Escrito en inglés por Karl Marx el 12 de febrero de 1858 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5270, del 12 de marzo de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 394-398), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. La fecha del título lo distingue de otro artículo del mismo nombre de 1856. Se corrige una errata evidente de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

No hace falta demostrar que la precaria posición de poder gracias a la cual Luis Napoleón se llama todavía emperador de los franceses tiene que tambalearse seriamente si la crisis comercial, que en otras partes del mundo ya está remitiendo, alcanza en Francia su punto culminante. Los síntomas de esa culminación se muestran sobre todo en la situación del Banco de Francia y de los mercados franceses de productos agrícolas. Los balances del Banco presentan en la segunda semana de febrero, en comparación con la última semana de enero, los rasgos siguientes:

Disminución de la circulación monetaria8.766.400 francos
Disminución de los depósitos29.018.024 francos
Disminución de los descuentos de letras en el Banco47.745.640 francos
Disminución de los descuentos de letras en las sucursales23.264.271 francos
Disminución total de los descuentos de letras71.010.911 francos
Aumento de las letras vencidas sin pagar2.761.435 francos
Aumento de las existencias de metal precioso31.500.308 francos
Aumento del agio en las compras de oro y plata3.284.691 francos

En todo el mundo comercial, la reserva metálica de los bancos aumentó a medida que disminuía la actividad comercial. En la misma medida en que se debilitaba la vida industrial, se afianzaba en general la situación de los bancos, y en ese sentido el aumento de las existencias de metal precioso en las cámaras del Banco de Francia no sería más que otro ejemplo de un fenómeno económico observado tanto aquí, en Nueva York, como en Londres y Hamburgo. Pero hay un rasgo específico del movimiento de los metales preciosos en Francia, a saber, el aumento del agio1 en las compras de oro y plata, que llega a 3.284.691 francos, mientras que la suma total que el Banco de Francia ha gastado en ello en el mes de febrero alcanza la cifra de 4.438.549 francos. La gravedad de este hecho se ve por la comparación siguiente:

Agio pagado por el Banco de Francia en las compras de oro y plata

Febrero de 18584.438.549 francos
Enero de 18581.153.858 francos
Diciembre de 18571.176.029 francos
Noviembre de 18571.327.443 francos
Octubre de 1857949.656 francos
Del 1 de enero al 30 de junio de 18563.100.000 francos
Del 1 de julio al 11 de diciembre de 18563.250.000 francos
Del 1 de julio al 31 de diciembre de 18554.000.000 francos

Vemos por aquí que el agio que el Banco ha pagado en febrero para obtener aportaciones artificiales y pasajeras a su reserva metálica asciende a una suma casi igual a la que el Banco gastó con el mismo fin en los cuatro meses de octubre de 1857 a enero de 1858, y que supera todo el agio semestral pagado en 1856 y 1855, mientras que el importe total del agio pagado por el Banco de octubre de 1857 a febrero de 1858, que alcanza la cifra de 9.045.535 francos, supera en casi la mitad el agio pagado en todo el año 1856. Pese a esta aparente abundancia, la reserva metálica del Banco es, en consecuencia, de hecho menor que en los tres últimos años. El Banco está muy lejos de verse sobrecargado de reservas metálicas; la afluencia solo se lleva artificialmente al nivel necesario. Este solo hecho prueba a la vez que la crisis comercial en Francia todavía no ha entrado en la fase que los Estados Unidos, Inglaterra y el norte de Europa tienen ya a sus espaldas. En Francia hay una depresión comercial general, como muestra la disminución simultánea de la circulación monetaria y de los descuentos de letras; pero el crac está todavía por llegar, como prueba la disminución de los depósitos acompañada de una subida del agio sobre el metal precioso comprado y de un aumento de las letras vencidas sin pagar.

El Banco también ha tenido que anunciar que se venderá una gran parte de sus propias acciones nuevas, cuyos plazos no se han pagado puntualmente. El gobierno lo ha convertido además en el principal contratista de los ferrocarriles franceses y lo ha obligado a hacer a las compañías ferroviarias, en plazos fijos, grandes anticipos, que solo en enero y febrero ascendieron a 50.000.000 de francos. Es cierto que a cambio de esos anticipos ha recibido las obligaciones de las compañías, que tiene derecho a vender si puede. Pero el momento actual es especialmente desfavorable para una venta así, y los informes ferroviarios semanales, que dan fe de una baja continua de los ingresos, están muy lejos de autorizar grandes esperanzas en este aspecto. En el mes de enero, por ejemplo, el ferrocarril de Orleans presentaba, en comparación con los ingresos correspondientes de 1857, un retroceso del 21 por ciento; el del Este, del 18 por ciento; el de París a Lyon, de un 11 por ciento, y el del Oeste, del 14 por ciento.

