Escrito en inglés por Friedrich Engels (fechado en París el 6 de noviembre de 1858) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5489, del 24 de noviembre de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 626-630), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. La atribución a Engels es la de la MEW. El título es el de la MEW. Se corrigen erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
París, 6 de noviembre de 1858
Entre los hombres de cierta reputación en Francia, el conde de Montalembert1 fue el primero que se adhirió al golpe de Estado (coup d'état) de Luis Napoleón. Bajo Luis Felipe había representado al partido católico en la Cámara de Diputados; bajo la República perteneció en la Asamblea Nacional a aquel partido reaccionario formado por orleanistas y legitimistas2 que aceptaba en apariencia la República para socavarla mejor, y que, mientras se mecía en la esperanza de trabajar para una u otra rama de los Borbones, en realidad hacía el juego a Luis Bonaparte, el mismo que un buen día los hizo detener y dispersar a todos y, por la gracia de una soldadesca borracha, se apoderó del poder absoluto. Montalembert, a quien no se ahorró esta expulsión violenta, fue, aunque orleanista por todo su pasado, el primero y hasta hoy el único parlamentario de renombre —si se exceptúa la «única excepción despreciable» del señor Dupin—3 que se pasó al campo bonapartista. Esta deserción de Montalembert fue un hecho significativo en la impotencia política que por entonces se había apoderado de toda Francia; fue un hecho importante para el nuevo gobierno, que aún estaba separado de toda Francia por una muralla de soldados que le servía de barrera protectora. Montalembert se dejó sobornar por la orientación específicamente católica del gobierno de Luis Napoleón. Corre el rumor de que también cambiaron de mano regalos más sólidos. Como miembro del Cuerpo Legislativo, Montalembert apoyó durante un tiempo al gobierno; aduló y se arrastró ante el hombre que había puesto la dictadura militar en lugar del debate parlamentario; fue lo bastante vil para tener a honra ser uno de aquellos hombres de paja a los que el usurpador triunfante encargaba votar leyes y fondos a su dictado: votar y no hablar, o bien hablar en su gloria. Pero Montalembert no fue recompensado por su autohumillación; había cumplido su deber; se había enajenado para siempre a sus antiguos amigos políticos; estaba comprometido para siempre; nunca podría volver a ser un adversario peligroso; estaba exprimido como un limón: ¿para qué andarse con muchos miramientos con él? El Montalembert desechado descubrió que, después de todo, no era tan acertada la manera en que Luis Bonaparte había salvado y seguía salvando a Francia, haciendo que todo bailara al son que él tocaba. No pudo menos de comparar su posición en la Cámara de Diputados con la que había ocupado en el mismo edificio diez o veinte años antes; y poco a poco empezó a hacer oposición al gobierno. Se le dejó hacer hasta cierto punto; incluso se permitió publicar dos o tres de sus primeros discursos. Desde entonces él, algunos diputados republicanos que han prestado el juramento de fidelidad y algunos bonapartistas descontentos forman una especie de oposición en esa lamentable asamblea, una oposición tan lamentable como la corporación a la que pertenece.
Esta oposición a nuevas usurpaciones del emperador ha valido al parecer al señor Montalembert, en cierta parte de la burguesía, una especie de popularidad pálida y efímera. Por lo visto, esperaba la ocasión de acrecentar esta ventaja con un golpe audaz y repentino. Estaba en relación con Le Correspondant, una revista que pertenece casi exclusivamente a la familia Broglie4 y sigue por eso una política orleanista. Montalembert aprovechó la ausencia de los Broglie de París y publicó un artículo suyo titulado «Un debate sobre la India en la Cámara de los Comunes británica», que no habría aparecido en su forma actual si los prudentes y timoratos Broglie hubieran estado en París y hubieran hecho valer su influencia. En este artículo Montalembert trata de hacerse perdonar, para salvar su honor, el haberse pasado al bonapartismo. Al poner por las nubes el sistema parlamentario de gobierno de Inglaterra, condena de manera del todo inequívoca el sistema de gobierno actual de Francia.
