Escrito en inglés por Karl Marx en París el 27 de mayo de 1858 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5348, del 1 de junio de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 487-489), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
París, 27 de mayo de 1858
El estado de ruina de la hacienda bonapartista ya no puede negarse. Lo ha proclamado abiertamente el propio «salvador de la propiedad». No de otro modo puede explicarse la circular del general Espinasse1 a los prefectos franceses, en la que los insta a usar su influencia y, «si es preciso, su poder» para que los administradores de los hospitales y demás establecimientos de beneficencia conviertan en consolidados al tres por ciento los bienes raíces de los que obtienen sus rentas. Este patrimonio asciende a 100.000.000 de dólares, pero, como deplora Bonaparte en nombre de los pobres, no rinde más del 2½ por ciento. Si se colocara en títulos del Estado, la renta aumentaría por lo menos en la mitad. En su solicitud paternal, Bonaparte pidió hace poco al Consejo de Estado que presentase una ley que dispusiera esa conversión de los bienes raíces de los establecimientos de beneficencia en títulos del Estado; pero, por extraño que parezca, su propio Consejo de Estado se negó obstinadamente a seguir la indicación. Lo que no pudo lograr por la vía legislativa intenta lograrlo ahora por la «vía ejecutiva», mediante una orden del día militar. Hay gente lo bastante necia para creer que con esta maniobra solo quiere aumentar la deuda pública. Nada más equivocado. Si los bienes raíces mencionados se vendieran por su valor nominal de 100.000.000 de dólares, buena parte del dinero de la compra procedería, naturalmente, del capital colocado hasta ahora en consolidados y otros títulos del Estado, de modo que la demanda de títulos del Estado creada artificialmente quedaría satisfecha arrojando esos títulos a montones al mercado. La operación podría incluso hundir aún más la bolsa. El plan de Bonaparte tiene, sin embargo, un carácter mucho más rudo y más comprensible. Por los 100.000.000 de dólares en bienes raíces quiere crear 100.000.000 de dólares en nuevas rentes. Con una mano quiere apoderarse de los establecimientos de beneficencia, y con la otra indemnizarlos con un cheque contra el grand livre2 de la nación. En otra ocasión, al examinar la ley bancaria francesa de 1857,3 nos ocupamos de los enormes privilegios que Bonaparte había otorgado al Banco a costa del Estado para asegurarse un mísero préstamo de 20.000.000 de dólares. Vimos en aquella ley bancaria una señal de socorro financiera del salvador de la sociedad; pero desde entonces las catástrofes que se abatieron sobre el comercio, la industria y la agricultura francesas han caído en tromba sobre la hacienda pública, cuyos gastos, por lo demás, han crecido de forma alarmante. Los diversos ministerios piden en 1858, de hecho, 79.304.004 francos más que en 1855; solo los gastos del ejército suponen el 51 por ciento de los ingresos totales del país. El Crédit Mobilier,4 que no está en condiciones de pagar dividendo a sus propios accionistas y cuyo último balance, examinado de cerca, muestra un considerable exceso del pasivo sobre el activo, no puede acudir al rescate como en 1854 y 1855 ni ayudar a colocar empréstitos sobre una base «democrática». A Bonaparte no le queda otro remedio que volver también en materia de finanzas, como antes en materia política, a los principios originales del golpe de Estado. La política financiera que empezó con el robo de 25.000.000 de francos de los sótanos del Banco5 y siguió con la confiscación de los bienes de la casa de Orleans6 ha de recibir ahora un nuevo desarrollo con la confiscación del patrimonio de los establecimientos de beneficencia.
Esta última operación le costaría a Bonaparte, sin embargo, uno de sus ejércitos: su ejército de curas, que administran con mucho la mayor parte de los establecimientos de beneficencia. Ya L'Univers,7 por primera vez desde el golpe de Estado, se atreve a contradecir abiertamente al salvador de la sociedad, y hasta conjura a Le Siècle8 a hacer causa común con él contra esa proyectada intromisión en la «propiedad privada».
Mientras el «hijo primogénito de la Iglesia»9 se ha metido en esta situación bastante equívoca frente a su santo ejército, su ejército eminentemente secular amenaza a la vez con insubordinarse. Si se entrometiera de veras en los pasatiempos de héroes como los señores de Mercy, Léaudais y Hyenne,10 perdería su apoyo en la única parte del ejército con la que puede contar. Si, en cambio, permite que esa corrupción pretoriana que fomenta tan sistemáticamente desde los días del campamento de Satory11 levante abiertamente su frente insolente, se acabará toda disciplina y el ejército se mostrará incapaz de resistir un choque exterior. Un suceso más como el asesinato del redactor del Figaro, y ese choque se producirá. La exasperación general puede medirse por el solo hecho de que, cuando la noticia del duelo llegó a París, unos 5.000 jóvenes acudieron en tropel a las oficinas del Figaro y pidieron que se los inscribiera como hombres dispuestos a batirse con cualquier subteniente que saliera a la palestra. El Figaro es, por supuesto, una criatura bonapartista, que encabeza esa literatura del escándalo, del chantaje y de la calumnia personal que brotó en cuanto se suprimió por la fuerza la prensa política, y que en el suelo y la atmósfera del pequeño Imperio encontró todas las condiciones para un crecimiento exuberante. La ironía de la historia se expresa con especial finura en el hecho de que sea precisamente la riña sangrienta entre los representantes literarios y militares de la chusma de estafadores bonapartista la que sirva de señal del conflicto que se avecina.
Charles-Marie-Esprit Espinasse (1815-1859), general francés que participó en el golpe de Estado de 1851; ministro del Interior y de la Seguridad General de febrero a junio de 1858, tras el atentado de Orsini. ↩
El grand livre de la dette publique, registro oficial de la deuda pública francesa. ↩
La ley del 9 de junio de 1857, que prorrogó hasta 1897 el privilegio del Banco de Francia y duplicó su capital a cambio de un préstamo de 100 millones de francos al Estado. ↩
Société Générale de Crédit Mobilier, banco por acciones fundado en 1852 por los hermanos Pereire con el favor de Napoleón III; financió empréstitos del Estado y grandes obras, y Marx lo analizó en varios artículos para el New-York Daily Tribune. ↩
Con el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, Luis Bonaparte se hizo con 25 millones de francos del Banco de Francia. ↩
Por los decretos del 22 de enero de 1852, Luis Bonaparte confiscó los bienes de la familia de Orleans. ↩
L'Univers, diario católico ultramontano de París dirigido por Louis Veuillot, que había apoyado el golpe de Estado. ↩
Le Siècle, diario liberal de París, de oposición moderada al Segundo Imperio. ↩
Título tradicional de los reyes de Francia; aquí, irónicamente, Napoleón III. ↩
En mayo de 1858, un artículo del Figaro que se juzgó ofensivo para los oficiales provocó una serie de desafíos; Henri de Pène, cronista del periódico, cayó gravemente herido en duelo con el subteniente Hyenne. De Pène sobrevivió. ↩
En las revistas militares de Satory, cerca de Versalles, en 1850, Luis Bonaparte, entonces presidente de la República, se ganó a las tropas con agasajos de comida y bebida. ↩