Escrito en inglés por Karl Marx en Berlín el 19 de octubre de 1858 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5475, del 8 de noviembre de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 617-620), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Es el segundo de tres artículos con el mismo título; añadimos tras una coma la fecha de publicación en el Tribune para distinguirlos. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Berlín, 19 de octubre de 1858
El 21 de este mes las Cámaras deben reunirse en sesión conjunta, en la que el príncipe las invitará a «reconocer la necesidad de la regencia», petición que, ni que decir tiene, será atendida en el acto, y además con la mayor sumisión. Aunque la existencia formal de la Constitución se remonta al 31 de enero de 1850, se tiene en general la sensación de que su existencia real como instrumento eficaz contra la prerrogativa real ha de datarse a partir del 21 de octubre de 1858. Entretanto, para enfriar todo entusiasmo inútil, los secuestros de periódicos están a la orden del día, cosa bien lamentable si se considera la naturaleza mansa de los delincuentes. El primer lugar entre esos periódicos lo ocupan la Volks-Zeitung y la National-Zeitung;1 esta última, a fuerza de una respetable mediocridad, de concesiones cobardes y de un despliegue desenfrenado de entusiasmo local prusiano, ha logrado capear la tormenta contrarrevolucionaria y convertir en moneda contante y sonante los pobres restos de un movimiento cuyas peligrosas extravagancias fue en su día demasiado prudente para compartir. Después del diluvio, los seres orgánicos que pueblan la tierra recibieron una forma más decorosa y modesta que sus antepasados antediluvianos. La misma ley rige en el proceso de formación de la sociedad. Y, sin embargo, se nos impone sin querer la conclusión de que la revolución alemana tuvo que ser realmente muy enana, si los liliputienses de la prensa berlinesa, en los que ha encontrado por fin su expresión definitiva, han de considerarse sus representantes legítimos. Sea como fuere, si estos redactores no son héroes, ni siquiera simples combatientes, son en todo caso calculadores astutos. Sienten que algo se pone en movimiento y que el régimen que formaba el fondo necesario de su seudoliberalismo, y que les pagaba el contravalor de sus mercancías, se derrumba rápidamente. Por eso, para convencer a sus clientes de que son guardianes fieles, se atreven a gruñir por lo bajo y a gemir lastimeramente. No muerden, desde luego; ni siquiera ladran. Su audacia consiste por ahora en poner al príncipe por las nubes. Llegan incluso a invitarlo, como hizo hace poco la National-Zeitung, a disponer del tesoro público a su antojo; pero, y eso es lo cómico del asunto, todos sus cumplidos sobre sus hazañas aún por realizar se convierten en otras tantas observaciones críticas sobre las hazañas pasadas del gabinete Manteuffel. Irritan al príncipe con su credulidad mirando hacia delante y ofenden al ministerio con su escepticismo mirando hacia atrás. Pero para apreciarlos como es debido habría que leerlos en el original. Su cháchara necia, insulsa e interminable no puede reproducirse en ninguna otra lengua, ni siquiera en el francés del golpe de Estado de diciembre, que al menos huele a su específico odeur de mauvais lieu [olor a mal lugar]. Podría pensarse que solo hablan con alusiones y juegan al escondite con la policía, pero sería un gran error. En realidad dicen todo lo que tienen que decir, pero combinan el método homeopático con el alopático de una manera de lo más hábil y lucrativa: administran una pizca minúscula de veneno en un mar de líquido neutro. Por otra parte, los ministros parecen conocer el hecho geológico de que la acción constante del agua arrastra hasta la roca más orgullosa y la desmenuza en cantos rodados. No los inquieta tanto el balbuceo de estos prudentes sabihondos como el estado general de la opinión pública en el que se apoya. Así, a su miope manera burocrática, pegan al asno para dar al saco, me refiero al saco de la opinión pública. Los repetidos secuestros de periódicos con que se inaugura el nuevo régimen son, dicen los realistas, la respuesta adecuada a las ruidosas esperanzas que se ponen en el príncipe. No, dicen los liberales oficiales, el régimen del príncipe no ha empezado aún, y su profundo respeto por la legalidad constitucional lo obliga, hasta su reconocimiento y juramento ante las Cámaras, a permitir a los ministros, conforme a la Carta, actuar bajo su propia responsabilidad. Ahora bien, la «responsabilidad ministerial» es cosa muy misteriosa en todas nuestras constituciones monárquicas, estén cortadas por el patrón inglés o por el francés. En Inglaterra, donde existe al parecer en su forma más viva y tangible, significa que en determinadas ocasiones solemnes la irresponsabilidad se transfiere de un whig a un tory o de un tory a un whig. La responsabilidad ministerial significa allí que la caza de cargos se convierte en la ocupación principal de los partidos parlamentarios. Quien está en el cargo es irresponsable mientras lo ocupa, porque es el representante de una mayoría legislativa que, para ayudarlo, se somete a su jefe de fracción. En Prusia, las aspiraciones más afanosas de la ambición burguesa se dirigen a convertir los puestos de ministro en premios que se ganan en torneos parlamentarios. Hasta ahora, sin embargo, la responsabilidad ministerial ha sido en Prusia un mito en todos los sentidos. El artículo 44 de la Carta dice:
«Los ministros del rey son responsables. Todos los actos de gobierno del rey necesitan para su validez el refrendo de un ministro, que asume con ello la responsabilidad.»
