Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 10 de agosto de 1857 y publicado sin firma en The New American Cyclopaedia. A Popular Dictionary of General Knowledge (Nueva York, D. Appleton and Company), tomo I, 1858, págs. 165-169. Traducido del texto de la enciclopedia, cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 14 (Berlín, 1961), págs. 73-82, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés

AFGANISTÁN, extenso país de Asia, al noroeste de la India. Se halla entre Persia y las Indias y, en la otra dirección, entre el Hindu Kush y el océano Índico. Antiguamente comprendía las provincias persas del Jorasán y el Kohistán, junto con Herat, Baluchistán, Cachemira y el Sind, y una parte considerable del Punyab. Dentro de sus límites actuales no tiene probablemente más de 4.000.000 de habitantes. La superficie del Afganistán es muy irregular: altas mesetas, enormes montañas, valles profundos y barrancos. Como todos los países montañosos tropicales, presenta toda clase de climas. En el Hindu Kush la nieve cubre todo el año las altas cumbres, mientras que en los valles el termómetro sube hasta 130°1. El calor es mayor en la parte oriental que en la occidental, pero el clima es en general más fresco que el de la India; y aunque las alternancias de temperatura entre el verano y el invierno, o entre el día y la noche, son muy grandes, el país es por lo general sano. Las principales enfermedades son las fiebres, los catarros y la oftalmía. De vez en cuando la viruela causa estragos. El suelo es de una fertilidad exuberante. Las palmeras datileras prosperan en los oasis de los desiertos de arena; la caña de azúcar y el algodón, en los valles cálidos; y las frutas y hortalizas europeas crecen lozanas en las terrazas de las laderas hasta una altura de 6.000 o 7.000 pies. Las montañas están cubiertas de nobles bosques, frecuentados por osos, lobos y zorros, mientras que el león, el leopardo y el tigre se encuentran en los distritos que convienen a sus costumbres. No faltan los animales útiles al hombre. Hay una excelente variedad de ovejas de la raza persa o de cola grande. Los caballos son de buena alzada y buena sangre. El camello y el asno se usan como bestias de carga, y las cabras, los perros y los gatos abundan. Además del Hindu Kush, que es una prolongación del Himalaya, hay al suroeste una cadena llamada montes de Solimán, y entre el Afganistán y Balj una cadena conocida como cordillera del Paropamiso, sobre la que, sin embargo, han llegado a Europa muy pocas noticias. Los ríos son escasos; el Helmand y el Kabul son los más importantes. Nacen en el Hindu Kush; el Kabul corre hacia el este y desemboca en el Indo cerca de Attock; el Helmand corre hacia el oeste por el distrito del Seistán y desemboca en el lago de Zarah. El Helmand tiene la particularidad de desbordarse todos los años, como el Nilo, fertilizando el suelo, que fuera de los límites de la inundación es desierto arenoso. Las ciudades principales del Afganistán son Kabul, la capital, Gazni, Peshawar y Kandahar. Kabul es una bella ciudad, situada a 34° 10′ de latitud norte y 60° 43′ de longitud este2, a orillas del río del mismo nombre. Los edificios son de madera, pulcros y cómodos, y la ciudad, rodeada de hermosos jardines, tiene un aspecto muy agradable. Está rodeada de aldeas y se halla en medio de una gran llanura cercada por colinas bajas. La tumba del emperador Babur es su principal monumento. Peshawar es una gran ciudad, con una población que se calcula en 100.000 habitantes. Gazni, ciudad de antiguo renombre, en otro tiempo capital del gran sultán Mahmud, ha decaído de su grandeza y hoy es un lugar pobre. Cerca de ella está la tumba de Mahmud. Kandahar se fundó en fecha tan reciente como 1754. Está en el emplazamiento de una ciudad