Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en París el 22 de febrero de 1858) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5270, del 12 de marzo de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 399-402), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen dos erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
París, 22 de febrero de 1858
«¿Cuándo nombrarán a Gérard, el matador de leones,1 ministro de Instrucción Pública?» Esa es la frase favorita en los arrabales de París desde que el general Espinasse,2 jefe de la campaña de la Dobrudja, de infausta memoria, fue nombrado ministro del Interior y de la Seguridad Pública. Es sabido que en Rusia preside el Santo Sínodo un general de caballería. ¿Por qué, entonces, no habría de presidir Espinasse el ministerio francés del Interior (Home Ministry), ahora que Francia se ha convertido exclusivamente en la casa (home) de los pretorianos? Con tales desproporciones manifiestas se proclama del modo más inequívoco el dominio de la espada desnuda, y Bonaparte quiere dar a entender claramente a Francia que el poder imperial no descansa en la voluntad de Francia, sino en 600.000 bayonetas. De ahí los mensajes pretorianos, redactados por los coroneles de los distintos regimientos según un modelo suministrado por las Tullerías, mensajes en los que se evita con cuidado la menor alusión a la llamada «voluntad del pueblo»; de ahí el despiece de Francia en cinco bajalatos;3 de ahí la conversión del Ministerio del Interior en un apéndice del ejército. Y con esto no acaban los cambios. Unos 60 prefectos van a ser destituidos en breve y sustituidos en su mayoría por militares. La dirección de las prefecturas se confiará a coroneles y tenientes coroneles con media paga. El antagonismo entre el ejército y la población ha de ser la garantía de la «seguridad pública», es decir, de la seguridad del héroe de Satory4 y de su dinastía.
Un gran historiador contemporáneo nos ha contado que, por mucho que se quiera velar el hecho, desde los días de la Gran Revolución ha sido siempre el ejército el que ha dispuesto de Francia. Ciertamente, bajo el Imperio, bajo la Restauración, bajo Luis Felipe y durante la república de 1848 han dominado clases distintas. Bajo el Imperio predominó el campesinado, hijo de la revolución de 1789; bajo la Restauración, la gran propiedad territorial; bajo Luis Felipe, la burguesía; y la república de 1848, contra la intención de sus fundadores, resultó ser en realidad un intento fallido de repartir el poder a partes iguales entre los partidarios de la monarquía legítima y los de la monarquía de Julio. Pero todos estos regímenes se apoyaron por igual en el ejército. ¿No se elaboró y se proclamó la misma Constitución de la república de 1848 en estado de sitio, es decir, bajo el dominio de la bayoneta? ¿No encarnó esta república el general Cavaignac? ¿No la salvó el ejército en junio de 1848 y otra vez en junio de 1849, para que ese mismo ejército la dejara caer en diciembre de 1851? ¿En qué consiste, entonces, la novedad del régimen que ahora proclama abiertamente Luis Bonaparte? ¿En que gobierna con ayuda del ejército? Eso hicieron todos sus predecesores desde los días de Termidor. Pero aunque en todas las épocas pasadas la clase dominante, cuyo ascenso correspondía a un desarrollo específico de la sociedad francesa, viera en el ejército su ultima ratio contra sus adversarios, lo que predominaba era, sin embargo, un interés social específico. En el Segundo Imperio ha de predominar el interés del propio ejército. El ejército ya no ha de mantener el dominio de una parte del pueblo sobre otra parte del pueblo. El ejército ha de mantener su propio dominio, encarnado en su propia dinastía, sobre el pueblo francés en general.
Ha de representar al Estado frente a la sociedad. No hay que creer que Bonaparte no sea consciente del carácter peligroso del experimento que intenta. Al declararse a sí mismo jefe de los pretorianos, declara a cada jefe pretoriano competidor suyo. Sus propios partidarios, con el general Vaillant5 a la cabeza, pusieron reparos a la división del ejército francés en cinco mandos de mariscal, alegando que la división era buena por razones de orden, pero no para el Imperio, porque un día acabaría en guerra civil. El Palais Royal,6 muy disgustado por el nuevo giro de la política imperial, ha evocado el recuerdo de las traiciones de los mariscales de Napoleón, con Berthier7 a la cabeza.
