Escrito en inglés por Friedrich Engels el 14 de enero de 1858 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5236, del 1 de febrero de 1858. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del Tribune hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12, Berlín, 1961, pp. 369-377), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Tenemos por fin ante nosotros el parte oficial de sir Colin Campbell sobre el socorro de Lucknow. Confirma en todos los aspectos las conclusiones que sacamos de los primeros informes no oficiales sobre esta acción. El carácter despreciable de la resistencia que opusieron los de Oudh resulta todavía más evidente en este documento, mientras que, por otra parte, el propio Campbell parece enorgullecerse más de su hábil dirección que de ninguna bravura fuera de lo común mostrada por él o por sus tropas. El parte cifra la fuerza de las tropas británicas en unos 5.000 hombres, de ellos unos 3.200 de infantería y 700 de caballería, y el resto artillería, brigada naval, ingenieros, etc. Las operaciones empezaron, como se ha dicho, con el ataque a Dilkusha. Este jardín se tomó tras un combate en movimiento. «Las pérdidas fueron muy pequeñas; las del enemigo también fueron pequeñas, debido a lo repentino de su retirada». En realidad, no hubo ocasión de mostrar heroísmo en este caso. Los de Oudh se retiraron con tanta prisa que atravesaron de un tirón el recinto de La Martinière sin aprovechar la nueva línea de defensa que ofrecía ese puesto. El primer síntoma de una resistencia más tenaz se vio en el Sikandar Bagh, un recinto de 120 yardas en cuadro, de altos muros aspillerados, flanqueado por una aldea aspillerada a unas 100 yardas. Allí Campbell desplegó en el acto su forma de hacer la guerra, menos fogosa pero más sensata. La artillería pesada y la de campaña concentraron sus esfuerzos en el recinto principal, mientras una brigada atacaba la aldea barricada y otra rechazaba a cuantas partidas enemigas intentaban salir a campo abierto. La defensa fue lamentable. Dos posiciones atrincheradas como las descritas, que se flanquean una a otra con su fuego, en manos de soldados mediocres, o incluso de insurrectos indisciplinados pero con agallas, exigirían muchos combates para tomarlas. Pero aquí no parece haber habido ni agallas, ni concierto, ni siquiera una sombra de sentido común. No oímos hablar de que se empleara artillería alguna en la defensa. La aldea (evidentemente un pequeño grupo de casas) se tomó al primer empuje. Las tropas que estaban en campo abierto se dispersaron sin esfuerzo. Así, en pocos momentos el Sikandar Bagh quedó del todo aislado, y cuando, tras una hora de cañoneo, los muros cedieron por un punto, los highlanders asaltaron la brecha y mataron a cuantos había en el lugar; según sir Colin Campbell, se encontraron en él 2.000 nativos muertos.

El Shah Najaf fue el puesto siguiente: un recinto amurallado preparado para la defensa, con una mezquita como reducto; otra vez una de esas posiciones que desearía precisamente un jefe de tropas valientes pero semidisciplinadas. Se tomó al asalto después de que un cañoneo de tres horas abriera los muros. Al día siguiente, el 17 de noviembre, se atacó el Mess-house. Era un grupo de edificios cercado por un terraplén de barro y un foso escarpado de doce pies de ancho; dicho de otro modo, un reducto de campaña corriente, con un foso pequeño y un parapeto de grosor y altura problemáticos. Por una u otra causa, este lugar le pareció bastante temible al general Campbell, pues resolvió en el acto dar a su artillería todo el tiempo necesario para batirlo antes de asaltarlo. El cañoneo duró, en consecuencia, toda la mañana, hasta las 3 de la tarde, cuando la infantería avanzó y tomó la posición de una acometida. En todo caso, aquí no hubo combate encarnizado. El Moti Mahal, el último puesto de los de Oudh en la línea hacia la Residencia, fue cañoneado durante una hora; se abrieron varias brechas y luego se tomó sin dificultad, y con eso terminaron los combates por el socorro de la guarnición.