antigua. Durante unos años fue la capital, pero en 1774 la sede del gobierno se trasladó a Kabul. Se cree que tiene 100.000 habitantes. Cerca de la ciudad está la tumba de Ahmad Sha, fundador de la ciudad, un asilo tan sagrado que ni siquiera el rey puede sacar de él a un criminal que se haya refugiado dentro de sus muros. La posición geográfica del Afganistán y el carácter peculiar de su pueblo dan al país una importancia política que difícilmente puede exagerarse en los asuntos de Asia central. El gobierno es una monarquía, pero la autoridad del rey sobre sus súbditos, altivos y turbulentos, es personal y muy insegura. El reino está dividido en provincias, cada una al cuidado de un representante del soberano, que recauda las rentas y las remite a la capital. Los afganos son una raza valiente, recia e independiente; solo se dedican a ocupaciones pastoriles o agrícolas y rehúyen el comercio y el tráfico, que abandonan con desprecio a los hindúes y a otros habitantes de las ciudades. Para ellos la guerra es una emoción y un alivio de la monótona ocupación de los trabajos productivos. Los afganos están divididos en clanes, sobre los que los distintos jefes ejercen una especie de supremacía feudal. Solo su indomable aversión a todo dominio y su amor a la independencia individual les impiden convertirse en una nación poderosa; pero esa misma irregularidad e incertidumbre de su conducta los convierte en vecinos peligrosos, expuestos a dejarse llevar por el viento del capricho o a ser soliviantados por intrigantes políticos que excitan hábilmente sus pasiones. Las dos tribus principales son los durranis y los ghilzais, que están siempre enemistados entre sí. Los durranis son los más poderosos, y en virtud de su supremacía su emir o jan se hizo rey del Afganistán. Tiene una renta de unos 10.000.000 de dólares. Su autoridad solo es suprema en su tribu. Los contingentes militares los suministran sobre todo los durranis; el resto del ejército lo proporcionan los otros clanes o aventureros militares que se alistan con la esperanza de paga o de botín. En las ciudades la justicia la administran los cadíes, pero los afganos rara vez recurren a la ley. Sus janes tienen el derecho de castigar, incluso con la vida o la muerte. La venganza de sangre es un deber familiar; con todo, se dice que son un pueblo liberal y generoso cuando no se les provoca, y los derechos de la hospitalidad son tan sagrados que un enemigo mortal que come pan y sal, aunque los haya obtenido con una estratagema, queda a salvo de la venganza y puede incluso reclamar la protección de su anfitrión contra cualquier otro peligro. En religión son mahometanos, de la secta suní; pero no son fanáticos, y las alianzas entre chiíes y suníes no son nada raras. El Afganistán ha estado sometido alternativamente al dominio mogol y al persa. Antes de la llegada de los británicos a las costas de la India, las invasiones extranjeras que asolaron las llanuras del Indostán partieron siempre del Afganistán. El sultán Mahmud el Grande, Gengis Jan, Tamerlán y Nadir Sha tomaron todos ese camino. En 1747, tras la muerte de Nadir, Ahmad Sha, que había aprendido el arte de la guerra con aquel aventurero militar, decidió sacudirse el yugo persa. Con él el Afganistán alcanzó el punto más alto de grandeza y prosperidad de los tiempos modernos. Pertenecía a la familia de los saddozais, y su primer acto fue apoderarse del botín que su difunto jefe había reunido en la India. En 1748 logró expulsar de Kabul y de Peshawar al gobernador mogol y, cruzando el Indo, invadió rápidamente el Punyab. Su reino se extendía desde el Jorasán hasta Delhi, y llegó incluso a medir sus armas con las potencias maratas. Estas grandes empresas no le impidieron, sin embargo, cultivar algunas de las artes de la