Escrito en inglés por Karl Marx en Berlín el 12 de octubre de 1858 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5465, del 27 de octubre de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 604-608), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Es el segundo de dos artículos con el mismo título; añadimos tras una coma la fecha de publicación en el Tribune para distinguirlos. Se suprime una glosa editorial mal cerrada de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Berlín, 12 de octubre de 1858
El rey ha salido hoy de Berlín camino del Tirol y de Italia. Entre la multitud silenciosa que quiso verlo partir en la estación de Potsdam había no pocos que en 1840 habían asistido a su coronación1 y oído el solemne juramento que hizo en su primera aparición pública como orador popular: que nunca permitiría «que un pedazo de papel galo se interpusiera entre él y su pueblo». Ese mismo hombre tuvo la desgracia no solo de jurar un «pedazo de papel galo» —¡qué denominación tan romántica para una carta o constitución!—, sino de ser él mismo el padrino de la Constitución prusiana y de verse en cierto sentido destronado en virtud de ese mismo funesto «pedazo de papel». Habrán ustedes notado la contradicción que hay entre el decreto del rey al príncipe de Prusia y el decreto del príncipe al ministerio. El rey declara en su decreto:
«… ruego a Vuestra Alteza Real y Dilección,2 mientras dure este impedimento Mío, que aún persiste, para llevar el gobierno por Mí Mismo, etc., … que tengáis a bien ejercer en Mi Nombre como regente … la potestad real bajo la sola responsabilidad ante Dios, según vuestro mejor saber y conciencia.»
En su contradecreto dice el príncipe:
«En consecuencia de esta invitación de Su Majestad y en virtud del artículo 56 de la Carta Constitucional … asumo por la presente —como agnado más próximo al trono— la regencia del país … Por consiguiente, conforme a lo dispuesto en el artículo 56 de la Carta Constitucional …, he convocado … las dos Cámaras de la Dieta de la monarquía …»
En el decreto real el rey actúa por propia iniciativa y abdica temporalmente por su libre voluntad. El príncipe, en cambio, se remite a la «invitación real» y al mismo tiempo al «artículo 56 de la Constitución», que parte del supuesto de que el rey es débil mental o está en cautividad y, por tanto, no está en condiciones de instituir él mismo la regencia. En su decreto, el rey invita además al regente a ejercer su poder «bajo la sola responsabilidad ante Dios», mientras que el príncipe, al remitirse a la Constitución, deja toda la responsabilidad al ministerio existente. Según el artículo que cita el regente, «el agnado mayor de edad más próximo a la corona» debe convocar sin demora las Cámaras, que en sesión conjunta han de resolver sobre la «necesidad de la regencia». Para quitarle a la Dieta ese poder de las manos, se insistió en la abdicación voluntaria del rey; pero, para no depender por completo de los caprichos del rey, se invocó la Constitución. La pretensión del regente tiene, pues, un punto débil, ya que procede, como él mismo admite, de dos títulos jurídicos que se excluyen mutuamente. El artículo 58 de la Constitución dice:
«… Hasta la prestación de este juramento» (del regente) «sobre la Constitución» (ante las Cámaras reunidas) «el conjunto del ministerio de Estado existente sigue siendo responsable de todos los actos de gobierno.»
¿Cómo se concilia esto con la «sola responsabilidad ante Dios»? El reconocimiento del decreto real es un pretexto, porque se convoca la Dieta, y la convocatoria de la Dieta es un pretexto, porque no tiene que resolver sobre la «necesidad» de la regencia. El príncipe de Prusia, que en 1850 se negó a prestar juramento a la Constitución, se ve ya ahora, por el conjunto de las circunstancias, en la desagradable situación no solo de reconocer esa Constitución, sino de tener que invocarla. No hay que olvidar que los partidarios del absolutismo, sobre todo en las filas del ejército, acariciaron desde el otoño de 1848 hasta comienzos de 1850, y a veces hasta lo confesaron abiertamente, el plan de sustituir al voluble rey por el sobrio príncipe, a quien en todo caso ninguna elasticidad de espíritu impedía poseer cierta dosis de fuerza de voluntad, y que además, por su conducta en las jornadas de marzo, su huida a Inglaterra, el odio popular dirigido contra él y, por último, por sus hazañas en la campaña de Baden,3 parecía el hombre adecuado para garantizar un gobierno fuerte en Prusia, como lo hacen Francisco José en las fronteras meridionales y el hijo de Hortensia4 en las occidentales del reino de los Hohenzollern. El príncipe, en efecto, nunca ha cambiado de principios. Pero las afrentas que él, y más aún su esposa, admiradora de Goethe, espíritu culto, carácter ambicioso y orgulloso, tuvieron que sufrir de la reina y su camarilla no podían menos de empujarlo a cierta actitud de oposición. La enfermedad del rey no le dejaba más opción que dejar gobernar a la reina o reconocer él mismo la Constitución. Además, ha desaparecido ahora un escrúpulo característico de este hombre que en 1850 pesaba sobre su ánimo. Entonces era sencillamente el primer oficial del ejército prusiano, y ese ejército solo jura fidelidad al rey, no a la Constitución. Si en 1850 hubiera prestado juramento a la Constitución, habría comprometido al ejército que representaba. En la situación actual puede prestar el juramento; pero, si le place, puede sencillamente, con su renuncia, dar a su hijo5 la posibilidad de suprimir la Constitución con ayuda del ejército. Precisamente el ejemplo del gobierno de su hermano durante los últimos ocho años habría demostrado de sobra, si hacía falta un argumento más, que la Constitución solo imponía trabas imaginarias a la prerrogativa real, mientras que desde el punto de vista financiero resultaba un verdadero don del cielo. Piénsese solo en los apuros financieros del rey durante el período de 1842 a 1848, en los intentos vanos de tomar dinero prestado por medio de la Seehandlung,6 en las frías negativas de los Rothschild a prestar unos millones de dólares, en los pequeños empréstitos que rechazó la Dieta Unida en 1847,7 en el agotamiento completo de la hacienda pública, y compárense luego, por otro lado, las facilidades financieras que llegaron ya en 1850, el primer año de la Constitución, cuando las Cámaras cubrieron en un abrir y cerrar de ojos tres presupuestos de una vez con un déficit de 70.000.000. ¡Gran necio, en verdad, quien renunciara a semejante mecanismo de hacer dinero! En cuanto al pueblo, la Constitución prusiana no ha hecho más que añadir al poder tradicional de la burocracia la influencia política de la aristocracia, mientras que la corona, en cambio, ha obtenido la posibilidad de crear una deuda pública y de aumentar el presupuesto anual en más de un 100 por ciento.
