Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 14 de septiembre de 1858 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5445, del 4 de octubre de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 570-573), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen tres erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 14 de septiembre de 1858

Al examinar el informe de la comisión nombrada por la Cámara de los Comunes sobre la crisis de 1857-1858, hemos mostrado, primero, las tendencias perniciosas de la ley bancaria de sir Robert Peel y, segundo, hemos acabado con la falsa idea de que los bancos de emisión tienen la capacidad de influir en los precios generales mediante una ampliación o una restricción arbitraria de la circulación de papel moneda.1 Llegamos ahora a la cuestión: ¿cuáles fueron las verdaderas causas de la crisis? La comisión afirma que ha comprobado «con satisfacción» «que la reciente crisis comercial en este país, lo mismo que la de América y la del norte de Europa, ha de atribuirse principalmente a la especulación excesiva y al abuso del crédito». El valor de esta comprobación no se ve ciertamente mermado en lo más mínimo por la circunstancia de que el mundo no esperó a la comisión parlamentaria para descubrirlo, y de que toda la utilidad que la sociedad hubiera podido sacar del descubrimiento ha de darse ahora enteramente por perdida. Admitida la exactitud de la comprobación (y estamos lejos de discutirla), ¿resuelve el problema social o solo cambia la formulación de la pregunta? Para que pueda surgir un sistema de crédito ficticio hacen falta siempre dos partes: deudores y acreedores. Que la primera parte tienda en todo momento a comerciar con el capital ajeno y procure enriquecerse a su costa parece tan sumamente claro que lo contrario nos asombraría. La cuestión es más bien cómo ocurre que en todas las naciones industriales modernas los hombres, como presa de un ataque periódico, se desprendan de su patrimonio bajo la influencia de ilusiones de lo más transparentes, y ello pese a advertencias insistentes que se repiten cada diez años. ¿Cuáles son las condiciones sociales que producen casi con regularidad esos periodos de autoengaño general, de especulación excesiva y de crédito ficticio? Una vez descubiertas, llegaríamos a una alternativa bastante sencilla: o la sociedad puede controlar esas condiciones sociales, o son inherentes al actual sistema de producción. En el primer caso, la sociedad puede evitar las crisis; en el segundo, hay que soportarlas como el cambio natural de las estaciones mientras exista el sistema.

Consideramos un defecto esencial, no solo del último informe parlamentario, sino también del «Informe sobre la crisis comercial de 1847» y de todos los demás informes semejantes que los precedieron, que traten cada nueva crisis como un fenómeno aislado que aparece por primera vez en el horizonte social y que, por consiguiente, solo ha de explicarse por los sucesos, movimientos y factores que son, o se tienen por, característicos exclusivamente del periodo comprendido entre la penúltima sacudida y la última. Si los naturalistas procedieran con el mismo método escolar, hasta la reaparición de un cometa tendría que sorprender al mundo. Si se intenta descubrir las leyes que rigen las crisis del mercado mundial, hay que explicar no solo su carácter periódico, sino también las fechas exactas de esa repetición periódica. Además, los rasgos distintivos propios de cada nueva crisis comercial no deben ocultar los aspectos comunes a todas ellas. Rebasaríamos los límites y el fin de nuestra tarea presente si intentáramos exponer tal investigación, siquiera en sus contornos más someros. Pero esto parece indiscutible: que la comisión de la Cámara de los Comunes, lejos de resolver el problema, ni siquiera ha planteado bien la cuestión.

Los hechos en que se detiene la comisión para ilustrar el sistema del crédito ficticio carecen, naturalmente, del encanto de la novedad. El sistema mismo funcionaba en Inglaterra con arreglo a un principio muy sencillo. El crédito ficticio se creaba por medio de letras de favor.2 Estas las descontaban principalmente bancos por acciones, que a su vez las hacían redescontar por corredores de letras de Londres. Los corredores de letras de Londres, que solo miraban el endoso del banco y no las letras mismas, no confiaban a su vez en sus propias reservas, sino en las facilidades que les concedía el Banco de Inglaterra. Los principios de los corredores de letras de Londres pueden verse por la siguiente anécdota que el señor Dixon, antiguo director gerente del Borough Bank de Liverpool, contó a la comisión:

«En una conversación casual sobre todo el asunto, uno de los corredores de letras observó que, de no ser por la ley de sir Robert Peel, el Borough Bank no habría tenido que suspender sus pagos. Le respondí que, fueran cuales fueran los méritos de la ley de sir Robert Peel, yo por mi parte no habría estado dispuesto a mover un dedo para sostener al Borough Bank en apuros si eso hubiera significado continuar con el miserable sistema de negocios practicado hasta entonces; y añadí que, si antes de ser director gerente hubiera sabido de los manejos del Borough Bank la mitad de lo que usted debía de saber, puesto que veía gran cantidad de las letras descontadas por el Borough Bank, nadie habría podido inducirme nunca a hacerme accionista.» La respuesta fue: «Tampoco a mí me habría inducido usted. Para mí estaba muy bien descontar letras, pero accionista tampoco me habría hecho.»

