Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en París el 13 de abril de 1858) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5312, del 30 de abril de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 434-438), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. Se corrigen dos erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
París, 13 de abril de 1858
Por la sola fuerza de las circunstancias, el Imperio restaurado se ve cada vez más obligado a renunciar a sus encantos accidentales y a mostrar sus verdaderos rasgos en su innata fealdad. La hora de las confesiones ha caído de improviso sobre el Imperio. Ya había abandonado toda pretensión de ser un gobierno regular, es decir, el vástago del suffrage universel, y se había proclamado el régimen del advenedizo, del delator y del cañón de a doce. Ahora da un paso más y confiesa ser el régimen de un estafador. El Moniteur del 11 de abril trae una nota en la que se dice que ciertos periódicos han anunciado prematuramente la fijación del dividendo de las acciones de ciertas compañías ferroviarias y otras sociedades industriales y han dado para ese dividendo una cifra inferior a la acordada por los consejos de administración.
«Son maniobras contra las que hay que proteger la industria y el capital del país. Los editores de los periódicos mencionados han sido citados ante el procurador imperial y se les ha advertido que en adelante tales cosas irían a los tribunales, ya que la difusión de noticias falsas constituye un delito. El deber de la prensa es ilustrar al público, no engañarlo».
En otras palabras, el deber de los periodistas, so pena de deportación a Cayena, es sostener al Crédit Mobilier,1 en lugar de advertir al público del inminente hundimiento de esa estafa gigantesca, como han hecho recientemente, aunque en un tono muy tímido y apocado. El Crédit Mobilier ha de celebrar su junta general anual el 29 de abril y anunciar su dividendo del año pasado. Mientras sus directores se envolvían en un secreto impenetrable, corrían los rumores más funestos sobre cómo se iba a «cocinar» el dividendo esperado, y un periódico se atrevió a insinuar el hecho de que, en la junta celebrada hace algún tiempo por una sociedad vinculada al Crédit Mobilier, el director anunció con toda frialdad que, aunque solo podía repartir un dividendo del 8 por ciento, la sociedad se encontraba en una situación mucho mejor que el año anterior, cuando había dado el 25 por ciento. El articulista se atrevió a expresar su sospecha de que quizá más de un dividendo de esta «y otras» sociedades se pagaba con el capital y no con los beneficios obtenidos. De ahí la cólera del Moniteur. Las acciones del Crédit Mobilier, que el 10 de febrero se cotizaban a 957-960 francos y el 10 de marzo a 820-860, habían caído el 10 de abril a 715-720, y aun esta última cotización era puramente nominal. No había modo de ocultar el feo hecho de que los accionistas austriacos y prusianos habían decidido vender nada menos que 6.000 acciones y de que la Compagnie Générale Maritime, una de las creaciones fantásticas de los Péreire,2 estaba in articulo mortis, por haberse metido en especulaciones que eran cualquier cosa menos «marítimas». Es una bonita idea, digna de un economista de la talla del general Espinasse, figurarse que las amenazas del Moniteur van a imponer a la vez el crédito y el silencio. La advertencia surtirá efecto, pero en el sentido exactamente opuesto, tanto más cuanto que viene de un gobierno cuyos fraudes financieros se han convertido en tema de todas las conversaciones. Como es sabido, el presupuesto elaborado por el señor Magne,3 ministro de Hacienda, preveía un superávit, pero por la indiscreción de algún miembro de la Cour de Révision se filtró que en realidad arrojaba un déficit de unos 100.000.000 de francos. Cuando el «salvador de la propiedad» llamó al señor Magne a dar explicaciones, este tuvo el descaro de declarar tranquilamente a su amo que conocía la predilección del maestro por un «superávit» y que había «cocinado» un presupuesto, como habían hecho antes que él los ministros de Luis Felipe. Ahí quedó el asunto, pero el interés público que despertó el incidente empujó al gobierno a una confesión. Después de anunciar a bombo y platillo en el Moniteur que en el mes de febrero habían aumentado los ingresos aduaneros, no se atrevió a sostener su propia afirmación. Los ingresos aduaneros mensuales publicados a finales de marzo muestran que los derechos de importación del pasado febrero, aun en la versión oficial, solo ascendieron a 13.614.251 francos, frente a 14.160.013 en el mismo mes de 1857, y que en los meses de enero y febrero juntos solo alcanzaron 25.842.256 francos, frente a 28.044.478 en los mismos meses de 1857. Tal es, pues, el sentido oficial de las palabras sobre la «protección de la industria y el capital del país contra las maniobras» y sobre «ilustrar al público» en vez de «engañarlo».
