Escrito en inglés por Karl Marx y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5219, del 12 de enero de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 347-352), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrige una errata evidente de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
La reducción del tipo de descuento que ha ido realizando el Banco de Francia, desde el 10 por ciento en que estaba después del 12 de noviembre hasta el 9 por ciento el 26 de noviembre, el 8 el 5 de diciembre y el 6 el 17 de diciembre, la presentan naturalmente los órganos de prensa imperiales como prueba irrefutable de que la conmoción comercial va remitiendo y de que «Francia superará la dura prueba sin sufrir una catástrofe». El sistema financiero de Napoleón III habría creado «esta evidente superioridad de la situación comercial de Francia sobre la situación comercial de todas las demás naciones» y sería garantía de que Francia, ahora y en el futuro, «se verá menos afectada en tiempos de crisis que los países que compiten con ella». Ahora bien, un 6 por ciento es un tipo de descuento bancario que en Francia no se había dado nunca desde comienzos del siglo actual —si se exceptúa febrero de 1800, unos días después de que el tío fundara el Banco— hasta el periodo crítico de 1855 y 1856, bajo el sobrino.1 Pero si el Banco de Francia sigue reduciendo su tipo, digamos hasta el 4 por ciento, ¿qué? El tipo de descuento se rebajó al 4 por ciento el 27 de diciembre de 1847, cuando la crisis general todavía duraba y la crisis francesa aún no había alcanzado su punto culminante. Entonces, como ahora, el gobierno felicitaba a Francia por su privilegio de salir de las crisis generales con solo unos rasguños, y para colmo superficiales. Dos meses después, el terremoto financiero había derribado el trono y al sabio que se sentaba en él.2
No negamos, desde luego, el hecho de que la crisis ha tenido hasta ahora en el comercio francés una influencia menor de lo esperado. La razón es simplemente que la balanza comercial con los Estados Unidos, Gran Bretaña y las ciudades hanseáticas es favorable a Francia, y lo es desde hace mucho tiempo. Así pues, para que las crisis surgidas en esos países hubieran repercutido directamente en Francia, esta habría tenido que concederles grandes créditos o acumular para ellos, especulando, mercancías de exportación. Nada de eso ha sucedido. Por eso los acontecimientos americanos, ingleses y hanseáticos no podían provocar una salida de oro de Francia, y si el Banco de Francia elevó durante unas semanas su tipo al nivel del inglés, lo hizo solo por temor a que el capital francés buscara en el extranjero una colocación más lucrativa.
No puede negarse, sin embargo, que la crisis general se ha dejado sentir en Francia, incluso en su fase actual, en una forma adecuada a las relaciones comerciales de este país con los Estados Unidos, Inglaterra y las ciudades hanseáticas, a saber, en el estancamiento crónico. Ha obligado a Bonaparte, que en su carta del 11 de noviembre declaraba que «el mal solo existe en la imaginación», a salir con otro mensaje oficial según el cual
«pese a la prudencia del comercio francés y a la vigilancia del gobierno, la crisis comercial ha obligado a muchas ramas de la industria, si no a suspender la producción, sí por lo menos a acortar la jornada o a rebajar los salarios», de modo que «muchos obreros sufren una ociosidad forzosa».
Por eso ha abierto un crédito de un millón de francos para socorrer a los necesitados y proporcionarles trabajo, ha ordenado medidas militares de precaución en Lyon y ha apelado, por medio de sus periódicos, a la beneficencia privada. Los reintegros en las cajas de ahorros han empezado a superar con mucho a las imposiciones. Muchos fabricantes han sufrido graves pérdidas por quiebras en América y en Inglaterra; la producción disminuye en proporciones alarmantes en París, Lyon, Mulhouse, Roubaix, Ruan, Lille, Nantes, Saint-Étienne y otros centros industriales, mientras reinan serias dificultades en Marsella, El Havre y Burdeos.
