Escrito en inglés por Karl Marx el 7 de abril de 1857 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4994, del 22 de abril de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 183-186), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 7 de abril de 1857
Los informes de los inspectores de fábricas publicados hace poco para el semestre que terminó el 31 de octubre de 1856 son una valiosa contribución a la anatomía social del Reino Unido. Ayudarán en medida no despreciable a explicar la actitud reaccionaria que adoptan los fabricantes en las actuales elecciones parlamentarias.
En la legislatura de 1856 se coló de matute en el Parlamento una ley fabril con la que los fabricantes «radicales», en primer lugar, modificaron la ley en lo referente a los dispositivos de protección de las transmisiones y las máquinas, y en segundo lugar introdujeron el principio del arbitraje para los conflictos entre fabricantes y obreros. La primera medida tenía por objeto procurar una mejor protección de los miembros y la vida de los obreros fabriles; la segunda, confiar esa protección a los tribunales ordinarios de equidad.1 En realidad, sin embargo, la segunda se proponía estafar al obrero fabril su derecho, y la primera, sus miembros. Cito del informe conjunto de los inspectores:
«Según el nuevo estatuto, quedan protegidas por la ley las personas cuya ocupación habitual las acerca a las transmisiones de las máquinas y que, por consiguiente, conocen bien los peligros a que les expone su ocupación, así como la necesidad de tener cuidado; en cambio, se retira la protección a aquellas que, para ejecutar encargos especiales, pueden verse obligadas a dejar su ocupación habitual y a dirigirse a lugares cuyos peligros desconocen y contra los que, por su ignorancia, no pueden protegerse; pero que, según parece, precisamente por eso necesitan la protección especial de la legislación».
La cláusula de arbitraje dispone que los árbitros se elijan entre personas con experiencia «en la construcción del tipo de máquina» que ha causado el daño corporal. En una palabra, se confía a los ingenieros y constructores de máquinas el monopolio del laudo.
«Nos parece», dicen los inspectores, «que habría que considerar a los ingenieros y constructores de máquinas incapacitados para el papel de árbitros fabriles, a causa de sus relaciones de negocios con los propietarios de las fábricas, que son sus clientes».
En tales condiciones no hay por qué extrañarse de que el número de accidentes causados por las máquinas, como muertes, amputaciones de manos, brazos, piernas o pies, fracturas de miembros y huesos, heridas en la cabeza y la cara, desgarros, contusiones, etc., ascienda en los seis meses que terminaron el 31 de octubre de 1856 a la estremecedora cifra de 1.919. En el boletín industrial de un semestre se registran veinte muertes causadas por máquinas: aproximadamente diez veces lo que perdió la marina británica en su gloriosa matanza de Cantón. Como los fabricantes, lejos de buscar la protección de la vida y los miembros de sus obreros, solo se preocupan de eludir el pago de los brazos y las piernas perdidos a su servicio y de quitarse de encima los costes del desgaste de su maquinaria viva, no ha de extrañarnos que, según los informes oficiales, «el sobretrabajo en violación de la ley fabril vaya en aumento». Sobretrabajo significa, en la terminología de esta ley, el empleo de jóvenes más allá de la jornada de trabajo legalmente permitida.2 Se hace de diversas maneras: empezando el trabajo antes de las seis de la mañana, no terminándolo a las seis de la tarde y recortando los tiempos que la ley ha fijado para las comidas de los trabajadores. Hay tres momentos al día en que se pone en marcha la máquina de vapor: cuando empieza el trabajo por la mañana y cuando se reanuda tras las dos comidas, el desayuno y el almuerzo; hay también tres momentos en que se detiene: al empezar cada comida y por la tarde, cuando termina el trabajo. Hay, pues, seis ocasiones de robar cinco minutos, es decir, media hora al día. Cinco minutos diarios de sobretrabajo, multiplicados por las semanas, dan al año dos días y medio de producción;3 pero el sobretrabajo fraudulento supera con mucho ese resultado. Cito al señor Leonard Horner, inspector de fábricas de Lancashire:4
«El beneficio que puede obtenerse con ese sobretrabajo ilegal parece ser una tentación demasiado grande para que los fabricantes puedan resistirla. Cuentan con que no se les sorprenderá; y cuando ven la pequeña multa y las costas que han tenido que pagar los condenados, comprueban que, aun en el caso de que se les descubra, seguirán teniendo una ganancia considerable».
