Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 20 de marzo de 1857 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4980, del 6 de abril de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 156-161), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 20 de marzo de 1857
El futuro historiador que escriba la historia de Europa de 1848 a 1858 se sorprenderá del parecido entre los llamamientos que Bonaparte dirigió en 1851 a Francia y Palmerston en 1857 al Reino Unido. Ambos aparentaron apelar del Parlamento a la nación, de la pérfida coalición de los partidos a la cándida opinión del público. Ambos se presentaron con argumentos parecidos. Si Bonaparte quería salvar a Francia de una crisis social, Palmerston quiere salvar a Inglaterra de una crisis internacional. Como Bonaparte, también Palmerston tiene que justificar la necesidad de un ejecutivo fuerte frente a la palabrería hueca y la injerencia impertinente del poder legislativo. Bonaparte se dirigía a la vez a los conservadores y a los revolucionarios: a aquellos como enemigo de los aristócratas, a estos como enemigo de la usurpación burguesa. ¿Y no ha insultado Palmerston a todos los gobiernos despóticos? ¿Puede resultarle odioso a algún liberal? ¿No ha traicionado, por otra parte, todas las revoluciones? ¿No ha de ser el elegido de los conservadores? Se opuso a toda reforma, ¿y no habrían de estar con él los conservadores? Mantiene a los tories apartados de los cargos, ¿y habrían de abandonarlo los cazadores de cargos liberales? Bonaparte lleva un nombre que infunde temor al extranjero y que se identifica con la gloria francesa. ¿Y no vale lo mismo para Palmerston respecto del Reino Unido? Por lo menos, salvo algunas breves interrupciones, ha ocupado el Ministerio de Asuntos Exteriores desde 1830, desde los días de la Reforma en Inglaterra, es decir, desde los comienzos de su historia moderna. En consecuencia, la posición internacional de Inglaterra, por «temible» o «gloriosa» que pueda parecer aquí y allá a ojos extranjeros, tiene su centro en la persona de lord Palmerston. De un solo golpe barrió Bonaparte a todos los grandes hombres oficiales de Francia; ¿y no «hace añicos» Palmerston a los Russell, Graham, Gladstone, a los Roebuck, Cobden, Disraeli y tutti quanti? Bonaparte no se atenía a ningún principio, no conocía obstáculos, pero prometía dar al país lo que necesitaba: un hombre. Lo mismo Palmerston. Es un hombre. Sus peores enemigos no se atreven a reprocharle que represente un principio.
¿No fue el régimen de la Assemblée législative el régimen de una coalición de legitimistas y orleanistas, mezclados con unos cuantos republicanos burgueses?1 Su propia coalición probaba la disolución de los partidos que representaban, mientras que las viejas tradiciones de partido no les permitían fundirse en otra unidad que una negativa. Semejante unidad negativa es incapaz de actuar; sus actos solo pueden ser negativos, solo puede frenar el desarrollo; de ahí el poder de Bonaparte. ¿No vale lo mismo para Palmerston? ¿No era el Parlamento que ha sesionado desde 1852 un Parlamento de coalición? ¿Y no se encarnó por eso desde el principio en un gabinete de coalición? Cuando Bonaparte cerró por la fuerza la Assemblée nationale, esta ya no tenía una mayoría capaz de trabajar. Exactamente lo mismo le ocurrió a la Cámara de los Comunes cuando Palmerston anunció su disolución definitiva. Pero aquí acaba la comparación. Bonaparte dio su coup d'état antes de apelar a la nación. Limitado por las trabas constitucionales, Palmerston tiene que apelar a la nación antes de intentar un coup d'état. No puede negarse que en este aspecto todas las ventajas están de parte de Bonaparte. Las matanzas de París, las dragonadas en las provincias, el estado de sitio general, las proscripciones y deportaciones en masse, la bayoneta calada detrás de la urna y el cañón delante de ella prestaban a los argumentos de la prensa bonapartista (la única que no había arrastrado el diluvio de diciembre) una elocuencia siniestra cuya fuerza de persuasión no podían destruir ni su sofistería superficial, ni su lógica abominable, ni su servilismo ampuloso y repugnante. Por el contrario, la causa de Palmerston se debilita tanto más cuanto más se hinchan sus secuaces. Pese a ser tan gran diplomático, ha olvidado decir a sus esclavos que tengan presente la receta del ciego que quería guiar al cojo; ha olvidado inculcarles el pas de zèle2 de Talleyrand. Y en efecto, han representado demasiado bien su papel. Léase, por ejemplo, el ditirambo siguiente que soltó un periódico de la capital:
«¡Palmerston para siempre! Este grito esperamos oírlo resonar desde todas las tribunas electorales [...]. La más entregada lealtad a lord Palmerston es el primer principio en que hay que insistir en el credo de todo candidato [...]. Es indispensable que los candidatos liberales se vean obligados a reconocer que lord Palmerston como primer ministro es una necesidad política del momento. Es necesario que se le reconozca como el hombre del tiempo, no solo como el hombre que viene, sino como el hombre que ha venido; no solo como el hombre para la crisis, sino como el hombre, y el único hombre vivo, para las complicaciones que a todas luces aguardan a nuestro país [...]. Es el ídolo del momento, el favorito del pueblo, el sol naciente y el sol ya levantado.»
