Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 17 de septiembre de 1858 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5443, del 1 de octubre de 1858. Traducido del original inglés según la transcripción de Tony Brown en el Marx-Engels Archive (marxists.org), cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 574-578), por la Escuela de marxismo, 2026. La MEW da como fecha de redacción «hacia el 17 de diciembre», errata evidente, pues el artículo se publicó el 1 de octubre. El título es el del Archive y el de la MEW; se añade la fecha para distinguirlo de otros artículos del mismo nombre. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

La campaña de la India ha quedado casi del todo suspendida durante los meses calurosos y lluviosos del verano. Sir Colin Campbell,1 tras haberse asegurado con un vigoroso esfuerzo a principios del verano todas las posiciones importantes de Oudh y de Rohilkhand, acuarteló muy prudentemente sus tropas, dejó el campo abierto en poder de los insurrectos y limitó sus esfuerzos a mantener sus comunicaciones. El único episodio de interés que se produjo en Oudh durante ese periodo fue la excursión de sir Hope Grant2 a Shahganj para socorrer a Man Singh,3 un jefe indígena que, tras muchas vacilaciones, había hecho hacía poco las paces con los británicos y se encontraba ahora bloqueado por sus antiguos aliados indígenas. La excursión resultó un mero paseo militar, aunque debió de costar a los británicos grandes pérdidas por insolaciones y cólera. Los indígenas se dispersaron sin presentar batalla, y Man Singh se unió a los británicos. El éxito fácil de esta expedición, aunque no puede tomarse como indicio de un sometimiento igualmente fácil de todo Oudh, muestra que los insurrectos se han desanimado por completo. Si a los británicos les interesaba descansar durante la estación cálida, a los insurrectos les interesaba molestarlos todo lo posible. Pero en lugar de organizar una guerra de guerrillas activa, de interceptar las comunicaciones entre las ciudades en manos del enemigo, de tender emboscadas a las partidas pequeñas, de hostigar a los forrajeadores y de impedir el abastecimiento de víveres, sin el cual no podría vivir ninguna ciudad grande en poder de los británicos, en lugar de eso los indígenas se han contentado con cobrar tributos y disfrutar del descanso que les dejaban sus adversarios. Más aún, parecen haber reñido entre sí. Tampoco parecen haber aprovechado las pocas semanas tranquilas para reorganizar sus fuerzas, rellenar sus depósitos de municiones o reponer la artillería perdida. La desbandada de Shahganj muestra una falta de confianza en sí mismos y en sus jefes aún mayor que cualquier derrota anterior. Entretanto, se mantiene una correspondencia secreta entre la mayoría de los jefes y el gobierno británico, que al fin y al cabo ha visto que era bastante impracticable meterse en el bolsillo todo el suelo de Oudh y está muy dispuesto a dejar que sus antiguos dueños lo recuperen en condiciones razonables.4 Así, como el triunfo final de los británicos está ya fuera de toda duda, la insurrección de Oudh lleva camino de extinguirse sin pasar por un periodo de guerra de guerrillas activa. En cuanto la mayoría de los terratenientes llegue a un acuerdo con los británicos, los cuerpos insurrectos se disolverán, y los que tengan demasiado que temer del gobierno se harán bandoleros (dacoits), en cuya captura ayudarán con gusto los campesinos.

Al sudoeste de Oudh, las junglas de Jagdishpur parecen ofrecer un centro a tales dacoits. Estos bosques impenetrables de bambú y de maleza los ocupa una partida de insurrectos a las órdenes de Amar Singh,5 que muestra algo más de actividad y de conocimiento de la guerra de guerrillas; en todo caso, ataca a los británicos siempre que puede, en lugar de esperarlos tranquilamente. Si, como se teme, parte de los insurrectos de Oudh se le uniera antes de que se le pueda expulsar de su refugio, los británicos pueden esperar un trabajo bastante más duro que el que han tenido últimamente. Estas junglas sirven desde hace ya casi ocho meses de refugio a partidas insurrectas que han conseguido hacer muy insegura la Grand Trunk Road de Calcuta a Allahabad, la principal vía de comunicación de los británicos.