paz, y se le conocía favorablemente como poeta e historiador. Murió en 1772 y dejó la corona a su hijo Timur, que no estuvo a la altura de tan pesada carga. Abandonó la ciudad de Kandahar, fundada por su padre y convertida en pocos años en una ciudad rica y populosa, y devolvió la sede del gobierno a Kabul. Durante su reinado revivieron las disensiones internas de las tribus, que la mano firme de Ahmad Sha había reprimido. En 1793 murió Timur y le sucedió Zaman3. Este príncipe concibió la idea de consolidar el poder mahometano en la India, y este plan, que habría podido poner en serio peligro las posesiones británicas, se consideró tan importante que se envió a sir John Malcolm a la frontera para contener a los afganos si hacían algún movimiento, y al mismo tiempo se abrieron negociaciones con Persia, con cuya ayuda se podría poner a los afganos entre dos fuegos. Estas precauciones, sin embargo, resultaron innecesarias; Zaman Sha estaba más que suficientemente ocupado con conspiraciones y disturbios en su país, y sus grandes planes quedaron cortados de raíz. El hermano del rey, Mahmud, se encerró en Herat con el propósito de erigir un principado independiente, pero, fracasado su intento, huyó a Persia. A Zaman lo había ayudado a subir al trono la familia barakzai, a cuya cabeza estaba Sher Afraz Jan. El nombramiento por Zaman de un visir impopular despertó el odio de sus antiguos partidarios, que organizaron una conspiración; esta fue descubierta y Sher Afraz fue ejecutado. Los conspiradores llamaron entonces a Mahmud; Zaman fue hecho prisionero y le sacaron los ojos. Frente a Mahmud, al que apoyaban los durranis, los ghilzais presentaron a Sha Shuja, que ocupó el trono algún tiempo; pero al final fue derrotado, sobre todo por la traición de sus propios partidarios, y tuvo que refugiarse entre los sijs. En 1809 Napoleón había enviado al general Gardane a Persia con la esperanza de inducir al sha a invadir la India, y el gobierno de la India envió un representante a la corte de Sha Shuja para crear una oposición a Persia. En esta época subió al poder y a la fama Ranjit Singh. Era un jefe sij, y con su genio hizo a su país independiente de los afganos y erigió un reino en el Punyab, ganándose el título de maharajá (rajá principal) y el respeto del gobierno angloindio. El usurpador Mahmud, sin embargo, no estaba destinado a disfrutar mucho tiempo de su triunfo. Fateh Jan, su visir, que había fluctuado alternativamente entre Mahmud y Sha Shuja según le dictaban la ambición o el interés del momento, fue apresado por el hijo del rey, Kamran, que le sacó los ojos y después le dio muerte cruelmente. La poderosa familia del visir asesinado juró vengar su muerte. El títere Sha Shuja fue presentado de nuevo y Mahmud fue expulsado. Pero Sha Shuja, que había ofendido a sus valedores, fue depuesto al poco tiempo, y otro hermano fue coronado en su lugar. Mahmud huyó a Herat, de la que siguió en posesión, y en 1829, a su muerte, su hijo Kamran le sucedió en el gobierno de aquel distrito. La familia barakzai, que había alcanzado ya el poder supremo, se repartió el territorio, pero, siguiendo la costumbre nacional, sus miembros se pelearon y solo se unían ante un enemigo común. Uno de los hermanos, Mohammed Jan, tenía la ciudad de Peshawar, por la que pagaba tributo a Ranjit Singh; otro tenía Gazni; un tercero, Kandahar; mientras que en Kabul reinaba Dost Mohammed, el más poderoso de la familia. A este príncipe se envió como embajador al capitán Alexander Burnes en 1835, cuando Rusia e Inglaterra intrigaban una contra otra en Persia y en Asia central. Le ofreció una alianza que el Dost aceptó con demasiada avidez; pero el gobierno angloindio se lo exigía todo, mientras que él no ofrecía absolutamente nada a cambio. Entretanto, en 1838, los