Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 4 de septiembre de 1857 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5119, del 16 de septiembre de 1857. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 285-288), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la transcripción inglesa. Se corrigen algunas erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Londres, 4 de septiembre de 1857

Los ultrajes cometidos por los cipayos sublevados en la India son en verdad espantosos, horribles, indecibles: de los que uno espera encontrar solo en las guerras de insurrección, de nacionalidades, de razas y, sobre todo, de religión; en una palabra, de los que la respetable Inglaterra solía aplaudir cuando los perpetraban los vendeanos contra los «azules»,1 las guerrillas españolas contra los franceses infieles, los serbios contra sus vecinos alemanes y húngaros, los croatas contra los rebeldes vieneses, la Guardia Móvil de Cavaignac o los decembristas de Bonaparte contra los hijos y las hijas de la Francia proletaria.2

Por infame que sea la conducta de los cipayos, no es más que el reflejo, en forma concentrada, de la propia conducta de Inglaterra en la India, no solo en la época de la fundación de su imperio oriental, sino incluso durante los últimos diez años de un dominio asentado hace mucho. Para caracterizar ese dominio basta decir que la tortura era una institución orgánica de su política financiera.3 Hay en la historia humana algo así como una retribución; y es ley de la retribución histórica que su instrumento no lo forje el ofendido, sino el propio ofensor.

El primer golpe asestado a la monarquía francesa vino de la nobleza, no de los campesinos.4 La rebelión india no empieza por los ryots, torturados, deshonrados y despojados hasta quedar desnudos por los británicos, sino por los cipayos, vestidos, alimentados, mimados, cebados y consentidos por ellos. Para encontrar paralelos a las atrocidades de los cipayos no necesitamos, como pretenden algunos periódicos de Londres, remontarnos a la Edad Media, ni siquiera salir de la historia de la Inglaterra contemporánea. Basta con estudiar la primera guerra de China,5 un acontecimiento, por así decirlo, de ayer. La soldadesca inglesa cometió entonces abominaciones por pura diversión, sin que sus pasiones estuvieran santificadas por el fanatismo religioso, ni exacerbadas por el odio a una raza dominante y conquistadora, ni provocadas por la resistencia tenaz de un enemigo heroico. Las violaciones de mujeres, los niños ensartados, las aldeas enteras asadas, no fueron entonces más que deportes gratuitos, de los que no dejaron constancia los mandarines, sino los propios oficiales británicos.

Aun en la catástrofe actual sería un error sin paliativos suponer que toda la crueldad está del lado de los cipayos y que toda la leche de la bondad humana6 fluye del lado de los ingleses. Las cartas de los oficiales británicos rezuman malignidad. Un oficial que escribe desde Peshawar describe el desarme del 10.º de caballería irregular por no cargar contra el 55.º de infantería indígena cuando se le ordenó. Se regocija de que no solo los desarmaran, sino que los despojaran de sus casacas y sus botas y, tras darles 12 peniques por hombre, los llevaran a la orilla del río, los embarcaran y los enviaran Indo abajo, donde el autor espera encantado que todos y cada uno de ellos tengan ocasión de ahogarse en los rápidos. Otro autor nos informa de que, como algunos habitantes de Peshawar causaron una alarma nocturna haciendo estallar pequeñas minas de pólvora en honor de una boda (una costumbre nacional), a los implicados los ataron a la mañana siguiente y

«recibieron una paliza tal que no la olvidarán fácilmente».

Llegó de Pindi7 la noticia de que tres jefes indígenas conspiraban. Sir John Lawrence8 respondió con un mensaje en el que ordenaba que un espía asistiera a la reunión. Tras el informe del espía, sir John envió un segundo mensaje: «Ahorcadlos». Los jefes fueron ahorcados. Un funcionario del servicio civil escribe desde Allahabad:

«Tenemos en nuestras manos el poder de vida y muerte, y les aseguramos que no lo escatimamos.»

Otro, desde el mismo lugar:

«No pasa un día sin que colguemos a diez o quince de ellos (no combatientes).»

Un oficial escribe exultante:

«Holmes los está ahorcando a docenas, como un valiente.»

Otro, aludiendo al ahorcamiento sumario de un gran grupo de indígenas:

«Entonces empezó nuestra diversión.»

Un tercero:

«Celebramos consejos de guerra a caballo, y a todo negro que encontramos lo colgamos o le pegamos un tiro.»

Desde Benarés se nos informa de que treinta zamindares9 fueron ahorcados por la mera sospecha de simpatizar con sus propios compatriotas, y de que se quemaron aldeas enteras con el mismo pretexto. Un oficial de Benarés, cuya carta se publica en The London Times, dice:

«Las tropas europeas se han convertido en demonios cuando se enfrentan a los indígenas.»