El estancamiento general del comercio en todo el país se desprende con especial claridad del último informe mensual del Banco de Francia, que muestra en diciembre, respecto de octubre, una disminución de la circulación monetaria de 73.040.000 francos, y respecto de noviembre, una disminución de 48.955.900 francos, mientras que el total de las letras descontadas ha bajado en unos 100.000.000 de francos en comparación con octubre y en 77.067.059 en comparación con noviembre. Con el estado actual de la prensa francesa no es posible, naturalmente, averiguar la cifra exacta de las quiebras en las ciudades de provincias, pero las quiebras de París, aunque desde luego todavía no amenazadoras, muestran una tendencia a crecer no solo en número, sino también en la importancia de las empresas afectadas. En las dos semanas del 17 de noviembre al 1 de diciembre hubo treinta y cuatro quiebras en París, de las que nada menos que veinticuatro eran de ropavejeros, lecheros, sastres, fabricantes de flores artificiales, ebanistas, marroquineros, doradores, comerciantes en cueros, joyeros, ribeteadores, fabricantes de vinagre, gorreros, fruteros, etc. Del 1 al 8 de diciembre hubo nada menos que treinta y una quiebras, y del 9 al 15 la cifra subió a treinta y cuatro, entre ellas varias de mayor importancia, como la de la casa de banca Bourdon, Dubuch & Co., la de la Compañía General de voitures de remise,3 la de una compañía de telares Jacquard, la de una compañía de aceites, etc. Por otra parte, el intento de Bonaparte de detener la ruinosa caída de los precios del trigo y de la harina revocando los decretos de prohibición ha fracasado, porque los precios han bajado sin cesar del 26 de noviembre al 21 de diciembre, y, pese a un margen de beneficio razonable en las ventas en Londres, hasta el 22 de diciembre no se habían embarcado para allí más de 3.000 sacos (de 110 kg cada uno).
Si la balanza comercial con los Estados Unidos, Inglaterra y las ciudades hanseáticas es favorable a Francia, le es desfavorable en su comercio con la Rusia meridional, el Zollverein, Holanda, Bélgica, el Levante e Italia. En cuanto a Suiza, la balanza comercial de Francia con ella sigue siendo en la actualidad pasiva, pero Francia está tan endeudada con ella —pues la mayoría de las fábricas de Alsacia funcionan con capital suizo— que Suiza puede ejercer siempre, en tiempos de escasez de dinero, una fuerte presión sobre el mercado monetario francés. En este periodo, como en todos los anteriores, no habrá una crisis francesa aguda antes de que las dificultades comerciales de los países mencionados hayan alcanzado cierto grado. Que Holanda no pueda salir indemne de la tormenta actual se comprende por la simple consideración de que su comercio, todavía considerable, se limita casi exclusivamente a las clases de mercancías cuyos precios han caído del modo más funesto y siguen cayendo. En los centros industriales del Zollverein se hacen visibles ya los síntomas premonitorios de la crisis. En los periódicos de Trieste se expresan temores de un crac en el comercio del mar Negro y del Levante, y los primeros relámpagos que lo anuncian han bastado para hacer quebrar a algunas grandes casas de Marsella. Por último, en Italia el pánico monetario ha estallado con toda su fuerza justo en el momento en que en el norte de Europa ya parecía amainar, como puede verse por el siguiente extracto de la Opinione de Milán del 18 de diciembre.
«Las dificultades de hoy son muy, muy grandes. Las quiebras se producen en proporciones alarmantes, y después de las quiebras de Palleari, Ballabio & Co., Cighera, Redaelli, Wechler y Mazzola, después del contragolpe de las ciudades extranjeras, después de la suspensión de pagos de las mejores casas de Verona, Venecia, Udine y Bérgamo, también nuestras casas más fuertes empiezan a tambalearse y a hacer balance. Y esos balances son muy tristes. Baste observar que entre nuestras grandes casas sederas no hay una sola que tenga en almacén menos de 50.000 libras de seda, de lo que se calcula fácilmente que cada una de ellas tiene que perder a los precios actuales de medio millón a dos millones de francos, pues en algunas las existencias pasan de 150.000 libras. La casa Hermanos Brambilla ha recibido la ayuda de un préstamo de millón y medio de francos; Battista Gavazzi entra en liquidación, y otros hacen lo mismo. Todo el mundo se pregunta qué le espera; se han perdido tantas fortunas, y tantas se han reducido a la mitad; tantas familias que hace poco vivían desahogadamente están completamente arruinadas; tantos obreros sin trabajo, sin pan ni medio alguno de vida».