persas, con ayuda y consejo rusos, pusieron sitio a Herat, la llave del Afganistán y de la India; un agente persa y otro ruso llegaron a Kabul, y el Dost, ante la constante negativa de los británicos a comprometerse en nada concreto, se vio al fin obligado de hecho a escuchar las propuestas de las otras partes. Burnes se marchó, y lord Auckland, entonces gobernador general de la India, influido por su secretario W. Macnaghten, decidió castigar a Dost Mohammed por lo que él mismo le había obligado a hacer. Resolvió destronarlo e instalar en su lugar a Sha Shuja, entonces pensionista del gobierno de la India. Se concluyó un tratado con Sha Shuja y con los sijs; el sha empezó a reunir un ejército pagado y mandado por oficiales británicos, y se concentró una fuerza angloindia en el Sutlej. Macnaghten, secundado por Burnes, debía acompañar la expedición en calidad de enviado en el Afganistán. Entretanto, los persas habían levantado el sitio de Herat, y con ello desaparecía la única razón válida para intervenir en el Afganistán; pero, a pesar de todo, en diciembre de 1838 el ejército marchó hacia el Sind, país que fue obligado a someterse y a pagar una contribución en beneficio de los sijs y de Sha Shuja. El 20 de febrero de 1839 el ejército británico cruzó el Indo. Se componía de unos 12.000 hombres, con más de 40.000 personas de séquito, además de las nuevas levas del sha. El paso de Bolan se atravesó en marzo; empezó a sentirse la falta de víveres y de forraje; los camellos caían a cientos y se perdió gran parte de la impedimenta. El 7 de abril el ejército entró en el paso de Khojak, lo atravesó sin resistencia y el 25 de abril entró en Kandahar, que los príncipes afganos, hermanos de Dost Mohammed, habían abandonado. Tras un descanso de dos meses, sir John Keane, el comandante, avanzó con el grueso del ejército hacia el norte, dejando una brigada al mando de Nott en Kandahar. Gazni, la plaza fuerte inexpugnable del Afganistán, fue tomada el 22 de julio, gracias a que un desertor informó de que la puerta de Kabul era la única que no había sido tapiada; en consecuencia, se la voló y la plaza fue tomada al asalto. Tras este desastre, el ejército que Dost Mohammed había reunido se disolvió en el acto, y Kabul abrió también sus puertas el 6 de agosto. Sha Shuja fue entronizado en debida forma, pero la dirección real del gobierno quedó en manos de Macnaghten, que además pagaba todos los gastos de Sha Shuja con cargo al tesoro de la India. La conquista del Afganistán parecía consumada, y se hizo volver una parte considerable de las tropas. Pero los afganos no se conformaban en modo alguno con ser gobernados por los firanghi kafir (infieles europeos), y durante todo 1840 y 1841 una insurrección siguió a otra en todas partes del país. Las tropas angloindias tenían que estar constantemente en movimiento. Y, sin embargo, Macnaghten declaraba que ese era el estado normal de la sociedad afgana y escribía a Inglaterra que todo marchaba bien y que el poder de Sha Shuja echaba raíces. En vano fueron las advertencias de los oficiales y de los demás agentes políticos. Dost Mohammed se había rendido a los británicos en octubre de 1840 y fue enviado a la India; todas las insurrecciones del verano de 1841 fueron reprimidas con éxito, y hacia octubre Macnaghten, nombrado gobernador de Bombay, se disponía a partir para la India con otro cuerpo de tropas. Pero entonces estalló la tormenta. La ocupación del Afganistán costaba al tesoro de la India 1.250.000 libras esterlinas al año: había que pagar 16.000 soldados, angloindios y de Sha Shuja, en el Afganistán; otros 3.000 estaban en el Sind y en el paso de Bolan; el esplendor real de Sha Shuja, los sueldos de sus funcionarios y todos los gastos de su corte y de su gobierno los pagaba el