Ya la historia de esta Constitución es uno de los capítulos más extraordinarios de la historia moderna. Primero, el 20 de mayo de 1848, el gabinete Camphausen redactó un proyecto de constitución que presentó a la Asamblea Nacional prusiana. La ocupación principal de esa corporación consistió en enmendar la propuesta del gobierno. La Asamblea estaba aún ocupada en ese trabajo cuando la disolvieron las bayonetas pomeranas. El 5 de diciembre de 1848 el rey otorgó una constitución propia que, sin embargo, como los tiempos seguían siendo bastante revolucionarios, solo había de servir de calmante provisional. Para revisarla se convocaron las Cámaras, cuya actividad coincidió exactamente con la época de la reacción más desenfrenada. Estas Cámaras a la prusiana recordaban en todo a la Chambre introuvable de Luis XVIII.8 Pero el rey vacilaba todavía. Aunque endulzado, aunque rebosante de lealtad y adornado con blasones medievales, el «pedazo de papel» seguía sin ser del gusto del rey. El rey lo intentó todo para quitarles las ganas a los mercachifles de la Constitución, mientras que estos estaban igualmente resueltos a no dejarse abatir por humillación alguna ni arredrar por ninguna concesión con tal de alcanzar su objetivo, una constitución nominal de cualquier contenido, aunque tuvieran que arrastrarse por el polvo. De hecho, los mensajes reales, que se sucedían como las descargas de un fuego graneado, no anulaban las resoluciones de las Cámaras revisoras, puesto que estas se mantenían en una actitud meramente pasiva, sino, al contrario, las propuestas que hacían sin cesar los propios ministros del rey en su propio nombre. Hoy proponían un artículo; dos días después, aprobado ya por las Cámaras, se le encontraban defectos y el rey hacía de su enmienda una conditio sine qua non. Por fin el rey, aburrido de este juego, se decidió en su mensaje del 7 de enero de 1850 a un último y definitivo intento de inducir a sus fieles súbditos a abandonar por desesperadas sus aspiraciones constitucionales. En un mensaje redactado expresamente con este fin propuso toda una serie de enmiendas de las que suponía que, según todo cálculo humano, ni siquiera aquellas Cámaras podrían tragarse. Se las tragaron, sin embargo, y además con cara amable. No quedó, pues, otro remedio que poner fin al asunto y promulgar la Constitución. El juramento tuvo todavía el regusto de todas las triquiñuelas bufas que habían acompañado el nacimiento de esta Constitución. El rey aceptó la Constitución con la reserva de que «encontrase posible gobernar con ella», y las Cámaras aceptaron esta declaración ambigua como un juramento y la tomaron por moneda de ley; la masa del pueblo no mostró el menor interés por todo el asunto.
Esta es la historia de esta Constitución. De su contenido me propongo darles un resumen conciso en otro artículo, ya que esta «nada ventosa»,9 por un extraño encadenamiento de circunstancias, se ha convertido por lo menos en la base de operaciones manifiesta de los partidos oficiales rivales, que en Prusia, como en todas partes, están llamados a iniciar el movimiento general que a su debido tiempo ha de salir a escena.
Federico Guillermo IV recibió el homenaje de los estamentos en Königsberg y en Berlín en 1840; la frase sobre el «pedazo de papel» la pronunció en realidad en su discurso de apertura de la Dieta Unida, el 11 de abril de 1847. ↩
Liebden («dilección»), tratamiento cortesano entre príncipes emparentados; en el Tribune figuraba en alemán. ↩
El príncipe Guillermo, a quien se atribuía la orden de disparar contra el pueblo en marzo de 1848 (de ahí su apodo de «príncipe metralla»), huyó a Inglaterra; en 1849 mandó las tropas prusianas que aplastaron la insurrección de Baden y el Palatinado. ↩
Napoleón III, hijo de Hortensia de Beauharnais y de Luis Bonaparte, rey de Holanda. ↩
Federico Guillermo (1831-1888), luego emperador Federico III. ↩
Sociedad de Comercio Marítimo, banco del Estado prusiano. ↩
La Dieta Unida, reunión de las dietas provinciales prusianas convocada en 1847, negó al rey el empréstito para el ferrocarril del Este mientras no se le reconocieran derechos constitucionales. ↩
La «Cámara inencontrable», cámara de diputados ultrarrealista elegida en Francia en 1815, más realista que el propio rey. ↩
Alusión a Shakespeare, El sueño de una noche de verano, acto V, escena 1: «da a la nada ventosa una morada y un nombre» (gives to airy nothing a local habitation and a name). ↩