La nueva puesta en escena del coup d'état a mayor escala, las deportaciones en masa, el despiece de Francia en campamentos pretorianos, los rumores de guerra, las complicaciones fuera y las conspiraciones dentro; en una palabra, los esfuerzos convulsivos del Imperio menor desde el atentado del 14 de enero han desviado algo la atención general de la situación financiera de Francia. De lo contrario, el público se habría dado cuenta de que en este período la prosperidad artificial del régimen bonapartista se ha descompuesto ya en sus elementos: malversación y especulación. Para probar esta afirmación me limitaré a enumerar los hechos que de vez en cuando han llegado a la prensa europea. Primero está el señor Prost, jefe de la Compagnie Générale des Caisses d'Escompte, que no solo se metió en toda clase de especulaciones bursátiles, sino que se encargó también de establecer bancos de descuento por toda Francia. El capital era de 6.000.000 de dólares en 60.000 acciones. Había llevado a cabo una fusión con el Crédit Mobilier portugués y era magna pars del Crédit Mobilier de Madrid. Todo el capital se ha perdido y las obligaciones ascienden a unos 3.000.000 de dólares. El señor Damonieu, de la Compagnie Parisienne des Équipages de Grande Remise, fue condenado por el tribunal de police correctionnelle por haber estafado a sus accionistas 1.000.000 de dólares en efectivo y en acciones, haberlos endeudado por valor de 400.000 dólares y haber dilapidado todo el capital de 1.600.000 dólares. El gerente de otra sociedad, la Lignéenne, que pretendía fabricar papel con madera, ha sido condenado también por malversar el capital de 800.000 dólares. Otros dos «salvadores de la propiedad» bonapartistas fueron condenados por haberse puesto de acuerdo con unos banqueros para colocar al público por 10.000.000 o 15.000.000 de dólares unos bosques y unas minas lejanos, a orillas del Danubio, que habían comprado por 200.000 dólares. En otro caso resultó que los gerentes de una sociedad minera cerca de Aquisgrán habían vendido a sus accionistas por 500.000 dólares unas minas de las que más tarde tuvieron que reconocer que solo valían 200.000 dólares. A consecuencia de estas y otras revelaciones parecidas, las acciones de las Messageries Générales, que llegaron a cotizarse a 1.510 francos, cayeron a unos 500. Las acciones de la Compagnie des Petites Voitures, que poco después de su emisión se hicieron subir a 210 francos, han bajado a 40. Las acciones de la sociedad L'Union han menguado de 500 a 65 francos. Las acciones de la Compañía Franco-Americana de Navegación, que estuvieron a 750 francos, pueden adquirirse ahora por 30. Las acciones de la Compañía del Gas Unida han retrocedido de 1.120 a 620 francos. A los accionistas de la Caisse des Actionnaires les contó el señor Millaud,4 su director, uno de los millonarios recién horneados del Imperio menor, que
«las operaciones del semestre pasado no habían producido beneficio alguno, de modo que no sería posible repartir dividendo, ni siquiera pagar los intereses semestrales habituales, pero que él pagaría esos intereses de su propio bolsillo».
Así reventaron las úlceras sociales del Imperio menor. Las ridículas conferencias de Luis Bonaparte con los principales especuladores de la Bolsa sobre los remedios que habían de aplicarse al comercio y a la industria franceses no han llevado, naturalmente, a ningún resultado. El propio Banco de Francia se encuentra en mala situación, porque no puede vender las obligaciones de las compañías ferroviarias con cuya garantía tuvo que proporcionarles el dinero que necesitaban para ejecutar sus obras. Nadie quiere comprar esas obligaciones en un momento en que todos los valores ferroviarios de Francia pierden valor rápidamente y los partes semanales de los ferrocarriles muestran una baja continua de sus ingresos.
«En cuanto al estado del comercio francés», observa el corresponsal en París del Economist de Londres, «sigue como estaba, es decir, muestra tendencia a mejorar, pero no mejora».
Entretanto, Bonaparte se atiene a su viejo método de meter capital en obras improductivas, pero que, como comunica sin rodeos a la población de París el señor Haussmann,5 prefecto del departamento del Sena, son importantes «desde el punto de vista estratégico» y están calculadas para proteger contra «acontecimientos imprevistos, que siempre se producen y pueden poner en peligro a la sociedad». Así pues, París está condenado a construir nuevos bulevares y calles, cuyo coste se calcula en 180.000.000 de francos, para protegerse de sus propios arrebatos. La inauguración de la prolongación del bulevar de Sebastopol6 estuvo muy en consonancia con este «punto de vista estratégico». Prevista en un principio como ceremonia puramente civil y municipal, se convirtió de pronto en una manifestación militar con el pretexto de que se había descubierto un nuevo complot para asesinar a Bonaparte. Para deshacer este quid pro quo, el Moniteur declara:
«Era muy justo señalar la inauguración de una arteria tal de la capital con un desfile de tropas, y que nuestros soldados fueran, después del emperador, los primeros en pisar un suelo que lleva el nombre de una victoria tan gloriosa».
Société Générale du Crédit Mobilier, banco por acciones fundado en 1852 por los hermanos Péreire, ligado al gobierno de Napoleón III y dedicado a la promoción y especulación de ferrocarriles y sociedades industriales. ↩
Émile (1800-1875) e Isaac (1806-1880) Péreire, banqueros, fundadores del Crédit Mobilier. ↩
Pierre Magne (1806-1879), ministro de Hacienda de 1855 a 1860. ↩
Moïse Polydore Millaud (1813-1871), banquero y editor de periódicos. ↩
Georges Eugène Haussmann (1809-1891), prefecto del Sena de 1853 a 1870, director de la transformación urbanística de París. ↩
Inaugurado el 5 de abril de 1858. ↩