tesoro de la India, y por último los jefes afganos eran subvencionados, o más bien sobornados, de la misma fuente, para tenerlos tranquilos. Se informó a Macnaghten de que era imposible seguir gastando dinero a ese ritmo. Intentó hacer economías, pero la única manera posible de imponerlas era recortar las asignaciones de los jefes. El mismo día en que lo intentó, los jefes formaron una conspiración para exterminar a los británicos, y así el propio Macnaghten fue el medio de lograr la concentración de aquellas fuerzas insurrectas que hasta entonces habían luchado contra los invasores por separado y sin unidad ni concierto; aunque también es seguro que para entonces el odio de los afganos a la dominación británica había llegado al colmo. Los ingleses de Kabul estaban al mando del general Elphinstone, un viejo gotoso, irresoluto y completamente inútil, cuyas órdenes se contradecían constantemente unas a otras. Las tropas ocupaban una especie de campamento fortificado tan extenso que la guarnición apenas bastaba para guarnecer los terraplenes, cuanto menos para destacar cuerpos que actuaran en campaña. Las obras eran tan imperfectas que el foso y el parapeto podían salvarse a caballo. Como si esto no bastara, el campamento estaba dominado casi a tiro de fusil por las alturas vecinas y, para colmo de lo absurdo de estas disposiciones, todas las provisiones y los almacenes de sanidad estaban en dos fuertes separados, a cierta distancia del campamento, del que los separaban además unos huertos tapiados y otro pequeño fuerte no ocupado por los ingleses. La ciudadela o Bala Hissar de Kabul habría ofrecido unos cuarteles de invierno fuertes y espléndidos para todo el ejército, pero, por complacer a Sha Shuja, no se ocupó. El 2 de noviembre de 1841 estalló la insurrección. La casa de Alexander Burnes, en la ciudad, fue atacada y él mismo asesinado. El general británico no hizo nada, y la insurrección se fortaleció con la impunidad. Elphinstone, completamente desvalido, a merced de toda clase de consejos contradictorios, pronto lo sumió todo en aquella confusión que Napoleón describía con tres palabras: ordre, contreordre, désordre (orden, contraorden, desorden). Ni siquiera entonces se ocupó el Bala Hissar. Se enviaron unas pocas compañías contra los miles de insurrectos, y naturalmente fueron batidas. Esto envalentonó aún más a los afganos. El 3 de noviembre fueron ocupados los fuertes próximos al campamento. El 9, los afganos tomaron el fuerte de intendencia (guarnecido por solo 80 hombres), y los británicos quedaron así reducidos al hambre. Ya el 5 Elphinstone hablaba de comprar la salida libre del país. De hecho, a mediados de noviembre, su irresolución y su incapacidad habían desmoralizado de tal modo a las tropas que ni los europeos ni los cipayos estaban ya en condiciones de enfrentarse a los afganos en campo abierto. Entonces empezaron las negociaciones. Durante ellas, Macnaghten fue asesinado en una conferencia con jefes afganos. La nieve empezó a cubrir el suelo; los víveres escaseaban. Por fin, el 1 de enero, se concluyó una capitulación. Todo el dinero, 190.000 libras, había de entregarse a los afganos, y se firmaron letras por otras 140.000. Toda la artillería y las municiones, salvo 6 piezas de a seis y 3 cañones de montaña, debían quedarse. Todo el Afganistán había de ser evacuado. Los jefes, por su parte, prometieron un salvoconducto, víveres y ganado de carga. El 5 de enero los británicos salieron, 4.500 combatientes y 12.000 personas de séquito. Bastó una jornada de marcha para disolver el último resto de orden y mezclar a soldados y acompañantes en una confusión sin remedio, que hacía imposible toda resistencia. El frío, la nieve y la falta de víveres actuaron como en la retirada de Napoleón de Moscú. Pero en