Escrito en inglés por Friedrich Engels entre el 14 de julio y el 10 de agosto de 1857 y publicado sin firma en The New American Cyclopaedia. A Popular Dictionary of General Knowledge (Nueva York, D. Appleton and Company), tomo II, 1858, págs. 320-322. Traducido del texto de la enciclopedia, cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 14 (Berlín, 1961), págs. 68-72, por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en inglés
ATAQUE. En su sentido estratégico general, se entiende por ataque la toma de la iniciativa en cualquier escaramuza, combate, encuentro o batalla campal; en todos ellos, uno de los bandos tiene que empezar necesariamente con operaciones ofensivas y el otro con operaciones defensivas. Por lo general se considera que el ataque tiene más éxito, y por eso los ejércitos que actúan a la defensiva, es decir, en guerras de carácter estrictamente defensivo, emprenden a menudo campañas ofensivas, y aun en las campañas defensivas libran acciones ofensivas. En el primer caso, lo que se busca es que el ejército defensor, al cambiar el lugar y el escenario de las operaciones, desbarate los cálculos del enemigo, lo aleje de su base de operaciones y lo obligue a combatir en momentos y lugares distintos de los que esperaba y para los que estaba preparado, y quizá francamente desventajosos para él. Los dos ejemplos más notables de operaciones ofensivas y de ataques directos empleados en campañas estrictamente defensivas se dieron en las dos asombrosas campañas de Napoleón: la de 1814, que acabó con su destierro a la isla de Elba, y la de 1815, que terminó con la derrota de Waterloo y la rendición de París. En estas dos campañas extraordinarias, el caudillo, que actuaba estrictamente en defensa de un país invadido, atacó a sus enemigos por todos lados y en cada ocasión; y, aunque en conjunto siempre fue muy inferior a los invasores, se las arregló para ser siempre superior, y por lo general victorioso, en el punto de ataque. El desenlace desgraciado de ambas campañas no resta nada a la concepción ni a los detalles de ninguna de las dos. Las dos se perdieron por causas enteramente independientes de su plan o de su ejecución, causas a la vez políticas y estratégicas, la principal de las cuales fue la enorme superioridad de los medios de los aliados y la imposibilidad de que una sola nación, agotada por un cuarto de siglo de guerras, resistiera el ataque de un mundo en armas contra ella. Se ha dicho que, cuando dos ejércitos están frente a frente en campaña, el que toma la iniciativa, o dicho de otro modo, el que ataca, tiene una ventaja decidida. Parece, sin embargo, que quienes han adoptado esta opinión se han dejado deslumbrar por las brillantes hazañas de unos pocos grandes generales y de una o dos grandes naciones militares, que debieron sus éxitos a ataques en la escala más grandiosa, y que esa opinión necesita muchas matizaciones. Epaminondas, Alejandro, Aníbal, César y, por último pero no menos importante, Napoleón I fueron decididamente generales atacantes, y obtuvieron todas sus grandes victorias, igual que sufrieron en lo esencial todos sus grandes reveses, en acciones en las que ellos mismos tomaron la iniciativa. Los franceses lo deben todo al ímpetu de su arremetida casi irresistible y a su viva inteligencia para explotar los éxitos y convertir los descalabros del enemigo en ruina irremediable. A la defensiva no valen ni mucho menos lo mismo. La historia de las mayores batallas del mundo parece mostrar que, cuando el ejército atacado tiene una tenacidad sólida y obstinada, suficiente para resistir sin romperse hasta que el fuego de los asaltantes empieza a apagarse y les sobrevienen el agotamiento y la reacción, y puede entonces tomar a su vez la ofensiva y atacar, la acción defensiva es la más segura. Pero hay pocos ejércitos, o más bien pocas razas de hombres, a los que se pueda confiar una batalla así. Ni siquiera los romanos, magníficos en la defensa de plazas amuralladas y admirables en las operaciones ofensivas en campaña, se distinguieron nunca a la defensiva; su historia no registra ninguna batalla en la que, tras combatir todo el día con reveses y a la defensiva, acabaran atacando y venciendo. Lo mismo caracteriza en general a los ejércitos y a los jefes franceses. Los griegos, por el contrario, libraron muchas de sus mejores batallas, como las de Maratón, las Termópilas, Platea y muchas otras, pero sobre todo esta última, conforme al plan de recibir el asalto hasta que afloja y atacar entonces a los asaltantes medio agotados y sorprendidos. Ese ha sido durante muchos siglos el sistema inglés y, en gran medida, el suizo y el alemán, y por lo general ha dado buen resultado con esas tropas, como lo ha dado en tiempos más recientes con los norteamericanos. Las batallas de Crécy, Poitiers, Agincourt, Waterloo, Aspern y Essling, y muchas otras, demasiado numerosas para enumerarlas, se libraron exactamente según el mismo principio; y puede añadirse que en la guerra de 1812-1814 los norteamericanos devolvieron el golpe a los ingleses, que los atacaron casi siempre, y además, contra su costumbre, en columna, con el mismo plan que estos habían demostrado tan valioso contra los franceses y que han demostrado aún más recientemente contra los rusos. Los modos ordinarios de ataque, cuando dos ejércitos están frente a frente en campaña