Cómo se comportarán en un momento crítico los cinco mariscales, que se odian cordialmente, puede juzgarse mejor por su pasado. Magnan traicionó a Luis Felipe; Baraguay d'Hilliers traicionó a Napoleón; Bosquet traicionó a la república, a la que debía su ascenso y cuyos principios, según se sabe, profesa. Castellane ni siquiera esperó a una verdadera catástrofe para traicionar al propio Luis Bonaparte. Durante la guerra de Rusia le llegó un despacho telegráfico que decía: «El emperador ha muerto». Redactó inmediatamente una proclama a favor de Enrique V8 y la mandó a la imprenta. El prefecto de Lyon había recibido el despacho verdadero, que decía: «El emperador de Rusia ha muerto». La proclama se ocultó, pero la historia se supo por todas partes. En cuanto a Canrobert,9 podrá ser fiel al emperador, pero no es más que una fracción de un todo y, sobre todo, le falta la capacidad de ser un todo. Estos cinco mariscales, conscientes de la dificultad de la tarea que iban a asumir, demoraron tanto la aceptación de sus mandos respectivos que no hubo manera de arreglar nada con su consentimiento. Al verlo, Bonaparte escribió él mismo los nombres junto a los destinos respectivos, entregó la lista a Fould10 para que la completara y la enviara al Moniteur, y así se publicó por fin su nombramiento, quisieran o no. Por otra parte, Bonaparte no se atrevió a completar su plan y nombrar a Pélissier generalísimo. De su pentarquía de mariscales podemos decir lo que, según se cuenta, el príncipe Jérôme Napoléon11 respondió al señor Fould cuando Bonaparte lo envió a ver a su tío para entregarle a este el nombramiento de presidente del consejo de regencia. Después de rechazar el ofrecimiento en la forma más descortés, el exrey de Westfalia despidió a Fould, según cuentan los chismes de París, con estas palabras: «Du reste,12 su consejo de regencia está compuesto de tal modo que para todos ustedes no hay más que un objetivo: hacerse detener unos a otros lo antes posible». Repetimos que es imposible suponer que Luis Bonaparte no conozca los peligros que encierra su sistema, tan amigo de novedades. Pero no le queda otra opción. Conoce su propia situación y la impaciencia de la sociedad francesa por librarse de él y de su mascarada imperial. Sabe que los distintos partidos se han recobrado de su parálisis y que el terremoto comercial ha hecho saltar la base material de su régimen de agiotistas. Por eso no solo prepara la guerra contra la sociedad francesa, sino que la anuncia en voz alta. A su resolución de adoptar una actitud belicosa frente a Francia corresponde que ofenda a los partidos más diversos. Cuando, por ejemplo, Cassagnac13 denunció en el Constitutionnel al señor Villemain14 como «provocador del odio» contra el Imperio y acusó al Journal des Débats de «complicidad» en el atentado15 por su silencio, se tomó al principio por un acto de celo insensato del hombre a quien Guizot llamó el roi des drôles.16 Pero pronto se filtró que el artículo había sido impuesto al Constitutionnel por el señor Rouland,17 ministro de Instrucción Pública, que había corregido él mismo las galeradas. Dicho sea de paso, el señor de Sacy,18 del Débats, recibió esta aclaración del señor Mirès,19 propietario del Constitutionnel, que no quería cargar con la responsabilidad del artículo. Que Bonaparte acuse a todos los partidos de ser sus enemigos personales encaja, pues, en su juego de intrigas. Forma parte de su sistema. Les dice claramente que no se hace ilusiones sobre el rechazo general de su dominio, pero que está dispuesto a responderle con metralla y fuego de fusilería.
Jules Gérard (1817-1864), oficial francés de spahis en Argelia, célebre por haber cazado decenas de leones. ↩
Charles-Marie Espinasse (1815-1859), general francés, uno de los ejecutores del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851; mandó en 1854 la desastrosa expedición a la Dobrudja, diezmada por el cólera. Fue ministro del Interior y de la Seguridad General de febrero a junio de 1858, tras el atentado de Orsini. ↩
Por decreto del 27 de enero de 1858, Francia quedó dividida en cinco grandes mandos militares con sede en París, Nancy, Lyon, Tours y Toulouse, al frente de cada uno de los cuales se puso un mariscal. ↩
En la revista de Satory, cerca de Versalles, el 10 de octubre de 1850, Luis Bonaparte, entonces presidente, se ganó a las tropas con agasajos de salchichón, champán y cigarros, y estas lo vitorearon como emperador. ↩
Jean-Baptiste Philibert Vaillant (1790-1872), mariscal de Francia y ministro de la Guerra de 1854 a 1859. ↩
Residencia en París de Jérôme Bonaparte, tío de Napoleón III, y de su hijo el príncipe Napoleón. ↩
Louis-Alexandre Berthier (1753-1815), mariscal y jefe de estado mayor de Napoleón I, que en 1814 se pasó a los Borbones. ↩
El conde de Chambord (1820-1883), nieto de Carlos X, pretendiente legitimista al trono de Francia con el nombre de Enrique V. La noticia de que habla el texto es la de la muerte del zar Nicolás I, en marzo de 1855. ↩
Los cinco mariscales eran Bernard Pierre Magnan (1791-1865), Achille Baraguay d'Hilliers (1795-1878), Pierre Bosquet (1810-1861), Boniface de Castellane (1788-1862) y François Certain Canrobert (1809-1895). ↩
Achille Fould (1800-1867), banquero, ministro de Estado y de la Casa del Emperador. ↩
Jérôme Bonaparte (1784-1860), hermano menor de Napoleón I, rey de Westfalia de 1807 a 1813 y tío de Napoleón III. Aquí no se trata de su hijo, el príncipe Napoleón (Plon-Plon), sino del propio exrey. ↩
«Por lo demás». ↩
Adolphe Granier de Cassagnac (1806-1880), periodista bonapartista. ↩
Abel-François Villemain (1790-1870), crítico e historiador de la literatura, exministro de Luis Felipe. ↩
El atentado de Felice Orsini contra Napoleón III, el 14 de enero de 1858. ↩
«Rey de los bribones». ↩
Gustave Rouland (1806-1878), ministro de Instrucción Pública y Cultos de 1856 a 1863. ↩
Samuel Ustazade Silvestre de Sacy (1801-1879), redactor del Journal des Débats. ↩
Jules Mirès (1809-1871), banquero y especulador, propietario del Constitutionnel y del Pays. ↩