En la India occidental, el general Roberts y el coronel Holmes6 siguen persiguiendo a los insurrectos de Gwalior. En el momento de la toma de Gwalior, era una cuestión de mucha importancia qué dirección tomaría el ejército en retirada; porque todo el país de los marathas y parte de Rajputana parecían dispuestos a levantarse en cuanto llegara allí un cuerpo de tropas regulares lo bastante fuerte para formar el núcleo de la insurrección. Una retirada de las fuerzas de Gwalior hacia el sudoeste parecía entonces la maniobra más adecuada para lograr ese resultado. Pero los insurrectos, por razones que no podemos adivinar por los partes que tenemos delante, eligieron la dirección del noroeste. Fueron a Jaipur y, desde allí, giraron hacia el sur, hacia Udaipur, intentando ganar el camino del país de los marathas. Pero esta marcha en rodeo dio a Roberts la ocasión de alcanzarlos y derrotarlos por completo sin gran esfuerzo. Los restos de ese cuerpo, sin cañones, sin organización ni municiones y sin jefes de renombre, no son hombres capaces de provocar nuevos levantamientos. Al contrario, la inmensa cantidad de botín que llevan consigo, y que estorba todos sus movimientos, parece haber despertado ya la codicia de los campesinos. A todo cipayo rezagado lo matan y lo alivian de su carga de mohures de oro. Si las cosas han llegado a eso, el general Roberts puede dejar sin cuidado a la población del campo la dispersión final de esos cipayos. El saqueo de los tesoros de Scindia7 por sus tropas libra a los británicos de una renovación de la insurrección en una zona más peligrosa que el Indostán; porque un levantamiento en el país de los marathas sometería al ejército de Bombay a una prueba bastante dura.

Hay un nuevo motín en las cercanías de Gwalior. Un pequeño vasallo de Scindia, Man Singh (no el Man Singh de Oudh), se ha unido a los insurrectos y se ha apoderado de la pequeña fortaleza de Paori. Esta plaza, sin embargo, está ya cercada por los británicos y caerá pronto.

Entretanto, los distritos conquistados se van pacificando poco a poco. Se dice que sir J. Lawrence8 ha tranquilizado tan completamente los alrededores de Delhi que un europeo puede viajar por allí con total seguridad, desarmado y sin escolta. El secreto está en que se ha hecho a los habitantes de cada aldea colectivamente responsables de todo crimen o atropello cometido en su término; en que se ha organizado una policía militar, y, sobre todo, en que la justicia sumaria del consejo de guerra, que tanto impresiona a los orientales, funciona a pleno rendimiento en todas partes. Con todo, este éxito parece ser la excepción, pues no oímos nada semejante de otros distritos. La pacificación completa de Rohilkhand y de Oudh, de Bundelkhand y de muchas otras provincias grandes ha de requerir todavía muchísimo tiempo y dar mucho trabajo aún a las tropas británicas y a los consejos de guerra.

Pero mientras la insurrección del Indostán mengua hasta unas dimensiones que le quitan casi todo interés militar, ha ocurrido lejos de allí, en los confines extremos de Afganistán, un suceso cargado de amenazas de futuras dificultades. Se ha descubierto entre varios regimientos sijs en Dera Ismail Khan una conspiración para asesinar a sus oficiales y alzarse contra los británicos. No podemos decir hasta dónde llegaban las ramificaciones de esta conspiración. Quizá fuera solo un asunto local, nacido en una clase particular de sijs; pero no estamos en condiciones de afirmarlo. En todo caso, es un síntoma sumamente peligroso. Hay ahora cerca de 100.000 sijs al servicio británico, y ya hemos oído lo insolentes que son; luchan, dicen, hoy por los británicos, pero mañana pueden luchar contra ellos, según plazca a Dios. Valientes, apasionados, volubles, están aún más sujetos que otros orientales a impulsos súbitos e inesperados. Si estallara en serio un motín entre ellos, los británicos tendrían de verdad un duro trabajo para conservar lo suyo. Los sijs fueron siempre los adversarios más temibles de los británicos entre los naturales de la India; formaron un imperio relativamente poderoso; pertenecen a una secta particular del brahmanismo y odian por igual a hindúes y musulmanes. Han visto el raj9 británico en el mayor peligro; han contribuido mucho a restaurarlo, y hasta están convencidos de que su propia parte en la obra fue la decisiva. ¿Qué cosa más natural que alberguen la idea de que ha llegado el momento en que el raj británico sea sustituido por un raj sij, en que un emperador sij gobierne la India desde Delhi o desde Calcuta? Puede que esta idea esté todavía lejos de haber madurado entre los sijs, puede que estén tan hábilmente distribuidos que los europeos les hagan contrapeso, de modo que cualquier levantamiento pudiera sofocarse fácilmente; pero que esa idea existe entre ellos debe de estar claro, suponemos, para cualquiera que haya leído los relatos de la conducta de los sijs después de Delhi y de Lucknow.

