglas rudimentarias. Las autoridades de Inglaterra tenían que saber que el propio gobierno de la India había reparado hacía poco las fortificaciones de Delhi hasta tal punto que esa ciudad solo podía tomarse mediante un sitio en regla, que requería una fuerza sitiadora de 15.000 a 20.000 hombres por lo menos, y mucho más si la defensa se llevaba con una competencia mediana. Ahora bien, si para esta empresa hacían falta de 15.000 a 20.000 hombres, era una locura completa acometerla con 6.000 o 7.000. Los ingleses sabían además que un sitio prolongado, cosa obligada por su debilidad numérica, expondría a sus fuerzas, en ese lugar, en ese clima y en esa estación, a los ataques de un enemigo invulnerable e invisible que sembraría la destrucción en sus filas. Todas las probabilidades de éxito, por tanto, estaban en contra de un sitio de Delhi.
En cuanto al objetivo de la guerra, era sin duda el mantenimiento del dominio inglés en la India. Para alcanzar ese objetivo, Delhi era un punto sin ninguna importancia estratégica. Es verdad que la tradición histórica le daba a los ojos de los indígenas una importancia supersticiosa, en contradicción con su influencia real, y esto bastó para que los cipayos amotinados la escogieran como su punto general de reunión. Pero si, en lugar de trazar sus planes militares conforme a los prejuicios indígenas, los ingleses hubieran dejado en paz a Delhi y la hubieran aislado, la habrían despojado de su influencia imaginaria; mientras que, al plantar sus tiendas ante ella, darse de cabeza contra ella y concentrar en ella su fuerza principal y la atención del mundo, se cortaron incluso las posibilidades de retirada, o, mejor dicho, dieron a una retirada todos los efectos de una derrota señalada. Así no han hecho más que seguirles el juego a los amotinados, que querían hacer de Delhi el objetivo de la campaña. Pero esto no es todo. No hacía falta mucho ingenio para convencer a los ingleses de que lo primordial para ellos era crear un ejército activo de campaña cuyas operaciones pudieran ahogar las chispas del descontento, mantener abiertas las comunicaciones entre sus propias guarniciones militares, arrinconar al enemigo en unos pocos puntos y aislar Delhi. En lugar de obrar conforme a este plan sencillo y evidente, inmovilizan el único ejército activo de que disponen concentrándolo ante Delhi y dejan el campo libre a los amotinados, mientras sus propias guarniciones ocupan puntos dispersos, inconexos, muy distantes entre sí y bloqueados por fuerzas enemigas abrumadoras a las que se deja tomarse todo el tiempo que quieran.
Al fijar su principal columna móvil ante Delhi, los ingleses no han estrangulado a los rebeldes, sino que han petrificado sus propias guarniciones. Pero, aparte de este desatino fundamental en Delhi, apenas hay nada en los anales de la guerra que iguale la estupidez con que se dirigieron las operaciones de esas guarniciones, que actuaban independientemente, sin relación unas con otras, carentes de toda dirección suprema, y no como miembros de un mismo ejército, sino como cuerpos pertenecientes a naciones diferentes e incluso hostiles. Tomemos por ejemplo el caso de Cawnpore y Lucknow. Había dos plazas vecinas y dos cuerpos de tropas separados, ambos muy pequeños y desproporcionados a las circunstancias, puestos bajo mandos distintos, aunque solo los separaban cuarenta millas, y con tan poca unidad de acción entre ellos como si estuvieran en polos opuestos. Las reglas más simples de la estrategia habrían exigido que se facultara a sir Hugh Wheeler, el comandante militar de Cawnpore, para llamar a Cawnpore a sir H. Lawrence, comisario jefe de Oudh, con sus tropas, a fin de reforzar su propia posición evacuando momentáneamente Lucknow. Con esta operación se habrían salvado ambas guarniciones, y con la posterior unión de las tropas de Havelock se habría creado un pequeño ejército capaz de contener Oudh y de socorrer Agra. En lugar de eso, por la acción independiente de las dos plazas, la guarnición de Cawnpore es degollada, la guarnición de Lucknow caerá sin duda con su fortaleza, y hasta los asombrosos esfuerzos de Havelock, que hizo marchar a sus tropas 126 millas en ocho días, sostuvo tantos combates como días tuvo su marcha y lo hizo todo en un clima indio en lo más fuerte del verano, hasta sus heroicos esfuerzos se ven frustrados. Después de haber agotado aún más a sus tropas extenuadas en vanos intentos de rescatar Lucknow, y como sin duda se verá obligado a nuevos sacrificios inútiles con expediciones repetidas desde Cawnpore, ejecutadas en un radio cada vez menor, lo más probable es que tenga que retirarse por fin sobre Allahabad casi sin hombres a sus espaldas. Las operaciones de sus tropas muestran mejor que nada lo que incluso el pequeño ejército inglés que está ante Delhi habría podido hacer si se hubiera concentrado para actuar en campo abierto, en lugar de quedar atrapado vivo en el campamento pestilente. La concentración es el secreto de la estrategia. La descentralización es el plan que han adoptado los ingleses en la India. Lo que tenían que hacer era reducir sus guarniciones al menor número posible, librarlas en el acto de mujeres y niños, evacuar todas las plazas sin importancia estratégica y reunir así en campaña el mayor ejército posible. Ahora, hasta los refuerzos que llegan con cuentagotas, enviados Ganges arriba desde Calcuta, han sido absorbidos de tal modo por las numerosas guarniciones aisladas que ni un solo destacamento ha llegado a Allahabad.
En cuanto a Lucknow, los presagios más sombríos que inspiraban los correos anteriores se confirman ahora. Havelock se ha visto obligado de nuevo a replegarse sobre Cawnpore; no hay posibilidad de socorro por parte de la fuerza aliada nepalesa, y ahora tenemos que esperar la noticia de la toma de la plaza por hambre y de la matanza de sus valientes defensores con sus mujeres y sus hijos.
En julio de 1809 un ejército británico de unos 40.000 hombres desembarcó en la isla de Walcheren, en la desembocadura del Escalda, para atacar Amberes; las fiebres palúdicas le causaron miles de muertos, y la isla se evacuó en diciembre. ↩
Archdale Wilson (1803-1874), general británico, al mando ante Delhi desde mediados de julio de 1857; John Nicholson (1822-1857), general de brigada, llegó a Delhi con la columna móvil del Punyab a mediados de agosto y murió en el asalto de la ciudad en septiembre. ↩
William Hewitt (1790-1863), general británico, comandante de la división de Meerut cuando estalló el motín del 10 de mayo de 1857. ↩