El carácter de toda la acción es el de un ataque de tropas europeas bien disciplinadas y con buenos oficiales, avezadas a la guerra y de valor mediano, contra una chusma asiática que no tenía ni disciplina, ni oficiales, ni costumbre de la guerra, ni siquiera armas adecuadas, y cuyo valor estaba quebrantado por la conciencia de la doble superioridad de sus adversarios, como soldados sobre civiles y como europeos sobre asiáticos. Hemos visto que en ninguna parte parece haberse opuesto artillería a sir Colin Campbell. Veremos más adelante que el informe del brigadier Inglis lleva a la conclusión de que la gran masa de los insurrectos debía de carecer de armas de fuego; y si es cierto que en el Sikandar Bagh se mató a 2.000 nativos, es evidente que tenían que estar muy imperfectamente armados, pues de lo contrario los mayores cobardes habrían defendido el lugar contra una sola columna de asalto.

Por otra parte, la conducción del combate por el general Campbell merece el mayor elogio por su habilidad táctica. Por la falta de artillería de sus adversarios debió de saber que no se podría resistir a su avance; en consecuencia, empleó esta arma a fondo, despejando primero el camino a sus columnas antes de lanzarlas. El ataque al Sikandar Bagh y a sus defensas de flanco es un ejemplo excelente del modo de conducir un asunto así. Al mismo tiempo, una vez comprobada la naturaleza despreciable de la defensa, no trató a tales adversarios con formalidades innecesarias; en cuanto había un hueco en los muros, la infantería avanzaba. En suma, sir Colin Campbell figura desde la jornada de Lucknow como general; hasta ahora solo se le conocía como soldado.

Con el socorro de Lucknow tenemos por fin en nuestro poder un documento que describe lo ocurrido durante el asedio de la Residencia. El brigadier Inglis,1 sucesor en el mando de sir Henry Lawrence,2 ha presentado su informe al gobernador general; y, según el general Outram3 y la prensa británica al unísono, este sí que es un caso señalado de heroísmo, porque nunca se ha visto tal bravura, tal perseverancia, tal resistencia a la fatiga y las penalidades, y la defensa de Lucknow no tiene par en la historia de los asedios. El informe del brigadier Inglis nos cuenta que el 30 de junio los británicos hicieron una salida contra los nativos, que entonces se estaban concentrando, pero fueron rechazados con pérdidas tan grandes que tuvieron que limitarse en el acto a la defensa de la Residencia, e incluso abandonar y volar otro grupo de edificios de las cercanías que contenía 240 barriles de pólvora y 6.000.000 de cartuchos de fusil. El enemigo cercó en el acto la Residencia, ocupando y fortificando los edificios de sus inmediaciones, algunos a menos de 50 yardas de las defensas, que sir Henry Lawrence, contra el consejo de los ingenieros, se había negado a arrasar. Los parapetos británicos estaban todavía en parte sin terminar, y solo había dos baterías en condiciones de servicio, pero, pese al fuego terrible e incesante «mantenido por» 8.000 hombres que disparaban «a la vez contra la posición», pudieron terminarlos muy pronto y tener 30 cañones en batería. Ese fuego terrible debió de ser un tiroteo muy desordenado y al azar, que no merecía en absoluto el nombre de tiro de precisión con que lo adorna el general Inglis; si no, ¿cómo habría podido vivir un hombre en un lugar defendido quizá por 1.200 hombres? Los casos que se relatan para mostrar lo terrible de ese fuego —que mató a mujeres y niños e hirió a hombres en lugares que se consideraban bien resguardados— son ejemplos muy pobres, porque eso no ocurre nunca tanto como cuando el fuego del enemigo, en vez de apuntar a objetivos distintos, se dirige contra la fortificación en general y, por consiguiente, nunca alcanza a los verdaderos defensores. El 1 de julio Lawrence fue herido de muerte, e Inglis tomó el mando. El enemigo tenía ya para entonces de 20 a 25 cañones emplazados, «plantados alrededor de todo nuestro puesto». Gran suerte para la defensa, porque si hubiera concentrado su fuego en uno o dos puntos de las murallas, lo más probable es que la posición hubiera caído. Algunos de esos cañones estaban emplazados en lugares «donde nuestros cañones pesados no podían responderles». Ahora bien, como la Residencia está en un terreno dominante, esos lugares solo pueden haber estado situados de tal modo que los cañones del atacante no podían disparar contra la muralla, sino únicamente contra los tejados de los edificios del interior; cosa muy afortunada para la defensa, porque eso no hacía gran daño, y esos mismos cañones habrían podido emplearse con mucho más provecho disparando contra el parapeto o las barricadas. En conjunto, la artillería de ambos bandos tuvo que estar miserablemente servida, porque de otro modo un cañoneo a tan corta distancia habría terminado muy pronto con las baterías desmontándose unas a otras; y que esto no ocurriera sigue siendo un misterio.

