Escrito en inglés por Karl Marx en Berlín el 4 de diciembre de 1858 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5517, del 27 de diciembre de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 659-662), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de los editores de la MEW («Die Lage in Preußen»), con la fecha de publicación añadida para distinguirlo de otros artículos del mismo título. Se corrigen cuatro erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Berlín, 4 de diciembre de 1858
En un artículo anterior1 les contaba el giro repentino que tomaron las elecciones generales después de que el señor Flottwell advirtiera confidencialmente a la burguesía que no llevara demasiado lejos el juego de la «regeneración». En consecuencia, se hizo tabla rasa con los radicales burgueses. Las clases bajas, por su parte, no necesitaron advertencias, pues renunciaron por su propia voluntad, y con bastante desprecio, a tomar parte en la comedia de un voto que, en virtud de la ley electoral, no tiene significado alguno cuando, como en el caso presente, los electores de la primera y la segunda clase han decidido actuar de común acuerdo.2 Si en unos pocos lugares, por ejemplo en nuestra ciudad, se encuentran votos de la minoría de obreros contribuyentes, puede tenerse la seguridad de que estos actuaron bajo coacción, a una consigna (mot d'ordre) de sus patronos. Hasta el «corresponsal particular del Times de Londres» (que lo ve todo couleur de rose)3 no puede menos de confesar en las columnas del Leviatán británico que la actitud pasiva de las masas llena de sombríos presentimientos su valeroso corazón. Así pues, las elecciones son, en el sentido ministerial, liberales de cabo a rabo. El partido de la Kreuz-Zeitung4 ha desaparecido como por arte de magia. Dos de sus jefes han vuelto a encontrar el camino de las Cámaras, en las que solían dictar la ley; y algunos deben su vuelta única y exclusivamente a la generosidad de sus rivales. El estrago que se ha hecho en sus filas se desprende ya del hecho de que, de 77 Landräte, solo 27 han sido reelegidos. En conjunto, reaparecerán solo en forma de una minoría nada considerable.
Pero el constitucionalismo prusiano es de naturaleza tan endeble que la magnitud de su propia victoria lo ha llenado de espanto. Como las elecciones han producido unas Cámaras que representan el liberalismo del ministerio, es evidente que el ministerio representa el liberalismo de las Cámaras elegidas y, por este sencillo proceso, se convierte de hecho en un ministerio de partido, un ministerio parlamentario, justamente la abominación a la que no debía llegarse. En consecuencia, los ministros tuvieron que protestar en el acto en el Staats-Anzeiger5 contra la nueva situación en la que habían ido a caer. Ellos, los consejeros llamados por el príncipe, parecían haberse convertido de golpe en el poder ejecutivo elegido del país y haber recibido del pueblo su plenitud de poderes. En su protesta (el único nombre que puede darse a su profesión de fe en el Staats-Anzeiger) aseguran con frases altisonantes que en Prusia un ministerio parlamentario o un gobierno de partido está completamente fuera de cuestión; que el rey por la gracia de Dios ha de seguir siendo la única fuente del poder; que los ministros no pueden servir a dos señores; que está muy bien que el país haya hecho las elecciones en el sentido del ministerio, pero que el país no puede esperar ahora de este que siga la iniciativa de las Cámaras, sino que el ministerio espera de las Cámaras que sigan sumisamente los pasos del gobierno.
Ya ven ustedes adónde hemos ido a parar. El ministerio es un gobierno parlamentario y tampoco es un gobierno parlamentario. Por medio de las elecciones ha desalojado al partido de la reina, y ya se muestra afanoso por romper la escalera por la que ha subido al edificio del poder. Como el rey sigue vivo, la reina sigue intrigando y poderosos intereses organizados se esconden todavía tras su bandera, el príncipe solo podía afianzar su posición llamando a un ministerio liberal, y este ministerio, a su vez, solo podía sostener la suya recurriendo a unas elecciones generales. Como los electores de abajo repitieron la melodía que se tocaba arriba, los ministros se convirtieron en un ministerio de partido y el príncipe en un dictador burgués. Pero he aquí que el aspirante prusiano al trono por la gracia de Dios cobra de pronto conciencia de la falsa posición en la que lo han puesto los acontecimientos; en su debilidad colérica se imagina que puede deshacer los hechos con palabras y cambiar con frases medio de maestro de escuela, medio amenazadoras las condiciones reales de su título de poder; cree que, tras una maniobra electoral afortunada, está en condiciones de exhibir los modales tradicionales de un rey de Prusia. Mientras él y sus partidarios se imaginan que pueden engañar al país, no hacen más que delatar su propia falta de escrúpulos y ofrecer el grotesco espectáculo de un malade malgré lui.6 En su afán por sofocar el resurgir político, no hacen más que sustraerlo a su control. Como apéndice de la protesta ministerial ha de considerarse el discurso del príncipe en el Consejo de Estado,7 un discurso que se ha publicado íntegro porque la camarilla de la reina se aferraba a algunas frases de la alocución sacadas de contexto.