El Borough Bank de Liverpool, el Western Bank of Scotland de Glasgow y el Northumberland and Durham District Bank, cuyos negocios sometió la comisión al examen más minucioso, parecen haberse llevado la palma en la carrera de la mala administración. El Western Bank de Glasgow, que tenía en Escocia 101 sucursales, además de corresponsales en América, permitía girar letras por la mera comisión, elevó su dividendo en 1854 del 7 al 8 por ciento y en 1856 del 8 al 9 por ciento, y todavía en junio de 1857, cuando la mayor parte de su capital ya no existía, anunció un dividendo del 9 por ciento. Sus descuentos, que en 1853 habían sido de 14.987.000 libras, habían crecido en 1857 a 20.691.000 libras. Los redescuentos del banco en Londres, que en 1852 ascendían a 407.000 libras, habían subido en 1856 a 5.407.000 libras. Mientras que todo el capital del banco era de solo 1.500.000 libras, al quebrar en noviembre de 1857 apareció la suma de 1.603.000 libras que le debían solo las cuatro casas MacDonald, Monteith, Wallace y Pattison.3 Una de las principales operaciones del banco consistía en dar anticipos sobre «intereses», es decir, se proveía de capital a fabricantes con la garantía de la eventual venta de la mercancía fabricada con el préstamo anticipado. La ligereza con que se llevaba el negocio de descuento se ve por el hecho de que las letras de MacDonald estaban aceptadas por 127 partes distintas; solo se comprobaron 37, y en 21 de ellas el informe resultó insatisfactorio o francamente malo. Pero el crédito de MacDonald continuó sin merma. Desde 1848 se practicaba en los libros del banco una falsificación por la que las deudas se convertían en créditos y las pérdidas en haberes.

«Los medios con que puede llevarse a cabo esta clase de enmascaramiento», dice el informe, «se entenderán quizá mejor contando de qué modo se había dado salida a una deuda, llamada deuda de Scarth, que figuraba en diversas rúbricas del activo. Esta deuda ascendía a 20.000 libras y habría debido figurar entre las letras protestadas. Se repartió, sin embargo, entre cuatro o cinco cuentas de crédito abiertas que llevaban los nombres de los aceptantes de las letras de Scarth. Esas cuentas se cargaron con el importe de sus respectivas aceptaciones, y se contrataron seguros sobre la vida de los deudores por valor de 75.000 libras. De estos seguros, el propio banco pagó 33.000 libras de primas. Todas ellas figuran ahora como activo en los libros.»

Por último, la investigación reveló que los propios accionistas del banco le debían 988.000 libras.

Mientras que todo el capital del Northumberland and Durham District Bank ascendía solo a 600.000 libras, había prestado casi 1.000.000 de libras a la insolvente Derwent Iron Company. Aunque el señor Jonathan Richardson, que era el alma del banco y de hecho la persona que lo dirigía todo, no era socio directo de la Derwent Iron Company, estaba muy interesado en ese negocio poco prometedor, porque cobraba regalías por la extracción del mineral. Este caso ofrece, pues, un ejemplo interesante de cómo todo el capital de un banco por acciones fue devorado con el único fin de servir a las especulaciones privadas de uno de sus directores gerentes.

Estos dos ejemplos, tomados de las revelaciones que contiene el informe de la comisión, arrojan una luz turbia sobre la moral y la conducta general de las sociedades mercantiles por acciones. Es evidente que estas instituciones, cuya influencia rápidamente creciente sobre la economía de los pueblos difícilmente puede exagerarse, distan todavía mucho de haber elaborado su constitución adecuada. Aunque son poderosas palancas para el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad moderna, todavía no han desarrollado, como las corporaciones medievales, una conciencia corporativa en lugar de la responsabilidad individual de la que ya han sabido desprenderse por toda su estructura.

  1. En los editoriales del New-York Daily Tribune del 23 y del 28 de agosto de 1858, «La ley bancaria inglesa de 1844» y «Crisis comerciales y circulación monetaria en Inglaterra». ↩

  2. Letras giradas y aceptadas sin que medie ninguna operación comercial real, solo para obtener dinero descontándolas. ↩

  3. La MEW las llama «Teilzahlungshäuser», es decir, casas que pagaban por partes; no hemos podido cotejar el término inglés. ↩