El 20 de julio los de Oudh hicieron estallar una mina bajo el parapeto, que, sin embargo, no causó daños. Dos columnas principales avanzaron inmediatamente al asalto, mientras se intentaban ataques simulados en otros lugares; pero el simple efecto del fuego de la guarnición las hizo retroceder. El 10 de agosto estalló otra mina y abrió una brecha

«por la que habría podido avanzar un regimiento en perfecto orden. Una columna cargó contra esta brecha, flanqueada por los ataques secundarios; pero en la brecha solo unos pocos enemigos avanzaron con la mayor determinación».

Esos pocos fueron pronto despachados por el fuego de flanco de la guarnición, mientras que en los ataques de flanco unas granadas de mano y un poco de fuego hicieron retroceder a las masas indisciplinadas. La tercera mina se hizo estallar el 18 de agosto; se formó una nueva brecha, pero el asalto fue aún más desganado que antes y se rechazó con facilidad. La última explosión y el último asalto tuvieron lugar el 5 de septiembre, pero de nuevo las granadas de mano y la fusilería los hicieron retroceder. Desde entonces hasta la llegada del socorro, el asedio parece haberse convertido en un mero bloqueo, con un fuego más o menos sostenido de fusilería y artillería.

Es, en efecto, un asunto extraordinario. Una turba de 50.000 hombres o más, formada por los habitantes de Lucknow y de la comarca circundante, con quizá 5.000 o 6.000 soldados instruidos entre ellos, bloquea a un cuerpo de unos 1.200 o 1.500 europeos en la Residencia de Lucknow e intenta reducirlos. Tan poco orden reinaba entre los bloqueadores que los abastecimientos de la guarnición parecen no haber sido cortados nunca por completo, aunque sí lo fueron sus comunicaciones con Cawnpore. Las operaciones de lo que se llama «el asedio» se distinguen por una mezcla de ignorancia y desorden asiáticos con algún que otro atisbo de conocimientos militares introducidos por el ejemplo y la disciplina europeos. Evidentemente había entre los de Oudh algunos artilleros y zapadores que sabían construir baterías; pero su actuación parece haberse limitado a construir abrigos contra el fuego del enemigo. Parece incluso que llevaron este arte de resguardarse a una gran perfección, tanto que sus baterías debían de ser muy seguras, no solo para los artilleros, sino también para los sitiados; no podía manejarse en ellas ningún cañón con algún efecto. Ni se manejó; si no, ¿cómo se explica este hecho sin par: que 30 cañones dentro y 25 fuera actuaran unos contra otros a distancias cortísimas, algunas de no más de 50 yardas, y que, sin embargo, no oigamos hablar de cañones desmontados ni de que un bando acallara la artillería del otro? En cuanto al fuego de fusilería, primero hemos de preguntar cómo es posible que ocho mil nativos tomaran posición a tiro de fusil de las baterías británicas sin que la artillería los mandara a paseo. Y si lo hicieron, ¿cómo es posible que no mataran o hirieran a todos los que había en el lugar? Y, sin embargo, se nos dice que se mantuvieron y dispararon día y noche, ¿y que, pese a todo ello, el 32.º regimiento, que después del 30 de junio podía contar a lo sumo 500 hombres y tuvo que soportar el peso de todo el asedio, todavía tenía 300 al final? Si esto no es la réplica exacta de los «últimos diez supervivientes del Cuarto Regimiento (polaco)»,4 que entró en Prusia con 88 oficiales y 1.815 soldados, ¿qué es entonces? Los británicos tienen toda la razón en que nunca se ha visto combatir como en Lucknow; en efecto, no se ha visto. Pese al tono modesto, aparentemente sencillo, del informe de Inglis, sus extrañas observaciones sobre cañones emplazados de modo que no se les podía disparar, sobre unos 8.000 hombres que disparaban día y noche sin efecto, sobre 50.000 insurrectos que lo bloqueaban, sobre la penalidad de que las balas entraran en lugares donde nada tenían que hacer y sobre asaltos llevados a cabo con la mayor determinación y, sin embargo, rechazados sin esfuerzo alguno, todas esas observaciones nos obligan a reconocer que el informe entero está lleno de las exageraciones más flagrantes y no resiste ni un momento una crítica serena.

Pero entonces, ¿los sitiados sufrirían sin duda penalidades fuera de lo común? Escuchen.