y ambos se proponen combatir, son los siguientes. Primero, y el más sencillo, el ataque paralelo directo, en el que la fuerza atacante traba batalla de una vez a lo largo de todo el frente, de ala a ala, y la decide a pura fuerza. Segundo, el ataque por las alas, sobre las dos a la vez o primero sobre una y luego sobre la otra, sucesivamente, manteniendo retrasado el centro. Esta era la batalla favorita de Napoleón, en la que, tras inducir al enemigo a debilitar su centro para reforzar sus alas, mientras él mantenía retrasado su propio centro, reforzado con inmensas reservas de caballería, se lanzaba al final por el hueco central y terminaba la acción con un golpe exterminador. Tercero, el ataque por el centro, manteniendo las alas retrasadas y en reserva. Es el más defectuoso de todos los ataques; rara vez se ha adoptado y, según se cree, nunca con éxito. Si un ejército se ve obligado a adoptar esta posición, por lo general es rodeado y aniquilado, como lo fue el ejército romano atacante en Cannas. En cambio, es una posición admirable para la defensa. Cuarto, el ataque oblicuo, inventado por Epaminondas y practicado por él con brillante éxito en Leuctra y en Mantinea. Consiste en atacar un ala del enemigo con un ala reforzada en secreto y sucesivamente, mientras el centro y la otra ala se mantienen retrasados, pero maniobran de modo que amenacen constantemente con atacar e impidan al defensor reforzar su propio punto débil hasta que es demasiado tarde. Este era el método favorito del austriaco Clairfait, con el que derrotó una y otra vez a los turcos, y de Federico el Grande, que solía decir que en sus mejores victorias «no hacía más que librar otra vez las batallas de Epaminondas». Es digno de nota que los griegos, los franceses en general, así como los rusos y los austriacos, ganaron todas sus mejores batallas con ataques de columnas, que, cuando no se las contiene y detiene eficazmente, rompen el centro y lo arrollan todo. Los romanos, los ingleses y los norteamericanos han combatido casi siempre, y siguen combatiendo, tanto en el ataque como en la defensa, en línea; formación en la que siempre se han mostrado capaces de resistir y contener con su centro a la columna asaltante, hasta que con el avance de sus alas pueden rebasar los flancos del enemigo y aplastarlo. Es digno de nota que, siempre que los ingleses se han apartado de lo que puede llamarse su orden nacional de ataque, en línea de dos de fondo, y han asaltado en columna, como en Fontenoy y en Chippewa, han sufrido un desastre. La conclusión es casi irresistible: el ataque central en columna es radicalmente defectuoso contra tropas firmes y serenas, aunque tiene el éxito asegurado contra un enemigo inferior en físico y en disciplina, sobre todo si está desmoralizado. Para atacar un reducto o una fortificación de campaña, si solo lo defiende la infantería, los asaltantes pueden marchar inmediatamente al ataque; si también lo defienden cañones, hay que acallar primero los cañones con cañones. El cañoneo se conduce de modo que rompa las empalizadas, desmonte las piezas y destroce el parapeto, obligando así a retirar al interior los cañones de la defensa. Cuando la artillería atacante ha producido así su efecto, la infantería ligera, sobre todo tiradores con fusil rayado, envuelve una parte de la obra y dirige su fuego contra la cresta del parapeto, para obligar a los defensores a no asomarse en absoluto o, al menos, a disparar con precipitación. Poco a poco los tiradores se acercan y concentran la puntería, y se forman las columnas de ataque, precedidas por hombres armados con hachas que llevan escalas. Los hombres de la primera fila pueden ir provistos además de fajinas, que les sirven de escudo y ayudan a rellenar el foso. Los cañones de la obra se vuelven a poner ahora en batería contra las columnas asaltantes, y los tiradores atacantes redoblan su fuego, apuntando sobre todo a los artilleros de la defensa que intenten volver a cargar sus piezas. Si los asaltantes logran llegar al foso, es esencial que en el asalto actúen juntos y salten dentro de la obra por todos lados a la vez. Por eso esperan un momento al borde a una señal convenida; al subir al parapeto los reciben granadas de obús, piedras rodantes y troncos de árbol, y arriba los defensores a punta de bayoneta o a culatazos. La ventaja de la posición sigue siendo de los defensores, pero el espíritu del ataque da a los asaltantes una gran superioridad moral; y si la obra no está defendida por otras obras en sus flancos, será difícil, aunque no sin precedentes, rechazar aun en este punto un asalto valeroso. Las obras provisionales pueden atacarse por sorpresa o a viva fuerza, y en ambos casos el primer deber del jefe es obtener, por espías o por reconocimiento, la información más completa posible sobre el carácter de la obra, su guarnición, sus defensas y sus recursos. En un ataque, la infantería se ve a menudo reducida a sus propios recursos, y tiene entonces que confiar en su fértil inventiva: incendiar la abatida con haces de leña encendidos, rellenar pequeños fosos con haces de heno, escalar las empalizadas con escalas al amparo de un grupo que hace fuego, volar puertas o ventanas atrancadas con un saco de pólvora; y con medidas así, empleadas con decisión y audacia, por lo general podrá vencer cualquiera de los obstáculos ordinarios.