Sobre esta responsabilidad, sin embargo, no se ha promulgado ninguna ley. En el artículo mismo no se dice ante quién son responsables los ministros. En la práctica, cada vez que las Cámaras llegaban a amenazar con un voto de censura, los ministros declaraban rotundamente que eran muy libres de hacerlo; responsables eran los ministros, en efecto, pero solo ante su señor real. La cuestión de la responsabilidad ministerial tiene en Prusia, como en la Francia de Luis Felipe, un peso extraordinario, porque significa en realidad la responsabilidad de la burocracia. Los ministros son los jefes de esa corporación parasitaria, omnipotente y entrometida en todo, y solo a ellos, según el artículo 106 de la Constitución,2 han de atenerse los funcionarios subalternos de la administración, sin que puedan arrogarse el examen de la legalidad de las disposiciones ni asumir responsabilidad alguna por su ejecución. De este modo se ha conservado el poder de la burocracia y, por medio de la burocracia, el del poder ejecutivo, mientras que los «derechos de los prusianos» constitucionales se han convertido en letra muerta.
Las próximas elecciones son la palanca de la que ahora se proponen servirse todos los partidos, pero precisamente en materia electoral es donde la actual Constitución otorgada ha logrado borrar todas las huellas de su origen revolucionario. Es cierto que, para mejorar los pequeños sueldos de los funcionarios con el añadido de una fuente de ingresos parlamentaria, se ha mantenido la ley, muy plebeya, que prescribe la retribución de los representantes del pueblo. Otro tanto ocurre con la elegibilidad de todo prusiano que haya cumplido veinticinco años. Pero el derecho de sufragio y el procedimiento electoral se han dispuesto de tal modo que no solo queda excluida la gran masa del pueblo, sino que además el resto privilegiado está sometido a la injerencia más desenfrenada de la burocracia. Las elecciones se hacen en dos grados. Primero se elige a los compromisarios (Wahlmänner), y luego estos eligen a los diputados. De las elecciones primarias (Urwahlen) no solo están excluidos todos los que no pagan impuestos directos, sino que el conjunto de los electores primarios (Urwähler) se divide a su vez en tres grupos, formados por los grandes, los medianos y los pequeños contribuyentes; como las tribus del rey Servio Tulio,3 estos tres grupos eligen cada uno el mismo número de representantes.4 Y, como si este complicado proceso de filtrado no bastara, la burocracia tiene además el derecho de dividir, unir, modificar, separar y volver a juntar a su antojo los distritos electorales. Si, por ejemplo, una ciudad es sospechosa de simpatías liberales, se la puede aplastar con votos rurales reaccionarios: por simple decreto el ministro funde la ciudad liberal con el campo reaccionario en un mismo distrito electoral. Estas son las cadenas que traban el movimiento electoral y que solo excepcionalmente, en las grandes ciudades, pueden romperse.
La Volks-Zeitung (Berlín, desde 1853), periódico democrático moderado de Franz Duncker; la National-Zeitung (Berlín, desde 1848), órgano de la burguesía liberal. ↩
El artículo 106 de la Constitución prusiana de 1850 disponía que las leyes y ordenanzas obligaban una vez publicadas en la forma legal, y que el examen de la validez de las ordenanzas reales debidamente publicadas no correspondía a las autoridades, sino solo a las Cámaras. ↩
Servio Tulio, sexto rey legendario de Roma, al que la tradición atribuye la división de los ciudadanos en clases según su fortuna. ↩
Es el sufragio de las tres clases, implantado en Prusia por decreto de 30 de mayo de 1849: cada clase de contribuyentes, que pagaba un tercio de los impuestos directos, elegía un tercio de los compromisarios. ↩