Escrito en inglés por Karl Marx en Berlín el 23 de noviembre de 1858 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5505, del 13 de diciembre de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 649-653), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW («Die Lage in Preußen»), con la fecha de publicación añadida para distinguirlo de otros artículos del mismo título. Se corrigen dos erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Berlín, 23 de noviembre de 1858

Hoy ha sido día de elecciones; los electores de segundo grado,1 una corporación nada numerosa, se han reunido con toda calma para actuar como mandatarios de la impetuosa multitud. De la urna, que por un momento se temió que resultara ser una caja de Pandora, ha salido el liberalismo en su forma más moderada, un liberalismo burgués con ropaje burocrático, un liberalismo que reniega de sí mismo. Ya los títulos de los candidatos de nuestra ciudad prueban que no pueden tramar nada malo. Hay un director general de contribuciones, un alcalde mayor, un ministro, un exministro, un presidente de tribunal, un consejero secreto de archivos y un consejero secreto;2 a toda esta gente oficial y secreta la secundan dos burgueses: uno es el señor Reimer, conservador y editor de Su Majestad; el otro, el doctor Veit,3 también editor, a quien ha escogido por su fe judía el mercado del dinero, que aquí, como en todas partes, está fuertemente mezclado de sangre semita. Ahora bien, nadie puede negar que los radicales burgueses de 1848, los Jacoby, Unruh, Waldeck, Rodbertus, Stein, Elsner,4 etc. (en una palabra, los hombres de quienes les escribía hace un mes que probablemente serían elegidos por las ciudades más grandes), desempeñaron de hecho un papel dirigente en las asambleas de los electores primarios, redactaron muchos programas electorales y se les ofrecieron escaños en la Dieta en Breslau, Königsberg, Magdeburgo y Elbing. ¿A qué se debe este repentino changement de décoration?5 Han rehusado modestamente aceptar el honor que se les tenía preparado. Algunos no obraron del todo por propia voluntad, sino que solo se decidieron a esta abnegación tras una entrevista desagradable, y en modo alguno voluntaria, con el director de policía. Los otros cedieron a la presión de la parte timorata de la burguesía, que es la que da hoy el tono. Pero todos, directores de policía, candidatos y electores, obraron bajo el fuerte impulso de unas circunstancias que habían cambiado de pronto; o, mejor dicho, no eran las circunstancias las que habían cambiado, sino que la niebla de ilusiones que las envolvía se la había llevado una tormenta. La situation s'était dessinée,6 como dicen los franceses. El gobierno pasó al ataque. El ministro del Interior, Flottwell,7 publicó una circular rabiosa como no ha aparecido nunca otra en ninguna lengua, plagada de faltas gramaticales, confusa en la expresión y disparatada en la argumentación, pero llena de mala intención. Ustedes saben lo que se entiende en Francia por una advertencia oficial a un periódico.8 Pues bien, la circular de Flottwell era una advertencia general a los electores, a la que dio fuerza con instrucciones secretas a la policía. Iba dirigida sin rodeos contra los discursos, los programas y la propaganda electorales de los antiguos miembros radicales de la Asamblea Nacional de 1848. Como la gran burguesía está decidida a tomar la fortaleza a fuerza de moderación, y como la mayoría más democrática del pueblo sabe que la iniciativa política pertenece hoy a la gran burguesía, se respondió en el acto a la insinuación ministerial, se abandonaron los grands airs9 de la regeneración y se recortaron las elecciones según el patrón del gobierno. Y sin embargo no es en modo alguno una sensación agradable que a uno lo saquen tan bruscamente de un sueño delicioso. Los hombres, los discursos y los programas contra los que se procedió se habían mantenido, aun en sus sueños más audaces, tan estrictamente «dentro de los límites de la razón práctica» que hasta la parte timorata de la burguesía se sintió herida por la pusilanimidad del gobierno. El método del gobierno para inaugurar el nuevo régimen de libertad pareció harto poco ceremonioso; y en consecuencia se alzó en el público un leve murmullo de desengaño, mientras los órganos de la vieja camarilla se deshacían en irónicas felicitaciones al nuevo gabinete por haber «vuelto en sí». Entonces el pobre Flottwell hizo publicar otra circular que unas semanas antes había dirigido confidencialmente a los Landräte,10 y en la que les advertía que no apoyaran a candidatos extremistas de uno ni de otro lado. Para dar algún peso a este anacronismo, el decreto atrasado se tomó como pretexto para el siguiente comentario en la Preußische Zeitung, el órgano del gobierno:

«Las presentes elecciones se caracterizan por el hecho sumamente favorable de que todos los partidos están dispuestos a ir juntos sobre una base monárquico-constitucional y a reducir con ello en cierto grado las diferencias de opinión que separan sus distintas convicciones. El rumbo político progresista, pero firme y moderado, que sigue el gobierno tenderá en especial a favorecer esta unión. El gobierno no se dejará apartar de estos principios liberales pero moderados por esperanzas o exigencias extravagantes. Por otra parte, el gobierno no puede permitir que se arrogue el título exclusivo de realista el partido que, lejos de aceptar sin reservas la base de la Constitución, solo reconoce la legalidad de la Carta en la medida en que conviene a sus propios intereses. El gobierno niega la afirmación de que la mayoría de los propietarios de tierras pertenezca a este partido», etc.

En realidad, todos los esfuerzos del ministerio fueron vanos. Ni un discurso reaccionario pronunciado por el príncipe en el Consejo de Estado con motivo de la presentación de su hijo, ni otro discurso reaccionario en la asamblea de los francmasones, ni una alocución reaccionaria al Treubund11 (una especie de organización orangista prusiana) habían afianzado su posición; pero este había asustado al gabinete con violentos estallidos de cólera por el giro que tomaban las cosas bajo su dirección. La primera circular de Flottwell era una advertencia bienintencionada a la burguesía para que no pusiera a prueba el constitucionalismo recién estrenado del regente. Cuando, a raíz de este paso, los ministros tomaron conciencia de su propia posición insegura, telegrafiaron a la princesa de Prusia,12 que acudió en el acto de Coblenza a Berlín y dio un coup de baguette13 en sentido contrario. Durante el año pasado la princesa había residido alternativamente en Weimar, Karlsruhe y Coblenza. Solo en el momento de resolverse la cuestión de la regencia se había trasladado a Berlín. Después de que todos los médicos consultados se negaran a pronunciarse sobre si el rey podía curarse o no, la reina14 se buscó, por medio del señor von Kleist-Retzow,15 un médico militar, un tal Böger, que firmó un dictamen según el cual la salud del rey podía restablecerse. La princesa de Prusia se fingió enferma. Llamó a su cabecera a ese mismo médico, se hizo tratar por él, lo hechizó con halagos y con una graciosa afabilidad, y cuando le pareció que estaba maduro para su propósito le preguntó sin rodeos si él, un hombre tan docto y tan escrupuloso, creía de verdad en su propia declaración sobre el estado de salud del rey. El necio Böger confesó que solo las lágrimas de la reina habían determinado su conducta. Entonces la princesa tocó la campanilla, entraron precipitadamente dos chambelanes, y el médico militar, que tenía que obedecer a sus superiores naturales, hubo de repetir la confesión que acababan de arrancarle, no solo de palabra, sino de su puño y letra. Una vez alcanzado así su objetivo, la princesa fue desterrada de Berlín. Después de que su marido fuera instituido regente, prolongó voluntariamente su estancia en Coblenza. Como otros hombres mediocres, el príncipe Guillermo sufre la superioridad intelectual de su media naranja, y si ha de dejarse llevar con andadores, por lo menos no quiere ver las manos que los sujetan. La influencia de su mujer tiene que llegarle dando un rodeo. Además, las relaciones entre estos dos personajes son glaciales y ceremoniosas. En su juventud, el príncipe Guillermo estuvo apasionadamente enamorado de la señorita von Brockhaus y quiso casarse con ella. Su padre se interpuso, y la señorita murió en París con el corazón destrozado.16 El matrimonio con la princesa de Weimar se le impuso al díscolo vástago de los Hohenzollern; y para vengarse mostró durante los primeros años de su matrimonio una pasión desenfrenada por la señorita V...k. Así, las relaciones entre el príncipe y su mujer son todo menos cordiales; y el mejor método de la princesa para instalar su ministerio en Berlín consistía en mantenerse oculta en Coblenza. Mientras tanto, la reina hizo una de esas jugadas que conocen bien los lectores de las crónicas del oeil-de-boeuf.17 Quizá hayan leído ustedes en los periódicos que, tras la partida del rey y la reina de Berlín, a esta le robaron la cartera en Leipzig, y que, pese a todos los esfuerzos de la policía alemana, con ojos de Argos y manos de Briareo,18 no se pudo atrapar al ladrón. Por una u otra casualidad, la cartera llegó al escritorio del regente, y en ella se encontró una voluminosa correspondencia de su mujer, la princesa, con toda clase de políticos.