No es de extrañar que John Bull se resista ante esto y que haya empezado una reacción contra la fiebre de Palmerston.
La persona de Palmerston ha sido declarada principio político; no es de extrañar, pues, que sus adversarios hayan hecho un principio político de examinar con lupa su persona. De hecho, vemos que Palmerston ha conseguido como por arte de magia la resurrección de entre los muertos de todas las grandezas caídas de la Inglaterra parlamentaria. Prueban este aserto el espectáculo que ofreció la comparecencia de lord John Russell (el whig) ante los electores de la capital reunidos en la London Tavern,3 la función que dio sir James Graham, el peelita, a sus electores de Carlisle, y por último la actuación de Richard Cobden, representante de la escuela de Manchester, ante la asamblea del abarrotado Free Trade Hall de Manchester. Palmerston no ha obrado como Hércules. No ha matado a un gigante levantándolo en el aire, sino que ha dado nuevas fuerzas a unos enanos arrojándolos de nuevo a la tierra.4 Si alguien había caído en la estima pública, era sin duda lord John Russell, padre de todos los abortos legislativos, héroe del principio de utilidad, negociador de Viena,5 el hombre en cuyas manos todo se reducía fatalmente a nada. Mírese ahora su comparecencia triunfal ante los electores de Londres. ¿A qué se debe el cambio? Resultó sencillamente de las circunstancias en que lo había puesto Palmerston. Yo, dijo Russell, soy el padre de la ley del Test y de la de Corporaciones,6 del proyecto de reforma parlamentaria, de la reforma de los ayuntamientos, del arreglo de la cuestión del diezmo eclesiástico, de algunas leyes liberales sobre los disidentes y de otras leyes relativas a Irlanda. En una palabra, en mí se encarna el contenido de todo lo que alguna vez fue progresista en la política whig. ¿Van a sacrificarme a un hombre que representa el whiggismo sin sus elementos populares, que no representa el whiggismo como partido político, sino solo como una pandilla de cazadores de cargos? Y luego convirtió precisamente sus defectos en ventaja. Siempre he sido adversario del voto secreto. ¿Esperan ahora de mí que, porque Palmerston me ha proscrito, me rebaje retractándome de mis convicciones y comprometiéndome a reformas radicales? ¡No!, gritaron sus oyentes. No había que comprometer a lord John en este momento a apoyar el voto secreto. Es señal de grandeza en este hombre pequeño declararse, en las circunstancias actuales, partidario de reformas graduales. ¡Tres vivas y otro más por John Russell sin el voto secreto! Y luego echó en la balanza el peso decisivo al preguntar a sus oyentes si iban a permitir que una pequeña camarilla de comerciantes de opio se constituyera, a instancias de Palmerston, en cuerpo electoral para imponer sus acuerdos, urdidos por el gobierno, a los electores libres de la capital, y para proscribir, a instancias de Palmerston, a él mismo, lord John Russell, su amigo desde hacía dieciséis años. ¡No, no!, gritaron los oyentes, ¡abajo la camarilla! ¡Viva lord John Russell! Y ahora es probable que no solo salga reelegido, sino que obtenga en Londres el mayor número de votos.
El caso de sir James Graham es todavía más curioso. Si lord John Russell se había puesto en ridículo, Graham se había mostrado despreciable. Pero, dijo a sus electores de Carlisle, ¿he de apagarme como una vela consumida hasta el fondo, o he de escabullirme como un perro al que echan de la pista de carreras, porque una vez en mi vida obré en conciencia y preferí arriesgar una posición política antes que doblegarme al dictado de un hombre? Me reelegieron ustedes como su representante pese a todas mis infamias. ¿Van a despedirme por una sola buena acción que he hecho? ¡Desde luego que no!, le respondieron los electores de Carlisle.