lugar de cosacos que se mantenían a una distancia respetuosa, a los británicos los hostigaban tiradores afganos enfurecidos, armados con largos mosquetes de mecha de gran alcance, que ocupaban todas las alturas. Los jefes que firmaron la capitulación ni podían ni querían contener a las tribus de las montañas. El paso de Khurd Kabul se convirtió en la tumba de casi todo el ejército, y el pequeño resto, menos de 200 europeos, cayó a la entrada del paso de Jagdalak. Solo un hombre, el doctor Brydon, llegó a Jalalabad para contarlo. Muchos oficiales, sin embargo, habían sido apresados por los afganos y mantenidos cautivos. Jalalabad estaba en manos de la brigada de Sale. Se le exigió la capitulación, pero se negó a evacuar la ciudad; lo mismo hizo Nott en Kandahar. Gazni había caído; no había en la plaza un solo hombre que entendiera nada de artillería, y los cipayos de la guarnición habían sucumbido al clima. Entretanto, las autoridades británicas de la frontera, a la primera noticia del desastre de Kabul, habían concentrado en Peshawar las tropas destinadas a socorrer a los regimientos del Afganistán. Pero faltaban medios de transporte, y los cipayos enfermaban en gran número. El general Pollock tomó el mando en febrero y, a finales de marzo de 1842, recibió nuevos refuerzos. Forzó entonces el paso de Khyber y avanzó en socorro de Sale en Jalalabad; allí Sale había derrotado por completo, pocos días antes, al ejército afgano que lo cercaba. Lord Ellenborough, ahora gobernador general de la India, ordenó a las tropas replegarse; pero tanto Nott como Pollock encontraron una excusa bienvenida en la falta de medios de transporte. Por fin, a comienzos de julio, la opinión pública de la India obligó a lord Ellenborough a hacer algo para recobrar el honor nacional y el prestigio del ejército británico; en consecuencia, autorizó un avance sobre Kabul desde Kandahar y desde Jalalabad. A mediados de agosto, Pollock y Nott se habían puesto de acuerdo sobre sus movimientos, y el 20 de agosto Pollock marchó hacia Kabul, llegó a Gandamak y batió a un cuerpo de afganos el 23, tomó el paso de Jagdalak el 8 de septiembre, derrotó a las fuerzas reunidas del enemigo el 13 en Tezin y acampó el 15 bajo los muros de Kabul. Nott, entretanto, había evacuado Kandahar el 7 de agosto y marchado con todas sus fuerzas hacia Gazni. Tras algunos combates menores, derrotó a un gran cuerpo de afganos el 30 de agosto, tomó posesión de Gazni, que el enemigo había abandonado, el 6 de septiembre, destruyó las obras y la ciudad, volvió a derrotar a los afganos en la fuerte posición de Alydan y, el 17 de septiembre, llegó cerca de Kabul, donde Pollock estableció en el acto comunicación con él. Sha Shuja había sido asesinado mucho antes por algunos de los jefes, y desde entonces no había existido un gobierno regular en el Afganistán; nominalmente era rey su hijo Fateh Jang. Pollock envió un cuerpo de caballería en busca de los prisioneros de Kabul, pero estos habían logrado sobornar a su guardia y se encontraron con él por el camino. En señal de venganza se destruyó el bazar de Kabul, ocasión en que los soldados saquearon parte de la ciudad y mataron a muchos habitantes. El 12 de octubre los británicos dejaron Kabul y marcharon por Jalalabad y Peshawar a la India. Fateh Jang, desesperado de su situación, los siguió. Dost Mohammed fue entonces liberado de su cautiverio y volvió a su reino. Así terminó el intento de los británicos de instalar en el Afganistán a un príncipe hechura suya.

  1. Grados Fahrenheit, unos 54 °C. ↩

  2. Así en el texto, y también en la MEW; Kabul está en realidad a unos 69° de longitud este. ↩

  3. El texto inglés llama Siman a Zaman Sha y Mohammed a su hermano Mahmud Sha, y escribe Bairukshee por barakzai; damos las formas usuales. ↩