«La falta de criados nativos ha sido también fuente de muchas privaciones. Varias señoras han tenido que cuidar a sus hijos, e incluso lavar su propia ropa y cocinar sus escasas comidas sin ayuda alguna».

¡Compadeced las penas de una pobre señora de Lucknow!5 Cierto que en estos tiempos de altibajos, en que las dinastías se hacen y se deshacen en un día y las revoluciones y los cracs comerciales se combinan para hacer espléndidamente inseguras todas las comodidades de este mundo, no se nos pide que mostremos gran compasión si oímos que alguna exreina ha de zurcirse las medias, e incluso lavárselas, por no hablar de cocinarse su chuleta de carnero. Pero una dama angloindia, una de esas innumerables hermanas, primas o sobrinas de oficiales a media paga, escribientes del gobierno de la India, comerciantes, empleados o aventureros que son, o más bien eran antes del motín, enviadas cada año, recién salidas del internado, al gran mercado matrimonial de la India, ni más ni menos ceremoniosamente, y a menudo con mucha menos voluntad, que las bellas circasianas que van al mercado de Constantinopla, ¡la sola idea de que una de estas damas tenga que lavar su propia ropa y cocinar sus escasas comidas sin ayuda alguna, ninguna! Hierve la sangre. Completamente sin «criados nativos», ¡ay, teniendo que cuidar en persona a sus propios hijos! Es indignante; ¡habría sido preferible Cawnpore!6

La chusma que cercaba la Residencia quizá contaba 50.000 hombres; pero la gran mayoría no podía tener armas de fuego. Los 8.000 «tiradores de precisión» quizá tenían armas de fuego; pero de qué clase eran las armas y los hombres lo dice el efecto de su fuego. Ha quedado probado que los veinticinco cañones de la batería estaban servidos del modo más despreciable. Las minas se hicieron tan al azar como el tiro. Los asaltos no merecen siquiera el nombre de reconocimientos. Hasta aquí los sitiadores.

Los sitiados merecen todo el reconocimiento por la gran fuerza de carácter con que han resistido cerca de cinco meses, la mayor parte de ese tiempo sin noticia alguna de las fuerzas británicas. Lucharon y esperaron contra toda esperanza, como corresponde a hombres que han de vender su vida tan cara como puedan y defender a mujeres y niños de la crueldad asiática. También les reconocemos plenamente su vigilancia y perseverancia. Pero, después de la experiencia de la capitulación de Wheeler en Cawnpore, ¿quién no habría hecho lo mismo?

En cuanto al intento de convertir la defensa de Lucknow en una muestra de heroísmo sin par, es ridículo, sobre todo después del torpe informe del general Inglis. Las privaciones de la guarnición se limitaron a un abrigo escaso y a la exposición a la intemperie (que, sin embargo, no produjo ninguna enfermedad seria), y en cuanto a las provisiones, lo peor que tuvieron fue «carne de vaca basta y harina aún más basta», ¡comida mucho más confortable que aquella a la que están acostumbrados los soldados sitiados en Europa! Compárese la defensa de Lucknow contra una chusma bárbara, estúpida e ignorante con la de Amberes en 18327 y la del fuerte de Malghera, cerca de Venecia, en 1848 y 1849,8 por no hablar de Totleben en Sebastopol, que tuvo que vencer dificultades mucho mayores que el general Inglis. Malghera fue atacado por los mejores ingenieros y artilleros de Austria y defendido por una débil guarnición de reclutas bisoños; cuatro quintas partes de ellos no tenían abrigo a prueba de bomba; el terreno bajo producía una malaria más peligrosa que el clima de la India; cien cañones disparaban contra ellos, y durante los tres últimos días del bombardeo se dispararon cuarenta proyectiles por minuto; y, sin embargo, el fuerte resistió un mes, y habría resistido más si los austriacos no hubieran ocupado una posición que hizo necesaria su retirada. O tómese Danzig, donde Rapp,9 con los restos enfermos de los regimientos franceses que volvían de Rusia, resistió once meses. Tómese, en fin, cualquier asedio respetable de los tiempos modernos y se verá que en él se mostraron más habilidad, más espíritu y tanto arrojo y aguante como en este asunto de Lucknow, frente a una desproporción de fuerzas igual de grande.