El príncipe, como los ministros, gira ahora en el círculo de las más fuertes contradicciones internas. Ha llamado a un nuevo gabinete porque no consideraba que la destitución del antiguo fuera un cambio real. Quiere algo nuevo, pero lo nuevo tiene que ser una reedición de lo viejo. Condena la ordenanza municipal impuesta al país por el gobierno anterior8 porque apagó la última chispa de autonomía municipal; pero tampoco quiere verla modificada, porque semejante modificación podría tener efectos peligrosos en la actual efervescencia de la opinión pública. Se propone extender la influencia de Prusia solo por medios pacíficos, y en consecuencia insiste en el necesario aumento del ejército, que es ya una excrecencia de proporciones devastadoras. Admite que para ello hace falta dinero y que el Tesoro, aunque desde la revolución se ha creado una deuda pública, hace oídos sordos aun a las exigencias más urgentes. Anuncia la introducción de nuevos impuestos y al mismo tiempo se indigna por el progreso gigantesco que el crédito ha hecho en Prusia durante el último decenio. Igual que sus ministros quisieran tener electores a su gusto mientras no se les permite ser ministros al gusto de sus electores, él, el regente, quisiera tener dinero para su ejército, pero no quiere saber nada de los hombres del dinero. El único pasaje de su discurso en que se percibe una oposición decidida al régimen anterior es su violenta embestida contra la hipocresía religiosa. Era una pulla contra la reina; pero, para que el público no se tomara la misma libertad, él, el príncipe protestante, hizo disolver al mismo tiempo por la policía una asamblea de católicos libres en Berlín.
Admitirán ustedes que una política tan indefinible, tan contradictoria consigo misma, tan suicida, resultaría harto provocadora y peligrosa aun en circunstancias normales; pero las circunstancias no son normales. Desde Francia amenaza la revolución, y para hacerle frente el gobierno prusiano tiene que sentirse seguro en casa. Solo una guerra europea ofrece una perspectiva de aplazar la revolución en Francia. En una guerra así, Rusia, Francia y Cerdeña se coaligarían contra Austria. Para no convertirse en el chivo expiatorio general, Prusia tendría que estar dispuesta entonces a hacer una guerra insurreccional, una guerra por la independencia alemana; pues si se metiera en una guerra contra sus propios súbditos, caería, como en 1806,9 de un solo golpe. El gobierno prusiano es plenamente consciente de la desagradable situación en que lo pondría una revolución francesa o una guerra europea. Sabe también que Europa oscila en este momento entre las dos posibilidades de este dilema. Por otro lado, sabe que el mismo peligro que se hubiera evitado fuera surgiría desde dentro si se diera rienda suelta al movimiento popular. Hacer en apariencia concesiones al pueblo, pero frustrarlas en realidad: jugar este juego con el pueblo alemán sería probablemente peligroso; pero al mísero gobierno prusiano le falta el valor hasta para intentarlo. ¿Por qué, por ejemplo, no se concede a la gran burguesía el consuelo de pensar que ha elegido a posteriori un gabinete nombrado por el regente? Porque la mera apariencia de una concesión al pueblo hiere el orgullo dinástico. Lo que pasa con la política interior pasa también con la exterior. Ningún otro Estado siente más espanto que Prusia ante la perspectiva de una guerra europea. Pero una pequeña guerra privada, digamos una riña con Dinamarca por Schleswig-Holstein o un mortífero intercambio de balas con Austria por la hegemonía alemana, podría resultar una maniobra de distracción sumamente hábil y, haciendo sangrar a la plebe, procurar popularidad bastante barata. Pero este es también un caso en que no se puede hacer lo que se quisiera. Detrás de la cuestión danesa acecha Rusia, mientras que Austria representa en persona nada menos que el mantenimiento del statu quo en Europa. Así pues, las concesiones constitucionales allanarían el camino a la revolución, y una pequeña riña llevaría a una guerra europea. Por eso puede tenerse la seguridad de que los ruidosos gritos de guerra de Prusia contra Dinamarca se disiparán en una prolija protesta publicada en el Staats-Anzeiger.
«La situación en Prusia», escrito el 23 de noviembre de 1858 y publicado en el Tribune el 13 de diciembre. ↩
En el sistema prusiano de las tres clases, cada clase de contribuyentes elegía un tercio de los compromisarios; la primera y la segunda, formadas por una pequeña minoría de grandes contribuyentes, decidían por sí solas si se ponían de acuerdo. ↩
«De color de rosa». ↩
La Neue Preußische Zeitung, llamada Kreuz-Zeitung por la cruz de hierro de su cabecera, órgano de la camarilla de corte y de los junkers ultraconservadores. ↩
El Königlich Preußischer Staats-Anzeiger, diario oficial del gobierno prusiano. ↩
«Enfermo a su pesar», juego con el título de la comedia de Molière Le Médecin malgré lui («El médico a palos»). ↩
Probablemente el discurso programático de la llamada «Nueva Era», pronunciado por el regente ante el Ministerio de Estado el 8 de noviembre de 1858 y publicado después. ↩
La ordenanza municipal de 1853, que sustituyó a la ley municipal de 1850 y restringió la autonomía de los municipios. ↩
Derrota de Prusia frente a Napoleón en Jena y Auerstedt, el 14 de octubre de 1806. ↩