Con todo, por ahora los británicos han reconquistado la India. La gran rebelión, provocada por el motín del ejército de Bengala, parece en efecto extinguirse. Pero esta segunda conquista no ha aumentado el ascendiente de Inglaterra sobre el ánimo del pueblo indio. La crueldad de las represalias de las tropas británicas, azuzadas por informes exagerados y falsos sobre las atrocidades atribuidas a los indígenas, y el intento de confiscar el reino de Oudh, tanto al por mayor como al por menor, no han creado ningún afecto particular por los vencedores. Al contrario, ellos mismos confiesan que, entre los hindúes y entre los musulmanes, el odio hereditario contra el intruso cristiano es más feroz que nunca. Por impotente que sea por ahora ese odio, no carece de significado ni de importancia mientras esa nube amenazadora se cierne sobre el Punjab sij. Y eso no es todo. Las dos grandes potencias asiáticas, Inglaterra y Rusia, han llegado ya a un punto entre Siberia y la India donde los intereses rusos e ingleses han de chocar directamente. Ese punto es Pekín. Desde allí, hacia el oeste, se trazará en breve a lo ancho del continente asiático una línea en la que se producirá constantemente ese choque de intereses rivales. Así, puede que no esté muy lejos el tiempo en que «el cipayo y el cosaco se encuentren en las llanuras del Oxus»,10 y si ese encuentro ha de producirse, las pasiones antibritánicas de 150.000 indios nativos11 serán una cuestión digna de seria consideración.

  1. Sir Colin Campbell (1792-1863), luego lord Clyde, comandante en jefe de las tropas británicas en la India de 1857 a 1860. ↩

  2. Sir James Hope Grant (1808-1875), general británico, al mando de las operaciones en Oudh en 1858. ↩

  3. Man Singh, taluqdar (gran terrateniente) de Shahganj, en Oudh, que cambió varias veces de bando durante la sublevación. ↩

  4. Por la proclama de marzo de 1858, el gobernador general lord Canning había declarado confiscada en beneficio del gobierno británico toda la tierra de Oudh, salvo la de unos pocos propietarios leales. ↩

  5. Amar Singh, hermano de Kunwar Singh, el jefe de los insurrectos de Jagdishpur, en Bihar, a quien sucedió al frente de ellos tras su muerte en abril de 1858. ↩

  6. Henry Gee Roberts (1800-1860), general del ejército de Bombay, al mando de la Fuerza de Campaña de Rajputana; el coronel Holmes mandaba una de sus columnas. Los insurrectos de Gwalior eran las fuerzas de Tantia Tope. ↩

  7. Jayaji Rao Scindia (1835-1886), maharajá de Gwalior, aliado de los británicos; sus tropas se pasaron en buena parte a los insurrectos, que tomaron Gwalior y su tesoro en junio de 1858. ↩

  8. Sir John Lawrence (1811-1879), comisario jefe del Punjab, que organizó desde allí el envío de tropas contra Delhi; más tarde virrey de la India. ↩

  9. «Dominio», «reino», en hindustaní. ↩

  10. El Amu Daria, el antiguo Oxus, en Asia central. ↩

  11. Así en el texto inglés y en la MEW; quizá deba leerse 150.000.000, la población de la India que se da en otros artículos de la época. ↩