Los insurrectos de Oudh, sin embargo, aunque despreciables en campo abierto, demostraron inmediatamente después de la llegada de Campbell la fuerza de una insurrección nacional. Campbell vio en el acto que con sus fuerzas no podía ni atacar la ciudad de Lucknow ni sostenerse en ella. Es completamente natural, y así le parecerá a cualquiera que haya leído con atención la historia de la invasión francesa de España bajo Napoleón. La fuerza de una insurrección nacional no está en las batallas campales, sino en la guerra menuda, en la defensa de las ciudades y en la interrupción de las comunicaciones del enemigo. En consecuencia, Campbell preparó la retirada con la misma habilidad con que había dispuesto el ataque. Se tomaron algunas posiciones más en torno a la Residencia. Sirvieron para engañar al enemigo sobre las intenciones de Campbell y para cubrir los preparativos de la retirada. Con una audacia perfectamente justificada frente a semejante adversario, todo el ejército, salvo una pequeña reserva, se empleó en ocupar una extensa línea de puestos avanzados y piquetes, tras la cual se evacuaron las mujeres, los enfermos y heridos y los bagajes. En cuanto se hubo realizado esta operación preliminar, los piquetes más avanzados se replegaron, concentrándose poco a poco en masas más sólidas, la primera de las cuales se retiró luego a través de la línea siguiente para volver a formar como reserva a retaguardia. Sin que se le atacara, toda esta maniobra se realizó en perfecto orden; con la excepción de Outram y de una pequeña guarnición que se dejó en Alambagh (con qué fines, no lo vemos por ahora), todo el ejército marchó a Cawnpore, evacuando así el reino de Oudh.

Entretanto habían ocurrido en Cawnpore sucesos desagradables. Windham, el «héroe del Redán»,10 otro de esos oficiales cuya habilidad, se nos dice, la han demostrado siendo muy valientes, había derrotado el 26 a la vanguardia del contingente de Gwalior, pero el 27 había sido duramente batido por ese contingente, su campamento había sido tomado e incendiado y él mismo se había visto obligado a retirarse a la antigua trinchera de Wheeler en Cawnpore. El 28 atacaron este puesto, pero fueron rechazados, y el 6 Campbell los derrotó casi sin pérdidas, les tomó todos los cañones y el tren y los persiguió catorce millas. Los detalles de todos estos asuntos son por ahora escasos; pero una cosa es segura: que la rebelión india está todavía lejos de quedar sofocada, y que, aunque la mayor parte o la totalidad de los refuerzos británicos han desembarcado ya, desaparecen de un modo casi inexplicable. Unos 20.000 hombres han desembarcado en Bengala, y aun así el ejército activo no es mayor que cuando se tomó Delhi. Aquí hay algo que no cuadra. El clima tiene que hacer estragos terribles entre los recién llegados.

  1. John Inglis (1814-1862), oficial británico, al mando de la guarnición de la Residencia de Lucknow tras la muerte de Lawrence. ↩

  2. Henry Lawrence (1806-1857), comisario jefe de Oudh, herido de muerte en la Residencia a comienzos de julio de 1857. ↩

  3. James Outram (1803-1863), general británico, que entró en Lucknow con Havelock en septiembre de 1857. ↩

  4. Alusión a la canción de Julius Mosen Die letzten Zehn vom vierten Regiment (Los últimos diez del Cuarto Regimiento), sobre los restos de un regimiento polaco que pasó a Prusia tras la derrota del levantamiento de 1830-1831. ↩

  5. Eco del verso inicial de un conocido poema inglés del siglo XVIII, The Beggar, de Thomas Moss: «Pity the sorrows of a poor old man», «compadeced las penas de un pobre anciano». ↩

  6. En Cawnpore, la guarnición del general Hugh Wheeler capituló a finales de junio de 1857; la mayoría de sus hombres murieron al embarcar, y las mujeres y los niños capturados fueron muertos en julio. ↩

  7. En diciembre de 1832 el general holandés Chassé defendió la ciudadela de Amberes contra un ejército francés de asedio. ↩

  8. El fuerte de Marghera (Malghera), en tierra firme frente a Venecia, defendido por la república veneciana hasta mayo de 1849. ↩

  9. Jean Rapp (1771-1821), general francés, defendió Danzig de enero de 1813 a enero de 1814. ↩

  10. William Windham (1810-1870), general británico, célebre por el asalto del Gran Redán de Sebastopol en septiembre de 1855; véase «La derrota de Windham». ↩