Además de las pequeñas multas fijadas por la ley fabril, los fabricantes también se han cuidado bien de que se les concedan las mayores facilidades para eludir las disposiciones de esa ley; y, como declaran unánimemente los inspectores, «dificultades casi insuperables les impiden poner coto eficazmente al trabajo ilegal». Todos ellos denuncian los fraudes deliberados que cometen personas de gran fortuna, los ruines ardides a que recurren esas personas para no ser descubiertas y las bajas intrigas que traman contra los inspectores y subinspectores encargados de proteger a los esclavos de las fábricas. Cuando se presenta una denuncia por sobretrabajo, los inspectores, subinspectores o sus agentes tienen que estar dispuestos a jurar que se ha empleado a la gente en horas ilegales. Supongamos que se presentan después de las 6 de la tarde. Las máquinas se paran en el acto, y aunque la gente no podía estar allí con otro fin que el de atenderlas, por la letra de la ley la denuncia no puede prosperar. Se saca entonces a los obreros de la fábrica a toda prisa, y a menudo hay más de una puerta para facilitar su rápida desaparición. En algunos casos se apagó el gas cuando los subinspectores entraban en la sala, dejándolos de repente a oscuras entre máquinas complicadas. En los lugares que se han hecho famosos por el sobretrabajo hay un sistema muy elaborado para avisar a las fábricas de que se acerca un inspector, empleando para ello a empleados de las estaciones de ferrocarril y de las posadas.
Estos vampiros que se ceban con la sangre vital de la joven generación obrera de su propio país, ¿no son los compañeros adecuados de los contrabandistas británicos de opio y los partidarios naturales de los «ministros verdaderamente británicos»?
Los informes de los inspectores de fábricas prueban sin duda que la infamia del sistema fabril británico crece a la par que su crecimiento; que las leyes dictadas para refrenar la cruel codicia de los fabricantes son un engaño, porque están redactadas de modo que frustran su propio objetivo aparente y desarman a los hombres encargados de aplicarlas; que el antagonismo entre los fabricantes y los obreros se acerca rápidamente al punto de una verdadera guerra social; que el número de niños menores de 13 años devorados por este sistema aumenta en algunas ramas, y el de mujeres en todas; que, aunque se emplea el mismo número de obreros en proporción a la fuerza en caballos que en otros tiempos, se emplean menos obreros en proporción a las máquinas; que la máquina de vapor, gracias a un mejor aprovechamiento de la fuerza, es capaz de mover una masa de máquinas mayor que hace diez años; que ahora se realiza una cantidad mayor de trabajo mediante una mayor velocidad de las máquinas y otras artimañas, y que los fabricantes se llenan rápidamente los bolsillos.
Los interesantes datos estadísticos que aducen los informes merecen con razón más atención. Así se comprenderá en el acto que los esclavistas industriales de Lancashire necesiten una política exterior capaz de desviar la atención de los problemas de política interior.
Tribunales que resuelven según la equidad, por oposición al derecho estricto. ↩
Sobretrabajo traduce aquí Mehrarbeit, en el sentido de la ley fabril: trabajo más allá de la jornada legal, no el plustrabajo de El capital. ↩
El mismo cálculo, citado de los informes de los inspectores, aparece en El capital, libro I, capítulo VIII («La jornada laboral»), apartado 2. ↩
Leonard Horner (1785-1864), geólogo e inspector de fábricas de 1833 a 1859, cuyos informes utilizó ampliamente Marx en El capital. ↩