A diferencia de Russell y de Graham, el señor Cobden no tenía que hacer frente en Manchester a sus propios electores, sino a los electores de Bright y Gibson.7 No hablaba por sí mismo, sino por la escuela de Manchester. Esa circunstancia reforzaba su posición. El grito de guerra palmerstoniano era en Manchester más falso que en ningún otro lugar. Los intereses de los capitalistas industriales se diferenciaban esencialmente de los de los comerciantes contrabandistas de opio de Londres y de Liverpool. La oposición que se hacía en Manchester a Bright y Gibson no se basaba en los intereses materiales de la sociedad de allí, y el grito a favor de Palmerston iba contra todas las tradiciones de esa sociedad. Ese grito brotaba de dos fuentes: de la prensa vendida a precio alto, que intentaba vengarse por la abolición del timbre de los periódicos y la reducción del impuesto sobre los anuncios,8 y de esa parte de fabricantes ricos y esnobs que, por celos de la importancia política de Bright, intentan hacer de bourgeois gentilshommes y creen que es moderno y de bon ton agruparse bajo la bandera aristocrática de Palmerston antes que bajo el programa moderado de Bright. Este carácter peculiar de la camarilla palmerstoniana de Manchester permitió a Cobden ocupar de nuevo, por primera vez desde la agitación de la Liga contra las leyes de cereales, la posición de un dirigente plebeyo y llamar otra vez a las clases trabajadoras bajo sus banderas. Aprovechó magistralmente esa circunstancia. Por el siguiente extracto puede juzgarse el tono elevado con que atacó a Palmerston:
«Pues bien, a esto va unido un gran problema que, creo, la gente de nuestro país debería tomarse muy a pecho. ¿Quieren ustedes que los miembros de la Cámara de los Comunes defiendan sus intereses y vigilen los gastos (“sí, sí”) y les protejan de verse arrastrados a guerras inútiles y costosas? (“Sí”). Pues no ponen ustedes manos a la obra de la manera debida si se cumple en el curso de las elecciones lo que leo en sus periódicos, porque me dicen que esos miembros que se unieron en este cuidado vigilante de sus intereses y que votaron sobre la cuestión de esta guerra según las pruebas que teníamos delante van a ser todos proscritos, devueltos a la vida privada, y que ustedes se disponen a mandar a otros (“no, no”), ¿para hacer qué?, ¿para defender sus intereses? ¡No! Para hacer el trabajo bajo y sucio del actual ministro (grandes aplausos). Piensan ustedes, pues, de verdad hacer de lord Palmerston el gobernante despótico de este país (“no, no”). Pues bien, si el Parlamento no lo frena, si, en el momento en que el Parlamento lo frena de verdad, él disuelve el Parlamento, y si ustedes, en lugar de mandar allí a hombres lo bastante independientes para afirmar sus derechos y los de ustedes, mandan meras criaturas de su voluntad, ¿qué es eso sino investirlo con el poder de un déspota? Sí, déjenme decirles que es un despotismo de la clase más torpe y más cara, y a la vez el más irresponsable sobre la faz de la tierra, porque rodean ustedes al ministro de la falsa apariencia de una forma representativa de gobierno. No pueden llegar hasta él mientras tenga un Parlamento tras cuyo escudo cubrirse, y si en sus elecciones no cumplen ustedes con su deber mandando a la Cámara de los Comunes hombres que vigilen atentamente al actual ministro, entonces, digo, estarán en una situación todavía peor, porque se les gobernará de un modo todavía más irresponsable que bajo el rey de Prusia o el emperador de los franceses (grandes vítores).»
Ahora se comprenderá por qué Palmerston precipita las elecciones. Solo puede vencer por sorpresa, y el tiempo destruye la sorpresa.
La Asamblea Legislativa francesa (mayo de 1849-diciembre de 1851), dominada por el «partido del orden», coalición de legitimistas (partidarios de los Borbones) y orleanistas (partidarios de la casa de Orleans). Bonaparte la disolvió con el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩
«Nada de celo»: consejo que se atribuye a Talleyrand. ↩
Salón de reuniones de la City de Londres. ↩
Alusión al mito de Anteo, gigante que recobraba fuerzas al tocar la tierra y al que Hércules venció levantándolo en el aire. ↩
Russell representó a Gran Bretaña en la conferencia de Viena de la primavera de 1855, que intentó en vano poner fin a la guerra de Crimea; tuvo que dimitir del gabinete en julio de 1855. ↩
Russell promovió en 1828 la derogación de las leyes del Test (1673) y de Corporaciones (1661), que excluían de los cargos públicos a quienes no comulgaran en la Iglesia anglicana; luego, la reforma electoral de 1832, la reforma municipal de 1835 y la conmutación del diezmo de 1836. ↩
John Bright (1811-1889) y Thomas Milner Gibson (1806-1884), diputados por Manchester y dirigentes, con Cobden, de la escuela librecambista; en las elecciones de 1857 perdieron sus escaños por su oposición a la guerra de China. ↩
El impuesto sobre los anuncios se abolió en 1853 y el timbre obligatorio de los periódicos en 1855, lo que permitió la aparición de diarios baratos. ↩