«Cuando me zumba la cabeza, unas veces por los cuchicheos de los gacetilleros de antecámara, otras por los gritos de los fanáticos que se creen nuestros amos o de los hipócritas que nos tienen por sus bufones; cuando siento que me amenaza con ahogarme la atmósfera opresiva, cargada de emanaciones serviles y venenosas, corro a respirar un aire más puro y a darme un baño completo en el mar de las libertades de Inglaterra… Si entre quienes abran estas páginas hay algunos que estén bajo el imperio de esa» (la bonapartista y absolutista) «moda, les digo sin rodeos: dejen de leer, no sigan adelante; nada de lo que escribo les gustará ni les interesará; vayan a rumiar en paz en los grasos pastos de su contento reposo, y no envidien a quienes, sin envidiarlos a ustedes, encuentran placer en el derecho a permanecer fieles a su pasado, en su afán celoso por pensar por sí mismos y en sus aspiraciones a la libertad… Por primera vez salí de este grandioso espectáculo» (el debate en la Cámara de los Comunes) «profundamente conmovido, como le ocurrirá a cualquiera que vea en un gobierno algo más que la antesala de los lacayos y busque en una nación civilizada algo más que un rebaño de ovejas que solo sirve para ser esquilado o para pacer en silencio a la sombra de una despreocupación enervante.»
Esto suena muy bonito y no carece, en efecto, de armonía. John Bull, acostumbrado últimamente a no oír de la prensa francesa más que burlas e injurias, está naturalmente agradecidísimo por esta adulación al por mayor (en gros) con que lo ha rociado Montalembert; tan agradecido, que ha olvidado por completo echar una ojeada a aquel «pasado» al que Montalembert pretende haber permanecido fiel. El hecho es que el señor de Montalembert se alió por propia voluntad con aquellos gacetilleros de antecámara, con aquellos fanáticos e hipócritas cuyos cuchicheos y gritos le resuenan ahora en los oídos; no puede culpar más que a sí mismo, ya que se sumergió con resolución y a sabiendas en aquella atmósfera cargada de emanaciones serviles y venenosas cuyo peso lo ahoga ahora. Si «en Francia está hoy de moda expresar aversión por todo lo que tenga la menor apariencia de recuerdo o de añoranza de una vida política anterior», el señor de Montalembert fue de los primeros en fomentar esa moda cuando se pasó con banderas desplegadas y a tambor batiente precisamente al campo que proclamaba una nueva era basada en la destrucción completa y definitiva de la «vida política pasada». En cuanto a la gente que se contenta con rumiar en los grasos pastos de su contento reposo, Montalembert no puede reprochárselo. El golpe de Estado se dio precisamente con el pretexto de reprimir las pasiones políticas e inaugurar justamente esa paz y ese contento reposo. Y si Montalembert no se adhirió al golpe de Estado precisamente por esa razón, ¿por qué razón se adhirió entonces? Desde luego, dígase lo que se quiera contra Luis Napoleón, no se le puede acusar de haber enmascarado su política o sus intenciones después del golpe de Estado. No cabía error —y no lo hubo— de que quería convertir al pueblo francés en un rebaño de ovejas que solo sirve para ser esquilado o para pacer en silencio a la sombra de una despreocupación enervante. Montalembert lo sabía tan bien como el resto del mundo. Si después se yergue cuan alto es y nos grita que lo admiremos como al hombre que, sin envidiar a sus antiguos amigos bonapartistas, permanece fiel a su pasado, tenemos que preguntarle: ¿qué pasado quiere usted decir, señor de Montalembert? ¿Su pasado en la Cámara monárquica, donde solía hablar y votar en interés de la reacción, de la opresión y del fanatismo clerical? ¿O su pasado en la Asamblea Nacional republicana, cuando con muchos de sus viejos amigos parlamentarios maquinaba la restauración de la monarquía, cuando fue suprimiendo con sus votos pieza a pieza las libertades del pueblo, la libertad de prensa, la libertad de reunión y de asociación, y cuando usted mismo forjaba las armas para aquel mismo aventurero que con esas mismas armas los echó a la calle a usted y a sus compañeros? ¿O, por último, su pasado