Había cartas al presidente de tribunal Wenzel, en Ratibor, uno de los diputados recién elegidos en Berlín y miembro de la oposición en la Cámara de Manteuffel;19 cartas a Reichensperger,20 el jefe de la oposición católica en Prusia, y otras cartas, todas rebosantes de un liberalismo fingido y llenas de anhelo por una Alemania unida. Así el príncipe, al que, como es sabido, persigue el espantajo de la república roja, se asustó todavía más ante el aparente descubrimiento de que su propia mujer había entrado en relaciones íntimas con los revolucionarios. Se urdieron todavía otras intrigas. Cuento esta chronique scandaleuse, de cuya exactitud puedo responder, porque las revoluciones, antes de tomar la forma de movimientos populares, se anuncian primero en los Estados monárquicos en la decadencia del poder de la Corona.

  1. En el sistema prusiano de las tres clases, vigente desde 1849, los electores primarios, divididos en tres clases según los impuestos que pagaban, elegían a compromisarios (Wahlmänner), y estos elegían a los diputados de la Cámara de Representantes. ↩

  2. Según la MEW, los títulos de los candidatos (Generalsteuerdirektor, Archivrat, Geheimer Rat) aparecían en el Tribune en alemán, y algunos también en inglés. ↩

  3. Georg Ernst Reimer (1804-1885), editor berlinés y diputado; Moritz Veit (1808-1864), editor y político liberal berlinés de origen judío. ↩

  4. Johann Jacoby, Hans Victor von Unruh, Benedikt Waldeck, Johann Karl Rodbertus, Julius Stein y Moritz Elsner, demócratas y liberales de izquierda de la Asamblea Nacional prusiana de 1848. ↩

  5. «Cambio de decorado». ↩

  6. «La situación se había perfilado». ↩

  7. Eduard von Flottwell (1786-1865), ministro prusiano del Interior en el gabinete de la «Nueva Era», formado en noviembre de 1858, tras el comienzo de la regencia del príncipe Guillermo en octubre. ↩

  8. Bajo el Segundo Imperio, el gobierno podía dirigir a los periódicos «advertencias» oficiales; a la tercera, el periódico podía ser suspendido. ↩

  9. «Grandes aires». ↩

  10. Jefes de la administración de los distritos rurales (Kreise) en Prusia. ↩

  11. Asociación monárquica prusiana fundada en 1848 («Liga de la fidelidad, con Dios por el rey y la patria»). Los orangistas eran la organización protestante y ultraconservadora de Irlanda. ↩

  12. Augusta de Sajonia-Weimar (1811-1890), esposa del príncipe Guillermo de Prusia, regente desde octubre de 1858 y más tarde rey y emperador Guillermo I. ↩

  13. «Golpe de varita». ↩

  14. Isabel de Baviera (1801-1873), esposa de Federico Guillermo IV, rey de Prusia, incapacitado por enfermedad mental. ↩

  15. Hans Hugo von Kleist-Retzow (1814-1892), político prusiano de la extrema derecha conservadora y partidario de la camarilla. ↩

  16. El amor de juventud del príncipe Guillermo, a cuyo matrimonio se opuso su padre, fue en realidad la princesa Elisa Radziwiłł (1803-1834). ↩

  17. Antecámara del rey en el palacio de Versalles; de ahí, las crónicas de las intrigas de corte. ↩

  18. Argos, en la mitología griega, el gigante de cien ojos; Briareo, el de cien brazos. ↩

  19. La Cámara de Representantes del período reaccionario, bajo el ministerio de Otto von Manteuffel (1850-1858). ↩

  20. August Reichensperger (1808-1895) y su hermano Peter (1810-1892) dirigían la fracción católica de la Cámara prusiana; el texto no dice a cuál de los dos se refiere. ↩