Cuando la crisis francesa haya madurado bajo la presión creciente de esos países, tendrá que vérselas con una nación de jugadores, si no de aventureros comerciales, y con un gobierno que ha desempeñado en Francia el mismo papel que el comercio privado en nuestro país, en Inglaterra y en Hamburgo. Golpeará con dureza el mercado de valores y pondrá en peligro a su principal sostén: el Estado mismo. El resultado natural de la contracción del comercio y de la industria franceses es poner dinero a disposición de la Bolsa, tanto más cuanto que el Banco de Francia está obligado a conceder anticipos sobre fondos públicos y acciones de ferrocarriles. En vez de frenar el juego de Bolsa, el estancamiento actual del comercio y de la industria franceses lo ha fomentado. Así, vemos por el último informe mensual del Banco de Francia que sus anticipos sobre acciones de ferrocarriles han aumentado a la vez que disminuían el descuento de letras y la circulación monetaria. Por eso, en la mayoría de los ferrocarriles franceses, pese a una gran disminución de los ingresos, suben sus cotizaciones; por ejemplo, los ingresos de la línea de Orleans habían disminuido hacia finales de noviembre un 22 1/2 por ciento respecto del mismo periodo del año anterior, y, sin embargo, sus acciones se cotizaban el 22 de diciembre a 1.355 francos, mientras que el 23 de octubre solo estaban a 1.310.
Cuando empezó la depresión comercial en Francia, algunas compañías de ferrocarriles se vieron obligadas de inmediato a interrumpir sus obras, y a casi todas las demás las amenazaba una suerte parecida. Para remediarlo, el emperador obligó al Banco de Francia a firmar un contrato con las compañías por el que el Banco se ha convertido en la práctica en un verdadero contratista de ferrocarriles. Tiene que adelantar el dinero sobre las nuevas obligaciones que las compañías están autorizadas a emitir para 1858 según el convenio del 30 de noviembre de 1856, y también sobre las obligaciones que debían emitirse ya en 1857; la emisión autorizada para 1858 asciende a cuarenta y dos millones y medio. También el Crédit mobilier4 parecía destinado a sucumbir a la primera sacudida, y el 3 de diciembre tuvo que vender con enormes pérdidas una parte de su gigantesca cartera de valores. Ahora circula un proyecto para fusionarlo con el Crédit foncier y el Comptoir d'escompte, a fin de que participe del privilegio concedido a esas instituciones, cuyas letras descuenta el Banco de Francia y cuyos valores este acepta. El plan sirve, pues, evidentemente para capear el temporal haciendo responsable al Banco de Francia de todas estas empresas, maniobra que, naturalmente, expone al propio Banco al naufragio. Pero en lo que ni siquiera Napoleón III puede pensar es en hacer que el Banco pague los dividendos pasivos5 que tienen que satisfacer los accionistas privados de las diversas sociedades anónimas. Sin contar los negocios menores, a finales de diciembre vencían los siguientes: Sociedad Comercial e Industrial de Madrid (casa Rothschild), 30 dólares por acción; Compañía Franco-Americana de Navegación, 10 dólares por acción; Compañía del Ferrocarril Víctor Manuel, 30 dólares por acción; Sociedad de las Ferrerías de Herserange, 20 dólares por acción; la Compañía del Ferrocarril del Mediterráneo, 30 dólares por acción; el Ferrocarril Austriaco, 15 dólares; el Ferrocarril de Zaragoza, 10 dólares; el Ferrocarril Franco-Suizo, 10 dólares; la Société générale de Tanneries,6 10 dólares; la Compagnie de la Carbonisation de Houilles, 10 dólares, etc. A comienzos de año vence un pago de 20 dólares por acción del ferrocarril de Chimay a Mariembourg, de 12 1/2 dólares de los ferrocarriles lombardo-venecianos y de 20 dólares de las compañías de navegación a vapor belga y sudamericana. Según el convenio del 30 de noviembre de 1856, solo los dividendos pasivos de los ferrocarriles franceses ascenderán en 1858 a unos 50.000.000 de dólares. Hay sin duda un gran peligro de que Francia se estrelle contra estas pesadas obligaciones en 1858 como Inglaterra en 1846-1847. Además, los capitalistas de Alemania, Suiza y los Países Bajos poseen grandes cantidades de valores franceses, la mayor parte de los cuales se arrojará a la Bolsa de París, a medida que la crisis avance en esos países, para convertirlos en dinero a cualquier precio.
El Banco de Francia se fundó en enero de 1800, bajo el Consulado de Napoleón Bonaparte; el sobrino es Napoleón III. ↩
La revolución de febrero de 1848 derribó a Luis Felipe. ↩
Coches de alquiler. ↩
Société générale du Crédit mobilier, banco por acciones fundado en 1852 por los hermanos Pereire, que financiaba ferrocarriles y empresas industriales con la protección del gobierno imperial. ↩
En inglés, calls: los plazos que los accionistas deben pagar sobre acciones todavía no desembolsadas del todo. ↩
Sociedad general de curtidos; la siguiente, compañía de coquización de hulla. ↩