en el Cuerpo Legislativo bonapartista, donde se humilló ante el mismo aventurero triunfante y se le acercó dócil y deliberadamente como uno de los lacayos de su antesala? ¿En cuál de estos tres pasados, señor de Montalembert, están sus aspiraciones a la libertad? Nos inclinamos a creer que a la mayoría de la gente le costará una buena dosis de «afán celoso por pensar por sí misma» averiguarlo. Entretanto, el gobierno de Luis Napoleón se ha vengado de su infiel partidario con un proceso, y el juicio ha de celebrarse en el curso de este mes. Tendremos ocasión de comparar la indignación moral de un señor de Montalembert con la indignación moral de un fiscal (procureur) bonapartista; y podemos decir desde ahora que, en lo tocante a sinceridad, no tendrán nada que envidiarse. El proceso mismo causará cierta sensación en Francia y, sea cual sea su resultado, será un hecho significativo en la historia del Segundo Imperio. El solo hecho de que Montalembert haya creído necesario romper de manera tan llamativa con el gobierno existente y provocar su procesamiento es una prueba significativa de que la burguesía de Francia despierta a la vida política. La apatía completa de esta clase —su estado de ánimo políticamente gastado, hastiado (blasé)— fue lo que permitió a Luis Napoleón establecer su poder. Como solo tenía en contra al Parlamento, que no estaba apoyado ni por la burguesía ni por la clase obrera, podía contar con el apoyo pasivo de la burguesía y con la ayuda activa del ejército. Los parlamentarios fueron derrotados en el acto; la clase obrera, en cambio, solo tras un mes de lucha librada en toda Francia.5 Durante mucho tiempo la burguesía obedeció, refunfuñando, pero obedeció, y consideró a Luis Napoleón el salvador de la sociedad y, por eso, un hombre indispensable. Ahora parece que poco a poco ha cambiado de opinión. Añora el tiempo en que ella, o al menos una parte de ella, gobernaba el país y la tribuna y la prensa solo resonaban con sus propios intereses políticos y sociales. Empieza visiblemente a recobrar la confianza en sí misma y en su capacidad para gobernar el país; y, si así fuera, encontrará también los medios de expresarlo. Podemos, pues, esperar en Francia un movimiento de la burguesía que corresponda al que ahora se desarrolla en Prusia y que será precursor de un nuevo movimiento revolucionario con la misma seguridad con que el movimiento de la burguesía de 1846-1847 en Italia fue el heraldo de las revoluciones de 1848. Luis Napoleón parece haberlo comprendido perfectamente. En Cherburgo6 dijo a un hombre al que no había visto en muchos años:
«Es una lástima que las clases cultas del país no quieran ir conmigo; es culpa suya; pero el ejército está conmigo, y así no me importa.»
Pronto descubrirá, sin embargo, lo que será del ejército —y encima de un ejército que tiene oficiales y generales como el suyo— en cuanto la masa de la burguesía esté en oposición abierta. En todo caso, parece que al continente europeo le esperan tiempos agitados.
Charles Forbes, conde de Montalembert (1810-1870), publicista y político, jefe del partido católico; par de Francia bajo la Monarquía de Julio, diputado en 1848-1851 y en el Cuerpo Legislativo de 1852 a 1857. Por su artículo «Un débat sur l'Inde au Parlement anglais», publicado en Le Correspondant en octubre de 1858, fue condenado en noviembre a seis meses de prisión y a una multa. ↩
El llamado partido del orden. ↩
André Dupin (1783-1865), jurista, presidente de la Asamblea Legislativa en 1849-1851; se adaptó al golpe de Estado y en 1857 aceptó el cargo de fiscal general del Tribunal de Casación. ↩
Víctor, duque de Broglie (1785-1870), estadista orleanista, y su hijo Alberto (1821-1901), uno de los directores de Le Correspondant. ↩
Tras el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 hubo combates de barricadas en París del 3 al 5 de diciembre y levantamientos en varios departamentos, sobre todo del centro y del sur, aplastados en las semanas siguientes. ↩
Napoleón III estuvo en Cherburgo en agosto de 1858 para inaugurar el nuevo puerto militar, con la visita de la reina Victoria. ↩