Es un hecho conocido que la resistencia del comprador al paso de precios bajos a precios altos, y más aún la del vendedor al paso de precios altos a precios bajos, es siempre muy considerable, y que entonces se producen a menudo pausas de mayor o menor duración, en las que las ventas son difíciles y los precios nominales, hasta que por fin la tendencia del mercado se decide con fuerza irresistible en uno u otro sentido. Semejante lucha pasajera entre los poseedores de mercancías y los compradores no tiene nada de extraordinario; pero la prolongada disputa entre los comerciantes franceses y los consumidores franceses, que dura desde principios de noviembre hasta hoy, probablemente no tenga igual en la historia de los precios. Mientras la industria francesa está estancada, gran número de obreros están sin trabajo y los medios de todo el mundo escasean, los precios, que en otras partes han bajado por término medio de un 30 a un 40 por ciento, se mantienen todavía en Francia a la altura especulativa del periodo que precedió a la crisis general. Si se nos pregunta cómo se ha obrado este milagro económico, la respuesta es sencillamente que el Banco de Francia se ha visto obligado dos veces, bajo la presión del gobierno, a prorrogar las letras y los préstamos vencidos, y que así, de un modo más o menos directo, los fondos del pueblo francés acumulados en las cámaras del Banco se han empleado en sostener los precios inflados precisamente en contra de ese pueblo. El gobierno parece imaginarse que con este procedimiento sumamente sencillo de repartir billetes de banco dondequiera que se necesiten puede conjurarse definitivamente la catástrofe. Pero el resultado real de este proceder ha sido, por una parte, agravar la penuria de los consumidores, cuyos medios reducidos no han encontrado precios reducidos, y por otra, una acumulación enorme de mercancías en los depósitos aduaneros, que se desvalorizarán por su propia masa cuando por fin tengan que arrojarse al mercado conforme a su verdadero destino. El siguiente estado de las cantidades relativas de mercancías almacenadas en los depósitos aduaneros franceses a finales de diciembre de 1857, 1856 y 1855, tomado de un periódico oficial francés, no deja ninguna duda sobre la catastrófica autorregulación de los precios que todavía le espera a Francia:

185718561855
Quintales métricosQuintales métricosQuintales métricos
Cacao19.41917.79910.188
Café210.741100.75857.644
Algodón56.00676.32228.766
Cobre15.3771.2533.197
Estaño4.0531.8531.811
Hierro colado132.924102.20276.337
Semillas oleaginosas253.596198.98274.537
Sebo25.29915.29211.276
Índigo5.2532.4113.783
Lana72.15031.56038.146
Pimienta23.44818.44210.682
Azúcar (colonial)170.33456.73555.387
Azúcar (extranjero)89.60789.80771.913

En el comercio de grano, por lo demás, la lucha ha terminado ya con consecuencias terribles para los poseedores de las mercancías. Pero sus pérdidas tienen mucha menos importancia que la situación general de la población rural de Francia en el crítico momento actual. En una reunión reciente de agricultores franceses se hizo constar que el precio medio del trigo en toda Francia era a finales de enero de 1854 de 31 francos 94 céntimos el hectolitro (unos 2 3/4 bushels), en la misma época de 1855 de 27 francos 24 céntimos, en enero de 1856 de 32 francos 46 céntimos, en enero de 1857 de 27 francos 9 céntimos y en enero de 1858 de 17 francos 38 céntimos. La conclusión unánime a que se llegó fue que

«este nivel de los precios tiene que resultar demoledor para la agricultura francesa, y que con el precio medio actual de 17 francos 38 céntimos a los productores les queda en algunas partes de Francia un margen de beneficio sumamente escaso, mientras que en otras sufren una pérdida seria».

Cabría suponer que en un país como Francia, donde la mayor parte del suelo pertenece a los propios campesinos y donde solo una parte relativamente pequeña de la producción total llega al mercado, una abundancia de grano tendría que considerarse una bendición y no una maldición. Pero es como nos dijo Luis XVIII en un discurso de la Corona del 26 de noviembre de 1821: «Ninguna ley puede impedir la penuria que resulta de una cosecha demasiado abundante». El hecho es que la gran mayoría del campesinado francés solo es propietaria de nombre: los acreedores hipotecarios y el gobierno son los verdaderos propietarios. Que el campesino francés sea capaz de hacer frente a las pesadas obligaciones que gravan su pequeña franja de tierra no depende de la cantidad, sino del precio de sus productos.

Esta penuria en la agricultura, junto con la depresión comercial, el estancamiento de la industria y la catástrofe comercial que todavía está por llegar, tiene que poner al pueblo francés en ese estado de ánimo en el que está dispuesto a lanzarse a nuevas aventuras políticas. Con la desaparición del bienestar material y de su apéndice habitual, la indiferencia política, desaparece también todo pretexto para que el Segundo Imperio siga existiendo.

  1. Prima que se paga por encima del valor nominal en la compra de moneda o de metal precioso. ↩