Y además no hay que olvidar que, mientras que las crueldades de los ingleses se cuentan como actos de vigor marcial, de modo sencillo y rápido, sin detenerse en detalles repugnantes, los ultrajes de los indígenas, por espantosos que sean, se siguen exagerando deliberadamente. Por ejemplo, el relato circunstanciado de las atrocidades perpetradas en Delhi y en Meerut, que apareció primero en The Times y luego dio la vuelta a la prensa de Londres, ¿de quién procedía? De un clérigo cobarde que reside en Bangalore, en Mysore, a más de mil millas a vuelo de pájaro del escenario de los hechos. Los relatos auténticos de Delhi muestran que la imaginación de un clérigo inglés es capaz de engendrar horrores mayores que incluso la fantasía desatada de un amotinado hindú. Cortar narices, pechos, etc.; en una palabra, las horribles mutilaciones cometidas por los cipayos repugnan más, naturalmente, al sentimiento europeo que el lanzamiento de granadas al rojo sobre las viviendas de Cantón por un secretario de la Sociedad de la Paz de Manchester,10 o el asar a árabes encerrados en una cueva por un mariscal francés,11 o el desollar vivos a soldados británicos con el gato de nueve colas por sentencia de consejos de guerra sumarísimos, o cualquier otro de los instrumentos filantrópicos empleados en las colonias penitenciarias británicas. La crueldad, como cualquier otra cosa, tiene su moda, que cambia según el tiempo y el lugar. César, el erudito consumado, cuenta con franqueza cómo mandó cortar la mano derecha a muchos miles de guerreros galos.12 Napoleón se habría avergonzado de hacerlo. Prefería despachar a sus propios regimientos franceses, sospechosos de republicanismo, a Santo Domingo, para que murieran allí a manos de los negros y de la peste.13

Las infames mutilaciones cometidas por los cipayos recuerdan las prácticas del cristiano Imperio bizantino, o las prescripciones del código penal del emperador Carlos V,14 o los castigos ingleses por alta traición tal como todavía los recoge el juez Blackstone.15 Para los hindúes, a quienes su religión ha hecho virtuosos en el arte de torturarse a sí mismos, estas torturas infligidas a los enemigos de su raza y de su credo parecen completamente naturales, y aún deberían parecérselo más a los ingleses, que hasta hace solo unos años seguían sacando rentas de las fiestas de Jagannath, protegiendo y asistiendo los ritos sangrientos de una religión de la crueldad.16

Los rugidos frenéticos del «viejo y sanguinario Times», como solía llamarlo Cobbett;17 el papel que representa, el de un personaje furioso de una de las óperas de Mozart que se recrea con los acentos más melodiosos en la idea de primero ahorcar a su enemigo, luego asarlo, luego descuartizarlo, luego ensartarlo y luego desollarlo vivo;18 su manera de hacer jirones y harapos la pasión de la venganza,19 todo esto parecería simplemente necio si bajo el patetismo de la tragedia no se percibieran con claridad los trucos de la comedia. The London Times exagera su papel, y no solo por pánico. Proporciona a la comedia un asunto que hasta a Molière se le escapó: el Tartufo de la venganza. Lo que quiere simplemente es hacer subir los fondos públicos y cubrir al gobierno. Como Delhi no ha caído, como las murallas de Jericó, ante simples soplos de aire, hay que empapar a John Bull de gritos de venganza hasta las orejas, para que olvide que su gobierno es responsable del mal que se ha incubado y de las dimensiones colosales que se le ha permitido alcanzar.

  1. Los «azules» eran los soldados de la República, por el color de sus uniformes, en la guerra de la Vendée (1793-1796). ↩

  2. Los serbios de Hungría y los croatas del ban Jelačić combatieron en 1848-1849 al lado de los Habsburgo contra la revolución húngara, y las tropas croatas participaron en el aplastamiento de la insurrección de Viena en octubre de 1848. La Guardia Móvil del general Cavaignac reprimió la insurrección obrera de París de junio de 1848; los «decembristas» son los partidarios de Luis Bonaparte que hicieron el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩

  3. Marx lo documenta en el editorial «La investigación sobre las torturas en la India», que el New-York Daily Tribune publicó al día siguiente de esta correspondencia, el 17 de septiembre de 1857. ↩

  4. Alusión a la resistencia de la nobleza y los parlamentos a las reformas fiscales de la monarquía en 1787-1788, que llevó a la convocatoria de los Estados Generales. ↩

  5. La primera guerra del opio (1839-1842). ↩

  6. Expresión de Shakespeare, Macbeth, acto I, escena 5. ↩

  7. Rawalpindi, en el Punyab. ↩

  8. John Lawrence (1811-1879), comisario jefe del Punyab, hermano de Henry Lawrence; más tarde virrey de la India. ↩

  9. Terratenientes y recaudadores hereditarios del impuesto sobre la tierra. ↩

  10. Sir John Bowring (1792-1872), gobernador de Hong Kong, miembro de la Sociedad de la Paz, ordenó en octubre de 1856 el bombardeo de Cantón que abrió la segunda guerra del opio. ↩

  11. En junio de 1845, en Argelia, tropas del coronel Pélissier, más tarde mariscal, asfixiaron con fuego a cientos de miembros de la tribu de los Uled Riah refugiados en las cuevas del Dahra. ↩

  12. Tras la toma de Uxellodunum (51 a. C.). El relato está en el libro VIII de la Guerra de las Galias, escrito por Aulo Hircio. ↩

  13. En 1802 Napoleón envió a Santo Domingo (Haití) el ejército del general Leclerc, en el que había muchos soldados del antiguo ejército del Rin, de fama republicana; la fiebre amarilla y la insurrección de los negros lo diezmaron. ↩

  14. La Constitutio Criminalis Carolina, código penal del Imperio aprobado en 1532. ↩

  15. William Blackstone (1723-1780), jurista inglés, autor de los Commentaries on the Laws of England (1765-1769). ↩

  16. El templo de Jagannath, en Puri (Orissa). Hasta 1840 la Compañía de las Indias Orientales cobró un impuesto a los peregrinos. ↩

  17. William Cobbett (1763-1835), publicista radical inglés. ↩

  18. Osmín, en El rapto en el serrallo (1782). ↩

  19. Alusión a Hamlet, acto III, escena 2. ↩